El
inexplicable crimen del periodista Christian
Poveda
Cristian
Alarcón *
El
pasado 2 de septiembre, en un barrio de un
suburbio salvadoreño, mataron de dos tiros en la
cara a uno de los hombres que mejor conocía a
las pandillas centroamericanas. Christian Poveda,
nacido en Argelia, de padres españoles, y criado
en París, había sobrevivido a varias guerras en
las que trabajó casi siempre como fotógrafo. A
los 54 años cayó bajo la metralla de una guerra
urbana en la que cada día mueren unas diez
personas, sólo en la capital de El Salvador. No
sólo había hecho un trabajo más parecido a la
etnografía profunda que al periodismo de la
miseria, sino que su compromiso político con la
búsqueda de un proceso de paz que calme la
matanza en Centroamérica lo había llevado a
filmar un documental que ya estaba dando la
vuelta al mundo: La vida loca. En él se
puede ver la mirada de alguien que cambia de
posición todas las veces que sea necesario,
hasta dar dimensión a lo complejo. El muerto, el
vivo, la fiesta, la viuda, el joven esperanzado,
la muerte de varios de los protagonistas a lo
largo de los 16 meses de rodaje de la película,
lo siniestro y la ternura: eso es lo que dejó,
el retrato de un mundo de huérfanos para los que
la violencia es el líquido en el que se nada
para sobrevivir. O morir en el intento.
Hacía poco que
el canal español Plus había estrenado La
vida loca en Madrid. En El Salvador, Poveda
y su equipo de producción habían decidido
mostrarla en proyecciones que eran precedidas por
debates en los que junto a pandilleros
reinsertados hablaban de la violencia. En su
proyecto Poveda había sido apoyado por la
organización Homies Unidos, dirigida por un ex
jefe de la 18, Luis Romero, conocido como Panza
Loca. Pero apenas salió en TV, las rápidas
manos del mercado ilegal hicieron copias y la
película se comenzó vender por un dólar. Los
amigos de Poveda dijeron que la 18 comenzó a
cobrar tres dólares más de impuestos por cada
DVD. Y una de las primeras versiones que salieron
en la prensa fue que el crimen se había desatado
como un escarmiento porque la pandilla creyó que
el francés estaba haciéndose rico a costa
del barrio.
DE
ROMERO A POVEDA
El Salvador es
el país de la masacre de los jesuitas. Es el
país en el que mataron a Monseñor Romero. Es el
país de los doce años de guerra civil, entre
1980 y 1992, y de los 75 mil muertos. El Salvador
es el país más violento de América Latina
con un promedio de 10 homicidios por
día, 55 cada 100 mil habitantes. Es el
país en el que más jóvenes de entre 15 y 24
años mueren en toda América Latina: el índice
es de 92 sobre cien mil, cuando en la Argentina
es de 5,3 cada cien mil. El Salvador es el país
en el que gobernó el partido de derecha Arena
durante 20 años. Es el país en el que en marzo,
hace poco más de cien días, gobierna un
presidente de izquierda, Mauricio Funes, del
Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional.
El Salvador es un país en el que las
instituciones son tan débiles que decir que
existe la Justicia es por lo menos temerario. Sin
embargo, a menos de 24 horas del crimen de
Poveda, la policía logró detener a un
pandillero de la 18. Lo fueron a buscar a su
casa, en el cantón El Rosario, cerca del lugar
del crimen. La prensa local dijo que lo habían
enganchado cobrando la renta en los
alrededores del camino en el que le dieron a
Poveda. Pero no, le allanaron la casa y lo
metieron por homicidio.
Cinco días
después la policía llegó a otros cuatro
pandilleros y un policía. Y de manera oficial se
explicó una trama que por ahora es la oficial, y
la única que explica la muerte del
documentalista, aunque nada se sabe sobre las
pruebas que la sostienen. Pasando en limpio: el
agente de la Policía Nacional Civil Juan
Napoleón Espinoza, de 38 años de edad,
perteneciente a la delegación de la población
salvadoreña de Soyapango, habría sido un
cómplice de la clica o unidad de
base de la 18 en esa zona en el cobro de la
renta o extorsión a pequeños comerciantes
la principal manera de financiamiento de
las maras. Este hombre le habría dicho a
los pandilleros que Christian Poveda le pasaba
información a la policía. También acusaron por
el crimen a Nelson Lazo Rivera, un supuesto jefe
de la 18, preso en la cárcel de Cojutepeque.
Desde allí Lazo habría llamado para ordenar el
asesinato. Finalmente la División Antihomicidios
y la División contra el Crimen Organizado le
cayeron a Calixto Rigoberto Escobar
Toro, José Alejandro Melara El
Puma, Roberto Luis Romero
Tiger, Miguel Ángel Rosa El
Cholo, cuatro miembros de la misma clica,
en el cantón El Rosario, la misma a la que
pertenece el Puma. Una vez presos, los detenidos
fueron exhibidos ante la prensa, y aparecieron
esta semana con las cabezas gachas y las manos
esposadas ante el país y el mundo. Una fuente off
the record de la policía ya anunció que
habrá más detenidos.
EL
EXTRANJERO
De la hipótesis
de una clica caliente porque Poveda estaba
haciendo plata con la pandilla a la del buchón
de la cana hay mucho trecho. Edgard Romero, amigo
y compañero de trabajo de la víctima, y una de
las productoras del documental dijeron que Poveda
había estado inquieto por algunos rumores que lo
ensuciaban en la pandilla. Y que el 2 de
septiembre, cuando en su cuatro por cuatro
volvió a subir a la zona de La Campanera, donde
rodó La vida loca, quería aclarar los
tantos. Su actitud ética había sido impecable y
no quería dejar pasar un comentario como el que
le había llegado. En el barrio lo conocían,
aunque muchos supieron su nombre recién cuando
apareció en las noticias. Le decían el Brother,
o el extranjero. Solían verlo llegar con comida,
sabían que a veces les daba unos mangos a los
pibes para que compraran pupusas la comida
más popular de El Salvador, tortillas de maíz
rellenas que se compran en la calle. En los
16 meses que duró su inmersión construyó una
confianza tal con los personajes del documental
que podía dejar la camioneta con las ventanas
abiertas frente a la tiendita de siempre sin que
nadie se atreviera a tocarla. Por eso al comienzo
nadie creyó que fueran pandilleros los que lo
mataron.
Poveda salió de
La Campanera cerca de las dos de la tarde. El
camino que tomó es de tierra y está rodeado de
maleza selvática. Apenas cruzó el límite entre
soyapango y El Rosario, alguien, a quien
supuestamente conocía, lo hizo frenar. Era
sabido que no tenía drama en parar y alcanzar a
los chicos que le hicieran dedo. Por algún
motivo paró la camioneta a la vera de la ruta.
Bajó. Dio tres pasos, y como si fuera un
personaje de su propia película, en la que los
muchachos van cayendo muertos a medida que los
meses pasan, recibió los dos tiros en la cara.
Su cuerpo quedó tirado allí. Su camioneta al
lado. Adentro, su cámara de fotos. Y una lista
de personas, todos pandilleros.
MANO
DURA
Los pandilleros
presos por el crimen no son cualquier pandillero.
Todos, excepto el que estaba detenido y
supuestamente dio la orden, formaban parte de una
clica que trabajaba con algunas organizaciones no
gubernamentales en procesos de reinserción
social. Algunos trabajaban en una panadería,
otros vendían el pan por las calles del cantón.
Por eso entre los líderes de las ONG piensan
más allá de las pruebas que puedan
implicar materialmente a los detenidos en el
homicidio que algo más complejo, mucho
menos sencillo que la hipótesis oficial, hay
detrás de esta muerte. Creen que estos disparos
son el tiro de gracia a un incipiente proceso de
paz que era observado por el presidente Funes,
quien en cien días de gobierno no ha mostrado
aún una política alternativa a la mano dura que
los anteriores presidentes aplicaron en El
Salvador.
Es justamente
esa política la que, según todos los expertos,
ha aumentado la violencia entre los jóvenes. Las
pandillas reaccionaron al encarcelamiento masivo
construyendo un poder inmenso dentro de los
penales. Mutando. Convirtiendo las clicas ya no
en unidades de base territoriales, sino en
ubicuas células que pueden moverse, intercambiar
miembros, proteger a pandilleros venidos de
distintos puntos del país. El regreso a El
Salvador y también a Guatemala y
Honduras de los deportados desde los
Estados Unidos ha producido enfrentamientos
dentro de las propias pandillas. Ya no sólo
estarían eliminando a los enemigos externos,
sino también a los propios compañeros de armas.
La disputa por el poder interno es mayor:
comienzan a jugarse fichas nuevas, las que da la
relación con el crimen organizado y, sobre todo,
con el narcotráfico. Esto Poveda lo tenía
claro. Así lo expone en lo que ahora se lee como
su testamento político: un largo artículo que
publicó hace cinco meses en Le Monde.
Ahora, esta
víctima es por lo menos extraña. Parece
tratarse de un rehén de una situación política
regional complejísima. En palabras de un
periodista que conoce de cerca a los actores del
conflicto, es como si los negros hubieran
matado a Martín Luther King. Poveda era
severo al criticar la mano dura. La carencia de
políticas públicas integrales que no sólo
apuntaran a la represión, que integraran, que
restaran en algo la pobreza estructura y
endémica de la región. Al describir los
suburbios por los que caminaba, en su texto,
Poveda dice: Muchas vecindades forman un
callejón sin salida, última parada del autobús
en el fondo de un cañón. Un callejón sin
salida para la esperanza de unos habitantes
condenados a la supervivencia.
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Cristian Alarcón es
periodista argentino y colaborador de SdP. Este texto lo publicó en el diario
argentino Crítica.
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