Las mesas
de plomo
Miguel
Ángel Granados Chapa *
Les
agradezco mucho esta reunión a las autoridades
de la Licenciatura en Periodismo y Medios de
Información del Tecnológico de Monterrey. Le
agradezco mucho a mis compañeros y amigos,
Víctor Roura, Mariano Morales y Omar Raúl
Martínez, que tan abrumadoramente se han
referido a mi trabajo. Me complace
particularmente tenerlos a ustedes, muchachas y
muchachos, jóvenes, como interlocutores esta
mañana por una circunstancia que nos une: Yo
estuve sentado en un lugar semejante al que
ocupan ustedes en sus aulas. Como ustedes, yo
decidí ser periodista a través de una carrera
universitaria. No me arrepiento nunca de haberlo
hecho y estoy cierto de que si ustedes han
practicado el debido examen de conciencia que los
tiene aquí no se arrepentirán tampoco de haber
elegido este oficio, esta profesión. Quienes no
hayan practicado ese examen de conciencia más
vale que lo realicen cuanto antes, porque pudiera
ocurrir que si lo piensan dos veces, si lo
piensan a fondo, decidan que no es este el camino
que quieren recorrer. Pero si la conclusión es
la contraria, si después de sumergirse en su
propio yo, concluyen que quieren ser periodistas,
las y los felicito por esa decisión.
Esta tarea que
ustedes comienzan ha de ser desde su preparación
académica. Es una tarea que puede resultar muy
gratificante porque puede ser muy servicial, y si
una vida, desde mi punto de vista, tiene sentido,
es cuando dispone de capacidades para servir a
los demás. La vida en comunidad sólo es posible
en la convivencia que nos hace interdependientes.
Siempre necesitamos de los otros, y hay oficios,
el nuestro es uno de ellos, en donde esta
capacidad de cobrar necesidades distintas de las
nuestras propias aparece mucho más clara. Por
eso las y los felicito si han resuelto después
de este examen de conciencia, ser periodistas.
Me complace
también hablar y recibir estas palabras y este
reconocimiento; esta placa por parte del
Tecnológico de Monterrey que es un ejemplo de la
educación privada en nuestro país, no sólo por
su desarrollo material; de la semilla sembrada en
1943 ha surgido un inmenso y frondoso árbol
cuyas ramas se extienden por todo el país ahora.
Y de las carreras iniciales, de las
preocupaciones académicas que movieron a sus
fundadores a iniciarlo en la capital de Nuevo
León, han transitado al Tecnológico a
convertirse en una institución de enseñanza
superior con gran amplitud, con decenas de
carreras, con niveles de licenciatura, de
preparatoria misma, de posgrado, de maestrías y
doctorados, especialidades en una gran diversidad
de tareas que han sido igualmente muy serviciales
a nuestro país.
En buena hora el
Tecnológico de Monterrey ha asociado algunas de
sus tareas al nombre de Alfonso Reyes, cuya
memoria no puede quedar al margen de una reunión
de periodistas y de futuros periodistas porque
él mismo, quizá el mayor escritor de la lengua
mexicana, de la lengua española escrita en
México, fue un periodista. Si un estilo y
una vida pueden sernos propuestas como ejemplo,
esa es la de Alfonso Reyes.
Alfonso Reyes,
regiomontano ilustre, bromeaba con el significado
de la palabra de la ciudad alemana donde nació
Kant, Königsberg, que quiere decir Monterrey en
alemán. Él hablaba de Kant, o de sí mismo,
intercambiando la broma, como el otro
regiomontano ilustre: ambos eran regiomontanos. Y
para fortuna nuestra, nuestro regiomontano nos
queda por esa circunstancia más próximo y lo
tenemos ahí permanentemente como ejemplo, y en
buena hora, repito, el Tecnológico de Monterrey
lo ha atraído.
Ustedes conocen
sin duda la trayectoria de Don Alfonso, que
vivió las cimas y las simas de una vida
enriquecida por la experiencia, la que se busca y
la que se nos asesta, la que cae encima de
nosotros. Como ustedes recuerdan, Alfonso Reyes
fue hijo de una familia privilegiada en Nuevo
León cuyo padre, el General Bernardo Reyes, fue
gobernador de esa entidad, y Alfonso nació, como
se decía antes, en pañales de seda. Nació en
una familia muy acomodada, con buena fortuna
política. El General Reyes fue ministro de la
guerra con el general Díaz y, aunque esas
hipótesis no tienen validez histórica rigurosa,
de haberlo resuelto se hubiera evitado, no sé si
para bien o para mal, la Revolución Mexicana,
porque la modernidad del pensamiento, la
estructura de conciencia, el rigor disciplinario
del General Reyes, lo hicieron aparecer en la
escena pública mexicana al comenzar el siglo XIX
como la opción para el tránsito de la dictadura
a la democracia sin ruptura.
También con el
entendido de que puede ser la fórmula empelada,
para bien o para mal, Reyes, Don Bernardo el
General, hubiera podido practicar el porfirismo
sin Don Porfirio. Permitió el progreso mexicano
en el último cuarto de siglo de la centuria
decimonovena sin cerrarse al progreso y sin
impedir el acceso de los mexicanos a la
democracia. Reyes significó la posibilidad de la
democracia sin violencia, pero los conservadores
de entonces, los científicos que rodeaban a
Díaz hasta sofocarlo, impidieron esa opción
democrática de un militar letrado. Reyes era un
hombre culto, leído, que propició esa misma
condición en sus hijos Rodolfo y particularmente
Alfonso; esa opción se cerró, y puesto a elegir
entre la lealtad a Díaz y las posibilidades del
desarrollo democrático del país, Don Bernardo
optó por la lealtad y no se colocó enfrente del
general Díaz, y con eso forzó las
circunstancias de la historia para que la
democracia fuera arrancada por la fuerza al
conservadurismo que rodeaba, y repito, sofocaba,
a Díaz. Luchando contra la revolución
maderista, el General Reyes murió en un combate
encabezado por él, un combate
contrarrevolucionario, un combate que lo situó
en el centro de una terrible paradoja;
murió combatiendo a quienes hubieran podido ser
sus partidarios, a quienes lo hubieran elegido
como presidente de la república en una
transición tersa, en una transición ordenada.
La muerte de Don
Bernardo Reyes produjo, años después, de la
pluma de su hijo Alfonso, una de las más bellas
páginas de la literatura mexicana, La
oración del nueve de febrero. Porque el 9
de febrero de 1913, en un intento notoriamente
destinado a fracasar de tomar el Palacio
Nacional, el General Reyes fue recibido a balazos
por los revolucionarios y ahí murió en una
suerte de accidente trágico. La tragedia de su
padre, la tragedia del régimen que no quiso
prolongar Don Bernardo, fue también la tragedia
de don Alfonso, quien tuvo que salir del país
poco después de ese grave momento y la decena
trágica que siguió a la muerte de Don Bernardo,
que terminó también con dos muertes trágicas
más --más trágicas todavía si cabe la
agravación en esos términos--, la de Madero y
de Pino Suárez, que sacrificados por un intento
de volver atrás la historia, y de reinstalar una
dictadura con peor carácter que la dictadura
porfirista, condujo finalmente a la Revolución.
Alfonso Reyes
había venido a vivir a la ciudad de México, se
había hecho abogado, había asistido a la
escuela de altos estudios, lo que después fue la
Facultad de Filosofía de la Universidad
Nacional, fundada en 1910 por otro porfirista
ilustre --que los hubo--, Don Justo Sierra.
Reyes tuvo que
salir al exilio, a la pobreza, dejar la vida
regalada que hasta entonces había disfrutado en
Francia primero y en España sobre todo en la
década de los años 20, y se ganó la vida como
periodista, trabajando intensamente, conociendo
el oficio, amándolo, estableciendo caminos. Él
fue uno de los pioneros en lengua española y
probablemente en todas las demás también, de la
crónica y la crítica cinematográfica; es
seguro, es deseable que muchos y muchas de
ustedes hayan ido al cinematógrafo que la
Universidad Nacional tiene en San Ildefonso, una
de sus instalaciones del centro de la ciudad, que
se llama como el seudónimo que usó Reyes para
escribir su crítica cinematográfica: Fósforo.
Así se bautizó a sí mismo Reyes, no sólo para
darle lustre a una firma periodística, sino
también para disimular que escribía diversos
textos; tenía que firmar con seudónimos porque
otro grande de las letras españolas, Ortega y
Gasset, que había fundado un diario llamado El
Sol, le otorgó el privilegio de ser un
colaborador que realizaba una página semanal
completa y la llenaba Reyes con textos firmados
por diversos nombres, que eran los suyos.
Se hizo un
periodista cabal, Reyes, en esos años, forzado
por la necesidad, que es una buena maestra,
aunque no tanto como las instituciones
académicas que forman y contribuyen a la
formación hoy de los periodistas.
No dejó de
servir para los periódicos nunca Reyes, ni
tampoco de reflexionar sobre el oficio
periodístico. Escribió en otro de sus libros
ejemplares, Las Mesas de Plomo que
ustedes seguramente conocen, una historia del
periodismo mundial hasta comienzos del siglo XX,
que tiene el valor de la erudición. Reyes era un
investigador cuidadoso, minucioso y exponía los
datos obtenidos de su indagación con una prosa
robusta, una prosa elegante, que lo hizo, como
sostengo y no es una afirmación atrevida ni
mucho menos, el mayor prosista, el mayor escritor
de nuestra lengua.
El periodista
Alfonso Reyes, una de las caras del escritor
Alfonso Reyes, aparece en la historia del
Tecnológico de Monterrey como una figura señera
y me alegra estar con ustedes esta mañana,
recibir esta distinción que me honra y me
enorgullece, recordando el nombre de Alfonso
Reyes como de otros regiomontanos o nuevoleoneses
ilustres vinculados con nuestro oficio. Pienso
particularmente en Don José Alvarado, que nació
en Lampazos y era también dueño de una pluma
exquisita y trabajó durante mucho tiempo en los
grandes periódicos mexicanos. Sigue siendo una
mezquindad de los periódicos el que no se valga
escribir en más de un diario de una misma
ciudad; el valor periodístico de Don José
Alvarado sin embargo lo llevó a ser buscado por
más de un editor y simultáneamente escribía en
los años 60 y 70 en periódicos antagónicos:
Excelsiór, un periódico conservador, de
filiación occidental (se decía en el lenguaje
de la guerra fría para hablar de los partidarios
de la política de Washington), y en el
periódico El Día, que representaba el polo
opuesto; un periódico de izquierda, de izquierda
priista, pero izquierda al fin. En Excelsiór era
Alvarado y en El Día escribía con el
pseudónimo de Aradoval, pero era la misma
persona; no se traicionaba, no se desdoblaba en
dos, no escribía al gusto de los editores,
escribía para sus lectores que eran tan devotos
de su pluma en una y otra parte.
Don Pepe
Alvarado lamentaba, sin embargo, y no obstante la
gran calidad de su estilo, no haber podido ser el
mayor escritor de su estado porque ahí había
nacido Reyes; ni siquiera de su pueblo, porque
ahí había nacido García Naranjo, otro de los
grandes escritores en prensa nacido en Nuevo
León, y ni siquiera de su calle, se lamentaba
Don Pepe, porque García Naranjo había nacido en
la misma calle que Don Pepe Alvarado.
Es inevitable
también recordar en una reunión de periodistas
y futuros periodistas a Porfirio Barba Jacob, un
poeta maldito colombiano; Ricardo Giraldes que
fundó El Porvenir (no es una metáfora lírica,
hay un periódico o hubo un periódico en Nuevo
León, Monterrey, llamado El Porvenir), y este
poeta, grande como poeta, grande como periodista,
que se destruyó a sí mismo por sus adicciones
(lo que no es por supuesto ejemplar, pero sí su
ejercicio de la pluma), está presente también
en una reunión al calor del Tecnológico de
Monterrey, entre periodistas.
Con estas
evocaciones, con mi felicitación por su
decisión de ser periodistas, de enriquecer este
oficio tan necesario, no obstante las
modificaciones tecnológicas a la que estará
sujeto (que ustedes dominan; algo enteramente
ajeno a mis nociones pre-modernas).
La modernidad no
nos va a tomar por sorpresa, no nos va a
derrotar, sino al contrario, va a ser una sumisa
servidora en nuestra decisión de ser
periodistas. La modernidad es un instrumento, la
tecnología es un instrumento que vamos a
dominar, que dominamos ya, y que va a contribuir
a que se expandan nuestras posibilidades de
servicio, que es en último término de lo que se
trata.
Muchísimas
gracias.
*
Miguel Ángel Granados Chapa es periodista mexicano, columnista del
semanario Proceso y del diario Reforma. Este es el discurso que pronunció en
el marco del homenaje recibido en el Tecnológico
de Monterrey, campus Ciudad de México, el 14 de
octubre de 2009.
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