La
videopolítica, nuevos desafíos para la
democracia
Giovanni
Sartori *
El
problema crucial para la democracia fue detectado
por Rousseau. Él se preguntaba: ¿De qué
manera puede una multitud ciega que casi nunca
sabe lo que quiere porque sólo rara vez sabe lo
que es bueno para ella alcanzar una
democracia? De hecho Rousseau no dijo en su cita
democracia. Su ideal era una
república gobernada por leyes y no por hombres.
Su ideal eran Esparta y los romanos (no Atenas).
Rousseau admitía la democracia en sus teorías
sólo para estados pequeños y primitivos
y de manera muy periférica. Para él, el quid de
la cuestión era, como dije al principio, que
uno siempre busca el bien, pero uno no
siempre lo reconoce. Para resolver este
problema, Rousseau tuvo que recurrir a una
voluntad general que no era la
voluntad de todos (la suma total de las
voluntades particulares) ni una voluntad
individual libre
de todo egoísmo y particularismos. La voluntad
general no se traduce en las voluntades de todos,
sino, muy por el contrario, es la voluntad de las
personas que deben someterse a la voluntad
general. Evidentemente la solución de Rousseau
no era muy convincente; sin embargo, llamó la
atención sobre un punto que la posterior teoría
de la democracia simplemente
evitó.
Aproximadamente
un siglo después del primer bosquejo del
Contrato Social (en 1756) el pueblo
comenzó a votar, en el mundo occidental en
pequeños aunque importantes cantidades.
Inicialmente el voto era concedido únicamente a
gente adinerada, únicamente a los que pagaban
impuestos. La representación política se
afianzó gradualmente bajo el principio de
sin representación no hay impuestos.
Este principio implicaba que los fondos debían
ser controlados por los que proporcionaban el
dinero. Ya que el interés de los desposeídos o
de los aspirantes es incrementar los
impuestos a través de la representación.
Como sea que fuere, la concesión del derecho al
voto era inevitable, y el argumento a la cabeza
era que aún cuando los votantes que no podían
leer no sabían cómo votar, aún así uno
aprende (a votar) votando. Como dijo Hegel: para
aprender a nadar uno debe saltar al agua. El
argumento parece plausible. Pero aún así no
funcionó. Entonces se cambió al argumento de
que el votante malo era producto del
analfabetismo y que podía curarse, por tanto, a
través de la alfabetización, de la educación.
Para la desgracia de todos, la alfabetización
llegó pero el votante malo no mejoró. Entonces,
¿por qué la educación no produce ciudadanos
más interesados y mejor informados? Este sigue
siendo el problema, o uno de los
problemas.
La teoría
participativa de la democracia de los sesentas
cambió el problema sosteniendo que el voto
no es una experiencia adecuada y suficiente, y
que un mejor ciudadano requería un ciudadano
participativo. Este sigue siendo el remedio
prescrito por la teoría progresiva de la
democracia. Sin embargo existen muchos defectos
en esa teoría. En principio, en la misma
definición de participación. Muchos autores no
logran caracterizar la participación como un
tomar parte activo, como ponerse en
marcha, desde la movilización, como ponerse o
incluso ser forzado a moverse. La evidencia
empírica demuestra también que la
participación como auto-movimiento se relaciona
con la intensidad y por tanto con el extremismo.
Y el extremismo (por ejemplo una persona situada
al borde de la extrema derecha o izquierda de una
línea ideológica) resulta tener una
personalidad dogmática. Así, como Bernard
Berelson hizo notar, el interés extremo
que acompaña a la participación extrema puede
convertirse en un fanatismo rígido que perturba
los procesos democráticos. (Voting,
Chicago Univ. Press 1954. p.
314).
Por otra parte,
tomar parte se expresa en una
proporción que tiene sentido en cifras
pequeñas, no en cifras altas. En un grupo de
diez mi participación suma 1/décimo a la toma
de decisiones de ese grupo. Bien. Pero la parte
que yo tomo en un universo de un millón reduce
mi parte a 1/millonésima. Una proporción que no
expresa mi poder sobre los demás, sino el de un
millón (menos uno) sobre mí. Lo cual no tiene
sentido. De igual manera la participación
pertenece a la teoría horizontal de la
democracia, a su nivel de demos, no a la teoría
vertical de la democracia, es decir, a la esfera
del gobierno democrático. Dicho esto, pues, no
creo en lo mínimo que una mayor participación
sea el remedio para los males actuales de la
democracia. Es verdad, la participación
electoral de ser fomentada, al igual que los
grupos de voluntariado y las sociedades
multi-grupales. Pero hasta
ahí.
Permítanme
regresar a la educación y a las razones por las
que no ha producido ciudadanos significativamente
mejores. Existe una razón obvia: la educación
no es, en sí, educación en la política ni
acerca de la política. La respuesta a esto es
que un nivel adecuado de alfabetización deriva
en una competencia general sin importar el campo
en el que uno se especialice. Bueno, sí y no.
Tal como lo apunta Schumpeter, el
rendimiento mental del ciudadano promedio se
desploma en el momento en que torna a la
política. (Capitalism, Socialism and
Democracy) No podemos generalizar. Un sociólogo
que habla de música, un astrónomo que habla de
arte, un abogado que habla de matemáticas,
pueden decir las mismas estupideces el individuo
con menos preparación. Qué decir del falso
testimonio de cantantes, bellezas, jugadores de
futbol, etc. Cuya incompetencia es deprimente y
aun así son convertidos por los medios en
líderes de
opinión.
¿Acaso lo
anterior nos lleva a la conclusión de que
mejorar la democracia es en buena
parte una causa perdida? No. El argumento es
complicado, pero hemos sido guiados a callejones
sin salida, especialmente por la empobrecida
teoría política actual. De ser así, mejorar la
teoría debería también mejorar la comprensión
y el funcionamiento de la democracia. Porque la
democracia necesita ser entendida para poder
funcionar.
Empezando por el
principio, todos sabemos que el significado
literal de la democracia es el poder del demos,
poder del pueblo. Pero, ¿poder en
qué sentido? Y ¿pueblo en qué sentido?
Una cosa es ser el propietario titular del poder
y de esta manera establecer un principio de
legitimidad, y otra totalmente distinta ejercer
poder. Entonces, ¿de qué manera la legitimidad
condiciona el ejercicio? En lo que se refiere al
demos, el término tiene diversos significados:
todos, una parte mayoritaria, una multitud
genérica, la clase baja, y así por el estilo.
En mi argumento, pueblo es i) el
electorado votante y, ii) la voz del pueblo, es
decir, la opinión
pública.
Votar (votar
libremente con opciones) es efectivamente una
condición necesaria para la democracia. Pero,
¿cuánto kilometraje rendirá? De acuerdo a
Robert Dahl, los votantes no deciden lo que
debe hacerse; deciden (eligen) quién se ocupará
de los asuntos. Esto bien podría ser una
definición sucinta de la función de votar. Pero
esto mucho o esto poco se logra definitivamente,
independientemente de la
competencia-incompetencia del votante. Que las
elecciones logren más, depende de la mejora del
ciudadano. Respecto al elemento voz
yo me adhiero a Dicey. En sus palabras los
verdaderos cimientos del gobierno, son la
opinión del pueblo que es gobernado. Y
aquí es donde llegamos al
punto.
La opinión del
pueblo es generalmente llamada opinión pública
y denota a la opinión lograda por meritos
propios sobre cuestiones públicas que es del
pueblo y no únicamente localizada en el pueblo.
Esto supone también un interés en cosas
públicas, en cosas políticas, expresa un
interés general, un bien común. Pero aún
cuando si o cuando esta suposición no sea
correcta, es claro que la opinión pública es la
espina dorsal del gobierno democrático. Durante
las elecciones, las cuales son eventos fugaces,
los políticos están condicionados a todo
momento por las opiniones y las voces de sus
públicos.
La pregunta es:
¿de qué manera surge una genuina opinión
pública? Es seguro que no es innata, ni
necesariamente inherente. El mejor ejemplo de la
formación de la opinión pública es el
modelo de cascada de Karl Deutsch
(The Analysis of International Relations).
Así que
cuando decimos que una opinión pública del
público requiere una estructura mediática
pluralista [
] los medios son monopolizados,
la opinión pública se convierte de corte
propagandístico. Esto ha sido señalado por
mucho tiempo en el estudio de las dictaduras. Sin
embargo un nuevo y poderoso factor ha hecho su
entrada al ruedo: la videopolítica, el
videopoder. Un videopoder que afecta las
democracias más de lo que se esperaba al
principio.
Los seres
humanos son animales parlantes o, como Ernst
Cassirer lo denomina, animales
simbólicos. Durante largo tiempo su
cultura fue transmitida predominantemente de
manera oral. El gran salto hacia delante vino
alrededor de 1450 con Gutenberg. El hombre
Gutenberg tenía acceso a la lectura, y los
libros o materiales impresos se convirtieron en
la base del conocimiento. No sólo conocía más
en extensión, sino que logro conocer más en
profundidad. Realmente llegó a convertirse en un
animal simbólico, ya que el hombre que lee
desarrolla por ese hecho la capacidad de la
abstracción. Lee, habla y piensa sobre cosas que
no puede ver, moviéndose, por así decirlo, del
percetum, cosas percibidas, al conceptum, cosas
concebidas, cosas que entiende pero que no pueden
ser evocadas visualmente. Y el hecho es que la
mayoría de nuestro conocimiento actual,
conocimiento cognitivo, se basa en conceptos
abstractos y por ende
invisibles.
En este contexto
la llegada de la televisión representa un salto
gigantesco desde el hombre Gutemberg al homo
videns, a un hombre cuyo mundo se limita a lo que
ve. Y este [
] en especial pone en peligro
la democracia. Los sistemas políticos
dictatoriales o tradicionalistas no necesitan ser
entendidos. La democracia al menos en una básica
medida sí. Considérese el vocabulario político
común en un sistema político democrático:
justicia, igualdad, legitimidad, libertad,
representación, soberanía, Estado,
constitucionalista, y más. ¿Es posible traducir
estos términos en imágenes? Difícilmente. La
igualdad puede representarse mostrando unas bolas
de billar, pero esta representación visual es
engañosa. ¿Es posible ver al Estado y todos los
términos antes mencionados? Obviamente no. Se
trata de construcciones mentales. No pertenecen
al mundo sensibilis percibido por nuestros
sentidos, sino al mundo intelligibilis concebido
en nuestras
mentes.
La pérdida es
ominosa. En la medida en que el videopoder se
refuerza a sí mismo, el mensaje es el hecho
e, inversamente, el hecho es el mensaje (tal y
como reza el lema de Teleworld). Por otra parte,
el hombre Gutenberg, el hombre que lee los
diarios, se encuentra cada vez más superado. De
esto se desprende que la televisión no sólo
decapita la mente cognitiva del homo sapiens,
sino que también se convierte, de la misma
forma, en un manipulador apabullante de la
opinión pública en tanto opinión autónoma del
público. Bajo estas condiciones, es decir, nos
enfrentamos cada vez más con una opinión
pública en el público que sencillamente
refleja, como copia fiel, del mensaje y el masaje
mediático.
He forzado este
argumento al máximo debido a que luego del 68 ha
desapareció de la teoría de la
democracia. La salida fácil para resolver
problemas en los libros es ignorarlos. Dicho
esto, debo subrayar la enorme diferencia entre un
sistema televisivo monopólico y de una sola voz
y un sistema genuinamente pluralista y de
multitud de voces. En este último, aún el caso
de que cada una de las voces mintiera,
distorsionara o escondiera, aún en este caso si
una mentira es rebatida por otra mentira,
tendríamos mentiras (o distorsiones u omisiones)
que se niegan o debilitan entre ellas,
permitiendo así la prefiguración de un gobierno
democrático. Siempre y cuando, claro está, que
nos atengamos a la mínima acepción de
elecciones, es decir donde los votantes
únicamente elijen a los que
elijen.
Dicho esto, yo
no veo un tipo de democracia más progresiva en
ciernes, pero tampoco preveo su desaparición. En
relación a esto permítanme bosquejar la
diferencia entre democracia como i)
demo-protección y como ii) demopoder. La
demoprotección es proporcionada por el
constitucionalismo liberal y consiste
esencialmente en la domesticación del poder
político, protegiendo de esta manera al
ciudadano contra abusos de poder y
arbitrariedades gubernamentales. Rousseau
aseguraba que el hombre nace libre, pero en todos
lados se encuentra encadenado. Yo diría más
bien que no nace libre sino que ha sido liberado
por la protección del mandato de la ley, y por
las limitaciones constitucionales del poder. Para
reforzar, este es el conocido libertad
de (del estado y de cualquier poder
absoluto). Nosotros ya no lo apreciamos porque ya
no lo tenemos. Pero lo anhelamos tan pronto como
lo perdemos. La normativa imperante en la
actualidad o incluso la teoría hipernormativa de
la democracia es altamente irresponsable cuando
menosprecia la llamada libertad negativa: una
libertad negativa sin la cual no podemos tener
libertades
positivas.
Hay que subrayar
también que la demo-protección es el elemento
de la democracia que puede viajar y ser exportado
a la mayoría del mundo. A pesar de Amartya Sen
(quien vende bien un conocimiento pobre de la
materia) la democracia liberal y las
constituciones son un invento occidental. Y aún
así no se trata necesariamente de un invento con
limitantes culturales o etnocéntrico. La India y
Japón han adoptado y/o mantenido la
demoprotección occidental a pesar de las grandes
diferencias culturales. La libertad protectora
encuentra su frontera sólo en relación con
sistemas teocráticos que no pueden aceptar el
principio de la voluntad del pueblo o de la
legitimidad precisamente porque acatan el
principio de la voluntad
divina.
Es cierto que la
demoprotección desemboca inevitablemente con el
tiempo al demopoder, a un pueblo que exige
más poder y más beneficios para sí mismo.
Pero éste es el desarrollo problemático y
controversial de la democracia. Las cuestiones
restantes son: ¿cuál demos? ¿cuál poder?
¿cómo?
El demopoder
fortalece a la demo-ignorancia. (existe una
aplastante evidencia empírica de ello) lo cual
explica el pobre historial de un número de
democracias. El demopoder también ha demostrado
(como hemos visto recientemente) el intenso pode
manipulador del video-poder. Pero esta es una
razón más de peso para defender y reafirmar la
demo-protección. Bajo ninguna circunstancia
deberíamos permitir que el poder destruya la
protección.
Hasta
aquí he cubierto más o menos la parte de
la videopolítica de mi título. Me gustaría
mencionar algo acerca de los nuevos retos de la
democracia. Los cuales son tanto económicos y
ecológicos, en ese
orden.
El primer
problema: el vínculo entre democracia y
prosperidad. S.M. Lipset ha establecido la
relación de a mayor riqueza, mayores
posibilidades de una democracia (Political Man,
1960). Evidentemente sí, pero también no. La
demoprotección surgió en sociedades muy pobres.
El demopoder, por otra parte, evoluciona
naturalmente en demoexigencias de la
redistribución de la riqueza. Pero exigencias
económicas excesivas pueden llevar a las
llamadas democracias en déficit. Esta es una
experiencia común en Latinoamérica. La
damoprotección nació durante el surgimiento del
principio sin representación no hay
impuestos, mientras que el demopoder
termina por afirmar lo contrario, es decir,
más impuestos a través de la
representación.
Un problema
relacionado, pero diferente reside en la
relación entre la democracia y es sistema
mercantil. ¿Requiere la democracia un sistema
mercantil? La respuesta es sí. Pero dicha
respuesta se basa específicamente en razones
políticas, no económicas. Un sistema mercantil
no puede existir a menos que la sociedad presente
innumerables actores de capital flotante. Trotzki
comprobó esto claramente: en una economía
colectivizada como la soviética el que no
obedece no come. Esto es debido a que en
una economía perteneciente al estado, el estado
es el único patrón: de esta manera, si te
despide nadie más puede contratarte. Esto es lo
mismo que decir que un sistema mercantil
presupone y requiere una enorme difusión del
poder (en detrimento de su acumulación). De esta
manera, la difusión del poder es la base tanto
de la democracia como de los sistemas
mercantiles.
La pregunta
inversa es: ¿un sistema mercantil presupone una
democracia? La respuesta es no. Las dictaduras
pueden muy bien tener sistemas mercantiles. El
ejemplo más reciente es China.: sin democracia,
pero con un impresionante desarrollo al estilo
mercantil. Esto es, lo admito, la respuesta a
corto plazo. A largo plazo (pero qué tan largo)
no lo sabemos con
certeza.
Cuarta
cuestión: el capitalismo. ¿Se
está derrumbando? ¿Durará más
tiempo? La respuesta depende a qué nos
referimos, en su acepción. El capitalismo como
un ismo y como un concepto económico se reafirma
a sí mismo con la revolución industrial
apenas al comienzo del siglo XIX. La palabra
latina caput significa cabeza, y ha sido
utilizada por largo tiempo como predicado en
expresiones tales como pena capital
(decapitación) y pecados capitales. Sin embargo,
en su acepción económica más básica durante
los dos pasados siglos el capitalismo significa
acumulación de riqueza. Pero es preciso señalar
la diferencia entre riqueza por
consumo y riqueza por
inversión. La riqueza por consumo ha
existido siempre y era dilapidada en edificios,
palacios e iglesias, en los placeres mundanos, y
en hacer guerras. No hay nada de capitalismo en
todo aquello. El capitalismo en cambio riqueza
por inversión. Si los sistemas económicos
(empezando por la revolución industrial)
requieren la acumulación masiva de riqueza, en
la misma medida el capitalismo como tal es una
condición necesaria. Podemos exterminar a los
capitalistas, pero el capitalismo no puede ser
una res nullius, por tanto debemos tener
un estado capitalista. Es verdad que el
capitalismo puede tomar muchas formas,
individual, gerencial, industrial, financiero,
etc.; pero no tiene caso ser anticapitalista en
principio.
Finalmente el
mercado. En el fondo el sistema mercantil es un
mecanismo que establece costos y precios. Como
tal no tiene otras alternativas. Este es y sigue
siendo un punto firme. Sin embargo los sistemas
mercantiles requieren controles y regulaciones.
Entre menos regulados, mejor son varias de las
fórmulas mal-aconsejadas de economistas de hoy
en día. Pero a este respecto sólo intento
exponer el argumento general de que la mayoría
de los economistas exageran bastante los méritos
y las capacidades del
mercado.
Por una parte,
el sistema mercantil es sólo un subsistema. No
incluye, en principio, los llamados bienes
colectivos que son pagados por lo general
por las partidas de impuestos. Viajamos por
carreteras por las que el viajero no ha pagado, y
recibimos servicios policiales sin que nos llegue
recibo alguno. Pero la omisión más importante
son las externalidades, los efectos
exteriores. Quien contamina el agua o la
atmosfera lo hace gratis, y fuera de la vista del
mercado. Finalmente, el mercado es débil visual.
Sabemos que muchos recursos naturales se están
extinguiendo. Sin embargo el mercado nos pide
esperar, antes de intervenir, que el precio de la
gasolina y/o el agua, cuando escasee, suba al
grado en que un sustituto sea económicamente
conveniente. Pero eso no es suficiente. No
podemos esperar unos diez años antes de que el
agua marina se procesada en cantidades
suficientes en agua potable, sin hablar del hecho
de que la agricultura no puede absorber los
costos
adicionales.
Lo fundamental
es que nos enfrentamos a un desarrollo no
sustentable saldado, por lo pronto, por un
creciente déficit ecológico suicida. Pero los
economistas se rehúsan a ver la realidad, e
imaginan al mundo como rebosante de recursos que
se regeneran infinitamente. El hecho es que
estamos echando mano de recursos naturales cuya
renovación natural es ya sea
insuficiente o imposible, lo cual parece, para
los economistas, una externalidad que no les
concierne. Los economistas sólo agravan sin
importar que lo hagan inconscientemente, el
desastre ecológico que se aproxima. Hay que
recordar también que hace un siglo éramos menos
de 3 mil millones. Ahora somos aproximadamente 7
mil millones. Para el 2050 puede que seamos 9 mil
millones. ¡Ay de
nosotros!
Los desastres
demográfico-ecológicos combinados se
manifestarán probablemente como un cambio
climático drástico que dejará miles de
millones de personas sin comida y sin agua. Sólo
imaginen lo que pasaría a la India si los
monzones cambiaran su curso o sencillamente
desaparecieran. ¿Podrán las democracias lidiar
con desastres de tal magnitud? Este es el reto
que más me preocupa. Las democracias son
máquinas lentas y con frecuencia ineficientes. A
menos que estén preparados para lo que viene (y
no lo están) hay poco espacio para el optimismo.
* Giovanni
Sartori es profesor emérito de
la Universidad de Florencia
y titular de la Cátedra "Albert
Schweitzer" en Humanidades de la Universidad de Columbia,
en Nueva York. Entre sus obras más conocidas
destacan Qué es la
democracia, Ingeniería
constitucional comparada y Hommo videns, la sociedad
teledirigida. Este texto es su
conferencia magistral en la VII
Bienal Iberoamericana de Comunicación,
pronunciada el pasado 23 de septiembre en la
ciudad de Chihuahua, en México.
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