Defensa de
la utopía
Tomás
Eloy Martínez *
Hace
ya casi cuatro décadas, el 1 de enero de
1953, un joven periodista colombiano desembarcó
en Maiquetía, el aeropuerto de Caracas, después
de tres años de escribir en Roma sobre los
ataques de hipo de Pío XII y de terminar los
originales de su segunda novela en el invierno
implacable de París. De la mano de dos colegas
fraternales entró en Caracas, atravesó el
fulgor de las autopistas y se emocionó ante los
reflejos malvas que exhalaba el Ávila en ese
momento del crepúsculo. Antes de que pudiera
disipar los sopores del viaje en avión por el
Atlántico, fue abandonado en una sala de
redacción sin ventanas, iluminada por sucios
tubos de neón, donde un hombre flaco, nervioso,
con anteojos oscuros, daba órdenes frenéticas y
a menudo contradictorias a un par de vascos que
se afanaban sobre una mesa de dibujo.
En
la mitología que cada quien crea para su uso
personal, ése ha sido para mí el instante en
que nació en América Latina lo que se
conocería después como «nuevo periodismo» o
«periodismo literario», y el punto de partida
del moderno periodismo cultural. La sala de
redacción, ubicada en una casa desvencijada de
San Bernardino, pertenecía a la revista semanal Momento.
El joven colombiano se llamaba, como tal vez
ustedes ya lo han adivinado, Gabriel García
Márquez. Uno de los colegas que le había dado
la bienvenida en Maiquetía era Plinio Apuleyo
Mendoza, jefe de redacción de Momento.
Quien estaba con él era su hermana Soledad, que
más tarde en la vida también dirigiría en este
país revistas y suplementos. Aquellos vascos de
la mesa de dibujo se llamaban -me han dicho-
Karmele Leizaola y Paul de Garat. Y al hombre de
anteojos oscuros, Carlos Ramírez MacGregor, se
lo conocía entonces en Caracas como «el loco»,
porque se había echado sobre las espaldas la
irresponsable misión de editar una revista donde
la realidad se parecía a las novelas.
Esa
fundación mítica del periodismo cultural es un
apólogo con tantos significados que aún ahora,
treinta y siete años después, se puede leer
como si fuera una noticia del periódico de
mañana. Primero, porque la época en que
sucedía esa historia coincidía con el
nacimiento de la democracia, que se le había
negado a Venezuela durante todo el siglo -con el
fugaz intervalo de la presidencia de Rómulo
Gallegos-, y que al fin era conquistada con un
alto precio de sangre, torturas, exilios y
cárceles. Y también porque en la redacción de Momento
confluían hombres de otros rincones de la
lengua española, aventados de sus patrias por
las desventuras de la persecución política y de
las guerras.
Las
grandes crónicas de aquellos años fundacionales
nacieron al amparo de una realidad que se iba
creando a medida que se la escribía. Estaba a
punto de secarse el dique de La Mariposa, y en
vez de decirlo así, con esas palabras de
álgebra, García Márquez inventaba a un
personaje que para poder afeitarse en la ciudad
sin agua se mojaba la cara con jugo de duraznos.
Se caía a pedazos la dictadura de Marcos Pérez
Jiménez, y para no contar la historia como en
los telegramas de las agencias de noticias, el
joven narrador de La hojarasca explicaba
que, a los hombres de la resistencia, «los días
les estaban quedando cortos». Enriquecido por un
lenguaje de novela, transfigurado en literatura,
el periodismo desplegaba ante los ojos del lector
una realidad aún más viva que la del cine. Todo
parecía tan nuevo como si, al cabo de un largo
olvido, las cosas pudieran ser nombradas por
primera vez. ¿De dónde sino de ese instante
salió el afán de ir inscribiendo el nombre
verdadero de los objetos y las funciones para las
que sirven, como se lee en Cien años de
soledad?
Si
aquellas crónicas revolucionarias fluyeron con
naturalidad en la Caracas tempestuosa e incierta
de 1958 fue porque había una larga tradición
que la hizo posible. El terreno había sido antes
fecundado por José Martí en sus escritos para La
Opinión Nacional durante los años de
Guzmán Blanco, por los estremecedores relatos de
Canudos que Euclides da Cunha compiló en Os
Sertoés, por los cronistas apasionados del
modernismo -Rubén Darío, Manuel Gutiérrez
Nájera, Julián del Casal- y por los escritores
testigos de la Revolución Mexicana. A esa
tradición se incorporaron más tarde los
reportajes políticos que César Vallejo
escribió para la revista Germinal, las
reseñas sobre cine y libros de Jorge Luis
Borges, los aguafuertes de Roberto Arlt, los
medallones literarios de Alfonso Reyes en La
Pluma, los editoriales de Augusto Roa Bastos
en El País de Asunción, los cables
delirantes que Juan Carlos Onetti escribía para
la agencia Reuter, las minuciosas columnas
barrocas de Alejo Carpentier y las crónicas
sociales del mexicano Salvador Novo.
Todos,
absolutamente todos los grandes escritores de
América Latina fueron alguna vez periodistas. Y
a la inversa: casi todos los grandes periodistas
se convirtieron, tarde o temprano, en grandes
escritores. Esa mutua fecundación fue posible
porque, para los escritores verdaderos, el
periodismo nunca fue un mero modo de ganarse
la vida sino un recurso providencial para ganar
la vida. En cada una de sus crónicas, aun en
aquellas que nacieron bajo el apremio de las
horas de cierre, los maestros de la literatura
latinoamericana comprometieron el propio ser tan
a fondo como en el más decisivo de sus libros.
Sabían que, si traicionaban a la palabra hasta
en el más anónimo de los boletines de prensa,
estaban traicionando lo mejor de sí mismos. Un
hombre no puede dividirse entre el poeta que
busca la expresión justa de nueve a doce de la
noche y el gacetillero indolente que deja caer
las palabras sobre las mesas de redacción como
si fueran granos de maíz. El compromiso con la
palabra es a tiempo completo, a vida completa.
Puede que un periodista convencional no lo piense
así. Pero un periodista de veras no tiene otra
salida que pensar así. El periodismo no es algo
que uno se pone encima a la hora de ir al
trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que
respira y ama con nuestras mismas vísceras y
nuestros mismos sentimientos.
Aunque
los Estados Unidos han reivindicado para sí la
invención o el descubrimiento del periodismo
literario, de las factions o de
las «novelas de la vida real», como suelen
denominarse allí los escritos de Truman Capote,
Norman Mailer y Joan Didion, es en América
Latina donde nació el género y donde alcanzó
su genuina grandeza.
El
periodismo encuentra su sistema actual de
representación y la verdad de su lenguaje en el
momento en que se impone una nueva ética. Según
esa ética, el periodista no es un agente pasivo
que observa la realidad y la comunica; no es una
mera polea de transmisión entre las fuentes y el
lector sino, ante todo, una voz a través de la
cual se puede pensar la realidad, reconocer las
emociones y las tensiones secretas de la
realidad, entender el por qué y el para qué y
el cómo de las cosas con el deslumbramiento de
quien las está viendo por primera vez.
Siempre
que las sociedades han estado a punto de cambiar
de piel, los primeros síntomas de ese cambio han
aparecido en la cultura. Piénsese en las
canciones de los Beatles o en las novelas «del
camino» de Jack Kerouac y se encontrará
prefiguradas en ellas la rebeldía, la avidez
mística y el heroísmo anárquico de las dos
décadas que siguieron. Piénsese en la soledad
escéptica de los personajes que aparecen en las
novelas que Raymond Carver o Paul Auster
escribieron en los años 80 y se obtendrá un
retrato cabal de las reivindicaciones
capitalistas de este final de siglo. En la
cultura es posible descubrir los modelos de
realidad que se avecinan y que aún no han sido
formulados de manera consiente.
Imagínense
cuánta responsabilidad entraña dar cuenta de
eso. No sería posible cumplir cabalmente con
semejante misión si cada quien, ante la hoja o
la pantalla en blanco, no se repitiera una vez y
otra: «Lo que escribo es lo que soy, y si no soy
fiel a mi mismo no puedo ser fiel a quienes me
lean». Sólo de esa fidelidad nace la verdad,
aunque de esa verdad nacen siempre los riesgos.
Estos
son tiempos de dispersión y de desencuentro para
la cultura de América Latina. El continente que
hasta hace apenas un cuarto de siglo parecía
férreamente unido exhibe ahora graves signos de
intolerancia e incomunicación. Desde la
metrópoli nos anunciaron que había llegado el
fin de la historia -lo que también significa el
fin de las utopías- y nos vaticinaron una era de
bonanza bajo el modelo triunfante del
neoliberalismo. La mayoría de nuestros gobiernos
democráticos han aceptado ese credo, con la
certeza de que las miserias actuales afrontadas
por los pueblos latinoamericanos serán
compensadas por las abundancias del futuro.
«Para que haya menos pobres es necesario que,
antes, los ricos sean mucho más ricos», afirma
la doctrina neoliberal. Ese mandato de
resignación se asemeja al de las religiones
fatalistas: «Para entrar en el reino de los
cielos es necesario ser antes humillado y
ofendido». Los vaticinios han sido errados, no
porque nuestros pueblos sean impacientes o
insensatos, sino porque la resignación termina
donde empieza la voluntad de sobrevivir.
Es
en el orden de la cultura donde el neoliberalismo
ha resultado más pernicioso en América Latina.
Esperábamos que las consignas de libertad
sirvieran para derribar muros, fronteras, y para
fortalecer la unidad de nuestras naciones a la
sombra de un proyecto de bien común. Por lo
contrario, estamos más divididos que nunca:
hemos dejado de leernos los unos a los otros,
porque las incesantes convulsiones de la realidad
y la necesidad imperiosa de sobrevivir en un
afuera siempre hostil nos consumen las energías
y los sueños. Hemos dejado de vernos, de
oírnos, de conocernos. El modelo neoliberal ha
tornado tan alto el precio de cualquier
conocimiento que todo lo que podríamos ser se
nos escapa de las manos día tras día. Se han
acentuado los nacionalismos, los regionalismos,
los fanatismos y todas esas odiosas vallas que
tanto empobrecen la condición humana. Somos más
débiles como naciones, porque ya no podemos
negociar unidos con los poderes de las
metrópolis, sino que debemos hacer todo por
separado y a espaldas los unos de los otros.
Hubo
momentos de la historia en que América Latina
alzó la voz como si su inteligencia, sus
emociones y su lengua fueran una sola. Cada vez
que el continente podía hablar al unísono,
despuntaba en la cultura una nueva edad de oro.
Sucedió en las décadas de lucha por la
Independencia. Sucedió en los años del primer
centenario de las revoluciones nacionales (que
fueron también los años de la revolución
mexicana), cuando los grandes poetas de América
acudían a Buenos Aires para celebrar la
inminente grandeza de nuestras naciones; también
sucedió en los años 60, cuando la revolución
cubana nos encendió el espíritu y La Habana se
convirtió en el viento que parecía poner fin a
todas las mordazas de la inteligencia. Y
también, aunque de un modo más desordenado y
clandestino, sucedió en los aciagos 70, cuando
las dictaduras militares arrojaron su sombra
sobre todos nosotros y sólo la conciencia de que
estábamos juntos nos ayudaba a resistir.
Una
de las secretas fuerzas del periodismo de buena
ley es su capacidad para fortalecerse en la
adversidad, para soslayar las censuras y las
mordazas, para cantar cuatro verdades y seguir
siendo incorruptible e insumisa cuando a su
alrededor todos callan, se someten y se
corrompen. Se han probado ya las más diversas
armas para acallar su voz incómoda: se lo ha
reprimido con la prisión, con el cepo, con la
hoguera; se lo ha tratado de espantar con bombas
a medianoche y asesinatos en el resguardo de las
redacciones; se han probado el soborno, la
seducción de los premios y de los honores, el
hospicio, las amenazas de muerte, el exilio, sin
conseguir que el periodismo sepulte o domestique
sus verdades. Una de las últimas estrategias del
Poder fue simular indiferencia. Cada vez que el
periodismo alzaba su voz, el Poder no oía. La
sordera, los desaparecidos y la simulación de
ignorancia ante los crímenes del Estado fueron
las grandes contribuciones de las dictaduras
militares del Cono Sur a la historia política.
Cuando el Poder se declara iletrado, cuando el
Poder no lee, la escritura no lo lastima. Algunas
democracias neoliberales han asimilado esa
lección.
Hasta
hace cuatro décadas, las páginas culturales
eran el único espacio de libertad en los medios.
Los empresarios menos conformistas acuñaron por
entonces un precepto que pronto se convirtió en
patrón de conducta: según esa regla de oro, los
periódicos debían ser independientes en sus
informaciones políticas y conservadores en las
secciones económicas. Con la cultura se podía
ser osado, utópico, rebelde o «de izquierda»,
como solía decirse entonces. A la cultura nadie
le prestaba demasiada atención. La cultura era
la loca de la casa.
El
advenimiento de la revolución cubana alteró
esos códigos de comportamiento, porque la
cultura comenzó a convertirse en un espacio
incontrolable de debate político. En el siglo
XIX, el Poder podía enmendar o tomar a la ligera
los testimonios del periodista. Un ejemplo
memorable de ese desdén fue la actitud que
asumió el editor del diario La Nación de
Buenos Aires, Bartolomé Mitre, cuando José
Martí envió desde Estados unidos una crónica
sobre las elecciones presidenciales de 1880. Como
lo que Martí relataba era un proceso
democrático, Mitre neutralizó la información
con un título que la negaba como verdad:
«Narraciones fantásticas». Inseguro de la
eficacia de su advertencia, añadió esta
aclaraci6n: «Martí ha querido darnos una prueba
del poder creador de su privilegiada imaginación
enviándonos una fantasía que, por lo ingenioso
del animado y pintoresco del desarrollo
escénico, se impone al interés del lector.
Solamente a José Martí, el escritor original y
siempre nuevo, podría ocurrírsele pintar a un
pueblo, en los días adelantados que alcanzamos,
entregado a las ridículas funciones
electorales...»
En
la segunda mitad de este siglo, en cambio, la
amplitud y celeridad de los mecanismos
informativos impidió que los textos quedaran
sometidos a las manipulaciones que padeció
Martí. Los escritores entablaron un diálogo de
igual a igual con el Poder, y las crónicas de
los corresponsales-escritores dejaron de tener la
función inocua e inofensiva que se les había
adjudicado.
Hacia
atrás, a lo largo de todo el pasado, el Poder
había podido imponer su voluntad impunemente. La
escritura de la historia era, en última
instancia, la escritura del Poder. Cuando la
escritura transgredía las conveniencias del
Poder, se la suprimía, se la vetaba, se la
silenciaba. A sor Juana Inés de la Cruz le
vetaron el saber y el decir. Se lo vetaron por
mujer, porque una mujer no podía saber. Y se lo
vetaron por monja, porque una monja no tenía
derecho a decir. A fray Servando Teresa de Mier
le prohibieron los sermones y a Simón Rodríguez
le censuraron las enseñanzas porque en ambos las
palabras eran como una llama sin freno: quemaban
todo lo que tocaban. Se les llamó locos, porque
la transgresi6n y el coraje han sido siempre para
el Poder lenguajes de locura, como bien lo
supieron las Madres de la Plaza de Mayo -«las
locas»- cada vez que alzaron la voz.
No
bien la escritura se dio cuenta de que podía
entablar un diálogo de igual con el Poder, se
multiplicaron las estrategias para cerrarle el
camino. En un libro memorable, Idea de la
Historia, el filósofo inglés Robin George
Collingwood advirtió que «sólo lo que se
escribe es histórico», sólo lo que ha sido
escrito permanece. En el pasado, bastaba con
prohibir o excomulgar: la amenaza del patíbulo
garantizaba el silencio de los insumisos. Pero
ahora, ¿qué podía hacer el Poder? Se
imaginaron diversos recursos: las asfixias
económicas, los vetos publicitarios, la
suspensión, el cierre o la mera compra de los
medios, las coimas, mordidas o palangres, las
ofertas de cargos públicos, para citar sólo
aquellos recursos que parecen más civilizados.
Una forma sutil y sinuosa de neutralizar el vigor
de la palabra fue apagar ese vigor desde su
propio nacimiento. Para lograrlo, se incitó al
escritor a que descuidara su instrumento. A un
escritor que desafina nadie lo lee.
En
los tiempos en que Collingwood publicó su Idea
de la historia se dividieron las aguas de la
inteligencia. Algunos creadores se declararon
impotentes ante la barbarie del poder y partieron
al exilio, para salvar la dignidad o, en los
casos extremos, para salvar la vida. Es el camino
que emprendieron Thomas Mann, Fritz Lang, Bela
Bartok, Hermann Broch. Otros inclinaron la cerviz
y se entregaron, como parece haber sucedido con
Heidegger y con Richard Strauss. Otros supusieron
erradamente que debían sacrificar lo que
pensaban o callar lo que veían en nombre de un
proyecto político superior. A esa tentación
cedieron miles de los mejores intelectuales de
Occidente, seducidos por los espejismos del
«padrecito Stalin», con excepciones tan
honrosas y singulares como la de André Gide. Se
creía entonces que era preciso callar en nombre
de cierta conveniencia política, de cierto
futuro, sin advertir que no hay modo más brutal
de enajenar el propio futuro que el silencio,
puesto que el silencio siempre acaba
convirtiéndose en complicidad.
Es
verdad que, en algunos casos, la brutalidad del
Poder impone la retórica excluyente del
silencio. Para poder hablar después hay
que sobrevivir ahora. Ésa fue la desgarradora
alternativa que afrontaron los internados de los
campos de concentración, donde quiera existieron
esos campos: en Auschwitz, en la isla Dawson, en
las «peceras» de Buenos Aires. ¿Enfrentarse al
Poder con la certeza de la derrota o fingir
resignación ante el Poder para dar luego
testimonio de la ignominia? Pero cuando el
silencio dura demasiado tiempo, la palabra corre
el riesgo de contaminarse, de volverse cómplice.
Para hablar hace falta valor, y para tener valor
hace falta tener valores. Sin valores, más vale
callar.
Hace
poco más de diez años, a medida que se iba
reconquistando la democracia en Brasil, Uruguay,
Argentina, Chile o Bolivia, algunos periodistas
pensaron que debían callar los errores de la
democracia porque la sombra de las dictaduras
militares todavía se alzaba en el horizonte y
señalar los tropiezos de algo por lo que tanto
se había luchado y que era tan fresco aún, tan
inmaduro, equivalía a una traición. Para cuidar
la democracia, se pensaba, era preciso disimular
los pasos en falso de la democracia. Y sin
embargo, nada es menos democrático que callar.
¿Qué sentido tendría proteger a la democracia
privándola de su razón de ser: la libertad de
pensar, de expresar, de saber? ¿Para qué
queremos la democracia si no nos atrevemos a
vivirla?
Hay
que cuidar las formas, me repetía un jefe de
redacción en el diario donde me inicié cuando
era adolescente. Hay que conciliar, me decía,
hay que entender el juego del Poder. Esa fue la
primera enseñanza contra la cual me sublevé.
Siempre he pensado (y éste es un tema para
discutir largamente) que el periodismo no tiene
sino dos formas que cuidar: la de su herramienta
-el lenguaje- y la de su ética, que no responde
a otro interés que el de la verdad. No tiene por
qué conciliar, con nada ni con nadie. Su misión
es en eso idéntica a la del artista: revelar los
abismos y las luces más secretos del hombre,
agitar las aguas, estimular la imaginación,
provocar el cambio, luchar sin sosiego para que
las perezas y los conformismos que adormecen la
inteligencia sean derribadas con el mismo
estrépito liberador que hace tres milenios hizo
caer las murallas de Jericó.
Si
el periodista concilia, si transa con el Poder,
si se vuelve cómplice de la mentira y de la
injusticia, no sólo está traicionándose a sí
mismo. Traiciona, sobre todo, la fe que el lector
ha puesto en él, y con eso destroza el mejor
argumento de su legitimidad y el único escudo de
su fortaleza.
Entre
la misión del artista y la del periodista hay,
sin embargo, una diferencia esencial: la
naturaleza del diálogo que cada uno de ellos
establece con el público. Para el artista, crear
pensando sólo en el éxito es algo suicida,
porque cuando el arte trata de satisfacer a todo
el mundo termina por no satisfacer a nadie. El
diálogo entre la obra de arte y el público nace
sólo cuando la obra ya está terminada. Hasta
ese momento, nada debe contar para el artista: ni
la música de los aplausos ni los halagos de lo
que está de moda. Lo único que importa en el
momento de la creación es la fidelidad del
artista a lo que él es.
El
periodista, en cambio, está obligado a pensar
todo el tiempo en su lector, porque si no supiera
cómo es ese lector, ¿de qué manera podría
responder a sus preguntas? En el periodista,
entonces, hay una alianza de fidelidades:
fidelidad a la propia conciencia, fidelidad al
lector y fidelidad a la verdad. El lector es
siempre un factor mucho más activo y exigente de
lo que algunos empresarios suelen suponer. A la
avidez de conocimiento del lector no se la sacia
con el escándalo sino con la investigación
honesta, no se le aplaca con golpes de efecto
sino con la narración de cada hecho dentro de su
contexto y de sus antecedentes. Al lector no se
lo distrae con fuegos de artificio o con
denuncias estrepitosas que se desvanecen al día
siguiente, sino que se lo respeta con la
información precisa. Cada vez que un periodista
arroja leña en el fuego fatuo del escándalo
está apagando con cenizas el fuego genuino de la
información. El periodismo no es un circo para
exhibirse, sino un instrumento para pensar, para
crear, para ayudar al hombre en su eterno combate
por una vida más digna y menos injusta.
Porque,
a semejanza del artista, el periodista es
también un productor de pensamiento. En este fin
de siglo neoliberal tan orgulloso de sus
certezas, tan convencido de que ya hemos llegado
al «fin de la historia», la cultura tiene la
misión de ver la realidad como una enorme
interrogación, como una perpetua duda, y de
imaginar el futuro como una incesante utopía. El
hombre se ha movido en las oscuridades de la
historia a golpes de utopía, y la utopía es lo
que ha permitido al hombre seguir teniendo fe en
la historia.
En
casi cada país de América Latina que he
visitado me dicen que estos son los tiempos más
difíciles que se han vivido. ¿Alguna vez, sin
embargo, nuestros tiempos han sido de otro modo?
Los tiempos difíciles suelen ser aquéllos en
que uno se formula las preguntas importantes y en
que, para sobrevivir, necesita contestar a esas
preguntas lo antes posible. Cuando Atenas produjo
las bases de la civilización, afrontaba
conflictos políticos y padecía a líderes
demagógicos semejantes a muchos de los que hoy
se ven por estas latitudes. Y sin embargo,
Aristóteles imaginó las premisas de la
democracia a partir de los rasgos que tenía
entonces Atenas. En el siglo XVII nadie podía
imaginar tampoco hacia dónde se encaminaba
Inglaterra. Se sucedían las guerras de religión
y de conquista, los reyes iban y venían del
cadalso, pero del magma de esas convulsiones
brotaron las grandes preguntas de la modernidad y
las geniales respuestas de Locke, de Hume, de
Francis Bacon, de Newton, de Leibniz y de
Berkeley. Del caos de aquellos años nacieron las
luces de los tres siglos siguientes.
Algo
semejante está sucediendo ahora en América
Latina. Cuando más afuera de la historia
parecemos, más sumidos estamos -sin embargo- en
el corazón mismo de los grandes procesos de
cambio. En tanto periodistas, en tanto
intelectuales, nuestro papel, como siempre, es el
de testigos. Somos testigos privilegiados. Por
eso es tan importante conservar la calma y abrir
los ojos: porque somos los sismógrafos de un
temblor cuya fuerza viene de los pueblos.
Hacia
dónde nos están llevando los vientos de la
historia es algo difícil de ver o predecir
ahora. Sólo sé que en este confuso filo del
milenio, tenemos que ponernos a pensar juntos. Es
preciso renovar las utopías que languidecen en
el cansado corazón del hombre. Una de las peores
afrentas a la inteligencia humana es que sigamos
siendo incapaces en la libertad y en la justicia.
No me resigno a que se hable de libertad
afirmando que para tenerla debemos sacrificar la
justicia, ni que se prometa justicia admitiendo
que para alcanzarla hay que amordazar la
libertad. El hombre, que ha encontrado respuesta
para los más complejos enigmas de la naturaleza,
no puede fracasar ante ese problema de sentido
común.
Ya
que fue cerca de aquí, en Caracas, donde el
periodismo latinoamericano tomó conciencia por
primera vez, hace treinta y siete años, de que
podíamos narrar el mundo a nuestra manera, con
un lenguaje que no se parecía a ningún otro, me
parece justo que sea aquí, en Cartagena (donde
al fin de cuentas empezó esa historia), donde
afirmemos nuestro derecho a reclamar un mundo que
no se parezca a ningún otro, y que pongamos
nuestra palabra de pie para ayudar a crearlo.
*
Tomás Eloy Martínez es periodista y escritor argentino,
recientemente galardonado con el Premio Ortega y Gasset
de Periodismo a la
trayectoria profesional. Su última novela es Purgatorio.
Este es su discurso en el Taller-Seminario:
Situaciones de crisis en medios
impresos, impartido en Colombia a
mediados de marzo de 1996, y que durante algún
tiempo estuvo disponible en el sitio de la
Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.
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