Acceso a la
información pública,
un poderoso instrumento de formalización del
Estado
Benjamín
Fernández Bogado *
Varios
son los argumentos que se esgrimen en algunos
países, como el Paraguay, para rechazar el
acceso del ciudadano a la información pública,
que es parte de su patrimonio. Pero de las cosas
en las que menos se repara es el desorden con que
los papeles y documentos, o la memoria pública
en particular, está estructurada. A veces de
exprofeso para evitar responder a requisitorias
privadas o judiciales, y en otras sencillamente
porque la construcción del Estado
latinoamericano sigue siendo una materia
pendiente por falta de cualificación
profesional, por un lado, y ausencia de voluntad
política, por la otra.
Vemos claramente
que la memoria no es posible desarrollarla en el
desorden y para ello basta echar una mirada a la
condición en que se encuentran nuestros archivos
públicos nacionales, la mayoría de ellos sin
recursos económicos ni profesionales para
realizar la tarea de ordenar, clasificar y
facilitar el acceso a la información por parte
del ciudadano. Se esgrimen argumentos como los
altos costos de dicha tarea, que ahora inclusive
con los adelantos tecnológicos a mano siguen
siendo elementos centrales a la hora de no
realizar la organización que requieren los
documentos que se producen diariamente en todos
los estamentos públicos. Una muestra de cómo la
evolución técnica no sirvió de mucho es el
hecho de que Paraguay tenga la mayor cantidad de
computadoras por funcionarios públicos en la
región, pero este ordenador funciona con la
voluntad de una persona que la sepa utilizar
correctamente y con una formulación de política
pública que haga que el mismo sea de uso
obligatorio, sistema y en una proforma fácil y
accesible.
La experiencia
mexicana que ha reconvertido su
antigua cárcel de Lecumberri en Ciudad de
México en Archivo Nacional es una prueba elocuente
de que, ante la ausencia de una ley de archivos y
la falta de voluntad del Estado para organizarse,
todo ese cúmulo de información que se genera
pasa a formar parte de un repositorio inerme,
donde gran parte de la memoria de ese país no
logra organizarse ni servir para propósitos que
logren mejorar la eficacia del Estado en su
relación interna y externa. De ahí que una ley
de acceso a la información pública en el
Paraguay forzará al estado a organizarse y
promoverá la memoria como parte de un legado que
una administración que sale entrega a la otra
que ingresa, sin que tenga que repetirse en los
mismos errores, sino aprovechando en forma
positiva las experiencias que en esa dirección
se hayan dado. Es lamentable observar que la
ineficacia del estado ante el ciudadano sea uno
de los aspectos más criticados de nuestras
democracias. La mala calidad del servicio
público y la falta de una sistematización en la
recepción, organización y archivo de los miles
de documentos públicos que son generados
diariamente nos muestra de manera elocuente como
los estados latinoamericanos siguen repitiendo
sus errores y promoviendo la figura trágico de
Sísifo, quien levantaba una roca de día que se
desplazada desde la altura de noche... una y otra
vez como prueba elocuente de la ausencia de una
política administrativa del Estado que lleve a
ordenar la casa en beneficio de su propia
supervivencia y de la de los ciudadanos a quienes
servir.
Muchas veces no
es sólo la ausencia de voluntad para no hacer
cumplir lo que manda el artículo 28 de la
Constitución Nacional, sino el desorden con que
los documentos se encuentran dispersos en las
oficinas y anaqueles públicos. Con cierta
frecuencia la prensa suele informar de papeles
que fueron consumidos por las ratas, otras
víctimas del fuego o la inundación deliberada
en un séptimo piso, pero en todas lo que
claramente se visualiza es la ausencia de una
política de preservación de la memoria que
resulta tan trascendente como la prolongación
efectiva de la gestión del Estado. No será
posible incluso con una ley de acceso a la
información pública acceder a documentos que
sean solicitados por los ciudadanos si no pasamos
antes una ley de archivo que fuerce de manera
mandatorio la organización del Estado en todas y
cada una de sus reparticiones. Lo que tenemos en
la actualidad es un desorden organizado de tal
manera que no se pueda jamás acceder a
documentos valiosos que puedan permitir tomar
decisiones correctas en campos específicos, como
aquellos relacionados al reclamo ciudadano más
básico.
El 16 de julio
de 2008, el tribunal de apelación en lo civil y
comercial, quinta sala de Asunción, integrado
por los magistrados Linneo Ynsfran, Fremiort
Ortiz Pierpaoli y Carmelo Castiglioni, rechazaron
la petición de un ciudadano del municipio de San
Lorenzo, cercano a Asunción, que requería
conocer la nómina de los funcionarios nombrados
y contratados con sus salarios respectivos,
argumentado la sala que esos informes eran
privados y por lo tanto no deberían ser dados a
conocer por la municipalidad respectiva. Este
fallo aberrante, que cubre de ignominia a la
justicia paraguaya, es signo claro que si esos
mismos magistrados hubieran accedido de manera
fácil y ordenada al fallo de la jueza
Buongermini en un caso similar, pero que afectaba
a un ciudadano de Lambaré, la institución
judicial hubiera echado mano a la jurisprudencia
para dictar un fallo no sólo acorde al mandato
del articulo 28, sino al sentido común que guía
fundamentalmente las acciones de cualquier
órgano del Estado. Este es un caso de desorden,
desconocimiento, chapucería, desmemoria o falta
de coordinación que afectó directamente a un
ciudadano de nombre José Daniel Vargas Telles,
que no pudo ejercer su rol de contribuyente y el
mandante de los empleados de su municipio
accediendo a una información que, por su
carácter de pública, debiera estar en una
página web para conocimiento de todos, como lo
hace cualquier repartición pública que se
defina como democrática.
Democracia
lejana
El nivel de
secrecía con que el Estado aún pretende manejar
la relación con sus mandantes no sólo irrita,
sino que desacredita a la democracia. La falta de
entusiasmo en ella de parte de muchos es
sencillamente porque carecen de información que
les permita participar de la discusión pública
de manera más profunda y razonada. Pareciera que
el Estado disfrutara que la prensa y la opinión
pública deliberen sobre cuestiones baladíes
ante la ausencia de mecanismos que permitan,
tanto a la prensa como al ciudadano, hurgar en
informaciones y datos para la toma de conciencia
sobre un tópico determinado, lo que serviría
finalmente para que el Estado mismo se
perfeccione en su actuar y sirva al ciudadano
como es su deber y función. No sería por lo
tanto descartable pensar que exista una verdadera
actitud hacia el desorden administrativo de forma
a tener a mano una coartada simple y efectiva
para no responder a los reclamos que se hagan en
torno a temas o personas que hacen parte de la
tarea administrativa del Estado. Si no es posible
acceder por cuestiones de "preservar la
intimidad de las personas", en el caso de
sus salarios y puestos, ¿cómo sería la actitud
de los administradores sobre cuestiones tan
puntuales que hacen al gasto de los fondos
públicos en cuestiones especificas? La respuesta
es obvia: si lo sencillo no quiere darse, lo
complejo tendrá siempre la excusa que los
papeles se han extraviado o que no están
disponibles por falta de recursos que permitan
clasificarlos y ordenarlos.
Una ley de
archivos con una ley de acceso a la información
pública servirá para profesionalizar la labor
del Estado en su relación con las personas a las
que sirven. Se evitaran burocracias costosas,
ineficientes y corruptas que sólo crean
dificultades para vender facilidades, y podrá el
ciudadano desde la comodidad de su casa con un ordenador enfrente acceder a la
información requerida para que su participación
en el debate ciudadano sea sobre la base de notas
y apuntes oficiales, y no oficiosos y basados en
chismes o rumores que muchas veces la prensa
publica ante la dificultad de acceder a
información cierta, precisa y de fácil acceso
que pudiera elevar la calidad de la nota
periodística y consecuentemente dar una mayor
densidad al debate público que en democracia
permite corregir errores y evitar la reiteración
de los mismos.
Pensar en estos
dos aspectos resulta por lo tanto urgente y
necesario, es preciso ordenar la casa común, el
Estado, un ente administrador que tiene desafíos
complejos y demandas urgentes que no puede
responder por incapacidad o por falta de datos
que les permita tomar decisiones correctas. Si a
esto sumamos el costo que tiene la ineficacia del
Estado y el nivel de crispación y desaliento que
genera un Estado desorganizado y cruel en muchos
de los casos, la conclusión lógica es que la
sociedad en su conjunto ha permitido que la
nación jurídicamente organizada no pase de ser
una declamación en los papeles, pero muy
distante en la práctica.
Organizar
el Estado
La suma de
demandas que hoy tiene la administración
pública y la rapidez con que se exige de ella
respuestas efectivas debe imponer necesariamente
la organización de archivos fáciles de acceder,
y con ello responder a las demandas que la
sociedad reclame de ella. La tendencia es que
cada vez mayor cantidad de ciudadanos educados
podrá acceder a métodos electrónicos, que los
mismos tienden a crecer exponencialmente en el
mundo y que los estados organizados con aquellos
que promueven en su comportamiento ciudadanos
iguales que articulan eficientemente desde el
pago de sus impuestos hasta el reclamo de
información o documentos sin tener que exponerse
a largos y tortuosos caminos que exasperan a los
que pretenden vivir en la formalidad y en el
orden. Un Estado democrático, por su propia
supervivencia, necesita ser transparente y
eficaz, y ello no será posible si no organizamos
la labor de los distintos ámbitos del quehacer
público. Un Estado ordenado promueve la
previsibilidad en su accionar y desalienta
la corrupción a su paso. Si el Paraguay
pretende ingresar en una época donde la
democracia sea un sistema que se perfeccione con
la participación de todos, es imperioso que
primero organice sus archivos y luego promueva
sin temores el acceso de los ciudadanos a toda
información pública que el ciudadano requiera
para tomar decisiones correctas o simplemente
para participar con argumentos del debate sobre
tópicos particulares de su interés. Ante la
ausencia de estos elementos, tenemos una
democracia que se recrea en hechos
intrascendentes, en peleas sobre nombres o
actitudes, pero no sobre hechos o argumentos que
permitan conocer claramente por qué el Estado no
ha sido capaz de enfrentar con éxito la
corrupción, la pobreza o la inseguridad. No
es lo mismo que le fijen a uno la agenda sobre la
que discutir estas cuestiones, que cada uno pueda
acceder a toda información que le permita desde
cerrar un negocio privado con alguien en
particular hasta escoger a personas que no tengan
cuentas pendientes con la justicia para el
ejercicio de un cargo determinado.
Organizar el
Estado es otro aspecto poco enfocado por quienes
promueven leyes de acceso a la información
pública en el mundo, pero subyace como un valor
intrínseco que requiere una mirada no solo
jurídica sino de mentalidad desde y hacia la
propia estructura del Estado. No es casualidad en
el mundo que naciones organizadas y transparentes
como las escandinavas marchen adelante en
desarrollo y prosperidad, y que naciones
desorganizadas y caóticas además de opacas y
secretas sean aquellas donde el
subdesarrollo se haya afincado de manera profunda
en su vida cotidiana y en su relación
interpersonal. El impacto de un Estado que se
organiza llegará todos los estadios ciudadanos,
impactará sobre organizaciones cívicas y
gremiales y repercutirá en una actitud más
abierta y transparente en toda relación
interpersonal e incluso comercial. En este caos
en que se debate la estructura estatal, es poco
probable incluso que con una ley de acceso a la
información pública pueda responderse la
requisitoria del ciudadano. Esta actitud desde el
Estado también mostrará el grado de compromiso
que tienen los funcionarios de mejorar su
relación con sus mandantes y el valor que
asignan a la memoria como factor que permite
corregir errores, aprender de experiencias
exitosas profundizándolas o descartar aquellas
que han perjudicado al pais en su conjunto.
Un factor por lo
tanto valioso, que contribuye el acceso a la
información pública, es pensar en la necesaria
y urgente tarea de organizar el Estado con una
ley de archivos que debería ser anterior a una
ley de acceso a la información pública o
concomitante con ella. Muchas veces los pretextos
y resistencias a una norma que garantice el
acceso a la información pública se dan por
graves desarreglos al interior de las
instituciones públicas que promueven con ese
comportamiento el ambiente propicio para que la
corrupción prospere y se desarrolle.
Hacer
que pase algo
No es casual en
nuestro continente leer noticias donde las
controlarías que investigan con dos años de
atraso las instituciones del Estado, resalten los
robos y hechos de corrupción en el día a día
de la gestión pública. Si tuviéramos
transparencia y orden, la ciudadanía podría
convertirse en contralora cotidiana de esa
gestión, evitando tener que asombrarse de manera
diaria sobre hechos sobre los cuales lo único
que queda es la acción judicial larga y
farragosa de sanción y de recuperación de lo
malversado. Y eso constituye un fracaso del
sistema democrático. Un programa de
organización del estado de sus reparticiones con
una ley de archivos clara y fácil de
implementarse, puede significar un gran cambio en
el concepto de secrecía y opacidad que rodea a
los estados latinoamericanos.
El impacto, como
afirmamos, no será sólo sentido en la relación
con el ciudadano, sino permitirá en países como
los nuestros centralizados y
construidos sobre la imagen de los gobiernos tener una percepción
más clara sobre el orden y la administración
celosa de los recursos del Estado. Por lo tanto,
un hecho importante en el acceso a la
información es la necesidad de organizar la
administración pública, permitiendo con ello
proyectar un nuevo compromiso moderno y
profesional en la relación de los órganos
estatales con el ciudadano.
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Benjamín Fernández Bogado es director de Radio Libre y colborador de SdP. Actualmente es Knight International
Journalism Fellow en la
ciudad de México.
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