Hacia una
historia del nuevo periodismo
Maricarmen
Fernández Chapou *
Los
medios de comunicación tienen el
poder de educar al público más
allá de lo que lo hacen ahora, y el
Nuevo Periodismo, en sus múltiples
formas, utiliza este poder como nunca
lo hiciera el periodismo tradicional
y, esperanzadamente, lo hace para el
bien de la humanidad.
Michael L. Jonson, 1970
Hace
casi cuatro décadas que los ideales
contraculturales y revolucionarios de los años
sesenta quedaron atrás. Pero en aquellos
míticos años del rock y el amor libre, de los
grandes movimientos sociales y culturales,
quienes militaban bajo esa consigna representaban
a toda una generación, una postura política,
social y cultural que revolucionó en gran medida
el siglo XX.
Los Estados
Unidos de los años sesenta fue uno de los
escenarios principales de la profunda tensión
entre fuerzas opuestas que ocasionó el
surgimiento de importantes movimientos y nuevas
tendencias. Lo contrario se puso de moda: contra
el Estado, contra la política exterior, contra
el capitalismo a ultranza, contra la represión,
contra la censura, contra la cultura oficial y
elitista. Lo convencional y lo progresista eran
dos antítesis que se oponían desde casi todos
los frentes. La batalla entre lo nuevo y lo
conservador se vio reflejada tanto en lo social y
político como en los vehículos de expresión
cultural como la música, el arte, la literatura.
Y el periodismo no fue la excepción.
La contracultura
se erigió como un escenario para nuevos actores
y nuevos argumentos que demandaban un cambio en
los medios de información. De modo que los
jóvenes, los estudiantes, los intelectuales y
los periodistas protagonizaron esfuerzos
innovadores dirigidos a romper con tabúes y
normas estancadas, así como hacer efectiva una
postura ideológica que defendiera los ideales de
una juventud que se revelaba ante la opresión,
la desigualdad y las injusticias del sistema
establecido.
Los literatos,
lejos de reflejar todo aquello, se replegaron en
el academicismo y en la vuelta al clasicismo que
poco decía a los jóvenes de la época. Esto
dejó el campo abierto para un género hasta
entonces considerado menor en el campo de las
letras: el periodismo. Y fue desde esta tribuna
que numerosos escritores dieron voz a toda una
generación y su trabajo se convirtió en el
espejo de la contracultura.
Nació así el
nuevo periodismo. Desde que Truman Capote
escribiera su legendaria A sangre fría,
que rompía las fronteras entre la ficción y la
realidad, entre el reportaje y la novela, un
grupo de jóvenes periodistas estadunidenses
comenzaron a aplicar en sus trabajos recursos
narrativos asimilados tradicionalmente a la
literatura de ficción. Con esto, otorgaban a los
textos periodísticos una calidad estilística y
narrativa que estaban perdiendo, ante el
predominio del modelo objetivo del
periodismo estadunidense.
Era una novedosa
forma de acercarse al rico material que el
contexto de la contracultura les ofrecía. Pero,
además, esta nueva tendencia, denominada nuevo
periodismo en las antípodas del periodismo
convencional, recuperaba los viejos preceptos del
buen periodismo de siempre: investigación,
denuncia, compromiso ético, pluralidad de voces
y de contenidos.
El periodismo de
investigación y denuncia, heredero de los
trabajos que los periodistas críticos muckrakers
realizaron a principios del siglo XX; la prensa underground,
que atendía las necesidades de los marginados
del sistema que la prensa convencional ignoraba,
al igual que la novela de no-ficción, que
llevaba la realidad al campo de la ficción,
fueron las semillas de este nuevo movimiento que
se gestaba desde el periodismo y para el
periodismo. Una corriente que se fundía con la
literatura pero que iba mucho más allá, hacia
una actitud renovadora, creativa y comprometida
que, al menos por aquellos días, revolucionó la
profesión de los literatos menores:
los periodistas.
Numerosos
reportajes, con sus revelaciones y denuncias,
hicieron temblar al poder. Los periodistas se
convirtieron en actores sociales que participaban
de los mismos hechos que narraban,
involucrándose en las profundidades de los
mundos y los personajes que daban vida a sus
textos. Era un periodismo arriesgado y
comprometido que, gracias a su valor literario,
generó numerosas obras que trascendieron como
libros que hoy en día aún tienen actualidad.
Muchas veces, la historia de cómo fueron
concebidas son tan excitantes como las propias
narraciones, y la forma en que muchas de ellas
cambiaron el curso de los acontecimientos, tan
sorprendentes como éstos mismos.
Y es que el
periodismo, según sus rebeldes hacedores, no era
sólo un oficio al servicio de otros,
generalmente los dueños de los medios o las
instituciones oficiales, sino una profesión al
servicio de la sociedad que, sin tapujos, llegaba
hasta donde tuviera que llegar en honor a la
verdad. Escribir bien, tan extenso como fuera
necesario, tan vívido como el hecho lo
ameritara, tan profundo y tan honesto,
comprometido con las causas de sus lectores y
ameno, era la regla de oro de los nuevos
periodistas.
Pasados los
años y bien entrados los setenta, las agitadas
aguas de la contracultura se calmaron, y los
mejores días del nuevo periodismo quedaron
atrás. No obstante, éste sembró las semillas
de nuevos esfuerzos, propuestas y tendencias que
trascendieron dicho contexto, permaneciendo como
prototipo de un mejor periodismo.
Pero comencemos
por el principio. A sangre fría,
publicada de forma seriada en The New Yorker
en 1965, fue iniciadora del género de
no-ficción, pues el autor, haciendo uso de su
mirada periodística, a la vez que de sus dotes
literarias, llevaría a cabo la reconstrucción
minuciosa de un caso real, aparecido entre las
notas diarias de la sección policíaca del
periódico, utilizando recursos de la ficción,
para darlos a conocer como si se tratase de la
trama de una novela.
Subtitulado como
"Relato verdadero de un asesinato múltiple
y de sus consecuencias", el reportaje, de
tema más que nada periodístico, se centra en el
asesinato sin móvil aparente de la familia
Clutter, unos granjeros de Kansas, cometido en
1959 por Eugene Hickock y Perry Smith. El caso
fue cuidadosamente cronicado por Capote, luego de
una profunda investigación de campo, un
análisis detallado de los registros oficiales y
largas entrevistas con los involucrados.
Para tal fin, el
autor se trasladó a vivir una larga temporada a
Kansas y no sólo visitó el lugar y recogió el
material ambiental necesario, sino que además
siguió la vida en prisión de los asesinos hasta
que fueron ejecutados, al cabo de cinco años. La
obra fue, ante todo, ejemplo de un periodismo de
investigación profundo. Y logró, como sostiene
el estadunidense Michael L. Johnson,
"conferir verdad profunda y misterio a un
hecho real que sin él hubiera llegado al
público fragmentado y parcializado". Una
verdad que, como diría Weber, si bien permanece
fiel a los hechos documentados, "es la
verdad de la literatura, aquella conciencia de
ser transportado a un mundo dotado de significado
y coherencia interna".
De hecho, Capote
aseguró que no escogió este tema porque le
interesara mucho. "Fue decía
porque quería escribir lo que yo denominaba una
novela real, un libro que se leyera exactamente
igual que una novela, sólo que cada palabra de
él fuera rigurosamente cierta".
Aún más, el
autor ha asegurado que con A sangre fría
"quería realizar una novela periodística,
algo a gran escala que tuviera la credibilidad de
los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y
libertad de la prosa, y la precisión de la
poesía". Pero más allá de las
expectativas, lo cierto es que logró transformar
literariamente un suceso al grado de convertirlo
en una historia que, a pesar del paso de los
años y la distancia con los hechos, sigue siendo
considerada más que nada una obra literaria.
Pero para los
novelistas resultó preocupante que a partir de A
sangre fría los integrantes del mundo
literario empezaran a hablar de la no-ficción
como una forma literaria seria. El propio Capote,
previéndolo, no calificó su obra de
periodística, sino que afirmó que había
inventado un nuevo género literario. A pesar de
eso, su éxito dio al nuevo periodismo un gran
impulso, pues como diría uno de sus principales
representantes, Tom Wolfe, "si un estilo
literario nuevo podía nacer del periodismo,
resultaba entonces razonable que el periodismo
pudiese aspirar a algo más que una simple
emulación de esos envejecidos gigantes, los
novelistas".
Los periodistas
comenzaron a aplicar en su trabajo las técnicas
y procedimientos de la ficción. El nuevo
periodismo creció como una epidemia: fue
adoptado por la mayoría de los periódicos underground
que proliferaron en aquella época, por grandes
escritores, por algunos periodistas y medios
tradicionales que poco a poco se fueron abriendo
a estas nuevas posibilidades. Hacia 1969, como
apunta Wolfe, prácticamente no existía nadie en
el mundo literario que se permitiese desechar
llanamente al nuevo periodismo como un género
literario inferior.
En realidad, la
tendencia novoperiodística se creaba no tanto a
través de la novela, ni del cuento, ni de la
poesía, como a través del propio periodismo.
Nacía como una especie de anti-estilo que se
oponía cada vez con mayor fuerza al status
quo informativo del momento.
Con ese
espíritu contestatario, el anti-estilo
pretendía derrocar las fórmulas gastadas del
periodismo convencional anterior e imponer una
nueva forma de hacer periodismo, más creativa,
pero también más profunda, comprometida e
independiente. Probablemente, el hecho de dotar
al periodismo de personalidad, más que el
utilizar técnicas y artificios literarios en un
estilo novelístico, fue lo que impulsó el
desarrollo de un periodismo nuevo.
Ante todo, el
nuevo periodismo buscaba traspasar los límites
convencionales del diarismo. Por primera vez, se
pretendía mostrar en la prensa algo que hasta
entonces sólo se encontraba en las novelas o
cuentos: la vida íntima o emocional de los
personajes. Un reporte se podía leer igual que
una novela; un artículo se podía transformar en
cuento fácilmente, o una nota tener una
dimensión estética y novelada. Se podía
recurrir a cualquier artificio literario. Pero,
sobre todo, era un periodismo involucrado,
inteligente, emotivo y personal. El nuevo
periodismo se convirtió, también, en una
actitud, una postura ante la labor del
informador.
La crítica,
tanto del lado de literatos como de periodistas
convencionales, lo ha descalificado en ocasiones
debido a que, primero, su nombre resulta
demasiado pretencioso y ambiguo. Y, segundo, por
ser un concepto demasiado genérico, lo que ha
dado lugar a confusiones y excesos.
Frecuentemente,
en los años sesenta, cualquiera que tuviera
menos de 35 años y una máquina de escribir era
considerado un nuevo periodista. Para 1970, ya
cualquier variante del tono periodístico
tradicional recibía dicho nombre, y, si no era
menospreciada o incluso ignorada este tipo de
literatura, se cobijaba bajo su epígrafe todas
aquellas novelas, artículos, reportajes,
biografías, autobiografías, memorias,
etcétera, que no se lograban encuadrar en
ninguna otra parte.
Y a pesar de que
la etiqueta de nuevo periodismo resultó un tanto
genérica y ambigua, pues ha sido utilizada para
designar a un conjunto muy heterogéneo de obras
y autores, éstos presentan, en su mayoría, un
denominador común: su más o menos drástica
distinción con respecto al periodismo escrito
convencional de Estados Unidos hasta los primeros
años de la década de los sesenta.
Aunque nadie
sabe con precisión su origen, parece ser que se
oyó hablar por primera vez de nuevo periodismo
en 1965, de boca de Peter Hamill, quien
recomendó a Seymur Krim, jefe de redacción de
la revista Nugget, escribir un artículo
titulado, precisamente, "The new
journalism", donde describiera el trabajo de
reporteros como James Breslin y Gay Talese, que
comenzaban a aplicar en su trabajo nuevos
procedimientos, así como a escribir en un estilo
periodístico no convencional.
Peter Hamill
atribuye el nacimiento del nuevo periodismo a
Norman Mailer, hasta entonces escritor de novelas
y ensayos, que con su reportaje sobre Kennedy,
Superman comes to the supermarket,
publicado en la revista Esquire en 1960,
abriera nuevos caminos para el periodismo. Pero,
por otra parte, James E. Murphy, Tom Wolfe y
Richard A. Kallan señalan como iniciadora de la
nueva tendencia la obra de Gay Talese titulada Joe
Louis: The king as a middleage man,
publicada en 1962.
A su vez, Joe
David Bellamy prefiere marcar el inicio en el
año 1963, con Tom Wolfe y su reportaje titulado
extravagantemente "There goes (varoom!
Varoom!) that kandy-kolored (thphhhhh!)
tangerine-flake stream-line baby (rahghh!) around
the bend (brummmmmmmmmm
)",
posteriormente publicado como libro con el
título simplificado de The kandy-kolored
tangerine flake streamline baby. Y,
finalmente, John Hellman y Terris Morris apuntan
que fue en 1965, con Truman Capote y Tom Wolfe.
Lo cierto es que
los nuevos periodistas comenzaban a distinguirse,
además de por sus innovaciones estilísticas,
por concordar con una serie de actitudes
profesionales y prácticas periodísticas. Se
caracterizaban no sólo por desarrollar un nuevo
estilo, como Tom Wolfe, o por llegar al
periodismo con un sentido de urgencia acerca de
su importancia como escritores de otros géneros
u otros campos de interés, como Norman Mailer y
Capote; sino que había también un grupo de
jóvenes, no escritores profesionales, que se
sentían atraídos por el periodismo como un
medio de articular su experiencia y dar voz a
aquellos que compartían su visión del mundo y
su estilo de vida, y que creían en un periodismo
mucho más imaginativo y pertinente del que
podemos hallar en la mayoría de los periódicos.
En todos los
casos, los requisitos más importantes para
llegar al nuevo periodismo era la apertura
creativa, que sumada a las cualidades de
honestidad, visión y estilo, tenía que ver más
que nada con un fuerte compromiso con la
comunicación eficaz de la información y con
conceptos éticos acerca de la realidad social
que se vivía.
Michael L.
Johnson sostiene que los nuevos periodistas eran
aquellos autores que planteaban la necesidad de
una nueva forma técnica para la información y
para quienes una nueva conciencia de los hechos
de la realidad humana no es sólo la razón para
el nuevo periodismo sino un producto de él.
Existen, pues,
dos grandes criterios para la clasificación de
los nuevos periodistas: el que se refiere a las
características del material que el escritor
maneja, y el de la actitud e intenciones que el
periodista adopta a la hora de enfrentarse y
asimilar dicho material.
Así, los nuevos
periodistas son aquéllos que crean un tipo de
literatura, un arte periodístico que tiene
significación inmediata, al mismo tiempo que
posee significación histórica; los new
muckrakers, que escriben animados por un
claro propósito moral, y están renovando y
puliendo un nuevo instrumento periodístico para
emprender enseguida una nueva tarea. Y los que
están transformando el periodismo en un arte
creativo, personal, basado en una exposición
bien investigada y objetiva.
Asimismo, su
trabajo está basado en la idea de que el nuevo
periodismo debe realzar la verdad profunda de lo
narrado. No es ficción. Los personajes, hechos,
paisajes, etcétera, son reales. Y el hecho, la
injusticia que se denuncia, el personaje, no
pueden ser en ningún momento eclipsados por el
estilo del autor. Aunque una transmisión
meramente objetiva de lo hechos sería tan
imposible como falsa, de modo que en el nuevo
periodismo el yo se convierte en la
única forma de garantizar la honestidad de la
obra.
Más allá de
algunos criterios, clasificaciones y premisas, lo
cierto es que es difícil enunciar una sola
definición, un concepto único, referente a la
nueva corriente periodística. Existen numerosos
términos periodísticos que pueden ser
confundidos con éste: periodismo de denuncia,
nueva no-ficción, periodismo personal,
periodismo civil, periodismo existencial,
periodismo inspirado, nuevo periodismo
involucrado, periodismo literario, art
journalism, essay-fiction, factual fiction,
journalit (de la mezcla de journalism y
literature), parajournalism, y un largo
etcétera.
Aunque cabe
apuntar que, si bien estos términos no son
sinónimo de nuevo periodismo, generalmente sí
tienen que ver con alguna de sus manifestaciones
y, en todo caso, pueden ser considerados como
características de la corriente.
Para algunos, el
nuevo periodismo supone simplemente una forma de
escribir literatura ajena a los condicionamientos
de la ficción o la no-ficción, o las etiquetas
de periodismo o novela. Otros consideran válido
el término para todas las innovaciones que se
dieron en este ámbito en los años sesenta. Sin
embargo, quizá la definición más clara y
acertada sea la que ofrece Michael L. Johnson, y
que refuerza la idea de que es necesario tomar en
cuenta dos criterios clave e inseparables: la
estética y la ética. El nuevo periodismo, dice,
es "una forma de arte literaria y personal
con el poder de percibir, analizar y comunicar el
significado del proceso cultural en un nuevo modo
no oficial y de contracorriente que pudiera
reeducar un público hipnotizado por los lemas
retóricos del periodismo convencional".
En otras
palabras, la nueva tendencia no sólo se define
por la novedosa utilización por parte de algunos
periodistas de unos recursos técnicos
tradicionalmente asimilados a la novela, gracias
a la cual se le confiere al periodismo una
categoría artística y una fuerza narrativa
hasta entonces desconocida, sino que además
pretende revitalizar el periodismo de denuncia,
constituyendo un medio comprometido con las
causas sociales y crítico con las deficiencias
del sistema y de los medios de comunicación, y
que lleva a cabo una labor de concientización y
educación de un público considerado no como
receptor pasivo, sino como lector inteligente.
En los años en
que comenzaron a circular, los trabajos
novoperiodísticos causaron una verdadera
conmoción porque su escritura tenía poco o nada
que ver con las pautas de composición y estilo
propias del periodismo convencional,
caracterizado por el uso de procedimientos
diseñados institucionalmente para satisfacer las
pretensiones de objetividad en las que se apoyaba
y todavía se apoya hoy el discurso
periodístico hegemónico.
Pero además,
los nuevos periodistas, a través de la función
que desempeñaban, se convertirían en personajes
clave dentro de los procesos sociales y
políticos. Como dijera Naomi Feigelson:
"Los representantes del nuevo periodismo se
ven a sí mismos como reeducadores de la juventud
estadunidense y como unificadores y
solidificadores del movimiento revolucionario. En
definitiva, la nueva tendencia no se limita a
informar, sino que está haciendo una
revolución".
Ambas
innovaciones intrínsecas al nuevo periodismo,
por un lado como nueva tendencia en el estilo y
las formas y, por otro, como nueva toma de
postura en la labor informativa, hacen de este
modelo el ejemplo más representativo y más
acertado de interacción entre literatura y
periodismo que ha registrado la historia de las
letras contemporáneas, así como un conjunto de
fórmulas inteligentes, creativas y en muchos
casos comprometidas que, aunque matizado y
ceñido a cierto tipo de publicaciones y
contextos, ha trascendido hasta la actualidad.
Incluso es posible que el nuevo periodismo sea
una alternativa a la tendencia uniformadora del
periodismo de hoy.
Es cierto que,
en sus inicios, el nuevo periodismo pecó de
optimismo. Las expectativas eran muy grandes, se
esperaba que esta fórmula sustituyera al
periodismo convencional. Sin embargo, en el
futuro, que es hoy el presente, el nuevo
periodismo se iría cooptando y difuminando como
tal, a pesar de que ha prevalecido exitosamente
como una opción estilística por la que aún
optan algunos medios y periodistas.
Durante los
años ochenta y noventa, una vez acabados sus
mejores días, el nuevo periodismo ha pervivido
con dignidad. Muchos de los periodistas que
formaron parte de la corriente, como Wolfe,
Thompson o Didion, han continuado la tradición
en sus trabajos recientes. En su relevo ha
aparecido una nueva generación de periodistas
influidos en menor o mayor medida por aquellos, a
la que Norman Sims ha denominado literary
journalist; no piensan necesariamente en sí
mismos como nuevos periodistas, pero han
encontrado en la inmersión, la voz, la exactitud
y el simbolismo las señas de identidad de su
trabajo.
Aunque ha
desaparecido el contexto histórico del nuevo
periodismo, tanto los veteranos, como los más
noveles periodistas-escritores han seguido
cultivando los ingredientes clásicos de la
tendencia. Aun en nuestro contexto, las novelas
de Tom Wolfe, por ejemplo La hoguera de las
vanidades, que fue publicada por entregas en
Rolling Stone, han suscitado una fuerte
polémica en torno a los nexos y límites entre
el periodismo y la literatura, al ser calificadas
de periodismo disfrazado de novela.
Al parecer este tipo de novelas ha sobrevivido
tercamente gracias a su intrínseca capacidad de
regeneración y adaptación.
Si bien fuera de
Estados unidos la constante interrelación entre
periodismo y literatura no ha generado durante
las últimas décadas ningún fenómeno de
magnitud y cohesión comparables al nuevo
periodismo, sí han surgido algunas tendencias
relevantes e innovadoras que también se podrían
considerar novoperiodísticas.
En conjunto,
estas tendencias integran un panorama bastante
heterogéneo. En Estados Unidos, los periodistas
literarios actuales escriben obras que presentan
rasgos novoperiodísticos y que editan como
libros; incluso, en las mismas publicaciones que
los nuevos periodistas: Esquire,
The New Yorker, The Village Voice,
entre otros.
En Europa, el
nuevo periodismo ha llegado a los lectores antes
que nada en forma de libro, soporte idóneo, por
razones de espacio, legibilidad y mercado
editorial, para la publicación del tipo de obras
que los escritores-periodistas suelen cultivar.
Así han visto luz los trabajos más importantes
de este tipo, como los reportajes poéticos del
recientemente fallecido Ryszard Kapuscinski (El
emperador, El sha, La guerra
del futbol, Imperio, Ébano);
el periodismo indeseable de Günter Wallraff,
quien solía disfrazarse de personajes marginales
para vivir experiencias que luego denunciaba en
novelas documentales, la más célebre, Cabeza
de turco; La romanzo-verité, de
Oriana Fallaci, excelente cultivadora de la
entrevista literaria y reportera comprometida (Entrevista
con la historia, Un hombre).
Precisamente,
Kapucinski manifestaba que, como corresponsal de
una agencia de noticias del Tercer Mundo, llegó
a la convicción de que no le bastaba el
periodismo para reflejar la realidad, por lo que
se avocó a la escritura de sus experiencias en
libros.
En el mundo
hispano, durante el último tercio del siglo XX,
han surgido algunos autores y publicaciones que
han aportado importantes innovaciones al
periodismo, como los españoles Antonio Muñoz
Molina, Juan Goytisolo, Arturo Pérez Reverte,
Rosa Montero, Juan José Millás, Manuel Vázquez
Montalbán, Manuel Rivas, por nombrar unos
cuantos. En Latinoamérica, están los ejemplos
de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa,
Jorge Luis Borges, Alfredo Bryce Echenique,
Carlos Fuentes, Fernando Benítez. Si bien los
escritores hispanoamericanos contemporáneos se
han vuelto menos preocupados con las demandas de
verdad del periodismo, y más interesados en el
creciente poder e influencia de los mass
media electrónicos los cuales parecen
amenazar la relevancia de la literatura y el
periodismo escrito, desde el boom
novelístico de los sesenta han tendido a
inscribir al periodismo dentro de sus trabajos
como metáfora ética y como medio de desarrollar
una ética de escritura.
Asimismo, en
España diferentes publicaciones, influidas por
las estadunidenses The New Yorker, Ramparts,
Esquire o Rolling Stone, han
desarrollado formas acarterizadas por la
incorporación de géneros, recursos y actitudes
inscritos en la composición del nuevo
periodismo. Del mismo modo, y aunque en menor
grado, el nuevo periodismo se ha proyectado en
diarios de referencia como El País,
incluidos sus suplementos de cultura y sociedad
como los dominicales o de verano. También ha
llegado a los lectores en forma de libro. Y otros
esfuerzos, como el de la Fundación Nuevo
Periodismo, de García Márquez, han tratado de
esforzarse por impulsar un periodismo de calidad.
En México, pese
algunos esfuerzos individuales, no existe un
medio que conciba, de manera global y
determinante, su labor dentro de los preceptos de
independencia, calidad y crítica propios del
nuevo periodismo.
Los contados
periodistas que llegan a apostar por una forma
propositiva y creativa de hacer periodismo se
encuentran dispersos, y muchas veces son aislados
y marginados del ámbito periodístico, víctimas
de la férrea y absurda competencia
no sólo entre las publicaciones, sino entre los
propios colegas, así como de la falta de
apertura de los dueños de la comunicación. En
nuestro país, los periodistas suelen carecer de
iniciativa (y cuando la tienen generalmente son
domesticados o expulsados de la empresa) y de
visión.
Claramente en
México, el nuevo periodismo quizá ha tardado en
manifestarse y no cuenta con demostraciones
numerosas. Pero los autores saben que propuestas
como ésta integran una nueva y prometedora
posibilidad que se les ofrece, y la acogida de
los lectores ha sido generosa. Por ello no es
arriesgado pronosticar que en el futuro nos
encontraremos con muchas más obras en esta
línea, lo que permitirá desarrollar sus
posibilidades y conocer todo lo que puede dar de
sí esta forma de colaboración entre la
literatura y el periodismo.
Ante todo, el
nuevo periodismo ha dejado un sello de
creatividad en el periodismo, y no dejará de dar
ejemplo de que una prensa amena, profunda,
comprometida, crítica e independiente ha sido
posible. El nuevo periodismo es posible por que
ya fue posible.
Tom Wolfe
escribía en 1973 las siguientes palabras:
"La posición del nuevo periodismo no está
asegurada por ningún concepto. En algunos
terrenos, el desprecio que inspira carece de
límites
Si no hay suerte, el nuevo género
jamás será santificado, jamás será exaltado,
jamás tendrá una teología
Pero el nuevo
periodismo no deberá ser ignorado en un sentido
artístico".
A fin de
cuentas, ¿por qué habría que ignorarlo hoy?
Las
manifestaciones del nuevo periodismo mantienen su
vigencia más allá del momento y el lugar de su
irrupción, como una oportunidad abierta a
quienes deseen hacer uso de su potencial. Si bien
la corriente está integrada por propuestas que
son viejas al retomar las fuentes prístinas de
la tradición periodística (pues no hay
originalidad posible sin retorno a los
orígenes), son siempre novedosas porque plantean
un desafío al anquilosado discurso periodístico
hegemónico. Es una provechosa fórmula basada no
sólo en la recuperación de las formas
literarias sino en los principios del buen
periodismo de siempre, multidisciplinario,
comprometido y justo, de la que sólo se obtienen
ventajas. Por más que algunos lectores queden
desconcertados y, más que nadie, aquéllos que
pretenden atrapar las infinitas posibilidades y
combinaciones para clasificarlas y encuadrarlas.
Quizá sea el
momento de abrir los oídos hacia aquellas voces
que desde hace más de medio siglo han pugnado
por un periodismo de calidad, multidisciplinario,
independiente y propositivo. Volver al viejo
nuevo periodismo es una forma de prestar
atención a lo que pedían y aún piden los
profesionales de la información que optan por
otra vía que no sea el contagio de los vicios
del diarismo moderno.
*
Maricarmen Fernández es directora de la carrera de
Periodismo y Medios de Información del ITESM, campus Ciudad de México. Pertenece a
la Red
Iberoamericana de Historiadores de la Prensa. Esta es su primera colaboración para SdP.
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