Introducción

La
Ley Televisa y la lucha por el poder
Javier Esteinou Madrid y
Alma Rosa Alva de la Selva *
El contexto de
apertura política que creó en
México el proyecto económico político
modernizador de la globalización, especialmente
de 1980 a la fecha, modificó sustancialmente
diversas áreas estratégicas de la actividad
nacional para resolver las contradicciones entre
el marco jurídico vigente y el proceso de
desarrollo interno; esto produjo condiciones
favorables para la expansión económica nacional
y mundial. De esta manera, se transformaron las
relaciones entre el Estado y la Iglesia, la
regulación del ejido, la inversión extranjera,
la transparencia del gobierno, la innovación
educativa, la reforma política, la legislación
electoral, el marco ecológico, los procesos
fiscales, las reglas electorales, la
organización del gobierno y otras, excepto la
estructura de la comunicación electrónica
colectiva del país. En la Ley Federal de Radio y
Televisión (LFRTV), vigente desde 1960, no se
realizaron cambios sustanciales debido a que el
viejo aparato de gobernabilidad del Estado
mexicano y la racionalidad dominante del mercado
interno sostuvieron que no debía reglamentarse
más el ámbito de la comunicación masiva, pues
estaba suficientemente regulado; introducir más
normatividades en la materia crearía obstáculos
que impedirían el flujo de la modernidad
informativa mundial.
Durante más de 35 años,
diversos sectores (el académico, organizaciones
sociales, comunicadores, trabajadores de los
medios, legisladores y ciudadanos), a partir de
diversas consultas públicas foros,
seminarios, mesas de diálogo y alternativas
legislativas, propusieron múltiples vías
para realizar una nueva reforma a la LFRTV y a la
Ley Federal de Telecomunicaciones (LFT). Las
propuestas no fueron consideradas por el Estado
mexicano para cambiar democráticamente dicha
realidad. Hasta finales del siglo XX los reclamos
básicos de la sociedad civil en el terreno
comunicativo no fueron contemplados por el
proyecto del mercado y del poder; el viejo modelo
de comunicación electrónico siguió gobernando
el espacio público de la sociedad
mexicana de principios del tercer milenio.
Lo
único que aceptó parcialmente el Estado en este
periodo histórico fue la introducción de
algunas transformaciones leves o secundarias,
como la reglamentación para ofrecer nuevos
servicios de telecomunicaciones, el parche en
algunas realidades jurídicas menores de la
radiodifusión, la protección parcial a los
comunicadores, la precisión jurídica para
incorporar nuevas tecnologías, la difusión de
temáticas novedosas, la inclusión de un débil
Derecho de réplica, y otras que no
modificaron democráticamente la médula de la
estructura monopólica y autoritaria del sistema
de comunicación nacional.
La
herencia comunicativa autoritaria que dejó la
actuación de la clase gobernante durante el
último tercio del siglo XX en México, canceló
el reconocimiento de las necesidades básicas de
desarrollo informativo de las comunidades
nacionales. Al iniciar el siglo XXI la sociedad
mexicana, a partir de las elecciones del 2 de
julio de 2000, optó por la transformación del
viejo sistema político mexicano. Con ello se
aceleró la transición democrática para
modificar el régimen político anquilosado que
duró más de 70 años en el país y se intentó
crear un nuevo modelo de apertura y
participación social dentro de la esfera
pública.
Luego
de más de siete décadas de haber surgido la
radio, después de 58 años de inaugurada la
televisión y de 48 años de expedida la LFRTV en
México, el Estado y los concesionarios de la
radiodifusión aceptaron revisar dicha
normatividad, considerando que ya era anacrónica
y obsoleta, presionados por el contexto de cambio
global y la voluntad de transformación de la
sociedad mexicana. A principios del siglo XXI se
inició un proceso abierto y plural para realizar
la reforma jurídica a la radio y televisión,
con el objetivo de crear un marco que resolviera
las lagunas legislativas que durante años se
habían acumulado.
Como
parte del proceso de transformación jurídica de
la radiodifusión, la Secretaría de Gobernación
inauguró, el 5 de marzo de 2001, la Mesa
de diálogo para la revisión integral de la
legislación de medios electrónicos, cuyo
objetivo fue crear las bases para generar una
reforma equilibrada de la radiodifusión nacional
que permitiera participar a todos los sectores
sociales. Luego de más de 18 meses de trabajo
del Estado, la sociedad civil y los
concesionarios pese al avance de
importantes consensos alcanzados, el
presidente Vicente Fox anunció el 10 de octubre
de 2002 la expedición de un nuevo Acuerdo
presidencial sobre el manejo del 12.5% de los
tiempos de Estado y un Nuevo reglamento
para la Ley Federal de Radio y Televisión.
La propuesta presidencial marginó la iniciativa
plural de reforma integral de los medios
electrónicos y reformó, unilateralmente, el
marco jurídico de la radiodifusión; esto
beneficiaba la expansión de los intereses de los
monopolios de la comunicación.
Posterior
al enorme engaño del Ejecutivo federal, la
sociedad civil y la academia organizadas
presentaron, el 4 de diciembre de 2002, una
Propuesta ciudadana de reforma a la LFRTV y
la LFT, a las Comisiones de Reforma del
Estado, del Senado y de la Cámara de Diputados.
El planteamiento fue asumido por el Senado y se
presentó oficialmente el 12 de diciembre como la
Iniciativa ciudadana de Ley Federal de
Radio y Televisión ante el Senado de la
República. Después de exponerse la iniciativa
para su análisis y evaluación por las
Comisiones Unidas de Comunicaciones, Gobernación
y Estudios Legislativos, estos órganos
introdujeron, el 30 de marzo de 2005, diversos
proyectos de iniciativas altamente conservadoras
concentradas en el proyecto denominado
Dictamen sobre la iniciativa con proyecto
de decreto de reforma de Ley Federal de Radio y
Televisión y que se oponía a las
directrices centrales de la propuesta ciudadana.
A
partir de este planteamiento antisocial se
modificaron sustancialmente los contenidos y el
espíritu democrático, participativo,
transparente, plural, modernizador y equilibrado,
que contenía el proyecto ciudadano original.
Esto fortaleció enfáticamente los intereses del
duopolio informativo de Televisa y Televisión
Azteca, y se olvidaron las necesidades
comunicativas básicas de la comunidad nacional.
Dentro
de este contexto histórico, sorpresivamente el
primero de diciembre de 2005, se aprobó en la
Cámara de Diputados, de manera acelerada, un
proyecto de reforma a la LFRTV y a la LFT,
denominado popularmente Ley Televisa.
Fue presentado y dictaminado en ocho días,
aprobado por unanimidad en siete minutos, sin
mociones a favor o en contra, sin abstenciones y
sin destacar la trascendencia de la misma.
La
Cámara de Diputados envió a la Cámara Alta la
propuesta denominada Iniciativa que
reforma, adiciona y deroga diversas disposiciones
de la Ley Federal de Telecomunicaciones y de la
Ley Federal de Radio y Televisión.
Sin
tomar en cuenta el anterior proyecto de
Iniciativa ciudadana de reforma a la Ley
Federal de Radio y Televisión, que se
encontraba desde hacía 3 años en el Senado de
la República, aún en proceso de análisis y
discusión, el 30 de marzo de 2006 un sector
mayoritario de legisladores a favor de la
Ley Televisa aprobaron
irracionalmente el proyecto de reforma, sin
alguna modificación mayor, sin discusión y a
pesar de las intervenciones en contra que
presentaron legisladores de oposición, quienes
la cuestionaron ampliamente.
Múltiples
grupos sociales demandaron al Ejecutivo federal
que, con base en su facultad, vetara la Ley
Televisa que contenía múltiples
irregularidades, grandes errores y violaciones
constitucionales de la propuesta. Inauditamente,
Vicente Fox publicó, el 11 de abril de 2006, en
el Diario Oficial de la Federación la
nueva LFRTV y la LFT para darle reconocimiento
oficial y colocarla con plena vigencia jurídica.
El
Ejecutivo federal desconoció la normatividad que
señala que la Consejería Jurídica de la
Presidencia de la República debía formular
observaciones a las propuestas que le son
enviadas por el Congreso de la Unión para su
autorización; omitió dicho procedimiento
institucional y publicó la ley para que entrara
en vigencia antes de que concluyera el periodo
reglamentario que le correspondía cumplir para
efectuarla.
En
estos procesos políticos, los poderes
Legislativo y Ejecutivo fueron sustituidos por la
Cámara de la Industria de Radio y Televisión
(CIRT) para elaborar los marcos normativos y
reformar al Estado en materia comunicativa,
favoreciendo a los tradicionales monopolios
informativos y marginando a la sociedad que
esperó, de buena fe, la oportunidad para cambiar
el sistema de comunicación nacional.
De
este modo emergió en México un marco jurídico
comunicativo desigual, regido por la lógica de
la acumulación salvaje, que protegió a los
monopolios privados de la comunicación masiva,
quienes expresaron que la radiodifusión y las
telecomunicaciones debían regirse exclusivamente
por los mecanismos autoregulatorios que introduce
la mano invisible del mercado, que
fija la relación de oferta y demanda entre
productores y consumidores comunicativos, y no
por los principios rectores del Estado-nación de
construcción de la República, cimientos de la
democracia en México.
Según
los monopolios de la comunicación, en el ámbito
nacional debía prevalecer el prototipo de
información regido por la lógica darwinista del
mercado salvaje o del mercado desbocado sin
contrapesos que lo equilibraran, pues éstos
estorban al libre mercado autorregulado.
Desde
esta óptica la sociedad fue percibida sólo como
un consumidor, con diversas facetas económicas,
según los estratos de poder adquisitivo. Por
consiguiente, el modelo legal no reconoció la
existencia de ciudadanos, sino únicamente de
simples consumidores o clientes potenciales con
los cuales se hace negocio para incrementar el
porcentaje de ganancia. La mayor limitación
jurídica de la reforma conservadora de 2006 para
las comunicaciones nacionales fue la ausencia de
la sociedad. El ciudadano, sujeto y actor
fundamental de la democracia, razón esencial de
la comunicación, no existió ni como sujeto
básico ni como usuario. No apareció en la
concepción misma del modelo mercantilista de la
radiodifusión, el cual lo redujo a ser un simple
consumidor de contenidos, donde la información
se convirtió en otra más de las mercancías
publicitadas en las pantallas, y no como un bien
público al cual tienen derecho de acceso y
práctica todos los habitantes. El sujeto civil
estuvo ubicado fuera de toda imaginación
legislativa y marginado del catálogo básico de
derechos de los usuarios de los servicios de
telecomunicaciones y de la radio y la
televisión.
La
radiodifusión se asumió como una cuestión de
asuntos técnicos puramente, dominada por la
racionalidad del negocio, por consiguiente debía
quedar colocada al mismo nivel de condiciones que
tienen el otorgamiento de las concesiones de
carácter comercial. Por tanto, las concesiones
debían pasar por el mismo procedimiento de
licitación que experimentan otras ramas
económicas: se otorgan al mejor postor, el que
más dinero ofreciera más derechos tenía para
adquirirlas.
No
se reguló la concentración de la propiedad,
sólo se permitió la formación de super
monopolios de la información colectiva. Así, se
posibilitaron las condiciones jurídicas para
generar un proceso de acumulación creciente de
concesiones radiofónicas por un mismo grupo,
históricamente privilegiado. Se permitió,
además, que los medios de información
electrónicos se comportaran irrefrenablemente
como simples empresas económicas dominantes que
marginaron el ejercicio del interés público, y
que con estas características influyeran
sustantivamente en la conformación del espacio
público mediático, creando una nueva área
electrónica colectiva de interacción social
extremadamente mercantil, privada, monopólica y
no ciudadanizada, plural y abierta como tanto
proclamó el Estado. Esto impidió garantizar el
interés social del proceso de la convergencia
tecnológica y de la radiodifusión en general.
Dentro
de este contexto normativo el Estado debía
comportarse como un gerente que serviría para
proteger y administrar los intereses de los
monopolios informativos y no como una instancia
de representación y salvaguarda de las
necesidades colectivas de comunicación. La
rectoría del Estado-nación debía reducirse
sustancialmente en el área informativa para
permitir, unilateralmente, que la lógica de los
monopolios definiera el proceso de comunicación
colectiva, y se anulara la planificación
comunicativa basada en la participación y la
sobrevivencia de los grandes grupos sociales.
Como
quedó operando jurídicamente la Ley
Televisa, en el proceso de la convergencia
digital prácticamente se regala el ancho de
banda o las frecuencias liberadas a los grandes
concesionarios de radio y televisión,
especialmente al duopolio televisivo, sin que
éste quedara obligado a cubrir ningún pago al
Estado como contraprestación por la ejecución
de los nuevos servicios agregados de
telecomunicaciones.
Desde
la concepción neoliberal, el progreso
comunicativo se entendió como la defensa de los
enormes beneficios monopólicos que privilegian
únicamente a unos cuantos inversionistas
propietarios de las empresas más poderosas del
sector, a costa del abandono de las necesidades
de las mayorías nacionales e incluso de la
extinción de las instituciones de comunicación
más frágiles, como son los medios de
información de servicio público del Estado y
los medios comunitarios.
En
este modelo de mercado salvaje la comunicación
social sólo alcanzó el rango de simple
instrumento tecnológico eficiente y ágil para
hacer negocios, y no fue asumida como una
actividad comunitaria con valor de servicio
público que promoviera el desarrollo social. El
proceso comunicativo no se entendió como la
producción, la difusión, la asimilación de
información y las retroalimentaciones del
auditorio, sino solamente como una fase parcial
que abarcó la producción, la difusión y la
asimilación de la información, sin incluir la
respuesta de los receptores. Por lo tanto, el
proceso simulado de comunicación
social fue equivalente a un mero proceso de
producción-difusión-recepción, donde el
auditorio sólo se consideró como receptor y no
como emisor de información
(producción-difusión-recepción-respuesta).
Aunque se declaró que con la Ley
Televisa nos convertiríamos en la
sociedad de la comunicación, en la
realidad concreta la sociedad mexicana
experimentó la presencia de un proceso masivo
elitista de información para la acumulación
económica y no de comunicación colectiva para
el crecimiento social.
Paradójicamente,
después de años de espera y de lucha de la
sociedad civil por reformar el marco normativo de
la radiodifusión nacional, lo que se obtuvo con
la aprobación de la Ley Televisa en
el 2006, fue el mayor retroceso político,
social, cultural, democrático, educativo e
informativo de toda la historia de la
comunicación nacional. El proyecto normativo
sólo benefició al sector oligopólico de la
información y de las telecomunicaciones
tradicionalmente protegido por el Estado, e
impidió la transformación democrática del
viejo modelo de comunicación, marginando las
necesidades comunicativas fundamentales de la
sociedad demandadas durante muchas décadas en
México.
La
aprobación de la Ley Televisa fue la
expresión más acabada del proyecto neoliberal
aplicado por los monopolios de la radiodifusión
y de las telecomunicaciones. El aprovechamiento
unilateral de un instrumento jurídico con el que
los grandes grupos de poder lucharon por el
control económico, político, cultural e
ideológico de la nación. En el fondo, esta ley
fue una estrategia normativa para apoderarse de
la soberanía comunicativa de la nación. La
disputa entre el proyecto comunicativo de la
sociedad civil y el de los grandes monopolios de
la información nacional, por la dirección y
explotación comunicativa de la nación, se dio
con el intento por parte de las compañías de
privatizar el espectro radioeléctrico, la
apropiación de las frecuencias liberadas, el no
pago de contraprestaciones por realizar servicios
agregados de telecomunicaciones, renovación
automática de concesiones, marginación de los
medios públicos, la subordinación del Estado a
la difusión monopólica, etcétera. El espectro
radioeléctrico debía privatizarse para permitir
que se pudieran realizar los negocios y acumular
capital a escala ampliada.
Desde
el punto de vista del mercado había que
apoderarse del espectro para crear condiciones
que generen mayor ganancia y no para transformar
la conciencia de los individuos ni para hacer
avanzar a la sociedad hacia etapas civilizatorias
superiores. Oponerse a ello sería no ser
moderno, vanguardista,
avanzado, innovador,
actualizado y
progresista. Desde esta lógica,
privatizar el espectro radioeléctrico equivale a
que los litorales, las carreteras, el espacio
aéreo, las avenidas, las calles, sirvan
únicamente para hacer negocios, no para
circular, para resolver las necesidades
elementales de salud, alimentación, trabajo,
educación, descanso, emergencias, que enfrenta
la población cotidianamente.
Mediante
la Ley Televisa el espectro
radioeléctrico se entregó a los monopolios
privados de la comunicación y, en el fondo, el
Estado renunció abiertamente a ejercer la
soberanía republicana sobre una parte sustancial
del patrimonio de la nación. El espectro
radioeléctrico es un espacio estratégico de
cualquier Estado-nación, a través de éste la
sociedad se comunica e interactúa, por esta vía
circulan señales y conocimientos que permiten
que la economía, la política, la cultura, la
educación, la información, la gobernabilidad,
la socialización, operen para que funcione la
nación. Es el área mediante la cual se comunica
e interactúa la sociedad, por lo tanto, es un
bien público, propiedad de la nación, tan
importante como el dominio sobre el petróleo, el
agua, la electricidad, las minas o el subsuelo.
Con
la aprobación de la Ley Televisa en
el Congreso de la Unión se introdujo una
contrarreforma comunicativa que evitó el paso a
la transición democrática comunicativa y se
maquilló el viejo modelo de comunicación
decadente que existió por casi ocho décadas en
el país, pero ahora disfrazado de
moderno, competente,
digitalizado y
convergente. Mediante este proceso se
conformó una nueva jerarquía de poderes
públicos, donde el poder económico, político e
ideológico del sistema mediático se colocó por
encima de los poderes constitucionales del Estado
mexicano.
La
sociedad mexicana inició este periodo de su
historia nacional con una Presidencia y un
Congreso de la República rendidos a la voluntad
de las fuerzas de los poderes fácticos
informativos, especialmente del duopolio
televisivo, conformado por Televisa y Televisión
Azteca, y no con un Ejecutivo y un Legislativo
éticos, fuertes e independientes que le dieran
dirección autónoma a la comunidad para
contrarrestar las ambiciones de apropiación
comunicativa del poder mediático y le
permitieran resolver las fuertes contradicciones
que debe solucionar para coexistir de manera
pacífica.
En
síntesis, se puede afirmar que hasta el 2006 la
historia de la reforma a la radiodifusión
nacional estuvo plagada de desilusiones,
desengaños y frustraciones pues en 48 años no
se efectuó alguna transformación jurídica
sustantiva al marco comunicativo, con espíritu
plural, social y democrático. Al contrario, toda
reforma que se dio, se gestó con intereses
empresariales, mercantiles y políticos de los
monopolios informativos. Así, el tercer milenio
en México nació con el viejo espíritu opaco,
discrecional, monopólico, cerrado, concentrador,
vertical, viciado, frívolo y autoritario del
arcaico modelo de comunicación mercantil que
dominó las últimas décadas del siglo XX, y que
continúa sin la existencia de un modelo de
comunicación autosustentable para la
sobrevivencia social.
Pese
a la aprobación de la Ley Televisa,
el poder Judicial cobró conciencia del
gravísimo error cometido por el Ejecutivo y el
Legislativo y detuvo el avance de una
normatividad anticonstitucional. Mediante la
rigurosa aplicación de la filosofía de la
Constitución mexicana, el 7 de junio de 2007 la
Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN)
anuló los aspectos centrales de la Ley
Televisa y colocó el mandato de la
Constitución Mexicana en el terreno de la
comunicación social, por encima de los intereses
de los poderes fácticos informativos que la
habían rebasado con exceso, cinismo, impunidad y
prepotencia.
Con
la valiente resolución jurídica de la SCJN la
sociedad mexicana presenció un evento de enorme
trascendencia histórica que contribuyó
significativamente a recolocar al Estado-nación
como instancia rectora del proceso de
comunicación del país frente a las fuerzas
monopólicas de la posmodernidad tecnológica y
política comerciales. A partir de fundamentos
constitucionales la Corte se enfrentó con
firmeza y soberanía a los poderes fácticos
informativos que erosionaron drásticamente la
esencia, la soberanía, la centralidad y la
misión del Estado como dirigente de la sociedad;
reivindicó el sentido fundamental de la
rectoría del Estado en el proceso de
construcción del proyecto de comunicación
colectivo desde los postulados republicanos de la
Constitución Mexicana.
La
intervención de la SCJN para anular el proyecto
jurídico privatizador de la Ley
Televisa sólo evitó que avanzara más el
modelo de radiodifusión desigual que existía,
pero en nada cambió la estructura vertical,
anticompetitiva, discrecional, autoritaria,
unilateral, hermética, anticiudadana, contraria
al servicio público, desinformadora, que reina
en los medios de difusión electrónicos en el
país. Así, sólo frenó que se reprodujera el
proyecto de los monopolios de la información con
mayor fuerza unilateral sobre el Estado y la
comunidad nacional, pero no transformó el
sistema de comunicación oligopólico.
Después
de la acción sustantiva de la Corte, la enorme
estructura monopólica y autoritaria de los
medios de información electrónicos permaneció
intacta, no se afectó el sistema desequilibrado
de comunicación ya existente, sólo se impidió
que se expandiera más el modelo concentrador de
la difusión nacional. La intervención de la
SCJN detuvo provisionalmente el avance del poder
mediático monopólico informativo que tiende a
transformarse en un mega poder oligopólico
comunicativo. Después de la estratégica
participación del Poder Judicial sigue con plena
vigencia la estructura y dinámica de la Cuarta
República Mediática en México, que impone
su modelo unilateral de comunicación
electrónica privada y comercial sobre el resto
de los poderes republicanos y de las necesidades
comunicativas de la población, edificando una
sociedad dispar e inarmónica en sus
instituciones.
Esta
realidad no es un problema del pasado, es un
hecho central de la historia presente; el
espíritu de Ley Televisa está vivo,
el mismo proyecto de expansión comunicativa
privada comercial oligopólica sin límites,
existe vigoroso y latente. Espera nuevas
condiciones sociopolíticas para alcanzar las
metas que le fueron canceladas por la
intervención constitucional del Poder Judicial
de la federación.
Puede
constatarse que en la actualidad los monopolios
de la comunicación colectiva siguen luchando
silenciosamente por lograr, mediante cualquier
vía, operar la comunicación electrónica como
un negocio mercantilista sin freno y no como un
servicio público de interés social; manejar
exclusivamente la difusión colectiva hasta
llegar a grados salvajes; concentrar la
estructura de la difusión masiva y de las redes
de telefonía y televisión a escala
oligopólica; privatizar crecientemente el
espectro radioeléctrico y desconocer su
naturaleza de patrimonio de la nación; evitar la
competencia abierta con diversos actores en el
sector de las telecomunicaciones; negar las
condiciones de igualdad para la acción de los
actores comunicativos; aprovechar unilateralmente
los beneficios de la convergencia tecnológica y
de la Sociedad de la Información; obstaculizar
el surgimiento de nuevas cadenas audiovisuales y
telefónicas que abran otras alternativas
empresariales; presionar, vulnerar, subordinar o
hasta sustituir al Estado-nación y a los poderes
constitucionales de la República a los intereses
expansivos de los poderes fácticos mediáticos;
debilitar la soberanía del Estado sobre el
gobierno del espectro radioeléctrico; impedir la
aprobación de nuevos marcos jurídicos
democráticos que transformen el sistema de
comunicación social; anular o suprimir
funcionarios públicos que le son incómodos para
avanzar en el fortalecimiento de sus fines
oligopólicos; realizar campañas mediáticas
para desprestigiar a los sectores que les son
críticos; rechazar o disminuir el reconocimiento
de los derechos comunicativos básicos de las
comunidades locales; oponerse a difundir los
anuncios publicitarios de la propaganda electoral
de los partidos políticos; negar o erosionar el
modelo de medios de comunicación de servicio
público; evitar abrir las pantallas a la
participación creciente de las comunidades;
borrar de sus pantallas la presencia de
personajes que intentan modificar el desigual
marco jurídico de la radiodifusión nacional;
manipular la información hasta llegar al morbo,
la difamación y los videoescándalos para
dirigir la opinión pública; saturar la
programación con publicidad excesiva evadiendo
el sano equilibrio entre difusión y
comercialización; difundir la cultura
parasitaria altamente rentable y no la cultura
sustentable para la sobrevivencia social. En
pocas palabras, reproducir el viejo orden
desigual de la comunicación colectiva a escala
ampliada.
Debido
a lo anterior, un grupo plural de 34 ciudadanos
formado por funcionarios públicos,
investigadores, políticos, periodistas,
académicos y comunicadores, preparamos el texto La
Ley Televisa y la lucha por el poder
en México, con el objeto de analizar de
forma integral y desde diversos ángulos
(historia, economía, política, derecho,
sociología, cultura y comunicación) las
repercusiones de la Ley Televisa
sobre el proceso de reproducción de la
estructura contemporánea del poder nacional. En
conjunto, elaboramos una amplia masa crítica de
reflexiones para ver la historia de la
comunicación electrónica del México moderno
con ojos analíticos e interpretar de forma
distinta el presente comunicativo, desde la
perspectiva de la disputa por la nación y no
sólo desde el ángulo descontextualizado de las
tecnologías de información aisladas;
adelantarnos a las consecuencias que pueden
derivar en los próximos años si no se
introducen contrapesos ante el fenómeno
monopolizador de la comunicación en México. De
esta forma, en el presente texto se aportan
diversas directrices y alternativas intelectuales
estratégicas para transformar la realidad
comunicativa de manera más justa y equilibrada,
que permita asentar bases intelectuales para la
construcción de otro modelo de comunicación,
más plural y armónico en el país.
Este
esfuerzo intelectual colectivo contiene diversas
reflexiones sobre los principales aspectos que
constituyeron esta abusiva realidad sobre el
proyecto de comunicación social, con el fin de
hacer una reconstrucción documentada de esta
etapa de la historia del poder comunicativo en
México, incorporarla críticamente a la memoria
nacional y evitar que se entierre con el
alzheimer cultural que produce la abundante
programación cotidiana que arrojan las
industrias culturales sobre nuestras conciencias.
De lo contrario, olvidar acríticamente este
capítulo, permitiría que la situación desigual
se repita en próximas décadas con mayor fuerza,
pues el olvido y la ausencia de examen riguroso
son los mejores aliados para la reproducción del
viejo orden del poder de la comunicación
autoritaria. Recordarlo, analizarlo y colocar los
antídotos racionales, jurídicos y políticos
adecuados evitará que tal fenómeno resurja en
el futuro y contribuirá al aporte de elementos
para que se edifique un nuevo sistema de
comunicación democrática.
El
Congreso de la Unión tiene la enorme
responsabilidad histórica de ejercer su
autonomía y su función regulatoria, demostrar
de manera contundente que es posible construir
otra historia democrática de la comunicación
nacional. Por ello, para mantener una trayectoria
de avance, es indispensable acelerar las
transformaciones democráticas, especialmente en
el campo de la comunicación. La acumulación de
fuertes contradicciones sociales, pone en peligro
a la frágil estabilidad de nuestro sistema de
gobernabilidad nacional.
En
el ámbito de la comunicación no es sano que
persista el funcionamiento autoritario,
discriminatorio y anticiudadano del viejo modelo
de difusión colectivo privado comercial. Es
medular realizar una reforma plural de la
relación comunicativa que existe entre el
Estado, los concesionarios y la sociedad
mexicana, que permita que esta última despegue a
nuevos horizontes de armonía, sobreviviencia y
humanización.
Los
poderes públicos deben aprovechar la fase de
reforma del Estado para crear un avanzado marco
jurídico sobre la radiodifusión que permita
formar un nuevo orden de comunicación
nacional, que posibilite que el Estado
mexicano rescate su función rectora en el
terreno comunicativo y que libere a la clase
política de la manipulación que ejercen los
poderes fácticos mediáticos que han subordinado
a los poderes públicos y a la sociedad a sus
intereses. El Estado debe actuar como una entidad
a favor del proyecto de crecimiento comunicativo
ciudadano y no simplemente como administrador de
los requisitos del proyecto de acumulación
oligopólico.
Si
el Estado-nación no invierte políticamente en
el reconocimiento y ejercicio real de las
garantías comunicativas fundamentales de la
población, el gobierno tendrá que destinar
mayor gasto público para financiar la represión
social, pues será la única forma de detener la
energía colectiva contenida que no permitió
expresarse en los medios de difusión masivos, y
que necesita salir al espacio público para ser
reconocida y exponer sus problemáticas. Es
indispensable tener contrapesos jurídicos,
políticos y sociales que limiten el poder
supraconstitucional desmedido alcanzado por los
medios de difusión colectivos, especialmente
electrónicos, como poderes fácticos, que
permita surgir al nuevo modelo de comunicación
social incluyente.
La
participación de las comunidades nacionales en
el nuevo espacio público mediático evitará los
desbordamientos sociales que van en aumento y
logrará aportar bases firmes para la transición
pacífica a la democracia nacional. Ante la grave
descomposición social, la comunidad mexicana
espera la firme respuesta del poder Legislativo
en materia de comunicación colectiva.
El
proceso de cambio comunicativo no debe retrasarse
más, pues la sociedad ha esperado mucho tiempo
para alcanzar estos derechos; de no efectuarse
ahora, en el ambiente de la frágil democracia
incipiente y la raquítica pluralidad construida
en la transición política, el viejo
autoritarismo disfrazado de renovador
resurgirá en el horizonte político, con sus
vicios tradicionales de represión, verticalidad,
discrecionalidad, hermetismo, desinformación,
mercantilismo y descontextualización cultural,
impidiendo la evolución de la sociedad a la
democracia por la vía pacífica.
Al
iniciar el siglo XXI es insostenible que se
repita la historia tradicional en materia de
transformación de la comunicación colectiva, de
no encontrarle la cuadratura al
círculo, y abandonar la deuda histórica
comunicativa que el Estado mexicano tiene con la
sociedad desde hace casi medio siglo. Si no se
considera en la elaboración de una nueva
legislación la inclusión de los derechos
comunicativos que la sociedad mexicana ha
demandado durante décadas, encontraremos que en
plena fase de modernización,
apertura y transición
política nacional, se habrán modificado
las estructuras económicas, políticas,
jurídicas y tecnológicas de nuestra sociedad;
pero no se habrán transformado las estructuras
mentales profundas que, en última instancia, son
las bases centrales que sostienen y le dan vida a
nuestra nación. En estas circunstancias, la
sociedad mexicana estará avanzando con los
ojos vendados por un precipicio
mental muy peligroso y dentro de algunos años
veremos y sufriremos las consecuencias
devastadoras que habrá dejado sobre nuestras
conciencias y comportamientos colectivos la
presencia del funcionamiento desregulado de la
lógica de mercado en el terreno cultural,
comunicativo y espiritual de nuestro país.
La
sociedad mexicana y los poderes públicos de la
República, especialmente el Legislativo, están
frente a la disyuntiva histórica de caminar en
los próximos años hacia un proyecto de
comunicación colectiva regido por la cabeza
despótica de los oligopolios mediáticos
comerciales que se han formado en nuestro país y
han frenado su crecimiento democrático, o
avanzar hacia un proyecto de comunicación de
servicio público dirigido por un moderno
Estado-nación comunicativo para la sobrevivencia
colectiva, reformado por la creación de un nuevo
consenso jurídico nacional tripartita de
equilibrio sano entre medios, Estado y sociedad
que permita una coexistencia con las garantías
universales de la pluralidad, la igualdad, la
justicia para todos los ciudadanos.
Noviembre de 2009
*
Javier Esteinou Madrid es profesor
investigador del Departamento de Educación y
Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana - Xochimilco. * Alma Rosa Alva
de la Selva es profesora de la Facultad de Ciencias
Politicas y Sociales de la Universidad Nacional
Autónoma de México. Ambos son coordinadores del libro La "Ley
Televisa" y la lucha por el poder en México, editado por la UAM,
del que este texto es la introducción, titulada
"El espíritu de la 'Ley Televisa' no ha
muerto".
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