La
neutralidad de la red
Enrique Dans *
«Si los proveedores
empiezan a privilegiar unas
aplicaciones o páginas sobre otras,
las voces más pequeñas serán
eliminadas. y todos perderemos.
Internet es la red más abierta que
hemos tenido nunca. Debemos
mantenerla como tal.»
Barack H. Obama (noviembre
2007)
Dejemos
a un lado todas las historias que habitualmente
se cuentan con respecto al origen de la red, a
sus inicios como proyecto militar, y al hecho de
que todos los participantes en el mismo supiesen
desde un primer momento que estaban trabajando en
algo mucho, muchísimo más grande que un simple
proyecto militar. Desde sus orígenes en 1960
como proyecto de construcción de una red
robusta, distribuida y tolerante con los fallos,
hasta el resultado actual de su difusión y
participación en la vida cotidiana de más de
una cuarta parte de la población mundial,
Internet ha recorrido un muy largo camino. Un
camino en el que, además, no estaba solo: la
idea de una red de conexión entre diferentes
actores incluyendo proveedores de información,
consumidores, comerciantes, etc., estaba ya en la
cabeza de muchos en torno a la misma época:
CompuServe, por ejemplo, tiene sus orígenes en
el año 1969, AOL en 1983, y BITNET en 1981,
todas ellas antes del inicio de la
popularización real de Internet entre el gran
público, que suele adscribirse a mediados de los
años noventa. La francesa Minitel fue lanzada en
1982, y obtuvo un notable éxito en el país
vecino. Sin embargo, ninguna alcanzó el
crecimiento meteórico y la penetración de
Internet. ¿Dónde están las claves que
convirtieron este proyecto inicialmente poco
orientado en un éxito capaz de cambiar el mundo
tal y como lo conocemos?
El secreto, en realidad, hay que
buscarlo en la esencia más primigenia de la red:
los protocolos que la soportan. La palabra
protocolo es de esas que tienden a intimidar al
usuario no técnico; sugiere algo complejo,
inextricable: en realidad, el significado de
protocolo no va más allá de ser el de un
conjunto de reglas que son utilizadas para la
comunicación. En una fiesta en una embajada, por
ejemplo, el protocolo incluye una serie de
convenciones en el vestir, unos tratamientos y
unos modales determinados. Si una persona aparece
vistiendo vaqueros rotos y pretendiendo darle un
abrazo al embajador, es posible que no pueda
hacerlo, y que su ruptura del protocolo impida
además sus posibilidades de comunicación en esa
fiesta: muy probablemente no sea admitido en
ella. En Internet, los protocolos gobiernan cómo
se transmite la información: cómo se encapsula
en forma de paquetes, cómo se transmiten éstos,
cómo se comprueba su recepción, cómo se
vuelven a enviar en caso de pérdida, etc. Y el
atributo que proporciona a Internet su potencial
es, ni más ni menos, que el hecho de que tanto
estos protocolos como los de la World Wide Web
(WWW), la capa de representación que lo recubre,
fueron publicados en abierto y puestos a
disposición de cualquiera que los quisiera
utilizar. En muchos sentidos, Internet es uno de
los proyectos exitosos más grandes del código
abierto. De hecho, Tim Berners-Lee obtuvo la
inspiración para el desarrollo de la WWW de la
observación de un lector de páginas denominado
Dynatext que el CERN había licenciado, pero que
tenía no solo una licencia muy cara, sino que
también requería un pago por cada documento ¡y
por cada vez que este era editado! En la
mentalidad del creador de la WWW, un sistema así
jamás podría liberar el potencial de Internet
como forma de crear y diseminar información al
alcance de cualquiera. La visión de Tim
Berners-Lee era la de una red en la que todos
pudieran ser autores, crear documentos,
establecer vínculos entre ellos y acceder a
ellos con total sencillez.
La idea de
Internet y de la WWW, por tanto, fue la de
ofrecer sus protocolos para su uso absolutamente
indiscriminado: una conexión, un navegador o un
editor eran algo que prácticamente cualquiera
podía conseguir, y que con el tiempo se fueron
haciendo cada vez más ubicuos. Al principio, las
conexiones a Internet estaban situadas en
empresas y universidades, pero se fueron haciendo
progresivamente más baratas y ofreciéndose más
a particulares. Originalmente, los navegadores y,
sobre todo, los editores de páginas eran
relativamente complejos: los pioneros de Internet
componían sus páginas directamente en HTML, que
sin ser un lenguaje especialmente complejo,
tampoco está al alcance de cualquier mortal.
Tras la edición en HTML llegaron editores de los
denominados WYSIWYG, que acercaban algo más al
usuario las tareas de edición tomando la
responsabilidad de interpretar la apariencia y
traducirla en líneas de código. Y tras éstos,
llegaron los blogs, que acercaron verdaderamente
la edición y el almacenamiento de páginas hasta
ponerlas auténticamente a disposición de
cualquier persona sin prácticamente ningún tipo
de conocimiento técnico o de programación.
Internet es una red en la que cualquiera con
acceso a una conexión puede crear algo de manera
sencilla, alojarlo gratis o por muy poco dinero,
y ponerlo a disposición de cualquiera que pueda
encontrarlo conociendo su existencia o a través
de un motor de búsqueda. La red no discrimina
absolutamente riada con respecto a los
contenidos: trata exactamente igual lo escrito
por un particular que la creación de una gran
empresa. Ambos son paquetes de bits y ambos
circulan por la red con los mismos privilegios.
La neutralidad
es una característica definitoria y fundacional
de la red. Internet es por naturaleza abierto y
libre, y lo es para todos, porque estableció sus
características en torno a un protocolo que
consagraba la más absoluta y radical
neutralidad, y que tiene como norma de identidad
transmitir ciegamente un mensaje entre un origen
y un destino. Si dos personas tienen contratado
un acceso a Internet de unas características
determinadas, deberán poder enviar y recibir
cualquier tipo de contenido sin discriminación
alguna a esas velocidades. El tráfico de datos
recibido o generado en Internet no debe ser
manipulado, tergiversado, impedido, desviado,
priorizado o retrasado en función del tipo de
contenido, del protocolo o aplicación utilizado,
del origen o destino de la comunicación ni de
cualquiera otra consideración ajena a la de su
propia voluntad. Ese tráfico se trata como una
comunicación privada, y únicamente podrá ser
espiado, trazado, archivado o analizado en su
contenido bajo mandato judicial, como
correspondencia privada que es en realidad.
Este principio,
la neutralidad de la red, ha estado embebido en
el diseño de la misma desde sus orígenes, y ha
jugado un enorme y relevante papel en su
popularización. La red es lo que es hoy gracias
sobre todo al hecho de ser neutral. Sin embargo,
existen una serie de fuerzas que tienden a
intentar convertir la red en algo diferente: bajo
el pretexto general del «control», existen
actores tales como las empresas de
telecomunicaciones, los grupos de presión de la
industria de la propiedad intelectual y
determinados políticos que intentan, de manera
reiterada, alterar la naturaleza. de Internet y
transformarlo en algo más adecuado a sus propios
intereses.
El triángulo de
actores implicados en esta pretendida
desnaturalización de la red empieza por las
empresas de telecomunicaciones; propietarias de
la gran mayoría de las infraestructuras por las
que discurre Internet, las empresas de
telecomunicaciones llevan años viendo como sus
servicios se convierten en una gran commodity:
mientras ellas se limitan a ofrecer el acceso a
sus clientes, asisten al enriquecimiento de
quienes hacen negocios en la red. Mientras una
página cualquiera gana en función de sus ventas
o de la publicidad que exista en ella, los
operadores se limitan a cobrar una tarifa en
función de un acceso determinado más
rápido o más lento independiente de lo
que circula por sus cables.
Los intentos de
entrar en el negocio de contenidos por parte de
la gran mayoría de operadores han fracasado
repetidamente: hablamos de un negocio
completamente distinto al suyo, y cada contenido,
además, es un contenido más en una amplísima
panoplia de contenidos a disposición de los
usuarios. Pero el desarrollo de infraestructuras
tiene un elevado coste material, y la red demanda
anchos de banda cada vez más elevados, obligando
a poner fibra óptica donde antes solo había
cobre, y a alcanzar, en virtud del principio de
universalidad exigido a los operadores en muchos
países, zonas geográficas de escasa densidad en
las que la rentabilidad resulta claramente
negativa. El hecho de que, en muchos casos,
partes muy significativas de las infraestructuras
se hayan construido en su momento mediante dinero
público no deja de eclipsar que ser operador
implica participar en un negocio de inversión:
invertir en el tendido de cables y antenas no
está al alcance de cualquiera. Y para un país,
resulta fundamental tener unos operadores
dispuestos a mantener infraestructuras capaces de
albergar el progreso de la red, lo cual se
sostiene únicamente proporcionándoles un nivel
de rentabilidad adecuado a sus inversiones.
Ante esta
tesitura, ¿cómo armonizar las necesidades de
inversión en infraestructura con las de
rentabilidad de los operadores, si estos deben
limitarse a proveer lo que los norteamericanos
llaman una dumb pipe, una «tubería
tonta» y completamente insensible a lo que
circula por ella? El razonamiento de los
operadores en este sentido es «déjame
privilegiar el tráfico en función de quien lo
envíe, y eso me permitirá rentabilizar mis
infraestructuras exigiendo a quien quiera ir
rápido, un pago en consecuencia, o privilegiando
mis propios servicios frente a los de terceros».
Y eso es, precisamente, lo que introduciría un
brutal elemento de distorsión en la red: ante un
escenario como ese, todo aquel que no pudiese
comprar su derecho a una autopista rápida
quedaría relegado a que sus datos circulasen por
un camino de cabras, e Internet se convertiría
en un medio más en manos de las grandes empresas
y conglomerados mediáticos que poseerían los
canales privilegiados, con la voz de los usuarios
escondida en un cajón de sastre de «contenidos
que bajan a velocidades insufriblemente lentas».
En el escenario
actual, Internet circula por las redes de los
operadores, pero se ha convertido en algo
demasiado importante como para dejar su gestión
en manos de los operadores. Permitir a estos que
tomen decisiones que afecten a la naturaleza de
Internet supondría desnaturalizar Internet,
convertirlo en algo completamente diferente:
existen ya operadores que priorizan determinados
tipos de tráfico frente a otros, o que penalizan
el trafico vinculado a determinados protocolos,
prácticas completamente inaceptables y que, de
hecho, la Comisión Federal de las Comunicaciones
sancionó como tal a principios del ano 2009. La
elección de Barack Obama coMo presidente de los
Estados Unidos ha dado un fuerte impulso a la
neutralidad en la red: como candidato, Obama hizo
de la neutralidad de la red uno de los
principales puntos de su campaña, llegando
incluso a escenificar su fuerte apoyo en un acto
en el mismísimo Googleplex, sede de Google, uno
de los más fuertes abogados de las tesis de
dicha neutralidad. El día 29 de mayo de 2009, en
un discurso dedicado a la ciberestructura de la
nación, el ya presidente renovó su apoyo con
una frase contundente:
Permítanme
también ser muy claro acerca de lo que no
haremos. Nuestra búsqueda de la
ciberseguridad no incluirá repito, no
incluirá la monitorización de redes
privadas sectoriales o del tráfico de
Internet. Preservaremos y protegeremos la
privacidad de las personas y las libertades
civiles cuya existencia celebramos como
americanos. Es más, mantengo completamente
firme mi compromiso con la neutralidad de la
red para que podamos mantener Internet como
debe ser abierto y libre.
Las actuaciones
del máximo mandatario norteamericano en este
sentido tampoco han dejado lugar a dudas. Su
elección de Julius Genachowski como director de
la Comisión Federal de las Comunicaciones supone
un refrendo importante para las tesis de la
neutralidad de la red, que se explicitó en su
primer gran discurso en la Brookings Institution.
En él, Genachowski describió la situación
actual, en la que ya ha habido ejemplos de
ruptura de la tradicional neutralidad y apertura
de Internet por parte de algunos operadores, como
una encrucijada en función de tres factores
fundamentales: por un lado, una competencia entre
operadores cada vez más limitada debido a un
proceso progresivo de concentración que reduce
las opciones de los consumidores. Por otro, los
incentivos económicos que dichos operadores
tienen para alterar la situación en su favor. Y
en tercer lugar, la enorme explosión de tráfico
en la red, que impone tensiones en la gestión de
las infraestructuras.
La elección en
esta encrucijada es la de preservar por encima de
todo la naturaleza abierta y libre de la red.
Para ello, se añaden expresamente a las cuatro
libertades enunciadas en su momento por la FCC en
2004 (los operadores de red no podrán impedir a
los usuarios acceder a todo contenido legal,
aplicaciones o servicios de su elección, ni
podrán prohibir a los usuarios que conecten ala
red dispositivos que no resulten perjudiciales
para esta), otras dos más: el quinto principio
establece la no discriminación, y establece
expresamente que los operadores de red no podrán
efectuar discriminación contra contenidos o
aplicaciones específicas en Internet. Y el
sexto, transparencia, que afirma que los
proveedores de la red deberán ser transparentes
acerca de las políticas de gestión de tráfico
en sus redes. Una serie de provisiones que, a
pesar de las protestas de los operadores, se
impondrán en la gestión de redes tanto fijas
como móviles, en las que las tensiones por la
capacidad son todavía más fuertes, pero que,
como todo en tecnología, están sujetas al mismo
ritmo de progreso y desarrollo que procurará, en
el futuro, capacidades mucho mayores.
Pero las
empresas de telecomunicaciones no son, como
decíamos, las únicas que intentan subvertir la
naturaleza de la red para convertirla en algo
diferente y más propicio a sus intereses. Un
segundo poder, el de las industrias de la
propiedad intelectual, pretende convertir
Internet en un lugar fiscalizado, donde las
comunicaciones de los ciudadanos son espiadas
constantemente para averiguar si en alguna de
ellas aparecen supuestamente obras de sus
catálogos. Una pretensión que pone a los
derechos de autor por encima de los derechos
fundamentales del individuo, y que está siendo
progresivamente rechazada por la gran mayoría de
los países civilizados con la excepción de la
Francia de Sarkozy. Para lograr tal
fiscalización, los grupos de presión de la
industria no dudan en calificar de delito lo que
no lo es, o de relacionar algo tan inofensivo y
generalizado como las descargas de materiales de
la red con las diez plagas bíblicas que asolaron
Egipto: en la interesada visión de la industria
cultural, vigilar Internet es necesario para
evitar terribles delitos como la pederastia, el
terrorismo, la delincuencia o el fraude. Delitos
que aunque puedan representar problemas
puntuales, no son en absoluto privativos de
Internet, ni tendrían solución alguna en el
caso de implantarse una Internet en modo «Estado
policial» como la industria cultural pretende.
Está perfectamente demostrado que la vigilancia
y la retención de datos no supone una solución
a estos problemas, sino que únicamente provoca
una búsqueda de nuevos mecanismos por parte de
los delincuentes y se convierte en una manera de
vigilar a quienes no lo son. Por muy execrable
que pueda resultar un delito como la pornografía
infantil, la solución al mismo no es vigilar las
comunicaciones de los ciudadanos, porque aquellos
que quieren incurrir en el delito buscarán
métodos de cifrado más eficientes y la
vigilancia servirá únicamente para controlar lo
que hacen los inocentes, que carecen de un
incentivo directo para intentar eludir dicha
vigilancia. Para atacar un delito como la
pornografía infantil habrá que hacer lo que se
ha hecho siempre: perseguir a quienes la
producen, monitorizar los flujos económicos que
genera, y aplicar presión policial a los lugares
donde se intercambia. Nada nuevo bajo el sol,
salvo que las fuerzas del orden tendrán que
cualificarse para trabajar en un escenario
diferente. Cosa que, por otro lado y, como cabía
esperar, hacen cada vez mejor.
La neutralidad
de la red no significa pedir que sea gratuita.
Significa pedir que siga siendo lo que es hoy, un
vehículo de transmisión que mueve paquetes de
bits de un lado para otro, a la velocidad de
conexión que cada uno decida contratar en ella,
pero de manera completamente independiente al
contenido de esos paquetes de bits. Significa que
los cables sean únicamente cables, sin que
puedan tener ningún tipo de capacidad de
decisión sobre lo que circula por ellos. Las
turbias maniobras de las industrias culturales y
las supuestas «coaliciones de creadores»
intentando cercenar la libertad de la red se
encuentran, por otro lado, con un aliado ideal
para sus intereses: una clase política que se
encuentra en una fortísima redefinición, y que
en muchos casos no ve mal la posibilidad de
escalar en su nivel de control. Para los
políticos, que trataban antes con un puñado de
periodistas y medios, encontrarse de repente
inmersos en una red en la que todos tienen
derecho a opinar y los tradicionales mecanismos
de control resultan inservibles es una especie de
pesadilla, por lo que en algunos temas se alinean
con la industria cultural y con la de las
telecomunicaciones en búsqueda del imposible de
una Internet «más controlada». Enarbolando la
falsa bandera de la lucha contra la delincuencia
o el terrorismo, olvidan la máxima de Benjamin
Franklin: «el que está dispuesto a sacrificar
libertad a cambio de seguridad, no tiene ni
merece tener ninguna de las dos».
La red es un
entorno de relación e innovación cuya
naturaleza debe ser preservada por todos los
medios. Nunca, en la historia de la Humanidad,
hemos contado con un arma tan poderosa y de
naturaleza tan democrática: con el tiempo, los
intentos de cercenar la libertad de la red serán
vistos como algo tan grave como los atentados
contra la democracia y los derechos humanos,
porque de hecho, el acceso a Internet está
progresivamente siendo considerado como un
derecho del ciudadano. El primer país en
consagrar el derecho de los ciudadanos al acceso
a Internet mediante banda ancha, marcando incluso
una velocidad mínima para ello fue Finlandia,
que el 14 de octubre de 2009 estableció que a
partir de julio de 2010 todos sus ciudadanos
tendrán derecho a una conexión a Internet de al
menos 1 Mbps, que pasará a ser de un mínimo de
100 Mbps para finales del año 2015.
En pleno siglo
XXI, la red se ha configurado ya como una de las
herramientas fundamentales en la interacción y
la comunicación de las personas, empresas e
instituciones de todo tipo. Para un país, el
desarrollo de Internet es clave como motor de
desarrollo económico, innovación y
competitividad global. Para una persona,
mantenerse fuera de la red alegando
desconocimiento, miedo o falta de incentivos ha
pasado de ser una postura tradicional, a ser
directamente ridícula y cavernaria, y a provocar
exclusiones cada vez mayores en perfiles
personales y profesionales. Los tiempos han
cambiado e Internet posibilita el intercambio
horizontal de información y de cultura entre
todos los ciudadanos, y los medios de producción
cultural deben adaptarse a esta nueva democracia
y no al revés. Configurar el acceso a Internet
como un derecho fundamental no es más que una
señal, la que indica que en nuestra sociedad la
red juega un papel cada vez más importante y
central. Por eso, por haberse convertido en un
punto central de nuestra interacción como
sociedad, la red tiene que mantenerse neutral,
tiene que seguir manteniendo la característica
fundamental que la ha llevado a ser lo que es. En
muchos casos, ante los excesos de las empresas de
telecomunicaciones, de las industrias culturales
y de determinados políticos, la única respuesta
será el activismo. Un activismo que estará, en
ese caso, plenamente justificado como forma de
defender una red que es la clave de nuestro
desarrollo futuro como sociedad.
*
Enrique Dans es
consultor español y profesor de la IE Business School. Este es el capítulo 5 (Introducción
a la red. La neutralidad de la red) del libro Todo va a cambiar, bajo licencia Creative Commons.
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