Liberticidio
global
Ignacio
Ramonet *
Era
un 11 de septiembre. Desviados de su ruta
programada por pilotos decididos a todo, los
aviones se precipitan hacia el corazón de la
gran ciudad, resueltos a derribar los símbolos
del odiado sistema político. Todo ocurre muy
deprisa: explosiones, fachadas que saltan en
pedazos, el estruendo infernal de los
desmoronamientos, el terror de los
supervivientes, que huyen cubiertos de polvo... Y
los medios de comunicación transmitiendo la
tragedia en directo...
¿Nueva York,
2001? No, Santiago de Chile, 11 de septiembre de
1973. Con la complicidad de Estados Unidos, golpe
de Estado del general Pinochet contra el
socialista Salvador Allende, y bombardeo
sistemático del palacio presidencial por las
fuerzas aéreas. Decenas de muertos y el comienzo
de un régimen de terror de quince años...
Más allá de la
legítima compasión por las víctimas de los
execrables atentados de Nueva York en septiembre
de 2001, ¿cómo no convenir que Estados Unidos
no es un país más inocente que los demás?
¿Acaso no ha participado en acciones políticas
violentas, ilegales y a menudo clandestinas en
América Latina, en África, en Oriente Próximo,
en Asia...? Con el saldo de una trágica
muchedumbre de muertos, de «desaparecidos», de
torturados, de presos, de exiliados...
La actitud de
los dirigentes y de los medios de comunicación
occidentales, su fervor proestadunidense a raíz
de los criminales atentados del 11 de septiembre,
no deben ocultarnos la cruel realidad. En todo el
mundo, y en particular en los países del Sur, el
sentimiento expresado con más frecuencia por la
opinión pública ante esta tragedia fue: «Lo
que les ha pasado es muy triste, pero se lo
tienen merecido».
En efecto, y
paradójicamente, en muchas regiones del planeta
estos espantosos atentados no han levantado olas
de simpatía hacia Estados Unidos. Todo lo
contrario. Tanto es así que el presidente George
W. Bush llegó a declarar: «Me impresiona que
exista tal desconocimiento respecto a lo que es
nuestro país y que haya gente que pueda
odiarnos. Soy como la mayoría de los
estadunidenses, no puedo creerlo, porque sé que
somos buenos».
El
libro negro de la guerra fría
Para comprender
esas reacciones hostiles hacia Estados Unidos,
que han asombrado a muchos estadunidenses,
empezando por su presidente, George W. Bush, tal
vez no esté de más recordar que, ya durante la
«guerra fría» (1948-1989), Estados Unidos se
lanzó a una larga «cruzada», en aquel entonces
contra el comunismo. Cruzada que, en determinados
casos, alcanzó proporciones de guerra de
exterminio: miles de comunistas eliminados en
Irán, doscientos mil opositores de izquierda
exterminados en Guatemala, más de medio millón
de comunistas aniquilados en Indonesia... Las
páginas más abominables del libro negro del
imperialismo estadunidense se escribieron a lo
largo de esos años, marcados igualmente por los
horrores de la guerra de Vietnam (1962-1975).
Ya entonces era
«el Bien contra el Mal». Pero, en aquella
época, según Washington, apoyar a determinados
terroristas no era necesariamente inmoral. Por
intermedio de la Central Intelligence Agency
(CÍA), Estados Unidos organizó atentados en
lugares públicos, desapariciones de oponentes,
secuestros de aviones, sabotajes y asesinatos. En
Cuba contra el régimen de Fidel Castro, en
Nicaragua contra los sandinistas o en Afganistán
contra los soviéticos. Fue allí, en
Afganistán, con el apoyo de dos estados muy poco
democráticos, Arabia Saudí y Pakistán, donde
Estados Unidos patrocinó, en los años setenta,
la creación de brigadas islamistas reclutadas en
el mundo árabe musulmán y compuestas por lo que
los medios llamaban entonces freedom fighters,
¡luchadores por la libertad! Como es bien
sabido, ésas fueron las circunstancias en las
que la CIA reclutó y entrenó al hoy célebre
Osama Bin Laden.
Hiperpotencia
y terror
Desde 1991
Estados Unidos permanece instalado en una
posición de hiperpotencia única y ha marginado,
de hecho, a las Naciones Unidas. En
compensación, prometió instaurar un «orden
internacional» más justo. En nombre de ese
proyecto, dirigió y ganó, en 1991, la guerra
del Golfo contra Irak. Sin embargo, concluido el
conflicto, ha seguido manteniendo una escandalosa
parcialidad en favor de Israel y en detrimento de
los derechos de los palestinos.1 Por
si fuera poco, haciendo oídos sordos a las
protestas internacionales, ha mantenido contra
Irak un embargo implacable, que mata a miles de
inocentes y deja indemne al régimen. Este
«nuevo orden mundial» no parece mucho más
justo a los ojos de miles de habitantes de los
países pobres del Sur. Y todo ello ha ultrajado,
en particular, los sentimientos del mundo árabe
y musulmán y facilitado la creación del caldo
de cultivo del que ha surgido el islamismo
radical y antiestadunidense.
Como el doctor
Frankenstein, el 11 de septiembre de 2001 Estados
Unidos vio alzarse en su contra a su antigua
creación Osama Bin Laden con una
violencia demencial. Y decidió combatirlo
apoyándose en los dos estados Arabia
Saudí y Pakistán que más han contribuido
en los últimos treinta años a extender por todo
el mundo las redes islámicas radicales, con la
ayuda de métodos terroristas cuando lo han
considerado oportuno.
La
amenaza Pakistán
Si existe un
país con una tradición política trágica, ese
es Pakistán. Ningún jefe del ejecutivo de este
Estado de ciento cuarenta millones de habitantes
ha abandonado nunca el poder voluntariamente.
Nacido en 1947 de la partición del imperio
británico de la India, durante la cual millones
de musulmanes e hindúes huyeron en condiciones
apocalípticas de las regiones en las que eran
respectivamente minoritarios, Pakistán, el
«país de los puros», es el primer Estado
creado, artificialmente, sobre una base
confesional: la del islam.
Con el tiempo,
este cemento religioso ha demostrado su
incapacidad para aglutinar a una nación. En
1971, la secesión del Pakistán Oriental,
convertido en Bangladesh, probaba que los
criterios étnicos podían tener más fuerza que
los religiosos. El otro elemento de cohesión, el
odio a la India, mostró igualmente sus límites
en las tres guerras libradas por ambos países,
en 1947, 1965 y 1971, y saldadas con sendas
derrotas de Pakistán.
Antes de las
tensiones de la primavera de 2002, el último
gran enfrentamiento tuvo lugar en julio de 1999,
por el control de los altos de Kargil, en
Cachemira. Esta región de mayoría musulmana
permanece dividida por una línea de armisticio
desde 1948. El sur de Cachemira está bajo la
administración de la India, que se enfrenta en
esa zona a una fuerte resistencia protagonizada
por organizaciones separatistas islámicas
(sostenidas clandestinamente por la red al-Qaida
de Osama Bin Laden). Instigadas asimismo por los
servicios secretos de Pakistán, dichas
organizaciones (Lashkar-e-Taiba y
Jaish-e-Mohammad) no dudan en recurrir a la
violencia más extrema y cometer sangrientos
atentados, como el perpetrado contra el
Parlamento indio el 13 de diciembre de 2001, que
costó la vida a catorce personas y puso a los
dos países, una vez más, al borde de la guerra.
Nuevos atentados
islamistas, en mayo y junio de 2002, provocaron
una nueva y brutal subida de la fiebre bélica.
Cada país movilizó, a lo largo de la frontera
de Cachemira, mas de un millón de soldados
dispuestos a enfrentarse en una guerra total. La
población sumada de India y Pakistán alcanza
los mil doscientos millones de personas, o sea un
quinto de la población mundial... El planeta
entero se aterrorizó ante la perspectiva de ese
choque, ya que por primera vez en la historia se
habrían enfrentado dos países con capacidad
nuclear. Un eventual uso, por los dos
adversarios, de sus respectivas bombas atómicas
provocaría, en los primeros días, unos doce
millones de muertos... Los heridos habrían
ocupado todas las camas de todos los hospitales
de todos los países desde Japón hasta Egipto...
Las consecuencias en términos de aumento de la
radiactividad general hubiesen sido nefastas para
toda la humanidad. Y esa trágica guerra,
además, lanzaría hacia los estados vecinos y
hacia los países ricos a millones de nuevos
emigrantes indios y paquistaníes en fuga del
horror nuclear. Todo ello provocaría formidables
consecuencias en cascada.
Tanto Islamabad
como Nueva Delhi consideran Cachemira una
cuestión central, vital, de la que pendería la
identidad de ambas naciones.
La derrota
militar paquistaní del verano de 1999, seguida
de la humillante retirada de las fuerzas de
invasión exigida por Washington, viejo aliado de
Islamabad, determinó sin duda la caída del
primer ministro Nawaz Sharif, derrocado el 12 de
octubre de 1999 por el general Pervez Musharraf.
Era la primera
vez, desde el final de la guerra fría, que se
producía un golpe de Estado militar en un país
importante y, lo que es más grave, en un Estado
en posesión de armas nucleares. Único país
islámico que dispone de la bomba atómica,
Pakistán, un Estado en descomposición dirigido
por militares, dispone también de misiles
capaces de transportar cargas nucleares a una
distancia de mil quinientos kilómetros...
Para colmo de
males, se trata de una potencia situada en una
zona extremadamente peligrosa, que debe hacer
frente a la hostilidad de dos de sus vecinos, la
India e Irán, y a la creciente desconfianza de
un antiguo aliado, China. Antes de los atentados
del 11 de septiembre de 2001 y de la respuesta
estadunidense, Pakistán toleraba el activismo
extremista de un Estado amigo, un
cuasiprotectorado, Afganistán, que acogía y
amparaba a redes islamistas como la de Bin Laden,
al-Qaida, directa o indirectamente favorecidas
por Arabia Saudí (otro aliado de Islamabad). La
influencia de estas redes terroristas se
extendía hasta el Asia central ex soviética
(Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán) y el
norte del Cáucaso (Dagestán y Chechenia, que
forman parte de la Federación Rusa).
Al borde de la
bancarrota, Pakistán es una de las principales
plataformas del fundamentalismo musulmán. En el
plano interior, es un polvorín. Está dividido
por disensiones religiosas que oponen a sunníes
y shiíes (el 20% de la población),
enfrentamientos étnicos entre pastunes,
baluchis, sindhis y punjabíes, y desigualdades
sociales: el 40 % de la población vive por
debajo del umbral de la pobreza, y el número de
niños esclavos asciende a unos veinte
millones... Por añadidura, es uno de los países
más corruptos del mundo, con una economía
criminal que, según la ONU, supera, en valor
absoluto, a la economía legal.
Todo esto no ha
impedido que, después del 11 de septiembre de
2001, la administración estadunidense del
presidente Bush, abandonando cualquier
escrúpulo, haya hecho de Pakistán su principal
aliado en Asia del Sur...
¡Al
fin un adversario!
Y es que,
veteranos de la guerra fría, los hombres y las
mujeres que rodean al presidente George W. Bush
no pueden quejarse del giro de los
acontecimientos tras el 11 de septiembre. Cabe
incluso imaginarlos frotándose las manos.
Porque, milagrosamente, los atentados les han
restituido un elemento estratégico fundamental
del que los había privado durante una década el
derrumbamiento de la Unión Soviética en 1991:
un adversario. ¡Al fin!
Bajo el nombre
de «terrorismo internacional», el adversario
elegido es el islamismo radical. Eso justifica
todas las medidas autoritarias y todos los
excesos. Incluida una versión moderna del
macartismo, que tendría como blanco, más allá
de las organizaciones terroristas, a todos
aquellos que se oponen a la hegemonía
estadunidense, e incluso a los adversarios de la
mundialización liberal.
Embarcado en el
primer conflicto armado del siglo XXI, Estados
Unidos se fijó de inmediato varios objetivos
militares. El primero fue anunciado el día
siguiente al 11 de septiembre: desmantelar la red
al-Qaida y capturar, «vivo o muerto», a Osama
Bin Laden, responsable de crímenes unos
tres mil muertos que ninguna causa puede
justificar bajo ninguna circunstancia.
Un
imperio contra un hombre
Este objetivo,
fácil de formular, no era tan sencillo de
cumplir. No obstante, a priori la desproporción
de fuerzas entre ambos adversarios parecía
abismal. A decir verdad, la situación militar no
podía ser más insólita, puesto que era la
primera vez que un imperio declaraba la guerra no
a un Estado sino a un individuo...
Empleando sus
aplastantes medios militares, Washington lanzó a
la batalla todas sus fuerzas y no podía por
menos de ganarla. Al comienzo, sin embargo,
muchos dudaban de la victoria estadunidense, pues
abundan los ejemplos de grandes potencias
incapaces de dar cuenta de adversarios más
débiles. La historia militar enseña, en efecto,
que en un combate desigual aquel que puede lo
más no siempre puede lo menos. «Durante casi
treinta años, el poder británico ha sido
incapaz de acabar con un ejército como el del
IRA nos recuerda el historiador Eric
Hobsbawn por supuesto, el IRA no ha
vencido, pero tampoco ha sido vencido.»2
Como la mayoría
de los ejércitos, el de Estados Unidos está
organizado para combatir a otros estados y no
para enfrentarse a un «enemigo invisible».
Pero, en el siglo que comienza, las guerras entre
estados llevan camino de convertirse en
anacrónicas. La aplastante victoria de 1991 en
el conflicto del Golfo no es una buena
referencia. Puede incluso resultar engañosa como
ejemplo. «Nuestra ofensiva de 1991 en el Golfo
resultó victoriosa explica el antiguo
general de los marines Anthony Zinm porque
tuvimos la suerte de dar con el único malo del
mundo lo bastante estúpido como para enfrentarse
a Estados Unidos en un combate de tú a tú.»3
Otro tanto podría decirse de Slobodan Milosevic
con relación a la guerra de Kosovo de 1999.
Este nuevo tipo
de conflicto, en el que el fuerte se enfrenta al
débil o al loco, es más fácil de empezar que
de concluir. Y, por masivo que sea, el empleo de
medios militares ultramodernos no garantiza
necesariamente que se alcancen los objetivos
perseguidos. Basta recordar los fracasos
estadunidenses en Vietnam, en 1975, y en Somalia,
en 1994.
Al atacar a
Afganistán con el convincente pretexto de que el
régimen talibán de ese país protegía a Bin
Laden, el gobierno estadunidense sabía
perfectamente que iniciaba la fase más sencilla
del conflicto. Y que la concluiría
satisfactoriamente y con un coste mínimo en
cuestión de semanas. Pero la victoria contra uno
de los regímenes más odiosos del planeta no
aseguraba la consecución del primer objetivo de
esta guerra: capturar a Bin Laden.
¿Qué
es el terrorismo?
El segundo
objetivo parece demasiado ambicioso: acabar con
el «terrorismo internacional». En primer lugar,
porque el término «terrorismo» es impreciso.
Desde hace dos siglos, se utiliza para designar
indistintamente a todos aquellos que recurren,
con razón o sin ella, a la violencia para
intentar cambiar el orden político. La
experiencia demuestra que, en ciertos casos,
dicha violencia era necesaria. «Sic semper
tirannis», exclamaba ya Bruto al apuñalar a
Julio César, que había derribado la República.
«Todos los medios son legítimos para luchar
contra los tiranos», decía a su vez el
revolucionario francés Gracchus Babeuf en 1792.
Numerosos
antiguos «terroristas» se han convertido con el
tiempo en respetados hombres de Estado. Por
ejemplo, y por no citar a todos los dirigentes
franceses surgidos de la Resistencia, calificados
de «terroristas» por las autoridades alemanas
de la ocupación: Menahem Beguin, antiguo jefe
del Irgun, convertido en primer ministro de
Israel; Abdelaziz Buteflika, antiguo responsable
del FLN argelino, convertido en presidente de
Argelia; o Nelson Mandela, antiguo jefe de la
ANC, convertido en presidente de Sudáfrica y
premio Nobel de la Paz.
La actual
«guerra mundial contra el terrorismo» y la
propaganda que la acompaña pueden dar la
impresión de que no hay más terrorismo que el
islamista. Evidentemente, no es así. En el
momento mismo en que se desarrolla esta nueva
«guerra mundial», diversas organizaciones
«terroristas» siguen actuando en casi todos los
rincones del mundo no musulmán. ETA en España,
las FARC y los paramilitares en Colombia, los
Tigres tamiles en Sri Lanka, etc. Y hasta hace
bien poco, el IRA y los unionistas en Irlanda del
Norte.
Al albur de las
circunstancias, casi todas las familias
políticas han reivindicado el terrorismo como
principio de acción. El primer teórico que
propuso una doctrina del terrorismo fue el
alemán Karl Heinzen, en su ensayo Der Mora
(«El asesinato»), de 1848, donde afirma
que todos los medios, incluido el atentado
suicida, son buenos para acelerar el advenimiento
de... ¡la democracia! En tanto que demócrata
radical, Heinzen escribe lo siguiente: «Si, para
destruir el partido de los bárbaros, hay que
hacer saltar por los aires la mitad de un
continente y provocar un baño de sangre, no
tengáis ningún escrúpulo de conciencia. Quien
no esté dispuesto a sacrificar gustosamente su
vida por la satisfacción de exterminar a un
millón de bárbaros no es un auténtico
republicano».4
El absurdo de
este ejemplo muestra que ni siquiera los mejores
fines justifican todos los medios. Los ciudadanos
harán bien en temer lo peor de una República
laica o religiosa construida sobre un
baño de sangre. En la actualidad, se acepta de
forma general que el uso de la violencia
terrorista en un contexto de auténtica
democracia política (como en Irlanda del Norte,
el País Vasco español o Córcega) resulta
inadmisible.
Adiós
libertades
Cabe temer
igualmente que la cacería universal de
«terroristas» que anuncia Washington como
objetivo último de esta «guerra sin fin» se
preste a peligrosos abusos y atentados contra las
libertades fundamentales.
Porque, si
admitimos que los trágicos sucesos del 11 de
septiembre de 2001 han inaugurado un nuevo
período de la historia contemporánea, no
podemos por menos de preguntarnos qué otro ciclo
han cerrado esos mismos hechos y cuáles son las
consecuencias.
La época que
termina se había iniciado el 9 de noviembre de
1989 con la caída del muro de Berlín y
confirmado con la desaparición de la Unión
Soviética el 25 de diciembre de 1991.
Constantemente celebradas, las características
fundamentales de esa etapa que vio, por
otra parte, el despegue de la globalización
liberal habrán sido: la exaltación del sistema
democrático, la apoteosis del Estado de derecho
y la glorificación de los derechos humanos.
Tanto en política interior como exterior, esta
moderna Trinidad era una especie de imperativo
categórico constantemente invocado y, si bien no
carecía de ambigüedades (¿realmente pueden
conciliarse globalización liberal y democracia
planetaria?), contaba con la adhesión de los
ciudadanos, que veían en ella una victoria del
derecho sobre la barbarie.
A este respecto,
el 11 de septiembre de 2001 marca una clara
ruptura. En nombre de la «guerra justa» contra
el terrorismo, todas esas ideas generosas parecen
repentinamente olvidadas. Para empezar, antes de
atacar Afganistán, Washington no dudó en
establecer alianzas con dirigentes que hasta ayer
mismo eran considerados indeseables: el general
golpista Pervez Musharraf de Pakistán o el
dictador de Uzbekistán, Islam Karimov. Los
gritos del legítimo presidente paquistaní,
Nawaz Sharif, y de los defensores de las
libertades uzbekos no consiguieron traspasar los
muros de sus mazmorras... Valores antaño
calificados de «fundamentales» abandonan la
escena política sin hacer ruido, y estados
democráticos se hunden, desde el punto de vista
del derecho, en la regresión.
Medidas
liberticidas
Lo prueba el
alud de medidas liberticidas adoptadas por el
gobierno estadunidense, que, al día siguiente de
los atentados, implantaba en el país una
justicia de excepción. El ministro del ramo,
John Ashcroft, hacía aprobar una ley
antiterrorista, motejada de «ley patriótica»,
que permite a las autoridades detener a
sospechosos extranjeros por tiempo casi
indefinido, deportarlos, encerrarlos en celdas de
aislamiento, vigilar su correo, sus
conversaciones telefónicas y sus comunicaciones
vía Internet, y registrar su domicilio sin
autorización judicial.
En aplicación
de la mencionada ley, se detuvo en secreto a no
menos de mil doscientos extranjeros, de los que
más de seiscientos seguían en prisión a
finales de diciembre de 2001, en muchos casos sin
haber comparecido ante un juez ni recibido la
asistencia de un abogado.5 El gobierno
de Estados Unidos expresaba además su intención
de hacer interrogar a unos cinco mil hombres de
edades comprendidas entre los dieciséis y los
cuarenta y cinco años, llegados al país con
visados de turista y sospechosos por el simple
hecho de ser originarios de Oriente Próximo.6
En mayo de 2002,
el gobierno estadunidense concedió poderes
ilimitados al Federal Bureau of Investigations
(FBI), que podrá ahora espiar a los
estadunidenses, inmiscuirse en sus reuniones
aunque tengan lugar en una iglesia, una sinagoga
o una mezquita, asistir a sus mitines políticos
y husmear sus correos electrónicos y chats bajo
el pretexto de buscar terroristas. El nuevo FBI
se convierte así en una especie de CIA interior,
una agencia interna de seguridad y espionaje con
poderes ilimitados para llamar a la puerta de
cualquier persona que levante sospechas, aunque
no haya nadie ni nada que la relacione con una
trama terrorista.7
En esa misma
línea, el 6 de junio de 2002, después de las
revelaciones sobre los errores cometidos por el
FBI y la CÍA antes del 11 de septiembre que
impidieron evitar los trágicos atentados, el
presidente Bush anunció la reforma más
importante del sistema de seguridad estadunidense
desde 1947, cuando el presidente Harry Truman
creó el Pentágono, la CÍA y el Consejo
Nacional de Seguridad. «Sabemos que miles de
asesinos profesionales están conspirando contra
nosotros para atacarnos ha declarado George
W. Bush y esa tremenda constatación nos
obliga a actuar de modo diferente. Estados
Unidos, como líder del mundo civilizado, debe
proseguir y hacer más eficaz su lucha titánica
contra el terrorismo».8
Por
consiguiente, el presidente ha decidido crear un
superministerio contra el terrorismo, un nuevo
departamento que reagrupará veintidós agencias
y servicios, dispondrá de ciento setenta mil
funcionarios y de un presupuesto de más de
treinta y siete mil millones de euros...
Aunque los
tribunales ordinarios de Estados Unidos son
perfectamente competentes para juzgar a los
extranjeros acusados de terrorismo,9
el 13 de noviembre de 2001 el presidente George
W. Bush ya había creado tribunales militares con
procedimientos especiales. Estos procesos
secretos podrán celebrarse en navíos de guerra
y bases militares;10 la sentencia
será pronunciada por una comisión constituida
por oficiales del ejército; no será necesaria
la unanimidad para condenar a muerte al acusado;
el veredicto será inapelable; las conversaciones
del acusado con su abogado podrán ser escuchadas
clandestinamente; el procedimiento judicial se
mantendrá en secreto y los detalles del proceso
no se harán públicos en décadas...
¿Recurrir
a la tortura?
Responsables del
Federal Bureau of Investigations (FBI) han
llegado a proponer que se extradite a
determinados acusados a países amigos con
regímenes dictatoriales para que la policía
autóctona pueda interrogarlos utilizando
métodos «violentos, expeditivos y eficaces».
El recurso a la violencia y a la tortura se ha
reclamado abiertamente en las columnas de las
grandes revistas.11 En la cadena CNN,
el comentarista republicano Tucker Carlson fue
muy explícito: «La tortura no está bien. Pero
el terrorismo es peor. De modo que, en
determinadas circunstancias, la tortura es un mal
menor». Por su parte, Steve Chapman recordaba en
el Chicago Tribune que un Estado
democrático como Israel no duda en aplicar la
tortura, «presiones físicas moderadas», al 85%
de los detenidos palestinos.12
En el programa
estrella del canal CBS Sixty minutes,
consagrado, el domingo 20 de enero de 2002, al
tema «¿Está o no justificada la tortura a los
talibanes detenidos?», se ofreció el testimonio
del general francés Paul Aussaresses, que ha
admitido haber utilizado la tortura contra los
patriotas argelinos durante la guerra de Argelia
(1954-1962), condenado por la justicia de su
país por «complicidad en la apología de
crímenes de guerra». CBS se justificó diciendo
lo siguiente: «El general Aussaresses defiende
un método [la tortura] para evitar la muerte de
inocentes a manos de terroristas».
¡Matadlos
a todos!
Tras revocar una
decisión de 1974 que prohibía a la CIA asesinar
a dirigentes extranjeros, el presidente Bush dio
carta blanca a la agencia para llevar a cabo
todas las operaciones secretas necesarias para la
eliminación física de los jefes de al-Qaida.
Olvidando las recomendaciones de las convenciones
de Ginebra, la guerra de Afganistán se
desarrolló con ese mismo espíritu: ejecutar a
los miembros de al-Qaida incluso si se rendían.
El secretario de Defensa estadunidense, Donald
Rumsfeld, se mostró inflexible y rechazó toda
posibilidad de solución negociada y rendición.
«No queremos que se escape ningún terrorista de
al-Qaida declaró Rumsfeld. Queremos
impedir que se reconstituya la red en otro lugar
del mundo. Limpiaremos las grutas de Tora Bora
una por una si es necesario.» A continuación,
hizo un claro llamamiento al asesinato de todos
los prisioneros árabes y no afganos que luchaban
al lado de los talibanes.13
Más de
cuatrocientos de estos combatientes fueron
exterminados a raíz del alzamiento de la
fortaleza de Qalae-Jhangi y un número sin duda
más elevado tras la toma de Tora Bora.
Todo indica que
los estadunidenses sencillamente no quisieron
dejar con vida a ninguno de los miembros de la
secta terrorista al-Qaida. Ni siquiera cuando se
rendían y se constituían prisioneros. En varias
ocasiones, en Kandahar y en Tora Bora por
ejemplo, los oficiales estadunidenses presentes
sobre el terreno se mostraron inflexibles y se
negaron a aceptar los pactos y acuerdos de
rendición establecidos entre los miembros de
al-Qaida y las fuerzas antitalibán aliadas.
Exigieron que se prosiguiesen los combates hasta
la liquidación total de los supervivientes.
«¡Hay que matar a todos los combatientes de
al-Qaida, y hay que matarlos ahora! Nada de
aceptar que depongan las armas», exigieron
miembros de la CÍA a los combatientes de la
Alianza en el frente de Tora Bora.
Otro crimen
también lo constituyó el uso indiscriminado, y
prohibido por la Convención de Ottawa, de las
bombas de fragmentación. Muy controvertidas,
estas bombas (cluster bombs) son como
muñecas rusas que contienen otras más pequeñas
en su interior. Cada B-52 suelta una treintena de
gruesas bombas (CBU-87), cada una de éstas
desparrama más de doscientas pequeñas bombas
(LU-97),y cada una de ellas, a su vez, libera
trescientas granadas de color amarillo y grandes
como una lata de cerveza. Por consiguiente, cada
bomba de fragmentación disemina más de sesenta
mil ingenios explosivos, y un único avión B-52
puede soltar, de una sola vez, ¡más de un
millón ochocientas mil bombas! Y pensemos que
estos aviones estuvieron bombardeando, en algunas
zonas, sin descanso durante semanas enteras.
Cada bomba
CBU-87 lo destruye todo, personas y material, en
una superficie equivalente a una docena de campos
de fútbol. Una media del 10% de las pequeñas
bombas amarillas no estallan al tocar tierra. De
manera que, disimuladas en la arena o en los
matorrales, funcionan como minas antipersonal o
antivehículo, y siguen sembrando la muerte entre
los campesinos inocentes mucho después de haber
sido lanzadas.
Para impedir el
enjuiciamiento de militares estadunidenses por
operaciones realizadas en el extranjero,
Washington se niega a la ratificación del
acuerdo que instituiría el Tribunal Penal
Internacional (CPI). A tal efecto, el Senado ha
aprobado, en primera lectura, la ley ASPA
(American Servicemembers Protection Act), que
permite a Estados Unidos tomar medidas extremas
que pueden llegar hasta la invasión
militar de un país para recuperar a
cualquier ciudadano estadunidense amenazado con
ser citado ante el futuro CPI.
Aprovechando la
«guerra mundial contra el terrorismo», otros
países el Reino Unido, Alemania, Italia,
España, Francia... han reforzado
igualmente sus legislaciones represivas.
Así pues, los
defensores de los derechos públicos tienen
motivos de sobra para inquietarse: el movimiento
general de nuestras sociedades, que tendía hacia
un respeto cada vez mayor por el individuo y sus
libertades, se ha visto brutalmente atajado. Y
todo indica que ha empezado la deriva hacia un
Estado crecientemente policial...
En su informe
anual sobre el estado de los derechos humanos en
el mundo, presentado el 28 de mayo de 2002,
Amnistía Internacional confirma esta deriva y
denuncia que varios gobiernos aprovecharon ese
horror y la ola de indignación que provocó para
subirse al tren del «antiterrorismo» y
utilizaron el brutal momento para «incrementar
la represión, socavar la protección a los
derechos humanos y reprimir la disidencia
política».14
Un
cambio geopolítico radical
Desde ese punto
de vista, asistimos a un profundo cambio
geopolítico que va a afectar a nuestras vidas
irremediablemente. Todo empieza ese fatídico
martes 11 de septiembre de 2001 con el
descubrimiento de una nueva arma: un avión
comercial, cargado de carburante y transformado
en misil de destrucción y gigantesca bomba
incendiaria. Ignorada hasta entonces, esta
monstruosa arma nueva estalla por sorpresa ese
día en Estados Unidos repetidas veces y en un
breve lapso. La violencia del impacto es tal que
consigue sacudir el mundo entero de forma
efectiva.
Lo que cambia,
para empezar, es la percepción misma del
terrorismo. De inmediato, se habla de
«hiperterrorismo»15 para subrayar
que no volverá a ser como antes. Se ha rebasado
un límite impensable, inconcebible. La desmesura
de la agresión la convierte en un hecho sin
precedente. Hasta el punto de que nadie sabe
cómo llamarla. ¿Atentado? ¿Ataque? ¿Acto de
guerra? Los límites de la violencia extrema
parecen haberse ampliado.Y ya no se puede dar
marcha atrás. Todos sabemos que los crímenes
del 11 de septiembre inaugurales se
reproducirán.16 Quizá en otro sitio,
y sin duda en circunstancias diferentes, pero se
repetirán. La historia de los conflictos enseña
que, cuando aparece un arma nueva, por horribles
que sean sus efectos, siempre vuelve a
utilizarse. Lo confirma el empleo de gases de
combate después de 1918, o la destrucción de
ciudades mediante bombardeos aéreos después de
Guernica, en 1937. En definitiva, ese es el miedo
que perpetúa, cincuenta años después de
Hiroshima, la amenaza nuclear...
Golpear
las conciencias
Al tiempo que
una crueldad insólita, la agresión del 11 de
septiembre revela en sus autores un altísimo
nivel de complejidad. Querían golpear con
fuerza, golpear en lo más vivo, pero sobre todo
golpear las conciencias. Y pretendían producir
al menos tres tipos de efectos: enormes daños
materiales, un impacto simbólico y una gran
conmoción mediática.
Los resultados
son de sobra conocidos: destrucción de unas tres
mil vidas humanas, de las dos torres del World
Trade Center, de un ala del Pentágono y, si el
cuarto avión no se hubiera estrellado en
Pensilvania, probablemente también destrucción
de la Casa Blanca. Pero es evidente que estos
estragos no constituían el objetivo principal.
De otro modo, los aviones se habrían lanzado,
por ejemplo, contra presas, embalses o centrales
nucleares y habrían provocado desastres
apocalípticos y decenas de miles de muertos...17
El segundo objetivo pretendía impresionar la
imaginación colectiva desacreditando, ofendiendo
y humillando los signos fundamentales de la
grandeza de Estados Unidos, los símbolos de su
hegemonía imperial en materia económica (el
World Trade Center), militar (el Pentágono) y
política (la Casa Blanca).
El tercer
objetivo, menos evidente que los dos anteriores,
era de orden mediático. Mediante una especie de
golpe de Estado televisivo, Osama Bin Laden,
presunto cerebro de la agresión, pretendía
ocupar las pantallas, imponerles como un
realizador diabólico sus imágenes, las
escenas de su obra de destrucción. De ese modo,
y con grave perjuicio para la administración
estadunidense,18 se hizo con el
control de todas las pantallas de televisión de
Estados Unidos (y, más allá, del mundo entero).
Ello le permitió develar, demostrar, evidenciar
la insólita vulnerabilidad de la primera
hiperpotencia, exhibir en el interior de los
hogares estadunidenses su propio poder maléfico
y poner personalmente en escena la coreografía
de su crimen.
Mesianismo
mediático
Una muestra de
narcisismo que completa la otra imagen dominante
del comienzo de esta crisis: la del propio Bin
Laden. Sobre fondo de una cueva afgana, el
autorretrato de un hombre de mirada extrañamente
dulce... De la noche a la mañana, esta imagen
convirtió a un hombre prácticamente desconocido
la víspera del 11 de septiembre en la persona
más famosa del mundo.19
Desde que un
dispositivo técnico global permite difundir
imágenes en directo a la totalidad del planeta,
se sabía que el mundo estaba maduro para la
aparición de un «mesianismo mediático». El
caso Diana [de Gales], en particular, demostró
que los medios de comunicación, mucho más
numerosos que antes, están más unificados y
uniformizados que nunca.Y que este estado de
cosas sería aprovechado tarde o temprano por
alguna especie de profeta electrónico.20
Osama Bin Laden
es el primero. La agresión del 11 de septiembre
le permitió acceder a todas las pantallas del
mundo y transmitir su mensaje planetario. Genio
del mal o moderno doctor Mabuse para muchos, pudo
aparecer a los ojos de millones de personas,
especialmente en el mundo árabe-musulmán, como
un héroe. Y, más aún que como un héroe, como
un mesías, «aquel que, elegido y enviado por
Dios, viene a librar del mal a la humanidad»...
Y que, con ese
fin y por paradójico que pueda parecer, no duda
en inventar un terrorismo de un nuevo tipo.
Resulta obvio que en adelante tendremos que hacer
frente a un terrorismo global. Global en su
organización, pero también en su alcance y sus
objetivos. Y que no plantea reivindicaciones muy
precisas. Ni la independencia de un territorio,
ni concesiones políticas concretas, ni la
instauración de un tipo particular de régimen.
Esta nueva forma de terror se manifiesta como una
especie de castigo o escarmiento contra un
«comportamiento general», sin más precisiones,
de Estados Unidos y, más ampliamente, de los
países occidentales.
Tanto el
presidente George W. Bush que habló de
«cruzada», para retractarse después como
Osama Bin Laden han descrito este enfrentamiento
en términos de choque de civilizaciones, incluso
de guerra de religión: «El mundo se ha
escindido en dos campos ha afirmado Bin
Laden, uno bajo la bandera de la cruz, como
lo afirma el jefe de los infieles, Bush, y el
otro bajo la bandera del islam».21
Atacado por
primera vez dentro de sus fronteras,22
en el corazón de su propia metrópoli y de un
modo particularmente cruento, Estados Unidos
decidió reaccionar rompiendo la baraja de la
política internacional. Temiendo, en un primer
momento, una respuesta precipitada e impulsiva,
el mundo contuvo el aliento. No obstante, bajo la
influencia del secretario de Estado Colin Powell,
que ha demostrado ser la personalidad más
lúcida de la administración estadunidense,23
Estados Unidos consiguió mantener su sangre
fría. Y supo sacar partido de la emoción
internacional y la solidaridad expresada por casi
todas las cancillerías (con la única excepción
de Irak) para reforzar su hegemonía planetaria.
Indiscutible
supremacía
Desde la
desaparición de la Unión Soviética en
diciembre de 1991, se sabía que Estados Unidos
se había convertido en hiperpotencia única.
Pero, aquí y allí, algunos recalcitrantes
Rusia, China, Francia a su manera,
etc. se resistían a admitirlo. Los sucesos
del 11 de septiembre barrieron todas las
reticencias: Moscú, Pekín, París y muchas
otras capitales reconocieron explícitamente la
supremacía estadunidense. Numerosos dirigentes
y, el primero de todos, el presidente
francés, Jacques Chirac se apresuraron a
presentarse en Washington, oficialmente para
ofrecer sus condolencias, en realidad para rendir
vasallaje incondicional. Todos comprendieron que
había pasado el momento de las evasivas. «Quien
no está con nosotros, está con los
terroristas», había advertido el presidente
Bush, antes de añadir que se acordaría de todos
aquellos que en aquel momento particular hubieran
permanecido pasivos.
Una vez
constatado el acatamiento universal que
incluía los de la ONU, la OTAN y la Unión
Europea, Washington se comportó de manera
soberana, es decir, sin tomar en consideración
las recomendaciones o deseos de los países
adictos. La coalición constituida obedeció a
una geometría variable, en la que Washington
escogió a su pareja en todo momento, le fijó
unilateralmente la misión que debía cumplir y
no le dejó ningún margen de maniobra. «La
participación de Europa en esta guerra
constata un analista estadunidense se
hace sobre bases unilaterales que suponen la
clara aceptación de una sola autoridad: el mando
estadunidense.»24
Y no sólo en el
terreno militar. En el de la información
la «guerra invisible», más de
cincuenta países pusieron igualmente sus
servicios de inteligencia y de contraespionaje a
las órdenes de la CÍA y del FBI. Gracias a ello
fueron detenidos, en apenas unas semanas, más de
trescientos sesenta sospechosos en todo el mundo,
acusados de vinculación con la red al-Qaida de
Osama Bin Laden.25
La supremacía
de Estados Unidos era grande; ahora es
aplastante. «A comienzos del año 2002, el mundo
se encuentra en una situación sin precedente en
la historia de la humanidad constata el
politólogo estadunidense William Pfaff.
Una sola nación, Estados Unidos, goza de un
poder militar y económico sin rival y puede
imponerse prácticamente en cualquier sitio.
Incluso sin recurrir a las armas nucleares,
Estados Unidos podría destruir las fuerzas
militares de cualquier otra nación del planeta.
Si quisiera, Estados Unidos podría imponer una
quiebra social y económica completa a cualquier
otro país. Ninguna nación ha tenido nunca un
poder semejante, ni una invulnerabilidad
comparable.»26
A su lado, las
otras potencias occidentales (Francia, Alemania,
Japón, Italia, Canadá y el Reino Unido) son
figuras liliputienses. La prueba más
espectacular del impresionante poder de
intimidación que ejerce Estados Unidos se nos
ofreció el día siguiente al 11 de septiembre.
La
estrategia de Bin Laden
Al hacer
asesinar al comandante Massud, jefe militar de la
Alianza del Norte afgana, el 9 de septiembre,
Osama Bin Laden creyó haber eliminado una de las
bazas decisivas de las que podría haberse
servido Washington tras los atentados. Estados
Unidos, se dijo, no podría seguir apoyándose en
la Alianza del Norte. Si persistía en hacerlo
para derrocar el régimen de los talibanes,
protectores de al-Qaida, se encontraría enfrente
a Pakistán, una potencia militar temible, con
ciento cincuenta millones de habitantes y en
posesión de armamento nuclear. Islamabad no
aceptaría jamás, pensaba Bin Laden, el
desmantelamiento del régimen de los talibanes,
que había permitido a Pakistán hacer realidad
una ambición ancestral: controlar al fin
Afganistán y reducirlo, de hecho, al rango de
protectorado.
Más al norte,
Rusia, tensa con Washington debido a su grave
desacuerdo con el proyecto de escudo antimisiles
acariciado por el presidente Bush, tampoco
colaboraría con los estadunidenses, ni les
ofrecería ninguna intermediación ante sus
estrechos aliados de Asia Central, Uzbekistán y
Tayikistán.
Según este
razonamiento, de sentido común, después del 11
de septiembre Estados Unidos habría tenido que
resignarse a bombardear Afganistán desde muy
lejos, con misiles de crucero Tomahawk, como tuvo
que hacer William Clinton en 1998 tras los
atentados contra las embajadas estadunidenses de
Nairobi y Dar-es-Salam. Una respuesta sin duda
espectacular pero sin consecuencias reales...
Como ha
demostrado el desarrollo de los acontecimientos,
Osama Bin Laden se equivocaba. En menos de
veinticuatro horas, puestos en la ineludible
disyuntiva de ayudar a Estados Unidos o asumir
considerables riesgos en ámbitos estratégicos
tan prioritarios como Cachemira, la rivalidad con
la India y la posesión de armamento nuclear, el
alto mando paquistaní y el presidente general
Pervez Musharraf no lo dudaron un segundo.
Optaron, como es bien sabido, por sacrificar
Afganistán.
En cuanto a
Rusia, tampoco vaciló un instante. El 11 de
septiembre, Vladimir Putin fue el primero en
ponerse en contacto con Bush para expresarle su
solidaridad. Ésta fue tan lejos en Asia central
que la jerarquía del ejército estadunidense no
pudo por menos de conmoverse. La recompensa de
Washington ha sido doble: silencio estadunidense
sobre las atrocidades cometidas por el ejército
ruso en su lucha «contra el terrorismo» en
Chechenia; y aceptación de que Rusia se integre,
de hecho, en la OTAN.27
Aterradora
advertencia
La nueva actitud
de Moscú significa claramente que ya no hay
ninguna posibilidad de que se constituya una
coalición militar capaz de actuar como
contrapeso al poderío de Estados Unidos. Hoy por
hoy su predominio militar es absoluto. Desde ese
punto de vista, el «castigo» que infligió a
Afganistán desde el 7 de octubre,
bombardeándolo día y noche durante varios
meses, representa una aterradora advertencia a
todos los países del mundo. Quien esté contra
Estados Unidos se encontrará solo frente a
ellos, sin ningún aliado y expuesto a que lo
bombardeen hasta devolverlo a la Edad de Piedra.
La lista de próximos «blancos» potenciales se
anuncia públicamente en los periódicos
estadunidenses: Somalia, Yemen, Sudán, Irak,
Irán, Siria, Corea del Norte... Y el presidente
Bush, en su discurso sobre el estado de la
nación, el 29 de enero de 2002, con la
apelación «eje del mal» ha designado
explícitamente tres próximas dianas: Corea del
Norte, Irán y sobre todo Irak.
Otra lección
posterior al 11 de septiembre es que la
globalización continúa y se afianza como la
principal característica del mundo
contemporáneo. No obstante, la crisis actual ha
revelado su vulnerabilidad. Por ese motivo,
Estados Unidos sostiene que es urgente constituir
lo que se podría llamar el aparato de seguridad
de la globalización. Con la adhesión de Rusia,
la entrada de China en la OMC y el pretexto de la
lucha mundial contra el terrorismo, que permite
recortar las libertades y el perímetro de la
democracia en todas partes,28 en la
actualidad parecen darse todas las condiciones
para que este dispositivo global de seguridad se
ultime. Sea bajo los auspicios de la nueva OTAN
o, más probablemente, bajo el control directo de
las fuerzas armadas estadunidenses. Que ya están
actuando directamente, con el argumento de
«combatir el terrorismo», en frentes tan
dispersos como Filipinas, Afganistán, Pakistán,
Georgia,Yemen, Somalia y Colombia.
Se abre paso la
idea de que hemos entrado en un nuevo período de
la historia contemporánea en el que, de nuevo,
es posible dar soluciones militares a problemas
políticos.
A
causa de la globalización
También se
escuchan voces que hacen responsable parcial de
los hechos del 11 de septiembre a la
globalización liberal, porque ha agravado las
injusticias, las desigualdades y la pobreza a
escala planetaria.29 Y porque, en
consecuencia, ha agudizado la desesperación y el
rencor de millones de personas dispuestas a
rebelarse, de personas decididas, en el mundo
árabe-musulmán, a apoyar a los grupos
islámicos más radicales, incluido al-Qaida, que
apelan a la violencia más extrema.
Debilitando los
estados, devaluando la política y desmantelando
las principales reglamentaciones, la
globalización ha favorecido el desarrollo de
organizaciones de estructura flexible, no
jerárquica, no vertical, reticular. Tanto las
empresas globales como las ONG, por ejemplo, han
aprovechado este nuevo statu quo y se
han multiplicado.
Pero, en esas
mismas condiciones, han proliferado también
organizaciones parásitas, aprovechando de forma
caótica espacios degradados por la
globalización: mafias, organizaciones
delictivas, redes criminales de todo tipo, sectas
y grupos terroristas.30
Desde este punto
de vista, la red-secta al-Qaida es una
organización perfectamente adaptada a la era de
la globalización, con sus ramificaciones
multinacionales, sus redes financieras, sus
conexiones mediáticas y comunicacionales, sus
recursos económicos, sus fuentes de
aprovisionamiento, sus centros de enseñanza y de
formación, sus organizaciones humanitarias, sus
órganos de propaganda, sus filiales y
subfiliales...
A la manera de
Bin Laden y de al-Qaida, determinadas empresas
globales se apropiarán de un Estado hueco,
vacío, desestructurado, presa del desorden
endémico y del caos, para utilizarlo a su
capricho. También desde este punto de vista
Osama Bin Laden habrá sido en cierto modo un
terrorífico precursor.
¿Hacia
el individuo-estado?
A lo largo de la
historia, el mundo ha conocido ciudades-Estado
(Atenas, Esparta,Venecia, Hong-Kong,
Singapur...), regiones-Estado (en la época
feudal, pero también en la contemporánea, con
las descentralizaciones, las autonomías y el
neofederalismo), partidos-Estado (el partido
fascista en la Italia de Mussolini, el
nacionalsocialista en la Alemania de Hitler o el
comunista en la Unión Soviética de Stalin) y
naciones-Estado (en los siglos XIX y XX).
Pero, con la
globalización, estamos asistiendo a la
aparición de la red-Estado e incluso del
individuo-Estado, del que Osama Bin Laden es el
primer ejemplo evidente. Aunque, por el momento,
este último siga necesitando como el
cangrejo ermitaño necesita una concha
vacía un «Estado vacío» (Somalia,
Afganistán) para apropiárselo y ponerlo al
servicio total de sus ambiciones.
La
mundialización favorece este fenómeno, como
probablemente favorecerá mañana la aparición
de empresas-Estado.

RESEÑA
En Guerras del siglo
XXI, Ignacio Ramonet expone de manera
contundente las preguntas clave que debemos
hacernos en el inicio de este siglo XXI y
presenta un retrato del nuevo rostro del
mundo tras los atentados del 11 de
septiembre, la ofensiva de Estados Unidos
contra el terrorismo internacional, el
recrudecimiento del conflicto
israeli-palestino en Oriente Próximo y el
ascenso de la ultraderecha en el paisaje
electoral europeo.
Este nuevo orden
mundial viene condicionado por otro fenómeno
central, la globalización, que ha iniciado
en la Tierra otra era de conquistas, cuyos
protagonistas no son en esta ocasión estados
colonizadores sino empresas y multinacionales
privadas dispuestas a dominar el planeta,
invadiendo mercados en lugar de países. Esta
mercantilización del mundo se traduce en un
formidable agravamiento de las desigualdades
y en una destrucción impresionante de la
naturaleza, a la cual se saquea para extraer
beneficios.
Ante los efectos de la
globalización económica, y los nuevos
miedos y amenazas que acechan al mundo, los
ciudadanos reclaman una serie de nuevos
derechos colectivos que incluyen el derecho a
la preservación de la naturaleza y a un
medio ambiente no contaminado, a una ciudad
humana, a una información no manipulada, a
la paz y al desarrollo de los pueblos. No
podemos contentarnos con un planeta donde un
millardo de habitantes viven en la
prosperidad y tres millardos en la más atroz
de las miserias. Las sociedades civiles deben
reclamar su protagonismo en las grandes
negociaciones internacionales. Para cambiar
este mundo hay que poder soñar un futuro
diferente.
*
Ignacio Ramonet es
director de Le
Monde diplomatique,
especialista en geopolítica y estrategia
internacional y profesor de teoría de la
comunicación en la Universidad Denis Diderot de París. Ramonet es doctor en
semiología y en historia de la cultura por la
Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales,
donde fue alumno de Roland Barthes. Es también
fundador de Attac (Asociación para la Tasación
de las Transacciones Financieras y la Ayuda a los
Ciudadanos), de Media Watch Global y uno de los
promotores del Foro Social Mundial de Porto
Alegre. Es autor, entre otras obras, de La
golosina visual, Marcos, la dignidad
rebelde, Un mundo sin rumbo, La
tiranía de la comunicación, Rebeldes,
dioses y excluidos, Propagandas
silenciosas y La post-television. Es
colaborador de SdP. Este es el capítulo "11 de
septiembre de 2001. Guerra mundial contra el
terrorismo", de su libro Guerras del siglo
XII. Nuevos miedos, nuevas amenazas.
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