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A R T I C U L O S
La
sentencia y la historia
Gustavo
Gorriti *
Como
medio mundo y su familia -me imagino-, vi y
escuché, sin perder palabra ni detalle, la
lectura de la sentencia a Alberto Fujimori. Pese
a su extensión, el fallo fue una demostración
del poder de la razón y de la palabra sobre el
palabreo. Luego de meses de testimonios
incompletos, de retorcimientos sofistas en la
argumentación de la defensa, resultó notable el
vigor descriptivo e interpretativo de la
sentencia.
La potencia de los
hechos, recordados, precisos, no sólo en sí
mismos sino en el contexto en que ocurrieron. La
razón de la memoria no fue sólo la de la verdad
de los hechos sino de su correlación.
Ha sido un
ejemplo de la fuerza de la razón, cuando el
lenguaje, el idioma bien manejado describe,
relaciona, precisa y resume la esencia de los
hechos a través de la visión precisa de su
existencia.
A lo largo de su
historia frustrante y azarosa, nuestra patria
ansió y soñó gobernarse y vivir a través de
la razón republicana: el gobierno de los
pueblos, por sí y para sí. Sofistas y leguleyos
al servicio de tiranos torcieron una y otra vez
el espíritu de la república democrática para
sofocarla y sojuzgarla. Esta sentencia rescata
los mejores principios de la democracia y
tendrá, por eso, valor y vigencia históricas.
La fuerza de los hechos expresados en las
palabras justas; el coraje de pensar con
inteligencia y con verdad; el juez como
mandatario del pueblo en la defensa de las leyes
que sostienen la democracia, la libertad y el
bienestar de sus ciudadanos.
Esto suena, me
temo, demasiado general y, de repente, hasta
gaseoso. Pero no lo es. Una república vigorosa
necesita tanto o más de jueces a la vez sabios e
intrépidos que de grandes líderes políticos.
Por fortuna y lo digo sin asomo de halago
sino con estricta objetividad lo ha tenido
en el Gran Almirante en Iquique, caso presente de
los magistrados San Martín, Prado y Príncipe.
Su fallo es histórico y reverberará mucho más
allá de nuestras fronteras. Es una sentencia que
robustecerá y ensanchará las fronteras de la
democracia y la libertad.
Aquella
sucesión argumental de preguntas y respuesta
reiterada: ¿Está probado que ?
Sí, lo está, predicó su eficacia
retórica en estar basada en un conocimiento
sorprendentemente profundo y abarcador de los
hechos. Fue un ejercicio de demostración
investigativa con un rigor pormenorizado y sin
baches que no recuerdo haber visto en ningún
otro documento judicial y en muy pocas
investigaciones.
¿Un ejemplo?
Recordarán aquellos de ustedes que escucharon la
parte final del alegato de Fujimori, que éste
proclamó haberse enterado de mi secuestro
recién en la primera conferencia de prensa que
dio en Palacio luego del golpe del 5 de abril,
cuando yo recientemente liberado le
increpé por el secuestro.
En la sentencia
el tribunal recoge ese argumento, pero lo
contrasta con lo que Fujimori dijo ese día, en
esa conferencia de prensa. En efecto, cuando le
reclamé por mi secuestro y el robo de mi
computadora, Fujimori me respondió, entre otras
cosas, que sabía que me iban a devolver la
computadora ese día. ¿Cómo lo sabía, si, como
dijo luego, recién se enteraba de mi secuestro?
No sólo eso:
Luego de mi intervención en esa conferencia de
prensa, tomó la palabra el periodista Fernando
Yovera para denunciar el secuestro de sus
hermanos, que fueron capturados por un grupo
dirigido por el coronel Roberto Huamán Azcurra,
mano derecha y cómplice de Montesinos. Huamán
Azcurra buscaba a Fernando Yovera y, al no
encontrarlo, capturó como rehenes a sus
hermanos.
Cuando Yovera
protestó ante Fujimori, éste le contestó que
sabía que sus hermanos estaban a punto de ser
liberados. Si recién se enteraba de esos
arrestos y apremios delictivos, ¿cómo lo
sabía? Y lo peor para él es que aunque
él lo olvidó al hacer la coartada que expresó
en su alegato cada una de sus palabras
quedó filmada y grabada, y fue una de las
múltiples contradicciones señaladas por los
jueces.
Ahora toca, me
temo, hacer algunas reflexiones personales. He
debido ver y analizar este juicio desde la doble
perspectiva de periodista y de agraviado. El
secuestro que sufrí durante el golpe del 5 de
abril de 1992 es uno de los cuatro delitos
por los que Fujimori ha recibido esta sentencia
contundente. A ese evento podría añadir semanas
y meses de amenazas constantes, de peligro
inminente; y luego varios años de lejanía de mi
patria, de lucha cuesta arriba para revelar la
naturaleza criminal de la dictadura entonces en
el poder. No somos muchos los que pasamos por
esas luchas desde el día del golpe hasta el día
siguiente del fax de Japón. Se hizo lo que
había que hacer, pero el costo personal y
familiar fue alto, muy alto.
A la luz de lo
dicho, ¿qué emociones me provoca escuchar la
sentencia? Con toda sinceridad, ninguna emoción
de entusiasmo o de alegría.
Tengo creo
que es evidente un sentimiento de
admiración y respeto por el valor intelectual y
la integridad ciudadana de los jueces. Renueva mi
esperanza en construir un país grande, basado en
la ley, el talento y la verdad.
Pero emociones
de alegría, de sentimiento de vindicación o de
reivindicación, ninguna. Tampoco de contento por
la pena rotunda a la que ha sido sentenciado
Fujimori. No me satisface su sufrimiento y menos
el de su familia. Es más, lo siento por quienes
la integran, que quieren a su padre y sufren por
su suerte. Lamento ese dolor, por cierto, pero la
justicia debe cumplirse. Con humanidad y hasta
con generosidad, como enseñó para siempre
nuestro Gran Almirante en Iquique, pero sin dejar
la firmeza. La ley no castiga aquí abstracciones
sino crímenes sangrientos, atropellos crueles y
aleves, que dejaron lágrimas, dolor y vidas
destruidas más allá de todo consuelo.
Pero así como
esta sentencia es un gran triunfo para nuestra
democracia, debe recibirse también con entereza
republicana. Ni con algarabía ni con
celebración del dolor de los vencidos, sino con
respeto y reconocimiento de su significado; con
agradecimiento al favor del destino y conciencia
de que pese a la razón, el trabajo y la
inteligencia empeñados el resultado
también pudo haber sido diferente. Pero sobre
todo, por el costo que esto tuvo para todos.
Hay, además, un
porcentaje no muy grande pero tampoco
pequeño de peruanos que apoya al
exdictador. Y, salvo los delincuentes entre
ellos, no se trata de someterlos y sojuzgarlos,
sino de convencerlos e incorporarlos, o de
coexistir en la diferencia.
Hace algunas
semanas repetí lo que ya había dicho: que no
quería ni aceptaba indemnización alguna, porque
por lo menos en lo que a mí respecta
no se le cobra a la patria por defender su
libertad. Emergí entero de cuerpo y alma (aunque
no precisamente próspero) de esas luchas, y eso
es más que suficiente.
He visto, sin
embargo, que el tribunal ha acordado una
indemnización de cierto monto para mí. Entiendo
que no puedo rechazarla, así que declaro desde
ya que quiero donar esa suma para el tratamiento
y la rehabilitación de los soldados, sobre todo
el personal de tropa, que sufrió mutilación en
el servicio de la patria, especialmente los
veteranos del Cenepa. Pido que, cuando se lo
tenga, se haga llegar ese dinero al comandante
general del Ejército, para que éste lo entregue
(agradeceré una rendición de cuentas y
supervisión del gasto) al departamento indicado
del Hospital Militar.
¿Sentimientos
finales? Recordarán lo que decía Wellington:
Sólo hay una cosa peor que la victoria y
ésta es la derrota. Cuando se lucha hay
que vencer, pero sin olvidar jamás los costos de
la victoria, y también hacer lo posible para que
ella no degenere en soberbia y se convierta así
en su propia negación.
Cargos contra Alberto
Fujimori por el secuestro del periodista Gustavo
Gorriti
*
Gustavo Gorriti es
periodista peruano, colaborador de la revista Caretas, ganador del Premio María Moors Cabot,
otorgado por la Universidad de Columbia, el
Premio Internacional de Periodismo rey de España
y del premio Libertad de Prensa del Committee to
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