La
participación del público en los medios de
comunicación
Análisis crítico y propuestas de
solución
Susana
Herrera Damas *
RESUMEN: La
exclusión de los públicos en los procesos
comunicativos que llevan a cabo los medios
exige repensar cuál debe ser el papel de
estos últimos en nuestras actuales
sociedades. Entender que la práctica
periodística debería ser comprendida como
un modelo más conversacional que
informacional ofrece una solución al
déficit social de los medios, sitúa a la
participación del público en un nuevo
contexto teórico y permite ampliar el
repertorio de las diferentes fórmulas de
participación existentes. Un repertorio que
ha sido recientemente incrementado gracias a
la interactividad que permiten las nuevas
tecnologías. PALABRAS CLAVE: medios de
comunicación y sociedad, fórmulas de
participación, participación directa e
indirecta, interactividad.
La
participación del público en los medios se
encuentra estrechamente ligada a la relación que
éstos establecen con la sociedad. Así se ha
puesto de manifiesto en los diferentes momentos
de la historia de la comunicación pública en
los que se ha reivindicado una presencia y
participación más activa de los públicos en la
actividad y funcionamiento de los medios. Aunque
no se trata de una línea sólida, preferente y
constante en la investigación en comunicación,
la participación del público en los medios ha
sido reivindicada en distintas ocasiones y
contextos, con sentidos diferentes.
Uno de los momentos más
significativos tuvo lugar a comienzos de la
década de los años treinta. Fue entonces cuando
-en el limitado contexto mediático de la época-
el dramaturgo alemán Bertolt Brecht se refirió
al caso de la radio. En su formulación de lo que
debería ser la radio para la vida pública,
Brecht denunciaba su utilización exclusiva como
aparato de distribución y abogaba por un uso
más comunicativo del medio, a través de la
participación de los oyentes en sus contenidos y
emisiones[1].
La propuesta de Brecht
fue recogida décadas después por Enzensberger,
uno de los últimos representantes de la crítica
Escuela de Frankfurt. En 1977, Enzensberger
propuso una utilización emancipadora de
los medios de comunicación, en contra de la
utilización represiva que -consideraba-
llevaba cabo en ese momento la sociedad
capitalista. A juicio del autor, la utilización emancipadora
de los medios supondría una alternativa a
una situación en la que el desarrollo de los
medios electrónicos no habría venido sino a
incumplir las esperanzas que en ellos se habían
depositado, pasando a convertirse en
"aparatos ideológicos del estado" o en
"represoras industrias elaboradoras de la
conciencia". Para Enzensberger, una
utilización emancipadora de los medios se
caracterizaría por la existencia de programas
descentralizados, la conversión de cada receptor
en un emisor en potencia, el llamamiento a la
movilización de las masas, la existencia de
interacción y feedback entre los
participantes, el desarrollo de un proceso de
aprendizaje político, la producción colectiva o
el control social a través de la
auto-organización. Una utilización de los
medios de esta manera legitimaría a los medios
de comunicación que hasta ahora -consideraba el
autor- habían llevado injustamente este nombre[2].
La reivindicación
formulada por Enzensberger coincidió en el
tiempo con las expresadas en el contexto de la
comunicación internacional. En 1980, el Informe
MacBride de la UNESCO partió del reconocimiento
amplio y universal del derecho humano a la
información y entendió la tarea de democratizar
la comunicación como "un proceso por el
cual el individuo a) pasa a ser copartícipe
activo y no un simple objeto de la comunicación,
b) la verdad de los mensajes intercambiados
aumenta y c) el grado y la calidad de la
representación social aumenta". El Informe
MacBride reconoció un escalonamiento progresivo
en las posibilidades de recepción y gestión de
los medios por parte del público y llamó la
atención sobre la necesidad de disponer de una
serie de requisitos para llevar a la práctica
mediática la democratización de la
comunicación. No obstante, el informe fue
finalmente desestimado en 1980. En su lugar, la
organización propuso un estudio posterior de los
asuntos que allí se mencionaban.
En la actualidad, los
Estudios Culturales británicos y -de forma más
explícita- los análisis de recepción reclaman
también la participación del público en
relación con los medios. Se trata de un
movimiento heterogéneo, de influencias diversas,
cuya esencia reside en "situar la
atribución y construcción del significado
(derivado de los medios) en el receptor. Los
mensajes de los medios siempre son polisémicos
(tienen múltiples significados) y tienen que
ser interpretados"[3]. Este enfoque subraya la
existencia de "comunidades
interpretativas", destaca la primacía del
receptor a la hora de determinar el significado y
otorga una voz a los receptores con el fin de que
hablen por sí mismos. Para los Estudios
Culturales, los públicos son activos y
participativos porque negocian y descodifican el
significado último de los mensajes que reciben
de los medios. No obstante, en este caso la
participación del público no se explicita en
los medios de comunicación sino a través
de ellos.
Como puede advertirse,
los distintos enfoques que han reclamado la
participación del público no han experimentado
un desarrollo lineal o acumulativo. Se trata más
bien de reivindicaciones diferentes expresadas en
distintos contextos. Aún así, en su
formulación se comprueba que el concepto de
participación se encuentra estrechamente ligado
a la relación entre los medios y la sociedad.
Atendiendo a esta consideración, resultaría
significativo conocer la calidad de las
relaciones entre ambos actores. Hoy, algunas de
las críticas más frecuentes contra la
actuación de los medios se han referido
precisamente a la naturaleza de esa relación. En
el primer epígrafe de este artículo se recoge
la opinión de diferentes autores acerca de la
generalizada exclusión del público en los
procesos comunicativos que llevan a cabo los
medios. A continuación, se exponen algunas
propuestas de solución para tratar de hacer
frente a una relación caracterizada -como se
verá- por un déficit social de los medios en la
atención a sus destinatarios. Desde una
perspectiva descriptiva, el último epígrafe
sistematiza las fórmulas concretas que ofrecen
hoy las realidades mediáticas para incorporar a
los destinatarios en sus procesos comunicativos.
1.1.
Caracterización de la relación entre los medios
y sus destinatarios
En los últimos
veinticinco años, los medios de comunicación
han sido objeto de un mayor interés en el
ámbito de las ciencias sociales. El balance de
las formulaciones sobre su actuación resulta
ambivalente. Entre los aspectos más positivos,
destaca el sorprendente desarrollo económico y
tecnológico experimentado por los medios a lo
largo del siglo XX, así como su papel en el
avance de los procesos democráticos. Convertidos
en nuevos escenarios de representación y
reconocimiento social y cultural, los medios son
elementos integrales del sistema de la vida
pública y constituyen una opción de
democratizar, ampliar o elevar cualitativamente
la democracia[4].
Sin embargo, este
panorama ha coexistido también con la
formulación de numerosas críticas contra la
actuación de unos medios que, se considera, no
siempre se han orientado por aspiraciones como
las descritas. Su fiscalización ha sido abordada
por parte de una gran cantidad de enfoques y
desde los más diferentes postulados. Las
objeciones planteadas a un uso poco responsable
de los medios se han concretado en numerosos
ataques tanto al mismo proceso noticioso como al
resultado final a que este proceso da lugar. En
el origen de estas críticas, es frecuente aludir
a la excesiva dependencia económica e
ideológica de las instituciones mediáticas. Una
doble sumisión que dificulta la introducción de
nuevas prácticas al tiempo que consagra otras.
Por un lado, los medios se encuentran
estrechamente ligados a la rentabilidad que puede
aportar el escándalo, lo anormal y lo
espectacular, de forma que se promociona el uso
de ciertas técnicas que resulten lo
suficientemente atractivas como para
diferenciarse de la competencia[5]. Además, la sumisión
de la industria periodística a determinados
intereses ideológicos ha sido también motivo de
más de una sospecha: pese a que los medios
gusten de verse a sí mismos como vigiladores de
las malversaciones del poder, en la mayor parte
de las ocasiones, la propia configuración del
sistema mediático origina una dependencia
recíproca entre poder y medios en la que,
nuevamente, el interés del público parece
quedar relegado[6].
En cualquier
caso, la relación de las innumerables críticas
a las que en la actualidad deben enfrentarse los
medios y sus profesionales excede el objeto y los
límites de este artículo. Interesa más bien
tratar de sistematizar aquí las objeciones a la
labor mediática desde el punto de vista de la
relación que los medios establecen con la
sociedad. La existencia de esta relación parece
justificada atendiendo al mismo origen
etimológico de la palabra comunicación, así
como al hecho -evidenciado en la práctica- de
que los medios reclaman frecuentemente la
atención y presencia de sus destinatarios[7]. Sin embargo, si se
asume como cierto que el público en general y la
audiencia en particular constituyen el centro de
atención en torno al cual gira buena parte de
las decisiones que se toman en una empresa
periodística, entonces convendría advertir, ya
desde un primer momento, que tal vez los medios
no estén actuando tan adecuadamente como sería
deseable.
Así parece
desprenderse de algunas de las críticas más
contundentes contra la acción de los medios,
más interesados en decir que sirven a sus
públicos que en atender -de hecho y en la
práctica- a sus intereses y necesidades:
"la prensa gusta de considerarse a sí misma
como representante de la voz pública pero no es
así. La prensa representa la voz de la prensa,
con su propio lenguaje, su propia cultura, sus
propios intereses"[8].
En una
enumeración más ilustrativa que exhaustiva, las
próximas páginas sistematizan el déficit
social de los medios en la atención a sus
destinatarios en torno a dos argumentos
complementarios. Por un lado, uno de los aspectos
más denunciados ha sido la consideración
meramente numérica e instrumental de la
audiencia por parte de los medios, más
interesados, según se ha dicho, en saber que
existe una audiencia que en tener un grado
de conocimiento suficiente sobre ella. En
consecuencia, se produce un desconocimiento del
público y una falta de conexión entre sus
intereses y los de la industria periodística.
Ambos argumentos se encuentran estrechamente
implicados en un proceso circular en el que,
actualmente, se hace difícil distinguir cuál de
los dos resulta causa o consecuencia del otro.
1.1.1.
Excesivo comercialismo y consideración numérica
e instrumental de la audiencia
El contexto
general en el se sitúa este primer argumento es
el propiciado por una situación de capitalismo
avanzado en el que el consumo de los medios
termina por asemejarse definitivamente al consumo
de cualquier tipo de producto, sin diferencias
claras entre uno y otro. Desde una perspectiva
histórica, Soria ha cifrado el comienzo de lo
que el autor denomina etapa empresarista de
la información en el desarrollo mismo de las
revoluciones atlánticas, surgidas a finales del
siglo XVIII. Fue en este momento cuando el
entendimiento liberal de la profesión eclipsó
por un momento al Antiguo Régimen de prensa
postulando el abstencionismo estatal a partir del
valor absoluto que la perspectiva liberal concede
a la libertad. Acelerada por el desencadenamiento
de la Segunda Revolución Industrial así como
por la conversión del liberalismo económico en
capitalismo, esta etapa terminó por consolidar
un reduccionismo progresivo a lo largo de todo el
siglo posterior de modo que la dialéctica
informativa pasó a concebirse como una relación
estricta entre el poder político-administrativo
y el empresario. Sólo ellos fueron los agentes
de la actividad informativa[9]. La empresa de
información pasó a regirse únicamente por las
leyes de mercado en tanto que el público fue
excluido del proceso comunicativo y quedó
reducido a la categoría de mero consumidor[10].
Sin embargo,
lejos de tratarse sólo de una etapa
histórica, en la actualidad ésta parece ser la
óptica dominante en determinados contextos
mediáticos occidentales. En fechas más
recientes, Hallin ha puesto de manifiesto la
vigencia de esta realidad en los medios
estadounidenses donde, según el autor, es
posible advertir la existencia de los medios como
meros fabricadores de productos de consumo y del
mercado como el único juez capaz de determinar
qué tipo de producto ofrecer[11].
Con frecuencia,
esta consideración exclusivamente economicista y
comercial de los medios aparece asociada a una
concepción numérica e instrumental de la
audiencia, en virtud de la cual, ésta sólo es
tenida en cuenta desde una dimensión
cuantitativa. Desde que, hace más de veinte
años, Wober concluyera acertadamente que la
investigación de audiencias aplicada a los
medios tenía sobre todo como cometido su
medición, la situación parece no haberse
modificado en exceso: la mayor parte de los
esfuerzos llevados a cabo desde entonces en el
área de investigación de audiencias ha tratado
de perfeccionar los sistemas de medición de
audiencias y la audimetría. La finalidad:
precisar de la mejor manera posible la cantidad
de audiencia que es capaz de alcanzar una
determinada emisión[12].
En un análisis
comparativo, esta realidad se ha hecho más
perceptible en los medios electrónicos y
particularmente en el televisivo. En este
sentido, uno de los puntos de inflexión más
significativos tuvo lugar a finales de los
ochenta con la emergencia de la neotelevisión.
La desregulación de los antiguos monopolios
televisivos europeos dio paso a un nuevo panorama
audiovisual caracterizado, entre otros, por la
financiación mediante publicidad y por la
medición de la audiencia. Ambos aspectos
revolucionaron todo el sistema televisivo
existente hasta el momento[13]. El componente numérico
de la audiencia se convirtió pronto en divisa
con la que regular la oferta y la demanda de
espacio publicitario y conformar el valor de
intercambio de soportes[14]. Desde entonces, los
porcentajes de audiencia han adquirido un papel
decisivo en la aceptación o suspensión de los
programas de televisión, mientras que "el
papel del espectador singular está, por el
contrario, siempre más reducido a la uniformidad
del comportamiento mediático"[15]. En los últimos años,
estas acusaciones -normalmente formuladas contra
la prensa, radio y televisión- se han extendido
también a la consideración de las nuevas
tecnologías y -particularmente- a Internet. Para
Barber, pese a que la World Wide Web era en su
concepción original un prometedor medio de
comunicación entre los ciudadanos, hoy existe
sobre él una grave amenaza: su comercialización
creciente mediante softwares avanzados que
utilizan la información facilitada por los
ciudadanos para anticiparse a sus necesidades e
intereses -meramente comerciales- y poder así
dirigirse a ellos con una mayor precisión para
tratar de venderles los bienes que se entiende
estos ciudadanos-consumidores pudieran necesitar[16].
En consecuencia,
esta visión excesivamente economicista de la
comunicación unida a una consideración sólo
cuantitativa de la audiencia originan
paradójicamente un distanciamiento del público
y una falta de conexión entre sus intereses y
los de la industria periodística.
1.1.2.
Distanciamiento del público y falta de conexión
entre sus intereses y los de la industria
periodística
Frente a la
"sobremediatización" e
"hipermediatización" de determinados
acontecimientos y de ciertas personalidades[17], también se ha
argumentado la generalizada falta de interés de
la industria periodística por conocer al
público al que se dirigen, más allá de su mera
cuantificación numérica[18]. Según Ang, las
instituciones mediáticas no tienen interés en
conocer a su audiencia sino simplemente en probar
que existe una. Para ello, utilizan diferentes
sistemas y técnicas de medición capaces de
convencer a sus clientes pero no de captar la
esencia de esa misma audiencia[19]. De esta forma, se
produce una cierta insensibilidad de los
periodistas hacia los sujetos anónimos de manera
que la opinión pública puede verse reducida a
la opinión de los profesionales de la
comunicación frente a la opinión privada de los
ciudadanos[20]. A pesar de sus discursos, los
periodistas parecen tener poca curiosidad por el
público:
"A
menudo muestran respecto a él una relativa
indiferencia y no están lejos de pensar que
su oficio les pone 'por delante de él'.
Además, los periodistas tienen una visión
cualitativa del público demasiado sumaria,
en la que emergen dos polos: el paternalismo
y el miedo a hacerse criticar. 'Confían' muy
a menudo en los sondeos para forjarse una
opinión del público, y en algunos
testimonios favorables o desfavorables. Toda
profesión se arroga una representación más
o menos simplificada del público, pero pocas
encuentran en ello hasta ese punto el sentido
y la legitimidad de su oficio"[21].
Es posible que
este desconocimiento del público pueda
explicarse desde la actual configuración del
trabajo periodístico. Así, la investigación
llevada a cabo por Ortega y Humanes sobre la
clase periodística española pone de manifiesto
que "la entrega total al oficio" por
parte de los periodistas origina, entre otros, el
resultado de vivir en un círculo bastante
restringido. A la hora de tomar decisiones, el
grupo dominante parece ser el de los compañeros
de profesión y no el público al que se dirige
el producto periodístico[22]. A falta de un mayor
empleo de técnicas de investigación orientadas
a reconstruir el conocimiento cualitativo de sus
destinatarios, es frecuente el recurso a la
intuición y a las rutinas de trabajo que se han
probado eficaces: el empleo de los índices de
audiencias, los criterios de excelencia dentro de
la profesión: el prestigio, la posesión de
galardones, etc. En otras ocasiones, este
desconocimiento real del público queda
sustituido por una utilización excesiva [23]de los sondeos y
encuestas, olvidando el hecho fundamental de que
los sondeos no son sino la respuesta de la
opinión pública, en circunstancias muy
particulares, a una cuestión planteada por
quienes encargan la encuesta[24].
La visión
excesivamente economicista de la comunicación[25], la tendencia a creer
que el comportamiento de los medios guiado por
criterios de mercado es el más democrático
posible[26]y la relativa identificación del
interés público con el interés del público[27] han dado lugar a un
tratamiento ambivalente en la consideración del
público receptor de los medios. Por un lado,
parece aceptado que se trata de uno de los
elementos más importantes en las profesiones de
comunicación. Por el otro, sus profesionales
huyen de un contacto demasiado cercano y
comprometedor[28]. Con frecuencia, la intervención
del público en el contenido de los medios se
acepta cuando se realiza para efectuar
felicitaciones, aplausos y ayudas y sólo
ocasionalmente fuera de estos propósitos[29].
Si la relación
de los medios hacia sus públicos es de
distanciamiento, no extrañará reconocer que una
relación de este tipo no puede tener como
consecuencia sino la falta de conexión entre los
intereses del público y los de la industria
periodística. Así lo ha demostrado una reciente
investigación realizada en España[30]. Entre otros aspectos,
el trabajo realiza un análisis estadístico de
la relación entre los temas de interés para el
público y la valoración que éste hace de su
cobertura mediática. Los resultados obtenidos
apuntan a una considerable saturación de los
ciudadanos ante la reiterada referencia política
de todo acontecimiento. Este realidad contrasta
con otra serie de temas en los que, por el
contrario, el grado de interés declarado por los
ciudadanos supera la valoración que ellos mismos
atribuyen a su cobertura periodística. Este es
el caso de los temas relacionados con avances
científicos médicos (43%), descubrimientos
científicos (36,4%), avances tecnológicos
(35,3%) o ecología y medio ambiente (29,7%).
En un contexto
en el que se advierte la paradoja de que las
fuentes que obtienen más y mejor visibilidad
política son -según los mismos profesionales de
los medios- las más interesadas, el conocimiento
del público, de sus intereses, preocupaciones y
necesidades es sólo vagamente intuido y, en muy
pocas ocasiones, verdaderamente explorado. La
consideración estrictamente numérica e
instrumental del público y el desconocimiento y
falta de conexión entre sus intereses y los de
la industria periodística permiten hablar de una
situación generalizada de déficit social de los
medios y de exclusión de los públicos en su
actividad y funcionamiento.
1.2.
Los medios como terceros lugares y la idea de
conspiración social
La formulación
estas críticas ha coincidido también con la
propuesta de diferentes soluciones que tratan de
remediar la generalizada exclusión de los
públicos en los procesos comunicativos
articulados por los medios[31]. Frente al excesivo
corporativismo de la prensa o ante la pretendida
"santidad de la práctica
periodística"[32], debe reconocerse también que en
los últimos veinticinco años han sido numerosos
los intentos de solución planteados. Aunque
enfatizan diferentes aspectos, estas propuestas
comparten la idea general de que se precisa un
esfuerzo adicional por parte de los medios y de
sus profesionales para conocer a sus públicos,
escucharles y aspirar de esta forma al
establecimiento de una comunicación más
simétrica, horizontal y efectiva entre emisores
y receptores de los medios de comunicación.
Así lo expuso,
por ejemplo, Bogart quien, en referencia al
contexto norteamericano, sugirió -ya a mediados
de la década de los ochenta- una estrategia de
orientación hacia el lector que tratara de
auscultar permanentemente al público y de tomar
con precisión el pulso a una audiencia que no
puede continuar siendo una realidad invisible a
las redacciones[33].
En este mismo
sentido y también en el contexto mediático
estadounidense, se ha expresado en fechas más
recientes Hallin. El autor parte de la
convicción de que, si existe algún tipo de
industria en la que sean importantes las
"implicaciones externas", este es el
caso de la industria cultural y, de manera
específica, de los medios periodísticos. Para
evitar el colapso de los medios informativos,
tendrían que concurrir, según el autor dos
requisitos[34]:
1) Que los
periodistas cambiaran su concepción para dejar
de verse a sí mismos como representantes o
sustitutos de un público abstracto e inerte y
asumir un rol de dinamizadores y difusores del
diálogo público, y
2) Que se
llevase a cabo un nuevo debate público como el
que se produjo a finales de los cuarenta en el
célebre documento "Una prensa libre y
responsable", para tratar de liberar a la
prensa de las influencias que en la actualidad le
impiden proporcionar la comunicación de noticias
e ideas, necesarias para el tipo de sociedad que
tenemos y para la opción de sociedad que
deseamos.
En el contexto
europeo, los intentos de solución que se han
propuesto reclaman también una mayor
sensibilidad por parte de los medios para atender
a los públicos a los que se dirigen, en una
consideración que vaya más allá de su estricto
conocimiento numérico. El francés Wolton apela
a la necesidad de que los medios traten de
recuperar la confianza del público, pieza
fundamental de la legitimidad de la actividad
periodística[35].
También las
propuestas formuladas en España insisten en esta
misma necesidad. Para ello, se ha apuntado a la
conveniencia de cambiar la consideración sobre
el papel de los medios, de manera que su
actuación haga posible la formación de
distintos grupos sociales, con independencia del
lugar que éstos últimos ocupen en la estructura
social y de poder. Unida a otras modificaciones,
esta transformación podría dar un contenido
más preciso a la idea de la información como un
bien público:
"El
campo periodístico no puede funcionar como
un bien público cuando legitima el monopolio
de determinados grupos para la definición y
configuración de los problemas públicos. El
método de trabajo de los periodistas ha de
desarrollar los registros necesarios para
saber ver la acción colectiva de los
diversos movimientos sociales que actúan en
la sociedad (...) sin necesidad de que éstos
tengan que elaborar alguna performance para
atraer su atención. Los periodistas
deberían abrir su espectro de referentes,
incorporando, significativamente el trabajo
de los científicos sociales. Estos pueden
ayudar a configurar los problemas de manera
más fundada y con un mayor grado de
autonomía"[36].
Es también en
este contexto generalizado de crisis de identidad
sobre el papel de los medios en las sociedades
modernas en el que ha hecho su aparición toda
una serie de movimientos autocríticos y de
corrientes revitalizadoras de la práctica
periodística. Aunque algunas nacen en fechas
anteriores, es sobre todo en el último cuarto
del siglo XX cuando reciben un mayor impulso. En
el origen de todas ellas, se encuentra
precisamente la percepción de un modo de
concebir la profesión con el que no se acaba de
estar conforme y una aspiración reformista de
algún aspecto de la realidad y actividad
periodísticas. En este punto, interesa dejar
constancia de la existencia de dos de estas
corrientes que se han centrado de un modo más
sistemático en la necesidad de reformular
algunos aspectos de la habitual relación entre
los medios y el público al que se dirigen. Se
trata del Periodismo de Servicio[37] (Service Journalism) y
del más reciente Periodismo Cívico[38] (Civic Journalism),
también denominado Periodismo Público (Public
Journalism), o Nuevo Periodismo Comunitario (New
Communitarian Journalism). El Periodismo de
Servicio otorga una atención prioritaria a los
procedimientos y rutinas que, considera, deben
caracterizar a un estilo periodístico que se
oriente a servir al público al que se dirige.
Por su parte, el Periodismo Cívico trata de
reconectar a los ciudadanos en la vida política,
a partir del reclamo de un papel más activo de
los medios en la vida política de su comunidad.
Sin embargo,
más allá de propuestas concretas, la
generalizada exclusión de los públicos en los
procesos comunicativos que llevan a cabo los
medios tiene su raíz en una consideración
imprecisa y sólo vagamente formulada sobre la
actual razón de ser de los actores mediáticos
en las sociedades democráticas, occidentales,
avanzadas y modernas. Más que reformas concretas
sobre determinados aspectos de la producción
informativa, urge la necesidad de repensar la
verdadera finalidad y el cometido estratégico de
los medios en las sociedades contemporáneas.
En este sentido,
una de las propuestas más completas, sugerentes
e integradoras es la formulada por autores como
Dewey, Carey o García-Noblejas. Cada uno de
ellos aporta una explicación de cuál debe ser
hoy ese papel atribuido a los medios de
comunicación.
Siguiendo a
Dewey[39], James Carey destaca que existen
dos modelos básicos para entender los procesos
de comunicación. El primer modelo es el informacional
(transmission view of communication) y
se relaciona con la transmisión a distancia de
señales y mensajes con propósitos de utilidad y
control. El segundo modelo (ritual view of
communication) está dotado de una dimensión
más cultural y en él la comunicación no se
dirige tanto a la extensión de mensajes en el
espacio sino al mantenimiento de la sociedad en
el tiempo y a la representación de creencias
compartidas, sin que exista una utilidad aparente[40]. Según Carey, a lo
largo de la historia de la comunicación
pública, la mayor parte de las percepciones han
profundizado en el primer modelo. En la
actualidad, sin embargo, el periodismo debiera
concebirse más según un modelo conversacional
que según un modelo informacional:
"Walter
Lippmann tenía razón: el periodismo no
puede decir toda la verdad porque nadie puede
decir toda la verdad: todo lo que el
periodismo puede hacer es liderar la
conversación pública, estimularla,
organizarla, mantenerla en movimiento
constante y alimentarse de lo que otras
conversaciones tienen para ofrecer: la
historia, el arte, la ciencia, la religión
(...) Al fin y al cabo, la vida social es una
sucesión de metáforas y la metáfora que ha
gobernado la compresión del periodismo en
este siglo ha entrado en crisis[41].
En este mismo
sentido, García-Noblejas considera que es
necesario que los medios refuercen su papel como
actores sociales y como terceros lugares de
encuentro. Esta consideración podría llevar a
transformar sus acciones comunicativas en
posibles juegos de suma positiva, "como
sistemas de relaciones en los que todos los
participantes salen ganando"[42]. Para que esto ocurra,
se precisan, según el autor, algunos requisitos.
Entre ellos: 1) abandonar un uso estrictamente
eficiente de las prácticas y técnicas
comunicativas, para tratar de adoptar un uso que
-aunque también eficiente- se oriente más bien
hacia la fecundidad comunitaria y 2) contemplar
la posibilidad de que la relación entre los
medios y la sociedad esté basada en la conspiración[43]:
"Los
profesionales de la comunicación -y cuantos
más profesionales quieran adherirse mejor-
hemos de respirar y conspirar juntos el mismo
aliento de la sociedad en la que vivimos, si
juntos queremos salir adelante. Y si -llegado
el caso- además algunos tuviéramos que
conjurarnos contra algo o contra alguien,
probablemente sería contra la ignorancia
(...) o contra el padre de la mentira"[44].
Dicho de otra
forma:
"No se
puede estar dentro de las profesiones de
comunicación y fuera de la sociedad al mismo
tiempo. Hasta ahora, quizá hemos estado más
fuera que dentro de la sociedad, hablando
sobre 'ellos'. Parece llegada la ocasión
de hablar, al menos, con ellos. Y eso
ya es comenzar a conspirar: hacer mundo
juntos, como dice el amigo James Carey"[45].
Es posible
argumentar que en la actual configuración
económico-política de los medios una relación
con la sociedad como la expuesta pueda ser
tachada de una realidad utópica, difícil de
llevar a la práctica. Es posible:
"Está
claro que todos sabemos que el esfuerzo de
salir a la calle y hablar cara a cara con la
gente, yendo de puerta en puerta, resulta
mucho más caro para el editor de cualquier
medio que encargar una encuesta, pero da la
casualidad de que esa manera de entender el
diálogo con los lectores, oyentes o
espectadores permite escuchar lo que la gente
realmente quiere decir acerca de sus
problemas o asuntos reales concretos, y no
sólo acerca de lo que nosotros les
planteamos"[46].
Sin embargo,
esta perspectiva permite concebir a la
participación del público en los medios de
comunicación como un instrumento habilitado
desde los medios hacia y para su
sus públicos con el que tratar de intensificar
el papel de aquellos como actores sociales,
terceros lugares y con el que favorecer una
relación entre los medios y sus actores que
trascienda, incluyéndolo, a un modelo puramente informacional.
De esta forma, la participación del público en
los medios aparecería no tanto como resultado
estático de un proceso sino, más bien, como la
dinámica misma de este proceso, como un
puente tendido desde los medios hacia los
públicos para acortar la brecha que en ocasiones
les distancia. Tal vez sea esta una -sólo una-
posible manera con la que intentar vehicular una
comunicación más intensa, fluida y dinámica
entre emisores y receptores del proceso
comunicativo. En todo caso, su consideración
satisface las necesidades de la investigación en
este punto.
Por un lado, se
trata de una propuesta suficientemente amplia y
sugerente para poder ser formulada también en la
actualidad y, por otro, contiene un notable
empeño de reforma de la realidad periodística
desde una nueva formulación sobre el papel de
los medios y sobre la relación que estos
podrían establecer con la sociedad. Estas
consideraciones permiten abrir nuevos horizontes
para entender la contribución que podría
suponer hoy la participación del público en la
intensificación de una relación conspiratoria
entre los medios y la sociedad.
Si hasta aquí
se ha tratado de dotar de un nuevo significado
teórico a la participación del público en los
medios, en el siguiente epígrafe se presentan
las diferentes fórmulas concretas que ofrecen
hoy los medios para incorporar a los públicos
dentro de sus procesos comunicativos.
1.3.
Fórmulas participativas del público en los
medios
Las fórmulas
participativas pueden definirse como las
distintas formas operativas y soluciones
concretas que, habilitadas por los diferentes
actores con influencia en los medios, tratan de
dinamizar la comunicación mediática a través
de la intervención de los destinatarios en la
actividad, contenido y funcionamiento de los
medios y en los mensajes a los que esta
intervención da lugar. Como fórmulas concretas
que articulan la noción de participación antes
propuesta, heredan también su carácter
instrumental y, en este sentido, deben entenderse
como alternativas concretas de contribuir a la
participación del público en los medios para
mejorar la calidad de la relación entre los
profesionales de los medios y el público.
Existen dos
parámetros a la hora de clasificar y exponer las
diferentes fórmulas participativas: 1) el grado
de incidencia de la intervención del público en
la publicación y programación de los medios y
2) la iniciativa o procedencia de la
intervención. A partir de estos dos parámetros,
es posible trazar un panorama que albergue las
diferentes alternativas.
El primer
parámetro de clasificación se refiere al grado
de incidencia de la intervención del público en
el contenido final de los medios, bien sea en su
publicación -en los medios periodísticos
impresos- o en su programación -en los medios
audiovisuales-. Desde esta perspectiva, se
distingue entre fórmulas participativas directas
y fórmulas participativas indirectas.
Las fórmulas directas permiten un acceso
prácticamente inmediato del lector, oyente o
espectador al medio, sólo mediatizado por las
rutinas productivas que se empleen en cada caso.
La presencia del receptor en el resultado final
del producto periodístico es mayor ya que es
éste quien expresa personalmente su particular
punto de vista. La mediación profesional se
dirige a canalizar las intervenciones formuladas.
Las fórmulas participativas indirectas
suponen una presencia menos inmediata del
lector/oyente/espectador en el medio y su
representación queda sujeta a una mayor
mediación profesional para estructurar lo
aportado por la audiencia, no sólo en la última
etapa del proceso comunicativo sino en la misma
configuración y diseño de las publicaciones y
emisiones.
El segundo
parámetro de clasificación hace referencia a la
iniciativa y procedencia de la intervención.
Aunque la realización efectiva de todas las
fórmulas participativas depende de una
intervención activa por parte del público, en
la práctica tres actores pueden promover este
procedimiento de manera específica. Estos son:
la Administración, los medios y la sociedad,
actuando a título individual o de forma
colectiva.
En primer lugar,
cabe hablar de las fórmulas de participación
promovidas desde la Administración, a
partir de lo ordenado en el marco jurídico
vigente. La mayoría de las disposiciones
incluidas en este punto contemplan la necesaria
incorporación de determinados sectores del
público en el control o en la programación de
los medios audiovisuales que, por su misma
especificidad, han estado sometidos a una mayor
legislación que lo que se observa, por ejemplo,
en los medios impresos. En segundo lugar, la
iniciativa puede proceder de los propios medios
de comunicación, conscientes de la necesidad
de disponer de cauces a través de los cuales
canalizar las intervenciones de la audiencia.
Además de las tradicionales -cartas al director,
participación en talkshows, sondeos,
encuestas, concursos o consultorios, etc.- las
fórmulas de participación se han visto
recientemente incrementadas con la progresiva
incorporación a las realidades mediáticas de
diferentes mecanismos de autorregulación y con
la introducción en la cultura de sus
profesionales de las ya citadas corrientes de
Periodismo de Servicio y Periodismo Cívico.
Finalmente, las fórmulas participativas pueden
proceder de la iniciativa de la misma sociedad.
En los últimos años, la actuación cada vez
más profesionalizada de la sociedad civil ha
puesto de manifiesto la importancia de los medios
en las actuales sociedades contemporáneas y la
necesidad de diseñar estrategias y articular
fórmulas de participación para hacerse presente
en ellos, bien sea como posible cauce con el que
amplificar sus actuaciones y reivindicaciones o
bien para denunciar la actuación de unos medios
a los que se considera poco responsables. De la
combinación de los dos parámetros de
clasificación -grado de incidencia en la
programación e iniciativa de la intervención-
surge un extenso repertorio de fórmulas actuales
de participación del público en los medios. El
siguiente cuadro resume previamente todas las
fórmulas:
Cuadro
resumen de las diferentes fórmulas
participativas del público en el contenido,
actividad y/o funcionamiento de los medios
| |
Participación
indirecta |
Participación directa |
Administración
|
-Representación
en órganos de gestión y control de las
emisoras públicas -Consejos del
Audiovisual
|
-Derecho de antena |
| Empresas y
profesionales de los medios |
-Mecanismos
convencionales: encuestas, votaciones y
sondeos
-Mecanismos
de autorregulación: Consejos de Prensa o
de la Información, ombudsman
-Aplicación de
nuevas corrientes: 1) Periodismo de
Servicio: investigación cualitativa de
audiencias y estudios de mercado.
2)Periodismo Cívico: foros, encuestas,
grupos de discusión, paneles ciudadanos,
construcción de la agenda ciudadana.
|
-Mecanismos
convencionales: cartas al director,
participación en programas.
-Periodismo de
Servicio: consultorios
|
| Sociedad |
-Actuación de
asociaciones cívicas.
-Actuación de
asociaciones de consumidores y usuarios
de medios de comunicación
|
|
Fuente: Elaboración propia
1.3.1. Desde la
Administración
Tras la Declaración Universal de
los Derechos Humanos de 1948, que reconoce la
libertad de expresión, los Estados han procurado
concretarla en su legislación mediante la
disposición de diferentes instrumentos. En este
contexto se enmarca la actividad llevada a cabo
por la Administración en su intento de promover
la participación efectiva del público en el
control y programación de los medios. Entre las
razones que justifican esta actividad, debe
tenerse en cuenta que esta intervención permite
que los poderes públicos tengan un conocimiento
más directo de las demandas y necesidades de los
ciudadanos. Además, siguiendo a Rodríguez
García, la participación implica una conexión
directa con el principio del pluralismo de manera
que, a mayor participación social o ciudadana,
nos acercamos más a una democracia avanzada
ampliamente pluralista. La participación se
convierte así en un elemento que impulsa la
progresiva perfección del sistema democrático[47].
En concreto, la Administración ha
habilitado dos fórmulas participativas. Éstas
incluyen tanto la participación del público a
través de su representación en los órganos de
control y gestión de las emisoras públicas como
su intervención en determinados espacios
programáticos, gracias al reconocimiento legal
del derecho de antena. Estas dos formas de
participación coinciden con lo que aquí se ha
consignado como fórmulas indirectas y directas
de participación del público en los medios.
Además, interesa destacar también la existencia
de los Consejos del Audiovisual por su posible
vinculación con ambas formas de participación.
1.3.1.1. Participación
indirecta
La legislación actual contempla
la posibilidad de incluir una parte no
profesional pero representativa del público en
la composición de los órganos de control y
gestión de algunos medios audiovisuales de
titularidad pública y ámbito específico. Los
grupos sociales que pueden estar representados en
los consejos de la actividad radiotelevisiva son
numerosos y pueden incluir los más diversos
sectores y colectivos: sindicatos, cámaras
profesionales, confesiones religiosas,
universidades, asociaciones culturales de
diferente rango, cámaras agrarias, asociaciones
deportivas, corrientes filosóficas o de
pensamiento, tercera edad, uniones de
consumidores, etc.
Se trata de fórmulas de
participación indirectas porque en ellas
el público no interviene inmediatamente
solicitando acceder a antena sino que su
participación puede afectar a la gestión de los
medios, al diseño de su programación, a la
producción de sus espacios y, en algunos casos,
incluso al control de su actividad. Las
decisiones de estos grupos pueden influir en el
horario y duración de las emisiones, en las
parrillas de programación, en las
características de las emisiones educativas,
culturales o deportivas, en la introducción de
contenidos que puedan interesar a sus
representantes y no sean tenidos en cuenta por
los profesionales y en otros factores de
planificación o producción de los medios cuya
opinión y consulta es, obligatoriamente, previa[48].
En este sentido, la participación
indirecta del público a través de su
representación en los órganos de gestión y
control es hoy una realidad presente en las
emisoras audiovisuales de titularidad pública,
por ejemplo, en el Reino Unido, en Alemania o en
Estados Unidos.
1.3.1.2.
Participación directa
En cuanto a las fórmulas de
participación directa, el aspecto
legislativo-administrativo más relacionado con
la intervención inmediata del público en la
programación de los medios es el reconocimiento
del derecho de antena. Éste confiere a sus
titulares espacios propios en los medios
audiovisuales de titularidad pública. Las
posibilidades de participación a que da lugar el
derecho de antena incluyen "la
participación en la programación, mediante los
denominados espacios de acceso, esto es, la
intervención directa de los no profesionales en
las emisiones programadas por los medios, puestas
expresamente por éstos a disposición de los
grupos y producidas por ellos mismos, -acceso
inmediato- o, con la asistencia técnica del
propio medio -acceso mediato-"[49]. En consecuencia, las
emisiones a que da lugar tienen carácter
promocional ya que el derecho de antena hace
posible la difusión de actividades, discursos y
mensajes de los grupos e instituciones que lo
detentan. En la actualidad, el derecho de antena
es una realidad existente en buena parte del
panorama audiovisual europeo (Francia, Holanda,
Reino Unido, Italia...), orientado -desde su
nacimiento- a una vocación de servicio público.
1.3.1.3. Los Consejos
Audiovisuales
En ocasiones, la intervención del
Estado sobre las actividades que llevan a cabo
los medios ha trascendido los argumentos de tipo
técnico -regulación del espacio
radioeléctrico, etc.- para abarcar cuestiones
éticas y deontológicas relativas a los
contenidos y mensajes suministrados por los
medios electrónicos. Para ello, muchos países
occidentales han creado sus propios organismos
dotados de capacidades específicas. Son los
Consejos Audiovisuales. A pesar de su carácter
público, se insiste en la necesidad de que tanto
la composición como el funcionamiento de estos
organismos cuenten con independencia y autonomía
para evitar su instrumentalización política[50].
En cuanto a la participación del
público en los medios, los Consejos
Audiovisuales pueden vigilar el cumplimiento del
derecho de antena (así se advierte, por ejemplo,
en el caso del Consejo Superior del Audiovisual
francés) y recibir quejas ciudadanas respecto a
la programación de un medio. En este último
caso, el público se dirige al citado Consejo
para expresar su insatisfacción ante una
determinada emisión audiovisual que vulnera
algún aspecto ético o deontológico que el
oyente/espectador estima debería ser respetado.
En ocasiones, es una Oficina de Defensa de la
Audiencia -vinculada al Consejo- la que se
encarga de este procedimiento específico. Hoy,
el Consejo Audiovisual es una realidad presente
en gran parte del contexto mediático occidental
(Francia, Grecia, Gran Bretaña, Canadá, Estados
Unidos, etc.).
1.3.2. Desde las
empresas y los profesionales de los medios
También los medios cuentan con
sus propios cauces para dinamizar la
comunicación mediática mediante la
participación del público en sus publicaciones
y emisiones. En concreto, la participación directa
e indirecta del público en ellos
incluye la disposición de cauces convencionales,
la participación del público habilitada por los
diferentes mecanismos de autorregulación y las
técnicas, fórmulas y prácticas participativas
propuestas por el Periodismo de Servicio y por el
Periodismo Cívico.
1.3.2.1. Cauces
convencionales[51]
Tradicionalmente, las empresas de
comunicación han dispuesto de una serie de
mecanismos para posibilitar la participación indirecta
del público, a través, por ejemplo, de las
encuestas, votaciones y sondeos. Se trata de
fórmulas indirectas porque, aunque es necesaria
la intervención de la audiencia, se precisa de
una destacada mediación profesional para
codificar los resultados obtenidos,
interpretarlos y redactar las conclusiones para
su posterior publicación o emisión. La
necesidad de asegurar una cierta
representatividad en la muestra de individuos
seleccionados así como la infraestructura
-técnica, material y humana- requerida para su
correcto desarrollo hace que, hasta el momento,
la posibilidad de realizar encuestas, votaciones
y sondeos haya estado sólo al alcance de los
medios con elevados presupuestos para su
realización.
En otras ocasiones, los medios
pueden habilitar teléfonos de quejas y
sugerencias y disponer de fórmulas más
recientes como el teléfono del ciudadano,
habitual en los medios de ámbito local y
regional. Estos espacios no suelen estar
planificados temáticamente aunque sí
espacialmente. En ellos, se invita a los
ciudadanos a expresar sus quejas y opiniones
sobre los problemas ciudadanos y sobre el
desarrollo urbano. Es relativamente frecuente que
los medios cuenten para ello con un contestador
automático activado durante las 24 horas del
día. Un redactor suele atender estos espacios,
escucha y selecciona los mensajes que considere
más significativos y describe después el
contenido de las quejas. En otras ocasiones, los
medios llevan a cabo encuestas entre los
suscriptores o lectores de un diario o revista
sobre temas controvertidos de la actualidad
mediante la utilización de cupones recortables
que son posteriormente reenviados a la
redacción.
También las fórmulas directas
se encuentran hoy presentes en todos los
medios. En los impresos, una de las primeras
fórmulas participativas se encuentra en la
sección "Cartas al Director"[52], un espacio de
periodicidad regular, habitualmente insertado en
la sección de opinión y destinado a recoger los
comentarios de lectores y ciudadanos respecto a
los temas abordados por el diario y a aquellos
otros cuya trascendencia no se hubiese
correspondido con un tratamiento periodístico
similar. Esta sección puede abordar una amplia
variedad temática y en general no se observa una
planificación temática: la sección queda más
bien abierta a los comentarios, expresiones y
puntos de vista del público a propósito de los
asuntos que considere de su interés. Desde una
perspectiva cronológica, se trata de una de las
primeras fórmulas participativas y existen
documentos históricos que acreditan su
utilización ya desde el siglo XIX. En la
actualidad, constituye una de las fórmulas más
extendidas en los periódicos de todo el mundo y
se ha convertido en una práctica plenamente
consolidada en la prensa local y regional[53]. En los últimos años,
las fórmulas directas se han incrementado
con la presencia de otros espacios dedicados
también a exponer el punto de vista de los
ciudadanos. Este es el caso del espacio "La
voz de la calle" que, incluido normalmente
en la sección local de los diarios, recoge la
intervención de algunos ciudadanos, interrogados
respecto a un mismo tema. Junto a estas
fórmulas, también se ha desarrollado la
participación de los lectores en concursos y
consultorios y otras fórmulas más específicas
que solicitan la intervención de colectivos
concretos (niños, padres, inmigrantes...).
En la radio, la fórmula de
participación directa permite que los oyentes
tengan un acceso prácticamente inmediato a los
programas. La flexibilidad, diversidad y
versatilidad programática que admite esta
fórmula resultan perfectamente compatibles con
la naturaleza del medio y han posibilitado su
supervivencia a lo largo de más de cincuenta
años. En la actualidad, los oyentes pueden
utilizarla para expresar una opinión, aportar o
consultar una información, denunciar un hecho o
situación, desahogarse o concursar, por citar
sólo algunos ejemplos. Constituye la fórmula
más frecuente y extendida en la mayor parte de
los sistemas radiodifusores occidentales y su
realización tiene lugar a través de la
intervención presencial de los oyentes en el
transcurso de una emisión, la escritura de
cartas o mayoritariamente, el uso del teléfono[54].
En el medio televisivo, la llegada
de la neotelevisión ha aumentado la
disposición de cauces participativos. En los
últimos veinte años, la desaparición
progresiva de los monopolios televisivos vigentes
hasta ese momento en países como Francia, Italia
o España dio lugar a la configuración de un
nuevo panorama audiovisual. Aunque las
aportaciones ofrecidas por la neotelevisión ofrecen
un balance ambivalente[55], este nuevo discurso ha
multiplicado las fórmulas de participación del
público en los contenidos del medio[56]. Progresivamente, el
espectador es reclamado en numerosos concursos y
pruebas y su llamada puede servir también para
manifestarse a favor o en contra de los temas de
debate propuestos. En otras ocasiones, se tiende
a buscar al hombre anónimo como sujeto del
espectáculo, una fórmula muy extendida, por
ejemplo, en los actuales talkshows y
concursos televisivos.
1.3.2.2. Mecanismos de
autorregulación
Las fórmulas convencionales de
participación del público en los medios se han
visto recientemente incrementadas con la
incorporación progresiva de los mecanismos de
autorregulación. Estrechamente ligada a la
deontología de la profesión, -la
autorregulación se encarga de dar efectividad a
la deontología- la autorregulación incluye el
conjunto de iniciativas, acuerdos, organismos,
instrumentos y mecanismos, relacionados con la
actividad de los medios y orientados a garantizar
que su actuación se ajuste a los valores y
normas éticas[57]. Además de este objetivo común,
todos sus elementos comparten un segundo rasgo:
quienes los crean y dan continuidad son los
mismos agentes que llevan a cabo dicha actividad.
En este caso, son por tanto los mismos
profesionales de los medios los que, conscientes
de la responsabilidad de su actuación, optan por
dotarse de unos mecanismos para tratar de ajustar
su actividad a unos parámetros éticos y
deontológicos que se consideran deseables.
Aunque se trata de una realidad
reciente en las profesiones de comunicación[58], la autorregulación ha
experimentado un fuerte impulso durante la
década de los noventa, ante la progresiva toma
de conciencia de las insuficiencias a que daría
lugar que la profesión periodística estuviera
exclusivamente regulada por el Estado o por el
mercado. Alentada y promovida por las
organizaciones internacionales de periodistas y
generalmente preferida también por los
profesionales[59], la autorregulación se revela
hoy como "la manera más eficaz y efectiva
de regular la actividad de los medios"[60].
Entre sus funciones, la
autorregulación se orienta a servir de nexo de
unión entre el público y los medios, tratando
de dignificar así la profesión periodística[61]. Para ello, prevé la
existencia de ciertos mecanismos. En este punto,
interesa destacar aquellos que permiten una
satisfacción más directa de uno de sus rasgos
esenciales: la conversión a través de sus
mecanismos en un proceso circular de
enriquecimiento. En este sentido, los
instrumentos que permiten una mayor satisfacción
de este proceso son precisamente aquellos cuyo
funcionamiento requiere de la participación del
público. Estos mecanismos son: 1) los Consejos
de Prensa o de la Información y 2) la figura del
ombudsman o defensor del
lector/oyente/espectador. Aunque en la mayor
parte de los casos estos mecanismos fomentan
fórmulas de participación indirectas, la
actuación del defensor del oyente puede dar
también lugar a fórmulas de participación directas.
1.3.2.2.1. Los
Consejos de Prensa o de la Información
Como mecanismo de
autorregulación, el Consejo de Prensa puede
definirse como "un organismo independiente
que estudia las quejas que le llegan sobre la
actuación de los medios y que, cuando merece el
caso, emite una resolución juzgando dicha
actuación desde un punto de vista
deontológico"[62]. Su composición está integrada
por personalidades internas y externas al mundo
de la comunicación si bien, en todos los casos,
se parte de la necesidad de contar con personas
de reconocido prestigio y credibilidad moral y
profesional y con suficiente representatividad.
Este hecho le ha valido el calificativo de ser el
mecanismo de autorregulación más completo y de
representar la conciencia moral colectiva de la
comunicación social[63].
Aunque las características de los
Consejos de Prensa pueden variar, la
participación del público es un requisito
esencial para el funcionamiento de todos ellos. A
estos puede dirigirse cualquier persona física o
jurídica que se haya sentido agraviada por la
información publicada en algún medio. Una vez
aceptada la queja, el Consejo fija una fecha para
la audiencia pública en la que cada parte expone
sus motivos, da sus explicaciones y aclara las
preguntas formuladas por los miembros del
Consejo. Posteriormente, estos últimos discuten
públicamente hasta llegar a una resolución
final que es votada. En ocasiones, el Consejo de
Prensa obliga a que el medio afectado publique la
resolución. Como mecanismo de autorregulación,
debe llevar a cabo su labor de forma ágil y
sencilla y procurar que sus resoluciones tengan
el eco público debido.
El Consejo de Prensa o de la
Información es una realidad relativamente
extendida en el contexto mediático europeo[64]. Desde su creación, en
1953, la experiencia británica -hoy Press
Complaints Commission- ha servido para inspirar
la gestación de algunos de ellos. Además, desde
1993, el Consejo de Europa ha animado su
constitución en otros países[65]. Menos éxito ha tenido,
sin embargo, esta figura en Estados Unidos donde,
desde el momento de su creación, en 1973, el
Consejo Nacional de Prensa nació sin el respaldo
de todos los medios e incluso con el explícito
rechazo por parte de algunos. Finalmente,
desapareció en 1984. En este mismo contexto,
destaca, sin embargo, la actividad llevada a cabo
por el Consejo de Noticias de Minnesota que,
desde 1971, fecha de su nacimiento, ha conocido
un mayor éxito y popularidad[66].
1.3.2.2.2. La figura
de ombudsman[67] o defensor del
lector/oyente/telespectador
Otro de los mecanismos de
autorregulación que requiere de la
participación del público es el ombudsman,
habitualmente traducido al castellano como
defensor del lector, oyente o telespectador,
según el medio de comunicación al que se aluda.
Se trata de un órgano unipersonal que vela por
el correcto funcionamiento deontológico de un
medio de comunicación en particular y no de
todos ellos. El ombudsman recibe e
investiga las quejas de los lectores, oyentes o
espectadores de un medio sobre la objetividad,
precisión, equilibrio y buen gusto en la
cobertura de las noticias. Asimismo, realiza
recomendaciones o da respuestas para corregir o
clarificar algunas informaciones. Para ello,
dispone de sus propios espacios en los que
informa sobre las conclusiones de aquellos casos
que considere relevantes y divulga aspectos de la
realidad periodística y del funcionamiento de
los medios que repercuten en los intereses de los
usuarios. Aunque en ocasiones puede actuar por su
propia iniciativa, su cometido comienza con el
conocimiento de la reclamaciones ciudadanas en
relación con la actividad del medio[68].
Desde un punto de vista
cronológico, esta figura contó con algunos
antecedentes en su aplicación a la realidad
mediática, ya a comienzos del siglo XX. Uno de
los más significativos tuvo lugar en 1913 a
partir de la creación de la Bureau of Accuracy
and Fair Play, promovida por Joseph Pulitzer en
el New York World. En 1916, se creó en
Suecia el primer ombudsman de la prensa,
cargo público que formaba parte del Consejo de
Prensa y con el que se trataba de revitalizar la
labor propia del Consejo. Sin embargo, su sentido
moderno data de finales de los años sesenta, con
su incorporación por vez primera a un periódico
estadounidense. En su aparición, influyó tanto
el incremento de la cultura consumerista como
la crisis de credibilidad que amenazaba a los
medios norteamericanos desde mediados de la
década. Finalmente, fue en 1967 cuando en
Louisville (Kentucky) los diarios The Courier
Journal y The Louisville Times, unidos
después como Louisville Courier-Journal,
crearon el primer ombudsman en el sentido
actual del término[69].
En 1980 la creación de la
Organización Mundial de Ombudsmen de Noticias
(en inglés, Ombudsmen News Organization, ONO)
impulsó la extensión de esta figura y, desde
entonces, la figura del defensor se ha ido
introduciendo progresivamente en los medios de
comunicación. Hoy, es una realidad extendida en
numerosos países de todos los continentes:
Estados Unidos, Canadá, Brasil, Francia, Gran
Bretaña, Italia, Holanda, Portugal, Israel,
Japón, Paraguay, Puerto Rico, Colombia,
Venezuela, etc.
1.3.2.3. Corrientes de
revitalización de la práctica periodística
Más recientemente, las fórmulas directas
e indirectas de participación del
público en los medios se han visto también
incrementadas con la progresiva
introducción en la cultura profesional del
Periodismo de Servicio y el Periodismo Cívico,
dos de las corrientes de revitalización de la
práctica periodística que han prestado una
mayor atención a la necesaria relación entre
los medios y sus públicos.
1.3.2.3.1. La participación
del público según el Periodismo de Servicio
Desde su fórmula primaria del
"hágalo usted mismo", esta corriente
se ha orientado a reivindicar la necesidad de que
los medios resulten de utilidad para sus
receptores, dando lo relevante para la vida de la
gente y tratando de ajustar los medios
informativos a las nuevas necesidades del hombre
y del mercado[70]. Para ello, se precisa
identificar de forma sistemática al público con
el objeto de conocer sus intereses, necesidades y
preocupaciones y de diseñar una oferta
periodística especializada que se ajuste a
ellos.
Desde el punto de vista de la
lectura que el Periodismo de Servicio hace de la
participación del público, cabe distinguir dos
niveles diferentes:
1) Participación indirecta del
público en la investigación cualitativa de
audiencias y en los estudios de mercado,
"punto de referencia permanente" para
conocer el público al que se dirigen los medios,
sus intereses, necesidades y preocupaciones.
2) Participación directa del
público mediante su intervención en los
consultorios, definidos como "espacios de
pregunta-respuesta. Consejos prácticos en
respuesta a peticiones directamente
formuladas" y convertidos, con el paso del
tiempo, en uno de los rasgos que caracterizan el
estilo propio del Periodismo de Servicio.
En la actualidad, en una sociedad
en transición, en pleno desarrollo y con un
mercado periodístico cambiante, el incremento de
la oferta informativa facilitada por la
incorporación progresiva de las nuevas
tecnologías puede llevar a intensificar las
fórmulas propuestas por el Periodismo de
Servicio en un intento de ahondar en una
relación entre los medios y sus destinatarios
basada en el servicio.
1.3.2.3.2. La
participación del público según el Periodismo
Cívico
En los últimos diez años, las
fórmulas de participación del público en los
medios se han incrementado también con la
emergencia de una nueva corriente de
revitalización periodística desarrollada en
Estados Unidos en la década de los noventa. Se
trata del denominado Periodismo Cívico (Civic
Journalism), también llamado Periodismo Público
(Public Journalism), Periodismo basado en los
ciudadanos (New Community Journalism) e incluso
Periodismo de la comunidad. Denominaciones
diferentes para una misma realidad: la de una
corriente revitalizadora de la práctica y de la
actividad periodística que pretende volver a
conectar a los ciudadanos en la vida política de
la comunidad a la que pertenecen, a partir de una
modificación en el tradicional modo de concebir
la labor y las prácticas llevadas a cabo por los
medios. Entre sus objetivos: la búsqueda de
soluciones para los problemas de la comunidad y
el fomento de conexiones con los ciudadanos[71].
Los orígenes de esta corriente se
remontan a finales de los ochenta, cuando una
serie de autores norteamericanos, alarmados por
el escaso interés de los ciudadanos hacia la
política y por el descenso de consumo de los
diarios, comenzaron a mostrarse convencidos de
que se precisaba de un mayor esfuerzo por parte
de los medios para mejorar el debate público,
alentar a los ciudadanos a volver a involucrarse
en la vida democrática, apoyar a las comunidades
en la resolución de sus problemas y ayudar,
finalmente, al país en la búsqueda de una vida
pública que funcionase. Y todo esto requería de
una nueva mirada al papel de los medios de
comunicación.[72].
Los promotores del Periodismo
Cívico sostienen que los medios deben
profundizar en la búsqueda de sociedades
autorreflexivas proporcionando fórmulas
concretas que hagan efectiva la participación
del público en la vida de la comunidad. Entre
las más frecuentes se incluyen, por ejemplo, la
construcción de la agenda del ciudadano, el
mantenimiento de una línea directa y constante
de comunicación con el ciudadano, el empleo
permanente de los grupos de discusión y de
paneles ciudadanos, la utilización del buzón de
voz y de sugerencias, la apertura de nuevos
canales de comunicación, la participación
visual de los lectores, la organización de foros
de discusión pública, el llamamiento a que la
ciudadanía proponga un posible plan de gobierno,
la organización de stands en los puntos
más estratégicos de la ciudad, la utilización
de sondeos abiertos, llamadas telefónicas,
conversaciones ciudadanas, entrevistas en
profundidad, etc.
Asimismo, las fórmulas
participativas directas ofrecidas por el
Periodismo Cívico incluyen la intensificación
de los cauces convencionales -por ejemplo, las
llamadas telefónicas en el caso de la radio- si
bien, las intervenciones obtenidas a través de
estos cauces suelen ser objeto de una mayor
organización y de un tratamiento más
sistemático que lo que se observa habitualmente[73].
1.3.3. Desde la
sociedad
En otras ocasiones, las fórmulas
de participación del público en los medios
pueden surgir de la iniciativa de sus mismos
destinatarios. En este sentido, cabe distinguir
dos formas de participación: por un lado, las
que tienen lugar a partir de la iniciativa de un
sujeto individual que se dirige a un medio -por
ejemplo- para expresar un particular punto de
vista o para relatar un caso. Por otro lado, el
papel llevado a cabo por algunos sectores de la
sociedad civil agrupados en torno a asociaciones
o colectivos ha resultado decisivo en la
elaboración y diseño de estrategias de
comunicación para dirigirse a los medios,
tratando así de publicitar sus preocupaciones,
demandas e intereses. Ésta es la forma de
participación que interesa destacar aquí,
habida cuenta de que se trata de una experiencia
reciente que, no obstante, cuenta con un gran
potencial para dinamizar la comunicación
articulada por los medios.
La gestión crecientemente
profesionalizada de la sociedad civil ha servido
para poner de manifiesto la necesidad de que
numerosos sectores de la sociedad civil se doten
de cauces efectivos a través de los cuales poder
hacer públicos sus intereses. Conscientes de la
importancia y del peso específico de los medios
en la configuración de las actuales sociedades,
estas asociaciones pueden llegar a diseñar
estrategias efectivas emitiendo notas de prensa y
comunicados con los que publicitar su existencia
y el contenido de sus actividades. Las
asociaciones que pueden solicitar intervenir en
los procesos comunicativos mediáticos pueden
estar consolidadas en torno a los más diversos
colectivos y orientadas hacia diversos fines.
Hoy, es frecuente que muchas de estas
asociaciones cuenten con sus propios medios de
comunicación y dispongan de un gabinete de
prensa para dar a conocer sus informes, estudios,
investigaciones, actividades, reclamaciones,
sugerencias y propuestas.
Dentro de esta perspectiva
general, interesa destacar el notable
protagonismo que han adquirido las asociaciones
de consumidores y usuarios en muchas sociedades
occidentales. El origen de estos movimientos
ciudadanos se sitúa en Estados Unidos a
comienzos de los sesenta, ante la progresiva toma
de conciencia de los ciudadanos de su papel como
consumidores y ante el crecimiento espectacular
que en los últimos años han tenido los nuevos
movimientos sociales[74]. Con el paso del tiempo, estos
mismos factores han dado un mayor protagonismo a
las asociaciones de consumidores y usuarios de
los medios de comunicación, dedicadas a
denunciar la actuación -en ocasiones
irresponsable- de los actores mediáticos.
1.3.3.1 Participación
indirecta
Aunque las fórmulas de
participación indirectas que proponen
estas asociaciones varían de una y otra[75], en general, todas ellas
incluyen dos procedimientos:
1) Emisión conjunta de notas de
prensa y comunicados dirigidos a los medios en
los que se posicionan respecto a la actuación de
estos últimos.
2) Canalización de las quejas
presentadas por otros sectores del público en
cuanto a la actividad de los medios.
En una perspectiva internacional,
las asociaciones de consumidores y usuarios de
los medios de comunicación más destacadas son:
Fair[76] (Estados Unidos), Media Watch[77] (Reino Unido), la Città
Invisible[78] (Italia), Media Watch Interactive
(Australia), Instituto Gutenberg (Brasil),
Comité a favor de la responsabilidad en los
medios (Japón), The Media Foundation[79], (Canadá), Media
Madness (Estados Unidos), The Community Media
Workshop[80] (Estados Unidos) o Cultural
Environmental Movement (Estados Unidos)[81].
La aparición y posterior
desarrollo de estos movimientos puede llevar a
pensar en una cierta maduración progresiva de
las audiencias, favorecida además por un
creciente respaldo legal para el desarrollo de su
actividad. Su actuación podría venir a
contrarrestar las pesimistas afirmaciones que
identifican cualquier forma de participación del
público con una falacia[82]. Según Aznar, aunque
todavía es pronto para juzgar la actuación de
estos movimientos sociales, su existencia pone de
relieve que, si se acepta que la imagen de la
realidad depende cada vez más de la influencia
de los medios, resulta lógico que el público
pueda tomar también parte en el debate público
sobre su actividad, solicitando intervenir
-directa o indirectamente, a título individual o
de forma colectiva- en sus procesos comunicativos[83].
1.3.4. Las
tecnologías interactivas y la participación del
público
La interactividad posibilitada por
las nuevas tecnologías -cable, fibra óptica,
satélite, etc.-, ha multiplicado enormemente las
fórmulas de participación del público en los
medios. En los últimos años, los esfuerzos que
están llevando a cabo los programadores
tradicionales en esta dirección hacen de la
interactividad la característica más llamativa
con la que adjetivar algunos de los más
recientes procesos, sistemas y productos
periodísticos[84].
En este punto, la dimensión de la
interactividad que más se relaciona con la
participación del público es la
"interactividad conversacional",
definida por Bordewijk y Kaam como la capacidad
que ofrece un sistema de permitir que el usuario
produzca o introduzca su propia información en
un sistema bidireccional bien sea de forma
sincrónica o asincrónica[85]. Por su carácter de
plataforma de comunicación, Internet es la
tecnología que está permitiendo una mayor
realización de esta dimensión. En concreto, en
referencia a la red, Schultz utiliza cuatro
variables para medir el grado de interactividad:
el correo electrónico, las áreas de charla, las
encuestas y los foros[86]. |