Maten al
cartero
Jorge
Elías *
Era
un sábado de octubre de 1974. De noche. Un taxi
recorría cansinamente el centro de San Miguel de
Tucumán, capital de la provincia de Tucumán, al
noroeste de la Argentina. Dos sujetos le hicieron
señas al chofer para que se detuviera cerca de
las calles Junín y San Martín; querían
asaltarlo.
No sabían que
el chofer era un oficial retirado del Ejército y
que, por ello, portaba un arma. La desenfundó.
En el tiroteo, uno terminó herido en un ojo y el
otro se rindió. La policía provincial comprobó
que no se trataba de delincuentes comunes, sino
de policías federales que, al parecer,
procuraban apropiarse del vehículo (móvil, en
su jerga) para realizar un operativo. Ilegal,
obviamente.
El diario El
Pueblo, de San Miguel de Tucumán, consignó los
hechos en su edición del día siguiente y,
asimismo, reprodujo el parte de prensa de la
policía.
Esa noche,
a la una de la mañana del lunes en realidad, una
bomba destruía el frente de nuestro diario y
dañaba prácticamente todos los vidrios y los
frentes de media cuadra, me dijo su
entonces director, José Ignacio García
Hamilton, tucumano ilustre que ha sabido plasmar
en biografías noveladas las vidas de próceres
latinoamericanos como Juan Bautista Alberdi (Vida
de un ausente), Domingo Faustino Sarmiento (Cuyano
alborotador), José de San Martín (Don
José) y Simón Bolívar (Simón).
En la
comisaría, mientras radicaba la denuncia,
García Hamilton notó con sorpresa y decepción
cierta displicencia y desinterés del
jefe de turno.
Tres décadas
después de aquel incidente, nunca antes
revelado, concluyó: Con nuestra mentalidad
educada en el Estado de Derecho no podíamos
entender ni darnos cuenta de lo que luego de
algunos años todo el país tuvo trágica
evidencia: el Estado empezaba a convertirse en
terrorista con la complicidad o la anuencia de
otras áreas de la misma administración.
Abogado,
periodista, historiador, doctor en derecho y en
ciencias sociales, profesor universitario y
conferencista en ámbitos académicos nacionales
e internacionales, García Hamilton ha escrito Los
orígenes de nuestra cultura autoritaria (e
improductiva), reeditado en España con el
título El autoritarismo hispanoamericano y la
improductividad. No era un amateur.
Desde un auto,
ráfagas de ametralladora perforaron, días
después del atentado, la fachada, la cortina
metálica y el interior del edificio de El
Pueblo. El plomo de las balas, incrustado en las
paredes y en los cielorrasos, caía de tanto en
tanto sobre los escritorios y los biblioratos,
cual recordatorio de otra agresión con tono de
amenaza.
García Hamilton
recibió entonces una nota, firmada por la
organización de ultraderecha Triple A (Alianza
Anticomunista Argentina), por la cual era
conminado a abandonar en 24 horas el país bajo
pena de ser ajusticiado. Permaneció
en la provincia, no obstante ello. Y fue
detenido, el 24 de noviembre de 1974, por la
Policía Federal.
¿Los cargos?
Algunos artículos publicados en el diario
habían caído mal en Buenos Aires,
obtuvo como respuesta.
Proceso judicial
no hubo.
A los pocos
días quedó a disposición del Poder Ejecutivo
Nacional.
En nuestro
diario teníamos una postura progresista, pero
habíamos condenado duramente la violencia como
método de transformación social dijo
García Hamilton. Como ejemplo de esto,
recuerdo claramente nuestro repudio categórico
de los asesinatos de Arturo Mor Roig y del
industrial azucarero José María Paz por parte
de los montoneros. Así, para la guerrilla
éramos oligárquicos y para las llamadas fuerzas
del orden éramos pro izquierdistas dentro de ese
proceso de radicalización política en el que el
país se sumergía.
Faltaban apenas
15 meses para el golpe de Estado del 24 de marzo
de 1976. Eran las vísperas de después. De un
asunto mal manejado por tres, según el cantante
Piero: almirante, general o brigadier.
De niño,
García Hamilton, autor, también, de una obra de
teatro, Azúcar y estudiantes, había
jugado en una casa que pertenecía a la familia
Padilla; estaba en la calle Santa Fe 630, de San
Miguel de Tucumán. En ella, ahora sede de la
Delegación de la Policía Federal en Tucumán,
permaneció durante los primeros 10 días de su
arresto. Fue, dijo, una suerte de inmersión en
los códigos de la época, o de la lucha contra
la subversión, traducidos por el jefe del área:
Si el chorro (ladrón) no tiene quien le
compre lo robado ni quien le facilite un
aguantadero (sitio en donde esconderse), termina
por no robar. Lo mismo pasa con los guerrilleros:
si usted liquida a los que les venden víveres o
mercaderías, evita que se publiquen noticias
sobre sus acciones e impide que se les preste
asistencia médica, y terminan por
desaparecer.
Era hombre de
confianza del ministro de Bienestar Social del
gobierno de María Estela Martínez de Perón,
José López Rega, alias El Brujo, mentor de la
Triple A. A tal punto era hombre de confianza de
él que un día recibió un radiograma, del que
se enteró García Hamilton, que decía:
Negro, cruzáte a Salta que te encargo la
seguridad de la señora. La señora era la
presidenta de la República.
No tenía
aspecto de policía, o de represor, sino de
carnicero, según García Hamilton. Cuando
el subcomandante de la V Brigada de Infantería,
un coronel amigo de los familiares, vino a la
Delegación a interesarse por mi situación, fue
recibido con absoluta descortesía y evidentes
malos modales por el jefe policial
dijo. Cuando yo le pregunté al
delegado cuáles eran las publicaciones de mi
diario que, según él, habían caído mal en
Buenos Aires, aludió al taxista asaltado por
policías federales y a una información
referente a un policía corruptor de menores.
Después averigüé a través de mi secretario de
redacción que esta última información era
sobre un profesor de matemáticas que llevaba
alumnos a su casa y los corrompía. Era también
policía federal, pero eso no lo sabíamos y no
se había publicado.
Después supo
García Hamilton, pariente de los fundadores y
directivo de La Gaceta, el primer periódico
dominical de la provincia de Tucumán y uno de
los más influyentes del noroeste argentino, que
había sido puesto a disposición del Poder
Ejecutivo Nacional por un pedido expreso de sus
carceleros. En El Pueblo, decían, había
publicaciones que atacaban a las fuerzas de
seguridad, contribuyendo al accionar de la
izquierda y de la ultra izquierda.
El oficial
retirado del Ejército que conducía el taxi,
asaltado aquella noche aciaga de octubre de 1974
por los dos policías federales, acudió a La
Gaceta con el propósito de denunciar el hecho.
Regresó horas después: pidió que no se
publicaran sus declaraciones. Lo había citado el
general Luciano Benjamín Menéndez, a cargo de
la brigada provincial: una denuncia de ese
calibre podía entorpecer la lucha contra la
subversión, esgrimió
En la hoguera de
Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército, en
La Calera, Córdoba, desde septiembre de 1975
hasta septiembre de 1979, ardieron el 30 de abril
de 1976 colecciones completas de libros de Marcel
Proust, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda,
Sigmund Freud, Karl Marx, Julio Cortázar, Paulo
Freire, Marta Hanneker, John Cooke y Eduardo
Galeano, entre otros, definidos como un veneno
para la nacionalidad argentina por el gobierno
militar.
Mientras
estuve detenido en la Delegación de la Policía
Federal comprobé que en ese lugar se imprimían
las amenazas que distribuían las Tres A y que
los miembros de esa organización eran policías
que salían por las noches a poner bombas en
nombre de la misma dijo García
Hamilton. Y así estuve casi seis meses
detenido, meditando en simplista policial sobre
la conveniencia de evitar que se publicaran los
hechos subversivos. Me trasladaron a la Escuela
de Policía, donde alterné con el también
detenido rector de la Universidad, doctor Pedro
Amadeo Heredia.
Desde su lugar
de arresto, García Hamilton continuaba
dirigiendo el diario. Un día ordenó publicar
una información sobre un atropello contra una
parroquia rural y un sacerdote sospechoso de ser
de izquierda. Había sido cometido por un grupo
de tareas bajo las órdenes del delegado de la
Policía Federal que, a su vez, era responsable
de su detención. Al día siguiente lo
trasladaron, a punta de ametralladora, a la
cárcel penitenciaria de Villa Urquiza. Tenían
toda la intención, y todas las ganas, de darle
un paseo (golpiza, en la jerga de ese
inframundo), pero se opusieron los policías
provinciales. En coincidencia con el nacimiento
de su segundo hijo, el 1° de marzo de 1975,
regresó a la Escuela de Policía. El delegado
había sido reemplazado. Lo recibió con
lágrimas en los ojos el rector Heredia.
Hubo
numerosas gestiones de la Asociación de
Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) a mi
favor, como también del diputado peronista
Nicasio Sánchez Toranzo, el senador Eduardo
Lalo Paz y muchos otros dijo
García Hamilton. Don Ricardo Balbín,
Fernando De la Rúa y Francisco Rabanal también
realizaron reiterados pedidos, como muchos otros
dirigentes y legisladores.
Lo liberaron el
22 de mayo de 1975. Había compartido la
habitación con el rector Heredia y con un
senador provincial peronista cuyo nombre
prefirió mantener en reserva. El senador había
sido desaforado, juzgado y condenado por
homicidio a raíz de una información publicada
en El Pueblo: su amante, ingresada de urgencia en
la guardia del hospital Padilla, de San Miguel de
Tucumán, había sido víctima de un intento de
asesinato.
En ese momento,
un secretario de redacción de El Pueblo, Domingo
Schiavoni, llevó la noticia al diario, rotulada
como confidencial, y García Hamilton dispuso
publicarla. Todo apuntaba contra el senador: la
forma en que habían entrado los balazos, su auto
estacionado frente a la casa de la mujer y su
presencia en el hospital.
El senador, con
el cual le había tocado en suerte compartir la
habitación en una situación más que penosa,
jamás profirió una palabra de reproche, según
García Hamilton. Cada día le contaba una nueva
versión del crimen, alegando su inocencia.
Moraleja:
Quien cumple con su deber profesional nada
debe temer como consecuencia. En el mejor
de los mundos posibles, no en las vísperas de
después.
* Jorge
Elías es
periodista en el diario La Nación, de Buenos Aires, e investigador de la Sociedad Interamericana
de Prensa (SIP), en la cual
se ocupa de crímenes contra periodistas. Este
texto es la introducción a su libro (Centro para
la Apertura y el Desarrollo de America latina,
Buenos Aires, 2006) sobre el asedio a la prensa
durante la era de las dictaduras militares en el
Cono Sur, en el que vuelca varios años de
investigaciones, así como documentos inéditos
de aquellos años, que aquí se reproduce con su
autorización expresa. (La versión íntegra del
libro puede obtenerse en forma íntegra y
gratuita en las direcciones de web: www.cadal.org
y www.impunidad.com)
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