Entrevista con Alfonso Gumucio
Una
apuesta en favor de una comunicación como
proceso
Hugo
Aguirre Castañeda *
Hugo
Aguirre: Queremos obligarte a hacer un ejercicio
de autorreflexión para que nos digas ¿cuáles
fueron las motivaciones personales de los
compiladores de la Antología que
hicieron posible materializar una publicación
como ésta?
Alfonso
Gumucio: La Antología se
inserta en un proyecto más amplio del Consorcio
de Comunicación para el Cambio social, del cual
soy el Director Ejecutivo. Es parte de un proceso
que comienza en 1998, cuando comenzamos a
plantearnos la necesidad de un nuevo perfil del
comunicador para el desarrollo y para el cambio
social, un profesional con pensamiento
estratégico que tenga la capacidad de trascender
el marco en el que se mueve un periodista. De esa
época data mi texto sobre El Nuevo
Comunicador.
En esa época
nos planteamos la necesidad de identificar
experiencias concretas de comunicación
participativa, en las que pudiera destacarse el
rol facilitador de procesos que tienen los
comunicadores para el desarrollo, antes que un
rol de producción o reproducción de mensajes.
Visité Asia, África y América Latina y
seleccioné cincuenta experiencias que son las
que incluí en mi libro Haciendo Olas:
Comunicación Participativa para el Cambio Social.
A partir de
allí nuestra preocupación fue la siguiente: por
una parte sabemos que hay muchas experiencias muy
válidas y una necesidad muy grande de posicionar
la comunicación como elemento indispensable en
el desarrollo, pero por otra las universidades no
ofrecen el perfil de comunicador que se requiere.
La mayoría de las universidades, bajo el rótulo
de comunicación social, siguen
formando periodistas, como hace 30 o 40 años,
orientados hacia los medios masivos y no hacia
las necesidades del desarrollo.
A partir de
allí comenzamos a vincularnos a las pocas
universidades que en el mundo tienen un
componente de comunicación para el desarrollo, o
una maestría, y descubrimos con cierta sorpresa
que no hay más de una veintena en todo el mundo,
mientras las que se especializan en periodismo y
medios se cuentan por centenares. Nuestra
estrategia era apoyar por lo menos a una
universidad en cada región, que tuviera la
voluntad y el compromiso de llevar adelante un
programa de postgrado con énfasis en
comunicación para el desarrollo y el cambio
social.
Finalmente, una
cosa llevó a otra. Nos preguntamos lo siguiente:
¿qué van a leer los estudiantes de esos
postgrados en comunicación para el desarrollo?
De ahí surgió la idea de la Antología
como un proyecto del Consorcio de Comunicación
para el Cambio Social. Mi colega Thomas Tufte fue
contratado para contribuir en el trabajo, y
juntos trabajamos en la primera edición en
inglés que salió el año 2006.
H.A.:
¿Cuáles fueron los criterios para la
preparación de la antología y cómo fue el
proceso de trabajo de los compiladores para
lograr la edición del libro?
A.G.: Una
de mis críticas a los estudios universitarios de
comunicación es que siguen dependiendo
enormemente de las lecturas de los pioneros de
Estados Unidos, como Rogers, Schramm o Lerner.
Nuestros estudiantes saben más sobre ellos que
sobre Pasquali, Beltrán o Díaz Bordenave. No
conocen el pensamiento sobre comunicación que se
ha generado en Asia, África y América Latina.
Ni siquiera conocen a los nuevos autores de
Estados Unidos o Europa. Lo más grave de esto es
que ignoran que América Latina ha estado en la
vanguardia desde los años sesenta, pero por el
idioma sus principales autores no han sido
reconocidos a nivel mundial.
Entonces, fue
una decisión desde un principio rescatar a los
pioneros de Asia, África y América Latina y
demostrar que su aporte al pensamiento de la
comunicación para el desarrollo había sido tan
importante y a veces más importante
que el de algunos pensadores de Estados Unidos.
Por primera vez se tradujo el texto de Antonio
Pasquali al inglés, cuya profundidad de
pensamiento deja muy atrás a un Lerner, por
ejemplo. También quisimos dar un lugar merecido
a los autores europeos, generalmente poco
difundidos.
El otro
criterio, muy importante, fue la mirada
retrospectiva que nos permitiera rescatar a los
pioneros del pensamiento, remontándonos a los
años sesenta e incluso más atrás, con el texto
de Bertolt Brecht.
Thomas Tufte y
yo leímos miles de textos, en libros y revistas,
para hacer una preselección de 80 autores. Esa
fue la primera parte de un proceso ambiciosamente
democrático, que involucró a muchas personas.
Hicimos a través de La Iniciativa de
Comunicación un llamado a sus suscriptores más
calificados para que nos enviaran sugerencias de
autores y textos que consideraban seminales para
una antología. El resultado fue de relativa
utilidad, ya que por una parte recibimos buenas
listas bibliográficas que en alguna medida
ratificaron que íbamos por buen camino y
por otra recibimos propuestas un tanto
extravagantes como la de incluir el libro rojo de
Mao en la selección.
Lo que realmente
nos ayudó fue una reunión que organizamos en
Bellagio (Italia), a orillas del Lago Como, en
mayo de 2004. Invitamos a una docena de autores y
profesores de la comunicación que podían
orientarnos con su experiencia y su enorme
conocimiento. Incluimos en el grupo a autores de
varias generaciones y nacionalidades, para
favorecer una perspectiva amplia en las
discusiones. Así, tuvimos el privilegio de
contar con Luis Ramiro Beltrán, Cees Hamelink,
Jan Servaes, Rosa María Alfaro, Pradip Thomas,
Robert White, Daniel Prieto Castillo, Karen
Wilkins y Clemencia Rodríguez, entre otros.
Durante varios
días se hizo una apasionante discusión en torno
a la selección inicial que Thomas y yo habíamos
realizado. Las sugerencias de los participantes
duplicaron el número de autores y de textos. Fue
una experiencia enriquecedora, pero la decisión
final nos correspondía Thomas y a mí. Allí
empezó en realidad el verdadero trabajo, que
duró dos años.
Thomas en
Copenhague y yo en Brasilia, nos comunicábamos
todos los días por Skype (bendita sea la
tecnología). Cada día durante dos o tres horas
revisábamos los textos que habíamos leído, con
el propósito de decidir qué parte de cada texto
íbamos a incluir. Eran cada vez decisiones
difíciles, porque cortar un texto no es nunca
fácil y plantea incluso problemas éticos, pero
ayudó mucho que en todo ese proceso nuestra
coincidencia fue total. Cada vez que abordábamos
un nuevo paquete de veinte textos,
constatábamos nuestra absoluta coincidencia en
lo que debíamos seleccionar. Nunca tuvimos un
desacuerdo y cada vez quedábamos sorprendidos de
coincidir de manera tan precisa en nuestra
apreciación.
Al final,
terminamos con 150 autores y 200 textos. La Antología
contiene muy pocos artículos reproducidos en su
integridad. Casi todos son extractos de textos
más largos. De otro modo no hubiera sido posible
reunir a tantos autores. Algo así no se había
hecho nunca antes, en ningún idioma. Esta es la
primera obra que abarca tantos autores
especialistas de la comunicación para el
desarrollo.
Decidimos
dividir la obra en dos tomos: el primero reúne
en orden cronológico los aportes de pioneros
desde los años sesenta hasta 1995, y el segundo
los textos que constituyen lo esencial del debate
actual, ya no en forma cronológica, sino según
un ordenamiento temático.
H.A.:
Conceptualmente hablando, en la antología
conviven etiquetas acuñadas por los diversos
autores que integran la compilación como por
ejemplo, comunicación alternativa, información
educación y comunicación, comunicación
para el cambio de comportamiento, comunicación
para el cambio social. ¿A qué obedecen estas
herramientas conceptuales y de qué manera
configuraron la trayectoria de la comunicación
para el desarrollo?
A.G.: Tal
como explicamos en la extensa introducción del
libro, reconocemos la existencia de dos raíces
conceptuales en la comunicación para el
desarrollo y el cambio social. Por una parte la
que deriva de la escuela difusionista y de las
teorías del comportamiento, que cubre hasta
nuestros días las corrientes de mercadeo social;
y por otra la derivada de las teorías de la
dependencia, que según los momentos históricos
ha generado corrientes de comunicación
alternativa, contestataria, popular, horizontal,
participativa, etc. No me preocupan tanto las
etiquetas ni pretendemos en la Antología
fundar una nueva corriente, sino recoger los
elementos válidos de todas esas expresiones que
han sido importantes en la práctica y en el
pensamiento.
Nuestra apuesta,
definitivamente, es a favor de una comunicación
como proceso, basada en la participación y el
diálogo. Rechazamos los modelos verticales que
se limitan a la diseminación de información por
los medios masivos. Creemos que lo que hoy se
conoce como comunicación para el cambio social
es el resultado de muchos aportes interesantes.
Hemos preferido
el término comunicación para el cambio social,
en lugar de comunicación para el desarrollo, por
los cuestionamientos que ha recibido la
comunicación para el desarrollo como un modelo
institucional. Para nosotros la comunicación
para el cambio social no es un
modelo, es un enfoque. Nos hemos
resistido a hacer un manual o una
caja de herramientas, como es tan
frecuente hoy en día. Los manuales abundan y se
han convertido en un lugar común. Preferimos
ofrecer un material más amplio, para que en base
a la lectura de la Antología los nuevos
comunicadores piensen por sí mismos en lugar de
ofrecerles un texto breve, una especie de
catecismo ya masticado y digerido.
H.A.: El
presente está marcado por un discurso tanático,
se agotan los recursos, el clima cambia
negativamente, ¿cuál crees que será el aporte
de la Antología y de la comunicación en este
proceso de reorientación que requiere el
capitalismo para encarar el futuro?
A.G.: Creo
que siempre estamos nadando contra la corriente,
como ciertos peces que remontan los ríos en
busca de remansos para desovar. Este mundo no es
fácil ni lo ha sido. Hay momentos históricos
que despiertan nuestras ilusiones y anhelos, y
otros en los que la realidad nos apabulla con un
sentimiento de frustración. Pero seguimos
creyendo en ciertos principios y por ello nuestro
trabajo se sostiene siempre de un hilo de
esperanza.
Cuando uno mira
la foto grande, la del mundo, la de la historia,
no puede evitar un cierto sentimiento de derrota,
pero si uno se concentra en lo que mejor conoce y
en las posibilidades de influir, renace la
esperanza.
Nosotros
pensamos que si las universidades asumen los
retos del desarrollo y de los cambios sociales y
se acercan a los problemas que padece la mayoría
de la población, hay posibilidades de cambiar
las cosas. Hay ejemplos de cambios sociales
importantes en comunidades que han tomado en mano
su desarrollo, con un espíritu democrático y
solidario. Si esto se multiplicara por miles,
estaríamos más cerca de resolver los grandes
problemas que aquejan al mundo.
La
comunicación, como diálogo, como proceso de
participación, puede contribuir a que la gente
se apropie de su destino, fortalezca su identidad
y su cultura, y desarrolle su conocimiento.
También puede influir en las organizaciones para
el desarrollo de manera que su planificación sea
menos vertical y más sostenible, y para que su
mirada se proyecte hacia un horizonte de largo
plazo en el que la sostenibilidad del planeta es
lo esencial.
*Hugo
Aguirre Castañeda es
profesor auxiliar de la Facultad de Ciencias y
Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad
Católica del Perú. Esta
entrevista fue realizada el 24 de julio de 2008.
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