Las mujeres
del alba
La visión femenina del ataque al
cuartel de Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre
de 1965, es el eje de la novela Las mujeres
del alba, de Carlos Montemayor (Parral,
Chihuahua, 13 de junio de 1947-2010). Esposas,
madres, hijas y hermanas de los guerrilleros
encabezados por el maestro rural Arturo Gámiz y
el doctor Pablo Gómez son los personajes de esta
novela, complemento de Las armas del alba (2003),
la versión masculina de la historia de uno de
los movimientos armados de la segunda mitad del
siglo XX en México. El dolor por la pérdida de
los hombres, la angustia por la sobrevivencia de
las mujeres y su prole, la convicción de que no
había otra alternativa y el apoyo incondicional
a los guerrilleros, son algunos de los temas
abordados por Montemayor en este libro que no
alcanzó a presentar.
Carlos
Montemayor *
(23 de
septiembre de 1965. Madera, sierra de
Chihuahua)
Montserrat,
la madre
Son
ellos, pensé desde que oí el primer
disparo. Sentí que había despertado antes, que
lo estaba esperando. En la oscuridad de la
habitación me di cuenta que mis hijos se habían
incorporado, que permanecían sentados en la
cama; adivinaba sus miradas. Oíamos el tiroteo y
explosiones, gritos. Por varios momentos sentí
que estaba mareada. Se acercó mi hija mayor,
Monserrat, y me tomó de las manos. La abracé y
acaricié su pelo; un temblor recorría su
cuerpo. Mis hijos más pequeños seguían sin
moverse, en la cama. Me vestí lo más rápido
posible. Ya pasó lo que iba a pasar,
les dije. Levántense, mis hijos, porque
tenemos que salir, no nos podemos quedar
aquí. Los ayudé a vestirse y luego me
ocupé del más pequeño, de Trini, que apenas
tenía un año. Me asomé por la ventana; dejé
que mis hijos también se acercaran. La gente
corría afuera y el tiroteo continuaba a lo
lejos. Vi la pista de aterrizaje vacía, sin
movimiento, muy cerca de nuestra casa. Pregunté
si les daba de comer algo, pero los niños no
querían, tenían miedo, no sabían qué pasaba.
También a lo lejos sonó el silbato del
ferrocarril. Yo sabía que eran ellos.
¿Cuándo habrán llegado?, me
preguntaba. Pero no quería pensar mucho.
Salvador, mi marido, me lo había advertido.
Debía hacer lo que me había dicho. Dejarnos de
escuchar los disparos cuando había aclarado la
mañana. Ahora, mis hijos, salgamos,
les dije. Yo llevaba en brazos al más pequeño.
Hacía mucho frío. Todo estaba húmedo, porque
había llovido. Cuando nos dirigíamos a la casa
de mi cuñada Albertina, volvimos a escuchar más
disparos. La gente estaba en las calles, mirando
hacia los cuarteles. Atacaron a los
soldados, exclamaban con preocupación. Yo
sabía que la lucha era en el cuartel, que ahí
tenía que ser. No saludé ni me detuve con
nadie; yo iba concentrada en avanzar con mis
cinco hijos. Cuando llegamos a la casa de mi
cuñada, no me sorprendió verla afuera. La vi a
los ojos y entendí lo que
ocurría."Temo que estén ahí mis
hermanos Salomón y Salvador, me dijo.
Claro que están, pensé yo, pero
nada respondí. Tengo que esconderme, no
tardarán en buscarnos, le dije. Nos
llevaron a la troje; estaba llena de paja, maíz,
aperos. Nos trajo algo de comida y un pequeño
aparato de radio. Tenía que ser
así, le comenté. Los hombres
piensan que son los únicos que viven y
mueren, respondió con miedo y con
resentimiento. Todos morimos, le
contesté. Pero unos sufren más,
repitió. Yo creo que sí, pero no importa
ahora, insistí. Ellos se van al
monte o se mueren, pero tú tienes que
esconderte. Tenía razón, pero había
muchas cosas que hacer; no había tiempo para
hablar. Si Salvador moría, yo sufriría mucho;
si escapaba con vida, sufriría más, él me lo
había dicho. Albertina abandonó la troje y
cerró la puerta. Mis hijos estaban
desconcertados y me miraban. Enciende el
aparato de radio, le pedí a mi hija mayor.
Enciéndelo para saber qué dicen, para
saber qué nos está pasando.
Albertina
Van a
matar a mi hermano Salomón. ¿No oyes los
disparos?, insistí, están atacando
el cuartel. No entiendo,
contesto mi hija. Tienes que entender
ahora, porque Salomón es de los atacantes. Recé
muchas semanas para que esto no ocurriera.
El tiroteo aumentaba por el rumbo de los
cuarteles y de los talleres de ferrocarriles.
Había explosiones de bombas. Me asomé por la
ventana: estaba oscuro, nada podía ver. Salí al
corral y a lo lejos vi el espejo quieto y negro
de la laguna. Olía a humedad, a lluvia reciente;
la tierra en el corral estaba reblandecida,
lodosa. Me sentía atrapada por la oscuridad, por
el tiroteo y las voces. Quise gritar también,
correr hacia la laguna. Sentía la muerte, el
presentimiento, la delicada luz del amanecer que
no lograría soportar estas cosas. Mi hija mayor
quiso tranquilizarme. Van a matar a
Salomón, repetí. Hace frío,
dijo mi hija, entremos en la casa.
No quiero, no puedo, repetí.
Presentí que iba a llorar, pero me esforcé en
permanecer firme. Deben estar ahí mis
hijos Juan Antonio y Lupito, pensé,
también Salvador. Están ahí mis hermanos
y mis hijos, los Gaytán y los Escóbel. Mi
hija temblaba a mi lado; era el frío, el miedo,
no sé. Yo estaba mirando el cielo, buscando una
grieta de luz, de amanecer. Cerré los ojos un
momento, rezando. Cuando los abrí, estaba de
nuevo en la casa, con una taza de café caliente
en las manos. Mi hija me había puesto una
frazada en la espalda y me miraba con los ojos
llorosos. No estoy segura si prefiero que
amanezca. Quiero que todo el día siga así, a
oscuras, me dije. ¿Y los otros
muchachos, los que no son de aquí? ¿Qué
haremos con esas familias?, murmuró mi
hija.
Estela,
la esposa
¿Quién
te llamó, Jolly?, le pregunté cuando
terminó de contestar el teléfono. Aún no
amanecía. Eran las seis de la mañana y yo
escuchaba que afuera, en la ciudad, caía la
llovizna. Me hablaron del aeropuerto,
me explicó. ¿Quién te llamó?,
dime. El controlador de vuelos.
¿Quién? Raúl. Está en la
Torre de Control. ¿A dónde
vas? A la sierra. Los guerrilleros
están atacando el cuartel de Madera.
No vayas. Tengo que
ir", me dijo cortante. Pero no
te hablaron del periódico, no tienes que
ir. Yo estaba de pie, asomada a la ventana,
como si no estuviera en mi casa y quisiera ver la
sierra en la oscuridad. Mi marido se vestía y yo
me encaminé a la cocina para calentarle café y
pan. Se bebió el café de pie y le dio dos
mordidas al pan tostado. Te preparo dos
huevos fritos, Jolly; no puedes irte a la sierra
con el estómago vacío. Dudó un instante.
Dame un huevo crudo con sal. Se lo di
en una taza y lo bebió. Le tendí una manzana.
Llévate esto, dije. Accedió y
guardó la manzana en la bolsa de su abrigo
verde. Pareces militar, le comenté.
Jolly sonrió. Tomó su cámara y llenó con
rollos de película fotográfica un maletín.
Llámame cuando llegues a la sierra. O
cuando regreses a la ciudad, cuando estés en el
periódico, le pedí. No me contestó.
Salió de la casa y no me oyó o no quiso
responderme. No debe pasarle nada, me
dije. Es un necio, pero no le va a pasar
nada. Me quedé mirando por la ventana,
pensando en la sierra, en Ciudad Madera. La
oscuridad de la calle me ayudaba a no pensar, a
no angustiarme. Miraba por la ventana como si le
estuviera preguntando muchas cosas a no sé
quién. Tardó mucho en amanecer. Me retiré de
la ventana cuando empecé a oír movimiento en la
recámara de mis hijos.
Albertina
No soportaba
continuar encerrada en la casa. Quería salir a
los cuarteles, comprobar lo que estaba
ocurriendo. La gente corría por las calles. Un
vecino informó que estaban atacando al cuartel
con explosivos. Yo sabía que eran mis hermanos y
mis hijos. Muchos soldados acampaban fuera de los
cuarteles, al otro lado de la laguna, y quizás
ahora avanzaban hacia la guarnición y atacaban
desde la ribera. Oí el silbato del ferrocarril
cuando el tiroteo aún era intenso. Pensé en
enviar un mensaje a mis padres, a mi marido, que
estaban en el rancho. Alguien tenía que
avisarles. Cuando amaneció por completo cesaron
los tiros. Los soldados pasaban corriendo en
grupos por las calles, apuntando con las armas;
iban persiguiendo a alguien. A lo lejos, bajando
por la calle del cerro, distinguí a Monserrat.
Venía con sus cinco hijos, los hijos de mi
hermano Salvador. A él y a Salomón los han
buscado con mayor tesón los soldados y los
policías rurales. Tienen miedo de ambos. Pero
sobre todo presionan a Monserrat; a mí, a mis
padres. Nos arrestan, nos interrogan, nos
incomunican, nos amenazan. Ahora ellos aquí
están, ahora aquí los tienen cerca.
Monserrat,
la hija
Oímos los
disparos y mi mamá dijo: Ya pasó lo
que iba a pasar. Levántense, mis hijos, no
podemos quedarnos aquí. Nos asomamos por
la ventana y vimos que la gente salía, asustada.
Los soldados corrían por el tiroteo hacia el
bosque, hacia Las Lajas, arriba de la pista de
aterrizaje, por nuestra casa, por la escuela más
grande. Cuando se calmó la balacera oímos que
un avión volaba sobre nosotros. Ya habíamos
salido de la casa cuando la avioneta aterrizó en
la pista. Vimos a lo lejos que varios soldados
corrieron hacia la avioneta y la rodearon,
apuntando con las armas. Nosotros seguimos
caminando, bajando hacia el centro del pueblo, no
nos detuvimos. La gente estaba afuera de las
casas, mirando hacia los cuarteles, hacia la
sierra, hablando con preocupación. Cuando
llegamos a la casa de mis tíos, nos escondieron
en una troje donde metían la paja, el maíz,
herramientas, todo. Ahí nos metió mi tía. Nos
escondieron ahí y mi tía nos prestó un radio;
me lo entregó a mí, porque yo tengo once años,
soy la mayor de mis hermanos. La primera noticia
que escuchamos por el radio fue que había muerto
mi papá. Salvador Gaytán, dijeron.
Comencé a llorar, no lo soporté. Mi madre no
lloró. Es muy fuerte. Yo quería salir de la
troje, con desesperación. Mi madre me ordenó
quedarme. Ninguno de nosotros debe salir de
aquí todavía, me dijo con autoridad. A
través de mis lágrimas, vi a mi hermanito Trini
dormido sobre unas pacas de forraje. Mi madre se
levantó y dio unos pasos. Yo seguía llorando,
pero ella no. Eso me dio seguridad y poco a poco
me fui sobreponiendo para no llorar, porque mis
hermanitos se asustaban y no entendían. Llegó
mi tía Albertina a la troje. Cuando abrió la
puerta sentí mucho frío; cuando salimos de mi
casa no lo había sentido, pero ahora sí. Mi
tía le preguntó a mi mamá si había oído la
noticia por radio. Mi mamá le dijo que sí. Se
abrazaron, pero ninguna lloró. Estos
niños tienen que comer algo, dijo mi tía.
Que vengan a la casa, ya preparamos
desayuno. Yo no sentía hambre, no quería
comer. Mi mamá se quedó en la troje con mi
hermanito Trini, que seguía dormido, envuelto en
un cobertor, en un montoncito de paja; mi
hermanito era muy pequeño. Como yo no tenía
hambre, me quedé ahí, a acompañar a mi mamá.
*
Carlos Montemayor
fue un poeta, tenor, traductor y ensayista
mexicano, autor de La guerra en El Paraíso (1991), novela histórica de las
guerrillas de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas en
Guerrero, así como de la llamada guerra
sucia de los setenta. Falleció el 28 de
febrero de 2010.
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