Sala de Prensa

116
Junio 2009
Año XI, Vol. 5

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


Entrevista con Alfonso Gumucio

Una apuesta en favor de una comunicación como proceso

Hugo Aguirre Castañeda *

Hugo Aguirre: Queremos obligarte a hacer un ejercicio de autorreflexión para que nos digas ¿cuáles fueron las motivaciones personales de los compiladores de la Antología que hicieron posible materializar una publicación como ésta?

Alfonso Gumucio: La Antología se inserta en un proyecto más amplio del Consorcio de Comunicación para el Cambio social, del cual soy el Director Ejecutivo. Es parte de un proceso que comienza en 1998, cuando comenzamos a plantearnos la necesidad de un nuevo perfil del comunicador para el desarrollo y para el cambio social, un profesional con pensamiento estratégico que tenga la capacidad de trascender el marco en el que se mueve un periodista. De esa época data mi texto sobre El Nuevo Comunicador.

En esa época nos planteamos la necesidad de identificar experiencias concretas de comunicación participativa, en las que pudiera destacarse el rol facilitador de procesos que tienen los comunicadores para el desarrollo, antes que un rol de producción o reproducción de mensajes. Visité Asia, África y América Latina y seleccioné cincuenta experiencias que son las que incluí en mi libro Haciendo Olas: Comunicación Participativa para el Cambio Social.

A partir de allí nuestra preocupación fue la siguiente: por una parte sabemos que hay muchas experiencias muy válidas y una necesidad muy grande de posicionar la comunicación como elemento indispensable en el desarrollo, pero por otra las universidades no ofrecen el perfil de comunicador que se requiere. La mayoría de las universidades, bajo el rótulo de “comunicación social”, siguen formando periodistas, como hace 30 o 40 años, orientados hacia los medios masivos y no hacia las necesidades del desarrollo.

A partir de allí comenzamos a vincularnos a las pocas universidades que en el mundo tienen un componente de comunicación para el desarrollo, o una maestría, y descubrimos con cierta sorpresa que no hay más de una veintena en todo el mundo, mientras las que se especializan en periodismo y medios se cuentan por centenares. Nuestra estrategia era apoyar por lo menos a una universidad en cada región, que tuviera la voluntad y el compromiso de llevar adelante un programa de postgrado con énfasis en comunicación para el desarrollo y el cambio social.

Finalmente, una cosa llevó a otra. Nos preguntamos lo siguiente: ¿qué van a leer los estudiantes de esos postgrados en comunicación para el desarrollo? De ahí surgió la idea de la Antología como un proyecto del Consorcio de Comunicación para el Cambio Social. Mi colega Thomas Tufte fue contratado para contribuir en el trabajo, y juntos trabajamos en la primera edición en inglés que salió el año 2006.

H.A.: ¿Cuáles fueron los criterios para la preparación de la antología y cómo fue el proceso de trabajo de los compiladores para lograr la edición del libro?

A.G.: Una de mis críticas a los estudios universitarios de comunicación es que siguen dependiendo enormemente de las lecturas de los pioneros de Estados Unidos, como Rogers, Schramm o Lerner. Nuestros estudiantes saben más sobre ellos que sobre Pasquali, Beltrán o Díaz Bordenave. No conocen el pensamiento sobre comunicación que se ha generado en Asia, África y América Latina. Ni siquiera conocen a los nuevos autores de Estados Unidos o Europa. Lo más grave de esto es que ignoran que América Latina ha estado en la vanguardia desde los años sesenta, pero por el idioma sus principales autores no han sido reconocidos a nivel mundial.

Entonces, fue una decisión desde un principio rescatar a los pioneros de Asia, África y América Latina y demostrar que su aporte al pensamiento de la comunicación para el desarrollo había sido tan importante –y a veces más importante– que el de algunos pensadores de Estados Unidos. Por primera vez se tradujo el texto de Antonio Pasquali al inglés, cuya profundidad de pensamiento deja muy atrás a un Lerner, por ejemplo. También quisimos dar un lugar merecido a los autores europeos, generalmente poco difundidos.

El otro criterio, muy importante, fue la mirada retrospectiva que nos permitiera rescatar a los pioneros del pensamiento, remontándonos a los años sesenta e incluso más atrás, con el texto de Bertolt Brecht.

Thomas Tufte y yo leímos miles de textos, en libros y revistas, para hacer una preselección de 80 autores. Esa fue la primera parte de un proceso ambiciosamente democrático, que involucró a muchas personas. Hicimos a través de La Iniciativa de Comunicación un llamado a sus suscriptores más calificados para que nos enviaran sugerencias de autores y textos que consideraban seminales para una antología. El resultado fue de relativa utilidad, ya que por una parte recibimos buenas listas bibliográficas –que en alguna medida ratificaron que íbamos por buen camino– y por otra recibimos propuestas un tanto extravagantes como la de incluir el libro rojo de Mao en la selección.

Lo que realmente nos ayudó fue una reunión que organizamos en Bellagio (Italia), a orillas del Lago Como, en mayo de 2004. Invitamos a una docena de autores y profesores de la comunicación que podían orientarnos con su experiencia y su enorme conocimiento. Incluimos en el grupo a autores de varias generaciones y nacionalidades, para favorecer una perspectiva amplia en las discusiones. Así, tuvimos el privilegio de contar con Luis Ramiro Beltrán, Cees Hamelink, Jan Servaes, Rosa María Alfaro, Pradip Thomas, Robert White, Daniel Prieto Castillo, Karen Wilkins y Clemencia Rodríguez, entre otros.

Durante varios días se hizo una apasionante discusión en torno a la selección inicial que Thomas y yo habíamos realizado. Las sugerencias de los participantes duplicaron el número de autores y de textos. Fue una experiencia enriquecedora, pero la decisión final nos correspondía Thomas y a mí. Allí empezó en realidad el verdadero trabajo, que duró dos años.

Thomas en Copenhague y yo en Brasilia, nos comunicábamos todos los días por Skype (bendita sea la tecnología). Cada día durante dos o tres horas revisábamos los textos que habíamos leído, con el propósito de decidir qué parte de cada texto íbamos a incluir. Eran cada vez decisiones difíciles, porque cortar un texto no es nunca fácil y plantea incluso problemas éticos, pero ayudó mucho que en todo ese proceso nuestra coincidencia fue total. Cada vez que abordábamos un nuevo “paquete” de veinte textos, constatábamos nuestra absoluta coincidencia en lo que debíamos seleccionar. Nunca tuvimos un desacuerdo y cada vez quedábamos sorprendidos de coincidir de manera tan precisa en nuestra apreciación.

Al final, terminamos con 150 autores y 200 textos. La Antología contiene muy pocos artículos reproducidos en su integridad. Casi todos son extractos de textos más largos. De otro modo no hubiera sido posible reunir a tantos autores. Algo así no se había hecho nunca antes, en ningún idioma. Esta es la primera obra que abarca tantos autores especialistas de la comunicación para el desarrollo.

Decidimos dividir la obra en dos tomos: el primero reúne en orden cronológico los aportes de pioneros desde los años sesenta hasta 1995, y el segundo los textos que constituyen lo esencial del debate actual, ya no en forma cronológica, sino según un ordenamiento temático.

H.A.: Conceptualmente hablando, en la antología conviven etiquetas acuñadas por los diversos autores que integran la compilación como por ejemplo, comunicación alternativa, información – educación y comunicación, comunicación para el cambio de comportamiento, comunicación para el cambio social. ¿A qué obedecen estas herramientas conceptuales y de qué manera configuraron la trayectoria de la comunicación para el desarrollo?

A.G.: Tal como explicamos en la extensa introducción del libro, reconocemos la existencia de dos raíces conceptuales en la comunicación para el desarrollo y el cambio social. Por una parte la que deriva de la escuela difusionista y de las teorías del comportamiento, que cubre hasta nuestros días las corrientes de mercadeo social; y por otra la derivada de las teorías de la dependencia, que según los momentos históricos ha generado corrientes de comunicación alternativa, contestataria, popular, horizontal, participativa, etc. No me preocupan tanto las etiquetas ni pretendemos en la Antología fundar una nueva corriente, sino recoger los elementos válidos de todas esas expresiones que han sido importantes en la práctica y en el pensamiento.

Nuestra apuesta, definitivamente, es a favor de una comunicación como proceso, basada en la participación y el diálogo. Rechazamos los modelos verticales que se limitan a la diseminación de información por los medios masivos. Creemos que lo que hoy se conoce como comunicación para el cambio social es el resultado de muchos aportes interesantes.

Hemos preferido el término comunicación para el cambio social, en lugar de comunicación para el desarrollo, por los cuestionamientos que ha recibido la comunicación para el desarrollo como un modelo institucional. Para nosotros la comunicación para el cambio social no es un “modelo”, es un enfoque. Nos hemos resistido a hacer un “manual” o una “caja de herramientas”, como es tan frecuente hoy en día. Los manuales abundan y se han convertido en un lugar común. Preferimos ofrecer un material más amplio, para que en base a la lectura de la Antología los nuevos comunicadores piensen por sí mismos en lugar de ofrecerles un texto breve, una especie de catecismo ya masticado y digerido.

H.A.: El presente está marcado por un discurso tanático, se agotan los recursos, el clima cambia negativamente, ¿cuál crees que será el aporte de la Antología y de la comunicación en este proceso de reorientación que requiere el capitalismo para encarar el futuro?

A.G.: Creo que siempre estamos nadando contra la corriente, como ciertos peces que remontan los ríos en busca de remansos para desovar. Este mundo no es fácil ni lo ha sido. Hay momentos históricos que despiertan nuestras ilusiones y anhelos, y otros en los que la realidad nos apabulla con un sentimiento de frustración. Pero seguimos creyendo en ciertos principios y por ello nuestro trabajo se sostiene siempre de un hilo de esperanza.

Cuando uno mira la foto grande, la del mundo, la de la historia, no puede evitar un cierto sentimiento de derrota, pero si uno se concentra en lo que mejor conoce y en las posibilidades de influir, renace la esperanza.

Nosotros pensamos que si las universidades asumen los retos del desarrollo y de los cambios sociales y se acercan a los problemas que padece la mayoría de la población, hay posibilidades de cambiar las cosas. Hay ejemplos de cambios sociales importantes en comunidades que han tomado en mano su desarrollo, con un espíritu democrático y solidario. Si esto se multiplicara por miles, estaríamos más cerca de resolver los grandes problemas que aquejan al mundo.

La comunicación, como diálogo, como proceso de participación, puede contribuir a que la gente se apropie de su destino, fortalezca su identidad y su cultura, y desarrolle su conocimiento. También puede influir en las organizaciones para el desarrollo de manera que su planificación sea menos vertical y más sostenible, y para que su mirada se proyecte hacia un horizonte de largo plazo en el que la sostenibilidad del planeta es lo esencial.


*Hugo Aguirre Castañeda es profesor auxiliar de la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Esta entrevista fue realizada el 24 de julio de 2008.


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