La prensa frente al crimen
organizado

Periodistas,
no voceros
Pascal
Beltrán del Río *
La
escalada criminal que padece la sociedad mexicana
ha impuesto a los periodistas de este país una
serie de retos en el cumplimiento de su misión.
Ubico el momento
en que esto se comenzó a sentir: el verano de
2005, cuando por primera vez se rebasó en un
solo año la cifra de mil ejecuciones en el
conflicto entre las bandas del crimen organizado.
Poco después
comenzaron a observarse fenómenos inéditos de
violencia, como la ejecución de un comandante
policiaco en Acapulco, en abril de 2006, cuya
cabeza fue abandonada frente a un edificio
público, acompañada de un mensaje
escalofriante: Para que aprendan a
respetar.
Hechos así han
provocado una discusión en muchas redacciones
sobre cómo estamos cubriendo estos
acontecimientos.
Qué hacer con
los llamados narcomensajes (los que se dejan a un
costado de los cadáveres o se cuelgan de los
puentes), las cabezas cercenadas y los cuerpos
quemados o deshechos en ácido, los videos
colgados de internet que contienen amenazas o
registran actos de tortura y asesinato, los
corridos que retratan como héroes a los sicarios
o transmiten mensajes a autoridades y grupos
rivales.
Cómo dar cuenta
de estos hechos sin dejar al público perplejo
respecto de su significado, sin sacarlos de
contexto, sin exagerar ni minimizar su
importancia, sin renunciar a la investigación
periodística a pesar de contar con pocas fuentes
fidedignas.
Qué hacer con
el maniqueísmo de quienes dicen que aquí sólo
hay dos bandos: o se está con el gobierno o se
está con la delincuencia. Cómo responder a
quienes acusan a medios y a periodistas de hacer
el juego a la delincuencia por difundir
información que pone en duda la legalidad o la
eficacia de algunas acciones policiacas.
Por supuesto, se trata de
una reflexión que se hace con el tren en marcha,
en medio de un enfrentamiento que crece cada
día, en número de muertos y saña, y en el que
se han visto involucrados lo mismo sicarios que
soldados, policías, simples transeúntes
y
periodistas.
De por sí es
complicado resolver con información una de las
preguntas centrales en torno de este conflicto:
la violencia que estamos observando ¿es señal
de que la estrategia del gobierno contra el
crimen organizado está dando resultado o es el
efecto incontrolable de patear el
avispero, como alegan muchos opositores?
Más aún lo es
decidir cómo presentar el conjunto de hechos que
tienen que ver con la lucha entre los cárteles,
y la de éstos con las fuerzas de seguridad, de
una manera que ayude al público a entender lo
que está pasando y qué implicaciones tiene para
la sociedad. Porque esa y no otra, como
levantarle la moral al país es la
finalidad del periodismo.
Las decisiones
no siempre son fáciles cuando la discusión gira
en torno del deber ser de este oficio, y no
simplemente sobre cómo vender más periódicos o
revistas o hacer subir el rating.
No son fáciles
porque el periodismo no es una ciencia exacta y
puede haber distintos caminos que conduzcan al
mismo fin: mantener a la sociedad enterada de los
acontecimientos que afectan la vida comunitaria,
trascender las apariencias, ayudar a los
ciudadanos a decodificar los hechos de interés
público para que pueda tomar decisiones
informadas, y cuidar de la democracia.
Sin embargo,
pese a esa dificultad, pienso que los periodistas
y los medios tienen que abrir un espacio de
discusión sobre el tema, adoptar posiciones
claras y explícitas y después ser congruentes
con ellas.
Tenemos que
responder preguntas como las siguientes: ¿Vamos
a reproducir los narcomensajes, a pesar de no
tener certeza de quiénes los redactaron? ¿Vamos
a hacer bloque con las autoridades en la lucha
contra el crimen o mantener nuestra independencia
y honrar el papel de fiscalización que
corresponde a la prensa? ¿Vamos a reproducir
imágenes de violencia sin reparar en que
entramos en hogares cuyos miembros no tienen una
capacidad homogénea de digerirlas? ¿Nos vamos a
dejar usar por los criminales para hacerse
publicidad?
Uno de los
puntos de discusión más álgidos ha sido la
reproducción de mensajes anónimos atribuidos al
crimen organizado. En Excélsior hace
tiempo tomamos la decisión de no darles
difusión sobre todo mediante la simple
reproducción fotográfica de estos
recados, salvo en casos que la autoridad
considere que constituyen evidencia de la
comisión de un delito y formen parte de una
averiguación previa.
Por lo general,
consisten en amenazas proferidas mediante una
redacción confusa y un nulo sentido de la
ortografía. Y, pese a ello, quienes elaboran
esos recados parecen saber que serán
reproducidos por los medios, o por lo menos
aspiran a eso. Cuando consiguen su propósito,
obtienen una difusión por la que no tienen que
pagar.
¿Qué se diría
de un medio que publica sistemáticamente, sin
mayor comentario, los boletines de una de
dependencia de gobierno? Seguramente no se le
bajaría de gacetillero y vendido. Si tiene tan
mala fama hacerlo con los comunicados oficiales y
las fotos de funcionarios que sólo buscan la
promoción personal, ¿por qué reproducir los
llamados narcomensajes sin un mínimo espíritu
crítico o esfuerzo de interpretación?
Es una
equivocación en el ejercicio periodístico
negarse a ver que tanto los recados del crimen
organizado como las decapitaciones tienen un
claro efecto propagandístico e intimidatorio. Y
que sus autores buscan la caja de resonancia de
los medios de comunicación para potenciar su
mensaje de terror.
La difusión de
las narcomantas y las decapitaciones en algunos
medios al principio, quizá, por su
carácter novedoso ha ayudado a que estos
fenómenos pasen de ser excepcionales a
convertirse en rutinarios.
Los medios que
les brindan espacio hacen un pobre servicio
informativo a su público, que generalmente
recibe las imágenes sin mayores elementos para
comprender su significado. En cambio, colaboran
con las estrategias de los delincuentes,
sirviéndoles de altavoz.
Algunos han
querido ver este tema como un asunto de libertad
de expresión. Dicen que no publicar imágenes de
narcomantas o cabezas cercenadas equivale a no
retratar la realidad y prestarse a la censura.
Sin embargo, es
un error considerar que los medios son simples
coladeras de hechos noticiosos y que no tienen la
obligación de contextualizar y aportar al
entendimiento de la información que difunden.
El reto que
tenemos los periodistas es importante: cómo
encontrar formas imaginativas de registrar la
gravedad de la situación de seguridad pública
que enfrenta el país, sin dejar de cumplir con
nuestra obligación esencial de informar, sin
renunciar a nuestra independencia frente a la
autoridad y sin servir de mensajeros al crimen
organizado.
* Pascal
Beltrán del Río
es director editorial del periódico mexicano Excélsior y colaborador de SdP. Este texto se publicó en la revista Nexos y se reproduce con la autorización expresa
de su autor.
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