La
narración: el arte de contar la historia
Anuar
Saad Saad *
¡Cuéntame
tu historia! Con esta frase me saludó un
día un amigo al que hacía mucho tiempo no
veía. Nos sentamos en un estadero cercano, y,
efectivamente, ambos nos contamos la historia
comprendida en el periplo de ausencia. Al final,
después de departir una rica cena, nos
despedimos con la sensación de que nos
pusimos al día con los sucesos de nuestras
vidas: nos habíamos contado la
historia.
En ese sentido,
la evolución del periodismo moderno señala un
nuevo derrotero. Si bien los géneros están
demarcados con fronteras cada vez más difusas,
lo que hoy en realidad es importante, tanto para
el lector como para el medio, es que la
historia sea bien narrada. Para ello, debe
tener ingredientes diversos que van desde los
hechos en sí, los detalles de los mismos, los
personajes que lo protagonizan, el tiempo
espacio y, por supuesto, la estética.
Sin este último
ingrediente que antes parecía un camino
reservado a los literatos, el periodismo de hoy
sería tan insípido que los lectores se
alejarían aún más de los medios impresos.
Ya en 1966 Tom
Wolf hablaba de la necesidad de darle un giro al
periodismo tradicional y argumentaba que
entonces, la creatividad, la estética y las
pretenciosas formas narrativas estaban solamente
reservadas para los que hacían literatura, es
decir, para los novelistas, quienes entre otras
cosas, miraban con desdén el trabajo diario y
exigente del periodista raso. En su libro El
nuevo periodismo Tom Wolf señala:
El
escenario estaba estrictamente reservado a
los novelistas, gente que escribía novelas,
y gente que rendía pleitesía a La Novela.
No había sitio para el periodista, a menos
que asumiese el papel de aspirante-a-escritor
o de simple cortesano de los grandes. No
existía el periodista literario que
trabajase para revistas populares o diarios.
Si un periodista aspiraba al rango
literario... mejor que tuviese el sentido
común y el valor de abandonar la prensa
popular e intentar subir a primera
división.
Desde ese
tiempo, hace ya más de 40 años, existía la
inquietud de los periodistas en
Norteamérica de presentar a los lectores
una propuesta distinta. Paulatinamente el
fenómeno, que lo analizaremos en detalle en el
capítulo pertinente al Periodismo Literario, se
hizo extensivo al mundo entero y poco a poco una
pléyade de periodistas empezaron a darle el
revolcón a la noticia tradicional.
Recordemos que
la información hace medio siglo era terreno
abonado solamente para el periodismo objetivo,
ese mismo en que la voz del periodista quedaba
sepultada bajo las cifras, datos, testimonios y
nombres que contenía un artículo determinado.
Tanto así, que la estructura narrativa de las
agencias de prensa, que en la Segunda Guerra
Mundial asignaron a periodistas de diversas
nacionalidades a cubrir el conflicto lo que
sirvió de material a las salas de redacción de
todo el mundose convirtió a la postre en
la regla de oro para una correcta
redacción noticiosa.
A
ROMPER EL ESQUEMA
Seguidamente
todos los estudiantes de periodismo y los colegas
en ejercicio, se han sumergido en la efectiva
estructura de la pirámide invertida,
que ciertamente muestra un camino llano y directo
para el abordaje de un tema. Incluso hoy, no
existe una manera más recurrente y eficaz para
redactar una noticia. Lo que nadie sabía
entonces, hace 50 años, es que la tan cacareada
Aldea Global iba, literalmente, a glo-ba-li-zar-se,
por cuenta de la tecnología.
Cuando el hombre
pisó la luna, pudimos contemplar tal hazaña
pegados a nuestros enormes televisores en blanco
y negro que más parecían unos ataúdes con
patas. Esas imágenes marcarían una época en el
periodismo: se empezó a mostrar el
hecho. Años después, la televisión a color, el
uso del satélite para optimizar la señal y
permitir más canales, la innovación de los
formatos radiales y la aparición del Internet,
hicieron que el mundo deseara una información
siempre más ágil, dinámica, vivaz y
representativa.
¿Y la pirámide
invertida qué? Esta pregunta se sigue
respondiendo en los diarios modernos gracias a la
evolución del género primario del periodismo:
la noticia. Esta, como era concebida hace diez
lustros, ha sufrido modificaciones considerables
en la prensa escrita, a partir de la premisa de
que la información del periódico, cuando ve la
luz, ya es vieja y conocida por todos.
¿Entonces qué
hacemos? ¿Quién podrá salvarnos? La nueva
forma de enfocar los hechos, la búsqueda del
ángulo nuevo, la creatividad en las entradas, el
manejo de la estructura narrativa como en la
literatura, la investigación y vincular
hechos que los otros medios no trataron,
subsanaron el problema. Lo que no se sabía, era
que años más tarde, esos mismos medios, iban a
tener que enfrentarse, incluso, con ellos mismos:
la versión en la Web de los periódicos, siempre
va un paso más adelante que la impresa, y por
supuesto, que la narración es diferente. La
primera es más directa, desprovista de
intencionalidad estética, es práctica, breve y
tiene hipervínculos que permiten que el lector
se traslade, con solo un clic, a otros subtemas
relacionados con lo que está leyendo.
Tomás Eloy
Martínez, el reconocido escritor y periodista,
autor entre otros, del libro Santa
Evita, también dio respuestas a esos
interrogantes durante su conferencia pronunciada
ante la Asamblea de la SIP, el 26 de octubre de
1997 en Guadalajara, México, al señalar,
abriendo su intervención, que solo había una
fórmula para que la prensa sobreviviera a los
embates de la televisión, la radio y el
Internet: la narración. Así lo expresó el
escritor en esa ocasión:
Los
seres humanos perdemos la vida buscando cosas
que ya hemos encontrado. Todas las mañanas,
en cualquier latitud, los editores de
periódicos llegan a sus oficinas
preguntándose cómo van a contar la historia
que sus lectores han visto y oído decenas de
veces en la televisión o en la radio, ese
mismo día. Con qué palabras narrar, por
ejemplo, la desesperación de una madre a la
que todos han visto llorar en vivo delante de
las cámaras? Cómo seducir, usando un arma
tan insuficiente como el lenguaje, a personas
que han experimentado con la vista y con el
oído todas las complejidades de un hecho
real? Ese duelo entre la inteligencia y los
sentidos ha sido resuelto hace varios siglos
por las novelas, que todavía están
vendiendo millones de ejemplares a pesar de
que algunos teóricos decretaron, hace dos o
tres décadas, que la novela había muerto
para siempre. También el periodismo ha
resuelto el problema a través de la
narración, pero a los editores les cuesta
aceptar que esa es la respuesta a lo que
están buscando desde hace tanto tiempo.
Y como para que
las exposición no se quedara sólo en lo
teórico, en lo conceptual o en las percepciones
e inferencias de un escritor y periodista
preocupado por la estética y la narratividad,
Tomás Eloy Martínez ejemplarizó con la
edición dominical del The New York Times, que
coincidencialmente, en su edición y en primera
plana, mostraba historias importantes e
interesantes, enlazadas por un mismo hilo
conductor: todas ellas estaban escritas con el
estilo único que otorga la narrativa moderna.
Así explico el escritor lo encontrado en ese
importante diario:
En The
New York Times del domingo 28 de septiembre,
cuatro de los seis artículos de la primera
página compartían un rasgo llamativo:
cuando daban una noticia, los cuatro la
contaban a través de la experiencia de un
individuo en particular, un personaje
paradigmático que reflejaba, por sí solo,
todas las facetas de esa noticia. Lo que
buscaban aquellos artículos era que el
lector identificara un destino ajeno con su
propio destino. Que el lector se dijera: a
mí también puede pasarme esto. Cuando
leemos que hubo cien mil víctimas en un
maremoto de Bangla Desh, el dato nos asombra
pero no nos conmueve. Si leyéramos, en
cambio, la tragedia de una mujer que ha
quedado sola en el mundo después del
maremoto y siguiéramos paso a paso la
historia de sus pérdidas, sabríamos todo lo
que hay que saber sobre ese maremoto y todo
lo que hay que saber sobre el azar y sobre
las desgracias involuntarias y
repentinas
La narración es
el gran reto del periodista moderno y no solo en
el estrecho campo de la prensa escrita: la
televisión y la radio ponen en juego, cada una
con sus armas, las técnicas narrativas
apropiadas para ganar adeptos, llevar fácil al
público, ejemplarizar, crear conciencia, subir
el rating, ganar prestigio y credibilidad.
En otras palabras, los medios están viviendo hoy
una guerra sin cuartel promovida por lo
mediático, por lo masivo, lo instantáneo por el
cómo, cuándo y por dónde, transmitiré el
mensaje.
Hoy el
periodista que quiere perdurar en la memoria
colectiva, debe ser aquel que sepa enfrentar
estos nuevos retos. Que al ser testigo de un
hecho, o conocedor de alguna situación, piense
si, efectivamente, esa situación puede ser
contada de una manera distinta.
La
representación, el arte de dibujar con palabras
un hecho, de exponer a los ojos del lector una
situación mostrándosela a él como si la
estuviera viviendo, es una de las fórmulas
que sí funcionan en el periodismo del siglo XXI.
Y ésta se da a la par con la creación de
escenas en los momentos cumbre de la historia.
Una buena narración debe comenzar, siempre, son
una escena suficientemente representativa. En
cine, cuando transcurren 10 minutos de la
película y el espectador siente que no
pasa nada, empieza a moverse en el asiento,
a comprar papitas, a besar a la novia
o a
abandonar la sala. El cine acostumbra a quien lo
ve, a atraparlo con una escena sugestiva en los
momentos iniciales. Una escena tan explícita,
que es el referente para toda la historia.
Así nosotros,
en la búsqueda de la modernidad y priorizando la
narración en los textos, debemos cambiar el
repertorio trajinado y repetitivo, monolítico y
a veces insufrible, de los párrafos
tradicionales. Estos, que deberían terminar en
el cesto de la basura, deben ser reemplazados por
escenas: representaciones de un hecho que hagan
vibrar desde donde estén, a los lectores y
logren que éstos se identifique con un personaje
o una situación determinada. Que se conmuevan.
Que se alegren. En fin, que vibren gracias a la
narración.
Pero creer que
todo puede ser narrado es también un riesgo. El
periodista deberá evaluar qué sucesos pueden
ser pasados por una óptica diferente y cuáles
deberán seguir inmodificables porque se
correría el riesgo de verse forzado
o, lo que es peor, que el periodista termine
haciendo el ridículo. Muchas veces leemos
historias que intentaron tocar la fibra del
lector, y lo único que consiguieron fue una
carcajada de éste, o terminar la publicación
abandonada en una banca de parque. Hay riesgos:
caer en lo melodramático, en el amarillismo o en
lo infantil.
EL
ROSTRO DE LA NOTICIA
El redactor
cuando enfrenta el tema debe preguntarse si es
posible enfocarlo de una manera distinta y
novedosa. Evaluar el proyecto, repensar el inicio
y el final. Imaginar su estructura, sus nexos y
la aparición de los personajes. ¿Es coherente?
¿Es creíble? ¿Sigue siendo apegado a los
hechos? ¿Hay elementos nuevos que juegan con la
estética? Las respuestas a estas preguntas sin
duda ayudarán a buscar una salida o a tomar la
decisión correcta. Al respecto, Tomás Eloy
Martínez, en la conferencia antes citada,
señala:
La
gran respuesta del periodismo escrito
contemporáneo al desafío de los medios
audiovisuales es descubrir, donde antes
había sólo un hecho, al ser humano que
está detrás de ese hecho, a la persona de
carne y hueso afectada por los vientos de la
realidad. La noticia ha dejado de ser
objetiva para volverse individual. O mejor
dicho: las noticias mejor contadas son
aquellas que revelan, a través de la
experiencia de una sola persona, todo lo que
hace falta saber. Eso no siempre se puede
hacer, por supuesto.
Hay que
investigar primero cuál es el personaje
paradigmático de que podría reflejar, como
un prisma, las cambiantes luces de la
realidad. No se trata de narrar por narrar.
Algunos jóvenes periodistas creen, a veces,
que narrar es imaginar o inventar, sin
advertir que el periodismo es un oficio
extremadamente sensible, donde la más ligera
falsedad, la más ligera desviación, puede
hacer pedazos la confianza que se fue creando
en el lector durante años.
No todos los
reporteros saben narrar y, lo que es más
importante todavía, no todas las noticias se
prestan a ser narradas. Pero antes de
rechazar el desafío, un periodista de raza
debe preguntarse primero si se puede hacer y,
luego, si conviene o no hacerlo. (
) Sin
embargo, no hay nada peor que una noticia en
la que el reportero se finge novelista y lo
hace mal.
Sería atrevido,
por no decir estúpido, que un periodista tratara
de aplicar técnicas avanzadas de narración al
hecho de que el Alcalde instaló las sesiones
ordinarias del Concejo Municipal, mientras que un
incendio de voraces proporciones, en un parque
industrial, lo trató como una simple noticia de
crónica roja con un inventario de muertos,
heridos y pérdidas materiales. Recordemos no
dejar el sentido común en la cama, cuando vamos
a trabajar en la sala de redacción.
La narración
moderna es dúctil, maleable, dinámica y se
transforma a cada día. Por ello, el periodista
que no quiere morir en el intento, deberá estar
a la altura de estas nuevas técnicas que han
tocado ya todos los frentes, temas y secciones,
dentro de un medio impreso. Son las mismas
técnicas que deberemos emplear para el
desarrollo de estructuras más complejas que la
mencionada noticia. Las mismas que marcarán la
diferencia en la elaboración de una entrevista,
un perfil, una crónica o un reportaje. Porque en
el denominado género del periodismo literario,
esta técnica narrativa, es su razón de ser.
El
huracán fue muy fuerte, dice un periodista
en una frase. ¿Qué tan fuerte?, se preguntará
el lector. ¿Tan fuerte que despeinó a la
señora? ¿Qué levantó las hojas del diario que
estaba leyendo? ¿O que arrastró barcos, lanchas
y yates anclados en el puerto hasta las mismas
calles de la ciudad?
No hay que dar
rodeos explicativos tratando de definir una
situación compleja: sencillamente muestre al
lector lo sucedido, la magnitud del hecho y
póngalo en relevancia con el interés humano. La
señora que perdió su casa, el joven que salvó
a dos niñas, el gato encontrado debajo de los
escombros, la evacuación de la zona de riesgo,
los destrozos, víctimas y milagros deben ser
mostrados en escenas, no en párrafos tan
interminables como una lista de mercado. Recree
personajes y situaciones en consonancia con el
hecho. Que se escuchen sus voces. Que salgan a
flote sus sentimientos. Que interactúen con el
lector gracias a la voz del autor. La vieja frase
de que el buen periodista no es el que dice que
está lloviendo, sino que hace sentir al lector
que se está mojando, es hoy más válida que
nunca. Recuerde que una escena bien representada
dentro de cualquier género periodístico, vale
más que decenas de párrafos oscuros y pesados.
EN
LA BUSQUEDA DEL MOMENTO
Para que la
historia surta el efecto deseado, el periodista
debe saber detectar el Momento de la misma.
Esclarecer cuál es la situación, de todas las
que tiene registradas en su libreta de apuntes o
en su grabadora, que merece iniciar. Encontrar el
Momento no es fácil. Está ligado directamente
con saber qué quieren los lectores leer.
Los momentos
pueden identificarse en una historia, al igual
que los vértices en una gran W. Veamos:
w
Este ejercicio
tan simple, como de cuadrar o bosquejar los
momentos específicos de la historia, esos mismos
que tienen más carga dramática, más
importancia, son lo que al final terminarán
siendo la tabla salvadora de la narración, pero
sin que saturemos lo contado. Se parte de la
jerarquización de la noticia y de dar respuesta
a interrogantes básicos sobre el hecho cubierto
por el periodista. ¿Cómo es el objeto? ¿A qué
se parece? ¿Qué representa? ¿Cuáles son las
causas y consecuencias? ¿Cómo lo ven los
demás? ¿Cuál es su papel en la sociedad? ¿Es
positivo, negativo o no afecta en nada? ¿Qué es
lo más llamativo de la historia? En fin, puedo
hacer tantos interrogantes de acuerdo a la
complejidad del hecho, pero lo importante es que
sepa utilizar las respuestas y acomodarlas en la
narración.
Hace algún
tiempo, leí en un diario de la región una
noticia sobre cuatrocientas familias desplazadas
que llegaban desde el sur del departamento de
Bolívar, hasta la histórica Cartagena de
Indias. El artículo, que me pareció preocupante
por el éxodo repetitivo del campo a la ciudad de
manera forzada, no era más que un hecho global
que hablaba de
cuatrocientas familias
desplazadas por la violencia, reubicadas en las
afueras de Cartagena
. La noticia,
toda desarrollada en ese estilo piramidal, no me
mostraba el rostro de un niño que sufriera las
penurias del desplazamiento, o del abuelo cansado
y muerto en vida porque todo lo que tenía, lo
había dejado en el pueblo donde vivió 70 años
y un día fue sacado de allí sin más posesiones
que lo que llevaba puesto.
En resumen, la
noticia contaba los rasgos generales del hecho
con las medidas que las autoridades locales iban
a tomar para enfrentar la emergencia, pero las
víctimas no tenían rostro: eran solo una cifra.
Distinta hubiera
resultado si, a una sola familia (abuelos,
padres, hijos y nieto) el periodista hubiera
abordado, convivido durante unas horas, escuchado
sus historias, su drama y sus expectativas. Con
toda seguridad que el mismo drama, necesidades y
angustias de la familia focalizada, serían en
gran medida las de las otras 399. La diferencia:
con ésta técnica se logró representar el
hecho, sus causas y consecuencias. Las víctimas
no eran un simple número, sino personas de carne
y hueso, como nosotros, con necesidades
insalvables.
Para Tom Wolf la
búsqueda de la estética en el simple reportero
debería ser una obligación, como aditamento de
lujo para que cualquier historia, aún no
inmensamente relevante, pudiera ser leída con
complacencia, partiendo desde una perspectiva
diferente: meterse dentro de la piel de los
personajes, tal como lo advierte en las líneas
siguientes:
Los
escritores de revistas, como los primeros
novelistas, aprendieron a base de tanteo algo
que desde entonces ha sido demostrado en los
estudios académicos: esto es, que el
diálogo realista capta al lector de forma
más completa que cualquier otro
procedimiento individual. Al mismo tiempo
afirma y sitúa al personaje con mayor
rapidez y eficacia que cualquier otro
procedimiento individual. El tercer
procedimiento era el, por
llamarlo así, «el punto
de vista en tercera persona», la técnica de
presentar cada escena al lector a través de
los ojos de un personaje particular, para dar
al lector la sensación de estar metido en la
piel del personaje y de experimentar la
realidad emotiva de la escena tal como él la
está experimentando. Los periodistas habían
empleado con frecuencia el punto de vista en
primera persona «Yo estaba
allí» igual que habían hecho
autobiógrafos, memorialistas y novelistas.
Esto
significa una grave limitación para el
periodista, sin embargo, ya que sólo puede
meter al lector en la piel de un único
personaje él mismo un punto de
vista que a menudo se revela ajeno a la
narración e irritante para el lector. Según
esto, ¿cómo puede un periodista, que
escribe no-ficción, penetrar con exactitud
en los pensamientos de otra persona?
La respuesta
se reveló maravillosamente simple:
entrevistarle sobre sus pensamientos y
emociones junto con todo lo demás.
ARMA
DE DOBLE FILO
Pero como ya
advertí, exagerarse en los recursos estéticos
de la narrativa, puede entregar resultados no
deseados y darán al traste con la verdadera
aspiración del periodista.
A la par que
nace y evoluciona a pasos gigantescos un nuevo
lenguaje periodístico el del periodismo
digital-- los periódicos tradicionales, que han
logrado transformarse en hipermedios
(en su página Web el usuario puede leerlo como
prensa, ver noticias en video y escuchar las más
importantes entrevistas o declaraciones que la
radio emitió
todo en una sola página)
tratan de que su edición impresa, sea aceptada
por los lectores nuevos (jóvenes), esos mismos
que han crecido con el Internet, gracias al poder
narrativo y a la forma creativa como se están
presentando las historias.
Las historias
que hay que contar en los diarios, están casi
todas ocultas en lo más público: en nuestra
cotidianidad, escondidas detrás de un vendedor
funerario; o de un hombre que dice hablar con los
muertos; o de octogenarios pensionados que se
baten en interminables duelos de ajedrez, o de la
extravagante viuda que hereda su fortuna a su
perrita Susy; o de un vendedor
callejero que, sin importarle el abrasante sol
del medio día, ofrece apetitosos aguacates a los
transeúntes. La narración mediática está
signada por nuestro propio interés de saber qué
hacen y cómo lo hacen los demás.
Imaginemos el
reto de la narración como la preparación de un
plato exquisito que, para llevarlo a la mesa con
éxito, debe tener los ingredientes indicados en
las proporciones adecuadas. Ni más ni menos.
Para qué decir el sol amarillo brilla
fuerte en la mañana si todos sabemos
que el sol es amarillo, que brilla fuerte y que
suele calentar en las mañanas. Es como echarle
caldos concentrados de gallina a un suculento
sancocho de costilla. La voz del periodista debe
ser aceptada por el lector con naturalidad,
sencillez y claridad. Sin estas tres cualidades,
cualquier intento de narración podrá conducir
al fracaso.
* Anuar
Saad Saad es
comunicador social-periodista colombiano,
especialista en comunicación para el desarrollo.
Coautor de la Biblioteca Moderna de Periodismo, se desempeñó como jefe de redacción
del diario El
Heraldo de
Barranquilla. Es colaborador de SdP y docente de las universidades Tecnológica de Bolívar y Jorge
Tadeo Lozano, seccional
Caribe.
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