Streap
tease de Fernando Vallejo
Jaime
de la Hoz Simanca *
ACTO I: El escritor en escena
El
escritor Fernando Vallejo pide, por favor, que al
solicitar el permiso para acercarse al púlpito y
tomar las fotografías, le diga al sacerdote que
él es un pintor mexicano con deseos de llevar a
su país un recuerdo bajo la escultura de Rodrigo
Arenas Betancourt que cuelga del techo de la
Catedral Metropolitana. No quiere tener
problemas, según advierte. Porque sabe que sus
aguijones más violentos han sido contra los
curas, a los que califica de travestis.
Lo dice con el mismo
rostro de yo no fui que ahora revela,
mientras de su boca van saliendo adjetivos
fuertes, cargados de ironía, pero matizados a
veces con una sonrisa que otorga la sensación de
estar fingiendo.
Vallejo,
este escritor irreverente y procaz, habla con una
sinceridad a prueba de dudas. Es una convicción
construida en medio de la soledad de toda la vida
y, últimamente, con la compañía de las dos
perras que viven en su casa de México.
Llegó
para participar en un evento cultural que convoca
anualmente a escritores, poetas, cantantes,
caricaturistas, periodistas y pensadores de
relevancia internacional. Y vino con la aureola
de escritor maldito que muchos quisieran ver en
la hoguera y otros, como Juan Carlos
Borbón, alias Su Majestad don Juan Carlos I de
Borbón y Borbón (con el de y la
y que se suelen poner estos zánganos
en sus nombres para significar que nacieron de la
vagina de oro) como escribió
alguna vez desearían verlo
transformado en oso o lobo para matarlo a
escopetazos al pie de los Cárpatos.
A
golpe de vista, y de acuerdo con el estereotipo
cultural de nuestros tiempos, la imagen de
Vallejo no corresponde a lo que desde hace varios
lustros pregona en todos los escenarios donde
asiste, ni a lo que escribe en revistas
especializadas del mundo iberoamericano. Todavía
conserva su timidez de niño bueno y las maneras
decentes de quienes han estado largos períodos
en contacto con santos, hostias y biblias en sus
más disímiles versiones.
Su
voz revela inocencia. Pese a los gruesos
adjetivos que se esparcen desde sus labios, como
serpientes venenosas, no hay lugar al temor, ni
siquiera al respeto, sino al asombro y a la
admiración. No sabe levantar el tono de sus
palabras. O no quiere. Y eso lo muestra aún más
como un extraño personaje al que muchos
califican de loco y otros de excéntrico, al
estilo de José María Vargas Vila, el
iconoclasta de finales del siglo XIX y principios
del XX de quien Vallejo habrá de ocuparse más
adelante y con el que mantiene similitudes.
Luces sin encender
¿Qué
defiende en su obra?
En
mi obra y en mi vida defiendo la causa por los
animales: los mamíferos, los que tienen un
sistema nervioso complejo por el que sienten
dolor, miedo, hambre, sed, tedio.
¿Ha
llorado por los animales?
¡Claro!
El haberme quitado la venda moral que me puso la
sociedad colombiana y la religión católica fue
una desgracia para mí, porque me amargó la
alegría.
¿Le
duelen más las muertes de los perros que la de
los seres humanos?
Me
duelen ambas. Y llevo la lista en una libreta.
Anoto los nombres de las personas que he visto
por lo menos una vez y de los que después me
entero que han muerto. Voy en 573 e incluyen
cuatro animales. La de mayor impacto fue la
muerte de mi abuela materna, la que más quise en
mi vida, Raquel Pizano. Fue demoledor, pero nunca
comparable con la muerte de mi hermano Silvio que
se pegó un tiro en la cabeza a los 25 años, o
la de mi hermano Darío, que he contado en El
desbarrancadero.
¿Cuántos
muertos tiene encima a raíz de su obra
literaria? ¿Conoce algunos suicidios como los
que provocó Ibis, de Vargas Vila?
Yo
no estoy incitando a nadie al suicido sino a que
no se reproduzcan. ¿Por qué se van a suicidar
por mí? Nunca he pedido a nadie que se mate.
Pido que no sigan matando vacas ni cerdos y que
empiecen a ver lo que no les enseñó su
religión miserable. No predico el suicidio.
Vivir es muy difícil y morir también. Pero
aquí estamos.
ACTO II: Vargas Vila y sus
demonios
Fernando
Vallejo usa una chaqueta marrón con cuatro
bolsillos grandes: dos arriba y dos abajo,
repletos de quién sabe qué. En esta oportunidad
lleva en su cuello un adorno de carnaval que se
extiende hasta el tercer botón de su camisa a
cuadros. Es alto y flaco, coronado con un peinado
hacia atrás que también luciría si fuera
Ministro o Senador de la República, como su
padre, el abogado conservador Aníbal Vallejo
Álvarez.
Pero
de su progenitor no habla, como sí lo hace de
política, sólo para despotricar contra ella y,
luego, relamerse los labios por el gusto de
alcanzar los adjetivos necesarios que
proporcionan contundencia al ataque. Parecieran
no existir términos medios al escuchar su
andanada de frases y, sobre todo, la alusión a
personajes vivos o muertos. En todos los casos,
es evidente su simpatía o su desprecio y
entonces uno observa que la velocidad de sus
palabras alcanza niveles de vértigo.
A
Vargas Vila, el escritor incendiario que lo
antecedió en su odio anticlerical, lo evoca con
singular fruición. Siento una gran
simpatía por él, dice. Enseguida recuerda
que su compatriota estuvo acompañado, durante
gran parte de su vida, por Ramón Palacio Viso,
un venezolano que permaneció con él hasta el
momento de su muerte en el año 1933, en un
apartamento de la Calle Salmerón de Barcelona.
La
imagen que se tiene de Vargas Vila es la de un
hombre mujeriego porque sus novelas están llenas
de lujuria por la mujer. Es muy probable que
Vargas Vila hubiera sido homosexual y que Palacio
Viso hubiera sido su amante. En Europa y Cuba
estuvo todo el tiempo con él. Y el terror que
tenía de morirse era dejarlo solo, agrega.
Lo
conoce, sin duda. Tanto o más que a los poetas
Porfirio Barba Jacob y José Asunción Silva, sus
biografiados notables. Pero sus semejanzas con
Vargas Vila tal vez lo obligan a descalificarlo
en la condición de escritor, sin que deje de
reconocer el apasionamiento que siente por el
personaje. Sabe, incluso, que en 1924 el autor de
Flor de Fango visitó su tierra, lanzó
dardos a diestra y siniestra y exigió el pago de
los derechos de autor por la filmación de Aura
o las violetas, película basada en la famosa
novela que lleva el mismo nombre, puesta en
escena por los hermanos Di Doménico sin previa
negociación.
Sabe
también algo que ni los mismos biógrafos de El
Divino escribieron en sus libros: Vargas Vila
es el escritor de lengua española que tiene más
títulos traducidos al francés. Incluso, más
que el español Blasco Ibáñez. Vallejo recuerda
que cuando llegó a México en 1971, la sombra de
Vargas Vila aún vagaba a través de ediciones
piratas, engrapadas, que circulaban de mano en
mano, pero sin la estampilla roja de la primera
página que exigió el escritor en la reedición
de sus obras completas que hizo la editorial
Sopena de Barcelona. Y señala, al final de los
reconocimientos, que quien escribiera la
catilinaria Ante los bárbaros fue el
primer escritor hispanoamericano que vivió del
oficio de escribir.
No
ganaba las fortunas que él decía ni vivía en
las villas en las que fechaba sus novelas, al
final de ellas como Villa Ibis, Málaga,
que aparece en una de sus obras, pero
podía vivir de lo que escribía. Eso es
notable, agrega.
Después,
sobrevienen los aguijones: que Vargas Vila
escribió veinte novelas que parecían la misma;
que era un escritor menor, un prosista malo y de
peor gusto; y que, contra lo que parecía, era
bastante ignorante tal como se observa, según
Vallejo, en los pequeños fragmentos del Diario
Intimo, repletos de errores de ortografía,
que publicó Consuelo Treviño hace algunos años
después de recuperarlos en La Habana.
De
Vargas Vila habla con furor y casi con desmesura,
como si estuviera hablando de los perros que le
matan todos los días y de los autores de esas
muertes para los que también pide la muerte.
Pero la distancia que guarda con el panfletario
es la misma que lo acerca al momento de verlos,
sólo separados por el tiempo, irse lanza en
ristre contra los curas y su máximo exponente,
el Papa; o mirarlos, de soslayo, profesando un
amor contrariado hacia la madre y expresar un
profundo afecto hacia los hermanos.
Luces
encendidas
¿Qué
puede contar de su madre?
Mi
mamá fue una mujer muy loca que tuvo muchos
hijos y una casa que fue un manicomio. Hay
cuentas mías con ella muy complejas que a lo
mejor no podría captar en un libro. De todas
maneras, ella murió hace poco y ya está en la
libreta de mis muertos.
¿Desprecia
a García Márquez?
Siempre
me preguntan por él. El es un colega de la
literatura. Pienso que es un prosista menor al
lado de grandes del idioma como Azorín y Mujica
Laínez. Cervantes es un gran escritor y un
pésimo prosista, dos cosas distintas. Además,
García Márquez es un novelista sin originalidad
profunda, así Remedios La Bella se vaya al cielo
con una sábana.
Hablemos
de sus traumas
Yo
no tengo ningún trauma. Mi concepción de la
sexualidad es muy clara: ningún acto sexual,
mientras no medie la violencia ni la imposición
y mientras no esté destinado a la reproducción,
es inocente. La sexualidad no tiene ninguna
importancia. Aunque si está destinada a la
reproducción, es un crimen.
¿Qué
pasará entonces con la vida sin la
reproducción?
Que
se acabe la vida sobre la tierra. Aquí estamos
hablando, cargando con una cruz que nos
impusieron. Yo no estoy proponiendo que se acabe
la especie humana, sino la vida sobre la tierra,
porque es un planeta desdichado, miserable. La
muerte no es más que la muerte individual. El
que crea que se está perpetuando a través de
los hijos es un ingenuo. De los hijos no queda
uno, sino la maquinaria biológica, los genes, el
DNA que transmiten los padres.
Hay
un rumor: que usted odia a los negros
¡Pero,
cómo, si yo me he acostado con muchos negros!
ACTO III: Barba Jacob, José
Asunción Silva y Fernando González
El
son del viento en la arcada
tiene la clave de mí mismo:
soy una fuerza exacerbada
y soy un clamor de abismo.
Fragmento
de El son del viento (De tragedias
intencionales),
Porfirio Barba Jacob
México, Palacio de la Nunciatura,
1920
En
el bolsillo superior de su chaqueta, Vallejo
carga un gotero oftalmológico con el que
controla sus problemas de visión. Dicen que
está quedando ciego, pero él afirma que es
parte de la leyenda que ya empieza a cubrirlo.
Encima de la mesa que sirve como escenario de la
entrevista está el libro Barba Jacob, el
mensajero, publicado por editorial Planeta y
escrito por Vallejo después de una minuciosa
investigación de diez años.
La
obra, en alguna medida, marca su comienzo
literario, pues la primera versión apareció en
México en 1984 cuando sólo había escrito y
dirigido tres películas que hoy forman parte de
la filmografía del olvido. Pero, mientras
escribía los guiones y se movía en los espacios
cinematográficos, avanzaba simultáneamente en
la investigación sobre un personaje del que se
había obsesionado en sus tiempos de adolescente.
Porfirio Barba Jacob, en efecto, lo atrajo con
una extraña fuerza no exenta de fascinación.
Por eso, en el instante que decidió sumergirse
en su mundo biográfico, supo que habría de
recorrer los caminos que había transitado el
poeta antioqueño por las distintas tierras de
Centroamérica y de su propio país. Así, lo
siguió de cerca en medio de una pesquisa que
produjo la biografía en dos versiones, una de
ellas con más de quinientas páginas.
Vallejo
toma el libro entre sus manos y contempla durante
varios minutos el rostro de caballo del poeta que
mira hacia ninguna parte. Es la versión
fotográfica de la caricatura de carátula del
libro de sus Obras Completas, publicado
con 400 páginas desconocidas por las ediciones
académicas de Rafael Montoya y Montoya que
sirvió de apoyo no sólo para su labor
detectivesca, sino para la desmitificación y
adorno con la correspondiente dosis
de morbo del poeta
atormentado.
La
biografía comienza así: El doce de abril
de 1927, tras un ir y venir incierto de veinte
años por tierras de Centroamérica y de México
y por islas del Caribe, regresó Barba Jacob a
Colombia por el puerto de Buenaventura. Venía
acompañado de un muchacho centroamericano, entre
los diecisiete pasajeros de cubierta del barco
Santa Cruz de la Grace Line
.
Después
de mencionar la partida de Barba Jacob desde
Barranquilla (Colombia) hacia Costa Rica, Jamaica
y Cuba, dos párrafos más adelante apunta
Vallejo: Al muchacho lo había conocido dos
años antes, en León, Nicaragua. Rafael Delgado
era apuesto, ignorante, indolente. Dieciocho
años tenía cuando se cruzó en una calle de su
pueblo con un desconocido. Intrigado por su
aspecto extraño volvió hacia él la mirada y el
hombre se detuvo y le pidió un favor absurdo:
que fuera a comprarle unas aspirinas. Para lo
cual le dio un billete grande, si bien valían
unos centavos, y luego no le recibió el cambio
alegando que nunca lo hacía. (
) Y el
muchacho, que apenas si sabía leer y escribir,
que no tenía padres ni había salido nunca de su
pueblo, se juega las únicas cartas que le dio la
vida su juventud y su belleza
a la estrella del desconocido.
Era
el año de 1924, según relata el escritor
entusiasmado por aquellos párrafos de apertura
que revelan una intimidad pocas veces insinuada y
a la que Vallejo se aferra de la misma manera que
cuando habla de José María Vargas Vila a quien
su biógrafo de cabecera, Arturo Escobar Uribe,
pone a salvo de una supuesta relación homosexual
con su secretario de siempre, Ramón Palacio
Viso.
Fernando
Vallejo vuelve a mirar el libro de Barba Jacob y
uno cree que está frente al espejo
protagonizando los mismos escándalos, admirando
su otro yo que anduvo senderos en el filo de la
navaja de una vida paralela con orillas iguales y
con el sello de la irreverencia y la contravía a
un mundo que ambos desprecian. Pareciera que todo
aquello que narra como un río en el que revela
una vez más su odio visceral no es suficiente,
pues dice que no le gustó ninguna de las dos
versiones.
Cuando
planee el libro yo pensé que podía hacer de la
biografía el gran género literario y que
desplazaría a la novela, que es el gran género
de la literatura desde hace 300 años. Al fin y
al cabo estaba basada en la estricta verdad y no
en la invención ni en la ficción. Pero me di
cuenta que no: la biografía será siempre un
género menor y lo ha sido siempre, desde
Plutarco. Uno podrá escribir una buena
biografía y a lo mejor una gran biografía, pero
nunca una gran biografía será una gran obra
literaria, agrega, mientras coloca el libro
sobre la mesa para olvidarse de su existencia.
¿Barba
Jacob era una obsesión?
Ahora
ya no responde. Fue una
especie de obsesión porque era un personaje
mítico de mi tierra, pero se convirtió en un
personaje de carne y hueso a quien llegué a
conocer en su más profunda intimidad. Lo que
nadie sabe es que Barba Jacob es uno de los
grandes poetas de Colombia, aunque no el más
grande, pues nadie mejor que José Asunción
Silva, o tal vez León de Greiff. Pero después
de ellos está Barba Jacob.
-Ella
lo idolatró y Él la adoraba...
-¿Se casaron al fin?
-No, señor, Ella se casó con otro
-¿Y murió de sufrir?
-No, señor, de un aborto.
-¿Y Él, el pobre, puso a su vida fin?
-No, señor, se casó seis meses antes
del matrimonio de Ella, y es feliz.
(Idilio,
de José Asunción Silva)
Entonces,
surge el tema del otro poeta colombiano de quien
Vallejo escribiera un texto biográfico de más
de doscientas páginas. Lo publicó en 1995,
cuatro años después de entregar la segunda
versión de la biografía de Barba Jacob y un
tiempo breve luego de Entre fantasmas, el
quinto libro de una serie en la que realiza un
furioso streap tease que lo desnuda más
como un escritor autobiográfico que,
anticipándose a las posibles biografías sobre
sus andanzas y diatribas, decide mostrar su
miseria y sus encantos bajo la pálida luz de los
reflectores que lo enfocan desde diversos
ángulos del gran salón.
El
libro sobre Silva, Chapolas negras, no
está sobre la mesa, pero Vallejo lo menciona,
como siempre, para hablar de sí mismo y
despotricar contra otros en el momento en que el
ritmo de sus frases encuentra el descampado
ideal. Ya lo había hecho en la biografía del
suicida a través de las páginas en las que
ironiza y se burla de esa sociedad colombiana de
finales del siglo XIX en la que el poeta vivió
consumido por las deudas y oculto tras los libros
de contabilidad, muchos de los cuales el
biógrafo pudo rescatar para apuntalar sus
argumentos.
Pero
también lo hace ahora, aprovechando el final
trágico de Silva, para decir que Hemingway era
un personaje despreciable, un hombre enfermo de
infantilismo y un gringo elemental del que sólo
permite hablarse bien por el hecho de haberse
matado de mala manera.
Tratan
de hacernos creer que la prosa de sus novelas es
magnífica. Pienso que El viejo y el mar
es un cuento insignificante y creo que Adiós
a las armas y Por qué doblan las campanas
no son grandes novelas. Nunca dijo nada que
podamos recordar ni que nos ilumine respecto al
ser humano. Era un cazador, un tipo a quien le
gustaban los toros, señala.
¿Cómo
se mataría usted? pregunto.
No
tengo problemas económicos ni de fracaso
personal porque he hecho lo que se me ha dado la
gana responde. Pero si
me tuviera que matar elegiría la forma en que lo
hizo Silva: pegándome un tiro en el corazón. En
la cabeza no, como lo hizo mi hermano Silvio,
pues me daría miedo. Ah, y sin el círculo
dibujado porque esa es una leyenda que ronda al
doctor Evangelista Manrique, amigo del poeta.
Los
ojos verdes de este gatazo negro que se
asolea en Vía Malta, a la vuelta de mi
apartamento de Vía Doménico Fiasella, 10-2
me producen incitamiento vital. Me hacen
pensar: ¡Qué bueno asimilar energía y
producirla luego en formas y actos bellos!
¡Eso es posible! Lo que más me ha conmovido
en Génova es este gato, por sus ojazos. (Fernando
González. Los Negroides. Ensayo sobre la
Gran Colombia. Editorial Bedout, Medellín).
El
nombre del escritor Fernando González debió
aparecer en uno de esos quiebres repentinos que
se generan en las respuestas de Vallejo. Produce
la impresión que no le alcanzaran las
respuestas, pues pretende abarcar todo y se viene
siempre con múltiples alusiones que son como
imágenes rápidas en blanco y negro. El
filósofo de Otraparte, que escandalizara
a la sociedad de su época con su pensamiento
provocador e irreverente, está aquí a través
del recuerdo y las evocaciones de uno de sus
pupilos más distinguidos después que lo fueran
los integrantes del Nadaísmo cuyo maestro
supremo, Gonzalo Arango, ofició en su nombre sus
actos impíos y sus liturgias paganas traducidas
en textos memorables o en actos de vida que
muchos vieron como la perfecta continuidad del
pensador envigadeño.
Vallejo
dice que lo siente como parte suya y enfatiza el
afecto que aún conserva por la figura de su
tocayo, algunas de cuyas obras El
hermafrodita dormido, El maestro de escuela y
Viaje a pie están en los anaqueles del
fondo, detrás suyo, mezcladas entre tomos de
enciclopedias y libros de historia. Ahí están
y, tal vez, en la biblioteca de Vallejo en
México, con su carga de filosofía, su
autenticidad ejemplar y su búsqueda incesante de
Dios.
En
su niñez, dolorosa y aburrida, según sus
palabras, Vallejo recuerda que casi todas las
tardes pasaba por las casa de González a
la que bautizó con el nombre de Otraparte
y en ocasiones con el de Puta Mierda,
ubicada a la entrada de Envigado, kilómetros
antes de llegar a la finca Santa Anita,
donde vivían sus abuelos. En ese entonces ya
conocía gran parte de las leyendas que rondaban
al Maestro y sabía que Otraparte era una
especie de templo de la intelectualidad de la
época y lugar de visita de jóvenes que años
después habrían de figurar en el panorama de
las letras latinoamericanas.
El
17 de febrero de 1964, a sus 22 años, Fernando
Vallejo se alistó para asistir al sepelio de su
admirado tocayo, quien había muerto de infarto
el día anterior. Recuerda que en el recién
remodelado cementerio de Envigado se
arremolinaron veintenas de personas, una decena
de señoras familiares suyas, y un espontáneo
que repentinamente se paró encima de la tumba
para improvisar un discurso que terminó con las
últimas palabras que cierran el libro El
maestro de escuela: ¡Putísima es la
vida!.
Contoneos bajo potentes
reflectores
¿No
hubiera querido vivir, verdad?
Yo
hubiera preferido no haber vivido, porque la vida
es muy dolorosa. Y no me mato porque es muy
difícil dejar el cadáver a los demás. Es que
vivir y morir es difícil, repito.
Mencione
cuatro personajes despreciables, según su
criterio
Juan
Pablo II. Es una alimaña. Nadie como él hizo
tanto para azuzar la paridera en un mundo
superpoblado. En México estuvo cuatro meses
predicando en contra del preservativo y del
control de la población por el aborto. Un hombre
que no tuvo palabras de amor por los animales,
como no las han tenido ningún Papa. Es uno de
los seres más dañinos que ha tenido la
humanidad.
¿Quién
más?
Fidel
Castro: es el ser más vil, traicionero, rastrero
y cobarde que ha producido América Latina. Es
una vergüenza para Cuba, para América y la
humanidad. Ahí está ese tirano miserable en una
cárcel de desesperanza. Y el otro es Pastrana.
Eso de ir a abrazar al gran asesino de Colombia, Tirofijo,
es de una bajeza y cobardía únicas. Dejó el
país preparado para que nos llegara la plaga que
tenemos ahora de este Uribe politiquero, igual de
despreciable.
¿Cuál
es la obra que más quiere?
No,
ninguna. No me interesa, ya las escribí y listo.
No me importan. Las recuerdo vagamente.
¿Qué
opina de la felicidad?
La
condición sine qua non para la felicidad
es el egoísmo. Si una persona no es egoísta no
podrá ser feliz. Y yo no puedo serlo si estoy
viendo que están acuchillando las vacas y cerdos
en los mataderos. Y que miles y miles de millones
de perros están abandonados en las calles. Sé
que hay gente feliz, pero son egoístas. Aunque
la felicidad ajena no me ofende.
¿Le
produce felicidad el atractivo estético del
cuerpo masculino?
No.
Es un atractivo sexual. No pasa a ser espiritual.
Me gustan muchísimo los muchachos
independientemente de lo demás. En Fuego
secreto está claro.
ACTO IV: ¿Babilonia es un
pretexto?
Vallejo
habla con una sonrisa sardónica a flor de labios
que a veces se transforma en risilla nerviosa. Su
expresión sólo se altera cuando habla de los
animales. Pero dice, al preguntársele, que no se
imagina un mundo en el que sólo él, y nadie
más que él, deambule en la tierra, al garete y
sin destino, conviviendo entre vacas y perros. Y
si ocurriera así, podría, al segundo día,
pegarse el tiro en el corazón porque se
acordaría de lo que siempre ha dicho: que esta
vida no la merecemos, que nos fue impuesta, que
es dolorosa, y entonces pregunta
ahora ¿por qué tenemos que seguir
la cadena?
Es
un andariego. Va, de ciudad en ciudad, pregonando
sus causas, esas que están expresadas en sus
obras y que él se encarga de expandir en todos
los escenarios, desde el atril ubicado en la
adusta sala de un Instituto superior de
educación, hasta el sillón abullonado de un
estudio de televisión. En la Universidad
Nacional Autónoma de México lo escucharon
lanzando al viento sus adjetivos y metáforas
que, poco a poco, se transformaron en acusaciones
contra la iglesia de todas las religiones.
Aprovechó la reciente presentación de su
penúltimo libro, La puta de Babilonia,
para atacar a los sacerdotes y torcerles el
cuello a los distintos Papas que, según él, no
han hecho más que azuzar la paridera en este
mundo superpoblado. En Santiago de Chile disparó
el rating de audiencia televisiva de Hora
25 después de haber sido una especie de
versión masculina de Claudia Schiffer
paseándose entre miles de libros de la feria
mientras exhalaba una extraña fragancia. Y en
Colombia, su país, lo oyeron a través de una
estación nacional de radio, repetir una y mil
veces que conoce el monstruo desde adentro y de
ahí su libro contra los tres fanatismos
religiosos: el judaísmo, el cristianismo y el
mahometanismo. Fue el 18 de abril de 2007, día
de la aparición de La puta de Babilonia
en Colombia, y 18 días antes de la renuncia a su
nacionalidad a través de un documento rematado
de la siguiente manera: Así que quede
claro: esa mala patria de Colombia ya no es la
mía y no quiero volver a saber de ella. Lo que
me reste de vida lo quiero vivir en México y
aquí me pienso morir".
Hoy,
cuando han transcurrido varios meses del 2008,
dice que tal renuncia fue un escandalito que
armaron los de una cadena radial. Y pregunta:
¿Por qué es significativo que hayan por
lo menos tres millones de colombianos
afuera?. Enseguida agrega: No sé que
está pasando con el país que lo único que
exporta es gente. Lo dice con aparente
tranquilidad. Pero admite que un poco antes de
cada presentación ante auditorios abarrotados
siente vergüenza por la timidez que siempre lo
acompaña.
Sin disfraces ni máscaras
¿Qué
siente cuando lee un reconocimiento elogioso de
su obra?
Si
está muy bien escrito, me gusta mucho. Si no lo
está, lo agradezco. Pero sí prefiero que estén
conmigo y no contra mí, que me entiendan y que
estén de mi lado.
¿Pero
es consciente de que la mayoría está contra
usted? Me refiero a su obra literaria
No,
la mayoría no. Tal vez los que no me conocen
porque no me han leído.
¿No
le teme a la muerte?
No,
para nada.
¿Qué
reflexión ha hecho frente a ella?
Pues,
la estoy esperando.
¿Está
cerca?
Ya
tiene que estar más cerca que lejos. Yo he
vivido más de lo que pudiera vivir, porque
biológicamente no es posible vivir más de lo
que he vivido. Y no tengo ningún miedo, ninguno.
Me gustaría que no fuera una muerte indigna.
¿Qué
es muerte indigna?
Por
ejemplo, morir en una pelea callejera, en cosas
así, miserables.
¿Cómo
la imagina?
No
la puedo imaginar.
¿Caminando
por la calle con un perro?
No,
porque quedaría abandonado. No me puedo morir en
la calle, no me puedo matar allí. Tengo que
estar sólo. Pero en realidad no me importa,
aunque evidentemente no quiero que me vayan a
secuestrar o me vayan a degradar. Lo que hace las
FARC, lo que ha hecho con todo esta gente me
parece monstruoso. Que me maten no me importa,
pero que no me degraden.
¿En
qué momentos se deprime?
La
vida está llena de momentos de tedio, de
felicidad, de tristeza
Si se muere gente
querida, uno se va derrumbando. Es como una casa
que está apuntalada en pilotes y se los vas
quitando hasta que se cae. Entonces, a mí se me
han caído muchos pilotes, me he ido quedando muy
solo. Se me hace difícil vivir sin la gente que
me acompañó en la vida, que quise y que ya no
tengo.
¿Dónde
está su vanidad?
Yo
creo que esos calificativos me los tienen que
poner los demás. Pero la vanidad es inocente.
Vargas
Vila, de quien usted habló, escribía de pie,
frente a un atril, con una caligrafía impecable.
¿Cómo escribe usted?
Antes
de los computadores lo hacía en una máquina de
escribir. Cuando se acabaron las máquinas, tuve
que aprender a escribir en computador y así lo
he hecho durante los últimos años. Pero en
realidad, primero escribo los libros en la cabeza
a través de unas frases claves y caminando por
la calle con mi perra. Escribo dos veces una
misma página: una, cuando la paso de la cabeza
al papel; y la otra, en la revisión del día
siguiente.
García
Márquez dijo en algún momento que escribía con
un overol encima, como un obrero de la
literatura
Yo
no siento que la literatura sea un trabajo, nunca
lo he tomado así. Yo me siento muy avergonzado
porque nunca he trabajado. La literatura no ha
sido un trabajo para mí, tampoco las películas
que hice. Yo hubiera pagado por hacerlas porque
las disfruté mucho. Escribir ha sido una forma
de llenar el tiempo, un entretenimiento con el
que me he divertido mucho.
¿A
qué horas escribe?
En
el último año no he escrito una línea. El año
pasado no escribí nada y tampoco leí un solo
libro. El tiempo vacío lo llené escuchando
música en casa, pues desde hace muchos años no
salgo a la calle, no aguanto el ruido de afuera.
¿Escribe
con música?
Sí,
muchas cosas las he escrito oyendo boleros porque
me traen nostalgia. Los boleros de Leo Marini,
por ejemplo. Me gusta José Alfredo Jiménez y
pienso que Chabela Vargas es esplendorosa. La
música latinoamericana de los años sesenta,
antes de que la invadieran los gringos, es
maravillosa. Los porros nuestros, los tangos y
las milongas argentinas, los boleros de toda
América y de México
ACTO V: Final
Aquella
filmografía del olvido que había terminado en
1984 con la película La derrota,
codirigida por Vallejo en México, renació en el
2000 con el estreno de La virgen de los
sicarios, una cinta polémica basada en la
novela del mismo nombre, publicada dos años
atrás, y cuyo guión fue escrito por el mismo
Vallejo, siguiendo instrucciones del francés
Barbet Schoeder, quien la dirigió.
Dice
que el guión lo escribió como quiso Barbet, sin
que pesara mucho la imagen por la multiplicación
de los muertos. De tal manera que eliminó muchos
sin que la decisión resintiera el gusto que
experimentó al ver el desenvolvimiento de las
escenas frente a sus ojos, animada con la música
de su predilección y con el escenario donde
vivió su infancia.
Por
razones personales, tengo un cariño muy grande
por esa película y la quiero muchísimo, pero a
mí el cine no me interesa y no me hago muchas
ilusiones de que el cine sea un gran arte,
expresa.
No
ha vuelto a verla desde aquel año, de la misma
manera que ha olvidado sus libros, incluido El
desbarrancadero, un libro desgarrador en el
que planea la sombra de su hermano Darío, quien
muere de sida en medio de una agonía infame,
mientras él, Fernando o su otro yo, sacude a
placer la Iglesia y la familia, dos instituciones
que forman parte de sus odios más enconados.
¿Qué
viene ahora? pregunto al final.
Voy
a escribir un último libro que se va a llamar El
don de la vida. Es un título irónico,
porque la vida es una desgracia, una carga. He
empezado a escribirlo varias veces, pero no he
podido. Es un libro sobre la vejez, el gran tema
de la literatura, porque lo abarca todo. La voz
de El Río del tiempo es la de un viejo,
pero yo no lo estaba. Ahora lo tengo más claro.
Los viejos de antes lo sabían todo, pero ahora
hay que aprender a manejar todo, a toda hora. El
abismo entre generaciones se ha hecho más
grande.
* Jaime
de la Hoz Simanca
es periodista y catedrático colombiano, tres
veces galardonado con el Premio Nacional de
Periodismo Simón Bolívar. Se desempeña como
asesor y tutor de la Universidad Nacional Abierta
y a Distancia, UNAD, en La Guajira, Colombia.
Colaborador de SdP.
|