Carlos
Monsiváis: elogio del periodismo
Luis
Hernández Navarro *
Una
tarde de marzo de 1988 se presentó el libro Entrada
libre, de Carlos Monsiváis. Cerca de mil
500 personas llegaron a la librería El Sótano
de la ciudad de México para presenciar el ritual
editorial y rendir homenaje al autor. Centenares
de asistentes se quedaron sin entrar a la
cafetería, ubicada en un primer piso. Gritando
consignas exigieron trasladar la sede de la
presentación al estacionamiento. Fueron
escuchados. Los comentaristas y el escritor
bajaron hasta donde se congregaba la mayoría del
público.
El libro fue
presentado en la sede alterna ante miles de ojos
que seguían atentos las palabras del autor.
Estaba fresca la memoria de los sismos de 1985 y
soplaba fuerte el aire renovador de la campaña
presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas. El texto
sintetizaba puntualmente las expectativas de
cambio que se vivían en esos días y la
convicción del papel que la sociedad civil
tenía en su promoción. Sus páginas resumían
el espíritu de la época.
Como sucede con
buena parte de sus obras, muchos de los textos
que forman parte de Entrada libre fueron
en sus orígenes crónicas periodísticas
publicadas en revistas, diarios y suplementos
culturales, que posteriormente fueron rehechas.
No hay en ello novedad: el habitante de la
colonia Portales de la ciudad de México es un
intelectual que ha hecho del periodismo su medio
de expresión principal.
El periodismo es
para Monsiváis su modo de vida, su fuente
principal de ingresos, su trabajo básico.
Yo creo que el periodismo te permite
contemplar la realidad como una interminable,
profusa, múltiple telenovela y además novela
afirma. Te permite conocer a gente
sensacional y también conocer políticos para
equilibrar. Te ayuda a relacionarte con los
múltiples niveles de una sociedad tan
profundamente injusta como es la latinoamericana
y además te permite la práctica de la escritura
en condiciones difíciles que suelen terminar en
tu contra, pero en las que tienes oportunidad, en
ocasiones, de intentar la literatura. Entonces al
periodismo le estoy agradecido.
Aunque practica
otros géneros, como el artículo de opinión, la
entrevista y el reportaje de fondo, es, ante
todo, un cronista. O, si se quiere, un ensayista
que utiliza la crónica como vehículo de
comunicación. Sus textos han modificado la forma
de escribir en el periodismo mexicano y han dado
a la crónica un lugar privilegiado. A diferencia
del Nuevo Periodismo estadunidense, usualmente no
redacta en primera persona. Recurre al sarcasmo y
la ironía. Contextualiza el acontecimiento. Su
prosa está cargada de años de lecturas, de
referencias eruditas, de imágenes
cinematográficas que requieren de un lector
atento. Recurre con frecuencia a la parodia y al
contraste semántico que clarifica el corazón de
lo que se quiere informar.
En una prensa
donde, frecuentemente, se editorializa la noticia
y se opta por escribir sobre el deber ser en
lugar de narrar lo que es, las crónicas de
Monsiváis recogen y recrean episodios
significativos de una historia en construcción,
y le devuelven el habla a sus actores, rompiendo
el monopolio de la voz de los intermediarios que
beatifican o satanizan.
Sus crónicas,
además, relatan con frecuencia historias del
México de abajo. No es poca cosa. En un país en
el que tantos intelectuales padecen de
estatolatría, juzgan como existente sólo
aquello organizado en relación con el Estado y
no ven en la sociedad que se organiza el sujeto
transformador, hacer visible la acción de los
movimientos sociales, documentar las agresiones
que sufren como él hace, es ya un
hecho informativo de profunda significación.
La crónica es,
según señaló al recibir el Premio de la Feria
Internacional de Libro de Guadalajara, una
expresión notable del deseo de narrar la
cercanía, lo que es local, lo vulnerable y lo
invulnerable de la prosa narrativa que describe
lo carente de prestigio internacional (...). Las
crónicas le imprimen relevancia a la relación
hoy volátil entre periodismo y literatura.
Frente a un
periodismo que como él mismo ha
señalado se ha convertido en un quehacer
de profesionales con nula experiencia literaria y
ha convertido las páginas de los
periódicos en conversaciones rápidas en un
pasillo, sus escritos, ágiles y
analíticos, contextualizan el acontecimiento.
Ajeno al hermetismo de la jerga académica, ha
inventado un lenguaje original y fecundo.
Pacifista
gandhiano, creyente en las leyes, crítico
demoledor de la derecha, promotor incansable del
laicismo, defensor de las minorías y del derecho
a la diferencia, crítico del autoritarismo en
todas sus formas, hombre de izquierda, Monsiváis
le dice la verdad al poder, al tiempo que da fe
de la persecución y el sufrimiento del México
de abajo. El periodismo es el instrumento
mediante el cual ejerce la crítica social con
lucidez y compromiso.
En una época de
confusión y de desvergüenza política e
intelectual como la que vivimos, Carlos
Monsiváis es alguien al que se escucha como
guía. Lo es, en primer lugar, por su
indiscutible autoridad moral. Sus juicios tienen,
con frecuencia, consecuencias políticas
importantes.
Es por eso que,
más allá de sus indudables méritos, su obra y
sus opiniones deben ser ponderadas con el mismo
espíritu crítico que él despliega. Por
ejemplo, su capacidad para comprender y explicar
los orígenes profundos de la inconformidad
social es, en ocasiones, amortiguada por un afán
moralizador al juzgar ciertos movimientos. Se
diría que, ante protestas populares no
convencionales como el plantón de Reforma
contra el fraude electoral de 2006, no
está lo suficientemente cerca de la máxima de
Spinoza de comprender antes de reír o llorar.
Nada de eso, por supuesto, minimiza su enorme
estatura ética e intelectual ni, mucho menos, el
ejercicio virtuoso del oficio de periodista.
* Luis Hernández
Navarro es coordinador de
Opinión del diario mexicano La Jornada.
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