Informar y
sobrevivir en Ciudad Juárez
Mike
O'Connor *
Poco después de
la una treinta de la tarde del 27 de mayo, Luz
Sosa, reportera de policía del periódico El
Diario, salía de la oficina de la
Procuraduría Estatal de Justicia como parte de
sus rondas en Ciudad Juárez. Su fotógrafo,
Julio Aguilar, recibió una llamada al teléfono
celular. El fotógrafo comenzó a correr hacia el
auto mientras le hacía señas de apremio para
que lo siguiera. Se trataba de otra ejecución.
Ese solo hecho representaba un
peligro para ellos. El año pasado, los dos
grandes cárteles de las drogas, que se disputan
el control de Ciudad Juárez, transmitieron por
las frecuencias de radio de la policía que
matarían a cualquier periodista que llegara al
lugar de una ejecución mientras aún
permanecieran allí miembros de las bandas
criminales.
El peligro aumentaba mientras que
los dos comunicadores se dirigían hacia la
escena del crimen. En el camino, se
enteraron de la identidad de la víctima. Era el
hermano del tesorero del ayuntamiento local. Eso
significaba que lo podían haber asesinado
por resistirse a los esfuerzos de uno de los
cárteles por controlar el gobierno municipal.
Los reporteros que redactan su información
presentando este tipo de ángulo, rápidamente
pueden convertirse en el blanco de alguno de los
cárteles.
Sosa también se dio cuenta que la
víctima era un empresario perteneciente a una
familia prominente, posiblemente objeto de
extorsión por parte de alguna de las bandas que
operan casi en la impunidad en esta ciudad. Los
periodistas de Ciudad Juárez, en el estado de
Chihuahua ubicado en el centro norte de México,
señalaron al CPJ que los reporteros que
investigan cómo opera la extorsión o por qué
la policía no esclarece los delitos, están en
grave riesgo de represalias por parte de los
cárteles, o de la policía misma.
Para la prensa, Ciudad Juárez
está entre las localidades más peligrosas de
uno de los países más violentos del mundo.
Investigaciones del CPJ señalan que desde el
año 2000, 27 periodistas han muerto
asesinados, al menos 10 de ellos en represalia
directa por su trabajo periodístico. Otros siete
están desaparecidos. En noviembre, Armando
Rodríguez, veterano reportero de policía, fue
asesinado a balazos frente a su casa en Ciudad
Juárez. Investigadores estatales indicaron al
CPJ que habrían identificado a miembros de un
cártel como sospechosos del asesinato, pero las
autoridades federales encargadas del caso no han
hecho nada con esta información. La
Procuraduría General de la República (PGR) se
negó a comentar sobre el estado de la
investigación.
Dentro de esta cultura de
impunidad, los periodistas de Ciudad Juárez
indican que no hay razón alguna por la cual uno
de ellos no sea el próximo en aparecer en de una
lista de personas a eliminar por uno de los
cárteles. La violencia y la intimidación han
causado un daño perdurable en los medios de
comunicación de esta ciudad. Lo mismo que en
otras partes de México. Aún y cuando el índice
de asesinatos sube y baja, la autocensura, el
sesgo en la cobertura y la manipulación de las
noticias son el pan de todos los días. El
gobierno federal se ha jactado sobre sus
recientes avances en la seguridad en Ciudad
Juárez, pero su responsabilidad no debe limitase
a ofrecer seguridad; también debe garantizar los
derechos humanos básicos, incluyendo la libertad
de prensa.
La autocensura se
impone
La víctima de ese día fue Oscar
Urías. Yacía en la banqueta debajo de una
cobija granate, al lado de una Ford pick-up
negra, con el vidrio de la puerta del conductor
hecho añicos a disparos. Comenzaban a llegar
policías ministeriales de la ciudad, así como
policías federales de uniforme azul, chalecos
antibalas y rifles de asalto y soldados de
uniforme verde y casco.
Ni siquiera el alcalde de Ciudad
Juárez confía en que la policía local no esté
corrompida por los cárteles o que sea capaz de
esclarecer delitos, de modo que la policía
federal y el ejército están aquí esencialmente
para suplantar a las fuerzas de seguridad locales
hasta que se reclute y entrene a una nueva
corporación policíaca. Existen actualmente unos
siete mil 500 soldados patrullando las calles,
poniendo retenes para catear vehículos,
allanando domicilios en busca de armas y drogas y
apresando supuestos miembros de los cárteles. El
jefe de la policía es hoy un militar. Otros
jefes del ejército encabezan varias secciones
del departamento de policía y del reclusorio de
la ciudad.
Pero la ciudadanía tampoco
confía mucho en el ejército, según muchos
periodistas. Los comunicadores indican que desde
que llegó la mayoría de los elementos
del ejército en febrero, las operaciones de los
cárteles han continuado como si nada, excepto
por una breve tregua en los asesinatos. "El
ejército arrestó a unos cuantos cientos de
narcomenudistas callejeros. Pero eso no cambia
nada. ¿Qué hay con la aprehensión de los
líderes de los cárteles? ¿De los que se
dedican a lavar el dinero? ¿O de los políticos
involucrados"? pregunta Sosa. "El
ejército no sabe investigar delitos. No están
entrenados para eso".
Prueba de que los periodistas aún
consideran muy peligrosa la cobertura de muchas
noticias se hizo evidente en la escena del
crimen. Tomando en cuenta la importancia de la
víctima, debió haber sido una nota de
relevancia. Pero solo hubo siete periodistas
presentes, en una ciudad con una población de
aproximadamente millón y medio de habitantes,
que tiene numerosos medios de comunicación.
Uno de los periódicos más
importantes es Norte de Ciudad Juárez,
que tiene una estricta política de no publicar
nada que remotamente tenga que ver con los dos
poderosos cárteles. La breve nota de Norte sobre
el asesinato apareció en la página seis,
originaba de la escasa información contenida en
un breve parte policíaco: el nombre de la
víctima, la cantidad de heridas, el calibre del
arma y el hecho de haber encontrado 10 casquillos
de bala. La nota ni siquiera mencionaba que la
víctima era primo del dueño del periódico.
"Hemos aprendido la lección:
para sobrevivir, publicamos lo menos
posible", apunta Alfredo Quijano, jefe de
redacción de Norte, con relación a las
prácticas de autocensura adoptadas tras el
asesinado de Rodríguez el otoño pasado.
"No investigamos nada. Más aún, la mayor
parte de lo que sabemos se queda en la libreta
del reportero". Todo esto ocurre en momentos
en los que el dinero del narcotráfico fluye con
facilidad en las campañas políticas, cuando se
compran influencias en la policía o se los
amenaza para no investigar y mientras los
cárteles expanden sus operaciones al secuestro y
la extorsión, señala Quijano.
Ser un reportero de investigación
es muy peligroso estos días, explica. "Sí
puedes hacer periodismo. Puedes investigar. Luego
lo puedes publicar. Pero rápidamente hay que
salir corriendo del país".
El Diario le dio al
asesinato un tratamiento distinto. El largo
reportaje que escribió Sosa fue el cintillo de
la primera plana. Incluía información sobre
personas cercanas a la familia de la víctima,
que señalaban que había recibido llamadas
telefónicas con amenazas de extorsión
exigiéndole dinero. El reportaje de Sosa
responsabilizó a los cárteles del asesinato, un
hecho bastante peligroso.
La plantilla de El Diario
también conoce sus límites. Cinco días antes
del homicidio, el periódico de Sosa había
recibido un recordatorio de lo poco tolerantes
que pueden ser los cárteles. El equipo editorial
del periódico en Hidalgo del Parral, cuidad del
sur de Chihuahua, se topó con un reportaje sobre
lavado de dinero y El Diario pensó que la
nota podría ser demasiado audaz. Viéndolo en
perspectiva, los editores opinan que cometieron
tres errores.
El primer reportaje identificaba
al grupo criminal que presuntamente estaba
involucrado en el ilícito. Mencionaba al Cártel
de Sinaloa, que está en guerra con la banda de
Juárez por el control del tráfico de drogas en
la ciudad y la exportación de drogas a los
Estados Unidos. Publicó el nombre del líder del
grupo criminal en el área. En un segundo
reportaje, el periódico mencionó a los bancos
supuestamente involucrados en el lavado de
dinero, uno en El Paso, cruzando la frontera en
Texas y el otro en Los Ángeles. Fue entonces que
recibieron la amenaza telefónica. Tenían un
tercer reportaje listo para publicar, pero nunca
lo imprimieron. En su lugar, cerraron las
oficinas en Hidalgo del Parral y el personal se
ocultó.
"Fuimos muy precavidos.
Publicábamos solo una pequeña parte de lo que
sabíamos", señala Pedro Torres,
subdirector editorial. "Intentábamos hacer
una pequeña investigación y de inmediato se nos
fueron encima".
La onda expansiva tras
un asesinato
Armando
Rodríguez, el reportero asesinado en noviembre,
había recibido meses antes una amenaza de muerte
por teléfono. Según periodistas de Ciudad
Juárez, Rodríguez se había quejado con la
Procuradora General de Justicia del Estado,
Patricia González Rodríguez, encargada de las
investigaciones por delitos estatales. La
funcionaria le dijo que no podía brindarle
protección. (La Procuradora General de Justicia
estatal niega dicha conversación). Sus colegas
señalan que Rodríguez revisó todos sus
reportajes recientes y que no pudo encontrar nada
que pudiera estar relacionado con la amenaza.
Tener cuidado con lo que publicas
ayuda, afirma Sosa, de 39 años y madre de dos
hijos, quien ocupó el lugar que dejó Rodríguez
en la fuente de policía de El Diario.
"Pero eso puede no ser suficiente si el
reportero empieza a hacer preguntas
delicadas", continúa, "porque los
delincuentes pueden asesinarte no por lo que
publicas, sino por lo que creen que sabes".
Días antes de su asesinato, Rodríguez había
publicado un artículo que relacionaba al sobrino
de la Procuradora General de Justicia con
traficantes de drogas.
Los periodistas de Ciudad Juárez
sintieron el efecto de lo que le ocurrió a
Rodríguez. A medida que la investigación se
hacía más complicada, y no había ningún
avance, los periodistas comprendieron que nunca
atraparían a los asesinos y que cualquiera de
ellos podría ser blanco de los cárteles.
Tras el asesinato de Rodríguez,
los medios de comunicación implementaron
políticas para limitar los riesgos. La mayoría
ya no publica las notas de policía firmadas. En
un intento por aplacar la violencia de los
cárteles, algunos le bajan el tono a su
lenguaje, empleando términos como "sujetos
armados" en lugar de "sicarios",
por ejemplo. Otros no identifican al cártel
responsable de un asesinato, a menos que
funcionarios gubernamentales señalen
públicamente el nombre de la pandilla. En Norte,
editan solamente datos escuetos. Muchos
periodistas de la ciudad señalan que una
televisora local trasladó sus operaciones a El
Paso durante un tiempo, después de que
sus empleados recibieran amenazas de muerte. Los
ejecutivos de la televisora no quisieron hacer
comentarios al respecto.
Las investigaciones de homicidios
en Ciudad Juárez son improductivas. Esto
significa que una amenaza contra un periodista
debe tomarse en serio, porque cualquier ataque
contra un comunicador queda casi seguramente en
la impunidad. El Diario publicó en mayo
que la policía solo había esclarecido el 2.7
por ciento de todos los asesinatos en 2009. Otra
nota de El Diario informó que cada
investigador de homicidios está a cargo de hasta
130 casos. Ni siquiera los asesinatos de
funcionarios policiales se resuelven, conforme a
los archivos que lleva El Diario. El año
pasado, 71 funcionarios murieron asesinados y a
finales de mayo de este año, ya eran 31 las
víctimas fatales, sin que ninguno de esos casos
se hubiera esclarecido.
El periódico publicó que el año
pasado en Ciudad Juárez se registraron 1607
asesinatos, la mayoría por ejecuciones de los
cárteles. Después de que la presencia del
ejército se incrementara en febrero, las cifras
se redujeron en forma importante, pero ahora
están nuevamente en alza. Tan solo en los dos
últimos días de mayo hubo 34 asesinatos.
Los cárteles no solo restringen a
la prensa de Ciudad Juárez; sino que también
la manipulan. Edgar Román, director de noticias
de Canal 44, señala que los grupos del crimen
organizado sincronizan los asesinatos para que
tengan cobertura en vivo en los noticiarios
nocturnos. "Cometen asesinatos para que
salgan en mi noticiero. Ya sea 10 minutos antes o
mientras estamos al aire", dijo. Los
periodistas afirman que los cárteles buscan
infundir miedo en la población de Ciudad
Juárez, para que puedan ver las imágenes de sus
enemigos asesinados en vivo por televisión. Un
cártel quiere verse más siniestro que el otro,
de modo que buscan que sus amenazas salgan al
aire.
Román recuerda una noche del
invierno pasado, cuando uno de los cárteles
dejó un mensaje escrito en una manta afuera de
su estación televisiva. El noticiero cubrió el
hecho en vivo, pero no leyó el letrero al aire.
De inmediato, la estación recibió una llamada
amenazante exigiendo la lectura del mensaje.
Temerosos de que algo ocurriera, los conductores
parafrasearon el recado.
Nuevo cártel, nuevos
peligros
Adrián Ventura cree haber
presenciado el primer ataque del cártel de
Sinaloa contra el cártel de Juárez. Fue casi al
finalizar el invierno de 2007. Durante muchos
años, la banda de Juárez había gozado del
control total de la ruta de las drogas hacia los
Estados Unidos, así como del narcomenudeo en las
calles de la ciudad, señala el propietario de
una página de Internet de noticias que cubre la
nota policíaca en Ciudad Juárez. Agrega que el
cártel vendía marihuana y cocaína a los
obreros del norte de Juárez. Pero había cierto
equilibrio que mantenía la paz. El grupo
criminal controlaba todo y la policía aparecía
solo durante el cambio de turno para recibir sus
sobornos diarios. Un día temprano en la mañana,
sin embargo, recibió una llamada de que habían
asesinado con rifles de asalto a seis o siete
narcomenudistas. Fue a la escena del crimen y
aún así no podía creerlo. "No puede ser,
pensé. Aquí nadie hace esto. Aquí no se usaban
esas armas. Nadia mataba a tanta gente".
"Sabíamos que era un
mensaje, pero no lo entendimos".
El misterio se aclaró muy pronto:
a medida que la cifra de muertos aumentaba, la
guerra entre los cárteles comenzaba a derramar
sangre. El cártel de Sinaloa intentaba tomar el
control de la base de operaciones del cártel de
Juárez. En estos días, los narcomenudistas
desaparecieron de las áreas tradicionales de
venta callejera como Barrio Alto y Alta Vista. La
gente dice que no fue por la policía o el
ejército. Fue porque nadie quiere estar en medio
de esta guerra entre cárteles, como les pasó a
las primeras víctimas.
Según los periodistas locales,
Ciudad Juárez es un caso aparte. Es una ciudad
grande, una puerta de entrada de las
drogas a los Estados Unidos y un lugar en el que
un solo cártel había penetrado de forma tal en
la política local y en los rangos de la policía
que prácticamente obtenía todo lo que quería.
Ahora que un segundo cártel lucha por apoderarse
de la plaza, saltan a la vista las debilidades
del gobierno (su corrupción e incompetencia
inherentes).
Este es apenas un ejemplo extremo
de lo que ocurre en muchas ciudades de México,
donde los periodistas temen a los cárteles de
las drogas y a los funcionarios del gobierno y
adaptan lo que escriben o transmiten a las
circunstancias que imperan en cada lugar.
En Morelia, capital del estado de
Michoacán, el dueño de una organización
editorial con cobertura en todo el estado afirma
que para estar a salvo de las represalias de los
cárteles utilizan la misma estrategia de
publicar solo notas escuetas, como lo hacen la
mayoría de los medios en Ciudad Juárez. Hace
dos años, en Acapulco, un reportero murió
asesinado en la calle. Según algunos de sus
colegas, el asesino era un sicario de alguno de
los cárteles. En abril, la Comisión Nacional de
los Derechos Humanos emitió una recomendación
al gobierno para que proporcionara guardaespaldas
a una reportera amenazada por el poderoso
Secretario de Seguridad Pública Federal. En
mayo, ocho sujetos con pasamontañas secuestraron
a un reportero del estado de Durango en su casa,
frente a su familia. Al día siguiente
encontraron su cadáver. En Torreón, lugar donde
lo enterraron, aparecieron mantas de uno de los
cárteles advirtiendo a los periodistas que
tuvieran cuidado, según informes de prensa.
Dos reporteros han huido del
estado de Chihuahua hacia los Estados Unidos en
el último año. Uno de ellos, Emilio Gutiérrez,
solicitó asilo político y está a la espera de
una audiencia en un tribunal de justicia para ver
si se lo conceden. Escribió artículos que,
asegura, enfurecieron al ejército mexicano. Los
militares habrían enviado soldados a amenazarlo
de muerte. Huyó con su hijo adolescente y estuvo
detenido siete meses, pero lo liberaron en enero
a la espera de la audiencia.
El otro es Jorge Luis Aguirre.
Tiene una página Web de noticias en Ciudad
Juárez, que cubre notas de política y policía
en forma crítica y a veces irónica. La noche
del velorio de Armando Rodríguez, un sujeto que
le llamó por celular le advirtió que él era el
siguiente. Huyó de inmediato a El Paso, Texas,
con su esposa y sus tres hijos y espera
solicitar asilo político.
Aguirre sigue trabajando sobre su
página Web desde El Paso. Recientemente,
mientras viajaba en carro a una conferencia de
prensa, en una carretera cercana a la frontera y
vio a Ciudad Juárez apenas al otro lado de un
estrecho río, enumeró de las dificultades de
empezar una nueva vida a los 51 años. Sin
embargo, con los ojos hacia México
indicó: "No puedo regresar. Me
matarían".
* Mike
O'Connor es el
representante en México del CPJ.
Se ha desempeñado como corresponsal extranjero
para CBS News, National Public Radio y The
New York Times.
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