Haití
Cuando
el desastre son los medios de comunicación
Rebecca
Solnit *
Inmediatamente
después da casi cada desastre, comienzan los
crímenes: implacables, indiferentes al
sufrimiento humano y generadores de harto más
sufrimiento. Sus perpetradores salen impunes, y
viven para seguir cometiendo crímenes contra la
humanidad. Se preocupan menos por la vida humana
que por la propiedad. Actúan sin atender a las
consecuencias.
Estoy
hablando, huelga decirlo, de los miembros de los
medios de comunicación de masas, cuya falsaria
representación de lo que ocurre en un desastre
logra a menudo propiciar o justificar una segunda
ola de desastres. Estoy hablando del tratamiento
que de las víctimas se da, como si de criminales
se tratara, tanto sobre el terreno como en las
noticias, y del aplauso galanamente ofrecido al
desviación de recursos destinados al rescate
hacia los patrulleros de la propiedad. Todavía
tienen las manos rezumarntes de sangre del
huracán Katrina, y ya se las manchan de nuevo en
Haití.
A
los pocos días del terremoto de Haití, por
ejemplo, Los Angeles Times publicó una
serie de fotografías, con sus correspondientes
pies anunciando
recurrentemente "saqueos". En una se
veía a un hombre tirado al suelo, boca abajo,
con este pie: "Un policía haitiano reduce a
un sospechoso de saqueo que llevaba un saco de
leche en polvo". El dulce rostro del hombre
mira a la cámara suplicante, angustiado.
Otra
foto se rotulaba así: "Continúa el saqueo
en Haití tres días después del terremoto, a
pesar de que había más policías desplegados en
el centro de Puerto Príncipe". Mostraba a
una sombría muchedumbre vagando entre derruidas
columnas de hormigón en un paisaje en el que,
manifiestamente, poco podía haber de valor para
llevarse.

Una
tercera imagen llevaba el siguiente pie: "Un
saqueador se hace con rollo de tela de un
comercio destruido por el terremoto":
Y
otro: "El cuerpo de un funcionario de
policía yace en una calle de Puerto Príncipe.
Le disparó accidentalmente un compañero al
confundirlo con un saqueador":
La
gente estaba todavía atrapada entre los
escombros. Un traductor de la Televisión
australiana consiguió rescatar a una pequeña
que había sobrevivido 68 horas sin agua ni
alimentos, huérfana, pero reclamada por un tío
que había perdido a su mujer embarazada. Otros
estaban espantosamente heridos, esperando una
ayuda médica que no llegaba. Centenares de
miles, tal vez millones, necesitaban, y siguen
necesitando, agua, alimentos, cobijo y primeros
auxilios. Los medios de comunicación se bifurcan
en los desastres. Algunos se salen de su papel
habitual ?objetivo?, para responder con
sensibilidad y ayuda práctica. Otros sacan el
arsenal de clichés y mitos perniciosos, para
lanzarse una y otra vez al asalto de los
supervivientes.

El
"saqueador" de la primera foto muy bien
podría haber ido en busca de leche para sus
niños y bebés hambrientos, pero para los medios
de noticias ese no era el problema más urgente.
El "saqueador" encorvado bajo dos
enormes rollos de tela muy bien podría estar en
trance de llevarlos a gentes que habían perdido
su hogar y necesitados de cobijo en tiendas
improvisadas para guarecerse de un feroz sol
tropical.
Las
imágenes comunican desesperación, pero no
actitudes criminosas. Salvo, acaso, los disparos
de un policía a su colega: debían estar tan
obsesionados con la propiedad que se volvieron
imprudentes en lo que tocaba a la vida humana.
Resultado: un hombre murió sin motivo alguno en
un paisaje ya saturado de muerte.
En
los últimos días se ha ido informando de
distintos enfrentamientos con armas, y puede que
eso sea harina de otro costal. Pero ¿y el hombre
con la leche en polvo? ¿Es realmente un
delincuente? Puede que haya más casos, pero lo
que he visto no me convence.
¿Y
qué harías tú?
Imagina,
lector, que tu ciudad se ve apabullada por un
desastre. Tu cada ya no existe, y ya gastaste
hace días todo el dinero que llevabas encima.
Tus tarjetas de crédito no sirven para nada,
porque no hay ya electricidad para procesar los
cargos a cuenta de las mismas. En realidad, no
hay ya siquiera almacenes, bancos, comercios ni
nada que comprar. La economía ha dejado de
existir.
Pero
al tercer día estás ya muy hambriento, y el
agua que sacaste a prisa y corriendo de casa ya
se agotó. La sed es harto peor que el hambre.
Puedes pasar varios días sin comida, pero no sin
agua. Y en el campamento improvisado en el que te
hallas hay un viejo a tu vera que parece al borde
de la muerte. Ya no contesta nada cuando tratas
de confortarle asegurándole que todo este caos
pasará, seguro. Los bebés no dejan de llorar, y
sus mamás están entre la tensión angustiada y
el desconsuelo.
Así
que decides salir para ver si alguna
organización de ayuda humanitaria ha llegado ya
y está distribuyendo algo. Y lo único que
descubres es que hay otro millón de semejantes
en situación de abandono y privación, y que no
es probable que llegue ayuda ninguna o pronto o
cerca. El chico del comercio de la esquina ya ha
dado todos sus bienes a los vecinos. Esa oferta
se acabó ya. Es lo más normal del mundo que,
cuando ves la farmacia con las ventanas rotas o
el supermercado, no te lo pienses dos veces y te
lances a por la caja de galletas energéticas o
unos cuantos litros de agua que pueden mantenerte
con vida, así como ayudarte a salvar un puñado
de vidas.
Puede
que el viejo no se muera, que los bebés pongan
fin a la llantina y que a las madres les cambie
la faz. Otros deambulan también tranquilamente
para conseguir algo. Tal vez sean gentes como tú
y ese litro de leche que el que está a tu lado
acaba de llevarse sirva pronto de alivio en
algún sitio. No has mangado nada en una tienda
desde que tenías 14 años, y tienen un montón
de dinero a tu nombre; pero eso no significa nada
ahora.
Si
te haces con estos productos, ¿eres un
delincuente? ¿Tienes que terminar pateado en el
suelo por un poli que te esposa con las manos
atrás? ¿Tienes que terminar oyéndote llamar
?saqueador? por los medios de comunicación
internacionales? ¿Tienes que ser abatido a tiros
en la calle porque la sobrerreacción a los
desastres, a todos los desastres, suele traer
consigo la imposición de la pena de muerte sin
el beneficio del debido proceso sólo por ser
sospechoso de un delito menor contra la
propiedad?
¿O
eres un rescatador? ¿No es la supervivencia de
las víctimas de los desastres más importante
que la preservación de las relaciones cotidianas
de propiedad? Esa farmacia, ¿es más vulnerable,
más víctima, está más necesitada de ayuda por
parte de la Guardia Nacional que tú, o que esos
pequeños desechos en llanto, o que los millares
todavía atrapados entre ruinas a punto de morir?
Es
bastante obvio cuáles son mis respuestas a estas
preguntas, pero no parece tan obvio en el caso de
los medios de comunicación. Desastres tras
desastre, al menos desde el terremoto de San
Francisco en 1906, los que están en el poder,
los que disponen de rifles y tienen la fuerza de
la ley tras de sí a menudo se preocupan más por
la propiedad que por la vida humana. En una
situación de emergencia la gente puede morir, y
muere, por causa de esa pervertida jerarquía de
valores. O son abatidos a tiros por hurtos
menores o imaginados. Los medios de comunicación
no sólo aceptan eso, sino que regularmente,
repetidamente, ayudan a preparar el camino de, y
aun a incubar, esa reacción.
Si
las palabras mataran
Necesitamos
desterrar la palabra "looting" [saqueo]
de la lengua inglesa. Invita a la locura y nubla
las realidades.
"Loot"
[saqueo, saquear], el sustantivo y el verbo, es
una palabra de origen hindú que refiere a los
despojos de la guerra o a otros bienes más o
menos incautados. Como hizo notar en su día el
historiador Peter Linebaugh , "en una
época, loot significaba la paga del
soldado". Entró en la lengua inglesa como
buena parte del saqueo [loot] procedente de la
India entró en la economía inglesa: en los
bolsillos de los soldados o en forma de
incautaciones imperiales.
Tras años de
entrevistar a supervivientes de desastres y de
leer informes de primera mano y estudios
sociológicos de desastres como el bombardeo
alemán de Londres en 1940 y el terremoto de la
Ciudad de México en 1985, no creo en el saqueo.
Hay dos cosas que pasan en los desastres. El
grueso de lo que ocurre podría llamarse
requisa de emergencia. Alguien que podrías ser
tú, alguien en circunstancias desesperadas como
las descritas más arriba, se hace
con
lo necesario para sostener la vida humana a falta
de cualquier otra alternativa. No sólo no
llamaría yo a eso saqueo; es que ni siquiera le
llamaría hurto.
La
necesidad es un eximente en caso de violar la
ley, en los EEUU y en otros países, aun si se
aplica más, digamos, a la confiscación de las
llaves del coche de un conductor borracho que a
alimentar a niños hambrientos. Coger cosas que
no necesitas es hurto bajo cualquier
circunstancia. Lo que es, de acuerdo con el
sociólogo de los desastres Enrico Quarantelli
-que ha venido estudiado el asunto desde hace
más de medio siglo-, algo rarísimo en la
mayoría de desastres.
El
beneficio personal es lo último en lo que el
grueso de la gente piensa luego de un desastre.
En esa fase, los supervivientes son casi
invariablemente más altruistas y están menos
apegados a sus propiedades, menos preocupados por
los problemas de largo plazo de las
adquisiciones, el estatus, la riqueza y la
seguridad, de lo que pueda concebir como posible
cualquiera que no se halle en tales situaciones.
(Los mejores informes y reportajes sobre Haití
sólo destacan esta realidad de los desastres:
gentes que se han quedado prácticamente sin nada
se arman de paciencia y buscan compartir lo poco
que tienen y apoyar a quienes se hallan en una
situación aún peor.)
Los
medios de comunicación son harina de otro
costal. Tienden a llegar obsesionados con la
propiedad (y los titulares que puedan amasarse
con los asaltos a la propiedad). Canales
televisivos y periódicos suelen llamar
"saqueo" a cualquier cosa, con lo que
incitan la hostilidad hacia las víctimas, así
como una sobrerreacción histérica por parte de
las autoridades armadas. O bien ocurre a veces
que los periodistas sobre el terreno hacen un
buen trabajo, pero los directivos instalados en
sus cómodas oficinas amañan según les acomoda
los pies de foto y editan cabeceras y titulares
capciosos.
Yerran
también en su uso de la palabra
"pánico". Entre gentes comunes en
situaciones críticas, el pánico es una cosa muy
rara. A una muchedumbre escapando de una muerte
cierta los medios de comunicación la llamarán
una multitud presa del pánico, aun cuando
escapar es la única cosa razonable que se puede
hacer. En Haití siguen informando de que hay
comida sin distribuir por miedo a las
"estampidas". ¿Creen que los haitianos
son ganado?
La
creencia de que, en situaciones de desastre, las
gentes (sobre todo si son pobres y no son
blancos) se comportan como ganado, o como
animales, o como locos e imprevisibles, viene
regularmente a justificar el gasto de demasiada
energía y de demasiados recursos en tareas de
control -los militares norteamericanos lo llaman
?seguridad?-, que se sustraen a su uso en tareas
de auxilio. Una voz de fondo con acento
británico de la cadena CNN comenta una toma en
la que se ve a gente corriendo hacia el lugar en
el que un helicóptero está arrojando tirando
provisiones diciendo que hay una
"estampida" , y añade que esta entrega
"amenaza con provocar el caos". El caos
existe ya, y no puedes cargarlo en el debe de
estas gentes desesperadas por hacerse con un poco
de comida y de agua. O puedes hacerlo, pero
entonces estás contribuyendo a persuadir a tu
audiencia de que se trata de personas indignas y
de poco fiar.
Volvamos
al saqueo: evidentemente, puedes considerar que
la acuciante pobreza de Haití y sus fallidas
instituciones son un desastre de larga data que
altera las reglas del juego. Podría haber gentes
que no sólo estuvieran interesadas en hacerse
con las cosas que necesitan para sobrevivir en
los próximos días, sino con cosas que nunca
tuvieron derecho a tener, o con cosas que
pudieran necesitar el mes próximo.
Técnicamente, esto es robo, pero a mí ni me
sorprende ni me turba; lo que me resulta
perturbador es que antes del terrible terremoto
llevaran vidas de privación y desesperación.
En
tiempos normales, el hurto menor suele
considerarse un delito. Nadie se siente
agraviado. De no ser tenidos a raya, los hurtos
menores podrían acaso llevar a situaciones en
las que se multiplicaran los robos, etc., y se
puede razonablemente argüir que, en tal caso,
hay que represar la crecida de la ola. Pero nada
de eso es particularmente relevante en un paisaje
de terrible sufrimiento y muertes en masa.
Un
buen número de tertulianos de programas
radiofónicos y otro personal de los medios de
comunicación todavía siguen indignados con que
la gente cogiera televisores luego de que el
huracán Katrina golpeara Nueva Orleáns en agosto
de 2005. Desde que empecé a pensar y hablar con
la gente sobre lo que pasa tras un desastre he
oído muchas cosas sobre esos condenados
televisores. Ahora bien; ¿qué es más
importante? ¿Los televisores o las vidas
humanas? La gente estaba muriéndose en tejados,
en tórridos áticos y en pasos elevados, estaba
abandonada a su suerte en todo tipo de terribles
circunstancias en la Costa del Golfo en 2005,
cuando los medios de comunicación dominantes
comenzaron a obsesionarse con el saqueo, y el
alcalde de Nueva Orleáns y el gobernador de
Luisiana tomó la decisión de centrar sus
esfuerzos en la protección de la propiedad, no
de la vida humana.
La
manipulación mediática llegó a tal punto, que
una pandilla de hombres blancos del otro lado del
río de Nueva Orleáns resolvió tomarse la
justicia por su mano y comenzó a disparar.
Aparentemente, consideraban criminales y ladrones
a todos los negros, y dispararon sobre
muchos. Parece que algunos murieron; había
cuerpos desangrándose, expuestos al sol de
septiembre lejos de la zona de las inundaciones;
un buen hombre que trataba de salir de la ciudad
en ruinas a duras penas logró sobrevivir. Y los
medios miraron para otro lado. Me llevó meses
poder simplemente cubrir esta historia. Esa
pandilla de somatenes blancos decía estar
protegiendo la propiedad, pero sus miembros nunca
consiguieron demostrar que sus propiedades
estuvieran amenazadas. Se jactaban de matar
negros. Y compartían valores con los medios de
comunicación dominantes y con las autoridades de
Luisiana.
Ello
es que, cuando la administración Bush
subcontrató servicios privados de emergencia
-como autobuses de evacuación en el caso del
huracán Katrina- a ávidos amiguetes que sacaron
suculentos beneficios de proporcionar
prestaciones, caras, incompetentes y a destiempo
en los momentos de máxima urgencia, no llamamos
a eso saqueo.
O
cuando un puñado ricachones de Wall Street
decidió jugar con una necesidad humana básica
como la vivienda. Bueno, ya pilláis la idea.
Woody
Guthrie cantó una vez que "algunos te roban
a punta de revólver, y otros, a punta de
estilográfica". Los tipos del revólver (o
de los machetes, o de las navajas) son más
fotogénicos, y los tipos de la estilográfica no
sólo no terminan en la cárcel, sino que acaban
en McMansiones con garajes para cuatro
automóviles, y a veces, elegidos -o designados-
para algún alto cargo.
Aprender
a ver en las crisis
En
las pasadas navidades, el padre Tim Jones, de
York, provocó una conmoción en Inglaterra
cuando dijo en un sermón que el hurto en
comercios y cadenas de supermercados podía ser
un comportamiento aceptable en el caso de los
desesperados. Ni que decir tiene, fue un
escándalo. Jones dijo a
Associated Press: "Lo que digo es que cuando
cerramos cualquier avenida socialmente aceptable
a los necesitados, la única avenida que queda es
una socialmente inaceptable".
Casi
todas las réplicas se centraron en la cuestión
de porqué mangar en los comercios una mala cosa,
pero también se reiteró que no sirve para nada.
Bueno, la comida le sirve al hambriento, un hecho
tan patente, que resulta extraño hasta tener que
enunciarlo. Los medios por los que se accede a
ella son cuestión aparte. El debate siguió
centrado más en el hurto que en la constatación
de que en el verde y placentero paisaje de
Inglaterra haya gente tan desesperada, que mangar
en los comercios ha llegado a ser su única
opción. Por no mencionar la cuestión de si el
sufrimiento humano innecesario constituye ya por
sí mismo un crimen.
Ahora
mismo, el caso es que el pueblo de Haití
necesita alimentos, y a pesar de toda la
publicidad, el sistema internacional de
distribución de víveres ha constituido hasta
ahora un fiasco. Así las cosas, irrumpir en un
almacén de víveres de la las Naciones Unidas
-con comida presumiblemente destinada a los
pobres haitianos en un momento catastrófico-
podría no ser "violencia", o
"saqueo", o "violación de la
ley". Podría ser pura lógica. Podría ser
la vía más efectiva de satisfacer necesidades
desesperadas.
¿Por
qué había antes del terremoto tanta gente
hambrienta en Haití? ¿Por qué tenemos un
planeta que produce comida bastante para todos y
un sistema de distribución que hace que mil
millones de nosotros no tenga un acceso decente a
esa abundancia? Son preguntas, cuya respuesta no
admite demora.
Y
todavía más perentorio: necesitamos compasión
para quienes sufren en Haití y unos medios de
comunicación que cuenten la verdad sobre ellos.
Me atrevería a proponer pies de foto
alternativos para el reportaje de Los Angeles
Times, amodo de modelo para todos los
desastres futuros:
Empecemos
con la imagen del policía esposando al hombre de
rostro angustiado: "Ignorando que hay
todavía millares atrapados bajo los escombros,
un policía aborda a una víctima que cogió
leche en polvo. En un Haití con millones de
hambrientos, sigue sin haber una adecuada
distribución de víveres".
 
¿Y
qué hay del tipo con un rollo de tela a las
espaldas?: "Como en todos los desastres, la
gente corriente muestra una extraordinaria
capacidad de improvisación, porque telas como
ésta se están usando para improvisar grandes
sombrillas en Haití".
Para
el policía abatido: "El exceso de celo
institucional a la hora de proteger la propiedad
se cobra gratuitamente una víctima, como suele
pasar en las crisis. Y mientras tanto, un
sinnúmero de personas seguía atrapada entre
escombros".
¿Y
la muchedumbre de supuestos saqueadores?:
"Supervivientes imaginativos rescatan de
entre las ruinas de su mundo los medios para
sostener la vida".
 
Puede
que este último pie no sea muy exacto, pero es
más verosímil que el otro. Y lo que es de todo
punto exacto en Haití ahora mismo, como siempre
en la Tierra toda, es que la vida humana vale
más que la propiedad, que los supervivientes de
una catástrofe merecen nuestra compasión y la
cabal comprensión de sus cuitas. Y que vivimos y
morimos merced a palabras e ideas, y que es
desesperadamente crucial servirse bien de ellas.
*
Rebecca Solnit es la autora de A
Paradise Built in Hell: The Extraordinary
Communities that Arise Disaster y coautora,
con su hermano David, de The Battle of the
Story of the Battle of Seattle, una breve
antología sobre cómo ese evento que cambió la
historia ha sido tergiversado, con reproducciones
de algunos de los documentos originales.
Traducción para Sinpermiso.info de Miguel de
Puñoenrostro.
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