El valor de
la verdad y la función periodística
Andrés
Aylwin Azocar *
En
algún aspecto, lo más grave que sucedió en
Chile a partir del 11 de septiembre de 1973 fue
la suspensión de la libertad de opinión y de
información. Si hubiera existido libertad de
expresión habría sido imposible concebir los
crímenes masivos sufridos en nuestro país.
¿Cómo imaginar, por ejemplo, la existencia de
"cárceles secretas" o "centros de
tortura" ubicados a escasas cuatro cuadras
del palacio de La Moneda, en calle Dieciocho Nº
22, simbólicamente en el mismo lugar donde
anteriormente funcionó Clarín, si
hubiera existido libertad de información?
Si este drama
hubiera sido conocido socialmente por el pueblo,
no habrían podido ser detenidos y hechos
desaparecer 1.200 seres humanos. La libertad de
opinar e informar no sólo es un bien jurídico y
ético, también es una garantía de la
existencia real de los otros derechos esenciales.
Y lo es, porque la conciencia de los pueblos, con
su sentido profundamente ético, da realmente
vida a los otros derechos esenciales en su
expresión concreta.
Por lo mismo,
cuando se oculta la verdad del crimen o se
falsean groseramente los hechos, el pueblo,
ignorante, queda privado de su infinita capacidad
para dar a la historia una orientación ética
correcta.
La libertad de
expresión es como la luz. Si no la tenemos, no
vemos. Si en la sociedad no se expresa la verdad,
los ciudadanos no perciben el mal, ni siquiera el
crimen, y, por lo mismo, están imposibilitados
de condenarlo y evitarlo. Es decir, la conciencia
moral de la sociedad deja de funcionar y de
expresarse. Por esto, insisto, la libertad de
expresión es el instrumento para que el pueblo
conozca la verdad y precisamente por este
atributo, garantiza la supervivencia de los
demás derechos esenciales. Es la posibilidad
real de acceso a la verdad lo que otorga
legitimidad ética a la libertad de expresión.
En tiempos de
barbarie, sólo la verdad puede salvar vidas
humanas. Este sentido redentor de la verdad
prevalece a través de los tiempos y sus
circunstancias. A la vez, constituye la mayor
garantía de la prevalencia de la ética en el
devenir histórico. El mercado no es más que un
instrumento para llegar a la verdad y, por lo
mismo, si deja de ser un medio idóneo para
acceder a ella, simplemente hay que
perfeccionarlo, complementarlo. ¡Esta es la
realidad y el desafío que hoy enfrentamos!
Frente a la
necesidad de la verdad en la sociedad humana, el
drama de los detenidos-desaparecidos constituye
un delito que produce situaciones límite entre
el valor de la verdad y la función
periodística. Cuando se inicia este crimen con
el arresto sin testigos, clandestino, de un
disidente, se está burlando a la verdad y, con
ello, privando al detenido y a su familia de sus
derechos al recurso judicial. Pero también se
está privando a la sociedad de su derecho a la
información y a conocer la verdad.
El homicidio
secreto posterior -que normalmente sigue al
arresto clandestino-, se convierte en un hecho
socialmente ignorado, una verdad ocultada que
impide el reproche colectivo. Sin acceso a la
verdad, cualquier sociedad se encuentra
indefensa, incluso ante los mayores crímenes o
dolores colectivos. No existe pretexto o
subterfugio alguno que valide la obstrucción del
conocimiento de la verdad por parte de la
sociedad. El hecho de que la verdad sea
socialmente conocida resulta indispensable para
que se exprese la conciencia colectiva.
Es cierto que el
drama vivido en Chile existió en situaciones de
excepción constitucional. Sin embargo, lo que
estamos afirmando es simplemente la trascendencia
de la verdad como valor absoluto en una sociedad
y como garantía insustituible contra el abuso.
El drama de los detenidos desaparecidos no
hubiera podido darse en una sociedad
adecuadamente informada.
La verdad no
admite relativismos. No puede ser aplastada ni
por la fuerza bruta, ni por las leyes del
mercado, ni por motivo alguno. Si no hay verdad,
triunfan inexorablemente la maldad y el dolor. La
situación de excepción institucional producida
a partir del 11 de septiembre no justifica los
exagerados silencios y omisiones de los medios de
comunicación de la época, ni menos que dichos
medios hayan festinado el drama refiriéndose al
"show de los detenidos-desaparecidos" o
difundiendo versiones ostensiblemente falsas,
como fue la supuesta matanza en el exterior de
119 miristas, versión fundamentada en la
publicación de un medio desconocido que
apareció una sola vez, precisamente para
difundir la falaz noticia.
Por tanto,
periodismo y verdad son dos realidades
inseparables. Y así como la misión del juez es
la de procurar justicia y la del médico vencer
la enfermedad, la misión del periodismo es
buscar la verdad y difundirla. Si las leyes del
mercado aplicadas al periodismo no son idóneas
para la difusión pluralista de la verdad -como
ocurre hoy por la concentración de la propiedad
sobre los medios de comunicación-, significa que
la legalidad de esas normas mercantiles aplicadas
a la libertad de expresión se encuentra
éticamente cuestionada, no sirve y debe ser
reformada.
El valor de la
verdad periodística se hace más dramático
cuando se trata de su aplicación a los crímenes
relacionados con los derechos humanos. Sin
embargo, el principio de la necesidad de la
verdad se proyecta a la difusión de todas las
conductas humanas. Verdad y pluralismo
constituyen un derecho esencial del pueblo y, con
una información adecuada y oportuna, se erigen
en la base de su participación en la sociedad.
El periodismo es
el vehículo que permite a la comunidad conocer
la verdad y, por lo mismo, jamás debería
convertirse en un mecanismo para la alienación
de la gente y la instrumentalización de la
sociedad a la forma de pensar y sentir que
expresan los intereses de los propietarios de los
medios de comunicación. La excesiva
concentración de la propiedad sobre los medios
está contribuyendo a sustituir la misión
periodística de informar y orientar por la de
concientizar a los ciudadanos y pautar el
acontecer político y social. Pareciera que en
los medios jamás hay espacio para el pueblo, su
juventud, su cultura, su progreso, sus dolores y
su sentir por estar pluralistamente informado. En
cambio, se expresa el propósito de rescatar
sólo los éxitos del pasado totalitario,
prescindiendo de sus horrores y
sobredimensionando las dificultades de la
democracia naciente. Percibimos en esta actitud
el propósito deliberado de debilitar el proceso
de transición a una plena democracia.
Creemos que el
rol subsidiario del Estado como garante de la
vigencia real de los derechos humanos lo obliga a
tomar medidas para favorecer al periodismo
auténticamente regional y a los medios de
comunicación sustentados por empresas
constituidas por periodistas. Del mismo modo,
pensamos que es necesario detener la excesiva
concentración de la propiedad de los medios e
imponer normas elementales que garanticen un
mínimo pluralismo interno. Sin acceso a la
verdad plural, la sociedad no goza de buena
salud.
* Andrés
Aylwin Azocar es
diputado, abogado y autor de artículos de
opinión. Este texto es el capítulo "La
libertad de prensa hubiera impedido el crimen de
los «detenidos desaparecidos»" del libro Morir
es la noticia (Ernesto Carmona, editor).
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