Ocho notas
para una reconsideración
de las relaciones medios-democracia
Sergio
Caletti *
Lo
primero es reconocer que pocas problemáticas
capturan las tensiones e incertidumbres de este
fin de siglo con tanto vigor como aquella que
interroga por las vinculaciones entre las
tecnologías de comunicación y los procesos
democráticos o, si se quiere más en general,
creo que es el nudo entre las tecnologías de
comunicación y la dimensión política de la
vida de nuestros países.
Pero esta no es
en realidad una problemática demasiado nueva. En
rigor fue ella la que en la primera mitad del
siglo dio uno de sus orígenes a los estudios de
comunicación.
En aquél
momento el problema que aparecía y en torno al
cual avanzaron los trabajos de investigación y
las reflexiones, era el problema de las
influencias y efectos, esas eran las palabras que
se observaban en relación con lo que hacían los
medios sobre la ciudadanía y la opinión
pública, actitudes políticas, decisiones de
voto, etcétera.
Desde entonces,
en los 60 años que transcurrieron, nunca
desapareció de la mesa de debates. En realidad,
atravesó teorizaciones sobre líderes de
opinión, preocupaciones por lo ideológico,
esquemas cognoscitivos, conjeturas sobre la
recepción... Las más diversas aproximaciones se
han hecho para replantear, reformular, revisar
estas relaciones entre medios y política.
Y me parece que
en general estas reflexiones, en lo que resulta
sustantivo, si se revisa la historia de los
debates, llegan normalmente al mismo punto, al
difícil punto acerca de si finalmente la
relación entre tecnologías de comunicación y
política le permite a la democracia salir
ganando, salir perdiendo o, en todo caso, bajo
qué condiciones una cosa o la otra.
En este último
cuarto de siglo, es obvio decirlo, las
tecnologías de comunicación se han modificado
aceleradamente, así como las condiciones
sociales de su utilización.
Por su parte,
las propias características con las que se
desenvuelven los procesos políticos también han
sufrido modificaciones significativas y es un
elemento que no debemos perder de vista.
Y bien, pese a
la importancia y al peso de estas
transformaciones, yo creo que muchas veces
sentimos que nos faltan las palabras adecuadas
para nombrar los fenómenos y para poder echar
luz sobre las pistas a seguir.
En este marco,
preocupado por esta trayectoria de debates, me
voy a permitir hacer estas reflexiones que las
expondré como se ha anunciado, como ocho notas
sucesivas.
La primera: En
los años que corren y ante la fenomenal
expansión de la TV y de las nuevas tecnologías
interactivas a las que hacemos referencia,
parecen ser dos las grandes respuestas
principales que se ensayan. Examinémoslas
brevemente.
Por un lado,
bajo la tesis general de la espectacularización
de la política, un número significativo de
investigadores y ensayistas, particularmente en
América Latina, hace énfasis en los riesgos
para la democracia que entraña la degradación
de las formas propias del debate argumentativo,
sometido a los 30 ó 60 segundos que el tiempo
televisivo le impone para dar a conocer sus
ideas, entre las interrupciones de las tandas de
anuncios comerciales. También tienden a señalar
el modo en que la discusión general de los
grandes asuntos viene reducida o sustituida por
notas sensacionalistas, el culto a los temas
escandalosos y, con frecuencia, hasta cuestiones
que son de la vida privada de los propios
dirigentes políticos en vez de prestar atención
a sus ideas, cuando no de la vida de artistas o
figuras diversas del espectáculo.En síntesis,
según esta perspectiva, entre democracia y show
habría incompatibilidades insanables.
Por el otro
lado, la otra gran respuesta que yo siento que se
perfila en los últimos años pasa por la tesis
de la teledemocracia. Otro conjunto de autores
augura futuros promisorios e incluso, diría,
hasta la resolución de ese punto ciego que la
filosofía política y la ciencia política
contemporánea más bien ha dado por inevitable
desde que hace doscientos y tantos años Russeau
nos advirtiera contra las deformaciones que la
representación implicaba en la vida
democrática.
Ese punto ciego,
podría ahora, gracias a las nuevas tecnologías,
resolverse permitiendo, propiciando, haciendo
factible según algunos, la asamblea
electrónica, una suerte de ágora rediviva,
donde todos, de alguna manera podríamos
participar.
Según otros
(por ejemplo un politólogo muy importante,
Robert Dall) han llegado a conjeturar que es
posible la formación de minipopulus, de
pequeñas comunidades deliberativas que puedan
tratar democráticamente temas durante ciertos
períodos por pantalla. Esta aparece como casi
una contrafigura de la perspectiva que supone que
el encuentro de las tecnologías con los
fenómenos de comunicación, en realidad degrada
la política. En este otro caso, el encuentro de
las tecnologías parece darle ganancias a la
democracia.
A mi modo de
ver, estas grandes respuestas señalan con
claridad aspectos posibilidades o problemas que
realmente no debemos olvidar, creo que, de una u
otra manera, cada una a su modo, pone el dedo en
un renglón importante, pero al menos en el
común de sus formulaciones, padecen creo yo, de
la misma debilidad.
En ambas, tanto
la tecnología como la política resultan
autonomizadas de las relaciones sociales en las
que, en realidad, se forjan, en las que adquieren
su sentido.
La política,
sumida bajo su formato democrático, aparece como
la abstracción mitológica del debate racional y
de la participación responsable: la tecnología,
como un sistema de recursos definidos, ya sea
para restringir, ya sea para posibilitar la
puesta en escena de la ágora ateniense.
Va la segunda:
Me interesa detenerme un minuto en lo que implica
esta autonomización en particular del vector
tecnológico, una autonomización a la que
estamos muy habituados y muchas veces hasta ni
reparamos en ella. Tanto nos sorprende muchas
veces la tecnología en nuestra propia vida
cotidiana, los adelantos tecnológicos, que
efectivamente los separamos de las relaciones
sociales en las que esa tecnología se forja.
Veámoslo por
ejemplo en los dos casos que señalábamos, el de
la espectacularización y el de la
teledemocracia. En ambos, yo diría que la
tecnología es como si hiciera las veces de la
variable independiente, por decirlo en pocas
palabras; como en la hipótesis de la
espectacularización, el acercamiento que se hace
a lo tecnológico es crítico, es negativo en el
encuentro con la política La democracia pierde
por nocaut en el primer asalto.
Esta visto que
la TV no es el lugar más propicio para sesudos
debates racionales y menos aún cuando los
anunciantes reclaman por el raiting. En cambio,
en el segundo caso, el encuentro que también es
arrollador deja enormes ganancias a la
democracia, que ahora suma a su favor, el
horizonte entero, decíamos, de posibilidades que
le ofrece una tecnología que disuelve los
problemas que se interpongan.
Como se ve, la
exterioridad de lo tecnológico respecto de las
relaciones sociales en las que interviene, es
radical. Es obvio que el lugar asignado es el de
un "deus exmáquina" como solía
decirse hace mucho tiempo, o si se prefiere una
glosa clásica diríamos que todo ocurre como si
estuviéramos ante un nuevo fetichismo: el
fetichismo de la tecnología, y probablemente su
secreto sea el mismo que aquél otro fetichismo
de hace casi 150 años.
En rigor, la
tecnología no determina las relaciones sociales
ni las políticas, desde ningún afuera. Hoy
probablemente pueda decirse que sin duda refuerza
la orientación y las reglas de unas relaciones
sociales que han podido condensar en la
tecnología su modo de aprehender el mundo, de
vincularse con el mundo haciéndolo eficaz y lo
que a veces es mas grave, haciendo aparecer como
natural lo que en rigor es evidentemente
construcción social. Por decirlo en dos
palabras, la tecnología no determina las
relaciones sociales, la pólvora no determina la
guerra.
No pretendo
insinuar ninguna neutralidad de la tecnología y
que, por lo demás, es otra forma de la misma
abstracción. Por el contrario, lo que me
interesa es afirmar que la tecnología se
desarrolla en la dirección de las relaciones
sociales nominantes.
A la prensa de
Gutenberg, por ejemplo, le llevó prácticamente
dos siglos desarrollarse para ser el motor de los
debates en la Europa prerrevolucionaria y
posterior. Antes de eso, se había desarrollado
en la dirección de la reforma protestante,
poniendo mas fácilmente en contacto directo a
los fieles, a los creyentes con la palabra de
Dios. Había sido otro uso social y otra
condensación de relaciones sociales bastante
distinta.
Creo yo que la
omisión de las relaciones sociales en las que la
tecnología se inscribe conduce con frecuencia a
reduccionismos. Vamos a nuestros casos. Una buena
posición de la literatura especializada en el
campo de los estudios de la comunicación, ha
sostenido en los últimos tiempos, con mucho
énfasis, que los medios hacen la política: sea
fabricando candidatos, como en el caso
multicitado de Collor de Melo, por ejemplo; sea
gobernando el debate, como en el caso de los
programas notorios de opinión en cada país; o
sea reconvirtiendo la política su propia
negación, una suerte de pan y circo moderno.
En rigor, estas
interpretaciones no difieren, en lo sustantivo,
de aquellas que hace 30 años aproximadamente
aseguraban que los intereses políticos
gobernaban la programación de los medios y
determinaban su información, etcétera.
Si el análisis
de la relación política-medios, en aquél
entonces, explicaba a los medios por la
política, ahora ocurre a lo inverso; es como si
estuviéramos tentados a explicar la política
por los medios, sin hablar de tanto político que
explica sus errores por problemas de
comunicación.
Dejemos por un
instante la tecnología. Si nuestra preocupación
es la democracia, en realidad nuestra
preocupación es la sociedad civil. A partir de
ella y por ella, esa preocupación se extiende
hacia las formas en que el sistema político
puede poner en marcha para su más libre
expresión y participación.
Pero rescatar en
este sentido la perspectiva de la sociedad civil
supone preguntarse por los modos en que ella se
vincula con los procesos políticos. Claro está
que la respuesta no es una, sino múltiple y por
ejemplo, en primer término, obviamente debe
aludirse a la operación del voto que con
sistemática regularidad devuelve a la
ciudadanía un importante poder de decisión.
Además nos
interesa rescatar otra forma de vinculación, que
muchas veces por su extrema contigüidad con la
esfera misma de lo estrictamente político,
resulta colocada en una superposición que
confunde. Me refiero a la esfera de lo público.
Por obra de la
modernidad hemos naturalizado una cierta
sinonimia entre lo público y lo político, un
poco a la manera de la Roma clásica.
La democracia
moderna, incluso como propuesta y como batalla
por su consecución, significa y ha significado
precisamente el intento de conquistar una radical
publicidad de los actos políticos y constituir
al debate ciudadano en el resorte de las grandes
decisiones, en condiciones de visibilidad y
accesibilidad generales, de transparencia.
Pero esta
prescripción está lejos de permitirnos
sancionar la perfecta coincidencia de la
política con la esfera de lo público.
Alguna vez
podríamos señalar que, tan pronto nació la
esfera de lo público, nació, por ejemplo, el
secreto de Estado, que es la más clara,
inmediata y obvia contraposición al proyecto de
la transparencia.
Hace dos siglos,
el entonces naciente mundo burgués moderno
significó, por excelencia, la construcción de
un espacio público para atraer hacia él la
construcción cotidiana de lo político. Pero
bien vistas las cosas, ni este propósito supone
la identidad de lo público y de lo político ni
aun si lo supusiese podríamos hoy decir que se
ha cumplido.
Cabe entonces
sostener la distinción: a nuestro juicio, la
sociedad civil plantea y elabora su relación con
los institutos del poder político, más allá de
las regulaciones jurídico-electorales,
precisamente a través de la esfera de lo
público y en particular de lo que se ha dado en
llamar "la esfera de la opinión
pública", que opera como una bisagra
cotidiana privilegiada para los múltiples y
complejos juegos de relación Estado-sociedad.
Como decía en
esta afirmación, se pueden entrever la clásica
tesis expuesta respecto de lo que se denominó
"la publicidad burguesa", en el
contexto de la transición del antiguo régimen a
las modernas repúblicas.
Nos atrevemos a
extender la noción de este espacio tenso, en el
que se articulan sociedad y Estado, más allá de
los requisitos "raciocinantes" que le
impone, al referirse a una transición que se
cumple en el siglo de las luces. La transición
en la que hoy nos encontramos no es precisamente
ni guiada ni azuzada por la ilustración.
Claro está que
esta bisagra que constituye el espacio de lo
público, podrá ser débil o fuerte,
discriminatoria o inclusiva, más abierta o más
refractaria a expresar los propios procesos que
atraviesa la sociedad que la nutre. Y de ningún
modo dará lo mismo que sea de una
característica u otra, pero, en cualquier caso,
seguirá siendo ese lugar, por excelencia, en
donde las aspiraciones, temores, tensiones de la
sociedad civil respecto de su propia situación y
de su futuro se colarán hasta hacerse visibles,
hasta expresarse como reclamos o como sueños, al
menos, cada vez que la República incumpla con su
precepto de ser casi ella misma la ciudadanía.
No hace falta
argumentar que este incumplimiento es, en rigor,
algo bastante frecuente.
Quisiera cerrar
este tercer punto con una afirmación: es la
esfera de lo público -y no la política- lo que
las tecnologías de comunicación contribuyen
decisivamente a construir. Cuando la República
-lo estoy diciendo en el sentido emblemático, en
el sentido casi ideal- pierde transparencia y la
democracia se enturbia, las tecnologías de
comunicación contribuyen a edificar un espacio
de lo público, a través del cual la sociedad
civil expresa sus distancias con los institutos
políticos del poder.
Me interesaría
subrayar tres rasgos en esta noción de una
esfera de lo público, que articula sociedad
civil-Estado:
En primer
término, esta esfera es la de la visibilidad
universal, formen parte o no de ella las
decisiones de los institutos políticos. Quiero
decir que hay tendencias que todos conocemos, que
no hace falta argumentar, en las que por la
complejidad misma de los sistemas políticos
contemporáneos, la publicidad de las decisiones
se restringe progresivamente. A veces por razones
de la propia tecnocracia, del propio
posicionamiento tecnocrático intrincado,
interno; a veces por razones de manejo y control
político.
Pero no sólo es
el espacio de una visibilidad del funcionario
público, sino es también el que define el
régimen de visibilidad predominante en un
contexto social. Es en este espacio donde pueden
advertirse las definiciones que la sociedad
construye sobre lo que debe darse o lo que no; lo
que merece ser visto y lo que no. ¿Cómo ver lo
visible?
Con el
advenimiento de la sociedad moderna, por ejemplo,
fue el cuerpo y sus funciones las que se
sustrajeron a la visibilidad pública para dar
lugar precisamente a esa noción de privacidad,
de intimidad que hoy parece desmoronarse.
Y cuando la
discusión política inundó, las casas de café
parisienses y londinenses para protestar contra
las medidas arbitrarias del monarca o del
régimen monárquico, la regla era que se
suspendían provisoriamente las alcurnias o
interrogaciones acerca de los orígenes de los
distintos parroquianos para atender y ver
exclusivamente su información o sus opiniones.
En segundo
lugar, este espacio de lo público elabora su
propia autorrepresentación; se hace visible en
lo que implícitamente considera que debe ser
visto por todos, por sí misma, por el Estado.
En tercer lugar,
y como ya anticipamos, la esfera de lo público
no puede sino estar atravesada por las
tecnologías de comunicación que la hacen
posible y que al mismo tiempo refuerzan la
orientación de sus formas dominantes. Cuando nos
referimos aquí a tecnologías de comunicación
yo quisiera decir que lo hacemos en el sentido
más amplio posible del término. No me refiero
solamente a los que hemos convencionalizado como
los medios de comunicación. Estoy convencido de
que por supuesto en distintas medidas la sociedad
civil recurre a las más diversas tecnologías de
comunicación para hacer visibles sus tensiones.
En el modelo
canónico del espacio público el debate emplaza
a tabernas o al mismo parlamento, por ejemplo, no
son pensables sino por la articulación que le
presta la palabra impresa para hacerla circular,
para darle entidad, para permitir su debate. Sin
la palabra impresa lo que fue la formación de lo
que fue aquella transición hubiera quedado
circunscrito a distintos intercambios orales.
Se podrían dar
mil ejemplos en ese sentido pero vamos un poco
más cerca en el tiempo, a casos bastante claros
en los que la sociedad civil recurre a las
tecnologías que puede tener disponibles de
comunicación para aflorar, para hacerse visible:
por ejemplo, en los años 70 en Europa, las FM
libres o piratas; o en la sociedad soviética,
previa a la glasnot, las cartas y manifiestos de
la disidencia; o mil y una vez los graffitis en
las paredes de cualquier gran ciudad. Y por
supuesto la TV.
Las tecnologías
de comunicación imprimen sus códigos en la
construcción de la esfera pública en la medida
en que participan en esta elaboración. Sus
reglas serán las reglas de la visibilidad y si
la TV hoy es la tecnología dominante en esta
elaboración, las reglas de la TV tenderán a ser
las reglas que, en general, asumamos para los
procesos de comunicación.
Un rasgo más me
interesa señalar, y es el rasgo oscuro, es el
rasgo difícil. En su autorrepresentación, la
sociedad civil no disimula demasiado que ella
tampoco es la armónica reunión de los
individuos libres e iguales que soñó la
República. La sociedad civil en rigor es un
conglomerado de desigualdades, de conflictos, de
relaciones de poder no directamente políticas. Y
el espacio de lo público será expresión de esa
sociedad civil con todos sus lastres.
A riesgo de ser
esquemáticos, sería conveniente distinguir en
este sentido el modelo canónico, al que hemos
hecho referencia, de formación de la moderna
sociedad civil y de espacio de lo público, de
aquel que no sea relativamente más cercano, que
no es el del cuadrante noroccidental del planeta,
como decía un politólogo.
En los países
que se formaron bajo modelos coloniales o
neocoloniales o inclusive en aquellos que algunos
han denominado tardocapitalistas, es frecuente
que se produzca un ingreso al siglo XX, un
ingreso a los procesos de modernización, incluso
a los procesos más o menos democráticos que
cuando menos garantizan el voto periódico de la
ciudadanía, bajo un régimen político
fuertemente centralizado y de control social. Y
entonces aquí el fenómeno es distinto; en esto
América Latina creo que ofrece varios ejemplos.
Y me parece
importante advertir que cuando en estos casos se
avanza en procesos hacia una democracia más
madura, más profunda, más avanzada, la sociedad
civil que debe participa de ella, muchas veces es
una sociedad civil débil, una sociedad civil que
no ha alcanzado, no ha maserado su autonomía de
los institutos del poder político.
En cambio, esa
sociedad civil es una sociedad civil débil
porque a veces es extremadamente desigual donde
algunos grupos particulares y los intereses de
algunos grupos particulares predominan
extraordinariamente sobre el conjunto. Y entonces
aquí se plantea un problema. Cuando estamos
pensando en estos grupos, son a la vez aquellos
que ejercen libremente el derecho de organizar
empresas rentables, con productos culturales, con
objetos de información y comunicación. Y
entonces, estas desigualdades harán sentir su
peso de modo en que el espacio público pueda
avanzar hacia su propio desarrollo. Yo diría
cuál es, en ese caso, el papel que le cabe al
Estado, cuál es el papel que le cabe al poder
político y de qué manera enfrenta estas
desigualdades de la propia sociedad civil a la
que en realidad le interesa que crezca
libremente.
Durante
décadas, una de las alternativas que se
proponía habitualmente en América Latina era el
control gubernamental, mucho más que el estatal
y en el control gubernamental de los medios y en
especial de la TV, bajo el supuesto de que los
organismos de gobierno asumirían los intereses
generales de la población, con mayor fidelidad
que los poderosos grupos particulares.
Error, ni los
poderosos grupos particulares dejaron de serlo ni
-lo que es igualmente relevante- se favoreció
por esa vía la autonomía general de la sociedad
y el desarrollo de sus posibilidades. Las
tecnologías de comunicación fueron reducidas a
nuevos instrumentos de control social, esto es,
lo contrario de lo que se pretendía, y la
sociedad civil muchas veces derivó en una suerte
de minoridad a ser cuidada.
En otros casos,
la alternativa que se planteaba era más
pragmática. Entre las instituciones del poder
político y los grandes grupos particulares, en
definitiva, era posible llegar a acuerdos
sensatos para que los medios fueran "más
abiertos", "más democráticos",
"más objetivos".
Error, diría.
Aun cuando los grandes grupos se avinieran a
algún acuerdo, no era la democracia la que
ganaba, no era la sociedad civil la beneficiada
en un esquema en el que los propios organismos
del Estado actuaban como un factor de poder más
corporativamente, sin que la sociedad ganase un
ápice en sus posibilidades de expresión.
¿Qué queda
entonces? ¿Qué es lo que puede hacer un
gobierno democrático en favor de la democracia?
Simplemente voy a sumar estos argumentos a favor
de una respuesta que en esta conferencia ha sido
bastante coincidente.
Creo que lo que
le cabe por sobre todo a un gobierno democrático
que quiera avanzar en la democratización, es
propiciar, permitir, facilitar todo lo posible la
ampliación de los espacios públicos, de los
espacios en los que la sociedad pueda elaborar su
propia vinculación con los institutos del poder
y pluralizar, facilitar, propiciar, avanzar en la
pluralización, sea interna o sea externa, de los
dispositivos que tengan lugar en este espacio
público.
Yo diría:
prácticamente sin ninguna restricción, salvo
una, la de todos aquellos fenómenos que
conspiren contra este mismo propósito. Valga
decir claramente monopolios, oligopolios.
Hay otro
problema en esta perspectiva: las tendencias
actualmente predominantes no hacen sencilla la
tarea de ampliar los espacios públicos y
promover la pluralidad.
En todo el
planeta, como se ha dicho, las grandes fusiones
en el negocio de las comunicaciones parecen
signar totalmente la coyuntura. En este marco, a
la TV le toca condensar hoy un nuevo modo con el
que la sociedad se visibiliza y representa a sí
misma. Ese modo es paradójicamente o aparece
como paradójicamente el de la despolitización,
y la TV cumple este papel a la maravilla, sirve
para condensar estas formas de la sociedad hoy
tendiente a la despolitización, al desinterés
por lo político, de una manera bastante eficaz.
Es obvio que la
esfera de lo público aparece todos los días
crecientemente ocupada por cuestiones que poco
vinculan a las decisiones de la vida colectiva,
desde episodios sentimentales de una top model,
hasta el desarrollo sistemático de la
información policial. Pero no es exactamente
esto lo que debe sorprendernos ni es exactamente
esto lo que estoy llamando como despolitización.
Cualquier
estudio sobre los medios sabe que la prensa
sensacionalista tiene una larga historia, no
debemos asombrarnos tanto. Me parece que de lo
que se trata es de que en estos años la
problemática de lo común y el debate político
tienden a abandonar el centro del espacio de lo
público, ese centro que ostentó seguramente en
los últimos 200 años. Esta pérdida de la
centralidad por parte de lo político se observa
en cuanto a su jerarquía respecto del conjunto
de los fenómenos que preocupan a la sociedad,
como en cuanto a esa tan largamente ostentada
capacidad para ser el elemento organizador, el
eje articulador del espacio de lo público, de la
propia autorrepresentación social.
Y ¿qué sucede
en el marco de esta pérdida de la centralidad?.
El espacio público tiende a ferializarse. Y con
este término yo quisiera aludir a esa otra vieja
forma, tampoco para sorprenderlos demasiado, a
esa otra vieja forma casi primitiva de lo
público por donde comenzó la historia: la plaza
que reunía acróbatas y feriantes, a magos,
historias fantásticas, almanaques con recetas de
cocina y noticias de niños nacidos con dos
cabezas.
Hoy, todo
indicaría que la escena de lo público, en el
macro de los medios que predominan en ella, se
asemeja mucho más a algunos rasgos que en
realidad eran premodernos, más que a los que
esperamos que efectivamente tengan lugar de
acuerdo a lo que nos enseñaron que tenía que
ser.
A mi entender,
esta ferialización contemporánea no es
resultado de la TV, aunque como decía, la TV
funciona con eficacia. Más bien me inclino a
pensar que el espacio público se ferializa cada
vez que amplios sectores de la sociedad, en este
caso de una sociedad cuasi continental o
planetaria, supone que ningún horizonte es
demasiado verosímil. Ninguna discusión sobre lo
común, ninguna participación personal habrá de
cambiar significativamente el estado de las
cosas, y cuando esta posibilidad entra en juego,
los asuntos, en cambio, cuando sí entran en
juego estas posibilidades, los asuntos políticos
recuperan jerarquía.
Son frecuentes
las críticas que hacemos a la televisión. Por
supuesto sería muy bueno que mejoraran los
programas por la cuestión de buen gusto, no sé
si por una cuestión de democracia... Por
supuesto que el buen gusto no está reñido por
la democracia, pero son muy frecuentes las
críticas que hacemos a estas tendencias que
exponen hoy los medios masivos, las tecnologías
de comunicación sobre la mesa ante nuestros
ojos.
Me parece que
antes que atribuirlas a los medios, a las
tecnologías, convendría concebirlas como un
problema de los propios procesos democráticos,
como un problema político de la representación
de la sociedad civil, un problema del que primero
deberían hacerse cargo los propios dirigentes
políticos, en tanto que dirigentes, no que
funcionarios de un sistema.
*
Sergio
Caletti es
investigador y profesor titular de
Teorias de la Comunicacion en la Universidad de Buenos
Aires y la Universidad de Entre
Rios, en Argentina.
Vicedecano de la Facultad de Ciencias de la
Educación de esta ultima (UNER). Este texto es
la versión estenográfica de su exposición oral
en la
Conferencia Internacional "El derecho de la
información en el marco de la reforma del Estado
en México", realizada en mayo de 1998 bajo
los auspicios de la Comisión de RTC de la
Cámara de Diputados, la Universidad
Iberoamericana, la Universidad Autónoma
Metropolitana, la Fundación Konrad Adenauer y la
UNESCO, y se reproduce en Sala
de Prensa con autorización del
presidente de la Comisión de RTC, diputado
Javier Corral Jurado.
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