Políticas
de la comunicación y la cultura:
claves de la investigación
Jesús
Martín Barbero *
Antes
de abordar algunas claves de investigación
tanto para los estudios del campo de la
comunicación como para los estudios del campo de
la cultura, y frente a un tema doblemente
estratégico como es, por un lado, la crisis que
sufren las políticas públicas en general con
las múltiples formas de desmantelamiento de lo
público y, por el otro, la dimensión
estratégica de pensar juntos comunicación y
culturas, me gustaría poner un poco de distancia
para hablar de la profunda crisis que sufre lo
político.
¿Qué
está pasando en la política?
Desde hace
algún tiempo la política se fue vaciando de
ideología y terminó desprendiéndose de lo que
Paul Ricoeur llamó densidad
simbólica. Es decir, la política es cada
vez menos aquello que nos congrega, que nos
convoca o que nos hace sentir juntos, para
convertirse más bien en una maquinaria electoral
que, además, no tiene ningún compromiso entre
lo que promete y lo que cumple. Realmente estoy
tentado a pensar que la política actualmente
sufre el proceso inverso al que ha sufrido la
tecnología; si a lo largo de la historia la
tecnología apareció siempre como puro
instrumento, aparato o máquina en donde,
como diría Heidegger, no había preguntas y nada
que pensar, hoy la técnica se ha ido
llenando cada vez más de densidad simbólica y
cultural, mientras que la política se ha ido
pervirtiendo y vaciando radicalmente de esa
densidad simbólica.
Actualmente una
red en Internet nos convoca y nos hace sentir
más juntos que muchos de los mensajes de los
políticos. De hecho, uno de los últimos
acontecimientos políticos de España fue el pásalo;
aquellos adolescentes de Madrid que el 13 de
marzo, poco antes de las elecciones generales de
2004, incitaron a la gente a reunirse a las seis
de la tarde en la calle Génova, número 13
sede del Partido Popular, y llegaron
a juntar a más de 30.000 personas; y en
Barcelona un poco más tarde lo hicieron otras
20.000 personas, y en Bilbao otras más. Es
decir, si hay un acontecimiento político hoy en
día es el hecho de que unos adolescentes, a
través de teléfonos móviles y de Internet,
logren sacar a la gente a la calle contra la
perversidad de la mentira que el PP fabricó
sobre quiénes eran los autores de la masacre del
11 de marzo de 2004 en los trenes de Madrid.
A partir de
aquí se podrían plantear dos preguntas
relacionadas con nuestro punto de partida: por un
lado, ¿cómo investigar las políticas de la
comunicación y la cultura sin toparnos con lo
que está pasando en la política? y, por el otro
ámbito estratégico, ¿cómo pensar juntas la
comunicación y la cultura en una sociedad en la
que todavía buena parte de la intelectualidad
sigue oponiéndolas de manera radical? Es
evidente que el mundo de la cultura sigue siendo
el mundo de lo simbólico, en el sentido de lo
auténtico, de lo verdadero; mientras que el
mundo de las comunicaciones es el de la
actualidad pasajera, frívola y simulada, en el
sentido baudrillardiano (la disolución de lo
real en las imágenes, en los efectos de cámara
o de voz).
Una buena parte
de la intelectualidad de Occidente todavía sigue
oponiendo el mundo cultural al de la
comunicación; esto es, el mundo de los museos,
de las bellas artes, de lo denso, de lo complejo
y de lo original, en contraposición al mundo de
los medios de comunicación, del plagio, de la
tercera mano y de las banalidades. Muchas de las
políticas culturales siguen haciéndose de
manera esquizofrénica, como si hoy se pudieran
hacer políticas culturales sin pensar en los
procesos de comunicación entre culturas.
El problema no
es si ciertos campos merecen ser investigados o
no, el problema es qué investigar en estos
terrenos para no seguir repitiendo, o bien la
línea de las denuncias que hoy día se han
revelado mucho más inocuas de lo que ya eran
hace años, o bien los problemas de
investigación que tienen posiciones de antemano
políticas o ideológicas, en el sentido de
prejuicios. En la actualidad tendríamos que
ponernos a formular preguntas sobre el sentido de
los procesos de comunicación y de cultura en los
que juega, como ya se ha dicho, la construcción
colectiva del sentido.
Debo confesar
que las propuestas que haré a continuación
sobre pistas de investigación en políticas de
comunicación y cultura están sesgadas, porque
lo que más abunda actualmente es una
investigación todavía prejuiciada radicalmente,
principalmente por el pesimismo. En uno de los
últimos textos que publicó en vida, Raymond
Williams (Sociologia de la cultura)
mencionaba precisamente que la mayoría de los
intelectuales, cuando relacionan cultura y
tecnología, son radicalmente pesimistas. La idea
clave de Williams gira alrededor de esta
evidencia: lo que tenemos y domina actualmente en
el debate teórico es una pésima combinación de
determinismo tecnológico con pesimismo cultural,
hecho que presagia la enésima decadencia de
Occidente, a lo Frankenstein; el hombre produce
una tecnología que después acaba dominando a la
sociedad y destruyéndola.
Los
apocalípticos están dominando y cooptando la
crítica, por lo que el sesgo de mis pistas de
investigación es que ya no necesitamos más
pesimismo. Yo diría que, en buena parte, los
integrados son inocuos, porque sabemos que son
los que celebran la fiesta como pueden y nos
dicen lo bien que van las cosas. A mí me
preocupan mucho más los apocalípticos, ya que
al decir que las cosas van mal, muy mal, dejan en
la conciencia de la mayoría de los ciudadanos la
idea de que no se puede cambiar nada, porque hay
un determinismo que nos lleva a una situación
cada vez peor. Ello me parece peligroso, porque
veo, por el lado de la política, que se acaba
haciendo el juego a quienes dicen que no hay que
cambiar nada porque no hay cómo transformarlo, y
a quienes piensan que si alguna vez se creyó que
el mundo podía cambiar, ya ha habido suficientes
pruebas de que éste es inalterable. Como si
hubiéramos llegado al fin de la historia y el
futuro fuera una repetición del presente; para
unos estará Auschwitz, para otros, Hiroshima o
Irak.
El sesgo
explícito de las pistas que voy a presentar es
que hay que investigar, no aquello que nos haga
ser optimistas, sino aquello que nos dé
esperanzas. En esto sigo y me remito a Walter
Benjamin al pensar que la esperanza se nos da a
través de los desesperados. Hoy en día hay
muchos desesperados reinventando América Latina
que es de donde vengo y de lo que puedo
hablar, con una enorme imaginación social;
latinoamericanos apropiándose de los medios,
transformando sus culturas y buscando una
transformación radical del quehacer político.
Los indígenas
en América Latina, sin dejar de luchar por sus
tierras, pelean por el Estado, y quieren ser
reconocidos como lo que son realmente: pueblos
con historia y con ganas de Estado; con ello
quieren ser un factor de transformación de un
Estado en el que no entran porque el modelo
moderno se importó de Europa el
Estado-nación, y ahí no caben muchas de
las culturas políticas de América Latina.
Para cerrar este
paréntesis introductorio, diré que lo que
merece la pena investigarse es aquello que nos
dé esperanzas de cambiar esta sociedad; no lo
que nos provoque o bien ganas de quedarnos
tranquilos, o bien ganas de injuriar este mundo.
Estamos hartos de gente que vive tranquila y no
quiere que nadie le quite su tranquilidad, pero
también de aquellos que se quedan maldiciendo
este mundo, pero no nos dan las herramientas, ni
la menor esperanza o posibilidad, para pensar en
la manera cambiarlo.
Primera
pista
La primera pista
tiene que ver con investigar las encrucijadas que
significan los procesos y las prácticas
concretas. Actualmente cualquier objeto de
estudio que no esté formado por planos,
disciplinas y ejes diversos, es incapaz de
servirnos de muestra para representar
mínimamente algo con relevancia social. La
complejidad no es una palabra o sustantivo, la
complejidad es un adjetivo. Si los manuales nos
recomendaron que había que abstraer, separar o
deslindar, en mi primera pista de investigación
propongo todo lo contrario: hay que entrecruzar.
El tema que
planteo con política-comunicación-cultura, por
ejemplo, está formado por un cuadrilátero: por
un lado, habla de políticas, del sector
público, de gobiernos ya sean gobiernos
estatales, regionales, municipales o
mundiales; por otro, al nombrar
medios, comunicación o cultura,
se apela indudablemente a industrias y a la
lógica del mercado, es decir, al negocio de la
cultura y, por tanto, a toda la dimensión
empresarial. La empresa existe hoy deslocalizada,
deshuesada, y convertida en mero avatar de la
acumulación de capital. Y buena parte de esos
intangibles que llamamos cultura o culturas pasan
por este tipo de industria sin
chimeneas, como se denominaba en España al
turismo, y que luego se exportó a América
Latina para nombrar la industria más intangible
pero hecha con montones de tangibles.
El tercer actor
del cuadrilátero es el capitalismo neoliberal
que, como la industria y lo público, es una
dimensión que a su vez es actor. Finalmente
está el otro actor-dimensión que, de alguna
manera, es el tercer sector: los independientes.
En este momento nuestro campo
comunicación-cultura está marcado por el
ámbito de los medios comunitarios y ciudadanos,
con la creatividad de millones de jóvenes en
América Latina que hacen pequeñísimas
empresas, muchas veces ligadas a diversas ONG, a
movimientos sociales o a medios locales. Es una
dimensión de la creatividad y de la
productividad independiente que tiene que jugar
con algunos pequeños ingredientes de la
industria, en tanto que no puede, en absoluto,
desconocer las lógicas del mercado que
están ahí y tiene que jugar con lo que le
posibilita, o no, lo público aunque lo haga de
un modo distinto. Es otro actor que, si lo
tomamos en serio, nos daremos cuenta que
atraviesa toda la sociedad, de punta a punta, y
está presente dentro de los medios e industrias
grandes.
Para entrar en
materia, hay que entrecruzar estos cuatro
elementos y no reducir la industria a mercado. El
lastre que nos dejó la escuela de Frankfurt, y
Theodor W. Adorno especialmente, fue el hecho de
confundir industrias culturales con pura
elaboración y legitimación del mercado, ya que
ello no es así. El concepto industria
cultural nos pervirtió porque, de alguna
manera, incorporó a la industria como si fuera
un puro avatar del mercado, y no lo es. La
industria es otra cosa que nace junto con el
capitalismo, pero ambos conceptos no son lo
mismo, no se puede reducir la industria al
mercado. En este sentido, la industria cultural
necesita ser pensada de nuevo, particularmente en
América Latina, donde empieza a haber una
industria de los independientes en música, en
teatro y en cine. Esta nueva industria cultural
no puede decirse que sea un mero producto del
mercado, aunque tiene que ver con él, porque no
lo es; tiene muchas y fuertes contradicciones con
el mercado.
Esta primera
pista es una encrucijada y un desafío a lo
público, es pensar hoy la transformación de las
culturas y el papel que la comunicación juega en
estas metamorfosis. Es un desafío a lo público
porque lo público en el caso de América
Latina es clarísimo ha sido fagocitado por
lo estatal. Cuando se habló de lo público, bien
fuera desde la izquierda o desde la derecha,
siempre se pensó en lo estatal, como si trabajar
por lo público sólo se pudiera hacer desde el
Estado. La consecuencia de pensar esto nos la
destapó Hannah Arendt: al identificar lo
público con lo estatal desapareció la sociedad,
y con ella desapareció la heterogeneidad. Es
mentira que lo público sea monoteísta, como lo
estatal. Lo público es plural, es heterogéneo
como la sociedad. Lo público está hecho de
Estado pero está hecho de sociedad, es por lo
tanto heterogéneo, diverso, conflictivo. El
espacio de lo público, si quiere ser el espacio
de los intereses comunes, tiene que ser
conflictivo porque los comunes son muy distintos
y tienen intereses diversos, nunca uno solo.
Segunda
pista
En la línea de
realizar investigaciones que nos den o mantengan
un mínimo de esperanza para cambiar este mundo,
la segunda pista se refiere a experiencias de lo
público, o de políticas públicas, que están
posibilitando que las culturas se transformen y
muestren otras voces distintas a las del amo del
mundo. Investigar toda clase de políticas
públicas que, a cualquier nivel desde el
más pequeño municipio, autonomía o
Estado-nación hasta la Unión Europea,
amplíen y hagan de lo público algo
heterogéneo; aquello que Hannah Arendt planteaba
como un espacio de lo heterogéneo, un espacio de
la diversidad.
La segunda pista
es investigar experiencias de políticas
públicas que posibiliten, apoyen, estimulen y
desarrollen la comunicación entre culturas, pero
reconociendo de entrada la diversidad de éstas.
Hay una tentación muy grande dentro de la
política y, por tanto, de las políticas
culturales, a seguir creyendo en una idea
monoteísta de lo público. El conservadurismo,
la derechización del mundo que se nos viene
encima sigue encontrándose mucho más a gusto en
el monoteísmo que en el politeísmo. Como los
maestros de escuela, que seguimos encontrándonos
mucho más tranquilos cuando hay monosemia que
cuando hay polisemia en la cabeza de nuestros
alumnos, porque las cosas se vuelven mucho más
complicadas.
El desafío
fundamental de las políticas públicas es la
heterogeneidad de lo público en términos de
sociedad, y por lo tanto en términos de
culturas: ya sean éstas étnicas, de género, de
edad o de la salud. Hace años, por ejemplo, no
se hablaba de culturas de la salud había
un solo modelo de salud, mientras que hoy
en día, al menos en América Latina, se plantean
muy en serio otras concepciones de la salud y del
saber medicinal, vinculadas a otras concepciones
del cuerpo. Existe un primer desafío en el hecho
de investigar y encontrar políticas públicas no
uniformadoras, políticas públicas que se
planteen la heterogeneidad de lo público y, por
tanto, que sean capaces de posibilitar la
presencia, la visibilidad de la diversidad
social.
Tercera
pista
La tercera pista
tiene relación con un concepto que ha entrado
últimamente en el campo de la cultura y es
estratégico para nuestro campo de estudio: la
sostenibilidad. Estamos viviendo no sólo esos
procesos de homogeneización de los que hablaron
siempre aquellos que hacían las denuncias en
torno a la comunicación, sino que también
estamos viviendo procesos de diferenciación, de
igual o mayor magnitud. Tanto en el sentido
positivo de observar una mayor conciencia de la
diferencia y de la diversidad, como en el sentido
negativo de rentabilización de la diferencia. El
tema no es tanto la homogeneización cultural,
sino la destrucción cultural; así como vivimos
asustados por las constantes amenazas al
ecosistema y a las especies de animales en
peligro de extinción, también existen cifras
sobre cuántos idiomas mueren cada día en el
planeta. Lo cierto es que mientras la UNESCO siga
haciendo convenciones sin dientes, o sea,
declaraciones meramente retóricas, por más
avanzadas que sean conceptualmente, no habrá
manera de interpelar en serio al FMI o al Banco
Mundial, organismos ambos que, no hay que
olvidarlo, son creaciones de la ONU.
El geógrafo
brasileño Milton Santos fue el primer sociólogo
y geógrafo del mundo en plantear un cambio en la
categoría central de las ciencias sociales, al
vislumbrar que lo que había sido hasta entonces
el Estado- nación, ahora tenía que pensarse
bajo la categoría mundo. Entendiendo que éste
no es un agregado de naciones o de estados, sino
otro tipo de realidad que no es lo transnacional
empresarial, ni lo internacional estatal. El
mundo existe y tiene plena identificación
histórica, no es pensable como un derivado de lo
nacional porque no tiene nada que ver.
Con la
sostenibilidad cultural, propongo trasladar al
campo de la cultura aquello que ya estaba en el
campo del desarrollo social: el desarrollo
sostenible. Es decir, no el desarrollo de unos
pocos que explotan el resto del planeta para que
estos pocos vivan, sino haciendo un mínimo de
equilibrios para que todos los habitantes de la
Tierra puedan sobrevivir.
La introducción
del concepto de sostenibilidad cultural es
fundamental porque es pensar los largos tiempos
de la cultura frente a los efímeros tiempos del
mercado.
Pensar estas
temporalidades es otra encrucijada: frente a la
obsolescencia cada vez más rápida del mercado
todo se produce para que cada vez dure
menos, está la durabilidad de las culturas
que, al contrario del mercado, están hechas para
permanecer. El asesinato de las culturas se
produce cuando se quiere medir a éstas por el
valor de lo que no persiste, es decir, cuando la
temporalidad hegemónica del mercado lo pone como
baremo para medir el valor de lo que tiene otra
temporalidad. Puedo hablar de ello porque nací
hace muchos años en una casa de un pueblito de
Castilla la Vieja, y ahí dialogué con cinco
generaciones; todo estaba hecho para durar, de
tal manera que heredé los pantalones de mi
hermano mayor, de mis primos, mientras que ahora
soy contemporáneo de mis hijos y veo que viven
en una sociedad en que todo está hecho para
desecharse, porque si algo dura se revienta el
mercado y el sistema. El primer ingrediente para
la sostenibilidad cultural es pensar las
dimensiones temporales conflictivas de nuestras
culturas y de nuestros productos culturales. Un
libro no es lo mismo que una lavadora, aunque
tenga materia prima y tenga procesos de
producción, circulación y consumo como la
lavadora.
Ahora bien, si
el primer ingrediente para la sostenibilidad
cultural es que las culturas no pueden ser
medidas por la temporalidad hegemónica, el
segundo significa que las culturas viven procesos
que hay que pensar y que pueden ser estimulados o
garantizados en tres planos: a) respecto a la
autonomía; b) respecto a la capacidad de
transformarse; y c) en tanto a la proyección de
la propia cultura hacia fuera de sí misma.
a) El primer
ingrediente para que una cultura siga viva es que
sea autónoma, y la autonomía tiene que ver con
lo que Eduardo Delgado definía como la
conciencia del capital cultural propio
reconocido. Es decir, la autonomía es la
capacidad que tiene una cultura para decidir
sobre su pasado, su presente y su futuro, y
también significa la capacidad y el derecho a
negociar y tomar decisiones en todo aquello que
afecte a las propias comunidades culturales, sean
jóvenes o viejas, sean etnias o grandes
colectivos como las mujeres.
b) El segundo
vector de la sostenibildad cultural es la
capacidad de transformarse: una cultura está
viva mientras se transforme, si se anquilosa,
ésta muere. En Colombia he insistido en
cuestionar radicalmente el verbo conservar en lo
que se refiere a las culturas, porque para la
mayoría de los políticos conservar es poner en
conserva, es decir, meter en una lata. Como hacen
los estadounidenses con sus indígenas, y como
tratan de hacer no pocos de los que hacen
políticas culturales en Latinoamérica. Las
culturas viven y es aquí donde aparece la
dimensión estratégica mientras se
comunican e intercambian unas con otras. Cuando
dejan de comunicarse, implosionan y mueren. La
comunicación no es un añadido a las culturas,
no representa una cultura mostrándose de manera
exhibicionista ante las otras, sino que es una
dimensión constitutiva de la vida cultural, de
la vida de las culturas. Toda comunicación es
transformadora e implica un riesgo, y es que, por
mínimamente compleja que sea, siempre existe
conflicto. ¿Qué clase de comunicación puede
ser densa entre dos personas si no hay
asimetría, si no hay conflicto? Si lo hay entre
las personas, evidentemente lo habrá mucho más
entre las culturas.
La comunicación
no es un añadido posterior a la existencia de la
cultura, la cultura existe y vive en la medida en
que se comunica y, en la medida en que se
comunica, se arriesga, se expone a las otras y,
por tanto, se transforma. Sin transformación, no
hay identidad que valga. La identidad no es una
esencia, es un relato. La identidad es narrativa,
está hecha de historias, y las historias,
obviamente, se cuentan al otro, nunca se cuentan
a uno mismo. Para que el cuento tenga
gracia hay que contárselo a otra cultura, si no:
¿cuál cuento? Con el doble sentido que tiene
esto en castellano, y que es divino: contar
significa, al mismo tiempo, contar historias y
contar para el otro, es decir, ser tomado en
cuenta. Una cultura sólo es tenida en cuenta por
otra, si la otra sabe contarse. No somos tenidos
en cuenta, sino sabiendo contarnos a nosotros.
c) El tercer
vector es la proyección de la propia cultura
hacia fuera de sí misma. Ya no se trata de la
dimensión constitutiva de la comunicación
de contarse al otro, sino de la
proyección. Es decir, la capacidad de salir de
su pequeño mundo y entrar en una relación mucho
más compleja que la que le exige el mínimo para
sobrevivir. Porque existe una comunicación sin
la cual no sobreviviríamos, pero además hay
otro tipo de proyección que es mucho más
arriesgada y comprometedora. Nunca como hoy,
hasta las culturas más pequeñas y más
escondidas de la selva amazónica, éstas han
estado tan expuestas al resto de culturas del
país y del mundo. Todas las culturas, hasta
aquellas que se habían conservado más aisladas,
hoy ya no lo están. No hay nada aislado en este
planeta, con todo lo que eso significa de
intromisión, de invasión, y a la vez de
vitalización.
En 1983, en un
seminario internacional organizado por la
Universidad Autónoma de México sobre Estado y
cultura, hablé de estas cuestiones y recibí
fuertes críticas de numerosos puristas del
indigenismo, de lo auténtico, lo virgen, y lo
original. Estaba ahí presente Amalia Signorelli,
una de las grandes antropólogas italianas, que
me apoyó señalando que en Italia hay grupos
culturales étnicos que si no hubiera sido por la
radio se habrían muerto. Muchos se enfurecieron,
porque tenían la visión de que la radio es el
enemigo que nos invade y nos aniquila. En este
sentido, es importante hablar de la capacidad de
proyectarse en un mundo en el cual, si tú no
tomas la iniciativa, otro la va a tomar por ti.
Esto está dentro de la sostenibilidad, porque
ésta no es sólo conciencia de la riqueza
propia, no es sólo conciencia de que yo estoy
intercomunicado, sino que es conciencia de mi
propia capacidad para ir más allá de mí mismo
y de proyectarme en términos de creatividad y de
productividad.
Cuarta
pista
La cuarta pista
tiene que ver con la dimensión comunicativa
pensada, no como añadido, sino como algo que
forma parte de la vitalidad de una cultura.
Quiero detenerme básicamente en dos aspectos: el
primero es que hoy día ya no podemos pensar el
amplio mundo de los medios comunitarios al margen
del nuevo paradigma de la comunicación. Durante
mucho tiempo hemos vivido en un paradigma
ingenieril que, en el fondo, se basaba en el
coste de mandar un mensaje desde una fuente hasta
un destinatario, aquí se acababa la teoría y,
por tanto, la comprensión de la comunicación. A
esta ingeniería de emisor-receptor, y un canal
que les unía, Claude Shannon la denominó
pretenciosa e ingenuamente Teoría general de
la comunicación. Tiempo después, Norbert
Wiener un filósofo, antropólogo,
psicólogo, que tenía también formación de
ingeniero nos dijo lo que esto significaba
en realidad: que el todo comunica. Es
decir, sustituyó esa visión instrumental,
direccional, secuencial o lineal que va del
emisor al receptor y del receptor al emisor
en la que no queda nada, porque lo único
que le interesaba al emisor del receptor era
verificar si éste último había entendido
fielmente lo que le decía el amo para
señalarnos que el nuevo paradigma es red, es
interfaz de proximidad, en tanto que una red es
un montón de nodos o nudos la palabra nudo
se refiere a la materialidad del ligamento, nodo
dice la metáfora de la densidad. Este nuevo
paradigma nos dice que actualmente valen menos
las grandes maquinarias de la política, que los
muchos interfaces entre pequeños proyectos.
Esta nueva
concepción de la comunicación, donde no hay
emisor ni receptor porque, en muchos sentidos,
cualquier emisor es a la vez receptor, y
cualquier receptor tiene la posibilidad de ser
emisor, cambia radicalmente lo que entendíamos
por comunicación. Y lo cambia radicalmente
porque hoy en día hablar de una emisora de radio
comunitaria ya no significa: lo pequeño es
hermoso, que es lo que decíamos en los
años setenta y ochenta para diferenciarla de los
grandes medios y describirla como algo más
limpio, puro, o más cercano al pueblo, a la
verdad, a la autenticidad o más lejos del poder.
Hoy, decir comunitario no es decir alternativo en
ese tono pretencioso, ya que existe, en términos
de política, un tejido cada vez más denso de
redes de medios comunitarios que ya no viven
sólo de lo que pasa en su lugar, en su pequeño
territorio, sino que se piensan conectados,
intercambiando y proyectándose al mundo, es
decir, lo que anteriormente hemos planteado como
los dos últimos vectores de la sostenibilidad
cultural. Fueron los medios comunitarios los que
lograron pensar lo que pasaba en un lugar y de
ponerlo en ese medio. En Colombia hemos dado un
paso más, y hoy ya hablamos de medios ciudadanos
como aquéllos que no sólo son capaces de pensar
las demandas sociales, los conflictos políticos
o las creatividades culturales de su lugar, sino
que son capaces de mirar y hablar al país
entero. Tienen proyecto de país porque, aunque
sea desde un pequeño municipio, se proyectan
sobre el país. Ésta es la diferencia entre
estar comunicado y proyectarse.
El grave
problema para estos medios y su lucha es que,
mientras que estos medios ciudadanos desde su
pequeño lugar quieren expresar su verdad al
país, el Ministerio de Comunicaciones no les
permite encadenarse. En Colombia cualquier medio
privado se puede encadenar y conectar con las
emisoras del mundo que desee, mientras que a las
emisoras comunitarias se les prohíbe encadenarse
y, por tanto, tener voz sobre el país. Si no les
permiten ni siquiera transmitir sus programas
durante dos horas semanales en la radio nacional,
como yo he propuesto, no es por la razón que
daba la anterior ministra al decir que,
supuestamente, representaban una competencia
desleal a Caracol y RCN, las grandes cadenas de
radio. Se necesita cinismo para decir una cosa
semejante. La razón real es que, a través de
este nuevo tejido, hay una reinvención de la
democracia, de la política, porque son
lugareños que toman la palabra pero con proyecto
de país. Son gente muy bien ubicada en su
territorio, en sus negociaciones con los
paramilitares y con la guerrilla, pero que, a la
vez, saben que no van a salir de esto si no le
hablan al país entero y, a través de él, al
mundo, o directamente al mundo.
Lo que está en
juego es una noción de comunicación mucho más
anclada en el concepto de red y de interfaz; de
una conexión que posibilita, no sólo una
transformación interna, sino una voz más
potente a la hora de hablar y de proyectarse
hacia el país o el mundo y que, a la vez, ya
está teniendo repercusiones sobre la concepción
misma de lo político en esos lugares. Por eso
les tienen tanto miedo y no les dejan juntarse.
Quizá se acuerdan de lo que dijo Lope de Vega:
Cada alcalde vale tanto como el rey, y
juntos mucho más que él. Eso es lo que
saben los gobiernos en América Latina y ahí
empiezan a cambiar las políticas desde su lugar
de base. No las políticas del Estado, pero sí
las políticas del país.
Quinta
Pista
Para cerrar, mi
última pista es la siguiente: si empezamos
nuestro planteamiento refiriéndonos a la
investigación de experiencias de políticas
públicas, hay que terminar planteando la
investigación de los modos con que las culturas
se están apropiando de las nuevas tecnologías
de comunicación y, por tanto, de las nuevas
visibilidades sociales y políticas que pasan por
los medios ciudadanos como el blog o la página
de Internet.
Si de alguna
manera, durante los años noventa, los
investigadores sociales descendimos de nuestro
pedestal académico y llegamos a sentarnos con el
televidente para comprender lo que veía en la
televisión, intuyendo que, si nosotros no nos
poníamos a ver con ellos la televisión, jamás
íbamos a saber lo que pasaba realmente en esa
relación (porque la televisión no es lo que
pasa por el aparato, sino lo que percibe la
audiencia y lo que acaba haciendo con ella), hoy
en día, el hecho de ver que la gente empieza a
usar a los medios, que las escuelas empiezan a
enseñar a escribir con una cámara de
fotografía o de video, como una forma de contar
historias radicalmente distinta a la del
bolígrafo, o la cantidad de gente que está
haciendo música conjuntamente, de una punta a
otra de América Latina, pone en evidencia que
nos queda un camino por recorrer, y nos obliga a
reflexionar no en términos de recepción sino de
apropiación y de empoderamiento.
Hablar de
apropiación y empoderamiento no es hablar de
recepción. Lo que hay que investigar, desde el
punto de vista de políticas que los posibiliten
y apoyen, son los modos de relación de las
culturas jóvenes y viejas, blancas y negras,
indígenas o de género. Porque lo que aquí
tenemos, hay que repetirlo, no es algo que cabe
en la idea del mero consumo y recepción, sino de
empoderamiento; es, por ejemplo, la gente joven
haciendo música y contando su historia a través
de la música y mandándola al mundo entero.
Lo que he
intentado conseguir con esta exposición es
confundir más que aclarar, porque no estoy
proponiendo objetos de investigación, sino
encrucijadas de investigación. Y esas
encrucijadas no sólo exigen
interdisciplinariedad, sino que exigen también
arriesgarse a salir de los objetos prestigiosos y
de moda para ponerse a la escucha de lo que está
pasando en nuestras sociedades y poder, entonces
sí, ayudar a los que hacen políticas públicas.
Hacer unas políticas mínimamente democráticas,
es decir, que cuenten con las transformaciones
que se están operando en las propias sociedades.
Barcelona,
8 de mayo de 2008
*
Jesús Martín Barbero es profesor de la Universidad Javeriana de
Bogotá y miembro del
Consejo Nacional de Ciencias Sociales de
COLCIENCIAS y del Consejo Nacional de
Cultura de Colombia. Esta es la transcripción de
la clase doctoral que impartió el 8 de
mayo de 2008 en el marco del Programa de
Dinámicas Interculturales de la Fundación
CIDOB, en colaboración con la Cátedra Unesco de
Comunicación InCom-UAB,
difundido por el Portal de la Comunicación.
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