Hacia una
comunicación participativa de las ONG
Antoni
Castel *
La
mayoría de las Organizaciones No Gubernamentales
(ONG), que forman un mundo tan
diverso ideológicamente como la sociedad en la
que están inmersas y con objetivos y ámbitos de
actuación que pueden llegar a ser muy
diferentes, han elaborado unas estrategias
comunicativas cuyos propósitos principales son
influir en las agendas temáticas y mantener la
comunicación con los simpatizantes y socios. Si
tienen capacidad de influir en la agenda
temática, podrán hacer visible su trabajo y, si
es el caso, alertar sobre las crisis humanas que
se producen o puedan producirse a causa de
conflictos o causas naturales y dar las claves
para entender las raíces de los conflictos
sociales de las áreas en que actúan.
Unas estrategias
comunicativas que caen, a veces, en la
obsesión massmediática (FRANCO,
2005), es decir, considerar la comunicación como
un mero instrumento para recaudar fondos. Aunque
la visibilidad les permite afianzarse o darse a
conocer corporativamente en un mundo
muy competitivo, lo que les puede facilitar la
obtención de recursos, tanto institucionales
como privados, las ONG deberían basar sus
relaciones con los medios más en el interés
colectivo (de las víctimas de las crisis, socios
y lectores) que no en el de la propia entidad.
El
desencuentro con los medios
El presente
texto no pretende reflexionar sobre las
relaciones, a menudo conflictivas, entre las ONG
y los medios[1]. Sí que defiende que
las ONG, como actores sociales e integrantes de
uno de los vértices del triángulo de
crisis (MINEAR, 1996)[2], deben primar, en sus
estrategias comunicativas, la comunicación
participativa. Entendida la comunicación
participativa como la que promueve el diálogo
sobre el que construir un aprendizaje
conjunto entre todas la partes que participan en
el mismo (BALLESTEROS, 2005). Un emisor de
los mensajes, la propia ONG, que debe propiciar
que el receptor también se convierta en emisor.
De esta forma, la comunicación deja de ser
vertical, monológica, unidireccional y pasa a
ser horizontal, dialógica, con los mensajes que
circulan en ambas direcciones.
Los medios
denominados convencionales o de masas (prensa,
radio, periódicos) no son adecuados para que las
ONG practiquen una comunicación participativa.
Las rutinas periodísticas y el proceso
productivo de estos medios no dejan mucho margen
de maniobra a las ONG que desean que su mensaje
sea emitido. No obstante, las limitaciones no
deben ser obstáculo para que las ONG no intenten
incidir en el discurso de los medios aprovechando
las grietas que éstos presentan
(GIRÓ, 1998) y, mucho menos, que renuncien a una
comunicación ética. En cambio, por sus propias
características, de independencia de los grandes
consorcios económicos, los medios alternativos
acostumbran a ser más receptivos a los mensajes
de las ONG.
Los medios
convencionales, en especial la televisión,
pueden llegar a ser constructores de
desastres (BENTHALL, 1993), como han
confirmado algunas crisis humanas de los últimos
años que habían permanecido en el olvido en
Occidente (Etiopía, Sudán, Níger) hasta que
fueron difundidas las imágenes de las víctimas.
La visibilidad de la crisis, y sobre todo el
impacto emocional que causan las imágenes de las
desvalidas víctimas entre los consumidores de
información occidentales, provoca, a menudo, una
respuesta política, que se concreta mediante el
envío de ayuda de emergencia, directa o través
de las propias ONG, o la intervención directa
(Bosnia, Kosovo).
Por tanto, los
medios convencionales tienen una capacidad de
incidir en la agenda política. A su vez, las
decisiones políticas sobre las crisis humanas,
tomadas por la presión de una opinión pública
sensibilizada por los mensajes emitidos por los
medios de masas, pueden coincidir con los
objetivos de las ONG. Al mismo tiempo, las ONG
pueden incidir en el discurso del medio,
facilitando la visibilidad de las víctimas, y en
la decisión política, al proponer formas de
gestión de la ayuda. En resumen, los tres
vértices del triángulo de crisis
(Gobierno, medios y agencias humanitarias) se
influyen mutuamente en las crisis humanas de gran
repercusión en Occidente (hambrunas,
catástrofes naturales, guerras que llegan a ser
visibles).
Tanto los medios
convencionales como los alternativos hacen de
intermediarios entre las ONG y los colaboradores
y simpatizantes de éstas y las instituciones. El
mensaje no circula directamente, aunque en la
prensa alternativa es posible que llegue al
receptor sin tantas alteraciones como en los
medios de masas. Tampoco se emite al instante,
porque el mensaje debe adecuarse al proceso
productivo del medio emisor. Un proceso
productivo que, incluso en la prensa en soporte
digital, demora la emisión del mensaje. La
excepción son los blogs, que permiten la
emisión inmediata y sin intermediarios del
mensaje. En este caso, el gatekeaper no
selecciona el mensaje pero sí quién debe
figurar en la reducida lista de los blogistas
del medio determinado. Y la interactividad,
una palabra lejana y simpática para la
redacción (ROJO, 2003), se reduce, en la
versión digital de los medios, a las cartas al
lector y a la participación en los blogs.
En cambio, el
mensaje sí que puede ser emitido al instante a
través de la web de la propia ONG. La inmediatez
y la posibilidad de sortear los filtros que se
interponen entre el emisor y el receptor son dos
de las ventajas que ofrece la red que las ONG no
pueden desdeñar. Sin caer en la tecnofilia, que
considera las nuevas tecnologías de la
comunicación e información (NTCI) como la
panacea, se debe reconocer que la red permite
también la interactividad, que las ONG pueden
aprovechar para divulgar las propuestas de sus
colaboradores y personas afines e incorporar el
discurso de las poblaciones del sur. De esta
forma, la red democratiza a las ONG, las
convierte en una plataforma de las víctimas y
poblaciones en situación de riesgo. El discurso,
por tanto, deja de ser unidireccional, y la
comunicación puede devenir participativa.
Atrapadas a
veces en una lógica mercantil, que les fuerza a
ser visibles ante sus proveedores de fondos,
públicos o privados, algunas ONG capitalizan la
información y se erigen en portavoces del sur en
lugar de dar la voz al sur. En ocasiones, como en
las crisis humanas de gran repercusión
mediática (Ruanda, Somalia, maremoto de Asia
oriental), las ONG parecen más interesadas en
aparecer en los informativos televisados que en
hacer su trabajo. Es la denominada batalla
de las camisetas entre las ONG para captar
la atención de los medios desplazados en las
crisis. Aunque Minear (1996) pone el ejemplo de
Somalia, la batalla de las camisetas
se ha repetido en demasiados lugares, en especial
en Ruanda, cuando ya se había perpetrado el
genocidio.
Al dar prioridad
en sus estrategias comunicativas a la presencia
de la ONG en los medios, los propios empleados de
ésta (logistas, personal sanitario,...) se
convierten en protagonistas de la información.
Con el resultado de mitificar su labor y los
riesgos que comporta, y elevarlos a la categoría
de rambos de la cooperación. Unas
historias de los rambos que pueden
llegar a ocupar el espacio informativo que
debería estar reservado a las víctimas, los
verdaderos protagonistas.
Un
discurso etnocéntrico sobre las sociedades del
Sur
La comunicación
participativa pasa, naturalmente, por evitar que
la ONG capitalice la información, y ceda la voz
a las poblaciones amenazadas. La presencia de
éstas, más factible en la red, puede servir
para equilibrar un discurso a menudo
etnocéntrico sobre las sociedades del sur, a las
que retrata como desvalidas y dependientes. Unas
poblaciones, no blancas, que en la mayoría de
las imágenes difundidas por los medios
convencionales aparecen en el momento que reciben
la ayuda de un salvador blanco. La
reiteración de una información negativa sobre
dichas sociedades no sólo contribuye a la
fatiga del donante, que merece
sesudos estudios, sino que consolida en el
imaginario occidental la percepción de un sur
incapaz de organizarse y proclive a la
corrupción y a la violencia.
A pesar de las
consecuencias nefastas que provoca, una parte de
las ONG sigue ofreciendo un discurso negativo
sobre las sociedades del sur, el más adecuado,
según éstas, para recaudar fondos. Un discurso
que a las ONG les puede resultar rentable a corto
plazo, pero que es injusto con las sociedades a
las que pretende ayudar al presentarlas como
pasivas y, por consiguiente, hacer invisible su
indiscutible dinamismo y las iniciativas
comunitarias que llevan a cabo, en muchas
ocasiones sin la participación foránea.
El discurso de
las ONG sobre las sociedades del sur suele ser
también reduccionista y, en bastantes casos,
moralista, sin posibilidad de que aparezcan las
zonas grises de las que habla Primo
Levi[3]. En una comunicación
participativa es necesario dar los elementos para
interpretar el contexto, y, por consiguiente,
para poder identificar las raíces de las crisis
o conflictos, mucho más complejos de cómo son
presentados, en la mayoría de las ocasiones,
tanto por los medios de comunicación como por
las propias ONG.
Al reconocer la
complejidad de los problemas y evitar el discurso
negativo, se rehuye la espectacularidad, y es
más difícil caer en la denominada
pornografía del sufrimiento.
Incorporada, a veces, en el discurso de las ONG
quizás con la convicción de que sirve para
captar la atención de los medios y, por tanto,
de los donantes y los políticos, la
pornografía del sufrimiento
sacrifica la dignidad de la víctima en aras del
impacto mediático. ¿Qué aportan a la
comprensión de una crisis determinada las
reiteradas imágenes de niños famélicos,
ancianos harapientos o cadáveres abandonados?
Casi siempre, nada. Las citadas imágenes sólo
aportan la espectacularidad que exigen algunos
informativos de la televisión para dar cabida a
las noticias sobre los conflictos que suceden en
el Sur. Para algunas ONG, las imágenes del
sufrimiento ajeno sirven para conmover al
receptor de su mensaje, sea un donante, un
colaborador, un simpatizante o un mero consumidor
de medios de comunicación.
Tanto en la red
como en la relación con la prensa, el discurso
de las ONG debe ser inteligible, que no significa
vacío, sin contenido. Al contrario, el mensaje
sin tecnicismos, pero de calado, incentiva la
comunicación participativa porque puede ser
interpretado más fácilmente por la comunidad a
la que sirve. Y al entender el mensaje, la
comunidad puede estar más predispuesta a
participar en el devenir de la ONG.
Transparencia
e ideología
Incorporada en
la gestión de la mayoría de las ONG como un
valor añadido, la transparencia también debe
estar presente en el discurso mediático. Es
necesario, por tanto, que la ONG no esconda su
ideología, si la tiene, ni los vínculos que
pueda mantener con partidos políticos, órdenes
religiosas o grupos empresariales. Los objetivos
sociales, que a veces son una consecuencia de su
ideario o de sus intereses personales o como
colectivo, también deben quedar claros en el
discurso comunicativo.
No obstante, la
ideología, que puede marcar los objetivos e
incluso la forma de entender la cooperación, no
debe condicionar la comunicación sobre las
crisis, y mucho menos la actuación de la propia
ONG, porque a las víctimas no se las puede
seleccionar por su ideología o por el cariz del
discurso de quien las ha convertido en víctimas.
Al contrario, la ONG se debe comprometer con
éstas, y una forma de hacerlo puede ser
denunciando la instrumentalización de la ayuda,
muy frecuente por algunos dirigentes, tanto del
Norte como del Sur, y por actores armados.
La transparencia
también obliga a mantener una coherencia en el
discurso, tanto en la red como en la relación
con los medios, que no debe ser oportunista,
coyuntural, sino el resultado de una cultura
humanitaria, de una trayectoria definida de la
propia ONG, en la que prime la discreción, el
diálogo con los actores sociales y el respeto de
las sociedades del Sur. La espectacularidad y la
complacencia con el poder, sea una institución
del Norte, donante, o del Sur, receptor de la
ayuda, deben quedar para las ONG cuyo compromiso
con las sociedades empobrecidas es más que
discutible.
A
modo de conclusión
La red ofrece a
las ONG una oportunidad de aplicar una política
comunicativa participativa, que incorpore a los
actores del Sur y a las asociaciones interesadas
en una cooperación que tenga en cuenta las
aspiraciones colectivas de desarrollo de los
países empobrecidos. Si se hace una
comunicación participativa, podrá llegar a los
medios y a los donantes, tanto institucionales
como privados, un discurso más democrático,
quizás menos impactante en su mensaje pero más
profundo y analítico. Un mensaje que debe
incidir en las causas estructurales de la
violencia que sufren la mayoría de las personas
de las sociedades del Sur.
Empero, la red
no es una panacea: únicamente facilita los
medios tecnológicos para que la comunicación
sea fluida entre los actores que intervienen en
la cooperación. Para que la comunicación sea
participativa, la ONG debe hacer algo más que
abrir una página en la red: debe dar la voz a
las personas comprometidas con el desarrollo del
Sur, y mantener un discurso ético, coherente,
aunque moleste a los donantes institucionales.
Bibliografía
BALLESTEROS, Begoña. La
comunicación para el desarrollo: concepto y
problemas de aplicación en la cooperación
española en Revista Española de
Desarrollo y Cooperación. 15. 2005. pp 7-20.
BENTHALL, Jonathan. Disasters, relief and the
media. Londres: I. B. Tauris, 1993.
ERRO, Javier. Comunicación, Desarrollo y ONGD.
Bilbao: Hegoa. 2002.
FRANCO, Daniel. Comunicación y ONGD. La
necesidad de una mirada sobre lo comunicativo
más allá de su dimensión instrumental en
Revista Española de Desarrollo y Cooperación.
15. 2005. pp 21-34.
GIRÓ, Xavier (coord). La premsa i el sud:
Informació, reptes i esquerdes. Barcelona:
SOLC. 1999.
LEVI, Primo. The Drowned and the Saved.
New York: Vintage Internacional. 1989.
MINEAR, Larry; SCOTT, Colin y WEISS, Thomas G. The
News Media, Civil War and Humanitarian Action.
Boulder, Colorado, y Londres: Lynne Ryenner.
1996.
ROJO, Pedro Antonio. Producción periodística
y nuevas tecnologías. Sevilla: Comunicación
Social. 2003.
Notas:
[1] Sobre las relaciones entre
las Organizaciones No Gubernamentales para el
Desarrollo (ONGD) y los medios de comunicación
puede consultarse: ERRO, Javier. Comunicación,
Desarrollo y ONGD. Bilbao: Hegoa. 2002.
[2] Los vértices del triángulo de
crisis son el Gobierno, los medios y las
organizaciones humanitarias, que se influyen
mutuamente (MINEAR, 1996: 2). Las Organizaciones
No Gubernamentales son una categoría de agencia
humanitaria. Las otras son las que forman parte
del sistema de las Naciones Unidas,
la de los gobiernos donantes (ECHO,
de la Unión Europea), el Comité Internacional
de la Cruz Roja (CICR) y las misiones militares.
(MINEAR, 18-25). MINEAR, Larry; SCOTT, Colin
y WEISS, Thomas G. The News Media, Civil War
and Humanitarian Action. Boulder, Colorado, y
Londres: Lynne Ryenner. 1996.
[3] Véase LEVI, Primo. The Drowned and the
Saved. New York: Vintage. 1989.
* Antoni
Castel es profesor de
Periodismo en la Universitat Autònoma de Barcelona, codirector del curso de posgrado La
comunicación de los conflictos y la Paz y
director de la revista Nova Africa, una publicación del Centre dEstudis
Africans (CEA) de
Barcelona. Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.
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