Un recuerdo de
Roberto Fontanarrosa, a un año de su muerte

Sesenta
pirulos... ¡Que lo parió!
Jorge
Nardone *
Donde el
sesgo de la calle Brown encaja con Wheelwright
como la proa de un barco, la cuadrilla demuele
viejos muros ferroviarios de ladrillos prensados.
En la media mañana de un viernes de noviembre,
alto sobre el río, el sol apura un poco el
tranco de la ambigua, perezosa primavera.
De cara al
ventanal, Roberto Fontanarrosa toma su café. En
el bar hay un par de mesas ocupadas, soplidos de
vapor, ruido de radio y golpes de vajilla.
Después de
muchos años en Alberdi, se ha mudado ahí, a esa
cuña céntrica frente a la costa, y a ese
barcito hospitalario. Nací, crecí y viví
muchos años en la esquina de Corrientes y
Catamarca, en el edificio Dominicis, segundo piso
L, donde mucho tiempo después vivió también
Huguito Diz, dice, ya sobre los sesenta
años de su edad y con más de cuarenta en sus
entreverados oficios de dibujante, humorista,
periodista y escritor. Alguna vez dijo que nació
negro y canalla. Por suerte se
me ocurre anotar fue en Rosario y no en
Alabama.
No recuerda
cifras precisas pero calcula que, entre cuentos y
novelas, tiene unos quince títulos publicados,
más numerosísimas ediciones de su producción
gráfica. Incluidas las reediciones y las salidas
anuales de Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso,
acumula cerca de setenta volúmenes en más o
menos treinta años.
Arranqué
cuando Roberto Reyna, que transmitía box y
fútbol por radio, amplió su agencia
publicitaria con una sección gráfica. Armó un
equipo con Alberto Mirtuono como dibujante; yo
entré de pinche. Hacía café, pasaba alguna
tinta, figuras, esas cosas. Trabajábamos en el
edificio que está en la ochava noreste de San
Lorenzo y Mitre. La secundaria había
quedado a media agua, abandonada en tercer año
de la escuela industrial que hoy se llama
Politécnico.
Nunca se
me había ocurrido trabajar en publicidad; a mí
me gustaban las historietas. Pero mi viejo me
conectó con Reyna y me aceptaron porque eran
amigos, casi como un acto de beneficencia.
Anota que su padre, Berto, fue gran jugador
de básquet, un hombre de clubes, con muchas
vinculaciones en el ambiente deportivo.
Cuando Reyna
abandonó su negocio publicitario en medios
gráficos, Alberto Mirtuono creó la agencia
Forma. Ahí fue a parar Fontanarrosa:
Alberto tuvo la buena fortuna de enganchar
la publicidad de Mainero, fábrica de maquinaria
agrícola, y armó su agencia en Santa Fe 1261,
donde estaban todos: Omar Cuadros, Corredera,
Galetto, los hermanos Cominotti; una banda.
Había un montón de oficinitas; al edificio le
decían La Cueva porque podían escaparse por un
estacionamiento que estaba detrás, con salida a
la calle Entre Ríos.
Aunque de
ancestros genoveses y franceses, Fontanarrosa
luce bien morocho y argentino cierta
gallardía berebere o de espadachín de la
España de Felipe II. Infinitas tertulias de bar
lo han curtido en la insoportable levedad
de la conversación; es amistoso y amable,
distante y cercano, explícito y cauto, candoroso
y astuto.
En 1968
apareció la revista Boom. La fundó Ovidio
Miguel Lagos, un buen periodista con antecedentes
profesionales fuertes, muy sólidos. Había
laburado en Primera Plana, en la revista Adán;
es un tipo capaz que juntó un grupo interesante
de gente: estaban Rodolfo Vinacqua, Juan Carlos
Martini, Rafael Ielpi, Gregorio Ceballos, Esvén
Segovia, Carlitos Sanctis, Poly Laborde, Moresco,
Pirucho Brescó, Pepe Ortuño, Puchi López...
Tal vez me olvido de alguno, dice, y
agrega: Fue una muy buena experiencia que
duró hasta comienzos de 1970. Boom fue una
revista costosa, muy costosa, presumo que hecha a
pérdida total, con una periodicidad difícil.
Era un mensuario de actualidad, hecha por un
grupo humano excelente y con buenos contenidos.
Ahí me di cuenta de que el periodismo era muy
diferente de la publicidad; un laburo distinto,
con otra libertad.
En Boom,
Fontanarrosa fue ilustrador: Cuando todas
las revistas hacían sus tapas con fotos, Ovidio
quiso poner ilustraciones, y me llamó a pesar de
que mi color siempre ha sido pobre. Además de
las tapas, en la revista hacía de todo, avisos
publicitarios y humor, en el que alternábamos un
poco con Gregorio Ceballos.
Cuando Boom
desapareció de los quioscos, Fontanarrosa
siguió con el humor en Deporte 70, otra revista
rosarina de vida breve, y con sus trabajos para
agencias de publicidad, hasta que su vinculación
con la cordobesa Hortensia en 1972 disparó su
carrera nacional.
Hortensia fue
una creación de Alberto Pío Augusto Cognini y
se publicó desde 1971 hasta 1990, aunque su
época de oro en la que llegó a vender
cien mil ejemplares en todo el país
abarcó unos pocos años de la década del 70.
Entre otros muchos talentos, Hortensia cobijó a
Brócoli, Lolo Amengual, Crist, Ian y Caloi,
además de Fontanarrosa.
Fue una
revista inesperadamente exitosa
cuenta; alcanzó al país desde
Córdoba, con gran repercusión en Buenos Aires.
Ahí publiqué algunas historietas unitarias;
primero, una parodia de Harry el Sucio, de Clint
Eastwood, que luego fue Boogie el Aceitoso;
después hice una gauchesca, Inodoro Pereyra, y
luego seguí con las dos. De modo que esos
personajes nacieron en Hortensia en 1972.
Fontanarrosa
rinde tributo a la publicación cordobesa:
Fue nuestra vidriera nacional, y esa
divulgación que tuvimos ayudó mucho a que, en
1973, entráramos todos a trabajar en Clarín,
donde ya estaba Caloi. Fue cuando el diario
cambió su página de humor, dejó de comprar
tiras extranjeras y optó por publicar a
humoristas argentinos.
También por
esos tiempos, Daniel Divinsky lanzó Quién es
Fontanarrosa, primer libro de la serie dedicada
al rosarino que, sin interrupciones, publica
Ediciones de la Flor desde hace más de treinta
años.
Hoy, con más de
un premio Konex a cuestas, y cuando Alfaguara
acaba de lanzar en España el segundo volumen de
sus Cuentos Reunidos (dos libracos así de
gordos, que suman 1.688 páginas y que se venden
a 26 euros cada uno), Fontanarrosa no olvida los
orígenes de su vertiente literaria:
Empecé a mejorar mi escritura gracias a la
amistosa guía de Juan Carlos Martini, de Rafael
Ielpi, de Rodolfo Vinacqua, que me aconsejaron
mucho y me ayudaron a ordenar mis lecturas y mi
trabajo literario. Martini tenía entonces la
librería Signos una muy linda librería en
Córdoba entre Paraguay y Corrientes y
armó Encuadre, una pequeña editorial que me
publicó algunos cuentos bajo el título
Fontanarrosa se la cuenta, que después reeditó
Calicanto, de Buenos Aires, con algunos textos
más y el título de uno de ellos, Los Trenes
Matan a los Autos.
El periodismo
deportivo no le ha sido ajeno: Fontanarrosa ha
publicado numerosos comentarios y crónicas sobre
fútbol en Clarín, en el diario madrileño
Marca, en El Mercurio, de Santiago, y en otros
medios gráficos de lengua castellana.
Como todos, ha
vivido su tiempo y su espacio social. Cultiva la
memoria pero se aparta de la nostalgia. Siempre
escuchó música popular: Los Beatles me
marcaron, como sucedió con toda nuestra
generación. Antes, Los Plateros; después, Joan
Manuel Serrat, por supuesto. Los poetas fuertes
del folklore, como Hamlet Lima Quintana y Armando
Tejada Gómez. Los cubanos Silvio Rodríguez y
Pablo Milanés. Al tango llegué de grande, como
a muchos nos ha pasado.
La bitácora de
lecturas de Fontanarrosa arranca con Emilio
Salgari, Julio Verne, la aventura romántica de
la colección Robin Hood y, por supuesto, la
historieta, con Hugo Pratt y Héctor Germán
Oesterheld, sigue con los autores
norteamericanos de sesgo periodístico como
Ernest Hemingway, Truman Capote y Norman Mailer,
y continúa hoy con la búsqueda de información
más que de ficción, con la mira puesta en la
filosofía, en la historia, en el intento de
comprender el mundo, la sociedad y sus mudanzas.
Nacido y criado en una ciudad que llegó a tener
más de sesenta salas, Fontanarrosa pondera
también la fuerte influencia que ha tenido el
cine en su formación.
Mira hacia
atrás y recuerda que le oyó decir a Manuel
Puig: Imagino al Paraíso como la Argentina
de los años sesenta, pero no cree que todo
tiempo pasado haya sido mejor. Mi familia
era de clase media, bien media, sin sobresaltos
ni carencias pero sin holguras. Aunque mi viejo,
que siempre fue vendedor de seguros, se quejaba a
veces, jamás nos faltó nada. Claro que tampoco
sobraba, pero se podía pagar el alquiler de la
casa, la ropa, la comida, el esparcimiento
mínimo, evoca.
Abomina los
años de la dictadura un tiempo de
mierda, muy de mierda y celebra que
en la sociedad hayan aparecido inquietudes
nuevas, positivas, como el interés por el medio
ambiente. Rosario le gusta cada día más:
Es cierto que hay más inseguridad que
antes, y eso conspira contra la calidad de vida.
Pero la ciudad está mucho mejor en muchos
sentidos, dice, y destaca, entre las
mejoras que se han hecho a la trama urbana, la
apertura franca al río. La ciudad empezó
a cambiar con la intendencia de Horacio
Usandizaga sostiene, y todos los que
vinieron después introdujeron mejoras sucesivas.
Todos; Héctor Cavallero, Hermes Binner y ahora
Miguel Lifchitz, asegura sin preferencias
manifiestas.
La mañana ya es
casi mediodía. Fontanarrosa, sin nada nuevo que
contar, paga los cafés y, ya en la vereda, se
despide. Me voy a laburar un rato,
dice, y se las toma.
* Jorge
Nardone es
periodista y docente argentino. Este texto es el
de una entrevista periodística realizada en
noviembre de 2004, cuando Fontanarrosa cumplía
los 60 años de su edad, y que se publicó en la
revista institucional de la agencia publicitaria
rosarina de Jorge Nazer, y compartido
generosamente por su autor con los lectores de SdP.
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