Periodismo
y narración: desafíos para el siglo XXI
Tomás Eloy Martínez *
Los
seres humanos perdemos la vida buscando cosas que
ya hemos encontrado. Todas las mañanas, en
cualquier latitud, los editores de periódicos
llegan a sus oficinas preguntándose cómo van a
contar la historia que sus lectores han visto y
oído decenas de veces en la televisión o en la
radio, ese mismo día. ¿Con qué palabras
narrar, por ejemplo, la desesperación de una
madre a la que todos han visto llorar en vivo
delante de las cámaras? ¿Cómo seducir, usando
un arma tan insuficiente como el lenguaje, a
personas que han experimentado con la vista y con
el oído todas las complejidades de un hecho
real? Ese duelo entre la inteligencia y los
sentidos ha sido resuelto hace varios siglos por
las novelas, que todavía están vendiendo
millones de ejemplares a pesar de que algunos
teóricos decretaron, hace dos o tres décadas,
que la novela había muerto para siempre.
También el periodismo ha resuelto el problema a
través de la narración, pero a los editores les
cuesta aceptar que esa es la respuesta a lo que
están buscando desde hace tanto tiempo.
En
The New York Times del domingo 28 de septiembre,
cuatro de los seis artículos de la primera
página compartían un rasgo llamativo: cuando
daban una noticia, los cuatro la contaban a
través de la experiencia de un individuo en
particular, un personaje paradigmático que
reflejaba, por sí solo, todas las facetas de esa
noticia. Lo que buscaban aquellos artículos era
que el lector identificara un destino ajeno con
su propio destino. Que el lector se dijera: a mí
también puede pasarme esto. Cuando leemos que
hubo cien mil víctimas en un maremoto de Bangla
Desh, el dato nos asombra pero no nos conmueve.
Si leyéramos, en cambio, la tragedia de una
mujer que ha quedado sola en el mundo después
del maremoto y siguiéramos paso a paso la
historia de sus pérdidas, sabríamos todo lo que
hay que saber sobre ese maremoto y todo lo que
hay que saber sobre el azar y sobre las
desgracias involuntarias y repentinas. Hegel
primero, y después Borges, escribieron que la
suerte de un hombre resume, en ciertos momentos
esenciales, la suerte de todos los hombres. Esa
es la gran lección que están aprendiendo los
periódicos en este fin de siglo.
Volvamos
ahora a esa primera página de The New York
Times, el domingo 28 de septiembre de 1997. Uno
de los artículos a los que aludí versaba sobre
la situación del Congo después de la caída y
la muerte de Mobutu. Empezaba de esta manera:
"Cuando Frank Kumbu se levanta cada mañana
y observa el mundo desde el modesto escalón de
cemento que hay a la entrada de su casa, las
imágenes de los chicos jugando en las calles
enlodadas, del tránsito con sus estelas de humo,
y el ruidoso desfile de soldados, mendigos y
buhoneros, le recuerda cómo las cosas fueron
durante, más o menos, los últimos veinte
años".
El
otro artículo, sobre llamadas telefónicas
gratis en Europa, estaba fechado en Viareggio,
Italia, y estas eran sus primeras líneas:
"Filippo Simonelli levanta el tubo de su
teléfono, pulsa algunas teclas y una voz ladra
en su oído: ¿Pizza recién hecha? Restaurante
Buon Amico. Via dei Campi 24'. No, no se trata de
una llamada a una pizzería. Es parte de un
curioso experimento que ofrece a ciertos europeos
llamadas de teléfono gratis a cambio de que
acepten oír propagandas comerciales". Un
tercero, sobre las tensiones raciales en Estados
Unidos, tenía su origen en Durham, North
Carolina, y este era su comienzo: "Para John
Hope Franklin el problema era enloquecedor: las
orquídeas que estaba cultivando desde hacía 37
años en la ventana de su apartamento de Brooklyn
morían o se negaban a florecer. Su solución al
problema fue típica de su aproximación al
estudio sobre las relaciones raciales en América
al que le había dedicado toda la vida: leyó
todo lo que pudo sobre el tema".
Cuatro
de los seis artículos que The New York Times
publicó en su primera página ese domingo
comenzaban como dije con la historia de un
individuo; el quinto artículo narraba la
historia de una familia; el sexto daba cuenta de
ciertos acuerdos sobre impuestos entre los
líderes republicanos del Congreso de los Estados
Unidos. Si me detengo en esta característica del
periodismo es porque no se trata de algo inusual.
Casi todos los días, los mejores diarios del
mundo se están liberando del viejo corsé que
obliga a dar una noticia obedeciendo el mandato
de responder en las primeras líneas a las seis
preguntas clásicas o en inglés las cinco W:
qué, quién, dónde, cuándo, cómo y por qué.
Ese
viejo mandato estaba asociado, a la vez, con un
respeto sacramental por la pirámide invertida,
que fue impuesta por las agencias informativas
hace un siglo, cuando los diarios se componían
con plomo y antimonio y había que cortar la
información en cualquier párrafo para dar
cabida a la publicidad de última hora. Aunque en
todas las viejas reglas hay una cierta
sabiduría, no hay nada mejor que la libertad con
que ahora podemos desobedecerlas. La única
dictadura técnica de las últimas décadas es la
que imponen los diagramadores, y estos, cuando
son buenos periodistas, entienden muy bien que
una historia contada con inteligencia tiene
derecho a ocupar todo el espacio que necesita,
por mucho que sea: no más, pero tampoco menos.
De
todas las vocaciones del hombre, el periodismo es
aquella en la que hay menos lugar para las
verdades absolutas. La llama sagrada del
periodismo es la duda, la verificación de los
datos, la interrogación constante. Allí donde
los documentos parecen instalar una certeza, el
periodismo instala siempre una pregunta.
Preguntar, indagar, conocer, dudar, confirmar
cien veces antes de informar: esos son los verbos
capitales de la profesión más arriesgada y más
apasionante del mundo.
La
gran respuesta del periodismo escrito
contemporáneo al desafío de los medios
audiovisuales es descubrir, donde antes había
sólo un hecho, al ser humano que está detrás
de ese hecho, a la persona de carne y hueso
afectada por los vientos de la realidad. La
noticia ha dejado de ser objetiva para volverse
individual. O mejor dicho: las noticias mejor
contadas son aquellas que revelan, a través de
la experiencia de una sola persona, todo lo que
hace falta saber. Eso no siempre se puede hacer,
por supuesto. Hay que investigar primero cuál es
el personaje paradigmático de que podría
reflejar, como un prisma, las cambiantes luces de
la realidad. No se trata de narrar por narrar.
Algunos jóvenes periodistas creen, a veces, que
narrar es imaginar o inventar, sin advertir que
el periodismo es un oficio extremadamente
sensible, donde la más ligera falsedad, la más
ligera desviación, puede hacer pedazos la
confianza que se fue creando en el lector durante
años. No todos los reporteros saben narrar y, lo
que es más importante todavía, no todas las
noticias se prestan a ser narradas. Pero antes de
rechazar el desafío, un periodista de raza debe
preguntarse primero si se puede hacer y, luego,
si conviene o no hacerlo. Narrar la votación de
una ley en el Senado a partir de lo que opina o
hace un senador puede resultar inútil, además
de patético. Pero contar el accidente de la
princesa Diana a través de lo que vió o sintió
un testigo suponiendo que existiera ese testigo
privilegiado sería algo que sólo se puede hacer
bien con el lenguaje, no con el despojamiento de
las imágenes o con los sobresaltos de la voz.
Sin
embargo, no hay nada peor que una noticia en la
que el reportero se finge novelista y lo hace
mal. Los diarios del siglo XXI prevelacerán con
igual o mayor fuerza que ahora si encuentran ese
difícil equilibrio entre ofrecer a sus lectores
informaciones que respondan a las seis preguntas
básicas e incluyan además todos los
antecedentes y el contexto que esas informaciones
necesitan para ser entendidas sin problemas, pero
también o sobre todo un puñado de historias,
seis, siete o diez historias en la edición de
cada día, contadas por reporteros que también
sean eficaces narradores.
La
mayoría de los habitantes de esta infinita aldea
en la que se ha convertido el mundo vemos primero
las noticias por televisión o por Internet o las
oímos por radio antes de leerlas en los
periódicos, si es que acaso las leemos. Cuando
un diario se vende menos no es porque la
televisión o el Internet le han ganado de mano,
sino porque el modo como los diarios dan la
noticia es menos atractivo. No tiene por que ser
así. La prensa escrita, que invierte fortunas en
estar al día con las aceleradas mudanzas de la
cibernética y de la técnica, presta mucha menos
atención me parece a las más sutiles e
igualmente aceleradas mudanzas de los lenguajes
que prefiere su lector. Casi todos los
periodistas están mejor formados que antes, pero
tienen -habría que averiguar por qué- menos
pasión; conocen mejor a los teóricos de la
comunicación pero leen mucho menos a los grandes
novelistas de su época.
Antes,
los periodistas de alma soñaban con escribir
aunque solo fuera una novela en la vida; ahora,
los novelistas de alma sueñan con escribir un
reportaje o una crónica tan inolvidables como
una bella novela. El problema está en que los
novelistas lo hacen y los periodistas se quedan
con las ganas. Habría que incitarlos, por lo
tanto, a que conjuren esa frustración en las
páginas de sus propios periódicos, contando las
historias de la vida real con asombro y plena
entrega del ser, con la obsesión por el dato
justo y la paciencia de investigadores que
caracteriza a los mejores novelistas. No estoy
preconizando que se escriban novelas en los
diarios, nada de eso, y menos aún en el lenguaje
florido y adjetivado al que suelen recurrir los
periodistas que se improvisan como novelistas de
la noche a la mañana. Tampoco estoy deslizando
la idea de que el mediador de una noticia se
convierta en el protagonista. Por supuesto que
no.
Un
periodista que conoce a su lector jamás se
exhibe. Establece con él, desde el principio, lo
que yo llamaría un pacto de fidelidades:
fidelidad a la propia conciencia y fidelidad a la
verdad. A la avidez de conocimiento del lector no
se la sacia con el escándalo sino con la
investigación honesta; no se la aplaca con
golpes de efecto sino con la narración de cada
hecho dentro de su contexto y de sus
antecedentes. Al lector no se lo distrae con
fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas
que se desvanecen al día siguiente, sino que se
lo respeta con la información precisa. Cada vez
que un periodista arroja leña en el fuego fatuo
del escándalo está apagando con cenizas el
fuego genuino de la información. El periodismo
no es un circo para exhibirse, sino un
instrumento para pensar, para crear, para ayudar
al hombre en su eterno combate por una vida más
digna y menos injusta.
Uno
de los más agudos ensayistas norteamericanos,
Hayden White, ha establecido que lo único que el
hombre realmente entiende, lo único que de veras
conserva en su memoria, son los relatos. White lo
dice de modo muy elocuente: "Podemos no
comprender plenamente los sistemas de pensamiento
de otra cultura, pero tenemos mucha menos
dificultad para entender un relato que procede de
otra cultura, por exótica que nos parezca".
Un relato, según White, siempre se puede
traducir "sin menoscabo esencial", a
diferencia de lo que pasa con un poema lírico o
con un texto filosófico. Narrar tiene la misma
raíz que conocer. Ambos verbos tienen su remoto
origen en una palabra del sánscrito, gna,
conocimiento.
El
periodismo nació para contar historias, y parte
de ese impulso inicial que era su razón de ser y
su fundamento se ha perdido ahora. Dar una
noticia y contar una historia no son sentencias
tan ajenas como podría parecer a primera vista.
Por lo contrario: en la mayoría de los casos,
son dos movimientos de una misma sinfonía. Los
primeros grandes narradores fueron, también,
grandes periodistas. Entendemos mucho mejor como
fue la peste que asoló Florencia en 1347 a
través del Decamerón de Boccaccio que a través
de todas las historias que se escribieron
después, aunque entre esas historias hay algunas
que admiro como A Distant Mirror de Barbara
Tuchman. Y, a la vez, no hay mejor informe sobre
la educación en Inglaterra durante la primera
mitad del siglo XIX que la magistral y caudalosa
Nicholas Nickleby de Charles Dickens. La lección
de Boccaccio y la de Dickens, como la de Daniel
Defoe, Balzac y Proust, pretende algo muy simple:
demostrar que la realidad no nos pasa delante de
los ojos como una naturaleza muerta sino como un
relato, en el que hay diálogos, enfermedades,
amores, además de estadísticas y discursos.
No
es por azar que, en América Latina, todos,
absolutamente todos los grandes escritores fueron
alguna vez periodistas: Borges, García Márquez,
Fuentes, Onetti, Vargas Llosa, Asturias, Neruda,
Paz, Cortázar, todos, aun aquellos cuyos nombres
no cito. Ese tránsito de una profesión a otra
fue posible porque, para los escritores
verdaderos, el periodismo nunca es un mero modo
de ganarse la vida sino un recurso providencial
para ganar la vida. En cada una de sus crónicas,
aun en aquellas que nacieron bajo el apremio de
las horas de cierre, los maestros de la
literatura latinoamericana comprometieron el
propio ser tan a fondo como en sus libros
decisivos. Sabían que, si traicionaban a la
palabra hasta en la más anónima de las
gacetillas de prensa, estaban traicionando lo
mejor de sí mismos.
Un
hombre no puede dividirse entre el poeta que
busca la expresión justa de nueve a doce de la
noche y el reportero indolente que deja caer las
palabras sobre las mesas de redacción como si
fueran granos de maíz. El compromiso con la
palabra es a tiempo completo, a vida completa.
Puede que un periodista convencional no lo piense
así. Pero un periodista de raza no tiene otra
salida que pensar así. El periodismo no es una
camisa que uno se pone encima a la hora de ir al
trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que
respira y ama con nuestras mismas vísceras y
nuestros mismos sentimientos.
Las
semillas de lo que hoy entendemos por nuevo
periodismo fueron arrojadas aquí, en América
Latina, hace un siglo exacto. A partir de las
lecciones aprendidas en The Sun, el diario que
Charles Danah tenía en Nueva York y que se
proponía presentar, con el mejor lenguaje
posible, "una fotografía diaria de las
cosas del mundo", maestros del idioma
castellano como José Martí, Manuel Gutiérrez
Nájera y Rubén Darío se lanzaron a la tarea de
retratar la realidad. Darío escribía en La
Nación de Buenos Aires, Gutiérrez Nájera en El
Nacional de México, Martí en La Nación y en La
Opinión Nacional de Caracas. Todos obedecían,
en mayor o menor grado, a las consignas de Danah
y las que, hacia la misma época, establecía
Joseph Pulitzer: sabían cuando un gato en las
escaleras de cualquier palacio municipal era más
importante que una crisis en los Balcanes y
usaban sus asombrosas plumas pensando en el
lector antes que en nadie.
De
esa manera, por primera vez, fundieron a la
perfección la fuerza verbal del lenguaje
literario con la necesidad matemática de ofrecer
investigaciones acuciosas, puestas al servicio de
todo lo que sus lectores querían saber. Fue
Martí el primero en darse cuenta de que escribir
bien y emocionar al público no son algo reñido
con la calidad de la información sino que, por
lo contrario, son atributos consustanciales a la
información. Tal como Pulitzer lo pedía, Martí
y Darío pero sobre todo Martí usaron todos los
recursos narrativos para llamar la atención y
hacer más viva la noticia. No importaba cuán
larga fuera la información. Si el hombre de la
calle estaba interesado en ella, la leería
completa.
Si
hace un siglo las leyes del periodismo estaban
tan claras, ¿por qué o cómo fueron cambiando?
¿Qué hizo suponer a muchos empresarios
inteligentes que, para enfrentar el avance de la
televisión y del Internet, era preciso dar
noticias en forma de píldoras porque la gente no
tenía tiempo para leerlas? ¿Por qué se mutilan
noticias que, según los jefes de redacción,
interesan sólo a una minoría, olvidando que
esas minorías son, con frecuencia, las mejores
difusoras de la calidad de un periódico? Que un
diario entero está concebido en forma de
píldoras informativas es no sólo aceptable sino
también admirable, porque pone en juego, desde
el principio al fin, un valor muy claro: es un
diario hecho para lectores de paso, para gente
que no tiene tiempo de ver siquiera la
televisión.
Pero
el prejuicio de que todos los lectores nunca
tienen tiempo me parece irrazonable. Los seres
humanos nunca tienen tiempo, o tienen demasiado
tiempo. Siempre, sin embargo, tienen tiempo para
enterarse de lo que les interesa. Cuando alguien
es testigo casual de un accidente en la calle, o
cuando asiste a un espectáculo deportivo, pocas
cosas lee con tanta avidez como el relato de eso
que ha visto, oído y sentido. Las palabras
escritas en los diarios no son una mera
rendición de cuentas de lo que sucede en la
realidad. Son mucho más. Son la confirmación de
que todo cuanto hemos visto sucedió realmente, y
sucedió con un lujo de detalles que nuestros
sentidos fueron incapaces de abarcar.
El
lenguaje del periodismo futuro no es una simple
cuestión de oficio o un desafío estético. Es,
ante todo, una solución ética. Según esa
ética, el periodista no es un agente pasivo que
observa la realidad y la comunica; no es una mera
polea de transmisión entre las fuentes y el
lector sino, ante todo, una voz a través de la
cual se puede pensar la realidad, reconocer las
emociones y las tensiones secretas de la
realidad, entender el por qué y el para qué y
el cómo de las cosas con el deslumbramiento de
quien las está viendo por primera vez.
Cada
vez que las sociedades han cambiado de piel o
cada vez que el lenguaje de las sociedades se
modifica de manera radical, los primeros
síntomas de esas mudanzas aparecen en el
periodismo. Quien lea atentamente la prensa
inglesa de los años 60 reencontrará en ella la
esencia de las canciones de los Beatles, así
como en la prensa californiana de esa época se
reflejaba la rebeldía y el heroísmo anárquico
de los beatniks o la avidez mística de los
hippies. En el gran periodismo se puede siempre
descubrir y se debe descubrir, cuando se trata de
gran periodismo los modelos de realidad que se
avecinan y que aún no han sido formulados de
manera consciente.
Pero
el periodismo, a la vez como lo saben muy bien
todos los que están aquí no es un partido
político ni un fiscal de la república. En
ciertas épocas de crisis, cuando las
instituciones se corrompen o se derrumban, los
lectores suelen asignar esas funciones a la
prensa sólo para no perder todas las brújulas.
Ceder a cualquier tentación paternalista puede
ser fatal, sin embargo. El periodista no es un
policía ni un censor ni un fiscal. El periodista
es, ante todo, un testigo: acucioso, tenaz,
incorruptible, apasionado por la verdad, pero
sólo un testigo. Su poder moral reside,
justamente, en que se sitúa a distancia de los
hechos mostrándolos, revelándolos,
denunciándolos, sin aceptar ser parte de los
hechos.
Responder
a ese desafío entraña una enorme
responsabilidad. Ningún periodista podría
cumplir de veras con esa misión si cada vez,
ante la pantalla en blanco de su computadora, no
se repitiera: "Lo que escribo es lo que soy,
y si no soy fiel a mí mismo no puedo ser fiel a
quienes me lean". Solo de esa fidelidad nace
la verdad. Y de la verdad, como lo sabemos todos
los que estamos aquí, nacen los riesgos de esta
profesión, que es la más noble del mundo.
Un
periodista no es un novelista, aunque debería
tener el mismo talento y la misma gracia para
contar de los novelistas mejores. Un buen
reportaje tampoco es una rama de la literatura,
aunque debería tener la misma intensidad de
lenguaje y la misma capacidad de seducción de
los grandes textos literarios. Y, para ir más
lejos aún y ser más claro de lo que creo haber
sido, un buen periódico no debería estar lleno
de grandes reportajes bien escritos, porque eso
condenaría a sus lectores a la saturación y al
empalagamiento.
Pero
si los lectores no encuentran todos los días, en
los periódicos que leen, un reportaje, un solo
reportaje, que los hipnotice tanto como para que
lleguen tarde a sus trabajos o como para que se
les queme el pan en la tostadora del desayuno,
entonces no tendrán por qué echarle la culpa a
la televisión o al Internet de sus eventuales
fracasos, sino a su propia falta de fe en la
inteligencia de sus lectores.
A
comienzos de los años 60 solía decirse que en
América Latina se leían pocas novelas porque
había una inmensa población analfabeta. A fines
de esa misma década, hasta los analfabetos
sabían de memoria los relatos de novelistas como
García Márquez y Cortázar por el simple hecho
de que esos relatos se parecían a las historias
de sus parientes o de sus amigos. Contar la vida,
como querían Charles Danah y José Martí,
volver a narrar la realidad con el asombro de
quien la observa y la interroga por primera vez:
esa ha sido siempre la actitud de los mejores
periodistas y esa será, también, el arma con
que los lectores del siglo XXI seguirán
aferrados a sus periódicos de siempre.
Oigo
repetir que el periodismo de América Latina
está viviendo tiempos difíciles y sufriendo
ataques y amenazas a su libertad por parte de
varios gobiernos democráticos. En las dictaduras
sabíamos muy bien a qué atenernos, porque la
fuerza bruta y el absolutismo agreden con
fórmulas muy simples. Pero las democracias
cuando son autoritarias emplean recursos más
sutiles y más tenaces, que a veces tardamos en
reconocer. Los tiempos siempre han sido
difíciles en América Latina. De esa carencia
podemos extraer cierta riqueza. Los tiempos
difíciles suelen obligarnos a dar respuestas
rápidas y lúcidas a las preguntas importantes.
Cuando
Atenas produjo las bases de nuestra
civilización, afrontaba conflictos políticos y
padecía a líderes demagógicos semejantes a
muchos de los que hoy se ven por estas latitudes.
Y sin embargo, Aristóteles imaginó las premisas
de la democracia a partir de los rasgos que
tenía entonces Atenas. En el siglo XVII nadie
podía imaginar tampoco hacia dónde se
encaminaba Inglaterra. Se sucedían las guerras
de religión y de conquista, los reyes iban y
venían del cadalso, pero del magma de esas
convulsiones brotaron las grandes preguntas de la
modernidad y las geniales respuestas de Locke, de
Hume, de Francis Bacon, de Newton, de Leibniz y
de Berkeley. Del caos de aquellos años nacieron
las luces de los tres siglos siguientes.
Algo
semejante está sucediendo ahora en América
Latina. Cuando más afuera de la historia
parecemos, más sumidos estamos sin embargo en el
corazón mismo de los grandes procesos de cambio.
En tanto periodistas, en tanto intelectuales,
nuestro papel, como siempre, es el de testigos
activos. Somos testigos privilegiados. Por eso es
tan importante conservar la calma y abrir los
ojos: porque somos los sismógrafos de un temblor
cuya fuerza viene de los pueblos.
Es
preciso ponernos a pensar juntos, es preciso
ponernos a narrar juntos. Lo que va a quedar de
nosotros son nuestras historias, nuestros
relatos. Es preciso renovar también las utopías
que ahora se están apagando en el cansado
corazón de los hombres. Una de las peores
afrentas a la inteligencia humana es que sigamos
siendo incapaces de construir una sociedad
fundada por igual en la libertad y en la
justicia. No me resigno a que se hable de
libertad afirmando que para tenerla debemos
sacrificar la justicia, ni que se prometa
justicia admitiendo que para alcanzarla hay que
amordazar la libertad. El hombre, que ha
encontrado respuesta para los más complejos
enigmas de la naturaleza no puede fracasar ante
ese problema de sentido común.
Tengo
plena certeza de que el periodismo que haremos en
el siglo XXI será mejor aún del que estamos
haciendo ahora y, por supuesto, aún mejor del
que nuestros padres fundadores hacían a
comienzos de este siglo que se desvanece.
Indagar, investigar, preguntar e informar son los
grandes desafíos de siempre. El nuevo desafío
es cómo hacerlo a través de relatos memorables,
en los que el destino de un solo hombre o de unos
pocos hombres permita reflejar el destino de
muchos o de todos. Hemos aprendido a construir un
periodismo que no se parece a ningún otro. En
este continente estamos escribiendo, sin la menor
duda, el mejor periodismo que jamás se ha hecho.
Ahora pongamos nuestra palabra de pie para
fortalecerlo y enriquecerlo.
*
Tomás Eloy Martínez, periodista y escritor argentino
(1934-2010), ganó en 2009 el Premio Ortega y Gasset
de Periodismo a la
trayectoria profesional. Su última novela es Purgatorio.
Falleció
el pasado 31 de enero. Este texto es una de sus
últimas conferencias, pronunciada ante la asamblea de la SIP el 26 octubre
1997, Guadalajara, México.
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