Entrevista con Alma
Guillermoprieto
Los
reporteros no escuchan
Víctor
Núñez Jaime *
Desde
hace treinta años, Alma Guillermoprieto se
enfrenta a la vida con un cuaderno y un
bolígrafo en la mano. Y desde entonces,
también, tiene un vagabundo afán por descifrar
a Latinoamérica. Lo hace, diría Kapuscinski,
con los cinco sentidos del periodista: estar,
ver, oír, compartir y pensar.
Alma se sabe
emocionalmente vulnerable pero aprovecha la
subjetividad para imprimirle a sus textos ritmo,
colores, sabores, olores, murmullos,
experiencias, sensaciones. Si vives en
crónica, entonces escribes en crónica. Si vives
en declaración de funcionario, entonces escribes
en declaración de funcionario, sostiene.
Ella siempre va
más allá de lo aparente. Retrata a la gente
común y nos explica cómo sus destinos están
regidos por una clase política sin escrúpulos.
Si escribe sobre los pepenadores, también habla
del subdesarrollo. Nos lleva a la guerrilla para
revelarnos las obscenidades de la especie humana.
Nos cuenta del tango y perfila una crisis
económica.
Es su forma de
vida. Es su pasión. Y la disfruta con toda la
intensidad posible.
Pero ahora,
sentada ante una pequeña mesa de una cafetería
en la Ciudad de México, mientras bebe un
capuchino descafeinado, Alma Guillermoprieto
sufre. Su sonrisa se torna nerviosa y parece
estresarse. Sufre porque no le gusta que la
entrevisten. Sin embargo, su conciencia
profesional y su generosidad pueden más.
*****
En México, Alma
Guillermoprieto comenzó a estudiar danza moderna
a los 12 años. A los 16 se fue a Nueva York con
su madre, y siguió bailando. Fue discípula de
Martha Graham, Twyla Tharp y Merce Cunningham.
Para pagar las clases trabajó como mesera y
vendedora de zapatos. Para el otoño de 1969,
Merce le dijo que había una oportunidad de ir
por un año a dar clases de danza a Caracas o a
La Habana. No estaba segura de aceptar y
consultó la proposición con Twyla: Yo que
tú, aceptaba. No vas a lograr nada quedándote
acá, le dijo. Lo pensó, decidió irse a
Cuba y ese viaje le cambió la vida.
Daría dos
clases al día en la Escuela Nacional de Arte
Cubanacán durante un año a cambio de 250
dólares mensuales. Pero al final sólo se quedó
seis meses en la isla.
Llegó a La
Habana el primero de mayo de 1970. Pasó sus
primeros días en el hospital por complicaciones
en las vías respiratorias. Luego intentó
adaptarse a la vida austera de la isla, a la
escuela y a sus alumnos. Le costó interesarse en
la Revolución. Se sentía muy sola e
incluso llegó a tener pensamientos suicidas.
Todo esto lo cuenta en La Habana en un espejo
(Plaza & Janés, 2005), quizá su libro más
íntimo.
Un noche, antes
de ver Memorias del subdesarrollo en la
Cinemateca de La Habana, vio el noticiario del
Instituto de Arte e Industria Cinematográfica.
Era la primera vez que veía un programa de
noticias. Nunca lo había hecho y tampoco había
leído un periódico completo (el mundo de
los bailarines es tan absorbente
,
explica ahora). Y era la primera vez, también,
que ante sus ojos se proyectaban las imágenes de
la guerra de Vietnam: los muertos, los incendios
con napalm, la gente huyendo, el estruendo de las
bombas al caer... Salió impresionada del cine.
Y yo sin hacer nada, se reclamaba.
¿Ése fue
el origen o la causa de que ahora usted sea
periodista?
Yo creo
que sí. Sí. Hasta ese momento comprendí que
existía un mundo que no era el mundo del arte y
que el arte no podía auxiliar y en el cual el
arte era irrelevante. Fue un descubrimiento
culposo, como tantas veces en mi vida. Y fue un
descubrimiento válido, también. Sí, sin eso
que me sucedió en La Habana tal vez no me
hubiera convertido a este oficio.
Casi ocho años
después de aquella experiencia en Cuba, Alma
Guillermoprieto cambió las zapatillas por la
pluma. En agosto de 1978 se fue a Nicaragua
durante los días de la insurrección sandinista
contra Anastasio Somoza y empezó a reportear a
lado de la fotógrafa Susan Meiselas. Susan
captaba imágenes con su cámara y Alma con sus
cinco sentidos para luego forjarlas en palabras.
¿Por eso
dice que aprendió a reportear como fotógrafa?
Yo nunca
fui a una conferencia de prensa y, hasta la
fecha, no voy a las conferencias de prensa porque
para mí no explican nada esencial. Es como ir a
ver a un autor en vez de leer su libro. No
entiendo qué se gana con eso. Los fotógrafos
solamente pueden producir como material de
trabajo lo que ven. Y yo, como reportera, sólo
producir como material de trabajo lo que he
visto. Dicho lo cual, los fotógrafos llegan al
lugar y hacen clic después de lecturas,
estudios, entrevistas... no es posible tomar las
fotos llegando nada más al lugar. Y yo tampoco.
Antes he procurado nadar en el material.
*****
Alma
Guillermoprieto ha vivido en Los Ángeles, Nueva
York, La Habana, Managua, San Salvador, Río de
Janeiro y a mediados de los noventa regresó a
México para establecer su base de
operaciones y planear sus constantes
viajes. ¿El nomadismo como búsqueda de arraigo?
Vivo aquí y rara vez y con pésimos
resultados he escrito sobre otra cosa que
no sea América Latina, porque si bien hay cosas
que me apasionan, no hay nada más que me
pertenezca, contó en el prólogo de su
libro Al pie de un volcán te escribo
(Plaza & Janés, 2000).
Para hacer sus
crónicas, antes de subir al avión lee sobre el
lugar al que va. Al llegar camina libremente y
sin propósito para atrapar aspectos de la ciudad
y de la gente. Entonces define cuál es el camino
que podrían andar con ella sus lectores. Así,
delimita el tema y comienza a identificar
personajes y a reportear.
Para ir a
reportear me levanto más temprano de lo que
quisiera. Si me ha ido bien, tengo unas cuatro
citas o sé a dónde ir. Veo que tenga
suficientes lápices y plumas, que tenga un
cuaderno y que no lo haya perdido (alguna vez me
ha tocado) y voy al lugar donde tengo que estar.
Y si tengo la oportunidad de ir a un lugar que a
mí me conmueva pues voy lo más temprano que me
acepten y procuro estar ahí hasta que me corran.
La pila se me puede acabar a la media hora, pero
yo procuro estarme seis. Cuando puedo, me hago a
un ladito y escribo todo lo que se me ocurre a lo
largo de ese día.
A
los hechos hay que acercarse con el cuaderno y
con el corazón
Sí. Yo,
como cronista, no puedo escribir si no estoy
profundamente conmovida. Por eso estoy muy
agradecida con Colombia. Ahí, lo que sucede es
siempre profundamente conmovedor. Ése es mi
punto de partida. No es nada intelectual ni de
observación diletante. Es arriesgar en ocasiones
hasta el pellejo. Pero no quiero dramatizar.
En efecto, el
país donde se sitúan la mayoría de los textos
de Alma Guillermoprieto es Colombia.
Colombia explica es un país
que amo por muchas razones: por verde, por
alucinantemente hermoso en su geografía. Lo amo
porque, los bogotanos en específico, son devotos
de dos cosas que me fascinan: la rumba y la
lectura. Quiero a mucha gente allá y me quieren
mucho a mí. Y tal vez lo amo principalmente
porque me ha dado material para pensar. Como
escritora amo los lugares que me dan ese material
como para masticar, elaborar, reflexionar,
meditar. El largo proceso de reflexión sobre los
fracasos civiles de América Latina se me ha dado
más ricamente en Colombia.
¿Cómo le
hace para establecer empatía con sus
interlocutores?
Es un
conflicto moral eterno: uno no quiere que sus
entrevistados queden desprotegidos o sufran. Pero
mi problema es el contrario: ¿cómo hago para
que no me cuenten todo? Yo tengo una cara de
enfermera o no sé... porque me cuentan todo,
todo. El gran secreto para un reportero es
confiar en que todos queremos contar nuestra
historia. Todos. Todos queremos ser comprendidos.
Escuchados. Y los reporteros, la mayoría de las
veces, no escuchan. Van en busca del
entrecomillado y no en busca de la verdadera
historia que hay detrás del entrecomillado. Pero
si uno va en busca de la verdadera historia, el
entrevistado percibe eso y lo agradece más de la
cuenta.
En la Fundación
Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside
Gabriel García Márquez, dicen que Alma
tiene la virtud de hacer que los lectores
avancen por sus historias sin tropezar con
palabras mal puestas ni verbos enredados.
Basta leer cualquiera de sus textos para toparse
con una prosa llena de ritmo, vocabulario y una
musculatura verbal que propicia unos cadenciosos
movimientos narrativos.
Desde niña
comenzó a atesorar palabras. Leía,
en la biblioteca de su madre, los libros de
Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo,
Ramón López Velarde, César Vallejo, Octavio
Paz
Pero también leía con especial
entusiasmo, número tras número, el New
Yorker.
¿De ahí
proviene su estilo literario?
En gran
parte, sí.
¿Quién
es su mayor influencia como escritora?
Mi mamá
[la periodista Lita Paniagua]. Tardé muchos
años en reconocerlo, pero es así
Mi mamá
escribía en una revista un poco frívola,
digamos. Escribía sobre su vida y lo que le
interesaba. Yo creo que hubiera sido una gran
bloguera en esta época. Era muy chistosa, muy
ocurrente... El registro trágico no lo manejaba.
Tenía mucha fluidez. Estudió en Estados Unidos
y yo creo que sus grandes lecturas fueron en
inglés, antes de descubrir a los
hispanoamericanos. En Nueva York era secretaria.
Finalmente logró graduarse en la universidad y
conseguir la maestría. Sus últimos años en
Nueva York trabajó en un programa sobre los
barrios marginales de Harlem. Y eso también fue
una gran influencia para mí: la cultura negra,
el jazz.
Escribió
en la revista Kena hasta que murió, a principios
de los ochenta. Tenía un estilo muy personal,
muy bonito. Yo creo que, inconscientemente, tengo
mucho de ella en mi escritura. Y mucho del New
Yorker. También gracias a mi mamá, uno de
nuestros grandes placeres era la suscripción a The
New Yorker. Cuando llegaba, los miércoles,
el gran placer era sentarnos juntas primero a ver
las caricaturas y luego a leer la entrada de la
revista. Pero en ese momento ni siquiera pensaba
en ser escritora. La danza para mí era lo único
que importaba. Realmente jamás me pasó por la
cabeza ser periodista o escritora. Sin embargo,
yo creo que esas lecturas que me daban tanto
placer se me quedaron grabadas. Los grandes
textos de la revista eran reportajes. Ahí leí Hiroshima,
A sangre fría... Sin duda eso fue una
influencia profunda.
*****
Durante tres
décadas, Alma Guillermoprieto nos ha contado con
espíritu etnográfico las tragicomedias
latinoamericanas: las guerras de Nicaragua, El
Salvador y Colombia; las características de los
pepenadores y los mariachis mexicanos; la
violencia y la corrupción en Brasil, Argentina,
Perú y México; las vidas de Marcos, Evita, el
Che, Fidel, Vargas Llosa; nos ha hablado de las
muertas de Juárez y de los videoescándalos
detonados por un payaso, de las cholitas
luchadoras en Bolivia y del culto a la Santa
Muerte en México. Cada uno de sus textos es
de largo aliento: Tardo como un
mes para escribir una historia. Ahora los textos
son mucho más cortos de lo que eran antes, pero
no soy capaz de hacerlo más rápido. Me tardo
tanto porque lo que más me cuesta son los
enlaces entre los párrafos. Puede pasar un día
y no le encuentro.
Dice que nunca
ha escrito más de cuatro textos al año. Siempre
lo ha hecho en inglés, pues los publica en las
revistas The New Yorker, The New
York Review of Books y National
Geographic. Lo único que ha hecho en
español es su libro La Habana en un espejo.
Tenía que desenterrar recuerdos muy
añejos. Me pareció que si no lo hacía en el
idioma en que lo viví, no iba a lograr una buena
reconstrucción. Por otro lado, me pareció que
si lo escribía en inglés iba a entrar en un
debate que me ha parecido siempre imbécil sobre
Cuba: si es dictadura o no es dictadura, Fidel o
no Fidel y el comunismo... y no fue así como
viví esa experiencia. Entonces, obligadamente
tenía que escribirlo en español para evitar
entrar en ese discurso. Pero fue muy difícil.
Creo que no lo volvería hacer. Llevaba 25 años
escribiendo en inglés y perfeccionando el idioma
con el que trabajo. Al tercer capítulo me quedé
sin verbos, sin adjetivos, sin adverbios... era
desesperante. No tenía el vocabulario, los
recursos, el idioma, para seguir adelante. Yo
creo que ésa es una de las fallas de ese libro.
Es un libro hecho a hachazos en vez de utilizar
un cuchillo de filetear. Me siento más a gusto
en inglés. Soy muy irónica y el inglés permite
unos vericuetos y unas cuchilladas bajas que
quizá el español, más declarativo, no
permite.
Alma tiene sus
puntos débiles a la hora de escribir y no le
importa descubrirlos: Siento que me falta
estructuración. Muchas veces doy noticias y la
gente ni se da cuenta porque lo integro demasiado
al texto literario. Tengo una obsesión por los
mismos temas. Tengo una cierta tendencia hacia el
sentimentalismo. Siempre pienso que tendría que
haber reporteado más. Y eso que nos preocupa y
nos obsesiona tanto a todos: cómo integrar la
información pura y dura en un texto literario...
Frecuentemente me decepciono de mis textos. Mi
primer libro, Samba, tardé años en
quererlo. Me duele el hecho de no haber
reporteado nunca bien a los malandros, a los
narcotraficantes del barrio... creo que porque me
dio miedo. Me falta orden. Y yo creo que mi
escritura... carece de esa seguridad que tienen
principalmente los hombres, aunque no quiero
dividir por género, de decir: yo soy importante,
léanme. Siempre tengo entradas sinuosas y yo
quisiera poder entrar de una manera más
declaratoria. Pero no sé hacerlo. Siempre que
empiezo un artículo o que voy a la mitad, siento
que no me va a salir. Entonces necesito leer un
artículo mío para comprobarme a mí misma que
alguna vez pude. Leo, de preferencia, un
artículo viejo y digo: caray, no está tan
mal... si alguna vez pude, puedo otra vez.
*****
Al preguntarle
sobre el actual periodismo latinoamericano, Alma
comenta: Los periódicos en América
Latina, me da pena decirlo, no son muy buenos.
Hay contadísimas excepciones. Los reporteros
jóvenes y muchas veces brillantes se quejan de
sus editores, del sueldo... con toda razón. Pero
tampoco son tremendamente imaginativos a la hora
de proponer textos y enfoques para la realidad.
La realidad latinoamericana es infinitamente
rica, es mágica e increíble. Al periodismo
latinoamericano le falta descubrir la forma de
transmitir eso. Está el mundo por descubrir y
está todo por escribir. Pero no se comprometen
plenamente con eso. Tampoco los periódicos
latinoamericanos se plantean todos los días
cuáles son los seis temas que pueden cambiar un
país, una ciudad.
¿Qué es
lo que más hace falta en los medios de la
región?
Abordar
temas absolutamente pendientes, como la
ecología. Eso da para todo: para crónica, para
reportaje científico o político. Pero todo el
mundo lo asume sólo como un tema que hay que
cubrir porque es bueno para la salud y le
dedicamos media página. Entonces los lectores
perciben eso y dicen: la ecología es una
hueva. ¿Cómo va a ser una hueva nuestro
futuro? Las grandes decisiones de la ciencia se
toman fuera de nuestros países y nosotros no
estamos ni siquiera en condiciones de entender
qué son. Tampoco aparece el narcotráfico más
que en su dimensión criminal, y nadie se ocupa
del reportaje empresarial... ¿quién le ha hecho
el gran reportaje a Carlos Slim? Con esos me
quedaría nada más para arrancar.
Hace
tiempo también hablaba acerca del periodismo
quieto en contraposición al periodismo
estridente
Sí. Fue a
raíz de una carta de un amigo mío que fue
editor nacional del Washington Post. En
América Latina tenemos la tradición del
periodismo contestatario que cumplió un papel
histórico muy importante en las luchas de
independencia o contra las dictaduras... Pero
desgraciadamente el periodismo contestatario se
hace con la voz muy alzada y lo que queda
después es un periodismo gritón. El periodismo
gritón aburre a los que les gusta pensar, aturde
y crea un público populista acostumbrado a las
respuestas extremas siempre. El periodismo
callado da explicaciones que permiten reflexionar
y pensar, que es un paso necesario para la
adultez cívica.
*****
Todos mis
artículos son bastante apasionados y guardan
cierto veneno para con los políticos, porque me
parece que la falta de decencia en la política
latinoamericana es una tragedia, dice Alma
Guillermoprieto.
Después
de 30 años de recorrerla, ¿cómo define hoy a
América Latina?
América
Latina es una región más próspera. Los pobres
son hoy menos pobres que en mi niñez y que hace
30 años, las tasas de mortalidad han descendido,
la desnutrición es menos común... América
Latina es hoy una región más esperanzadora.
¿Qué es lo que me desespera? Que haya dado a
los tumbos con un camino a la modernidad que es
en gran parte un camino hacia la cultura chatarra
de Estados Unidos. Yo quisiera vernos
independientes culturalmente, abocados a la
búsqueda de las respuestas importantes y no al
consumo en todos los sentidos: el consumo
cultural, el consumo comercial de lo fácil, de
lo frívolo, del oropel, de lo desechable.
A pesar de que
durante algunos años trabajó de planta en el Washington
Post y en Newsweek, prefiere ser
periodista freelance. Es que soy una
persona complicada y supongo que aventurera,
aunque la palabra me disgustó muchísimo durante
años. Dependo mucho de mi propia libertad y
fácilmente me siento muy encerrada. La rutina de
depender de un jefe, de un sueldo, siempre me ha
pesado mucho. Como freelance claro que asumo
ciertos riesgos que con la edad se vuelven más
amenazantes, pero a cambio tengo la libertad de
crear. Entre las dificultades de ser freelance
está, por supuesto, la económica... Pero
levantarse todas las mañanas e inventarse la
vida de pe a pa, no es poca cosa. Resolverse
existencialmente todos los días, no es poca
cosa. Es una gran posibilidad. Yo creo
profundamente en las posibilidades de la
libertad. Creo que es la manera más plena de
vivir como ser humano, para mí. Y ése es el
camino que elegí.
Pero en la vida
de Alma Guillermoprieto también hay tiempo para
cuidar el jardín de su casa, salir a comer con
sus amigos e ir al cine. Las pelis y el
internet son una distracción absorbente
¡paso horas navegando!, dice con una
sonrisa. Ya han transcurrido casi dos horas desde
que comenzó a responder preguntas y cuando
contesta la última, mira fijamente al
interlocutor y ella misma apaga la grabadora y
suspira de alivio. La Señora Crónica ha dejado
de sufrir..
*
Víctor Núñez Jaime es reportero del diario Milenio y colaborador de Nexos. Es miembro del Foro Iberoamericano
Sobre Estrategias de Comunicación (FISEC) y del consejo consultivo de México Abierto.
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