Tomás Eloy Martínez:
Sobre
la enfermedad y la muerte
Daniel
Alberto Dessein *
He contado
muchas veces que lo conocí a Tomás Eloy
Martínez cuando él tenía 16 años y que en ese
entonces comencé a publicar sus escritos en
estas páginas. Lo que no conté nunca es que,
durante nuestras seis décadas de fraternal
amistad, siempre hablamos de dos temas: la
enfermedad y la muerte. En esas materias, como si
fuera un largo debate, él siempre ocupó el rol
del optimista y yo el del escéptico. Cuando lo
afectaba su tercer tipo de cáncer, en la
variante más grave de la enfermedad, me
consolaba por mis dolencias, infinitamente más
leves que las suyas.
Mis dos mejores
amigos, Víctor Massuh y Tomás Eloy, estaban
distanciados. Una tarde le conté a Víctor una
anécdota de Tomás que le despertó una
admiración que no pudo contener. Cuando a Tomás
le descubrieron un tumor cerebral que debían
extirpar urgentemente, le dijeron que tenían que
operarlo consciente para poder verificar,
mientras aplicaban el bisturí láser dentro de
su cabeza, si estaban tocando los puntos
adecuados. Como si fuera un afinador de pianos,
el cirujano sabría si estaba actuando
adecuadamente a través de la coherencia del
discurso de su paciente. Tomás le propuso
relatarle la novela que estaba escribiendo y, al
mismo tiempo, se entusiasmó pensando en que
incluiría en un futuro libro la inverosímil
experiencia que estaba viviendo.
Esa era la
quinta vez en que Tomás se enfrentaba, cara a
cara, con la muerte. Y lo hacía como estaba
acostumbrado: con coraje, dignidad, optimismo y
curiosidad. Su primer encuentro fue en los 70,
cuando afuera de un restaurante lo esperaban
miembros de la Triple A. Llamó a los periodistas
que conocía para que registraran su asesinato y
su presencia evitó el crimen.
La novela que
Tomás le narraba a su cirujano era Purgatorio.
Sobre ese libro, íntimamente ligado a lo que
ocurrió en los 70 y a aquello que lo llevó 35
años más tarde al quirófano, hablamos a fines
de 2008.
- En Purgatorio
hay presencias importantes: la enfermedad y la
muerte. ¿Cómo enfrentás a estos fantasmas?
- La enfermedad
llega como un rayo. En 1998 un médico
norteamericano me dijo que tenía un tumor en el
riñón, metástasis y seis meses de vida. Esa
experiencia me enseñó que siempre hay
esperanza. El fantasma de la muerte está ahí
pero yo trato de no darle importancia. Llegará
quizás cuando menos la espere, pero me
gustaría, como dijo alguna vez Marguerite
Yourcenar, morir con los ojos abiertos: saber
qué hay del otro lado. Purgatorio fue
escrita en medio de una enfermedad muy grave que
tuve, y que tengo.
- Mi
sensación como lector es que la enfermedad
atraviesa la novela pero no se si se trata de una
lectura subjetiva.
- No, de hecho
parte de la novela la escribí pensando en vos;
en tu temor a la enfermedad y a la muerte, como
una forma de compartir con mis amigos esa
experiencia. Pero la enfermedad y la muerte no
deben impregnar la vida, no deben ocupar los
espacios que nos quedan. A la vida hay que
gozarla. ¿Cuánto nos queda? No lo sé, nunca se
sabe. Nada pasa como uno cree que va a pasar. Por
ejemplo, la mujer a la que yo amé tanto, Susana
Rotker, fue atropellada por un camión que
también me atropelló a mí, en un suburbio de
Estados Unidos. Yo pude haber muerto entonces
pero fue ella la que tuvo esa muerte injusta,
imposible, a los 45 años. Afronté esa muerte y
salí adelante. Todos los días hay que buscar
razones y proyectos para seguir viviendo.
La muerte, ese
lugar común por el que pasaría la mayoría de
sus personajes, ya estaba presente en sus
primeros textos. En 1952 publica en estas
columnas un relato (que reproducimos en la
página 3 de esta edición especial)
protagonizado por un resucitado Vicente Barbieri.
Allí está la semilla de Purgatorio.
Hoy entro a mi oficina y me pasa lo mismo que a
Emilia Dupuy, la protagonista de esa última
novela. Me encuentro con un muchacho que no
envejeció aunque pasaron muchas décadas. En mi
caso, es un Tomás Eloy adolescente, un Tomasito
que me dice que quiere ser escritor y que no
imagina que alcanzará bastante más que eso. El
acceso, sin escala en purgatorio alguno, a un
Olimpo muy distinto al que intentaba recrear en
la última novela que estaba escribiendo. Tomás
está entrando, de una vez y para siempre, al
Olimpo que habitan sus admirados Borges, Kafka,
Defoe, Melville y Flaubert.
* Daniel Alberto Dessein es editor del periódico La Gaceta, de Tucumán, Argentina, donde publicó
este texto el 1 de febrero de 2010. Fue el primer
editor periodístico de Tomás Eloy Martínez en
el mismo diario, hace 69 años.
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