Agonía y
resurrección del libro
Fernando
Savater *
Queridas amigas,
queridos amigos:
En
primer lugar, quiero agradecer la invitación del
Fondo de Cultura Económica, una editorial, una
empresa cultural, un punto de referencia tan
importante para tantos y, desde luego, para toda
la gente de mi generación, que no teníamos en
nuestro país posibilidad de leer en castellano
obras fundamentales, nuevas, críticas, y gracias
al Fondo muchos de nosotros pudimos, si no salir
del todo de la ignorancia, por lo menos ser un
poco menos ignorantes. Esto es lo que habríamos
sido si no hubiera existido el Fondo.
Yo digo que agradezco, por
supuesto, la invitación a esta semana y también
considero, con mucho agradecimiento, un error muy
generoso el haber sido yo el encargado de cerrar
esta semana, porque aquí ha habido gente muy
importante, expertos de muy alto nivel, y yo en
realidad no puedo venir más que como lector. No
soy un experto en el mundo de la edición y mucho
menos en el mundo de Internet, del e-book, de
todas estas grandes novedades. Supongo que si
alguien ha generosamente preferido que yo cerrara
esta semana, estos días, habrá sido simplemente
por eso, precisamente porque soy un poco el punto
cero, en el sentido de que soy simplemente un
lector. Al igual que ustedes, que
fundamentalmente, antes que nada, son lectores
aunque sean, por supuesto, escritores,
editores, etcétera, soy un lector y quizá
por eso se habrá preferido que sea un lector
quien se dirija a otros lectores después de
haber estado reflexionando en torno al libro unos
días.
El libro, como saben
ustedes, es una realidad singular, quizá una
realidad no meramente técnica, no meramente. No
es un invento, sino que es algo que surge de
nosotros, que es un atributo casi de la
humanidad. Puede que Borges, que tanto ha escrito
sobre los libros y la lectura, sea uno de los que
lo han expresado con más claridad. Dice:
De todos los instrumentos del hombre, el
más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás
son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el
telescopio, son extensiones de su vista; el
teléfono es extensión de la voz; luego tenemos
el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero
el libro es otra cosa: el libro es una extensión
de la memoria y la imaginación. Es decir,
los demás instrumentos prolongan nuestro cuerpo
y el libro es un instrumento que prolonga el
espíritu, que prolonga nuestro espíritu, y eso
hace que sea especialmente importante,
especialmente singular.
Por supuesto, aunque el
libro se define como ese conjunto de hojas, con
un volumen y un tamaño determinados, nosotros
sabemos perfectamente que los libros anteceden en
el tiempo al formato que hoy conocemos. Hubo, por
supuesto, épocas en que hombres cultísimos y
que forman la base de nuestra cultura nunca
tuvieron en las manos un libro en el sentido
moderno. Aristóteles no tuvo un libro, Séneca y
otros autores no conocieron lo que es el libro en
el sentido moderno del término, de modo que
tampoco tenemos que escandalizarnos si futuros
eruditos, si futuros escritores, si futuros
creadores no tienen exactamente un libro como los
que tenemos nosotros.
Es evidente que para
algunos de nosotros el libro es ese objeto
precioso, ese objeto necesario, ese algo que nos
sirve de decoración, de compañía, de vicio.
Pero, en fin, no hay más remedio que admitir que
si tantos grandes creadores y grandes pensadores
y grandes literatos del pasado no tuvieron nunca
un libro en las manos, es perfectamente posible
que, sin perder la creación y sin perder la
relación lector-escritor, que es la importante,
haya un momento en que los futuros lectores, los
futuros creadores utilicen otros soportes que no
sean propiamente el libro.
A mí el libro como
soporte me parece muy bien; es decir, yo tengo un
amigo que trabaja con ordenadores y que siempre
me dice: Yo estoy seguro de que si el libro
se hubiera inventado después de la computadora,
todo el mundo lo habría considerado un gran
progreso. Porque realmente el libro es algo
bien pensado, es algo cuyo motor es nuestra
propia atención y no algún otro mecanismo. Es
decir, ustedes habrán visto, sobre todo, en
países anglosajones, cuando llegas a un hotel y
entras a la habitación, el camarero o el
conserje que te acompaña te enseña la
habitación, el mini bar, y te enciende la
televisión. Yo siempre me quedo un poco
sorprendido porque digo: ¿Se va a quedar
usted aquí conmigo a ver la televisión? Yo no
la voy a ver; si usted quiere, nos quedamos los
dos a ver el programa de televisión. Es
verdad que la televisión puede estar funcionando
y quedarse ahí funcionando sin que nadie la vea.
La televisión se alimenta a sí misma, funciona
y se da cuerda por sí misma. En cambio, un libro
no se puede quedar leyéndose solo: el libro
siempre está esperando el complemento que le
ponemos nosotros. La sangre del libro, lo mismo
que esa sangre que vierte en un momento
determinado Ulises cuando desciende al averno,
esa sangre que vierte para atraer el espíritu de
los muertos y poder hablar con ellos, es nuestra
sangre, la que nosotros vertemos para que los
muertos, los escritores, los que han creado toda
esa gran tradición, vengan a encontrarse y
hablar con nosotros.
Por supuesto, el libro
poco a poco se va convirtiendo, a lo largo de la
historia, también él mismo en protagonista de
los propios libros. En el Orlando furioso hay un
momento, que quizás ustedes recuerden, en que el
mago Atlante lucha con Bradamante. Bradamante se
presenta completamente con todas sus armas y todo
de blanco; el mago Atlante solamente se presenta
con un libro en las manos. Y entonces, cuando el
otro se arroja sobre él, el mago va leyendo en
voz alta los golpes de una batalla descrita en el
libro y todos esos golpes le van cayendo
constantemente a Bradamante mientras Atlante los
va leyendo, de tal manera que al final, aunque
parezca paradójico, la batalla se inclina del
lado del mago y no de Bradamante. Finalmente
éste hace un truco y logra vencer al mago, pero
no les cuento qué truco para que tengan que leer
Orlando furioso de nuevo, si no se acuerdan del
truco.
Uno que escribió cosas
muy hermosas sobre los libros, es decir, no sobre
el libro, sino sobre la relación que el libro
establece entre el autor y el lector, fue
Montaigne en su ensayo sobre los libros, que es
donde precisamente dice esa tan hermosa frase de
yo no hago nada sin alegría.
Montaigne habla de eso, de la alegría que a él
le produce leer, y también de que él exige el
placer, exige la alegría en la lectura, y de que
la lectura sustituye a la memoria que a veces nos
falta. La lectura no hace falta que sea
puntualmente recordada: nuestro cuerpo, nuestro
inconsciente recuerda lo que hemos leído.
Estamos hechos de libros, de personajes, de
situaciones: la lectura nos transforma. No hace
falta que la recordemos. Probablemente todos
nosotros hemos olvidado mucho más de lo que
recordamos de cuanto hemos leído, pero eso que
hemos leído, en su momento, nos ha ido
transformando. Somos nosotros gracias a esas
cosas que hemos leído, gracias por lo menos a
esa atención que hemos prestado, a esa aventura
de la lectura.
Es verdad que la lectura
es un acto de intimidad entre dos sujetos, que
pertenece al mundo simbólico, y es un acto de
intimidad que desafía al tiempo y desafía a la
distancia. Recuerdan ustedes a Quevedo, pero
también Maquiavelo, por ejemplo, cuando habla de
cómo leía los clásicos; muchos lectores
insisten en que leer es hablar o relacionarse con
los muertos, por lo que tiene una cierta
dimensión de espiritismo. Es verdad que también
leemos a nuestros contemporáneos, pero la
singularidad que tiene el hecho de que nosotros
no simplemente rindamos culto a los muertos y los
veneremos y los enterremos y les levantemos
monumentos, es que todavía podemos convocarlos y
entrar en relación íntima con ellos, en una
relación que no se corresponde a una
descripción fotográfica de lo real, sino de lo
que alguien ha sentido como real desde su
intimidad.
O sea, la
lectura, sobre todo, la lectura de obras de
reflexión o de obras literarias, y la poesía,
por supuesto, nos introducen en la intimidad de
alguien que estaba viviendo una realidad tan real
como la que nosotros vivimos. No es simplemente
una descripción de otro mundo, de otros
paisajes, de otras formas de conducta, sino de lo
que se sentía en esos paisajes, en ese mundo.
Proust decía que la lectura era amistad sin
frivolidad. Es decir, que la amistad que tenemos
con nuestros autores favoritos es una amistad sin
frivolidad; no esperamos simplemente agradar,
tontear, sino que es una amistad profunda porque
va de una intimidad a otra intimidad. Es una
relación entre dos intimidades, y en ese sentido
es una amistad sin frivolidades; por eso decía
él que la conversación era un arte desdeñable
comparada con la lectura.
Siempre ha
habido una cierta preocupación, como saben muy
bien ustedes, sobre si se lee más o se lee
menos, o si se está abandonando la lectura, si
los jóvenes leen más o leen menos. Es una
preocupación que viene desde finales del siglo
XIX y principios del XX; desde entonces ha habido
personas preocupadas al respecto, hasta el punto
en que, por ejemplo, John Ruskin propuso que se
sustituyera el servicio militar que según
él no servía para nada, sólo para causar males
y para preparar ejércitos y daños por un
servicio literario: que los jóvenes tuvieran que
estar dos años en un cuartel leyendo obras que
les fueran pasando sus autoridades. No sé si,
así como algunos salimos del servicio militar
con una visión no demasiado positiva del
ejército, a lo mejor eso sería una forma de
hacernos aborrecer la lectura, de modo que
probablemente sea mejor dejar que la
espontaneidad funcione por sí misma.
Porque la
lectura es un acto creador, no un acto pasivo. No
leemos con la parte pasiva. Yo creo que la
visión de imágenes no digo imágenes de
la televisión, sino de las imágenes más
significativas, un Rembrandt por ejemplo
puede no ir acompañada de un ejercicio de
pensamiento reflexivo. En cambio, incluso la
lectura más vulgar o más ingenua es un
ejercicio de reflexión. Es decir, la lectura es
siempre un conato de pensamiento, un comienzo de
pensamiento. De ahí que la lectura sea algo
creador, algo en lo que nosotros ponemos mucho de
nuestra parte, algo que incluso podemos poner a
la misma altura que la escritura. Casi todos los
grandes escritores, e incluso los pequeños
escritores, escribimos yo entre los
pequeños por fidelidad a lo que nos ha
causado placer. Es una forma de continuar un
placer porque hemos conocido ese placer en la
lectura; pero en el fondo también podríamos
decir que lo mismo que pensamos que hay grandes
escritores y excelsos, distintos y superiores a
todos los demás, también puede haber lectores
de una calidad especial. El propio Borges decía
que los buenos lectores son cisnes negros,
incluso más raros y más preciosos que los
propios creadores.
El libro en sí
probablemente va a sufrir transformaciones; ya de
por sí el libro tiene una vinculación con el
pasado, que lo incluye entre los objetos
preciosos, entre los objetos, digamos, que tienen
no solamente contenido sino también forma
estética. Pasear por un libro antiguo es como
pasear por una ciudad vieja, antigua, preciosa,
por unos barrios perdidos. Tiene algo de
reconocimiento de una zona donde también se ha
quedado el espíritu estéticamente congelado.
Probablemente el futuro del libro será que vaya
reduciéndose el número de los libros con los
que todos queremos convivir, tener una relación
directa. Muchas de las cosas que hoy no tenemos
más remedio que leer en forma de libro
enciclopedias, y no digamos ya revistas
técnicas y cosas por el estilo irán
pasando cada vez más a la pantalla, a Internet y
a todo lo demás, y el libro se irá quedando
para algo más personal, más precioso. Nuestra
biblioteca será un conjunto de joyas más
reducidas y más similares a lo que somos y a lo
que queremos y a lo que nos conforma; ya no será
simplemente una acumulación, sino que
probablemente será una selección, como debe ser
siempre. Leer es preferir y seleccionar. La
lectura es siempre una búsqueda entre cosas, es
un separar, un discernir y probablemente con el
tiempo el contener y el tener un libro, el
guardar en forma de libro algo de lo que nos ha
gustado como lectores, será un acto de algo más
precioso.
Lo mismo que
nadie guarda joyas, sus sortijas, sus anillos,
sus collares en una caja de zapatos, sino que
busca un estuche más hermoso, ese estuche que es
el libro servirá para las joyas mejores que
nosotros tendremos y quizá dejaremos otras más
instrumentales para Internet si es que
sabemos lo que va a ocurrir con Internet, porque
no lo sabemos.
El otro día,
precisamente cuando intentaba salir de mi
ignorancia para preparar esta charla, leí un
texto de Tim Berners-Lee, que es uno de los
inventores de la Web. Berners-Lee decía que la
Red hoy cuenta con cerca de 100 millardos de
páginas millardo entendido, claro, como
mil millones. Es decir, tiene ya casi
tantas páginas como neuronas tiene el cerebro
humano. Y añade Berners-Lee que somos igualmente
incapaces de comprender la una y el otro, y que
lo mismo nos es imposible anticipar los sistemas
que van a emerger de cada uno de ellos. Nos es
tan difícil saber lo que va a emerger de la Web,
como nos es difícil saber lo que va a salir del
cerebro humano en los próximos días, años,
siglos.
Yo creo que el
futuro que más puede alarmarnos es el futuro del
escritor. Esto se asemeja al tema del periodismo:
el problema no es si van a sobrevivir los
periódicos en papel, sino si va a sobrevivir el
periodismo como una disciplina de objetividad, de
veracidad, de profesionalidad. Un periódico es
ya, en su distribución, en su organización, un
logro civilizatorio. Esa organización de
noticias, de espacios, se ha ido decantando a lo
largo del tiempo, y mal que bien hay una serie de
controles de veracidad. Por supuesto, hay muchas
cosas que no son ciertas, que son exageraciones o
errores, mentiras incluso, pero hay también unas
posibilidades de reclamar, de intervenir, de
ejercer cierto control.
Las páginas de
Internet y los blogs, en cambio, no tienen
control alguno. Todos conocemos experiencias,
algunos incluso personales, de inventos,
infundios o tergiversaciones, contra las cuales
es prácticamente imposible luchar porque
cualquier lucha las refuerza y las hace crecer,
las extiende. Por otra parte, hay quien acepta
como cierta cualquier cosa que dé la Web, con la
misma verosimilitud y la misma realidad. Entonces
el problema no es si va a desparecer el
periódico, sino si va a desaparecer el
periodismo, entendido como un compromiso con la
información, con la veracidad.
Podríamos decir
que lo mismo ocurre en el campo del libro. El
problema no es si vamos a tener más o menos
libros, si los libros van a perpetuarse en el
sentido físico del término, sino si el escritor
va a poder seguir siendo autor de sus libros,
controlador de lo que quiere que aparezca en el
libro y, por lo tanto, alguien que mantiene una
relación especial, una relación distinguida con
su lector. El problema es si verdaderamente esa
vinculación íntima escritor-lector va a poder
mantenerse, si naturalmente se pierde la
posibilidad de los derechos de autor, si se
pierde la posibilidad de controlar la propia
exactitud de los textos que se están ofreciendo
con nombre de una persona o de otra. Es muy
posible que haya un momento en que la propia
figura del escritor se desdibuje o desaparezca,
es decir, deje de ser o pase a la clandestinidad
de los escritores, es muy posible que se
conviertan en escritores para un grupo pequeño
de amigos, de fieles, y ya dejen de tener ese
carácter de publicidad y de permanencia en el
tiempo que ha tenido hasta ahora la escritura.
Eso yo creo que es verdaderamente el auténtico
problema: ¿vamos a seguir pudiendo mantener esa
relación especial escritor-lector, esa amistad
sin frivolidad, esa revelación de una intimidad
por otra, esa prolongación de la intimidad que
nos va configurando y creando la nuestra?
Eso es lo que me
inquieta. Creo que se resolverá antes o
después, pero hoy es un verdadero problema,
sobre todo, porque se ha generado esa actitud de
que la cultura debe ser gratuita para todos, como
consecuencia hoy uno puede bajarse de la red o
por medio de Internet un disco, una película,
etcétera. Si los relojes Rolex se pudieran bajar
por la red, todo el mundo tendría Rolex gratis,
o sea, nadie pagaría por los Rolex y habría una
campaña de que los Rolex deben ser gratis o los
Aston Martin deben ser gratis. Pero, claro, en
realidad hay que pagar por los Rolex y los Aston
Martin, mientras que hay una forma de conseguir
gratis los libros, los discos y las películas,
se cree que la cultura está ligada a la
gratuidad. En realidad ésa es la misma actitud
que tienen muchas veces los depredadores y los
explotadores respecto a la naturaleza. ¿Por qué
vamos a pagar por los bosques de la Amazonia, por
los árboles, por el agua de los ríos, por el
aire que respiramos? Todo eso es una cosa
espontánea, natural, que aparece, es decir, si
eso no es de nadie, por qué voy a tener yo que
pagar a alguien o tener alguna restricción en el
uso de cosas que en el fondo se reproducen
permanentemente. Como el arte, la literatura, la
música, son algo que está funcionando de forma
espontánea, natural, ¿por qué voy a tener yo
que pagar, por qué voy a tener yo que someterme
a los gustos de los que quieren que haya un
control, que haya una remuneración, etcétera?
Esta actitud sí que me parece que es grave. Yo
creo que esto sí amenaza la posibilidad y la
continuidad de la creación literaria, de la
creación filosófica, de la creación
ensayística, de muchas ideas en el terreno
científico, etcétera.
Si todo eso se
convierte en algo accesible, sin ningún tipo de
límite, sin ningún tipo de contrapartida y
además, incluso, pudiendo pasar por todo tipo de
tergiversaciones, porque lo que aparece como la
obra de alguien puede ser simplemente un refrito
o una amalgama de obras ajenas, eso sí me parece
que va directamente en contra de la posibilidad
del mantenimiento, no ya del libro, sino de lo
que el libro significa y lo que el libro ha
transportado y trasladado y mantenido y
conservado a lo largo del tiempo. Esa es la parte
un poco truculenta que veo yo en el asunto. No
tengo ni idea, por supuesto, de cómo se puede
resolver y de cómo se puede encauzar esta
cuestión y de cómo se puede replantear de nuevo
el derecho de autor, sinceramente no lo sé.
Quizás en estos días ustedes, que son personas
mucho más preparadas que yo, han hablado de esto
y quizá alguno haya dado alguna indicación en
ese sentido. Yo lo que creo es que el problema
está ahí: en esa mentalidad de que Internet es
mía y, por lo tanto, todo lo que pueda conseguir
ahí es mío y no tengo que dar cuenta a nadie ni
tengo que explicar nada a nadie.
A mí eso sí me
parece que es una forma de barbarie, tal como
hacían los bárbaros cuando entraban en las
ciudades diciendo: Bueno, ya vendrán otros
que harán otras cosas, ya habrá otros que
harán, pintarán, esculpirán, edificarán.
Nosotros ahora damos a comer a nuestros caballos,
que pasten en los jardines del emperador y ya
está. Eso sí es un peligro, que tiene
además el riesgo añadido de que no es fácil
encauzar y saber cómo se puede controlar.
En cambio otros
problemas, otros peligros, son manejables. Por
ejemplo, ese peligro que ha alarmado a muchos, de
que hay lecturas buenas y malas, de que en el
fondo hay libros tan nocivos o tan peligrosos
como puede ser cualquier otro tipo de
espectáculo vergonzoso, obsceno, lo que se
quiera. Hay quien intenta decir esto: Los
libros tienen que tener también un control de
calidad, de moralidad, etcétera. Esa parte
es la que precisamente más se aleja de lo que la
realidad es, porque la gracia del libro es esa
capacidad trasgresora permanente. Es absurdo
preocuparse de lo que debe o no debe ser leído,
sobre todo, en la juventud; me refiero a las
personas que determinan no, esto es lo que
deben leer y esto no lo deben leer; aquello es
frívolo, esto es trivial, aquello es peligroso,
es perverso, es pornográfico
La
gracia de la lectura radica precisamente en leer
lo que no se debe leer. Oscar Wilde, que solía
ser especialista en derribar este tipo de mitos,
dijo: Es absurdo tener una regla rigurosa
sobre lo que debe o no debe leerse; más de la
mitad de la cultura intelectual moderna depende
de lo que no debía leerse. Establecer lo
que no debe leerse es a veces establecer lo que
va a ser más leído y mantenido en el futuro.
El mundo de la
lectura es un mundo de la libertad: liber era
libro y libre. La
libertad del que lee, la libertad del libro: el
libro no es simplemente un almacén, sino que es
una forma de liberación. Nosotros a través de
los libros nos hemos liberado de la
superstición, de los miedos, de muchos de los
fantasmas internos y de los externos que nos
acosan. Una biblioteca, en el fondo, es como una
farmacia, en la que hay remedios para todas las
enfermedades posibles: hay remedio para la
melancolía, hay remedio para la abulia, hay
remedio para el desánimo, hay remedio para la
fatiga y para tantas otras cosas. Pero la palabra
farmacia viene del griego pharmacos, que
significa remedio curativo y también
veneno. Es inevitable que en la
farmacia estén juntos los remedios curativos y
los venenos, o los remedios que se convierten en
venenos para algunos, o los que sirven de venenos
a algunos y a otros en cambio los curan y los
remedian.
Eso es lo que
tenemos que defender. Y eso sigue teniendo una
inmensa serie de cultivadores, entre los jóvenes
yo me he pasado, afortunadamente para mí,
toda mi vida profesional rodeado de
jóvenes. Es verdad que no todos ellos han
empezado amando la lectura, pero es verdad que
gran parte de ellos de pronto han descubierto en
algún momento el chispazo de lo que puede
producir un libro, esa apertura, esa relación
que surge de pronto cuando alguien ve, cuando
alguien entiende la relación espiritual,
íntima que se establece entre el lector y
el escritor. El libro es el intermediario, el
libro es la posibilidad de mantener, conservar,
perpetuar esa relación, pero la relación misma
es lo importante.
Y es una
relación liberadora y profundamente placentera.
Yo creo que ante todo los libros son una forma de
placer. Quien se priva de la lectura o quien la
minimiza, es como quien se priva de otros
placeres de la vida, que tampoco hay tantos. La
lectura es una multiplicación del alma y una
multiplicación de sus vértigos y de sus
posibilidades y, por lo tanto, renunciar a ella
es como mutilarse o automutilarse. Yo creo que
todos los verdaderos buenos lectores nunca han
leído por obligación, por llegar a algo o por
obtener un triunfo en la vida. En la época del
franquismo se acuñó un lema que decía:
Un libro ayuda a triunfar. Lo cual no
sé si sea verdad, pero, desde luego, era verdad
que en el franquismo un libro podía ayudar a que
uno triunfara, pero dos ya podían llevarte a la
cárcel por tener propaganda ilegal. Los libros
no los leemos para triunfar, no los leemos
simplemente para destacar, sino para gozar, para
gozar de nuestra humanidad, para gozar
humanamente, para disfrutar como disfrutan los
seres humanos. Y yo creo que ése es un verdadero
paraíso que nadie nos puede arrebatar.
Hay una carta
muy bonita de Virginia Woolf a su amiga Vita
Sackville-West, en la que le dice: Cuando
llegue el día del juicio y esté ahí el señor,
su majestad, y San Pedro con la bolsa de todos
los bienes repartiendo los juguetes para la
eternidad a todos los bienaventurados y a uno le
dará una corona y a otro un palacio y a otro un
arpa y no sé qué. Entonces apareceremos tú y
yo con nuestros libros debajo del brazo y
entonces el señor le dirá a San Pedro: a ésas
déjalas, no tenemos nada que ofrecerles,
les gustaba leer.
*
Fernando Savater,
filósofo y escritor español, Premio Planeta de
novela 2008 con La hermandad de la buena
suerte. El pasado 19 de febrero recibió en
México el doctorado honoris causa que
otorga la Universidad Autónoma de San Luis
Potosí. Este texto corresponde a una conferencia
dictada en el Fondo de Cultura Económica.
|