Entre
Vallejo y Neruda
Mario
Benedetti *
Hoy
en día parece bastante claro que, en la actual
poesía hispanoamericana, las dos presencias
tutelares se llaman Pablo Neruda y César
Vallejo. No pienso meterme aquí en el atolladero
de decidir qué vale más: si el caudal
incesante, avasallador, abundante en plenitudes,
del chileno, o el lenguaje seco a veces,
irregular, entrañable y estallante, vital hasta
el sufrimiento, del peruano. Más allá de
discutibles o gratuitos cotejos, creo sin embargo
que es posible relevar una esencial diferencia en
cuanto tiene relación con las influencias que
uno y otro ejercieron y ejercen en las
generaciones posteriores, que inevitablemente
reconocen su magisterio.
En tanto que
Neruda ha sido una influencia más bien
paralizante, casi diría frustránea, como si la
riqueza de su torrente verbal sólo permitiera
una imitación sin escapatoria, Vallejo, en
cambio, se ha constituido en motor y estímulo de
los nombres más auténticamente creadores de la
actual poesía hispanoamericana. No en balde la
obra de Nicanor Parra, Sebastián Salazar Bondy,
Gonzalo Rojas, Ernesto Cardenal, Roberto
Fernández Retamar y Juan Gelman revelan, ya sea
por vía directa, ya por influencia interpósita,
la marca vallejiana; no en balde, cada uno de
ellos tiene, pese a ese entronque común, una voz
propia e inconfundible. (A esa nómina habría
que agregar otros nombres como Idea Vilariño,
Pablo Armando Fernández, Enrique Lihn, Claribel
Alegría, Humberto Megget o Joaquín Pasos, que,
aunque situados a mayor distancia de Vallejo que
los antes mencionados, de todos modos están en
sus respectivas actitudes frente al hecho
poético más cerca del autor de Poemas humanos
que del de Residencia en la tierra.)
Es bastante
difícil hallar una explicación verosímil a ese
hecho que me parece innegable. Sin perjuicio de
reconocer que, en poesía, las afinidades eligen
por sí mismas las vías más imprevisibles o los
nexos más esotéricos, y unas y otros suelen
tener poco que ver con lo verosímil, quiero
arriesgar sobre el mencionado fenómeno una
interpretación personal.
La poesía de
Neruda es, antes que nada, palabra. Pocas obras
se han escrito, o se escribirán, en nuestra
lengua, con un lujo verbal tan asombroso como las
primeras Residencias o como algunos pasajes del
Canto general. Nadie como Neruda para lograr un
insólito centelleo poético mediante el simple
acoplamiento de un sustantivo y un adjetivo que
antes jamás habían sido aproximados. Claro que
en la obra de Neruda hay también sensibilidad,
actitudes, compromiso, emoción, pero (aun cuando
el poeta no siempre lo quiera así) todo parece
estar al noble servicio de su verbo. La
sensibilidad humana, por amplia que sea, pasa en
su poesía casi inadvertida ante la más angosta
sensibilidad del lenguaje; las actitudes y
compromisos políticos, por detonantes que
parezcan, ceden en importancia frente a la
actitud y el compromiso artísticos que el poeta
asume frente a cada palabra, frente a cada uno de
sus encuentros y desencuentros. Y así con la
emoción y con el resto. A esta altura, yo no sé
qué es más creador en los divulgadísimos
Veinte poemas: si las distintas estancias de amor
que le sirven de contexto o la formidable
capacidad para hallar un original lenguaje
destinado a cantar ese amor. Semejante poder
verbal puede llegar a ser tan hipnotizante para
cualquier poeta, lector de Neruda, que si bien,
como todo paradigma, lo empuja a la imitación,
por otra parte, dado el carácter del
deslumbramiento, lo constriñe a una zona tan
específica que hace casi imposible el
renacimiento de la originalidad. El modo
metaforizador de Neruda tiene tanto poder que, a
través de incontables acólitos o seguidores o
epígonos, reaparece como un gen imborrable,
inextinguible.
El legado de
Vallejo, en cambio, llega a sus destinatarios por
otras vías y moviendo quizás otros resortes.
Nunca, si siquiera en sus mejores momentos, la
poesía del peruano da la impresión de una
espontaneidad torrencial. Es evidente que Vallejo
(como Unamuno) lucha denodadamente con el
lenguaje, y muchas veces, cuando consigue al fin
someter la indómita palabra, no puede evitar que
aparezcan en ésta las cicatrices del combate. Si
Neruda posee morosamente a la palabra, con pleno
consentimiento de ésta, Vallejo en cambio la
posee violentándola, haciéndole decir y aceptar
por la fuerza un nuevo y desacostumbrado sentido.
Neruda rodea a la palabra de vecindades
insólitas, pero no violenta su significado
esencial; Vallejo, en cambio, obliga a la palabra
a ser y decir algo que no figuraba en su sentido
estricto. Neruda se evade pocas veces del
diccionario; Vallejo, en cambio, lo contradice de
continuo.
El combate que
Vallejo libra con la palabra tiene la extraña
armonía de su temperamento anárquico,
disentidor, pero no posee obligatoriamente una
armonía literaria, dicho sea esto en el más
ortodoxo de sus sentidos. Es como espectáculo
humano (y no sólo como ejercicio puramente
artístico) que la poesía de Vallejo fascina a
su lector, pero una vez que tiene lugar ese
primer asombro, todo el resto pasa a ser algo
subsidiario, por valioso e ineludible que ese
resto resulte como intermediación.
Desde el momento
que el lenguaje de Vallejo no es lujo sino
disputada necesidad, el poeta-lector no se
detiene allí, no es encandilado. Ya que cada
poema es un campo de batalla, es preciso ir más
allá, buscar el fondo humano, encontrar al
hombre, y entonces sí, apoyar su actitud,
participar en su emoción, asistirlo en su
compromiso, sufrir con su sufrimiento. Para sus
respectivos poetas-lectores, vale decir para sus
influidos, Neruda funciona sobre todo como un
paradigma literario; Vallejo, en cambió, así
sea a través de sus poemas, como un paradigma
humano.
Es tal vez por
eso que su influencia, cada día mayor, no crea
sin embargo meros imitadores. En el caso de
Neruda lo más importante es el poema en sí; en
el caso de Vallejo, lo más importante suele ser
lo que está antes (o detrás) del poema. En
Vallejo hay un fondo de honestidad, de inocencia,
de tristeza, de rebelión, de desgarramiento, de
algo que podríamos llamar soledad fraternal, y
es en ese fondo donde hay que de hay buscar las
hondas raíces, las no siempre claras
motivaciones de su influencia.
A partir de un
estilo poderosamente personal, pero de clara
estirpe literaria, como el de Neruda, cabe
encontrar seguidores sobre todo literarios que no
consiguen llegar a su propia originalidad, o que
llegarán más tarde a ella por otros afluentes,
por otros atajos. A partir de un estilo como el
de Vallejo, construido poco menos que a
contrapelo de lo literario, y que es siempre el
resultado de una agitada combustión vital, cabe
encontrar ya no meros epígonos o imitadores,
sino más bien auténticos discípulos, para
quienes el magisterio de Vallejo comienza antes
de su aventura literaria, la atraviesa plenamente
y se proyecta hasta la hora actual.
Se me ocurre que
de todos los libros de Neruda sólo hay uno,
Plenos poderes, en que su vida personal liga
entrañablemente a su expresión poética.
(Curiosamente, es quizás el título menos
apreciado por la crítica, habituada a celebrar
otros destellos en la obra del poeta; para mi
gusto, ese libro austero, sin concesiones, de
ajuste consigo mismo, es de lo más auténtico y
valioso que ha escrito Neruda en los últimos
años. Someto al juicio del lector esta
inesperada confirmación de mi tesis: de todos
los libros del gran poeta chileno, Plenos poderes
es, a mi juicio, el único en que son
reconocibles ciertas legítimas resonancias de
Vallejo.) En los otros libros, los vericuetos de
la vida personal importan mucho menos, o aparecen
tan transfigurados, que la nitidez metafórica
hace olvidar por completo la validez
autobiográfica. En Vallejo, la metáfora nunca
impide ver la vida; antes bien, se pone a su
servicio. Quizá habría que concluir que en la
influencia de Vallejo se inscribe una
irradiación de actitudes, o sea, después de
todo, un contexto moral. Ya sé que sobre esta
palabra caen todos los días varias paladas de
indignación científica. Afortunadamente, los
poetas no siempre están al día con las últimas
noticias. No obstante, es un hecho a tener en
cuenta: Vallejo, que luchó a brazo partido con
la palabra pero extrajo de sí mismo una actitud
de incanjeable calidad humana, está
milagrosamente afirmado en nuestro presente, y no
creo que haya crítica, o esnobismo, o mala
conciencia, que sean capaces de desalojarlo.
* Mario
Benedetti, poeta,
novelista, ensayista y periodista, militante,
exiliado durante la dictadura uruguaya y hasta
perseguido en Argentina por la Triple A, autor de
más de 80 libros. Dirigió el Centro de
Investigaciones Literarias de Casa de las Américas en Cuba, fue parte de la revista Brecha y fue director del Departamento de
Literatura Hispanoamericana en la Universidad de la
República. Este ensayo fue
escrito en 1967 y publicado en Letras del
continente mestizo, de
Montevideo, en 1972.
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