Periodismo
literario: entre el mito y la verdad
Luis
Raúl Vázquez Muñoz *
Resumen: La
unión entre literatura y periodismo aún
despierta polémicas dentro de las ciencias
sociales. Este artículo parte de ese hecho y
aborda la existencia del cruce de criterios
debido a una falta de teorización, cuyo
vacío dejó un espacio para entender el
concepto como acto de inspiración individual
y no como un cuerpo desarrollado a través de
un largo de período de evolución en las
prácticas comunicativas. El texto se acerca
a las premisas que delimitan el campo del
periodismo y desde las cuales se establece la
unión con lo literario, a partir de la tesis
de que las ciencias de la comunicación se
encuentran ante una nueva
interdisciplinariedad. También se hace la
propuesta de entender a la aparición de las
vanguardias artísticas del siglo XX, durante
el período de entreguerras, como un momento
importante dentro del desarrollo del
concepto. A partir de esa proposición se
aborda cómo la renovación operada durante
aquellos años en el campo de las letras, la
consolidación del cine como manifestación
artística y un cambio de la propia noción
del arte permitió el intercambio de recursos
con los géneros narrativos de la ficción,
lo cual posibilitó que el oficio afianzara
la función estética de su discurso y se
iniciara el proceso de legitimación de una
de las tenencias actuales del periodismo
contemporáneo. Palabras
claves: Periodismo, Literatura,
Arte.
1. UNA APROXIMACIÓN NECESARIA
Parecía
un caso resuelto; pero los hechos dijeron que no.
Parecía que la polémica entre periodismo y
literatura había cesado y por fin la unión
entre ambos podía andar por este mundo con
entera tranquilidad. Sin embargo, poco tiempo
después de que apareciera Noticia de un
secuestro la novela-reportaje de
Gabriel García Márquez y pese a las
aclaraciones del autor, el suplemento cultural de
un periódico de Madrid ubicó al volumen entre
los libros de ficción más vendidos durante los
últimos meses. Por supuesto, las réplicas no
tardaron en aparecer y el periodista Gerardo
Reyes fue tajante cuando afirmó que esa
clasificación era un injusto disparate
para alguien que había gastado tres años de su
vida ahuyentando sus fantasías, mientras buscaba
los datos legítimos de una pavorosa realidad que
merecía desde hace mucho tiempo un libro de no
ficción (Reyes, 1999).
La
clasificación no era gratuita. Detrás de ella
subyace la idea de que el oficio se encuentra
ante el mito de su imposible unión con la
literatura, precisamente cuando la realidad
demuestra cómo numerosos escritores y reporteros
han obviado los criterios más disímiles y
acuñaron el enlace al nombrar una tendencia con
el nombre de Periodismo Literario, bajo la cual
se agrupan aquellos textos periodísticos
construidos con las premisas y técnicas
provenientes de la narrativa de ficción. Con
todo, y pese a las posiciones encontradas, lo
cierto es que desde hace mucho tiempo las
ciencias sociales, en general, y las artes, en
particular, son testigos de un intercambio de
herramientas y posiciones creativas entre dos
formas de expresión, que tienen puntos de
coincidencia pero se encuentran bien delimitadas.
A decir de la
investigadora Sonia Fernández Parrat
(Fernández, 2006), la confluencia entre
literatura y periodismo ha logrado vencer los
resquemores más diversos y hoy se expresa en una
producción ante la necesidad de lograr nuevos
lectores ante los forcejeos de la competencia.
Por su parte el profesor español Juan Cantavella
ha marcado el hecho de que numerosos
profesionales de la palabra se acercan a la
realidad y producen una narrativa con
herramientas propias del periodismo de
investigación, dando lugar a toda una
producción (
) que para algunos no son ni
literatura ni periodismo sino un punto de
confluencia entre ambos (Cantavella, 2002,
citado por Fernández, 279).
Cabe
preguntarse, entonces, ¿por qué la polémica se
mantiene viva?, ¿cuál es la razón por la que
periodistas, teóricos y narradores se empeñen
en mantener las fronteras de los géneros como
inviolables, pese a que otros colegas defienden
la existencia de esa unión? Las respuestas
pueden ser disímiles, aunque nos parece que
pueden tomarse tres elementos básicos para
comprender el fenómeno.
En primer lugar,
el periodismo, a diferencia de la literatura,
establece una relación con la realidad en la que
esta es sintetizada y reproducida por el
reportero (Padura, 2006). Este no tiene como
premisa urgente jerarquizar la función estética
y cuando se ha imbricado con ella, lo ha hecho en
situaciones en las que ha sido posible tensar los
recursos expresivos del lenguaje, con lo cual se
han alcanzado lo valores del discurso literario,
definidos por la profesora Camila Henríquez
Ureña como aquellos en los que de una forma u
otra se conjugan el valor gramatical (de
construcción y sentido lógico), fonético (de
sonido y ritmo) y estilístico (de emoción y
realidad espiritual) (Henríquez Ureña, 2005).
En segundo
término, hacia el interior de las sociedades
aún persiste el imaginario de identificar a la
literatura exclusivamente con la ficción. Por
otra parte, también se mantiene la idea de que
el periodismo es un cuerpo ajeno al arte. Esa
idea se refuerza por el hecho de que el oficio,
como parte integradora de los medios de
comunicación, se encuentra relacionado de forma
estrecha con el poder político y su función se
ejerce en las cercanías de este, a diferencia de
las tradicionales manifestaciones artísticas
cuya función ideológica y estética se
cumple a través de múltiples mediaciones y con
un rango de autonomía y tolerancia muy
altos (García Luis, 2004, 68).
Por último el
Periodismo Literario posee una identidad asumida,
aunque no totalmente construida. A esa tendencia
le falta un ejercicio del pensar, que aún está
por hacerse en todas sus reglas. Todavía
son muchas las trabas con que trabaja el
periodismo literario en su reivindicación de un
espacio en la prensa diaria, ha señalado
la profesora Montse Quesada (Quesada, citada por
Rodríguez Betancourt, 2000, 31) y con esa
advertencia ha tocado las concepciones de un
periodismo, donde se privilegia lo informativo o
lo propagandístico según sean los
casosen detrimentos de nuevas formas que
permiten una mayor capacidad de penetración y
comprensión de la realidad (Talese, 1975).
Como señala
Sonia Fernández Parrat (2006), es muy probable
que las universidades y el campo de las
investigaciones en las ciencias de la
comunicación se encuentren hoy frente a una
nueva interdisciplinariedad, en la que todavía
están por sentarse sus bases teóricas y
metodológicas. Parte de esa carencia la
apreciamos en el hecho de que la coherencia
conceptual de ese tipo de periodismo y los marcos
que lo delimitan se han armado en virtud de una
contundente producción, legitimada por la firma
de importantes figuras y por la experiencia
mostrada en el despliegue de un arsenal de
recursos para lograr una determinada
configuración del discurso periodístico. No
obstante, el énfasis en estos elementos y la
falta de pensamiento, en el sentido más amplio
del término, han terminado por comprender el
concepto como un acto de inquietud personal,
mientras no se ha sistematizado una teoría que
vea al periodismo en un constante diálogo con
las distintas manifestaciones del arte y del
pensamiento contemporáneo.
Una mirada desde
esa perspectiva permitiría, en nuestra opinión,
apreciar dos grandes espacios, fundamentales para
la unión a la cual nos referimos. Ellos son la
consolidación de las vanguardias artísticas, a
finales del siglo XIX y principios del XX, y la
aparición de la posmodernidad en la literatura,
al iniciarse la década de 1960. Durante esos dos
momentos, la evolución del periodismo inicia y
concluye un ciclo de renovación y búsqueda de
nuevos modos de abordar la realidad y elevar su
capacidad comunicativa. Es en ese arco que se
rompen los moldes implantados por la prensa de
masas en su origen y se crean otros, cuyo
producto final es el desdibujamiento de las
fronteras entre periodismo y literatura y el
intercambio de recursos entre una y otra forma
expresiva, sin que ellas pierdan sus elementos
identificatorios y sus funciones sociales. En
este artículo, nos centraremos en el momento en
que la conexión literatura-periodismo comienza a
legitimarse gracias al espíritu y la época de
un movimiento muy peculiar: el de las vanguardias
artísticas.
2. EL PREÁMBULO DEL CAMBIO
La adopción por
parte del periodismo de formas literarias (o
cercanas a ellas) no era un algo nuevo al
finalizar la Primera Guerra Mundial. En las
ciencias humanísticas, como en la vida en
general, las tendencias y períodos aparecen
luego de procesos de formación, de rupturas y
avances, que abren el espacio a formas nuevas. Y
el periodismo literario no ha estado exento de
esa premisa. Años antes de firmada la paz, en
los medios impresos se habían iniciado una serie
de cambios que replantearon su estructura interna
y el rol dentro de la sociedad de masas. A partir
de la segunda mitad del siglo XIX, de una prensa
con tiradas conservadas y una cierta
organización industrial, los periódicos
dispararon a millones la cantidad de ejemplares
impresos, crecieron en paginado y pasaron a
convertirse al menos los más
importantes en verdaderos monopolios de la
información. El impacto de esos cambios se
tradujo, entre otros elementos, en la conversión
de lo informativo en una mercancía más, al
tiempo que los medios impresos se transformaban
en verdaderas empresas pensadas para obtener
ganancias y con una influencia desconocida hasta
entonces.
Insertados en la
lógica del capital, ahora en su fase
monopolista, y ante el empuje de la competencia,
los medios impresos se vieron obligados a obtener
ediciones más elaboradas, que marcaran una
distinción ante los contrincantes y fueran
capaces de atraer círculos crecientes de
lectores y anunciantes (Timoteo, n.d., 27-29). Es
lógico, entonces, que los periodistas obviaran
el estilo didáctico y en ocasiones doctrinario
de los primeros periódicos de masas y empezaran
a experimentar con nuevas formas de expresión o
renovaran las ya existentes. En consecuencia, si
lo más importante era conmover a las audiencias,
el periodismo se volcaría a estructurar una
línea dramática dentro de su discurso, a
dibujar escenas y personajes sin menoscabo de la
verdad y a usar diferentes puntos de vista del
narrador, entre otros recursos propios de la
literatura y pensados para la ficción, aunque
ahora enfocados en contar una historia o analizar
un hecho con valores noticias.
En ese contexto
(y sin desdeñar las particularidades y huellas
de otros modelos, como el británico y el ejemplo
de la Generación del 98 en el periodismo
español) los periódicos norteamericanos se
convirtieron en el referente a seguir, luego de
superar las trabas políticas que ataban a la
prensa europea e incorporar las reglas de
la competencia interempresarial con mucha mayor
crudeza que Europa (Vázquez Montalbán, n.
d., 163-164). Más allá de los principios
normativos (y hasta personales) para acercarse a
lo noticioso, los reportajes y crónicas
publicados en los Estados Unidos para informar
sobre la búsqueda del explorador Livingston por
África, la aventura de Evangelina de Cossío en
el conflicto cubano-español o la cobertura al
hundimiento del Titanic evidenciaban el grado en
que lo narrativo se había asentado en la
dinámica de los medios, al punto de convertirse
en parte integrante de una ideología
profesional. No es casual, por lo tanto, que
grandes maestros de literatura universal, como
Mark Twain, Whalt Whitman, Stephen Crane, John
Reed y Sherwood Anderson por solo citar
algunos forjaran en buena medida su estilo
y hasta su estética personal al calor de las
redacciones de un periódico.
3. LA LLEGADA DE LAS
VANGUARDIAS
Ahora bien,
distintas variables hacen pensar que la conexión
entre literatura y periodismo no sería aceptada
o cuando menos provocaría un recelo con aires de
incredulidad, en el mejor de los casos. Pese a
los caminos que empezaban a abrir una nueva
generación de prensa, esos cambios tenía la
peculiaridad de ocurrir dentro de los cánones
del concepto de arte ilustrado o de élite con el
cual la burguesía se legitimó, primero ante el
feudalismo y después con su llegada al poder.
Los principios de esa concepción, convertido en
un sistema de referentes dentro del cuerpo de la
sociedad decimonónica, estaban fundamentados en
un racionalismo filosófico, con fuerte sesgo
positivista, que parcelaba los campos del saber y
de la comprensión de la realidad en estancos
bien delimitados. A ello se le añadía que el
periodismo, como actor dentro de la sociedad de
masas, no había alcanzado en ese momento ni la
madurez ni la tradición que lo impulsaría
a insertarse en el campo de la literatura. Por lo
tanto, la mirada aristocratizante de Diderot
(todos esos papeles son el pasto de
ignorantes) o los escarnios de Jefferson
(las publicaciones más venales que jamás
hayan ensuciado las fuentes de una
sociedad) se combinarían con los recelos
de Jeremías Bentham y Edmund Burke, para
mantenerse en mayor o menor medida durante el
siglo XIX bajo una concepción del arte que
remitía lo literario como propiedad exclusiva de
la ficción y ubicaba a los periódicos en la
condición de obras efímeras, sin grandes
méritos y poca utilidad (Vázquez Montalbán,
132-162; Chillón, 1993, 19-20).
Sin embargo, fue
precisamente ese canon ilustrado el que
saltó por los aires cuando culminó
la Primera Guerra Mundial y el espíritu de las
vanguardias encontró el camino abierto
para deslizarse por los estratos de la sociedad,
sino como un cuerpo ideológico al menos como un
sentimiento latente.
Expresión del
quiebre de la unidad espiritual y cultural sobre
la cual descansó el siglo XIX (De Michelli,
2004), las vanguardias llevaban implícitos la
crítica a la sociedad burguesa a partir de la
frustración de las esperanzas depositadas en el
ciclo de revoluciones europeas de 1840. Si bien
resulta cierto que en el plano formal la
vanguardia era una élite de creadores, lo real
también es que ese gran movimiento y la época
en que cristalizó, el convulso período de
entreguerras, expresaban el agotamiento de las
propuestas de la sociedad moderna industrial
(como proyecto civilizatorio) y del liberalismo
burgués (como cuerpo ideológico). Esa crisis se
evidenció en una ruptura política la
aparición del socialismo soviético, el
nazifascismo y el declive del colonialismo
mundial, en una agonía económica el
crack de 1929 junto con el período de
depresiones que le precedió y en un clima
de belicismo la Primera Guerra
Mundial y el anhelo de revancha que, entre otros
factores, abrió el camino a un segundo conflicto
mundial (Hobsbawm, 1998, 213; Padura, 2000, 124).
Es, en medio de ese contexto, que aflora el
idea de lo moderno como concepto que
encierra una serie de procesos de cambios
innovadores en distintos campos de la sociedad,
el pensamiento y la tecnología, y que podían
resumirse en una forma distinta de valorar
el mundo a como este era entendido mediante
los postulados obsoletos del siglo XIX. Ser
moderno, entre otros órdenes, implicaban
actualizar lenguas originarias y convertirlas en
lenguajes literarios, ampliar los derechos
civiles de sectores antes no pensados como
actores políticos (como las mujeres) y someter a
una profunda revisión la realidad circundante,
la cual en muchos casos como la de los
países ubicados en las periferias de los centros
económicos- no guardaba relación alguna con los
cambios impulsados por la modernidad como etapa
impulsora de la productividad del trabajo y la
formación del capital (Habermas, 1989). Esos
años, en ocasiones agónicos y a ratos
liberadores y pletóricos de entusiasmos, no
podían ser más propicios para que el periodismo
fuera jerarquizado, a tono con su condición de
forma de expresión diseñada particularmente
para abordar la realidad.
Ante un ambiente
vanguardista, con nuevas exigencias comunicativas
y con una tradición ya articulada, el oficio
debía entrar en un proceso de renovación, más
aun cuando el organigrama de los medios se
alteró con la aparición de la radio y el
cine, medios que destronaron a la prensa de su
papel primigenio en el campo informativo y la
obligaron a buscar un nuevo acomodo ante las
audiencias. Con las vanguardias y su nueva forma
de entender el mundo, los escritores estarían en
condiciones de aceptar formas literarias (y
periodísticas) flexibles, creadas en una
relación dinámica con el medio, [y] capaces de
reflejar artísticamente una realidad caótica y
cambiante (Fornet, 1967, 76-77).
4. EL GRAN DESCUBRIMIENTO
El impacto de la
vanguardia sobre el periodismo lo podríamos
situar en algunas premisas básicas; primero, en
un escenario que brinda temas y nuevos referentes
sociales e ideológicos; luego en una recién
surgida manifestación artística, el cine y por
último en la impronta de un modelo literario: el
de la literatura norteamericana de entreguerras,
con los grandes de la Generación Pérdida al
frente. Ese impacto no podía ser más oportuno:
aparece justo cuando el campo de las letras se
transcendían los moldes anteriores y se descubre
una segunda realidad bajo las influencias del
surrealismo: la de la subjetividad, lo
fantástico y el tiempo, entre otras categorías
(Hauser, 1977, 43), que transforman la literatura
en diversos países, muchos de ellas de habla
hispana. Esos cambios le permiten a sus
representantes descubrir nuevos recursos, como el
lenguaje corriente, lleno de potencialidades y
limpio de la tara sociologizante de los viejos
modelos. Cuando el periodista cubano Pablo de la
Torriente Brau el iniciador del
vanguardismo en la literatura cubana indaga
las vicisitudes del Presidio Modelo en la Isla de
Pino vicisitudes padecidas por él
también encuentra testimonios como el de
un joven negro llamado Pedro Ríos. Pablo
contó:
A Raulito,
un muchacho blanco, joven, se le
ocurrió botar un pedacito de pan
El cabo lo vio y le dijo: El pan es
bendito, no se bota
Nosotros
estábamos comiendo allí en el descanso.
Sonó el tiro y Raulito se dobló
¡tenía un hoyo así en la cabeza!...
¡Todos esos sesos se le botaron
!
Entonces el cabo hizo que yo y otros
muchachos recogiéramos los sesos y los
echáramos dentro del hueco de la
cabeza
Lo recogimos así, como pone uno
las manos para tomar agua, pues es
igual
Y cuando acabamos, me fui a
limpiar las manos en agua para seguir
comiendo
Pero el cabo me dijo:
¿Qué? ¿Tienes asco
? ¡Vamos!
¡Cómete el pan negrito? Y me tuve que
comer el pan embarrado con la sangre y con
los sesos de Raulito
(De la Torriente
Brau, 2000, 421)
El ensayista
Ambrosio Fornet (1967) ha enfatizado que, al
menos en su variante cubana, el vanguardismo
supuso despojar a la lengua corriente de sus
elementos pintorescos para convertirse en un
auténtico recurso literario con posibilidades de
revelar una situación social, una sicología y
una visión del mundo común, pero ahora con una
mayor fuerza dramática. Esas potencialidades del
habla popular, al combinarse con los recursos del
lenguaje cinematográfico, permitirían lograr,
en el plano literario y puntualmente
periodístico, una asombrosa capacidad para
contar historias en imágenes, la posibilidad de
elevar la tensión dramática del texto, la
virtud de hacer más verosímil y flexible la voz
del narrador, además de poder crear escenas
mejor dibujadas y llenas de una plasticidad capaz
de divisarse durante el acto de la lectura.
Sin embargo,
sería la nueva literatura norteamericana,
surgida al culminar la Primera Guerra Mundial, la
que se convertiría en el gran descubrimiento,
tanto literario como periodístico. Una revisión
a los principales exponentes del período
explicarían porqué entre el campo de la
ficción y lo informativo debería sostenerse una
serie de préstamos, que conllevarían a nuevas
maneras de construir el hecho artístico y las
formas concebidas al calor del periodismo. Los
más veteranos, como Theodore Dreisser y Sherwood
Anderson, han sido reporteros y alternan el
oficio con la escritura de cuentos y novelas
bañados de una profunda temática social. Los
más jóvenes, como Upton Sinclair, John Dos
Passos, Sinclair Lewis, John Steinbeck y Ernest
Hemingway, llegan a las redacciones de un
periódico en una búsqueda por canalizar sus
inquietudes de escritores. En mayor o menor
medida incluyendo al gran William
Faulkner, el más
antiperiodístico por su estilo
están influenciados por la obra y la vida de
maestros como Ambroce Bierce, Whitman y Mart
Twain, quienes también guardan renombre por su
periodismo. Sobre ellos palpita, además, el
aliento de Sherwood Anderson y su libro de
cuentos Winnesburg, Ohio, recientemente
publicado y convertido en un verdadero referente
para la época. Todos han bebido de las escuelas
realistas y naturalistas del siglo XIX y han
tomado de modelos, entre otros, a la narrativa de
Dickens, Emily Bronte, Flaubert, Tolstoi, Chejov
y Dostoievski, lo que indica una disposición a
reflejar lo real y ubicar al hombre en un
contexto enmarcado en la realidad circundante. En
un plano más particular y trazando un esquema,
podemos apreciar las coincidencias de lo
literario y periodístico con sus experiencias de
vida: son jóvenes, algunos criados en hogares
con buena posición económica, otros no tan
afortunados, pero todos por igual sufren las
contravenciones sociales de la época; con
algunas páginas mal escritas, llegan a la
redacción de un periódico, allí aprenden
ciertas reglas y métodos y encuentran un editor
o un periodista veterano que les ayuda a pulir el
estilo; después de años de oficio
en los que encuentran temas y
personajes que incorporarán a sus historias de
ficción abandonan el periodismo incluso
denostando de él, pero con su esencia asumida y
luego de haber verificado sus potencialidades
para develar un universo caótico y asombrar a
los lectores por lo real que se enuncia en la
historia.
Ambrosio Fornet
ha señalado que la novelística norteamericana
supo encontrar un equilibrio entre lo
social y lo estético, entre las exigencias del
creador y las exigencias de las masas
(Fornet, 76). Siguiendo la sutileza de ese
juicio, podríamos añadir que los narradores
norteamericanos también supieron encontrar el
punto de equilibro entre literatura y periodismo.
A partir de las precisiones del profesor Phil
Drucker (2009), el aporte de lo periodístico
estaría en el manejo preciso de los datos, un
lenguaje estandarizado y conciso, libre de
adjetivaciones y con inclinación a favorecer el
uso de verbos y sustantivos para transmitir la
viveza de la acción y un método de indagación
encaminado a apreciar los detalles mínimos y
reveladores de una personalidad junto con el
matiz de un suceso; lo anterior se entrecruzaría
con el uso de estructuras narrativas, la
caracterización de personajes, el manejo de
diversos tipos de narradores y jerarquización
del estilo o sello personal del autor, entre
otros recursos particulares de la
literatura. La imbricación palpable de esos
elementos en los reportajes, crónicas, cuentos y
novelas de estos creadores, además de los
elementos de su formación y su propia historia
de vida, demuestran que Hemingway, Steinbeck y
Upton Sinclair, entre otros de su generación, no
se preocupaban por establecer una diferenciación
frontal entre literatura y periodismo, salvo
aquella que no fuera el respeto a la verdad y esa
línea crucial que los delimita y consistente en
la relación que cada una de esas formas
establece por separado con la realidad. Esa nueva
perspectiva, a tono con la del vanguardismo,
produciría nuevas formas literarias, con un
discurso anticonvencional el cual acercaría la
ficción con lo testimonial (García Ronda,
Saínz, Hernández, Garrandés y López Lemus
2003, 462)
Dentro de esa
amalgama, Ernest Hemingway se convertiría en un
modelo arquetípico. Su método de contar las
palabras que escribía al terminar la jornada de
trabajo era una de las huellas dejadas por el
periodismo en su etapa de reportero cuando debía
transmitir las notas por telégrafo. El consejo
repetido a cada momento, el de aprender a
escribir una verdadera oración afirmativa,
guardaba en sí la impronta básica del lenguaje
periodístico de escribir un texto con claridad,
sencillez, concisión e interés. Varias veces
repitió que su intención al escribir era
plasmar el objeto real, la secuencia en
movimiento y el hecho envuelto por la emoción, y
para hacerlo enfatizaba en la exactitud de los
datos, algo particular del periodismo y que lo
llevaba a fijar en sus narraciones de ficción
que en una parada de trenes había seis hombres
blancos, cinco prostitutas y cuatro indios
(Rodríguez Feo, 1985, 91). Era el resultado de
un método propio de recogida de datos
(Lanata, 1989, 9), que lo llevaba a descubrir la
sicología de un pelotero por el modo de tomar el
guante, la crudeza de los hechos por la posición
en la que yacía un herido bajo un bombardeo en
Madrid o simplemente la nostalgia de un hombre
por los colores otoñales de un parque en París.
Los había aprendido en el Kansas City Star y él
se dedicó a perfeccionarlos en la misma medida
que fundaba un mundo a través de un lenguaje
duro y en ocasiones áspero, pero en el que se
intentaba revivir la vida a secas: sin adornos ni
tragedias. El resultado de la unión ente
literatura y periodismo se encontraba a la mano y
Hemingway lo mostraba así:
Cuando se
dispuso a darle la estocada todo fue igual.
El toro, directamente frente a él, lo
miraba, con odio. Sacó la espada de entre
los pliegues de la muleta y con el mismo
movimiento tomó puntería y le gritó:
¡Toro! ¡Toro! y el toro
embistió y Villalta se adelantó y durante
un instante los dos se convirtieron en uno
solo. Villalta se unió al toro y entonces
todo terminó. Villalta estaba erguido y la
empuñadora roja de la espada sobresalía
inerte entre las paletas del toro. Villalta
saludaba al público con la mano, el toro
chorreaba sangre con la mirada fija en él y
las patas empezaban a doblarse. (Hemingway,
1975, 183)
Era, por tanto,
un dramatismo diferente a los ejemplos
románticos y naturalistas de la literatura del
siglo XIX y quizás mayor, por la razón sencilla
de que el suceso pertenecía no a la ficción
sino al mundo real por obra y gracia del
periodismo. A partir de ese momento los dioses de
bronce de la literatura norteamericana se
convirtieron en el ejemplo eterno de que era
perfectamente posible transgredir las fronteras y
que existía un oficio listo para abordar una
realidad, que a veces rebasaba por amplio margen
a los mundos de la fantasía. Si se deseaba
comulgar en la Escuela de los Duros, de Ernest
Hemingway, o en la irascibilidad de John
Steinbeck, entones el lenguaje periodístico
debería tensar todos sus recursos y acentuar
aún más lo que es: una forma de indagación de
la experiencia humana, bajo el estricto apego a
la verdad. Se cerraba entonces un ciclo de
crecimiento dentro de la prensa de masas con sus
distintos modelos y generaciones. La vanguardia
había acuñado la unión entre literatura y
periodismo, y al mismo tiempo erosionó los
cimientos de una creencia. El mito de la
inalcanzable dimensión literaria por parte de
los reporteros empezaba a enfrentarse a la verdad
de su endeblez. Gracias a ese momento Rodolfo
Walsh, Gabriel García Márquez, Truman Capote y
la generación del Nuevo Periodismo
norteamericano, entre otros más, encontrarían
el horizonte desbrozado para profundizar en el
cambio operado y entender el oficio de escritor
de una forma más dialéctica. Al haber afianzado
su función cognoscitiva, el periodismo se
encontraba en condiciones de elevar la función
estética de su texto y a comenzar a construir un
espacio (su propio espacio) dentro del gran campo
de la literatura. Era, en definitiva, un camino
sin retorno y el periodismo lo estaba sintiendo.
___________
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Timoteo, J. (n.d.). Historia y modelos de la
comunicación en el siglo XX. La Habana:
Editorial Pablo de la Torriente Brau.
Vázquez Montalbán, M. (n.d.). Historia y
comunicación social. Cuba: Ministerio de
Educación Superior.
* Luis
Raúl Vázquez Muñoz es reportero del periódico Juventud Rebelde. Este texto forma parte de la
investigación El periodismo literario en la
prensa cubana de los 90, como parte de una
beca doctoral en Ciencias de la Comunicación,
otorgada por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, y es su primera colaboración para Sala de Prensa.
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