Inteligencia
colectiva:
por una antropología del ciberespacio
Pierre
Lévy *
Prólogo
- El Planeta Nómada
Nos
hemos vuelto nómadas de nuevo.
¿Qué
quiere decir esto? ¿Se trata de viajes de
placer, de vacaciones exóticas, del turismo? No.
¿De la ronda de los hombres de negocios y de
gente apresurada alrededor del mundo, de un
aeropuerto a otro? Tampoco. Los "objetos
nómadas" de la electrónica móvil no nos
acercan tampoco al nomadismo de hoy. Esas
imágenes del movimiento nos remiten a viajes
inmóviles, encerrados en el mismo mundo de
significaciones. La carrera sin fin por las redes
de la mercancía es quizás el último obstáculo
para el viaje. Moverse, ya no es desplazarse de
un punto a otro de la superficie terrestre, sino
atravesar universos de problemas, de los mundos
vividos, de los paisajes de sentido. Estas
derivas en las texturas de humanidad pueden
coincidir con las trayectorias balizadas de los
circuitos de comunicación y de transporte, pero
las navegaciones transversales, heterogéneas de
los nuevos nómadas exploran otro espacio. Somos
inmigrantes del subjetivismo.
El nomadismo de este tiempo tiene
que ver ante todo con la transformación continua
y rápida de los paisajes científico, técnico,
profesional y mentales. Incluso si no nos
moviésemos, el mundo cambiaría alrededor de
nosotros. Pero nosotros nos movemos. Y el
conjunto caótico de nuestras respuestas produce
la transformación general. ¿Este movimiento no
reclama de nosotros alguna adaptación racional y
óptima? ¿Pero cómo saber que una respuesta
conviene a una configuración que se presenta por
primera vez y que nadie ha programado? ¿Y por
qué querer adaptarse (¿adaptarse a qué
exactamente?) cuando se ha comprendido que la
realidad no se planteaba ahí, exterior a
nosotros, preexistente, sino cuál era el
resultado transitorio de lo que hacíamos juntos?
Esta situación,
imprevisible, riesgosa, se asemeja a bajar por
rápidos desconocidos. No viajamos solamente
entre los paisajes exteriores de la técnica, de
la economía o de la civilización. Si solo se
tratara de pasar de una cultura a otra,
tuviéramos ejemplos, referencias históricas.
Pero pasamos de una humanidad a la otra, otra que
no solo continúa oscura, indeterminada, sino que
rechazamos incluso interrogar, que no aceptamos
todavía reconocer.
La conquista
espacial persigue explícitamente el
establecimiento de colonias humanas en otros
planetas, es decir, un cambio radical de habitat
y de entorno para nuestra especie. Los avances de
la biología y de la medicina nos obligan a un
redescubrimiento de nuestra relación con el
cuerpo, la reproducción, la enfermedad y la
muerte. Avanzamos progresivamente, quizás sin
saberlo y ciertamente sin decirlo, hacia una
selección artificial de lo humano preparada por
la genética. El desarrollo de nanotecnologías
capaces de producir materiales inteligentes en la
masa, de los simbiontes microscópicos
artificiales de nuestros cuerpos y de los
ordenadores más poderosos que los actuales por
varias órdenes de magnitud podrían modificar
completamente nuestra relación con la necesidad
natural y el trabajo, y ello de manera mucho más
brutal que hasta ahora lo han hecho las diversas
fases de automatización. Los avances de las
prótesis cognitivas de base numérica
transforman nuestras capacidades intelectuales
tan claramente como lo harían mutaciones de
nuestro patrimonio genético. Las nuevas
técnicas de comunicación por mundos virtuales
replantean de manera diferente los problemas del
vínculo social. En suma, la hominización, el
proceso de surgimiento de la especie humana no ha
finalizado, incluso parece acelerarse
brutalmente.
No obstante,
contrariamente a lo sucedido en el momento del
nacimiento de nuestra especie o en ocasión de la
primera gran mutación antropológica (la del
neolítico, que vio el surgimiento de la
ganadería, la agricultura, la ciudad, el Estado
y la escritura), tenemos la posibilidad de pensar
colectivamente esta aventura y de influir en
ella.
Las jerarquías
burocráticas (fundamentadas en la escritura
estática), las monarquías mediáticas
(navegando por la televisión y por el sistema de
los medios) y las redes internacionales de la
economía (utilizando el teléfono y las
tecnologías del tiempo real) solo movilizan y
coordinan muy parcialmente las inteligencias, las
experiencias, las competencias, las sabidurías y
las imaginaciones de los seres humanos. Por ello,
la invención de nuevos procedimientos de
pensamiento y de negociación que pueda hacer
surgir verdaderas inteligencias colectivas se
plantea con particular urgencia. Las tecnologías
intelectuales no ocupan un sector como cualquier
otro de la mutación antropológica
contemporánea; son potencialmente la zona
crítica de ellos, el lugar político. ¿Se
necesita subrayarlo? No se reinventarán los
instrumentos de la comunicación y del
pensamiento colectivo sin reinventar la
democracia, una democracia compartida en todos
los lugares, activa y molecular. En este punto de
inversión total o de conclusión aventurada, la
humanidad podría reconquistar su futuro. No
poniendo su destino entre las manos de algún
mecanismo pretendidamente inteligente, sino
produciendo sistemáticamente las herramientas
que le permitan constituirse en colectivos
inteligentes, capaces de orientarse dentro de los
mares tormentosos de cambios.
El espacio del
nuevo nomadismo no es el territorio geográfico
ni el de las instituciones o de los Estados, sino
un espacio invisible de conocimientos, de saber,
de potencias de pensamiento en cuyo seno nacen y
se transforman cualidades de ser, maneras de
actuar en sociedad. No se trata de los
organigramas del poder, ni de las fronteras de
las disciplinas, ni de las estadísticas
comerciales, sino del espacio cuantitativo,
dinámico, vivo de la humanidad en el proceso de
hallarse produciendo su mundo.
¿Dónde leer
los mapas móviles de este espacio fluctuante? Terra
incognita. Incluso si usted lograra por su
cuenta la inmovilidad, el paisaje no dejaría de
pasar, de girar alrededor de usted, de
infiltrarlo, de transformarlo desde el interior.
Ya no se trata del tiempo de la historia,
referido a la escritura, a la ciudad, al pasado,
sino de un espacio moviente, paradójico que nos
llega también del futuro. No lo interiorizamos
como una sucesión, únicamente interrogamos a
las tradiciones a su respecto, por peligrosas
ilusiones ópticas. Tiempo errante, transversal,
plural, indeterminado, como el que precede a
todos los orígenes.
Multitudes de
refugiados en camino hacia improbables campos.
Naciones sin domicilio fijo. Epidemias de guerras
civiles. Ruidosas torres de Babel de megalópolis
mundiales. Atravesada por los conocimientos de la
supervivencia en los intersticios del imperio.
Imposible de fundar una ciudad, imposible en lo
delante de establecerse, donde quiera que sea,
sobre un secreto, un poder, un suelo. Los signos,
a su vez, se hacen emigrantes: este humus no cesa
de temblar, de quemar. Deslizamientos
vertiginosos en religiones y lenguas, haciendo zapping
entre las voces y los cantos, y bruscamente, en
el recodo de un pasillo subterráneo, surge la
música del porvenir. La tierra como una canica
bajo el ojo gigante de un satélite
Los primeros
nómadas seguían a los rebaños, que buscaban a
la vez su alimento, según las estaciones y las
lluvias. Hoy somos nómadas detrás del devenir
humano, un devenir que nos atraviesa y que
nosotros hacemos. Lo humano devino a sí mismo su
propio clima, una estación infinita y sin
retorno. Horda y rebaño mezclados, cada vez
menos separables de nuestros medios y de un mundo
estrechamente ligado a nuestra marcha,
desarrollamos cada día una estepa nueva. Los
neandertales, bien adaptados a la caza
maravillosa de la tundra glacial desaparecieron
cuando el clima se humedeció y se calentó1 muy rápidamente. Su
caza habitual desaparecía. A pesar de su
inteligencia, estos hombres gruñones o mudos no
tenían voz y tampoco idioma para comunicarse
entre ellos. Así, las soluciones halladas en
lugares precisos a sus nuevos problemas no
pudieron ser generalizadas. Permanecieron
dispersos frente a la transformación del mundo
circundante y no cambiaron con él.
Hoy, el homo
sapiens enfrenta una modificación rápida de
su medio, transformación de la que es el agente
colectivo involuntario. No deseo en absoluto
sobrentender que nuestra especie está amenazada
de extinción, ni que "el fin de los
tiempos" está cercano. No se trata aquí de
milenarismo. Me contenta definir una alternativa.
O bien vamos más allá de un nuevo umbral, una
nueva etapa de hominización inventando algún
atributo de lo humano tan esencial como el
lenguaje, pero a una escala superior, o bien
continuamos "comunicando" por los
medios y pensando en instituciones separadas unas
de otras, que organizan por añadidura la
extinción y la división de las inteligencias.
En el segundo caso, solo estaríamos confrontados
a los problemas de la supervivencia y del poder.
Pero si nos comprometiésemos en la vía de la
inteligencia colectiva, inventaríamos
progresivamente las técnicas, los sistemas de
signos, las formas de organización social y de
regulación que nos permitirían pensar juntos,
concentrar nuestras fuerzas intelectuales y
espirituales, multiplicar nuestras imaginaciones
y nuestras experiencias, negociar en tiempo real
y a todas las escalas las soluciones prácticas a
los problemas complejos que debemos afrontar.
Aprenderíamos gradualmente a orientarnos en un
nuevo cosmos en mutación, a la deriva, a
convertirnos en sus autores mientras podamos, a
inventarnos colectivamente como especie. La
inteligencia colectiva apunta menos al dominio
de sí por las comunidades humanas que a un
ceder esencial que tiene que ver con la idea
misma de identidad, de los mecanismos de dominio
y de desencadenamiento de conflictos, de
liberalización de una comunicación confiscada y
de reactivación mutua de pensamientos aislados.
Estamos, pues,
en la situación de una especie en la que cada
miembro tendría buena memoria, sería observador
y astuto, pero que todavía no hubiera logrado la
inteligencia colectiva de la cultura por falta de
lenguaje articulado. ¿Cómo inventar el lenguaje
cuando no se ha hablado jamás, cuando ninguno de
nuestros ancestros ha proferido jamás una
oración, cuando no se tiene ejemplo ni la menor
idea de lo que puede ser una lengua? Con una
analogía aproximada, se trata de nuestra
situación presente: nosotros no sabemos lo que
debemos creer, lo que quizás ya hemos comenzado
a esbozar vagamente. En algunos miles de años,
sin embargo, el homo habilis se convirtió
en sapiens, atravesó tal umbral, se
lanzó hacia lo desconocido, forjó la tierra,
los dioses y el mundo infinito de la
significación.
Pero las lenguas
están hechas para comunicar dentro de pequeñas
comunidades "a escala humana" y quizás
para garantizar relaciones entre tales grupos.
Gracias a la escritura, hemos atravesado una
nueva etapa. Esta técnica ha permitido un
aumento de eficacia de la comunicación y de la
organización de los grupos humanos mucho más
importante que lo que hubiera permitido la simple
palabra. Fue, no obstante, al precio de una
división de las sociedades entre una máquina
burocrática de tratamiento de la información
funcionando con la escritura, por una parte, y
personas "administradas", por la otra.
El problema de la inteligencia colectiva es
descubrir o inventar un más allá de la
escritura, un más allá del lenguaje de tal
manera que el tratamiento de la información sea
distribuido y coordinado por todas partes, de
manera que no sea más privativo de órganos
sociales separados, sino que se integre, por el
contrario, de manera natural, a todas las
actividades humanas y regrese a las manos de
todos. Esta nueva dimensión de la comunicación
debería evidentemente permitirnos poner en
común nuestros conocimientos y mostrárnoslos
recíprocamente, condición elemental de la
inteligencia colectiva. Yendo más lejos, ella
abriría dos posibilidades capitales, que
transformarían radicalmente los datos
fundamentales de la vida en sociedad.
Primeramente, dispondríamos de los medios
sencillos y prácticos para conocer lo que
hacemos juntos. Segundo, manipularíamos, aun
más fácilmente que lo escribimos hoy, los
instrumentos que permiten el discurso colectivo.
Y todo ello no ya a escala del clan del
paleolítico, ni a escala de los Estados y de las
instituciones históricas del Territorio, sino
según la amplitud y velocidad de las
turbulencias gigantes, de los procesos
deterritorializados y del nomadismo
antropológico que nos afectan en la actualidad.
Si nuestras sociedades solo se contentan con ser
dirigidas inteligentemente, con seguridad ellas
no alcanzarán sus objetivos. Para tener algunas
oportunidades de vivir mejor, ellas deben devenir
inteligentes en la masa. Más allá de los medios
masivos, maquinarias aéreas harán escuchar la
voz del múltiplo. Aún indiscernible,
amortiguada por las brumas del futuro, bañando
con su murmullo otra humanidad, tenemos cita con
la superlengua.
Descarga el libro
"Inteligencia colectiva: por una
antropología del ciberespacio"
___
1
Reicholf, Joseph, L'émergence de l'homme,
Flammarion, París 1991.
* La Organización Panamericana de la
Salud, a través de la Unidad de Promoción y
Desarrollo de la Investigación y el Centro
Latinoamericano y del Caribe de Información en
Ciencias de la Salud (BIREME), pone a la
disposición de los usuarios de la BVS/Ciencia y
Salud (BVS/CyS) la versión electrónica en
español del consagrado libro de Pierre Lévy
La inteligencia colectiva. La
traducción a partir del original francés fue
hecha por el Centro Nacional de Información de
Ciencias Médicas (INFOMED) de Cuba y Pierre
Lévy autorizó la traducción y publicación de
su libro sin costo alguno.
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