Gobierno y
narco:
la lucha por imponer la agenda periodística
Gerardo
Albarrán de Alba *
La
violencia en México es de náusea, pero sólo
parecen padecerla quienes se ven envuelta
directamente en ella. El resto de la sociedad
intenta por todos los medios reforzar el
autoengaño: eso le pasa a otros, como si los
otros no fuéramos todos. Lo peor tal vez no sean
los asesinatos cotidianos, las ejecuciones
masivas, lo que ya es decir mucho. Nadie debería
morir así, en la barbarie. Lo verdaderamente
grave es que las vidas perdidas en los últimos
tres años se han convertido en cifras que ya no
alarman. La violencia parece un lugar común; una
muerte más o una vida menos es un mero ejercicio
de estadística. Una nota más de unos muertos
más en una jornada sangrienta más. Eso ya ni
siquiera es noticia, y menos si los muertos no
son famosos o la masacre del día no es aderezada
con una insolente declaración gubernamental.
El año pasado cerró con cifras
alarmantes: un ejecutado cada 65 minutos, sin
pausa, todos los días. El gremio periodístico
también pagó su cuota: el Centro de Periodismo
y Ética Pública (Cepet) documentó agresiones
contra 183 periodistas y 19 medios de
comunicación en el país, por razones vinculadas
con su labor informativa. En el mismo lapso, 13
comunicadores fueron asesinados. El informe de
Cepet sobre la situación de la libertad de
expresión en México: Gobierno y narco: la
lucha por impone la agenda periodística,
registra una realidad a la que ningún medio ni
periodista escapa.
Este 2010 no ha
iniciado mejor: más de 900 asesinatos tan sólo
en enero apuntan hacia el recrudecimiento de la
violencia. Para los periodistas no es mejor: tres
asesinatos el mes pasado, un secuestro y un
colega que debió exiliarse para preservar su
vida, son un oprobio.
La
descomposición que ha vivido el país a lo largo
de la actual administración federal ha colocado
a la sociedad mexicana en el fuego cruzado. El
número de víctimas inocentes no se agota en los
muertos, los heridos, los desaparecidos: incluye
la generalizada sensación de indefensión que
nos agobia a todos. En medio de esto, los
periodistas hacemos nuestro propio recuento de
daños y contamos nuestras bajas.
El imperio de la
violencia en México no se explica solamente por
la disputa del control del crimen organizado, o
por la represión legítima del Estado, o por la
corrupción que envuelve todo, sino por la
impunidad que le caracteriza.
Para la sociedad
en general, y particularmente en el caso de los
crímenes contra periodistas, la impunidad es una
doble victimización: el agravio de la agresión,
primero, y luego el silencio o, aun peor, la
desacreditación de la víctima mediante la
sospecha difamatoria. En Cepet sostenemos que la
defensa de la libertad de expresión no implica
respaldar actividades ilícitas o antiéticas de
medios o periodistas, cuando así llega a
ocurrir, pero también reclamamos que ningún
crimen debe quedar impune.
Alarman e
indignan las hipótesis posibles que expliquen la
impunidad en México: o es producto de la
ineficacia del Estado para garantizar la
seguridad y el acceso a la justicia de la
sociedad, o es reflejo de la indiferencia
gubernamental, lo que sería aun peor.
En cualquier
caso, la sociedad general y la sociedad civil
organizada no están inermes, si es que nosotros,
los periodistas, nos reconocemos como parte de
ellas.
Es hora de que
los periodistas nos replanteemos nuestro papel en
esta insensata guerra. Ninguna nota vale una
vida, eso es cierto, pero tenemos que aprender a
administrar los riesgos inherentes de la
profesión para eludir la autocensura o para no
convertirnos en correo del zar. Nosotros no
podemos abandonar a la sociedad que, sin
información, agregará a su angustia la carencia
de elementos de juicio que le permita comprender
la situación que vive y actuar en consecuencia
mediante el ejercicio razonado de ciudadanía.
Es hora de que
en el gremio periodístico revisemos nuestros
estándares éticos. Debemos asegurarnos de
brindar una cobertura informativa pertinente para
la sociedad, más allá del estridentismo o de
las veleidades gubernamentales y del crimen
organizado que pretenden utilizarnos como parte
de su artillería.
Es hora de que
los periodistas, desde los medios, recuperemos la
agenda informativa y se la entreguemos a la
sociedad.
México, DF, 22 de
febrero de 2009
*
Gerardo Albarrán de Alba es periodista, miembro del Consejo
Directivo del Centro de Periodismo y Ética Pública (Cepet) y director de la revista
electrónica Saladeprensa.org. Este texto es la presentación del
informe de Cepet sobre la situación de la
libertad de expresión 2009, "Gobierno y
narco: la lucha por imponer la agenda
periodística"
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