La
necesidad de informar en democracia
Carlos
Diego Mesa Gisbert
*
Comunicación
y democracia, periodismo y democracia. Es una
forma de establecer el agua en que se mueve la
comunicación. En América Latina prácticamente
todas nuestras naciones viven en democracia y por
lo tanto la democracia es el agua donde se
desarrolla la comunicación, donde se mueven los
medios, los periodistas. Pero la democracia está
teñida del color de los medios y del trabajo de
los periodistas que sazonan esa agua y que
eventualmente la vuelven más turbulenta o la
hacen más tranquila.
Dirán ustedes,
¿el periodismo tiene ese protagonismo como para
mover las aguas, cambiarles el color, hacerlas
más turbulentas o apaciguarlas? ¿Es ese el
papel del periodismo? ¿Debe ser ese el rol que
los periodistas jueguen en democracia?
Históricamente se planteó una idea de que el
periodismo podía, en alguna medida, ser testigo.
De que el periodismo debía en alguna medida ser
mediador. De que podía incluso llegar a
posicionarse en función de una determinada
realidad, por ejemplo para denunciarla.
Había quedado
atrás, casi en el ámbito más oscuro de los
tiempos, la idea de neutralidad absoluta, de
objetividad plena y de distanciamiento entre el
periodismo, los periodistas y la política, la
realidad cotidiana transformada en un determinado
momento en un hecho histórico la
dictadura y reencontrada con la libertad a
partir de la democracia.
Desde el punto
de partida teórico y académico tan riguroso del
pasado de la neutralidad y la objetividad, al
camino recorrido y lo que hoy estamos viviendo,
¿qué ha transcurrido y cuáles son los valores
que los periodistas podemos o debemos encarnar en
los días que vivimos?
Hubo un momento,
el de la transición entre la democracia y la
dictadura, en que los periodistas vivimos la
intensidad del cambio. Y no solo eso:
contribuimos a que ese cambio fuese posible. La
reconquista de la democracia, con variantes y con
diferentes niveles de dramatismo en algunos casos
en nuestras naciones, fue protagonizada por la
gente, por el pueblo, por quienes habían estado
batallando permanentemente por enfrentar al poder
dictatorial. Y probablemente la gente no hubiese
podido encontrar la ruta de la libertad si en
algún sentido los medios y los periodistas no
hubiesen contribuido a que su voz, la de la
gente, la del pueblo, se amplificara, se
tradujera. Y progresivamente, de la censura y la
autocensura pasamos a la acción en libertad y a
la palabra en libertad.
Una vez
posicionada la democracia los periodistas
aprendimos que además de mediadores debíamos
abrir un espacio para aquellos que verdaderamente
eran y son el centro de una sociedad, es decir,
que teníamos que darles voz a quienes no la
habían tenido. E independientemente de nuestra
línea de pensamiento, independientemente del
lugar que ocupásemos en nuestro propio espectro
político, nos dimos cuenta de que era
insuficiente el papel de mediación. Era
insuficiente el papel de testigos. Era
insuficiente el papel de construir democracia a
partir de relatar los hechos tal como ocurrieron.
Y empezamos a experimentar un proceso de
transformación.
Cuando surge ese
boom de estudiantes de comunicación y se
abren decenas de carreras de comunicación en
nuestras universidades, a medida que crecen las
universidades pasando de lo público a lo
privado, las carreras de periodismo o de
comunicación se convierten en una suerte de
hongos que nacen en medio de la humedad, de esa
humedad creadora y de esa humedad de esperanza
que nos daba la libertad democrática
Y en
ese contexto comienzan a aparecer visiones
académicas que nos dicen: hay que hacer un
periodismo distinto, hay que ir más allá del
puro relato de los hechos tratando de reflejarlos
de la manera más exacta posible, hay que
separarse de la objetividad y de la neutralidad
aséptica.
Se hablaba, por
ejemplo, del periodismo de investigación, de la
necesidad de desentrañar aquellos elementos que
tenían que ser trabajados más en profundidad en
nuestra sociedad. Empezó de pronto a planear
sobre nuestras cabezas el concepto de que la
corrupción, de que las irregularidades, de que
el abuso de poder, de que todo aquello que se
había desarrollado sin límite y de manera
absolutamente impune en las dictaduras, tenía
que ponerse de cara a la gente en democracia.
Había que transformar la pared de ladrillo que
dividía la sociedad y su base del poder en un
gran cristal, en un cristal transparente a
través del cual la sociedad pudiese mirar lo que
verdaderamente estaba pasando tras las bambalinas
del poder y que la dictadura había bloqueado de
una manera férrea, a partir de la propia censura
muy tenaz también establecida sobre los medios
de comunicación.
Ese camino era
un camino no solamente atractivo, se convertía
en una cruzada, en una necesidad; se convertía
de algún modo en una militancia. No
necesariamente la militancia partidaria, sino la
militancia por la libertad y la militancia por la
democracia. Era un contexto extraordinariamente
atractivo, fascinante, desafiante, que le
planteaba al periodismo y al periodista una
suerte de camino ético para construir más
democracia.
El punto de
partida, incuestionable incluso desde el punto de
vista moral deseable, empezó a generar algunos
resultados que no necesariamente eran los que
idealmente teníamos que lograr. Esos resultados
tuvieron que ver con cómo encararon el
periodismo y los medios de comunicación esa
tarea. Tarea que por supuesto está mediada por
quienes están detrás de los medios de
comunicación. Había una realidad más allá de
la ética, más allá de los objetivos ideales.
La
relación medios-sociedad
¿De quién son
los medios de comunicación? ¿A qué y a quién
responden los medios de comunicación? Este es un
hecho de anteayer, de ayer, de hoy y de mañana
del que no podemos desprendernos. La propiedad de
los medios es un posicionamiento de éstos ante
la sociedad. La propiedad empresarial, la
propiedad religiosa, la propiedad sindical, la
propiedad militar, la propiedad académica, trato
de dar unos ejemplos, establece de hecho una
relación medios-sociedad que elimina la
posibilidad de lo neutro, ya no para hacer
noticia sino para posicionarse política,
ideológicamente, frente a la realidad, a la
sociedad, frente o desde el Estado.
Este es otro
elemento muy importante: el Estado representado
por los gobiernos que administran ese Estado y
que tienen poder, es también propietario directo
o indirecto de medios de comunicación. En
consecuencia, este ambiente del que comencé
hablando, esa agua democrática y esos navegantes
de la democracia que son los medios de
comunicación tienen banderas preestablecidas,
intereses concretos que defender o intereses
concretos que atacar. Y eso estaba vinculado a lo
fundamental: quién hace y construye la argamasa
de la comunicación: las y los periodistas.
Las y los
periodistas no eran simplemente pescaditos que
podían navegar libremente en esa agua, porque
estaban trabajando en un medio de comunicación y
porque respondían no solamente a su vinculación
con la ética y con la ética de hacer periodismo
sino también a los modelos editoriales, o a las
líneas de opinión de los medios para los que
trabajaban.
No voy a entrar
a un debate que ha sido y permanentemente
será un gran tema no resuelto entre la
libertad de expresión objetiva y real del
periodista de base, mediada, limitada,
cuestionada, forzada
usen la palabra que
quieran, por los propietarios de los medios en
función de sus intereses específicos.
Simplemente quiero categorizar un hecho para que
nos entendamos en el desarrollo de este proceso
que vivió nuestro sistema democrático.
Los intereses
detrás de los medios modificaron y transformaron
aquellos ideales puros que pudiesen tener los
periodistas. No voy a tocar otro tema delicado
que es el referido a los niveles salariales de
los periodistas, que marcaron más de una vez la
necesidad de periodistas
necesidad entre comillas, de tener
acuerdos de simpatía mayor por un político o un
empresario en función de algún tipo de
reconocimiento, para ponerlo en términos
elegantes, que este empresario, político o grupo
político o empresarial o de poder pudiera hacer
con uno o más periodistas.
Son elementos de
distorsión que también coloco como un aspecto
que hay que tomar en consideración para tratar
de contar con un cuadro adecuado cuando demos el
salto de análisis crítico al que quiero llegar.
Hablábamos, en consecuencia, de un momento
fundacional en la democracia y en el periodismo.
El periodista no podía contentarse con
transmitir una información, con hacer que esa
información fuese conocida. El profesional
tenía que encontrar dos vetas nuevas: hablé de
una de ellas, el periodismo de investigación. Y
otra, el periodismo de opinión.
¿Investigación
o filtración?
El análisis es
una cosa, la opinión es otra. Y empezamos a
construir un mecanismo, muy atractivo pero
terriblemente arriesgado, de opinar y de hacer
periodismo de investigación. De los 100 casos
que hayamos podido analizar de manera teórica,
de manera puramente hipotética, pueden ser
1.000, pueden ser 50, pueden ser 95, casos de
denuncia vinculada a corrupción, a tráfico de
influencias, a excesos de poder, a
irregularidades, a violación a los derechos
humanos, que hayan hecho los medios de
comunicación vale para Paraguay o para
cualquier país de América Latina
¿cuántos fueron, verdaderamente, casos que
pueden entenderse como periodismo de
investigación?
¿Por qué la
pregunta? Porque podría apostar doble contra
sencillo que un porcentaje muy alto de esos casos
llamados de periodismo de investigación que se
transformaron en denuncias, en escándalos que
eventualmente generaron crisis importantes en los
espacios de poder, tuvieron como punto de partida
más que una serena, larga, ecuánime y
contrastada línea de investigación, una
filtración que caía en manos de un periodista
milagrosamente en virtud de alguien
interesado en desprestigiar a otro alguien de
otro rango.
Y no estoy
hablando, en absoluto, del caso paraguayo, porque
desconozco su realidad como para hacer un juicio
de valor. Pongo ejemplos como los niveles
salariales en el Congreso Nacional y un diputado
o un funcionario de la Cámara de Diputados que
filtraba una lista de pluses que recibían
de manera ilegal los diputados; y de pronto
aparecía un periodista, adarga en mano, con un
gran escudo, convertido en gran caballero
defensor de la ética, que lo único que hacía
era transmitir algo que él no había
investigado. Había recibido la filtración
clandestinamente, que le permitía llevar
adelante la denuncia.
No se había
llevado a cabo, por lo tanto, un proceso
académico, un proceso profesional, un proceso
ético de desarrollo de una investigación que
verdaderamente le permitiera a un periodista
hacer una denuncia de esa naturaleza. Una gran
cantidad de los elementos que han generado
denuncias de esta naturaleza y que han
establecido, por cierto muchas veces con éxito,
elementos de contraste entre la sociedad y el
Estado, más que vinculados al propio esfuerzo de
los periodistas han tenido que ver con el juego
político de afectos y desafectos dentro de la
estructura de poder o las confrontaciones entre
los diferentes órdenes del Estado.
El periodismo de
investigación ha ido en esa línea
transformándose fundamentalmente en periodismo
de denuncia. Y aquí se ha dado un salto
extremadamente complejo; hago una generalización
que he vivido en mi país y que he visto en otros
países del continente que es el transformar al
periodista de investigador y de denunciante en
juez sumarial. El periodista no solamente
denuncia sino que califica el delito, juzga y
condena al acusado.
La condena que
un periodista hace a un político, a un juez, a
un funcionario de aduanas, a alguien que tiene un
prestigio determinado o una trascendencia
importante en la sociedad es, desde ciertos
puntos de vista, mucho más grave y demoledora
que el proceso que se le pueda llevar adelante a
esa persona, a ese partido, a esa estructura de
poder, en el ámbito del sistema judicial.
El argumento y
coartada perfecta para los periodistas es que el
sistema judicial no funciona, es corrupto, el
sistema judicial es imperfecto y la impunidad
suele ser la norma y no la excepción. Argumento
incontrastable, verdadero. En nuestros países el
sistema judicial no funciona y por lo tanto los
medios de comunicación comienzan a hacer un
papel que de algún modo está sustituyendo lo
que el poder judicial hace mal. Pero no deja de
ser una coartada.
¿Puede el
periodista, debe convertirse en juez sumariante?
¿Tenemos la condición, la capacidad y la
certeza de que cuando llevamos adelante un
proceso de acusación y condena tenemos la
razón? ¿No podemos equivocarnos? Y aunque
tuviéramos la razón, ¿es ese nuestro papel? Lo
esbozo y lo dejo planteado como una pregunta.
Mi impresión
particular es que no es bueno usurpar las
funciones de otro. Es bueno trabajar para que las
funciones que se hacen mal comiencen a hacerse
bien, en la medida en que la sociedad tome
conciencia de esas imperfecciones, trabaje para
corregirlas, participe activamente para
cambiarlas y eventualmente logre hacerlo por la
vía de la participación en un mecanismo
democrático distinto del que hemos tenido en el
pasado.
Es un caso muy
particular, indudablemente se
está produciendo una transformación
histórica en el Paraguay que todavía no ha
desarrollado sus potencialidades pero que tiene
abierta una posibilidad de transformación
significativa de lo que han sido los esquemas y
las estructuras tradicionales de manejo del poder
en este país. Eso se logró, probablemente, no
solo por el camino hacia el que fue la sociedad
paraguaya sino también en la medida en que los
medios de comunicación transformaron de algún
modo la manera de mirar las cosas.
Pero no quita
esto una visión necesariamente autocrítica. En
el caso de mi país creo que es indispensable
hacerla, para ver en qué medida los periodistas
no dieron un salto más largo del que deberían
dar y en qué medida es tiempo de preguntarnos
cuáles son los límites en los que debemos
movernos. Y no lo digo en función de haber
estado en los dos lados del escritorio, en tanto
víctima de, o actor primero y víctima después.
Lo digo en tanto la experiencia que me ha
permitido tener el mirar las cosas desde los dos
lados del escritorio y encontrar cuáles son los
errores que pude haber cometido como periodista y
también cuáles son las insuficiencias, errores
o bloqueos que se hacen desde la política para
que la sociedad conozca en profundidad la
realidad objetiva de lo que pasa detrás de
bambalinas.
Por esa razón
una de las cosas que me prometí hacer, e hice,
fue escribir un libro sobre mi experiencia como
Presidente; que se llama, en mi caso,
Presidencia sitiada: Memorias de un
gobierno por el contexto complejo que tuve
que atravesar en los dos años que ocupé la
Presidencia de la República y en el año y medio
que ocupé antes la Vicepresidencia de la
República.
El
periodismo en democracia
Primer elemento
de conclusión, volviendo al tema. ¿Cuál es el
salto que debe dar el periodismo en democracia y
que debe dar el periodista en democracia ante
este desafío tan importante? Saltar del
testimonio, del reflejo de la información a la
denuncia, a la responsabilidad de poner en
evidencia cosas que evidentemente están mal,
pero hasta un límite que no transforme al
periodista en juez sumarial.
El segundo
elemento al que hacía referencia
está vinculado al tema de saltar del
retrato de la noticia al análisis y a la
opinión. La opinión implica una toma de
posición. Implica la necesidad de un contexto y
de un conocimiento mínimo sobre los elementos
sobre los que uno habla. Pregunta: la formación
académica de los periodistas y los comunicadores
en nuestros países en América Latina, ¿nos da
el contexto suficiente como para tener elementos
de lo que sería una formación humanística al
estilo renacentista?
¿A qué me
refiero? Un periodista está seis meses cubriendo
el área económica, después pasa al área
política, luego entra en el área social, cuando
no ha pasado antes por el área deportiva. ¿Esto
qué quiere decir? Que el periodista, por su
natural trabajo, está referido al conjunto de
los temas que le importan a la sociedad. Y un
día tendrá que hablar del Producto Interno
Bruto y el otro día tendrá que hablar de los
problemas legales de la aprobación de una ley
vinculada, por ejemplo, al aborto, por decir
algo.
En ese contexto,
¿están los periodistas hoy en condiciones de
hacer opinión con conocimiento de causa,
sabiendo de lo que hablan? Yo, cuando dirigía un
canal de televisión en Bolivia, me reuní con mi
equipo de periodistas y a los dos encargados del
área económica les pregunté cuál era el
Producto Interno Bruto de Bolivia. Y después de
la respuesta les pregunté qué porcentaje del
Producto Interno Bruto del Brasil representaba el
Producto Interno Bruto de Bolivia. Ninguno me
pudo responder
a duras penas, con una
variación de más o menos 20% de error me
respondieron sobre el PIB en Bolivia. Y no
tenían la menor sospecha de cuál era el tamaño
del PIB boliviano en comparación con el PIB
brasileño.
Una vez que hice
esas preguntas les dije: ¿cómo es posible que
ustedes, que están cubriendo el área económica
no puedan hacer un distingo que defina, por
comparación, la realidad económica de nuestro
país. Lo que vale, en esa escala de
comparación, vale en cualquier otra escala. Si
yo les digo a ustedes, hoy día: el presupuesto
de inversión en salud en el Paraguay equivale a
523 millones de dólares, por supuesto estoy
hablando de memoria y no tengo la más mínima
sospecha de cuánto está gastando el Paraguay en
salud.
Un periodista
del área económica tendría que,
inmediatamente, saber qué representa eso en el
conjunto de la inversión del Estado paraguayo,
cuánto representa de porcentaje del Producto
Interno Bruto en salud y cómo se compara ese
Producto Interno Bruto e inversión en salud de
Paraguay con el conjunto de los países de
América Latina o con los países que tienen
procesos y niveles económicos equivalentes. Me
da la impresión de que este tipo de
información, básica, esencial, no está
necesariamente en el manejo del periodista de hoy
día.
Si le pregunto a
un periodista paraguayo cuál ha sido la
incidencia del Partido Colorado y el Partido
Liberal en los años 1940 o cuál fue el producto
de la guerra del Chaco en función de la
construcción de la política y de la estructura
de partidos, ¿podrá darme una respuesta
adecuada? La pregunta parece absurda,
innecesaria, pero es fundamental para entender el
proceso de desarrollo, el tránsito histórico
político en el que hoy Paraguay está sumido.
Es decir, el
Paraguay de hoy no puede ser explicado sin el
Paraguay de ayer. Hago la analogía y estoy
planteando temas simplemente al azar para
preguntarme, como lo hice en mi país, ¿con qué
autoridad puede hablar un periodista como si
estuviera dando cátedra, cuando el uso del
lenguaje es deficiente, cuando no puede
construirme adecuadamente una serie de ideas
entendibles y que puedan transmitirse de manera
coherente?
Tres
puntos fundamentales
Primer punto.
Cuando no tiene una formación adecuada de cómo
expresarse en esta lengua, el castellano (podría
ser, en el caso de ustedes, también en el
guaraní; o en el caso nuestro el aymará o el
quechua), ¿cómo vamos a hablar de la lengua de
Cervantes? ¿Qué porcentaje de los periodistas
que están al micrófono en radio y televisión o
que escriben en periódicos tiene un dominio
razonable de la lengua de Cervantes?
Mi impresión,
en el caso de Bolivia, es que el porcentaje es
muy limitado. Y en consecuencia, es complejo
establecer un vínculo adecuado de transmisión
de ideas si uno no tiene capacidad de expresarse
con propiedad. Y cuando digo propiedad no estoy
haciendo referencia a la recuperación del
castellano arcaico o a la erudición en el uso
del castellano. El lenguaje no es otra cosa que
la forma en que pensamos. Nosotros hablamos y al
hablar estamos expresando cómo está ordenado
nuestro cerebro y cómo construye nuestro cerebro
las ideas que vamos a trasmitir cuando las
lancemos. En ese contexto, en el periodismo, el
uso del lenguaje es el arma fundamental. Es el
instrumento clave sobre el que vamos a
construirnos como personas, como profesionales y
a través del cual vamos a comunicarnos con los
demás.
Segundo punto.
El tema, la materia sobre la que estamos
hablando, ¿es un tema y una materia de la que
tenemos el conocimiento suficiente que nos
permita opinar de manera admonitoria, definitiva
o categórica? Este es un elemento que debe
llamarnos mucho la atención. No estamos en
condiciones de lanzarnos a la piscina como si
fuéramos el nadador que ganó las ocho medallas
de oro en la última olimpiada cuando en realidad
apenas podríamos hacer un récord nacional en
natación con muchas dificultades.
Este es un
contexto y un concepto. No creo que en América
Latina estemos formando a nuestros periodistas en
aquello que se ha despreciado olímpicamente, que
podría definirse como educación humanista o
como yo la establezco, como una visión
renacentista o tipo Leonardo da Vinci. Cosa muy
compleja, ser periodista parece muy fácil porque
desde afuera dicen: ¡Ah, estos señores tienen
un océano de conocimientos y un centímetro de
profundidad! Ojalá fuera verdad. Con que fuera
así estaría yo encantado de la vida. Con que
tuviéramos un océano de conocimientos y un
centímetro de profundidad. Probablemente tenemos
un charco de conocimientos y medio centímetro de
profundidad, con mucha suerte.
Y esto es
complejo porque requiere un nivel de excelencia
en la búsqueda de resultados personales que no
nos lo va a dar la universidad, que no nos lo va
a dar el ámbito académico, porque es obvio, en
una carrera de periodismo no vamos a tener
historia política del Paraguay, historia
económica de Paraguay, desarrollo de lo que
significan las ideas políticas generales ni
cómo se manejan niveles, por ejemplo, de
análisis estadístico en economía, etcetéra.
Estos son
aspectos que nuestro propio trabajo cotidiano los
dará. Y este es el desafío fundamental de
excelencia para que podamos luego sentarnos y
opinar. Porque la opinión es el elemento último
del camino. Yo opinaré sobre algo y sobre
alguien una vez que los elementos de contexto y
conocimiento sobre el tema del que opine la
persona, yo, el que opino, me permiten opinar con
solvencia. Este es un segundo elemento que me
parece complejo. Primero, un periodismo de
denuncia e investigación que nos convierte en
jueces. Segundo, los opinadores que
creemos saberlo todo y que igual podemos hablar
de Cerro Porteño y de Olimpia como estamos
hablando de la guerra del Chaco, de la última
elección o del conflicto del Partido Colorado.
Son temas distintos, con profundidades diferentes
y con matices también diferentes.
Tercer punto que
construye la complejidad de la relación entre
democracia y comunicación hoy. Quizás el más
complejo, el más difícil de resolver y del que
estamos exentos ya en nuestras capacidades. Es,
para ponerlo en fácil, la batalla sangrienta por
el rating, un término de televisión que
vale también, en menor medida, para los medios
impresos y, por supuesto, para la radio. Hay que
vender
Hay que estar en el número.
No
sé cuál es el contexto de medición de
audiencias que tienen en el Paraguay pero en
general, supongo que aquí ocurrirá algo
parecido, estamos acercándonos al delirio. El
delirio es que tú tienes una pantalla dentro del
estudio o en el control central del canal de
televisión que te está diciendo en el minuto en
el que estás saliendo al aire, cuál es tu nivel
de audiencia, o sea rating en relación
con los otros canales en el minuto en que tú
estás haciendo un noticiero. Y tú sabes que tu
noticiero ha subido tres puntos o ha bajado 10 en
función de un determinado momento, de lo que
estás haciendo, pero sobre todo de lo que está
haciendo la competencia.
Y ahí, en
consecuencia, el punto de referencia ya no tiene
que ver con los razonamientos que acabamos de
considerar. No tiene que ver necesariamente con
nuestra conciencia, nuestra ética, nuestra
moral, nuestro sentido ético, sino con nuestra
capacidad de transformar la noticia en un
espectáculo o de transformar la noticia en algo
que te enganche y que te llame en un titular, en
una portada, en una primera página de
periódico, en un programa de radio o en un
programa de televisión.
El
condicionante, en consecuencia, ha cambiado 180
grados. Da la impresión de que podríamos
agarrar todos esos razonamientos, envolverlos en
un papelito, no necesariamente muy caro, y
botarlos al basurero. ¿Por qué? Porque los
elementos de exigencia que voy a tener yo de mi
jefe de redacción, de mi gerente comercial, del
director del medio, no necesariamente tienen una
relación de causa y efecto entre calidad y
éxito. O casi podríamos decir: la calidad es
inversamente proporcional al rating. Y en
ese contexto estamos forzados a trabajar en otra
óptica.
¿Cómo
abrirías un noticiero de televisión en función
del rating? ¿Cómo abrirías un noticiero
de televisión en función de lo que crees que es
importante? Probablemente la coincidencia entre
esos dos elementos se va a dar una vez de cada
diez. Y eso te va a marcar un tipo de trabajo que
está empezando a hacer un culto, precisamente,
de aquello que estaba criticando: cuanto menos
profundidad, mejor. Cuanto más frivolidad,
mejor. Cuanto más ensangrentada y violenta sea
una pantalla, mejor. Cuantos más elementos de
amarillismo pongamos en el tapete, mejor.
Y si no lo
hacemos corremos el riesgo de transformarnos en
un noticiero, en un periodista, en un programa
aburrido. Y la palabra aburrido es una palabra
mortal, es una palabra que tiene un carácter
demoledor. En países altamente sofisticados en
términos de rating, de audiencia y de
dinero en juego, publicitariamente hablando,
valga para la radio y la televisión, simple y
sencillamente un programa no dura más de un mes
y medio si sus niveles de rating están
por debajo de unos estándares mínimos y si el
canal no logra los objetivos establecidos.
Ustedes habrán
podido apreciar que eso nos permite contar con
una televisión en la que estamos al límite,
casi ya ni siquiera es límite, de que la
pornografía dura sea parte del contexto
cotidiano en el horario que se les ocurra, cuando
se les ocurra y donde se les ocurra. Y cuando me
refiero a pornografía no lo hago desde un punto
de vista moralista ni crítico en función de la
exposición de la sexualidad. Porque podría
hablar también de la obscenidad de algunos
hechos, que no son obscenos por pornográficos
sino por violentos o porque hacen un juego
permanente de elogio de lo frívolo.
Y cuando uno se
da cuenta de que el seguimiento de la vida
íntima, hasta las cosas más miserables en el
sentido de lo miserable de lo humano, de las
personas famosas o de quienes son protagonistas
de la farándula o de la política, vende
extraordinariamente, nos damos cuenta de que las
teclas que estamos apretando son las teclas de la
miseria humana, de la condición humana esencial
de la que formamos parte.
Todos nosotros,
todos, sin excepción alguna, hemos detenido en
algún momento el zapping para entrar a una
noticia que nos cuenta el adulterio del político
de turno o del actor de turno o el engaño o la
forma terrible de maltrato que una persona hace
sobre otra, o los realities shows donde
personas pagadas para recibir un dinero que
necesitan o no, son capaces de pegarse,
físicamente, ante la audiencia o desnudarse de
la manera más obscena ante la audiencia, no
desde un punto de físico sino sobre todo desde
un punto de vista del alma, que es la peor forma
de desnudez de un ser humano en el contexto en el
que se están planteando los medios este tipo de
aproximación.
¿Están muy
lejos la información, los noticieros, de ese
tipo de contexto? ¡No! Cada vez, en mi opinión,
estamos más cerca de esa realidad. En ese
contexto la conjugación de lo que fue ese
momento extraordinario de aporte indiscutible de
los medios de comunicación a la construcción de
lo democrático ha sufrido un proceso de
transformación que cuando menos nos lleva a una
palabra: desencanto.
¿Podríamos hoy
decir, orgullosamente, que los medios, y los
periodistas en particular, estamos jugando el
papel que debiéramos jugar para la construcción
de una mejor democracia y de una mejor sociedad
en nuestros países? Mi opinión particular, y
disculpen si no hay una coincidencia total con
esta, es que no. Creo que, por muchísimas
razones, vinculadas a excesos, a un uso
inadecuado del poder y a una esclavitud brutal de
esta sangrienta competencia por el éxito,
estamos demasiado condicionados para haberle
bajado la calidad a nuestro periodismo.
No se trata, en
consecuencia, de una crítica en tanto un
político pueda sentirse más o menos afectado
por los medios. No se trata de la idea
característica y paranoica de todo político, de
la que no he estado ausente, de que los medios
siempre están en contra de uno y que cuando uno
está en el gobierno nunca descubren lo positivo.
Porque como ustedes saben mejor que yo, una buena
noticia no es noticia. Y si yo llego con una
buena noticia a mi jefe de redacción, me va a
decir que eso no tiene ningún tipo de atractivo.
Y para todo gobernante es un éxito
extraordinario meter 30 segundos del comienzo de
un proyecto de desarrollo urbano en una
determinada ciudad frente a cualquier noticia
vinculada a los conflictos políticos: el
presidente declaró tal cosa y el jefe de la
oposición declaró tal otra y cómo logramos que
ambos confronten, o cómo logramos que
declaraciones virulentas, vitriólicas, nos
ayuden a generar esta especie de batalla campal
en la que hemos convertido la política.
Mucho más
dramático en países pequeños como los
nuestros. No sé si es el caso de Paraguay. En
Bolivia no hay farándula, no existen actores,
actrices, la gente in que, por ejemplo,
aparece en la revista Gente, para hablar
del caso argentino, y por tanto los políticos y
la farándula son una misma cosa. En el caso de
Bolivia los políticos son los que hacen el papel
doble de los malos de la película pero también
de aquellos a los que hay que escarbarles la vida
personal porque no tenemos un ambiente de
frivolidad farandulesca como la tienen España,
Argentina o Brasil, donde hay esas dos opciones,
no necesariamente muy constructivas, pero que por
lo menos definen lo que llamarían los marxistas
la división del trabajo.
El
desafío de la autocrítica
En este
contexto, intentemos aterrizar en los desafíos
que tenemos que enfrentar. Primero, creo que es
indispensable un fuerte nivel autocrítico. El
apoltronamiento en la idea de que somos
portadores de la verdad es peligroso. La verdad
absoluta no existe y los periodistas no somos
portadores de la verdad. Estamos tratando de
descubrir las interpretaciones de la verdad que
se mueven en la sociedad, y de acercarnos a ella
a través de valores que pudiéramos defender de
manera insobornable. Este es un punto clave y
básico para saber dónde debemos estar.
A pesar de que
pueda parecer que el criterio de la objetividad
está oculto en la noche de los tiempos, lo
que no podemos perder de vista es que la materia
prima, la pulpa, la esencia de la información es
eso: información. El periodismo se alimenta de
la información. Sin noticia no hay periodismo.
En el origen, lo que vamos a buscar son hechos
que vamos a transmitir, insisto en el concepto,
de la manera más próxima posible a cómo
ocurrieron
¡a tal y como ocurrieron!
Sin información
no hay opinión, no hay análisis, no hay
investigación, no hay denuncia, no hay nada. Y
alguien tiene que recoger esa materia prima. Y
ese es el trabajo más importante del periodista.
El vedettismo al que nos hemos
acostumbrado, las estrellas periodísticas de la
televisión o de la radio, nos obnubilan, sobre
todo a los jóvenes, suponiendo que hay que ir a
ese destino y descuidar lo básico: hacer bien el
trabajo esencial, la materia prima sobre la que
construiremos todo el edificio que viene
después.
Recuperemos el
concepto de que trabajar bien una noticia es
reflejar adecuadamente un hecho de la manera más
veraz posible. Y en tanto seamos capaces de
hacerlo con la imagen, con la palabra escrita,
hablada, o a través del retrato que hace una
cámara de televisión, estaremos cumpliendo
nuestro trabajo.
El
desafío del poder responsable
El segundo
elemento que creo fundamental es: los periodistas
hoy tenemos más poder del que jamás hemos
tenido en nuestra historia. Particularmente en el
caso de América Latina. Quizás en los Estados
Unidos, con una larga tradición democrática,
esa realidad pueda matizarse. Pero no me cabe la
menor duda de que en América Latina la
reapertura democrática en los diferentes
momentos en que la hemos vivido nos ha dado un
poder gigantesco.
Los periodistas
tenemos que conectar dos palabras: poder con
responsabilidad. A mayor poder, mayor
responsabilidad. Y esto implica algo muy
importante. Piensen siempre que cuando van a
colocar en la picota un nombre, por muy terrible
que parezca su trayectoria, porque parece que en
vez de currículum tiene prontuario y por lo
tanto estoy en el contexto fácil de decir:
no voy a preocuparme porque este es una
mala persona, piensen cómo se sentirían
ustedes si aparecen en la pantalla de televisión
acusados de un robo multimillonario y corruptos
irredentos o eventualmente personas que violan la
ley de diferentes maneras.
¿Qué quiere
decir eso? Que antes que esa persona aparezca en
pantalla con una terrible acusación, debo estar
absolutamente seguro de que las fuentes que me ha
planteado esa acusación han sido verificadas y
he tenido oportunidad de encontrar la versión de
aquella persona que ha sido acusada. Lo cual es
complicado, porque te quita el léxico y el
efecto; desde siempre es difícil el contraste.
Porque si tú sacas una información de denuncia
y le preguntas al inculpado, este eventualmente
se encargará de hacer lo imposible por
bloquearte por el camino del propio medio y de
los propios empresarios que pueden tener
vínculos de intereses con las personas a las que
uno denuncia.
Son elementos
difíciles de discernir. Pero lo que importa
aquí, por encima de todo, es que la primicia, el
éxito informativo, deberían estar condicionados
por la responsabilidad y la seriedad de cómo
encaro mi aproximación a un tema de
investigación que me lleva a una determinada
conclusión. Este es otro aspecto básico:
vinculación entre máximo poder y máxima
responsabilidad.
El
desafío de la excelencia
Y eso debería
llevarnos a la tercera conclusión, que es la
búsqueda de la excelencia. Y la búsqueda de la
excelencia no está referida al éxito. Sí, de
alguna manera, pero no es exclusivamente, sino a
la conciencia de que estoy trabajando más allá
de lo que como promedio me exigen los medios en
los que trabajo o la realidad en la que vivo.
La excelencia
está trabajada o se consigue en la medida en que
uno es capaz desde adentro de construirse su
exigencia para sí mismo. Yo no estoy contento
con el trabajo que estoy haciendo aunque esté
todo el tiempo lleno de aplausos ni enredado en
el éxito o de alguna manera apañado en mi
imagen personal o en cualquier otro aspecto. El
conocimiento es algo fundamental para el
periodismo. Y si conocimiento es poder, hermosa
frase y hermoso concepto, ese conocimiento debe
ser poder en la medida en que yo, como ser
humano, esté permanentemente aprendiendo.
A un periodista
le debe interesar tanto un lanzamiento del
trasbordador espacial como un clásico
Olimpia-Cerro Porteño, como el último
descubrimiento de la cadena genética, como lo
que puede ser el debate sobre el tema del aborto
por la Iglesia Católica o el cuestionamiento que
hacen los musulmanes de los derechos humanos. Es
decir, nuestro espectro es muy amplio. Y el
conocimiento significa que yo tengo que saber
cuáles son las razones últimas sobre las que se
trabajan una discusión y un debate. Este es un
tercer elemento que me parece fundamental.
El
desafío de los valores
Finalmente un
criterio para el que no tengo respuesta. El
camino hacia el que estamos yendo en esta
revolución espectacular de la comunicación
tiene como siempre elementos positivos,
extraordinarios, desafiantes, vinculados a la
tecnología y a nuevos modos de encontrarnos con
la noticia
La Internet ha sido un salto tan
gigantesco como lo fue la radio o la televisión
y hoy día los bloggeros pueden tener más
impacto que un periodismo convencional.
Y probablemente
vamos a empezar a descubrir que la horizontalidad
que políticamente se estaba buscando a través
de las radios comunitarias, o a través del nuevo
orden informativo internacional en la década de
1970, se está volviendo realidad de una manera
que no soñábamos: el acceso inmediato, sin
ningún tipo de costo, en un café Internet, de
un conjunto de elementos informativos que no son
conscientemente asumidos como tales por miles de
millones de personas.
Y no solamente
pasa en los países desarrollados sino también
en los nuestros; donde hay una red, una
gigantesca red de comunicación que está
esencialmente en manos de los jóvenes, en manos
de personas que tienen menos de 40 años. El
acceso a la computadora como un instrumento no
complejo que tienen los jóvenes es diferente al
que tenemos las personas mayores de 40 años; lo
que está transformando de manera muy
significativa el protagonismo de las y los
jóvenes en este nuevo escenario de la
información que puede transformar 180 grados
también la lógica de cómo entendemos hacer
noticia, construir noticia, generar opinión y
definir líneas de pensamiento que empiezan a ser
democráticamente utilizadas por quienes tienen
acceso a Internet.
En este camino
de frivolidad, de lucha por el éxito
que no tiene que ver con la lucha por la calidad,
de espectáculo y, sobre todo, de lo perecible,
nunca como hoy en la historia humana las cosas
tienen tan poco tiempo de duración. No es ya el
periódico de ayer
es historia, que eso es
una cuestión tradicional; sino la canción de
moda de ayer es historia y el último traje es
historia. Todo se consume, todo es simplemente
para el disfrute de un momento. Y la
construcción de los valores cosificados
empieza a cambiar el eje de lo que eran
nuestros valores éticos esenciales.
He tenido varias
y largas discusiones con mis hijos sobre este
tema y ellos acaban diciéndome algo: es probable
que tú tengas razón en tu manera de entender lo
que es moralmente correcto. No hablo aquí de
moralismo ni hablo aquí de visión religiosa.
¡No! Hablo de un cierto código de valores. Es
probable, me dicen, papá, que tengas razón en
la manera en que tú planteas las cosas. Pero la
realidad de hoy nos obliga a adaptarnos a
circunstancias que no nos permiten ese tipo de
valores si queremos sobrevivir en el mundo. Y por
mucho que tú me digas que te gustaría hacer una
entrevista como la hacías hace 15 años, que
duraba una hora, lo más probable es que te echen
al tercer día del canal de televisión porque tu
nivel de rating va a ser tan bajo que no
te va a ver nadie por muy lindas e interesantes
que sean tus entrevistas.
En consecuencia,
si no te adaptas a este mundo, a esa lógica
implacable, que no puedo perder de vista, que me
disgusta y me frustra, pero no me puede dejar
simplemente parado y congelado en este mi punto
de vista, me debo plantear preguntas. No tengo
las respuestas. Debo confesarles que no las tengo
quizás porque ya, por razones generacionales, no
estoy en condiciones de aceptar un mundo que no
me gusta, en este sentido que estoy mencionando.
El mundo me
gusta y vivir me gusta; esa es otra historia.
Pero este mundo del que hablamos, esta visión de
valores tan particular, no me gusta. Pero no es
una respuesta. No es la respuesta que ustedes
necesitan. Ustedes necesitan construir una
respuesta que permita conjugar valores esenciales
de los que hemos hablado a lo largo de estos
minutos, con realidades dramáticas y durísimas
del día a día.
Esta es y
con esto cierro, una pregunta esencialista:
¿de qué manera seres humanos, como somos,
debemos encarar nuestra responsabilidad como
periodistas, en democracia, en el siglo XXI, ante
esta vertiginosa sucesión de acontecimientos,
con esta impresionante frivolidad y con este
sentido de lo que se agota antes de haya empezado
siquiera a florecer o a brillar?
No tengo la
respuesta. Pero creo que hay ciertos valores
esenciales de lo humano que no cambiarán. Y los
valores que le sirvieron a Aristóteles o que le
sirvieron a Hobbes deben ser valores que nos
sirvan a todos, en todos los tiempos. Esa es por
lo menos mi esperanza.
* Carlos
Diego Mesa Gisbert es
expresidente de Bolivia, politólogo y literato
egresado de las Universidades Complutense de
Madrid y Mayor de San Andrés, de la Paz; Doctor
Honoris Causa de la Universidad Autónoma del
Beni, José Ballivián. Autor de varios libros
entre los cuales se destacan El Vicepresidente
¿La Sombra del Poder? (2003), y Presidencia
sitiada (2008). Ha dictado conferencias en
universidades de Estados Unidos, Francia y
España. Socio y fundador de la productora de
noticias Periodistas Asociados de Televisión
(PAT). Esta conferencia magistral fue pronunciada
en el seminario internacional La radio, entre
la Comunicación y el Poder, organizada por Radio Nederland de Holanda y Radio Libre del Paraguay, en diciembre de 2008, y
reproducida en un libro con el mismo título,
compilado por José Zepeda Varas y Benjamín
Fernández Bogado.
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