Rodolfo
Walsh: El último legado
Santiago
Igartúa *
Como
último legado el periodista argentino Rodolfo
Walsh dejó el texto titulado Carta de un
escritor a la Junta Militar. Lo escribió el
24 de marzo de 1977, un día antes de su
desaparición. Fue su último acto de libertad.
Walsh envió dicha carta a
las redacciones de diarios argentinos y a
corresponsales extranjeros. En ella explicó que
la censura de prensa, la persecución a
intelectuales, el allanamiento de mi casa en el
Tigre, el asesinato de amigos queridos y la
pérdida de una hija que murió combatiéndolos
(a los miembros de la Junta Militar), son algunos
de los hechos que me obligan a esta forma de
expresión clandestina después de haber opinado
libremente como escritor y periodista durante
casi treinta años.
Acusó a los
militares de implantar el terror más
profundo que ha conocido la sociedad
argentina. Y apuntó la cifra desnuda
de ese terror: 15 mil desaparecidos, 10 mil
presos, 4 mil muertos, decenas de miles de
desterrados.
Increpó a
los militares que mediante sucesivas
concesiones al supuesto de que el fin de
exterminar a la guerrilla justifica todos los
medios que usan, han llegado ustedes a la tortura
absoluta, intemporal, metafísica en la medida
que el fin original de obtener información se
extravía en las mentes perturbadas que la
administran para ceder al impulso de machacar la
sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder
la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes
mismos han perdido.
Sostuvo que
estos hechos, que sacuden la conciencia del
mundo civilizado, no son sin embargo los que
mayores sufrimientos han traído al pueblo
argentino ni las peores violaciones de los
derechos humanos en que ustedes incurren. En la
política económica de ese gobierno debe
buscarse no sólo la explicación de sus
crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a
millones de seres humanos con la miseria
planificada.
Walsh
firmó la carta con su nombre y número de
cédula C.I. 2845022, lo cual fue
contrario a las medidas de seguridad del grupo
subversivo Montoneros, al que pertenecía.
Para esas fechas
fines de 1976 era claro el choque de
ideas entre el periodista y la organización
guerrillera, pero Walsh sabía de la enorme
importancia del carácter testimonial de su
carta, dice en entrevista con Proceso
Daniel Link, editor de los textos de Walsh
recuperados de la Escuela de Mecánica de la
Armada (Esma) centro de detención y
tortura instalado por el régimen militar y
recopilados por Ediciones de la Flor.
Su carta fue un
desplante que osciló entre el heroísmo y el
suicidio. La escribió sin esperanza de ser
escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero
fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo
de dar testimonio en momentos difíciles,
concluye la misiva.
Los asesinos de
Walsh tienen nombre y apellido. Por su
desaparición el juez federal Segio Torres
procesó a Jorge Acosta, Alfredo Astiz, Ricardo
Miguel Cavallo, Pablo García Velazco, Jorge
Radice, Juan Carlos Rolón, Antonio Pernías,
Julio César Coronel, Antonio Febres, Ernesto
Weber, Orlando Generoso y Carlos Fotea, todos
integrantes del Grupo de Tareas (GT) 3.3.2. de la
Esma.
El 14 de
noviembre pasado el juez Torres elevó la causa a
juicio oral, el cual se sigue en el
Tribunal Oral en lo Criminal Federal número 5
(TEO-5), instancia que realizó cinco audiencias
en diciembre último.
El caso por
secuestro y posterior desaparición
de Walsh, así como por la sustracción de
todos sus bienes y parte de su obra
literaria, se encuentra en el legajo
Testimonio C de la Megacausa Esma.
En octubre de
1976, a través de la Agencia de Noticias
Clandestina (Ancla) que él fundó, Walsh
publicó un informe sobre ese centro de
detención. Describió el terror y a los verdugos
mediante testimonios. Habló por primera vez de
la existencia de presos permanentes y del
traslado de prisioneros que eran
arrojados con vida desde un avión al Río de la
Plata. Eran los llamados vuelos de la
muerte. Denunció la aparición de 25
cuerpos mutilados en costas uruguayas
entre marzo y octubre de 1976, incluyendo el caso
de Florentino Avellaneda, atado de pies y manos,
con lastimaduras en la región anal y
fracturas visibles, según la autopsia a la
que Walsh tuvo acceso.
Los marinos
Mario Galli y Sergio Tarnopolsky, informantes de
Walsh, fueron asesinados en 1977. La esposa, los
padres y la hermana adolescente de Tarnopolsky,
exasistente del Tigre Acosta, también
fueron asesinados.
Oficial de
inteligencia de Montoneros, Rodolfo Walsh fue
líder de la prensa clandestina. Se hizo cargo
del semanario de la Confederación General del
Trabajo (CGT). A principios de los años 60
viajó a Cuba. Fue uno de los colaboradores de la
agencia Prensa Latina, junto con Gabriel García
Márquez, Jorge Masetti, Juan Carlos Onetti y
Rogelio García Lupo, entre otros.
En 1973
integró, junto con Paco Urondo y Miguel Bonasso,
el diario Noticias, y en 1976 debido
a la censura impuesta por la dictadura
militar fundó la Ancla. Su propósito:
enfrentar el espanto que, decía, se basaba en el
desconocimiento. Cada noticia era una
pequeña victoria. El hombre libre, expresaba el
periodista, es el que se anima a enfrentar los
riesgos con la conciencia del que
sabe lo que está pasando. Consideraba que el
solo hecho de difundir un rumor con una pinta en
un pasillo hace sentir al hombre la
satisfacción moral de un acto de
libertad.
En sus textos
Walsh habló del amor y del desprecio. Los
peleó. Quería a sus hijas, al trabajo oscuro, a
sus compañeros, a los que no obedecen, a quienes
nunca se rinden, a dos personas abrazándose, a
los que piensan; odió la traición, la
estupidez, a los petroleros anglosajones, a los
mercenarios, los discursos de un general, a los
falsos profetas de la izquierda, la publicidad
anticomunista, a los torturadores
De ello
da cuenta en sus textos que fueron recuperados de
la Esma y que en 2007 publicó Ediciones de la
Flor, bajo el cuidado de Link.
La
emboscada
Según la
declaración de la hija del escritor, Patricia
Walsh, querellante en el caso de la desaparición
de su padre, él fue secuestrado el 25 de marzo
de 1977 en la Capital Federal.
Era viernes. Por
la mañana, Walsh se ajustó un sombrero de paja,
una guayabera clara de manga corta y pantalón
marrón, acorde con la vestimenta de maestro
jubilado que disfrazaba su verdadera identidad.
Al marcar el sol
el mediodía, junto a su compañera Lilia
Ferreyra, dejó la casa que habitaban en el
poblado de San Vicente, provincia de Buenos
Aires, con destino a la capital.
Consultada por Proceso
el 19 de marzo del año pasado en el marco
de un homenaje a Walsh donde se bautizó una
escuela con su nombre, Ferreyra recordó las
horas previas al infortunio: Estábamos muy
contentos porque íbamos a enviar las primeras
copias de la Carta (de un escritor a la
Junta Militar). Rodolfo me cantaba en el tren
y reíamos en el camino.
Así
llegaron a la estación Constitución, donde se
separaron. Él cruzó la calle,
volteó, se miraron y sonrieron. Ferreyra
enviaría algunas copias de la Carta a
distintos medios de comunicación, para más
tarde reunirse con la primogénita de Walsh,
Patricia, y organizar un asado para que el
escritor conociera a su nieto.
El periodista se
presentaría a una cita a las dos de la tarde con
una mujer vinculada con el grupo Montoneros: la
viuda de Carlos Coronel, uno de los líderes de
la organización subversiva, asesinado en el
mismo operativo que María Victoria Walsh, la
otra hija del periodista.
Mi padre
sabía que estas citas eran absolutamente
peligrosas, que continuamente terminaban en
emboscadas, declaró Patricia Walsh a la
Comisión Nacional sobre la Desaparición de
Personas (Conadep) en 1984.
Horacio
Verbitsky, compañero y amigo de Walsh, escribió
en su libro de memorias titulado Rodolfo Walsh
que la viuda había escrito una carta
desgarradora sobre la falta de solidaridad de la
organización, que no cuidaba de ella y de sus
hijos. (Walsh) decidió hacerse cargo.
José
María Salgado, también miembro de los
Montoneros, envió a Walsh la carta de la viuda.
Ese hecho influyó: el periodista argentino
tenía con él una relación casi
paternal, apuntó Eduardo Jozami en la
biografía que escribió sobre el periodista
argentino titulada Rodolfo Walsh, la palabra y
la acción.
En la mesa
de tortura ese compañero había entregado la
cita, dice Verbitsky en sus memorias.
En entrevista
con Proceso, Miguel Bonasso, jefe de
prensa del grupo Montoneros en el exilio y quien
durante años recogió testimonios para
reconstruir la manera y circunstancias en las que
murió Walsh, cuenta que éste llegó a la cita
con una pistolita Walter, calibre 22,
disimulada en su atuendo. Yo le decía:
cuidado, Rodolfo, que te vas a volar los
genitales.
Continúa
Bonasso: La cita era en una avenida al sur
de Buenos Aires (el cruce de las vías San Juan y
Entre Ríos). Ya lo esperaban 14 represores del
GT 3.3.2 de la Esma, conducidos por el propio Tigre
Acosta, haciendo guardia en el lugar.
Recuerda que los
agentes del GT 3.3.2 llevaron a Salgado al lugar
para que señalara a Walsh. Sin embargo, de
acuerdo con testimonios de prisioneros de la
Esma, Salgado no se atrevió a hacerlo.
Uno de los
agentes del GT reconoció a Walsh. Le marcaron el
alto. Alfredo Astiz, al que llamaban El
Cuervo o El Rubio, que era un
afamado cazador de hombres, va por él, pero
Rodolfo presiente algo extraño, se resguarda
detrás de un árbol y se da vuelta con la Walter
en la mano, cuenta Bonasso.
Al dictar los
procesamientos de los miembros del GT 3.3.2, el
juez Torres sostuvo que la intención del
grupo operativo era capturar a Walsh con vida a
los efectos de someterlo a torturas para obtener
información.
Walsh no se
permitió caer prisionero. Lanzó el primer
disparo. Fue suficiente. En respuesta una
ráfaga lo corta prácticamente en dos. Los del
GT no querían correr riesgos, señala
Bonasso.
Por los
testimonios que recogió, Bonasso sabe que el
entonces subcomisario de la policía federal
Ernesto Weber le pega el tiro de
gracia en plenas calles de Buenos Aires.
Según el
informe de Conadep, basado en testimonios, el
cuerpo de Walsh fue trasladado a la Esma por los
miembros del GT 3.3.2. En ese documento, Patricia
Walsh asentó: Los del Grupo de Tareas se
peleaban entre sí a los gritos. No habían
podido llevarlo con vida para torturarlo.
De acuerdo con
el biógrafo Jozami, cuando el GT llegó con
el cuerpo de Walsh a la Esma, Weber dijo:
este hijo de puta no se caía. Lo
acribillamos a balazos y seguía parado.
Bonasso cuenta
que los asesinos revisaron las pertenencias de
Walsh. Entre éstas hallaron el contrato de
alquiler de la casa de San Vicente, que el hombre
de la inmobiliaria habría entregado a Walsh
minutos antes de que abordara su último tren.
Según el juez
Torres, unas horas más tarde del crimen, Ricardo
Miguel Cavallo encabezó un operativo con cerca
de 40 hombres para allanar la casa y confiscó la
obra del escritor.
En el legajo
número 2587 de la Conadep se asienta: la casa
se encontró con incontables impactos de
proyectiles balísticos de grueso calibre por sus
cuatro paredes exteriores, absolutamente saqueada
y hasta con señales de bombardeos.
En abril de 1998
11 años después del suceso el
exsubcomisario Roberto González reconoció ante
la Corte Suprema de Justicia su participación en
el asesinato.
Desde que el
juez Torres tomó el caso en 2003, dispuso que el
grupo de represores sea juzgado además por la
apropiación ilegítima de los bienes
del escritor. Pero ni las balas ni la
confiscación de sus escritos pudieron detener la
tinta del escritor.
No olvides
regar las lechugas, recuerda Ferreyra que
fue lo último que le dijo.
Walsh
rió la ocurrencia y dio la vuelta para
tomar su camino. Así, riendo, se fue para
siempre.
¿Qué
pasó con Rodolfo?
Casi 33 años
después de los hechos, el cuerpo de Walsh no
aparece. Exiliada en México, Lilia Ferreyra
viajó en 1982 a España al encuentro de Martín
Grass, sobreviviente de la Esma, quien declaró
que durante su estancia en ese centro de
detención vio el cuerpo de Walsh.
Pero los restos
del escritor no fueron recuperados.
¿Qué pasó con
Rodolfo? Fue la pregunta que por años cargó
Ferreyra en el pecho.
Ferreyra da
cuenta de un relato de horror que le contó
Grass. Escuché la descripción pausada,
casi cuidadosa, de la imagen brutal de la muerte
que (Grass) vio en el sótano de la Esma: el
cuerpo acribillado de Rodolfo, con el pecho
cortado por una diagonal de impactos, tirado en
el cemento frío. Martín lo reconoció y se
estremeció, narró Ferreyra en un texto
que publicó el diario Página 12, el 9 de
enero de 2006, en el cumpleaños 79 que no fue
para Rodolfo Walsh.
Grass
recuerda ella había visto la muerte
en los ojos blancos de varios compañeros,
nunca un cuerpo al que le hubieran
disparado con tanto odio.
En su búsqueda,
Ferreyra fue informada de que el cadáver de
Walsh habría sido incinerado para desaparecerlo.
Una práctica que en la Esma era conocida como el
asadito.
Con la
narración de Grass murió la esperanza que
abrigaba Ferreyra: que su compañero hubiera
sobrevivido. Fue, quizá, el deseo de
ganarle a la muerte, al destino; un deseo
tal vez aterrador por la tortura sin
límite en el tiempo con que vejaban a los
prisioneros para quebrarles la dignidad que
ustedes mismos han perdido, como acusó
Rodolfo a la Junta Militar, apuntó ella en
el citado texto publicado por Página 12.
La
versión de Grass coincide con la presentada
por las exprisioneras Sara Solars y Alicia de
Pireles ante la Conadep en 1984. Por su parte,
Graciela Daleo y Enrique Fuckman, también
sobrevivientes de la Esma, relataron a dicha
comisión haber visto las pertenencias y
documentación de Walsh dentro del mismo centro
de detención.
Según Link, en
los textos que escribió con motivo de la muerte
de su hija María Victoria, militante montonera,
Walsh define su propia muerte. Vicky,
como llamaba a su hija, se dio un tiro en la sien
el 29 de septiembre de 1976 al verse rodeada por
un operativo militar. Sabía, como él, del
horror.
Mi hija
estaba dispuesta a no entregarse con vida. Era
una decisión madura, razonada. Conocía, por
infinidad de testimonios, del despellejamiento en
vida, la mutilación de miembros, la tortura sin
límites en el tiempo ni en el método, que
procura al mismo tiempo la degradación y la
delación, escribió Walsh en uno de esos
textos.
Su muerte
fue gloriosamente suya (
) Nosotros morimos
perseguidos en la oscuridad. El verdadero
cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te
acuno, te celebro y quizá te envidio, querida
mía, firmó Walsh.
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Santiago Igartúa
es reportero de la revista mexicana Proceso, donde publicó este texto.
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