La relación entre prensa y poder
en México
El
68 narrado en imágenes
En
1968, jóvenes de todo el mundo tomaron por
asalto a la imaginación. Casi todos ellos
fueron reprimidos, pero sólo en México
fueron masacrados, desaparecidos o hechos
prisioneros políticos. El 2 de octubre de
ese año, a diez días de la inauguración de
los XIX Juegos Olímpicos -únicos que se han
realizado en suelo latinoamericano-, el
gobierno mexicano lanzó al Ejército sobre
miles de estudiantes que se congregaron el la
Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco para
realizar un mitin con el que culminaría un
movimiento de poco más de dos meses que se
había caracterizado por la brutalidad
policiaca contra los jóvenes. La toma
militar de los campus de la Universidad
Nacional Autónoma de México y del Instituto
Politécnico Nacional prefiguraron un momento
que es considerado como un parteaguas en la
historia moderna de la aún endeble
democracia mexicana, pero que en ese momento
representó un negro episodio de la guerra
fría, registrado profusamente por
fotógrafos de prensa, cuyas imágenes fueron
sistemáticamente censuradas o manipuladas
por casi todos los medios mexicanos. El
silencio ominoso de la prensa, o lo que es
peor, su obsecuencia hacia el poder, tampoco
debe ser olvidada.
Alberto
del Castillo Troncoso *
 La
prensa se subordinó a las coordenadas políticas
de un régimen de partido de Estado en 1968. La
discrepancia ciudadana no fue tolerada por los
gobiernos priístas, de naturaleza autoritaria y
corporativa, pero tampoco representó una
reivindicación enarbolada por la mayor parte de
los ciudadanos. Por ello el trabajo de los
fotógrafos resulta de capital importancia para
comprender los claroscuros de la relación entre
la prensa y el poder en aquellos años.
En la gran
rebelión de maestros y ferrocarrileros que tuvo
lugar en 1958 predominó una censura explícita
que presionó a fotógrafos como Héctor García
a publicar sus imágenes en revistas marginales,
alejadas de los circuitos comerciales, y obligó
a otros profesionales de la lente, como Rodrigo
Moya, a guardar sus negativos durante cerca de
medio siglo, hasta que una parte de ellos fue
publicada hace unos meses en La Jornada.
Por el
contrario, en el 68 lo que tenemos es una vasta
cobertura periodística que gira alrededor de la
órbita de una autocensura con reglas políticas
y culturales implícitas que se expresan, sobre
todo, en el uso editorial de las imágenes.
Un indicador
significativo de este proceso está representado
por el destino editorial de las fotografías de
tres autores clave del 58, como Enrique Bordes
Mangel y los mencionados Héctor García y
Rodrigo Moya ya en la nueva coyuntura del 68.
Bordes trabajaba
para Prensa Latina, creada por la Revolución
Cubana para contrarrestar el peso de las agencias
de noticias estadunidenses, y la fina mirada de
este autor, atenta no sólo a rostros y gestos,
sino a todo tipo de referencias simbólicas,
carteles y grafitis incluidos, no pudo encontrar
el espacio periodístico que permitiera
dimensionar los alcances de lo que personalmente
considero como verdaderos ensayos fotográficos
sobre el movimiento y que actualmente pueden
consultarse en su archivo. Héctor García tuvo
mejor suerte y su seguimiento fotográfico del 68
estuvo muy bien contextualizado por las crónicas
de Carlos Monsiváis, el diseño de Vicente Rojo
y las colaboraciones de otros autores como Carlos
Fuentes y Juan García Ponce en espacios tan
prestigiados como La Cultura en México, el
suplemento cultural de la revista Siempre!, y la
Revista de la Universidad.
Finalmente,
Rodrigo Moya ya había colgado su cámara a nivel
profesional para esa época, pero ello no le
impidió realizar una cobertura rigurosa de la
marcha del rector Javier Barros Sierra y la
manifestación multitudianaria del 13 de agosto,
con algunas secuencias notables que dan cuenta de
la gran calidad de su mirada documentalista y que
permanecen inéditas en su archivo.
El silencio
gráfico de Bordes y Moya en la esfera pública
nacional contrasta con la proyección de García
como la lente privilegiada del movimiento en los
siguientes años, lograda no sólo por la calidad
del autor, sino por el posicionamiento obtenido
en tales espacios editoriales.
Ni la prensa ni
las revistas ilustradas se comportaron de una
manera homogénea o uniforme en el lapso que va
del 22 de julio al 2 de octubre del 68. Por el
contrario, existen distintos matices y
claroscuros que abarcan diversas posturas, las
cuales van desde la derecha empresarial
anticomunista hasta grupos radicales de la
ultraizquierda, pasando por una gran variedad de
opciones moderadas.
En todos los
casos la subordinación y el alineamiento al
Estado y los poderes fácticos, reflejados entre
otras cosas en el control del papel y la
publicidad comercial, marcó distintos niveles de
comportamiento que se vieron incluso dentro de
cada periódico.
De un mapa
complejo y variado entresaco algunos ejemplos
para ilustrar el planteamiento anterior:
Excélsior, el diario que albergó en sus
páginas la crítica informada de Daniel Cosío
Villegas y una pléyade de ilustres
colaboradores, que desmantelaron con sus
reflexiones la naturaleza autoritaria del
régimen de Díaz Ordaz, se caracterizó por
publicar editoriales institucionales cautelosos y
moderados, muy cercanos a la perspectiva oficial,
con las notorias excepciones de la toma militar
de CU y el 2 de octubre. En tal contexto, la
cobertura informativa del diario, con fotógrafos
como Aarón Sánchez, Miguel Castillo y Carlos
González quien por cierto fue herido de un
bayonetazo en Tlatelolco, respondió a este
tipo de intereses y contradicciones, y desde esas
coordenadas y parámetros hay que realizar la
lectura de sus imágenes.
La revista
Tiempo estaba dirigida por el laureado escritor
Martín Luis Guzmán, quien desde tiempo atrás
había sido cooptado por el Estado y resultó uno
de los enemigos acérrimos del movimiento, con el
encargo oficioso de satanizar a los estudiantes y
alimentar la teoría de la conjura gubernamental
a lo largo de aquellos tres meses. La paradoja
consiste en que el director de esta revista
contrataba los servicios de los Hermanos Mayo, el
colectivo de fotógrafos republicanos que hizo
leyenda en la historia del fotoperiodismo
nacional, con un bagaje de izquierda que se
diluyó en los feroces pies de foto
anticomunistas que le endilgó el director de
Tiempo.
La Prensa, uno
de los diarios de mayor circulación en aquella
época, se alineó rápidamente con el discurso
de las autoridades y se limitó a aderezar los
boletines oficiales antiestudiantiles como notas
periodísticas. Su profusa cobertura abarcó el
trabajo de diversos fotógrafos. Entre ellos,
cabe destacar el caso de Enrique Metinides, el
maestro de la nota roja en México en el siglo
pasado, cuyas imágenes se exhiben actualmente
como obras de arte en galerías y museos europeos
y estadunidenses.
Resulta muy
significativo el rastreo del trabajo de este
autor en las páginas de La Prensa cubriendo
simultáneamente los episodios estudiantiles y
los casos policiacos cotidianos ocurridos en
aquellos meses. La mirada del autor,
especializada en narrar historias macabras y
destacar el papel de los mirones en accidentes y
desastres de toda índole, aplica las mismas
premisas de encuadre y composición al contexto
del 68, subrayando los efectos de la represión.
La revista Life
en español rescató la tradición de las grandes
revistas ilustradas y fomentó la construcción
editorial de secuencias narrativas que contaron
con la mirada de eficientes fotógrafos
mexicanos, como José Dávila Arellano y Jesús
Díaz, así como el contexto de corresponsales
como Bernard Diederich, quienes mantuvieron
cierta distancia respecto de las posturas
oficiales y que los vinculan, en cambio, con
algunos sectores de la opinión pública
estadunidense. Los ejemplos abundan, la premisa
es la misma: las coberturas son amplias y muy
diversas, y como toda imagen, permiten lecturas
diferentes. Aquí vamos a destacar aquella que se
refiere a los contextos editoriales y los
vínculos con el poder y, sólo mantendremos una
distinción importante entre periódicos y
revistas: los primeros se orientaron a la
cobertura cotidiana de las noticias, mientras las
segundas tuvieron el espacio y la pausa para
construir narraciones y secuencias que dotaron de
mayor contundencia a las imágenes.
Por lo general,
los estudios historiográficos sobre el 68 han
subestimado el papel de las fotografías y se han
concentrado en otro tipo de documentos orales y
escritos. No se trata de que las imágenes hayan
estado ausentes en la reflexión de cronistas,
escritores y académicos en estos 40 años. El
problema reside en que han jugado un papel
secundario, casi decorativo, para ilustrar las
reflexiones y los planteamientos de los
analistas.
En este espacio
vamos a invertir las coordenadas para dar la voz
al testimonio de los fotógrafos y al uso
editorial de sus imágenes. Esta lectura resulta
de gran importancia para comprender los distintos
ángulos de percepción con que fue registrado el
movimiento y la manera en que se fue construyendo
un imaginario colectivo que influyó en vastos
sectores sociales y que se ha ido reciclando a lo
largo de cuatro décadas hasta convertirse en
unos cuantos iconos.
La presentación
de esta peculiar cronología pretende alejarse de
los terrenos de la nostalgia conservadora para
recuperar el espíritu lúdico y contestatario de
un movimiento que puso las bases para una
crítica del poder.
El
inicio de la rebelión
La
primera etapa de lo que hoy conocemos como el
movimiento estudiantil de 1968 comprende la
última semana de julio y se caracteriza
gráficamente por dos elementos: el exceso de la
represión materializado en el abuso
policiaco y la presencia del Ejército en
el primer cuadro capitalino, así como el activo
protagonismo de los adolescentes, estudiantes de
preparatorias y vocacionales, que se enfrentaron
a los agentes del orden, arrinconados en sus
planteles ubicados con algunas
excepciones en el llamado barrio
universitario del centro de la ciudad de México.
La crónica
intensa de estos diez días de violentos
enfrentamientos puede leerse en el trabajo
clásico de Ramón Ramírez y en la posterior
recopilación de Daniel Cazés. En ese lapso, las
autoridades urdieron de manera vertiginosa la
teoría de la conjura como plataforma oficial
desde la cual iba a ser interpretado el
movimiento, esto es, como parte de un complot
internacional de carácter comunista, financiado
desde el extranjero para boicotear los Juegos
Olímpicos.
En términos
generales, la prensa se alineó rápidamente con
el discurso oficial y reprodujo boletines y
declaraciones de las autoridades, predominando,
en esta primera etapa, las figuras de dos
militares: el jefe del Departamento del Distrito
Federal, Alfonso Corona del Rosal, y el jefe de
la policía capitalina, Luis Cueto.
El
Centro, escenario principal
La diversidad
del material fotográfico de esta etapa contiene
varios elementos a destacar: el acotamiento
urbano al primer cuadro capitalino y el énfasis
en la calle como escenario privilegiado de la
trifulca y el enfrentamiento, pero también de
las aprehensiones ilegales de los jóvenes a
cargo de policías de civil y uniformados; la
escasa edad de los estudiantes protagonistas de
este primer periodo, víctimas de las redadas
oficiales, asunto que no debemos subestimar, ya
que el crecimiento acelerado del 68 en las
siguientes semanas se basó en esta etapa; la
militarización del centro de la ciudad y las
primeras reacciones de curiosidad de la
población frente a tanques y vehículos
militares en pleno Zócalo capitalino; la
represión brutal de las fuerzas armadas,
representada en forma límite por el disparo de
una bazuca con que el Ejército destruyó la
puerta de San Ildefonso, hecho negado
sistemáticamente por las autoridades, pero que
encontró eco inmediato en las diversas visiones
fotográficas publicadas al día siguiente del
suceso, en un momento inicial en el que las
confiscaciones de rollos a los fotógrafos
todavía no operaban en forma sistemática como
consigna oficial entre los mandos civiles y
militares.
Casi
todos los testimonios recogidos de los
fotógrafos de la época coinciden en ubicar este
episodio como el momento simbólico más
representativo de la primera etapa del
movimiento, que marca un salto cualitativo en el
uso de la violencia por el Estado. Los
estudiantes recogieron este hecho como uno de los
acontecimientos fundadores que justificaron la
existencia del movimiento, e incorporaron las
fotos del momento a su propia narrativa en los
periódicos murales que elaboraron en los días
posteriores.
Díaz
Ordaz y sus "jilgueros"
Entre muchos
otros ejemplos, destaco algunos matices presentes
en la narración de El Heraldo de México,
dirigido por el empresario poblano Gabriel
Alarcón, muy cercano al presidente Gustavo Díaz
Ordaz y portador de toda una autoproclamada
"modernidad gráfica", reflejada en la
amplitud de su cobertura.
Estas coordenadas contradictorias permanecerán a
lo largo de los siguientes meses: por un lado, el
conservadurismo expresado en la reproducción de
las tesis anticomunistas y la xenofobia
concentrada en la figura de los supuestos
"agitadores extranjeros", y por el
otro, la modernidad reflejada en la multiplicidad
de miradas de una cobertura atenta a los
distintos escenarios y representada por un grupo
eficiente de cerca de diez fotógrafos que
llegaron a actuar juntos en algunos de los
episodios.
Las revistas encontraron la pausa para la
narración de hechos como elemento distintivo, y
esto se muestra en Life en español y su
seguimiento testimonial del hostigamiento de un
estudiante, con el crédito de Dávila Arellano y
pies de foto muy precisos que denuncian la
prepotencia de los soldados, así como la
propuesta editorial, que presenta un sugerente
diálogo visual de las persecuciones policiacas
en México, vista por Héctor García, y Francia,
a través de la lente de Gilles Caron, lo que
muestra la voluntad de leer los acontecimientos
desde una perspectiva más amplia, o en La
cultura en México, y el equilibrio establecido
entre las imágenes de Héctor y la crónica de
Monsiváis, y finalmente en la portada y páginas
interiores de Por qué?, dirigida por el
polémico periodista Mario Menéndez, que omite
créditos fotográficos, pero registra
meticulosamente la represión y el
encarcelamiento de los jóvenes desde una
perspectiva muy particular, en la que se asume
como portavoz único de la verdad.
La imagen del estudiante molido a culatazos por
un soldado del grupo de paracaidistas, captada
por la lente de Héctor García, circuló sin
crédito por las distintas opciones
periodísticas hasta convertirse en uno de los
iconos más contundentes de esta primera etapa
del movimiento.
El movimiento
La
construcción del guión paranoico de la teoría
de la conjura, elaborado la última semana de
julio por autoridades gubernamentales, cuya
existencia ha sido corroborada por
investigaciones recientes basadas en la apertura
de documentos oficiales, no contó con una pieza
del rompecabezas a la que faltó ajustarse, en
los días posteriores, a los esquemas previsibles
del comportamiento políticamente
correcto de la clase política y su
alineamiento previsible al Estado.
Lo anterior se
refiere a la actuación del rector Javier Barros
Sierra, quien a las pocas horas del atentado en
San Ildefonso izó a media asta la bandera en
Ciudad Universitaria, pronunció su famoso
discurso sobre la violación a la autonomía y
encabezó la primera marcha organizada de
universitarios y politécnicos que posibilitó el
surgimiento del Consejo Nacional de Huelga como
interlocutor único del gobierno.
En unas cuantas
horas Barros Sierra aterrizó el abstracto
concepto de la autonomía, lo dotó de su poder
movilizador y legitimó la existencia de un
movimiento opuesto al autoritarismo del gobierno.
Fue tan eficaz
la actuación política del rector en aquellos
primeros días de agosto, que detuvo por un
tiempo el linchamiento gubernamental contra los
jóvenes, operado en las páginas de la prensa, y
abrió una breve tregua en la postura
antiestudiantil de los diversos medios, lo cual
permitió el surgimiento de un espacio político
para la organización del movimiento.
Debido a ello,
este episodio representa uno de los eslabones
más importantes en la lucha por el control y la
difusión de las imágenes que tuvo lugar en el
68. La carga simbólica de las fotografías que
retrataron al rector Barros Sierra encabezando
una marcha pacífica por las calles del sur de la
ciudad hizo saltar a la rebelión estudiantil de
los límites estrechos de la nota roja al primer
plano de la agenda nacional.
Incluso la
cobertura fotográfica de diarios tan
conservadores como El Heraldo de México
se detuvo en consignar en sus pies de foto
detalles tan significativos como la carretada de
aplausos con que los habitantes del multifamiliar
Miguel Alemán, en Félix Cuevas, saludaron el
paso de la marcha desde los balcones de sus
departamentos.
Otros medios con
similar orientación ideológica enfatizaron la
dignidad de Barros Sierra y el transcurso
pacífico y civilizado de los estudiantes
cobijados bajo su liderazgo.
Tal es el caso
de La Prensa, que dejó a un lado, por
una ocasión, los boletines oficiales para
insistir en primera plana en que millares
de estudiantes y maestros, encabezados por el
rector, efectuaron ayer una de las
manifestaciones más grandes, pacíficas y
ordenadas de que se tenga memoria. Toda una
deferencia hacia los estudiantes que no se
volvería a repetir en las siguientes semanas.
Paradójicamente,
la excepción de la jornada no provino de los
grupos empresariales, tradicionalmente alineados
con el gobierno, sino de algunos sectores de la
izquierda, representados en la revistas Sucesos
y Por qué?
Esta
última propuso una cobertura gráfica de la
marcha que denostaba la figura del rector y en la
que denunciaba en los pies de foto el
oportunismo de Barros Sierra,
reflejado supuestamente en la
decisión del funcionario de no prolongar la
manifestación hasta el Zócalo y doblar por la
avenida Félix Cuevas de regreso a Ciudad
Universitaria.
Con base en la
reiteración de estas coincidencias entre esa
revista y la postura de las autoridades, algunos
líderes del movimiento estudiantil han sugerido
la existencia de un vínculo entre su director y
la Secretaría de Gobernación.
En lo personal,
y ateniéndome a la edición fotográfica, me
parece que más allá de la supuesta injerencia
gubernamental en las páginas de Por qué?
lo realmente importante es subrayar la similitud
de las posturas de los sectores más radicales
del movimiento con el discurso oficial.
Una coincidencia
inquietante que se mantuvo a lo largo de las
siguientes semanas. Tal es la lectura posible que
se desprende del manejo editorial de algunas de
las fotografías publicadas en la revista
dirigida por Mario Menéndez.
Por su parte,
María García una de las pocas fotógrafas
del 68 realizó una interesante cobertura
del episodio, sobreponiéndose a la hostilidad de
algunos de sus compañeros de gremio, no
habituados a la competencia femenina. La
secuencia de sus imágenes fue publicada en La
cultura en México, con el contexto crítico
de la crónica de Carlos Monsiváis, que las
potenció editorialmente como parte de la
iconografía del 68 en los años posteriores.
Finalmente,
Rodrigo Moya, quien a mediados del 68 comenzaba
una nueva aventura como editor de una revista, se
incorporó a la marcha en calidad de ciudadano y
obtuvo vistas diversas de la manifestación que
tuvieron como destino su archivo, lugar en el que
hibernarían durante cuatro largas décadas.
La mirada del
poder y la óptica ciudadana
La
marcha del 13 de agosto representa lo mejor del
espíritu irreverente, festivo y contestatario
del 68. Es la primera demostración masiva del
Consejo Nacional de Huelga, organismo creado
apenas una semana antes y, por tanto, fuera del
control corporativo del gobierno y alejado en ese
momento de su aparato de inteligencia.
Es difícil
imaginar a 40 años de distancia la subversión
implícita en el hecho de que un organismo sin
membrete oficial organizara una manifestación de
150 mil personas sin pedir el permiso
correspondiente a las autoridades, se dirigiera
en sus volantes al pueblo de México, haciendo
caso omiso de la figura del Ejecutivo y, para
colmo, pretendiera desembocar en el espacio
sagrado del Zócalo capitalino, reservado para
las marchas de apoyo al señor
Presidente.
La
prensa vendida tuvo sus matices
La cobertura
fotográfica fue muy amplia y abarcó a la prensa
en su conjunto. Había pasado ya la tregua
correspondiente a la marcha del rector , y los
periódicos empresariales, como El Sol de
México y El Heraldo, y otros
cercanos a la perspectiva oficial, como La
Prensa, volvieron a ajustarse a las
coordenadas previsibles, que buscaban
desacreditar el movimiento y vincularlo a
intereses comunistas y extranjeros. Sin embargo,
los matices y diferencias abundan, y así tenemos
la cobertura de periódicos como Excélsior,
El Universal y El Día, que
informaron sobre la jornada con sesgos
ideológicos menos evidentes y desplegaron una
cobertura fotográfica amplia, en la que todavía
no se imponía la lectura oficial de los hechos.
En este
artículo vamos a presentar dos miradas
contrapuestas, que observaron detenidamente la
marcha con resultados y finalidades muy
distintas. Ambas habían permanecido hasta hace
poco tiempo en el anonimato, también por razones
diferentes. La primera es resultado del ejercicio
del poder ordenado por Luis Echeverría Álvarez,
secretario de Gobernación, y la segunda es la
recreación gozosa de un ciudadano de a pie, que
decidió unirse a la marcha por voluntad propia.
Manuel
Gutiérrez o la mirada del poder
Manuel
Gutiérrez, mejor conocido como Mariachito
era un personaje conocido en el gremio de los
fotoperiodistas en la primera mitad de la década
de los sesenta por sus colaboraciones en las
notas de sociales y deportes en la prensa
convencional. Lo que no todos los colegas sabían
es que había sido contratado un par de años
antes por Echeverría, y que éste le había
asignado la labor de registrar meticulosamente
todas las acciones de la rebelión estudiantil,
cuestión que Mariachito realizó con
todo profesionalismo, como puede verse en el
archivo que su familia vendió a la UNAM a la
muerte del fotógrafo.
La marcha del 13
de agosto ocupa un lugar relevante en el archivo,
como puede verse en el riguroso trabajo en curso
que realiza al respecto la investigadora Oralia
García en el IISUE. Gutiérrez se ubicó en uno
de los balcones del hotel Del Prado, en la
avenida Juárez, y desde ahí observó el paso de
la marcha con la precisión milimétrica del
científico que registra con su microscopio cada
instante de su objeto de estudio.
Entre las
secuencias sobresale una que también llamó la
atención de la prensa y que fue utilizada por
algunos sectores para desacreditar al movimiento:
un grupo de estudiantes va cargando una manta con
la figura del Che Guevara, precedido de
cuatro muchachos que cargan desafiantes un ataúd
con un letrero que señala que no hay ningún
cuerpo en su interior, porque el ejército había
incinerado todos los cadáveres.
Uno puede
consultar el trabajo de Gutiérrez en el Archivo
Histórico de la UNAM y revisar esta secuencia de
imágenes casi en forma cinematográfica: la
manta, que al principio es un punto perdido en el
horizonte, va avanzando lentamente hasta pasar
casi por debajo de la lente de Mariachito,
justo a un costado de la marquesina del Cine
Prado, que se mantiene como mudo testigo de los
hechos.
El resultado es
una mirada fría y distante, ubicada en un lugar
inmóvil, que registra claramente los rostros de
los estudiantes y el contenido de sus carteles y
grafitis, y que posteriormente fue utilizada por
los servicios de Gobernación para la
identificación de detenidos y demás labores de
inteligencia.
Rodrigo
Moya o la perspectiva ciudadana
Rodrigo Moya es
uno de los fotógrafos documentalistas más
importantes del México de mediados del siglo
pasado. En febrero del 68 colgó su cámara a
nivel profesional, cansado de la falta de
opciones profesionales para su gremio y del
verticalismo y autoritarismo del régimen de
partido de estado en que le tocó laborar en
aquellos años. La rebelión de agosto lo
sorprendió como a tantos otros ciudadanos
hastiados del PRI, y decidió cubrir algunos de
los episodios estudiantiles. Para ello contaba
con enorme experiencia, ya que era el autor del
registro fotográfico más amplio que existe
sobre las rebeliones estudiantiles, magisteriales
y ferrocarrileras que pusieron en jaque al
sistema entre 1958 y 1960.
Moya registró
la marcha con pasión. Con la cámara en
movimiento que definió su estilo envolvente,
cubrió lo mismo la vanguardia que la
retaguardia, se adelantó a la manifestación
para cubrir las primeras filas, se subió a los
edificios para obtener tomas en picada, y al
final se integró a la celebración de la
multitud en el Zócalo.
Entre otras
secuencias, rescatamos la imagen de la quema del
gorila de papel maché que llevaron a cabo los
estudiantes en la plaza y junto a Palacio
Nacional en aquella noche festiva. El simio
representa en lo inmediato al general Cueto, el
odiado jefe de la policía capitalina. En el
plano simbólico, se trata de la quema
carnavalesca del gorila mayor que gobernó a
México durante aquel sexenio. Estamos frente a
una de las fotografías que sintetiza con mayor
fortuna el tono lúdico y desafiante del poder
que caracterizó al movimiento estudiantil en
aquel agosto, una atmósfera que poco a poco fue
desplazada por el temor y la represión en los
meses siguientes.
Días de agosto, exitosa
marcha y fallido plantón
La
espectacular marcha del 27 de agosto marca el
punto más alto en la capacidad organizativa del
movimiento estudiantil. También exhibe, de
manera dramática, sus límites y fisuras, los
primeros errores en la conducción del Consejo
Nacional de Huelga (CNH), la sombra de los
servicios de inteligencia gubernamentales y la
estrategia mediática de las autoridades, que
optaron por el control cada vez más directo de
las coberturas fotográficas cotidianas y
permitieron la existencia de espacios alternos
marginales mediante la publicación de algunas
imágenes en algunas revistas ilustradas
semanales de alcances limitados.
La última
semana de agosto parecía propicia para la
negociación entre el gobierno y el CNH. Un
representante de Gobernación se había
comunicado telefónicamente el 22 de aquel mes
con algún representante del consejo para
manifestar su disposición a discutir algunos de
los puntos del pliego petitorio.
La respuesta del CNH fue
convocar a una segunda marcha multitudinaria el
día 27 y exigir la realización de diálogo
público entre los representantes gubernamentales
y una comisión de 36 representantes del consejo,
seis por cada uno de los puntos del pliego
petitorio, con una cobertura informativa del
episodio.
La expectativa
del encuentro se mantuvo durante varios días y
se esfumó en la madrugada del día 28, con la
intervención de las fuerzas armadas para
dispersar la guardia que los estudiantes montaron
en el Zócalo para exigir el diálogo público
con Gustavo Díaz Ordaz y la evidente
articulación de una estrategia represiva
gubernamental ejecutada en las horas posteriores
al desalojo.
La marcha del 27
partió del Museo Nacional de Antropología y
desembocó en el Zócalo. Reunió a unas 300 mil
personas y transcurrió pacíficamente,
exhibiendo el enorme poder de convocatoria
logrado por el consejo en apenas tres semanas de
existencia.
En el mitin se
leyeron varios discursos y durante el transcurso
del mismo se izó en el astabandera un trapo
rojinegro. Al final, uno de los líderes
estudiantiles arengó a la multitud y propuso la
provocadora idea de dejar una guardia de 3 mil
estudiantes para exigir el diálogo público con
Díaz Ordaz en el Zócalo capitalino el día del
Informe. En la madrugada intervino el Ejército
para dispersar a los estudiantes y recuperar el
control de la plaza.
La
prensa se alinea
La cobertura de
la prensa sobre la marcha se alineó a la
estrategia gubernamental y apoyó la teoría de
la conjura. En esta ocasión mostró su perfil
más claro y contundente, al evidenciar vínculos
más sólidos de colaboración con el gobierno.
Lo primero que
llama la atención es que la mayor parte de los
periódicos priorizaron el capítulo del desalojo
de los estudiantes del Zócalo, a la una de la
madrugada, como nota principal, desplazando la
información gráfica sobre la marcha a las
páginas interiores.
De esta manera,
el gobierno capitalizó la decisión política
del CNH sobre la permanencia de una guardia de
estudiantes en la plaza. Como en un operativo
previo concertado entre la prensa y el Estado, se
minimizó el peso político de la enorme
manifestación y se centró la atención en la
provocación de los estudiantes.
Si tomamos en
cuenta que el cierre de edición se realizaba en
condiciones normales a las once de la noche,
llama la atención la disposición de la prensa
en su conjunto a utilizar un material que
registró acciones ocurridas entre la una y las
tres de la madrugada. Se trata de un hecho que
sólo puede ser explicado por el dictado de
lineamientos gubernamentales a los directores y
dueños de los medios.
Ofensiva
mediática
El caso límite
que ilustra esta confluencia de intereses es el
que se refiere al episodio de la inclusión en
las primeras planas de la fotografía del mitin
nocturno con el astabandera luciendo el trapo
rojinegro, como parte de la línea inducida desde
la Presidencia de la República. Así lo muestra
la correspondencia sostenida entre Gabriel
Alarcón, director de El Heraldo, y
Díaz Ordaz, en la que el primero informa al
presidente que ha comunicado a otros directores
la pertinencia de utilizar dicha imagen para
contrarrestar la influencia del movimiento,
según consta en una documentación abierta
recientemente a la consulta pública en el
Archivo General de la Nación.
La prensa
uniformó como nunca antes su cobertura de los
hechos. En periódicos como El Heraldo, El
Sol de México, El Universal y La Prensa
se cabeceó en los titulares la operación del
desalojo y se publicaron gráficas parecidas de
mantas con la imagen del Che Guevara y
carteles con el retrato de Demetrio Vallejo, como
pruebas para desacreditar al movimiento, toda vez
que en los textos se insistía en la ausencia de
argumentos académicos por parte de los
estudiantes.
La gigantesca
marcha juvenil, con todo su poder de
convocatoria, quedó opacada así en la
percepción pública por el énfasis de los
medios en la irracionalidad de la presencia de
una guardia estudiantil permanente y la
eficiencia del operativo militar de
desalojo.
Puntos
de vista sobre la marcha
Un espacio
alterno puede encontrarse en algunas revistas
ilustradas, con modalidades ideológicas
distintas. Life en español tomó
distancia de las posturas oficiales, al señalar
que los gobiernos latinoamericanos descalificaban
de inmediato las movilizaciones sociales
etiquetándolas de comunistas, y en
cambio señaló que el móvil verdadero de la
rebelión había que encontrarlo en la naturaleza
autoritaria de un régimen de partido
único.
Con esta lógica
la revista publicó una fotografía panorámica
de la marcha a su paso por avenida Juárez,
captada desde la Torre Latinoamericana, lo cual
le permitió dimensionar una protesta cívica que
calculó en 200 mil personas.
Por su parte,
La cultura en México, suplemento de
la revista Siempre!, publicó una
secuencia de imágenes de Héctor García sobre
la marcha, en las cuales se destacaba tanto la
multitud como distintos aspectos de la
manifestación, recuperando su carácter cívico
y propositivo, con una mirada documental propia.
Esta crónica
visual estuvo contextualizada por la ironía de
Carlos Monsiváis, quien intercaló párrafos con
argumentos y distintas opiniones sobre el
movimiento, entre las que se podía encontrar la
defensa servil del gobierno, a cargo del
periodista Carlos Denegri, junto a posturas
lúcidas y certeras como las de Daniel Cosío
Villegas, quien cuestionaba, con enorme
inteligencia, la politización y el nivel
académico del estudiantado.
El acto simbólico más
importante del movimiento
La
fotografía publicada a finales de agosto del
presidente Gustavo Díaz Ordaz posando en Bellas
Artes, en la clausura del congreso de la
Confederación Nacional Campesina con Luis
Echeverría y Alfonso Martínez Domínguez, entre
otros personajes destacados de la clase política
mexicana bajo el célebre mural de Siqueiros que
muestra a Emiliano Zapata entregando su fusil, constituye una de las
imágenes con mayor carga simbólica, que aporta
la clave para descifrar tanto el clima político
que predominó en septiembre de 1968, como el
mensaje del mandatario al Consejo Nacional de
Huelga (CNH): el partido en el poder era el
único heredero de la Revolución Mexicana y
entre sus atributos estaba el legítimo ejercicio
de la violencia contra sus enemigos.
A unas cuadras
del acto, en pleno Zócalo capitalino,
francotiradores gubernamentales apostados en el
edificio de la Suprema Corte de Justicia de la
Nación disparaban contra civiles, como ha
documentado Carlos Mendoza, y dos días después,
el propio Díaz Ordaz haría explícito este
mensaje amenazador en su cuarto Informe de
gobierno.
El mensaje
presidencial se convirtió en el espacio
mediático propicio para exaltar la figura del
jefe del Ejecutivo y para subrayar la legitimidad
de un sistema político que había sido
cuestionado como nunca.
En toda la
prensa se resaltaron los rasgos de firmeza y
seguridad de Gustavo Díaz Ordaz, asociándolos
con la necesidad de reinstaurar el orden, con
abundantes detalles gráficos y textuales acerca
de la recepción festiva del discurso
presidencial por parte de los diputados, que lo
vitorearon e interrumpieron con aplausos en 84
ocasiones.
En dicho Informe
el mandatario abordó durante una hora el
conflicto estudiantil, ignorando sus causas,
denigrando a sus líderes y preparando el clima
de persecución que se daría en semanas
posteriores.
El
silencio como reivindicación ciudadana
La
manifestación del silencio constituye la última
respuesta organizada y multitudinaria del
movimiento que puso en jaque la estrategia
represiva de Díaz Ordaz. Fue concebida y
planeada por el CNH como respuesta simbólica al
amenazador discurso presidencial y a la campaña
de temor y linchamiento llevada a cabo en casi
todos los medios como caja de resonancia del
Informe.
Partió del
Museo Nacional de Antropología, ante un
impresionante operativo policiaco, y
reunió a cerca de 250 mil personas. El signo
distintivo de la marcha consistió en la ausencia
de gritos y consignas, que algunos remarcaron con
el uso de cintas adhesivas y esparadrapos sobre
sus labios.
Para los organizadores,
se trataba de contrastar un digno silencio con la
vacía retórica desplegada en las dos semanas
anteriores por el gobierno y sus aliados.
Cuarenta años después, se le considera el acto
simbólico más importante del movimiento, el que
representa mejor la defensa y reivindicación
ciudadana de un estado de derecho.
La
lucha simbólica por el control y la difusión de
las imágenes
La estrategia de
la mayoría de los periódicos consistió en
minimizar la importancia de la marcha y acotarla
en un perfil bastante bajo, en el cual las
coberturas fotográficas disminuyeron
considerablemente y en ocasiones fueron
desplazadas a páginas interiores, vinculando en
algunos casos de manera por demás significativa
este episodio con la violenta llegada del ciclón
Naomi, que causó severos estragos en el
estado de Sinaloa.
La excepción
más notable la representa la revista Por
qué?, de Mario Menéndez, la cual dedicó
un amplio reportaje fotográfico de 30 imágenes
que describe la participación de diversos
contingentes entre los cuales destacan
varios acercamientos al grupo de la Unión
Nacional de Mujeres Mexicanas y narra en
detalle la jornada cívica que desembocó en el
Zócalo.
El corpus
gráfico está debidamente contextualizado en un
escrito de Heberto Castillo, que con tono
didáctico y mesurado hace una defensa del
movimiento con referencias constantes a la
Constitución, lo que define las coordenadas
legales desde las cuales pueden leerse estas
imágenes.
A mediados de
septiembre, en medio del linchamiento mediático
gubernamental, este reportaje representa el punto
de vista más significativo de todo lo que se
publicó entonces sobre esta marcha.
Nacionalismo
y modernidad en el mes de la patria
La precaria
posibilidad de la realización del diálogo
público se fue diluyendo en las semanas
posteriores al Informe presidencial con la
aplicación de una estrategia gubernamental que
incluyó, entre otros puntos, la utilización de
las fuerzas armadas, francotiradores y agentes
infiltrtados, la fragmentación de las demandas
estudiantiles en diversas ventanillas y
dependencias burocráticas, el control de los
medios y la supresión de referencias noticiosas
sobre el movimiento y, finalmente, pero no menos
importante, la apropiación de los símbolos
patrios en torno a la figura del presidente.
Así, el
gobierno avanzó en el mes de la patria hacia la
celebración de los Juegos Olímpicos arropado en
una ideología nacionalista defensiva, que ponía
en entredicho sus pretensiones retóricas de
cosmopolitismo y modernidad.
La
voz del amo
La
ocupación de Ciudad Universitaria (CU) se
justificó como una medida dolorosa pero
necesaria por la mayor parte de la prensa
capitalina. Las reacciones de intelectuales
fueron diversas. Mientras Salvador Novo declaró
que se había desayunado con la mejor noticia
recibida en mucho tiempo, Daniel Cosío Villegas
escribió que se trataba de una medida irracional
y contraproducente, pues obligar a los jóvenes a
salir a las calles en una ciudad virtualmente
tomada por las fuerzas armadas era una acción
que rayaba en la estupidez.
En la Cámara de
Diputados, el locutor Luis M. Farías, entonces
presidente de la Gran Comisión, felicitó al
rector y le aseguró que debería estar
agradecido con el gobierno por haber recuperado
las instalaciones de la universidad.
El propio Javier
Barros Sierra declaró que la ocupación había
significado el uso de fuerza desmedido que la
Universidad Nacional Autónoma de México no
merecía, y un par de días después renunció a
su cargo con el argumento de que no le importaban
las críticas de algunas personas menores, sin
autoridad moral, pero que obedecían
inequívocamente a la voluntad presidencial.
Testimonio
de Daniel Soto, de El
Universal
Un testimonio
obtenido recientemente en una entrevista con
Daniel Soto, jefe del departamento de fotografía
de El Universal, confirma que la
cobertura del episodio se trató de un operativo
de Estado diseñado en la Secretaría de
Gobernación, de cuya sede partió, a las 22
horas, la comitiva oficial con los
fotoperiodistas hacia el campus universitario.
Una vez en CU se
organizaron varios recorridos para los
fotógrafos de la lente, que incluyeron una
visita guiada a las aulas con letreros y grafitis
irreverentes y obscenos, la exhibición de
botellas vacías con estopas que
mostraban el peligroso
arsenal de bombas molotov decomisadas a los
estudiantes y, lo más revelador, los cientos de
jóvenes obligados a permanecer acostados con los
brazos extendidos en la explanada de rectoría.
Una vez
concluida la sesión dirigida, se conminó a los
fotógrafos a abandonar CU, pero Daniel Soto
permaneció unos minutos captando imágenes, y
cuando quiso salir la pinza se había cerrado y
se topó con una impasible (e impasable) valla de
soldados, que le cortó la salida.
Entonces se
produjo una escena digna de Costa Gavras, que en
realidad es una alegoría de la resistencia civil
contra el autoritarismo de Estado y que el propio
Soto describe con las siguientes palabras:
No nos
dejaban salir, ya eran casi las 12:30 de la noche
y había que entregar el material. En avenida
Insurgentes estaba el cordón de soldados y uno
trataba de salir hablando con ellos, pero no:
¡Aquí no pasas! Tenemos órdenes de que
nadie salga. ¡Oigan, pero somos periodistas,
ustedes nos trajeron! Pues no, no sabemos nada de
eso. ¡Aquí no pasa nadie! Y en eso pasó
uno de los muchachos que trabajaba como
fotógrafo, que estaba del otro lado de la valla.
Yo ya había quitado el rollo de la cámara, lo
traía en la mano y le dije: ¡Quiubo!,
¿qué haces aquí? Nada, ando por aquí a ver si
puedo entrar. No le digo, ¿cómo te
va? le di la mano y le pasé mi rollo; él
sintió la película e inmediatamente entendió
de qué se trataba. Y le dije:
¡Ándale, vete rápido! Se fue y
entregó todo ese material.
La
mirada de Aarón Sánchez, de Excélsior
No todos los
fotógrafos corrieron la misma suerte. Era el
caso de Aarón Sánchez, quien entonces tenía 20
años y trabajaba en Excélsior. Se
había destacado por la obtención de algunas
imágenes importantes sobre las marchas
estudiantiles publicadas en ese diario y en el Magazine
de Policía, la noche del 18 de septiembre
resultó nefasta, ya que le fue decomisado su
material fotográfico por militares. En una
entrevista reciente, explica los hechos y asume
las consecuencias de su novatez:
Al hacer
fotografías de la tropa en la universidad, me
detuvieron los soldados y me llevaron con el
general, que me quería quitar la cámara o
cuando menos los rollos. Entonces le dije:
Oiga, general, mire, ¡yo soy de Excélsior!
Este es un trabajo serio. ¡No vamos a hacer
escándalo! Por favor, ¡no me vaya a quitar el
rollo! Es más, mire, tengo una colección de
fotos en mi coche de lo que ha venido sucediendo,
para que vea lo que hemos venido fotografiando. A
ver, ¡tráelas! Entonces me mandó con
unos soldados a mi coche, porque yo estaba
haciendo una colección de fotos y debo de haber
tenido unas 300 imágenes en la cajuela del
carro. Y entonces me dijo: Mira, vamos a
hacer una cosa: préstame tus fotos y se las voy
a enseñar al Presidente y mañana te las
devuelvo y te dejo ir. Pues con eso de que
te dejo ir, le dije: ¡Órale pues,
general! Por supuesto, nunca me las
regresaron.
Los testimonios
orales y fotográficos de Daniel Soto y Aarón
Sánchez, junto con los de otros destacados
profesionales como Enrique Metinides, Rodrigo
Moya, Enrique Bordes Mangel, María y Héctor
García puede verse en la exposición Miradas
sobre el 68, que actualmente se exhibe en el
Centro Cultural Universitario Tlatelolco. Las
versiones de todos enriquecen y diversifican los
puntos de vista sobre los hechos del movimiento
estudiantil.
Control
oficial y usos editoriales de las imágenes
La cobertura
fotoperiodística de la ocupación de CU muestra
el grado de injerencia del Estado en los
contenidos de la prensa y se produce en momentos
en los que la salida represiva había ganado la
partida en la voluntad presidencial y sus
círculos más cercanos.
Los siguientes
episodios de las ocupaciones violentas del Casco
de Santo Tomás y de Zacatenco así lo
demuestran. Los usos editoriales de las
fotografías se acotaron, por lo general, a las
coordenadas de esta estrategia represiva.
Las imágenes
incómodas se omitieron (algunas han venido
publicándose en los pasados años ) y el resto
fueron presentadas con pies de foto convenientes
para el guión oficial, aunque debe tomarse en
cuenta el enfoque alternativo que representaron
algunas revistas ilustradas, las cuales tomaron
cierta distancia de los parámetros
gubernamentales.
Un ejemplo
emblemático es el de algunas de las imágenes de
los Hermanos Mayo, que fueron publicadas por la
oficialista revista Tiempo, dirigida por
Martín Luis Guzmán, el laureado escritor de la
Revolución Mexicana, quien aplaudió la
intervención militar en CU y que fueron
retomadas en secuencias más amplias en la
revista Por qué?, de Mario Menéndez.
La mirada del
editor se impuso en lo inmediato a la impronta de
los fotógrafos y fortaleció la versión
oficial, en el primer caso, mientras la elección
editorial de una secuencia de imágenes del mismo
hecho, contextualizada con pies de foto
críticos, permitió otra lectura, en el segundo
ejemplo. A 40 años de distancia, este importante
corpus de imágenes puede ser leído desde
distintas perspectivas.
Amarillismo
Entre el
21 y el 24 de septiembre ocurrieron algunos de
los episodios más violentos del 68, que
exhibieron no sólo la voluntad represiva del
gobierno y la coordinación de policías y
granaderos con agentes de inteligencia y las
fuerzas militares, sino la capacidad organizativa
de un sector de la población que resistió
activamente esos operativos y emergió,
por primera vez, como protagonista de los hechos.
Las hechos más
relevantes de esas fechas fueron los
enfrentamientos de los cuerpos represivos con
civiles en la unidad Nonoalco-Tlatelolco y las
tomas violentas de la Vocacional número 7,
Zacatenco y el Casco de Santo Tomás.
Estos sitios
configuraron una zona particularmente conflictiva
para el gobierno, claramente delimitada al norte
de la capital, que no compartía el perfil de la
ciudad olímpica seductora y cosmopolita ideada
por los diseñadores gubernamentales para los
turistas, como ha mostrado en forma elocuente
Daniel Inclán en su documental Ciudad
Olimpia: el año en que fuimos modernos.
La
mirada de los empresarios
Diarios como El
Heraldo y El Sol de México apostaron
por una modernidad gráfica representada por
amplios reportajes fotográficos,
convenientemente acotados por pies de foto
antiestudiantiles.
Los directores
de ambos medios, Gabriel Alarcón y José García
Valseca, personajes cercanos a la Presidencia de
la República, desplegaron importantes secuencias
con registros capturados por unos 15 fotógrafos,
entre los que destacaban Ernesto Valenzuela,
Ismael Casasola, Ramón Guzmán y Porfirio
Cuautle, quienes superaron ampliamente a sus
competidores y rivales.
La diversidad
visual contrasta con la uniformidad de la
información escrita. La recepción de la
información tuvo diversas posiblidades, desde
padres de familia, como lectores previsibles de
la publicación, hasta la revisión callejera de
peatones y transeúntes en puestos de
periódicos, que se formaban su propia opinión
acerca de los sucesos a partir de otros
intereses.
Esas
narraciones, por lo general subrayaban la
detención de los jóvenes
subversivos por parte de las fuerzas
del orden, pero también intercalaban escenas que
mostraban una ciudad violenta, con territorios en
disputa, lo cual desmentía los discursos
oficiales en torno a la paz y la tranquilidad
reinante en el país.
En el reportaje
de El Heraldo que mostramos en este
espacio puede verse a los soldados parapetados
entre los pupitres o acechando en posiciones de
combate junto a civiles y judiciales que se
protegen al lado de un camión durante la toma
del Politécnico. El fotógrafo acompaña a los
militares en el asalto urbano y proyecta en todo
momento el punto de vista de las fuerzas armadas.
Nota
roja y conservadurismo
La prensa
amarillista y sensacionalista ha estado vinculada
con los intereses gubernamentales desde el inicio
del fotoperiodismo, tal como puede verse en el
caso de El Imparcial, un periódico que,
a pesar de la pretensión de neutralidad que
sugería su título, en realidad era un
importante vocero de la clase dominante
porfiriana a principios del siglo pasado. En los
años sesenta, medios como La Prensa y Alarma
disponían de los tirajes más amplios y ocupaban
un lugar importante en las preferencias
populares, en un momento en que la televisión
apenas iniciaba su posicionamiento en los
llamados usos y costumbres de la gran
familia mexicana. Uno de los fotógrafos
más destacados de La Prensa fue Enrique
Metinides, gran maestro del género del reportaje
policiaco en México en el siglo XX, cuya obra
forma parte del paisaje cotidiano de grandes
museos de arte moderno y galerías artísticas
estadunidenses y europeas.
La mirada de
Metinides, acostumbrado a construir sus historias
con contundentes secuencias de tres o cuatro
imágenes, se adaptó perfectamente a los sucesos
del 68 y fue retomada por los editores del diario
para narrar los hechos a sus lectores.
El caso que
presentamos (ver la página 11) ha sido cotejado
en el archivo del maestro y permite acercarnos al
manejo editorial del periódico, que proyecta la
imagen del granadero herido como protagonista
principal de los sucesos en la toma de
instalaciones del Politécnico.
La secuencia
desemboca en la llegada providencial de la
ambulancia, el transporte más socorrido del
universo delicuencial construido por Metinides.
Esta criminalización implícita del movimiento,
lejos de ser casual, formaba parte de la
estrategia gubernamental.
Así lo
demuestra la utilización de algunos espacios del
diario por importantes personajes de la clase
política mexicana como Mario Moya Palencia y su
jefe, Luis Echeverría Álvarez, quienes
utilizaban la columna Granero político para
denostar a sus adversarios y poner en
circulación cierta información que era leída
entre líneas tanto por sus subalternos y
compañeros de ruta como por sus adversarios,
como ha mostrado Jacinto Rodríguez en su libro La
otra guerra secreta.
Miedo
y manipulación
La premisa
gubernamental que influyó en las decisiones
editoriales de una parte significativa de los
medios consistió en el intento de sembrar temor
y parálisis en sectores amplios de la
población, produciendo lo que algunos teóricos
han denominado pánico social.
El nuevo ciclo
se inició con la ocupación militar de Ciudad
Universitaria y abarcó las tomas violentas de
Zacatenco y del Casco de Santo Tomás.
Al segmento
pequeño pero organizado de vecinos aliados del
movimiento se le aplicó la mano dura de los operativos
policiacos y militares.
A la gran
mayoría de la población se le impuso una
cobertura mediática que soslayó las causas y
orígenes de la rebelión estudiantil y subrayó
el territorio de la violencia y la nota roja como
espacios informativos por excelencia del
conflicto.
La vuelta de
tuerca que cerraría esta pinza se produciría
una semana más tarde, en la Plaza de las Tres
Culturas.
Contra el olvido
El
30 de septiembre tuvo lugar uno de los episodios
más significativos del movimiento estudiantil de
1968: la realización de un mitin frente a la
Cámara de Diputados organizado por la Unión
Nacional de Mujeres Mexicanas, el mismo grupo que
había refutado el informe de Gustavo Díaz Ordaz
y le había dicho públicamente al presidente que
la violencia ejercida contra ellas las semanas
previas provino de las fuerzas armadas y
policiacas, y no de los estudiantes.
El hecho pasó
desapercibido en la mayor parte de los
periódicos, pero es de un simbolismo muy
importante, ya que se trata de la única ocasión
en que las mujeres convocaron a un acto público
y ejercieron un liderazgo político indiscutible.
El hecho de
realizar el acto e invocar al Poder Legislativo
también representa una impronta simbólica muy
relevante, ya que ponía en relieve la falta de
independencia de los poderes de la Unión y la
supremacía del Ejecutivo, que derivaba en la
ausencia de democracia.
Por todo ello,
se trata de una de las reivindicaciones
ciudadanas más importantes durante el
movimiento, por lo que no sorprende que haya sido
marginada por casi toda la prensa.
Una de las
excepciones más destacadas en la cobertura
corrió a cargo de la revista por qué?,
dirigida por Mario Menéndez, que dedicó tres
fotografías de los Hermanos Mayo,
contextualizadas oportunamente por un reportaje.
En un número
posterior, el director desplegaría algunas de
estas imágenes intercaladas con las fotografías
de los cadáveres de algunas mujeres asesinadas
por el gobierno el 2 de octubre. El mensaje
icónico resultaba evidente: las madres de
familia habían sido ultimadas por la capacidad
de protesta desplegada un par de días antes
frente a la Cámara de Diputados.
La
memoria y el olvido
A 40 años de
distancia se ha inaugurado un museo que aborda
por primera vez los hechos del movimiento
estudiantil. Se trata del Memorial del 68,
ubicado en el Centro Cultural Universitario
Tlatelolco, justo a un lado de la plaza de las
Tres Culturas.
El reto para la
Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM)), que encabeza este proyecto, resulta muy
interesante, y consiste en superar el peligro
evidente de convertir un movimiento dinámico y
contestatario en una estatua, con la posibilidad
de fetichizarlo o, peor aún, de canonizarlo
mediante una apología idealizadora, trazada a
partir de un guión de lo políticamente
correcto en los nuevos horizontes sociales
y culturales de la nación mexicana, en la que
casi toda la clase política se asume como
heredera del 68.
A contrapelo, el
Memorial del 68 abre una perspectiva crítica de
los sucesos, se aleja tanto de los discursos
oficiales como de la retórica esquemática de la
izquierda, y apuesta por la diversidad,
representada, entre otras cosas, por la riqueza
de la historia oral como núcleo central para
tejer los testimonios de los propios
participantes y recrear la percepción del
fenómeno a la distancia.
Los testimonios
de 57 personas, entre los que se encuentran ex
líderes del Consejo Nacional de Huelga (CNH),
políticos, intelectuales, artistas, escritores y
analistas de distintas tendencias se entrecruzan
en monitores y otros espacios audiovisuales, y se
contextualizan por medio de la presentación de
secuencias fotográficas que dan contenido a los
episodios más relevantes del 68.
Un espacio
particularmente revelador es en el cual convergen
las voces y reflexiones de Gilberto Guevara
Niebla, Marcelino Perelló, Luis Tomás Cervantes
Cabeza de Vaca, Luis González de Alba y
Sócrates Amado Campos Lemus en torno a la
participación de éste en la instalación de una
guardia estudiantil en el Zócalo la madrugada
del 28 de agosto, en lo que se considera uno de
los errores más graves del CNH.
El incluir a
todas las voces del conflicto es un acierto
museográfico que permite tomar distancia de las
mitologías, ofrece un panorama más complejo de
los sucesos y deja las conclusiones al juicio de
los receptores.
La iconografía
del 68 ha cumplido un año en el Memorial. Las
imágenes fotográficas interpelan la memoria del
público y remueven recuerdos y testimonios que
habían permanecido en el olvido.
Me ha tocado
constatar el diálogo de padres de familia con
sus hijos adolescentes en torno a las imágenes
evocadoras de la marcha del silencio o de otros
episodios que movilizaron a miles de personas.
El estudio
sistemático de la recepción de los registros
orales y gráficos, así como el uso de los
mismos por públicos recientes, constituye uno de
los factores más relevantes que permitirá
realizar un diagnóstico más certero de los
hechos.
La renovación
creativa del Memorial o su conversión en un
espacio reproductor de mitos, dependerá de la
capacidad para abrir el espectro del 68 y de su
flexibilidad para cotejar los hechos locales con
las experiencias ocurridas en otras latitudes.
A
40 años del 68
Otra muestra
puede apreciarse en la UNAM con el apoyo y
colaboración del Instituto Mora y el Consejo
Nacional de Ciencia y Tecnología, con el título
de A 40 años del 68.
Se trata de un
espacio para reflexionar sobre los hechos y se
propone una lectura de fondos documentales muy
interesantes, entre los que puede verse la
respuesta de la UNAM frente al conflicto y el
contenido de algunos informes de inteligencia del
gobierno.
Sin embargo, la
pieza fundamental está representada por el
trabajo de Manuel Gutiérrez Paredes, el
fotógrafo contratado por Luis Echeverría para
registrar el movimiento, cuyo archivo puede ser
consultado en los acervos del Instituto de
Investigaciones sobre la Universidad y la
Educación (IIUE-UNAM), en lo que constituye una
verdadera mirada del poder. Es la primera vez que
se presenta este material debidamente
contextualizado, por lo que constituye una
aportación significativa a la interpretación
del movimiento.
Es de esperar
que ambas exposiciones, la del Memorial y la del
IIUE, contribuyan a enriquecer la memoria
colectiva sobre los hechos y a generar nuevas
pautas de lectura e interpretación de los mismos
en las nuevas generaciones.
La noche de Tlatelolco
El movimiento
estudiantil de 1968 no se reduce al 2 de octubre
y, al mismo tiempo, es imposible narrar los
acontecimientos estudiantiles sin mencionarlo. La
fecha constituye una de las referencias más
importantes de la historia contemporánea de
México. Algunos sectores de la izquierda la han
convertido en fetiche descontextualizado que ha
desplazado las aportaciones registradas en las
etapas anteriores del movimiento, mientras la
derecha conservadora pretende borrarla del
calendario cívico.
El hecho
documentable es que la matanza marcó el fin del
movimiento y tuvo repercusiones negativas en la
vida política del país durante la siguiente
década, cerrando la participación para algunos
sectores sociales, que decidieron incorporarse a
la guerrilla, lo que terminó por fortalecer la
impunidad de un gobierno que impulsó el terror
de Estado por medio de la guerra sucia a
lo largo de los años 70.
La
teoría de la conjura
Las portadas de
los periódicos del día siguiente de la matanza
constituyen un indicador importante de los
escasos márgenes de maniobra de la prensa en
esta situación límite y los parámetros de
subordinación a las coordenadas marcadas por el
régimen de partido de Estado, que impuso la
versión de la conjura y fabricó un escenario en
el que los francotiradores apostados en las
azoteas y departamentos de algunos edificios de
la unidad Tlatelolco fueron denunciados de manera
inmediata como parte del complot estudiantil,
anunciado oportunamente por el general Corona del
Rosal dos meses antes.
Palabra
de fotógrafo
A contrapelo del
pensamiento de todos aquellos que consideran que
todo está dicho acerca del 2 de octubre,
conviene señalar en este artículo la existencia
de algunos testimonios de fotógrafos que
estuvieron presentes en la Plaza de las Tres
Culturas aquella tarde, y que han decidido hablar
a cuatro décadas de distancia. Todos confirman
la existencia del operativo estatal y
enriquecen de diversas maneras la información
existente sobre los hechos.
Enrique
Metinides tuvo que caminar varios kilómetros
para llegar a Tlatelolco. Una vez ahí, con su
peculiar estilo que marcó toda una época en La
Prensa, logró captar imágenes contundentes
de los terribles efectos de la acción de los
disparos de los francotiradores y sus huellas en
los cuerpos de algunos militares. Jesús Fonseca,
de El Universal, describe las
dificultades que tuvo que enfrentar en su vía
crucis particular que lo llevó del edificio
Chihuahua al de Relaciones Exteriores, pasando
por el amontonamiento de cadáveres que logró
fotografiar a un lado de la iglesia de Santiago,
dato que confirma el joven reportero Joaquín
López Dóriga, quien narró aquellos hechos y
sólo los vio publicados en su periódico, El
Heraldo, 35 años después de la masacre.
Mientras Aarón Sánchez, de Excélsior,
pudo registrar las golpizas y humillaciones a que
fueron sometidos los estudiantes por parte de la
tropa en las horas terribles de las detenciones,
después de la balacera.
Por su parte,
Daniel Soto, jefe del departamento de fotografía
de El Universal, narra la manera en que
recibió órdenes de la dirección del periódico
de entregar todos los materiales del 2 de octubre
a los agentes de Gobernación. Apenas pudo
comunicarse con algunos de sus colegas y juntos
lograron rescatar parte de la cobertura que el
mismo diario ha publicado recientemente. Todos
ellos continuaron trabajando en sus medios de
comunicación y fueron testigos del silencio
impuesto desde el gobierno en aquellas horas de
angustia e impotencia, así como de la campaña
macartista de hostigamiento contra la disidencia
que se incrementó en los siguientes meses.
El
punto de vista de la izquierda
Una de las
escasas excepciones está representada por la
revista por qué?, dirigida por Mario
Menéndez y plenamente identificada con el
movimiento en las semanas anteriores. Resulta de
gran interés acercarse a las claves del
contenido del número extraordinario dedicado a
Tlatelolco, publicado en octubre de aquel año,
en la medida en que representa el punto de vista
de la izquierda sobre los trágicos hechos,
predominante en las siguientes dos décadas, que
es la antítesis exacta de la teoría
gubernamental de la conjura.
En dicha
versión, el Ejército masacró a cientos de
personas en un operativo perfectamente
coordinado con los servicios de inteligencia
gubernamentales. El expediente fotográfico de la
revista supera con creces todo lo publicado hasta
aquellos momentos y utiliza, sin darles crédito,
imágenes de Héctor García, los Hermanos Mayo,
Armando Salgado, Carlos González y Óscar
Menéndez, entre muchos otros.
La
memoria histórica
A partir de 1988
este esquema monolítico se fue fragmentando.
Documentalistas como Carlos Mendoza,
historiadores como Sergio Aguayo y Lorenzo Meyer,
y periodistas como Jacinto Rodríguez han
penetrado las entrañas del monsturo en los
fondos de la extinta Dirección Federal de Seguridad
que se encuentran a resguardo del Archivo General
de la Nación, y han documentado nuevas claves
para interpretar la masacre, que muestra la falta
de coordinación entre los distintos grupos
armados del gobierno, los servicios de
inteligencia y los cuerpos de elite del Estado
Mayor Presidencial.
Pese a todo,
ninguna investigación independiente ha negado la
existencia de un operativo gubernamental
realizado aquella tarde, con responsabilidades
históricas tan concretas como impunes. Todos
concluyen que se trató de un crimen de Estado.
Cuarenta años
después, no todo está dicho sobre el 2 de
octubre ni sobre el movimiento estudiantil de
1968. Al contrario, en cierto sentido se puede
afirmar que la investigación sobre nuevos fondos
documentales apenas comienza y el replanteamiento
crítico sobre los ya existentes se renueva
constantemente.
Entre otros
territorios pendientes de abordar en forma
crítica, están los libros de texto de historia
de bachillerato y las exhibiciones
museográficas. En ambos espacios, la
historiografía y la investigación documental
todavía tienen mucho que decir, entre otras
cosas, porque el avance del conocimiento no se
produce en forma lineal, sino que se replantea
constantemente a partir de las coordenadas del
presente.
*
Alberto del Castillo Troncoso es investigador del área Historia
Social y Cultural del Instituto de
Investigaciones Dr. José Ma. Luis Mora. Este trabajo, que se publicó
originalmente en el diario mexicano La Jornada, en diez entregas discontinuas entre el
21 de julio y el 2 de octubre de 2008, forma
parte de un trabajo más amplio que el
autor desarrolla en el propio Instituto Mora, con
apoyo del Fondo Sectorial de Investigación para
la Educación del Consejo Nacional de Ciencia y
Tecnología, y se reproduce
en Sala
de Prensa con la
autorización expresa de su autor.
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