Trampas
semánticas y otros temas del narco
Gustavo Gorriti *
En
el auditorio del museo Rufino Tamayo, dentro del
bosque de Chapultepec de la Ciudad de México, un
grupo de periodistas, académicos y escritores se
reúne para analizar los retos para un
nuevo periodismo que representan el
narcotráfico y la violencia en las
ciudades de América Latina.
La
conferencia está organizada por la Fundación
Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside
Gabriel García Márquez y dirige Jaime Abello.
El periodista Cristian Alarcón, un chileno
radicado en Argentina, quien ha investigado y
escrito en profundidad sobre las organizaciones
de narcotraficantes peruanos en Buenos Aires,
tiene un papel central en la orientación del
evento.
Son
muchas las reuniones periodísticas dedicadas a
cómo cubrir el narcotráfico, sus actores, la
guerra contra las drogas, a lo largo
de la treintena de años en los que esta
guerra comercial, política,
ideológica ha sacudido al continente.
Varias
sirvieron para deliberar, con implícita
urgencia, sobre cómo mejorar la seguridad de los
periodistas que investigaban a los
narcotraficantes. Ninguna otra cobertura ha
costado tantas vidas (y también desarraigo,
trauma y dolor) de periodistas.
Pero
el costo, tan alto, acentuó si acaso la
necesidad de comprender mejor el tema cubierto de
oscuridad, por ser clandestino, por el camuflaje
propio de su medular corrupción y por la fuerte
carga ideológica en sus protagonistas
principales, que busca capturar no sólo los
términos y la agenda, sino hasta el razonamiento
sobre este fenómeno.
La
conferencia en la que participo ahora tiene una
virtud, que es a la vez su originalidad y su
utilidad: juntar a académicos, escritores y
periodistas, todos vinculados con el tema, desde
diversas geografías y circunstancias, para
comparar observaciones, métodos, historias y
conclusiones. Casi todas serán interesantes y
algunas polémicas.
Desde
el primer panel, que comparto con Luis Astorga,
los eufemismos quedaron de lado. Astorga, un
eminente sociólogo mexicano, ha investigado y
escrito largamente sobre el tema de las drogas y
el narcotráfico. Su intervención es, entre
otras cosas, una dura crítica al periodismo por
contribuir a oscurecer el entendimiento del
problema en lugar de aclararlo. No me
reconozco en las entrevistas dice Astorga,
si el lenguaje sirve para algo es
para significar, no para crear más
confusión.
Astorga
menciona varios casos de uso acrítico e
impreciso de términos impuestos por determinados
actores. Cartel (o
cártel según otros) es uno de
ellos. Fue un término introducido en los 80 por
un grupo de fiscales y agentes antidrogas de
Florida en la época que enfrentaban a los
cowboys de la cocaína de entonces.
El
término tuvo mucho éxito mediático
y se esparció por todos lados, en usos
generalmente incorrectos que contribuyeron a
distorsionar y no aclarar la visión del
narcotráfico.
La
discusión de las trampas semánticas en las que
tanto periodista cae o resbala llevó a hablar
sobre la seriedad y la prolijidad de la cobertura
del narcotráfico y la frecuente dependencia de
fuentes -por lo general oficiales- que inyectan
desinformación entre los datos que proporcionan.
Una posición jerárquica autoriza a decir
una estupidez y a que sea aceptada, dice
uno de los participantes. Otro, Francisco Thoumy,
académico y experto colombiano en el tema que
trabajó como consultor para las Naciones Unidas,
describió la profunda autocensura y
manipulación de cifras entre los organismos de
la ONU dedicados a informar sobre el problema.
La
discusión sobre el lenguaje y los campos minados
de la semántica fue una de las más prolongadas.
Javier Valdez, el notable periodista de
Culiacán, cuya columna Mala Yerba
combina la inteligencia con la intrepidez al
describir, tal cual, el narcotráfico en Sinaloa,
habló sobre la pobreza del lenguaje por parte de
los periodistas, pues no se lee lo
suficiente, junto con la irresponsabilidad
en el uso de términos. Expresiones como
ajusticiamiento, dijo Valdez,
alimentan el ego del matón en
Culiacán. Eso, al lado de los ridículos
eufemismos que plagan el lenguaje periodístico
en todos lados: adulto mayor, en
lugar de viejo; déficit
visual en lugar de ciego, por
ejemplo.
El
antropólogo estadunidense Philippe Bourgois,
catedrático en la universidad de Pennsylvamia,
habló sobre el lado final de la cadena del
narcotráfico. Bourgois ha trabajado y vivido en
barrios asolados por la pobreza, el crack y la
violencia, desde fines de los 80, empezando por
East Harlem, en Nueva York. La etnografía
antropológica, dice Bourgois, tiene mucho
parecido con el periodismo de investigación. Su
propósito, al sumergirse en los barrios, fue
suspender el juicio moral para entender la
lógica de las organizaciones investigadas.
Para
Burgois, la guerra contra las drogas
es una especie de resaca de la guerra fría, que
toma cuerpo al terminar ésta. Hoy, dice, desde
su departamento actual, en un barrio pobre de
Filadelfia, puede ver once fábricas cerradas.
Por eso, en las esquinas del barrio le llaman
work (trabajo) a la droga.
Para
Ricardo Vargas, uno de los mayores expertos
colombianos en el tema de las drogas y el
narcotráfico, las últimas noticias del
narco no son halagüeñas. La
privatización de la guerra interna, el despeje
por la fuerza de poblaciones en varios
territorios, la crisis de la desmovilización
paramilitar y la concentración de la propiedad,
han favorecido a las élites regionales ilegales,
que expanden y consolidan su fuerza económica
mientras se maquilla, pero crece, la crisis
social.
Sobre
el trasfondo de la violencia en Río de Janeiro
hubo una intensa polémica brasileña. Leisie
Leitao, periodista de O Dia, de Río,
expuso en forma muy gráfica la gran violencia de
las mil 20 favelas de Rio. Según su
cálculo, luego de desmaquillar estadísticas,
hubo 12 mil 898 homicidios en Río el año pasado
y cerca de 40 mil personas fueron apresadas. La
letalidad de bandas y milicias no tiene,
virtualmente, afirmó Leitao, paralelo en el
hemisferio.
Paulo
Lins, el poeta y autor de la novela hecha
célebre película: Ciudad de Dios,
expuso el lado de la favela: Yo admiro
todavía al que se enfrenta a la policía
dijo y no le tengo ningún respeto a la
prensa. Me siento mejor en la
favela dijo Lins, porque siempre fui
discriminado. Brasil, añadió, tiene la
peor distribución de ingreso en el mundo y sólo
hay violencia porque existe un rencor
social muy grande. El 90 por ciento de los
habitantes de la favela, prosiguió, no
tienen nada que ver con el delito, pero la policía
los trata a todos como si fueran
delincuentes.
Entre
las varias otras discusiones hubo una muy
destacada: Literatura y narcocultura.
Gabriela Polit, catedrática de literatura
latinoamericana en la universidad de Texas,
estudia comparativamente la literatura sobre el
narcotráfico en Culiacán, Medellín y La Paz.
En Colombia ya hay un nuevo género: la
literatura sobre el sicario, o sicaresca.
Pasamos de Milagros bellas a sicarios
feos, dijo.
Juan
Cajas, antropólogo de oficio, captógrafo
de otredades y el novelista mexicano Juan
José Rodríguez expusieron con gran lucidez.
La novela y el periodismo ofrecen milagros
secretos, dijo Rodríguez al describir,
entre otros, los milagros que llevaron de Tolstoy
a Gandhi y de éste a Luther King.
Gustavo
Bolívar, el escritor y guionista de telenovelas
tan célebres como Sin tetas no hay paraíso
y El capo, opinó que había que
legalizar la droga para descriminalizarla, pero a
la vez insistió en la necesidad de enfrentar
resueltamente a los criminales. El narcotráfico,
recordó, asesinó en una década a cinco
candidatos presidenciales, exterminó a
miles de miembros de la UP, asoló a Colombia.
¿Por qué tenemos que arrodillarnos frente
a ellos? reclamó. No se puede sentir
miedo, dijo a los periodistas. Si lo
sienten, déjeselo [la cobertura] a otros.
Juan
Cajas resumió cómo debe ser el fruto del
trabajo del periodista con la fuente, en la frase
de un libro célebre: Volverás a decirme
adiós y te regalaré un secreto. ¿Se
acuerdan quién la escribió?
*
Gustavo Gorriti es
periodista peruano, colaborador de la revista Caretas, donde publicó este artículo el 22 de
octubre de 2009. Es ganador del Premio María
Moors Cabot, otorgado por la Universidad de
Columbia, del Premio Internacional de Periodismo
rey de España y del premio Libertad de Prensa
del Committee to Protect Journalists. Es miembro
del Consejo Editorial de SdP.
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