La prensa
en Cuba: las sutilezas del sistema
Homero
Campa *
Todas
las mañanas, Bill Clinton, Ernesto Zedillo o
José María Aznar se levantan y leen su
respectiva prensa nacional: resúmenes
informativos, columnas políticas, editoriales,
encuestas... Todo lo que, fundamentalmente,
produce su prensa diaria.
Todas las
mañanas, Fidel Castro se levanta y lee --según
ha confesado-- los cables internacionales: todo
lo que se escribe de y desde Cuba por los
corresponsales extranjeros y/o lo que se publica
de la isla desde el exterior.
En otras
naciones una nota o un reportaje de la prensa
nacional puede ocasionar un escándalo y --junto
con otros factores-- tirar a un ministro. En Cuba
no ha ocurrido tal. La prensa nacional no es un
elemento de presión. Sus noticias ya son sabidas
desde hace mucho por los funcionarios de primer o
segundo nivel. En cambio, existe preocupación
por lo que se difunde hacia afuera. La imagen del
país está en las manos de una prensa extranjera
que, en apariencia, está fuera de su control.
Ahora bien, esa
prensa extranjera ¿informa realmente lo que
sucede en Cuba?.
La respuesta es:
sí, pero muy poco.
En Cuba --como
en otros países de sistemas cerrados-- la
información importante --la que vale-- se maneja
en círculos muy restringidos: el Comité
Central, el Consejo de Estado, el Buró Político
del Partido. Tener acceso a una fuente confiable
de esos círculos es un reto casi siempre
incumplido por los corresponsales de prensa. Lo
que informamos y difundimos es normalmente lo
evidente o autorizado. No necesariamente los
datos que nos explican la historia profunda de
los fenómenos. Describimos la espuma de las olas
y casi siempre en eso nos quedamos. De vez en
cuando nos asomamos al fondo y muy raramente nos
sumergimos. Somos entes que rondamos el poder y
muy rara vez éste se abre a nosotros para
explicar sus decisiones.
Vamos a poner un
ejemplo: ¿Cómo fueron los contactos previos
entre el gobierno de Clinton y el de Castro para
llegar a las negociaciones que llevaron al
acuerdo migratorios de Nueva York en septiembre
de 1994? ¿Cómo se desarrollaron éstas
negociaciones? ¿Qué papel jugaron exactamente
Gabriel García Márquez y el expresidente
norteamericano Jimmy Carter? Luego, ¿cómo
fueron los contactos en Canadá entre Peter
Tarnoff y Ricardo Alarcón para llegar a los
acuerdos migratorios complementarios en mayo
siguiente? ¿Qué rol jugó como discreto
mediador el entonces presidente mexicano Carlos
Salinas de Gortari?
Las respuestas a
las anteriores interrogantes escaparon al manejo
de la prensa. La historia de la llamada
"crisis de los balseros" es incompleta
--o quizá irreal-- sin el conocimiento de estos
entretelones. Acaso los corresponsales escribimos
sobre el "qué", sin poder explicar el
"cómo" de los hechos.
Mi experiencia
en Cuba me indica que para penetrar el poder es
necesario un compromiso de adhesión ideológica
al régimen. Al hacerlo, un periodista atentaría
contra su oficio. Conocer de los hechos o
acciones del poder sin posibilidad de informarlos
en tiempo y forma --es decir, al momento y sin
juicios de valor--, es la paradoja más
frustrante para un periodista de vocación.
Si nuestra
misión en la isla es informar ¿por qué no lo
hacemos a cabalidad? ¿Cuál es la razón por la
que algunas noticias trascendentes sobre Cuba las
conoce antes el editor de un diario en Washington
o en la Ciudad de México que su corresponsal en
La Habana? ¿Cómo actúa --o debe actuar-- un
reportero en ese país para tener la "la
nota"?
El periodista
acreditado en Cuba se enfrenta a problemas que,
aclaro, no son exclusivos de la isla, pero se
acentúan allí por las características de su
régimen.
Según mi
experiencia personal, destacan:
Primero --ya lo
dije-- la falta de información. O mejor dicho:
el estrecho acceso a la información. Las fuentes
son escasas y sus filtraciones restringidas.
Normalmente, en
cualquier país un corresponsal extranjero se
apoya en la prensa nacional: las notas del día,
las columnas políticas, los artículos de
opinión. En Cuba hay que monitorear todo: radio,
televisión y los diarios Granma y Juventud
Rebelde. Sin embargo, pocas informaciones
locales son las que nos funcionan para hacer una
nota de interés para México o el mundo.
Por tanto, hay
que salir a la calle para hablar con medio mundo
e ir a la mayor parte de actos y reuniones,
públicos y semipúblicos, para saber, al menos,
"que hay en el ambiente".
Hay que destacar
que en Cuba --salvo la cancillería-- ningún
ministerio u organismo gubernamental tiene una
oficina de prensa ni emite boletines. La
presidencia del Consejo de Estado no tiene
tampoco algo similar y no existen de manera
programada conferencias de prensa con Fidel
Castro ni con los principales funcionarios del
régimen. Salvo que ellos convoquen para algún
asunto específico, los funcionarios tienen que
ser "cazados" por el corresponsal.
Es común que
cualquier cubano hable mucho y de todo. Pero su
información es superficial. Los personajes que
nos interesan no hablan casi y cuando lo hacen no
se les puede citar porque "se
embarcan". Todo funcionario sabe que una
filtración a la prensa extranjera sobre un
asunto "delicado" puede costarle el
puesto y posiblemente la libertad. Un desliz con
los corresponsales es una especie de traición y
como tal se paga. Todavía existe entre los
funcionarios el criterio de que la prensa
extranjera se "alinea a los intereses del
imperialismo yanqui" y, por lo tanto, hay
que verla con reservas, si no es que como parte
del enemigo.
La falta de
fuentes oficiales obliga a buscar las
independientes. Pero en Cuba éstas son casi
inexistentes. No hay instituciones políticas
desligadas del aparato estatal. La Iglesia misma
apenas está en un proceso de reconstrucción y
su información se mantiene aún en el ámbito de
lo religioso. Los grupos disidentes son tan
pequeños y marginales que el valor de su
información es casi nula. Salvan un poco esta
situación los diplomáticos (los mejores chismes
se corren en las recepciones de las embajadas),
los propios colegas periodistas que te pasan
datos y declaraciones y algunos académicos e
intelectuales.
Viene ahora un
segundo problema: documentar la información. En
Cuba los corresponsales publicamos menos de lo
que sabemos o de lo que nos enteramos. ¿Por
qué? Es sumamente arriesgado publicar lo que no
podamos después demostrar.
Un ejemplo:
durante la Guerra del Golfo, Naciones Unidas
impuso un embargo económico total a Iraq. En
esas fechas entró un barco iraquí al puerto de
La Habana. Los corresponsales de prensa acudieron
al puerto y observaron y fotografiaron al barco.
Un periodista búlgaro publicó además que el
barco "podría traer petróleo". La
nota recorrió el mundo y de ser cierta ponía en
aprietos al gobierno de Fidel Castro: iba contra
una disposición de la ONU. El gobierno cubano
negó que el barco llevara petróleo y retó al
periodista búlgaro a probar su información. No
lo pudo hacer y fue expulsado de Cuba.
De este ejemplo
se deduce un tercer problema: la susceptibilidad.
Las autoridades cubanas son muy sensibles a lo
que se publica en el extranjero y que es enviado
desde Cuba por un corresponsal. Les duele y
molesta la información que consideran
"negativa", "desbalanceada" o
"distorsionada". Para valorar las notas
informativas utilizan criterios políticos, pero
el corresponsal aplica criterios periodísticos.
En términos formales, uno debe pensar: esta
información es importante, relevante y
noticiosa. Y no: "esta información jode o
beneficia a la revolución".
A veces, los
funcionarios hacen sentir al corresponsal como un
ingrato. Ellos han abierto sus puertas para que
el periodista trabaje en la isla y, pese a esa
apertura y disposición, éste se dedica a
"golpear" o a "destacar sólo los
aspectos negativos del Periodo Especial" e
"ignora los esfuerzos del pueblo por salir
de la crisis".
Son típicos los
ejemplos de corresponsales que --a veces de
manera sutil y amigable y otras no tanto--
reciben quejas por difundir notas con entrevistas
a grupos disidentes. Los funcionarios argumentan
que dichos grupos no son representativos, que no
tienen apoyo popular, que son pequeños, que
están supeditados a intereses foráneos de
gobiernos o de sectores duros del exilio,
etcétera.
Eso nos lleva al
cuarto problema: las presiones.
En Cuba los
corresponsales reciben casi un trato
diplomático: tienen ciertas prerrogativas (autos
con placa especial, acceso a teléfonos vía
satélite, celulares, Internet, franquicias
aduanales, invitaciones a recepciones
protocolares) y se mantiene hacia ellos una
disposición de respeto y amabilidad. Como el
régimen otorga ese "trato
diplomático", hace sentir que su
comportamiento y responsabilidad debe ser
correspondiente. Y juzga como una traición a ese
trato "los golpes periodísticos" que
en otros lados del mundo suelen asimilarse como
normales. Entonces, la información se restringe
aún más y se dificulta el acceso a los
funcionarios. Puede suceder que un
"periodista incómodo" quede fuera de
la lista de corresponsales invitados a actos con
ministros o con el presidente Fidel Castro. Los
trámites para una entrevista --que pueden ser
agilísimos cuando hay disposición política--
se hacen lentos y tortuosos para el que ha
sobrepasado los límites. La hostilidad o la
indiferencia hacia las gestiones de trabajo son
un "signo" que a nadie escapa.
Como las reglas
son no escritas, el corresponsal debe tener
cierta sensibilidad para manejarse en los
límites de "lo permitido". Estos
marcos provocan una incertidumbre que inhibe el
libre ejercicio de la profesión. Muchos se
preguntan: "¿Voy a arriesgar mi estancia en
la isla, la oportunidad de narrar la transición
cubana, por una información que, aunque cierta,
puede ser a mediano plazo intrascendente?"
Vienen entonces los matices, los malabares en la
redacción para "decir la información sin
que moleste" y, lamentablemente, algo de
autocensura.
Para combatir
esto, no hay mejor remedio que el
profesionalismo: la rigurosidad de la
información, la fuente citable, el hecho puro y
llano, el dato concreto, preciso y verificable.
Requisitos todos que salvan una nota
periodística y a su autor.
No me consta,
pero obvio es decir que un corresponsal que tenga
problemas legales en la isla es sujeto de mayores
presiones.
No hay --o no
tengo conocimiento de ello-- persecución y
vigilancia personalizada. Creo que ninguno de los
corresponsales acreditados sufrimos paranoia. Los
micrófonos escondidos, los teléfonos
intervenidos, el hombre atrás que nos vigila,
son sólo tema de charlas o de bromas. Nuestro
trabajo debe ser tan público y transparente que
no tenemos por qué ocultar lo que hacemos.
Incluso, a veces es mejor que los servicios de
Seguridad del Estado sepan qué hacemos para
evitar así la sospecha de que intrigamos o de
que conspiramos.
Es justo decir
que podemos transitar libremente por toda la isla
y tocar todos los temas --aun los más
espinosos-- siempre y cuando no se omita o
distorsione el criterio que sobre ellos tiene la
Revolución.
Así pues, a la
prensa extranjera le queda como reto en Cuba ser
más profesional y, al régimen, cambiar su
actitud y su manejo con ella. Creo que esto se
logrará en la medida en que la prensa nacional
ocupe el papel que le corresponde: informante de
los asuntos de interés nacional, espacio de
análisis y reflexión, foro de debate público,
conciencia crítica del poder y de la sociedad.
Por ello, para
la prensa nacional los retos son mayores: tiene
que transformarse radicalmente.
Claro que para
ello es necesario una apertura política y ésta
no se vislumbra a mediano plazo. La mayoría de
los periodistas cubanos piensan que la situación
de su prensa nacional sería lo último en
cambiar en este país. La información es poder y
su control es inherente a un régimen como el
cubano.
No obstante, la
inmovilidad en materia de información y prensa
puede resultarle peligrosa. Al respecto --y ya
para terminar-- anoto algunas reflexiones:
Primero: Cuba
intenta insertarse en este mundo cambiante y
complejo. Este mundo tiene como característica
estar abierto a la información. Nadie ya escapa
a los ojos de la opinión pública mundial y Cuba
--si quiere insertarse-- no podrá seguir como
una fortaleza sitiada: tendrá que abrirse y
junto con esa apertura le llegarán cúmulos de
información para los que no está acostumbrada y
le exigirán a su vez información que le será
difícil negar. La prensa puede quedar rebasada
con este fenómeno. No le queda mas remedio que
enfrentarse abiertamente al intercambio de
informaciones.
Segundo: la
prensa nacional debe llenar el vacío informativo
y las expectativas de la población. Las
transformaciones cubanas no podrán efectuarse a
cabalidad si no son informadas y explicadas en
toda su amplitud, con sus riesgos y
consecuencias. El gobierno cubano requiere un
consenso social para aplicar las medidas
económicas que se propone. Le será útil para
ello un papel más activo de la prensa cubana. La
omisión nunca convence. Más todavía, la
omisión prohíja el rumor y la incertidumbre.
Estos pueden provocar reacciones sociales a veces
violentas e imprevisibles.
Tercero: la
eficiencia en la reforma económica cubana
requiere de flujos de información en distintos
niveles. La toma de decisiones empresariales
requiere de datos y hechos diarios que deben
resolver los medios periodísticos.
Cuarto: la
prensa nacional cubana debe ser viable
económicamente. Todo medio dependiente en sus
recursos de un partido, gobierno o grupo privado
tiende inevitablemente a sujetarse a sus
intereses. Si la prensa cubana se aboca el reto
de sobrevivir con criterios propios debe ser
autofinanciable. Y para ello debe vender su
información. Y sólo podrá hacerlo sí ésta es
de calidad. Además, debe modernizarse: ser
eficiente, con sólo el personal necesario y con
medios modernos de trabajo.
Y quinto: En
aras de la credibilidad debe buscar autonomía.
En estos momentos, en Cuba, ello sólo es posible
mediante un proceso gradual de descentralización
de recursos y decisiones. Los criterios
periodísticos sobre qué, cuando y cómo
informar deberán tomarse en la mesa de edición
sin la consulta a "las instancias del
partido".
*
Homero Campa es
licenciado en Periodismo y Comunicación
Colectiva (UNAM). Hasta agosto de 1999 y durante siete
años fue corresponsal en La Habana del semanario
mexicano Proceso, del que ahora es Coordinador de
Información Internacional. Es coautor de los
libros El
estallido social en el siglo XX (UAM-Xochimilco, 1989) y Cuba: los años
duros (Plaza &
Janés, 1997). Este texto fue leído en diciembre
de 1998 en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana durante el ciclo de conferencias
"La prensa extranjera en Cuba" y fue
entregado a Sala
de Prensa por su
autor, como su primera colaboración para este
sitio.
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