Más y más
poder
¿Quién es Hugo Chávez? ¿Un
verdadero revolucionario o un neopopulista
pragmático? ¿Un demócrata que intenta
construir un país sin exclusiones o un caudillo
autoritario que ha secuestrado el Estado y las
instituciones? ¿Quién es este hombre que agita
un crucifijo mientras cita al Che Guevara y a Mao
Tse Tung?, se preguntan la periodista
Cristina Marcano y el escritor Alberto Barrera en
su libro Hugo Chávez sin uniforme, obra
publicada por editorial Debate y en la que
realizan un perfil biográfico del presidente
venezolano. Con autorización de la editorial, se
reproducen fragmentos del ultimo capítulo del
libro, en el que los autores concluyen: quien
quiera que sea Chávez, un obsesión lo delata:
el poder.
Cristina
Marcano y Alberto Barrera *
Corría
el año de 1999. Jesús Urdaneta todavía estaba
al frente de la Dirección de los Servicios de
Inteligencia cuando el presidente Hugo Chávez le
habló y le dijo: Ese viejo vagabundo me
tiene harto, metiéndose conmigo. Encárgate de
eso, ¿sí?.
Chávez se
refería al sociólogo argentino Norberto
Ceresole, a quien desde ese momento se le dieron
48 horas de plazo para abandonar el país. No era
la primera vez que era forzado a salir de
Venezuela. Cuatro años antes, el 14 de junio de
1995, durante el gobierno de Rafael Caldera, fue
detenido por la policía política y expulsado
del país. En aquel entonces fue acusado de
asesorar a Hugo Chávez Frías. Paradójicamente,
el mismo Chávez era el que sentía cuatro años
después que su exasesor le era incómodo.
Ceresole y
Chávez se conocieron en Buenos Aires en el
invierno de 1994 (
) La empatía fue
inmediata. Luego volvieron a encontrarse en
Colombia y, a finales de 1994, en Venezuela.
Hicieron juntos alguna gira por el interior del
país, viajando en una camioneta destartalada
(
) De esos tiempos, se le atribuye a
Norberto Ceresole haber sembrado en el exgolpista
una teoría que, sustentándose en la unión del
ejército y del pueblo en un movimiento
cívico-militar, justifica la necesaria
concentración del poder en un solo jerarca.
Mucho se habló,
durante aquel 1999, de la existencia de dos
chavismos enfrentados: uno democrático,
representado por la figura de José Vicente
Rangel, y otro militarista, cuyo vocero principal
habría sido Norberto Ceresole. Acusado, sin
embargo, de neofacista, antisemita y loco, el
sociólogo argentino terminó alejado del país.
Murió en Buenos Aires en el año 2003. Aún
así, en lo que aparenta ser su derrota, resulta
bastante factible confirmar que algunas de sus
propuestas calaron muy bien dentro del proceso
venezolano y dentro del desarrollo personal de
Hugo Chávez. En la fórmula del sociólogo
argentino, publicada formalmente en Madrid en el
año 2000, se establece que el caudillo garantiza
el poder a través de un partido cívico-militar,
que funge como intermediario entre la voluntad
del líder la masa. El modelo lleva el nombre de
posdemocracia y destaca, entre sus
valores, el mantenimiento de un poder
concentrado, unificado y centralizado (
)
Chávez jamás
ha renunciado a la simbología castrense. Al
juramentarse como nuevo presidente, obtuvo
también, como lo establece la Constitución y de
manera instantánea, el cargo de Comandante en
Jefe de la Fuerza Armada Nacional. Probablemente
para un ciudadano proveniente de la vida civil,
este hecho no tendría la misma significación
que tuvo para Hugo Chávez. La democracia lo
devolvió al ejército. Fue como un atajo para un
meteórico ascenso dentro de su carrera militar.
Cuando llega al
poder, esta circunstancia se hizo evidente: desde
la implementación de planes sociales
administrados y gerenciados por los distintos
cuerpos de la Fuerza Armada, hasta el uso del
uniforme en algunas de sus actuaciones o
alocuciones oficiales. También desde las
constantes referencias a la historia y a la vida
castrense, hasta la activación de la formación
premilitar obligatoria en la educación
secundaria del país. Basta con asomarse a la
conformación de su equipo de gobierno para tener
una idea de un nuevo protagonismo en las
funciones públicas en el país:
(
) Según
el diario El Universal, más de 100
uniformados, en su mayoría activos, ocupan
cargos directivos y de confianza dentro de las
empresas del Estado, en servicios e institutos
autónomos y nacionales, fondos gubernamentales,
fundaciones y comisiones especiales. Y para las
elecciones regionales de octubre de 2004, 14 de
los 22 candidatos propuestos por el oficialismo y
designados a dedo por Chávez provenían del
mundo militar.
La vida social
venezolana ha vuelto a entrar en un contacto
mucho más directo con el ámbito castrense.
Hasta en el lenguaje se cuelan elementos que
vienen de los cuarteles. En sus campañas Chávez
organiza a sus seguidores en
patrullas que deben levantarse
al toque de la diana para ir a las
urnas a librar la batalla y
derrotar al enemigo (
)
Para el año
2001, Venezuela contaba con más generales y
almirantes que México y Argentina en conjunto.
Para el año 2004, violando lo que establece la
Constitución Nacional, ya 120 civiles han sido
juzgados por Tribunales Militares. Visto a la
distancia, más de un analista lee en esta
historia el guión inveterado de Norberto
Ceresole, el proyecto de una Fuerza Armada
transformada en partido político, en gerencia
pública, en protagonista de la sociedad.
El
vengador
Un sector de la
sociedad ha acusado con insistencia a Hugo
Chávez de promover la lucha de clases y el odio
entre los venezolanos, de azuzar el resentimiento
social, de haber dividido al país. Ante esto,
los afectos al gobierno sostienen que la nación
vivía en un espejismo de armonía; que Chávez
no inventó las diferencias, que simplemente las
puso en evidencia. Posiblemente, como suele
ocurrir en más de un caso, ambas partes tengan
algo de razón (
)
La imagen que
los venezolanos tenían de sí mismos siempre
integró un gran componente cultural de
igualitarismo, de diversidad policlasista que
gracias a las sucesivas bonanzas
petroleras tejían unas relaciones sociales
fluidas y sin fricciones. Esta imagen, no
obstante, escamotea otra realidad: la enorme y
creciente pobreza, el resentimiento de aquellos
que se sienten excluidos de la gran fiesta
nacional, de la riqueza natural del país
(
) Pero también es cierto que la
temperatura verbal de Chávez se convirtió
rápidamente en un detonante altamente
combustible. Su ferocidad discursiva, sin duda,
fue muy efectiva en la batalla electoral. No
sólo el país estaba preparado para él,
también él ya estaba preparado para el país.
Cuando Chávez entró en escena con fuerza
dice Teodoro Petkoff y empezó a
hablar con fuerza, la gente no vaciló un solo
momento. Era el vengador perfecto, hecho a la
medida del desencanto y de la frustración de los
venezolanos.
Pero, a la hora
de gobernar, esa característica pasó a ser un
centro de producción de conflictos determinante.
Chávez acusa, descalifica, insulta con excesiva
facilidad. Chávez decreta la ley de el que
no está conmigo está contra mí. Se trata
de una estrategia, y de una forma de ser, que
para más de un analista también pertenece al
ámbito militar: el método de la confrontación
(
)
En muy poco
tiempo, los venezolanos comienzan a vivir en una
efervescencia indescriptible. La política se ha
afectivizado y se ha colado en todos
los espacios de la vida social. Quien visita el
país casi puede sentir que se encuentra en la
inminencia de una guerra civil. No se trata de un
problema ideológico o de un cambio drástico y
concreto de los programas políticos. En eso
también se emparienta con la tesis que sostenía
Ceresole. El único debate está centrado en una
sola persona, en la adhesión o el rechazo
fervoroso al líder. Chávez sólo parece ser un
afecto que se contagia, en contra o a favor. No
hay más. El discurso desde el poder se ejerce de
manera que no queden más opciones (
)
Frente a este
punto, por supuesto, los análisis están
igualmente enfrentados. La opción ubica el
origen de esta situación en la violencia verbal
de Chávez, en su estilo agresivo, en su manera
de descalificar a la disidencia y exigir
fidelidad absoluta a su proyecto. Del otro lado
argumentan que se trata de una actitud meramente
defensiva, que Chávez no arremete, sino que
reacciona a ataques de sus adversarios (
)
Dentro de esta
perspectiva (
) su agresividad sería una
forma de protección. El periodista
norteamericano John Lee Anderson, quien realizó
un perfil del líder venezolano en 2001, si bien
señala que ciertos rasgos de la personalidad de
Chávez han propiciado la división del país,
también critica a cierta dirigencia, política y
empresarial, que se opone al presidente: No
están haciendo ninguna cosa que yo esperaría de
gente con su educación y sus recursos. O sacan
el dinero del país o conspiran todo el tiempo,
diciéndole a los periodistas que los militares
están inquietos, sembrando tensiones
por todas partes. Desprecian y temen a Chávez,
le dicen mono, y el nivel de
discusión política es bajísimo,
patético.
Pero más allá
del enfrentamiento entre la élite
político-económica tradicional y el gobierno,
la polarización en torno a Chávez no ha
dividido el país de manera homogénea. No hay
una línea que separe a ricos de pobres o a
blancos de negros, como muchos pudieran pensar
dado el maniqueísmo con el que ha llegado a ser
tratado el asunto. Por el contrario, puede
suceder, y sucede con frecuencia, que la
división se produzca dentro de una misma
familia. No es raro que los propios colaboradores
del gobierno tengan problemas con sus familiares
y amigos por sus preferencias políticas (
)
En una misma familia puede haber chavistas
y antichavistas, así como puede
haberlos dentro de un mismo vecindario con
características socioeconómicas similares
(
)
Lo que sí es
evidente es que Chávez no rehuye los choques.
Más bien, parece buscarlos, promoverlos. Suelen
las revoluciones acudir con frecuencia a ese
método: provocar conflictos para purgar
instituciones. Según se sabe, antes de abril de
2002, el gobierno estaba enterado de que había
una conspiración militar en marcha. El golpe de
Estado sirvió para depurar a las Fuerzas
Armadas. De igual manera, la huelga petrolera de
diciembre de 2002 y enero de 2003, fue usada por
el poder para limpiar a la empresa
Petróleos de Venezuela. Con el despido de 18 mil
trabajadores, el gobierno por fin tomó el
control de la más codiciada pieza estatal. El
mismo Chávez ha reconocido que él propició esa
crisis (
)
Contacto
místico
Donde unos ven
firmeza y seriedad, otros denuncian
autoritarismo; donde unos destacan liderazgo,
otros sólo señalan espíritu mesiánico, un
populismo desenfrenado. Donde unos encuentran
responsabilidad, otros sólo hallan personalismo
egocéntrico
Nadie, sin embargo, ni unos ni
otros, pueden dejar de observar y reconocer el
carisma que tiene Hugo Chávez. Esa magia que ha
establecido con los pobres de Venezuela. Para
ellos, la posibilidad de que exista un Chávez
público y otro privado es una hipótesis
impensable. Para ellos, Chávez es un sentimiento
profundo, incuestionable; una emoción que ya se
ha vuelto una fe.
La raíz
original del poder de Chávez reside en el
vínculo afectivo y religioso que establece con
los sectores populares del país. Es lo que el
teórico Peter Wiles, refiriéndose al populismo
en América Latina, ha denominado contacto
místico con las masas. Chávez siempre
está cerca. Es un símbolo que no ha sido
devorado por los protocolos del poder (
)
Chávez toca a la gente. Se detiene. Pregunta
nombres, datos de vida. Siempre parece
sinceramente interesado en el otro. Chávez habla
desde ellos. Se propone como uno más, como
cualquiera. Incluso después de seis años en la
presidencia, con un sobrepeso de más de 15
kilos, vistiendo ropa de marca y usando relojes Cartier,
el vínculo se mantiene con bastante fervor.
En ocasiones, se
muestra como una víctima de sus propios lujos,
como aquella vez que ordenó que no le compraran
más trajes. Y, en honor a la verdad, parece
tentarlo más la vanidad que el goce de los
bienes materiales (
) Casi franciscano,
añade que no desea nada, que no necesita nada.
Ya en plan de bolero: le basta con el amor del
pueblo. Aunque haga uso de enormes recursos para
promocionarse y mantenerse en el poder, y ofrezca
dádivas como si las estuviera sacando de su
propio bolsillo.
Se trata de un
discurso muy empático, que conmueve, que genera
confiabilidad y fidelidad. Pulsa los sentimientos
escondidos, los miedos, los resentimientos; acude
a las diferencias, a las experiencias de rechazo,
a la injusticia, y construye desde ahí una voz,
un plural del cual, sin embargo, él es el
protagonista. No nos quieren. La
oligarquía nos desprecia. Siempre se han
burlado de nosotros. Les damos
asco. (
) De manera constante recuerda su
historia, su origen humilde y rural. No sabe
inglés y, públicamente, se burla de su propia y
precaria pronunciación. Se autoproclama como un
hombre feo, popular, sin propiedades, sin
educación para las altas galas, sin otra
ambición que el cariño sencillo, que el
servicio a los más necesitados (
)
La académica
Patricia Márquez señala que muchas
personas que durante años se han sentido
excluidas ahora se conciben como integrantes de
un proyecto de cambio, que creen abarca por lo
menos una transformación de las reglas del orden
social y político. Y Chávez es,
simbólica y afectivamente, la garantía de ese
cambio, la encarnación de la esperanza para
salir de la miseria, aunque la pobreza haya
aumentado 17.8% durante su gobierno, según las
cifras oficiales. Su figura funciona como sagrado
intermediario entre los millones de dólares del
Estado petrolero y los sueños de la mayoría de
la población secuestrada por la miseria.
Sin embargo,
durante los primeros cuatro años de su gobierno
las expectativas populares no parecen obtener
respuestas concretas. La mayoría de los cambios
representan conquistas políticas pero los
programas de ayuda social no resultan eficientes.
Todo lo contrario: empiezan a parecerse demasiado
a las prácticas de los gobiernos anteriores,
asfixiados por el clientelismo, la burocracia y
las denuncias de corrupción. Todo ese panorama
cambió en el año 2003, cuando comenzaron
a implementarse las llamadas Misiones: un
conjunto de planes de asistencia social, de ayuda
a los pobres, que todavía permanecen en medio de
una gran polémica.
El primero de
esos planes se llama Barrio Adentro y
está destinado a atender los problemas de salud
en las grandes barriadas populares de las
diferentes ciudades del país (
) a este
plan le siguieron una serie de programas
educativos: la Misión Robinson, la Misión
Sucre y la Misión Ribas (
) (Luego),
la Misión Vuelvan Caras (para combatir el
desempleo y promover la autogestión), Mercal
(para establecer mercados populares) y la Misión
Miranda (para otorgar beneficios a exmiembros
de las fuerzas armadas). Cuando ya no había más
operativos sociales que ofrecer, Chávez acuñó
un término grandilocuente para englobarlos a
todos: la Misión Cristo.
La crítica
general a todo este proyecto se centra en tres
aspectos fundamentales: es populista,
discrecional y no cuenta con ningún control
social. Luis Pedro España, sociólogo que
durante años se ha dedicado a la investigación
del tema y que en la actualidad coordina el
Proyecto Pobreza de la Universidad Católica
Andrés Bello, sostiene que las misiones, como
los otros planes sociales del gobierno, parecen
diseñadas más como instrumentos de permanencia
en el poder que como eficaces programas para
combatir la pobreza en el país. Todos se
sustentan en el pago de becas-salarios a los
participantes, funcionan dentro de un sistema de
filiación partidista, de fidelidad al gobierno,
y no tienen ningún tipo de auditoría en ninguno
de sus niveles de ejecución (
)
A esto, también
hay que agregarle los análisis que apuntan que
se ha creado un Estado paralelo al Estado que ya
existe. En vez de solucionar los graves problemas
de la educación o la salud públicas, se han
creado nuevas estructuras, generando otra
administración y otro presupuesto, de manera
desigual y descontrolada, provocando que tarde o
temprano sea inviable el funcionamiento de ambas
instancias. Al parecer, la mayor eficacia de
estos programas ha sido electoral.
El inicio de las
Misiones coincide con una tendencia a la baja en
la popularidad de Hugo Chávez. El repunte fue
inmediato. Pocos meses después, un estudio de la
firma Alfredo Keller y Asociados ubicaba la
aceptación popular del presidente en un 46%,
destacando el efecto esperanzador de los
operativos: aunque sólo 15% manifestaba haberse
visto beneficiado por ellos, 85% mantenía la
ilusión de que, en algún momento, le tocaría
algo de esa nueva repartición de
recursos que promueve el gobierno.
Estrella
de la historia
En Venezuela,
los poderes aparecen fusionados al Ejecutivo. El
Parlamento, dominado por el oficialismo, no se ha
apartado un ápice de las líneas del Palacio de
Miraflores (sede presidencial); tampoco se
atreven a hacerlo las instituciones destinadas a
controlar a la presidencia. La Contraloría y la
Fiscalía que fueron decisivas, por
ejemplo, en la destitución de Carlos Andrés
Pérez están en manos de acólitos de
Chávez; de hecho, el fiscal general de la
República fue su primer vicepresidente. Más
aún, se teme que gracias a una reforma
legal de 2004 el Tribunal Supremo de
Justicia esté pronto dominado por magistrados
oficialistas. En este marco, el mandatario luce
blindado. Ninguna querella en su contra
alrededor de una docena reposan en la
Fiscalía puede amenazarlo. Hugo Chávez es
el presidente venezolano con mayor acumulación
de poder desde 1958 y lo ejerce de manera
personalista.
Para cualquier
análisis, ese elemento parece ser
imprescindible. La impronta personal, particular,
del líder resulta más que definitiva.
Dentro de la
tradición caudillesca y populista
latinoamericana, el chavismo quizás
aporte algún elemento inédito. En todo caso,
también resulta inédita la Venezuela petrolera
de comienzos del siglo XXI en el mapa del mundo
globalizado. Mientras el gobierno anterior debió
mantenerse con un precio tope de 16 dólares por
barril, la revolución bolivariana ha navegado en
un mercado que ha puesto el precio del crudo
cerca de los 40 dólares por barril (
) La
realidad económica, la plata dulce,
término con el que se conoció a etapas
similares en el sur del continente, ofrece un
lujo que permite para algunos
analistas esta revolución
bolivariana. Es una situación que refuerza
todos los elementos que concentran en Hugo
Chávez el poder simbólico y real de
ser el protagonista del proceso, el jefe del
Estado y la estrella de la historia.
¿Quién es, en
definitiva, Hugo Chávez? ¿Por donde va la
historia de aquel niño, criado por su abuela en
una casa de palma con suelo de tierra? ¿Es un
verdadero revolucionario o un neopopulista
pragmático? ¿Hasta dónde llega su sensibilidad
social y hasta dónde alcanza su propia vanidad?
¿Es un demócrata que intenta construir un país
sin exclusiones o un caudillo autoritario que ha
secuestrado el Estado y las instituciones?
¿Acaso puede ser esas dos cosas al mismo tiempo?
¿Quién es este hombre que agita un crucifijo
mientras cita al Che Guevara y a Mao Tse Tung?
¿Cuándo es él, realmente? ¿Cuál de tantos?
¿Cuál de todos los Chávez que existen es el
más auténtico?
No es fácil
saberlo. Lo que sí parece evidente es que hay
algo común a todos. Un deseo. Un ansia que lo
mueve, que no lo deja dormir. Es una obsesión
que, como toda obsesión, se delata sola. No se
puede esconder. Sea el Chávez que sea,
obsesivamente, siempre está deseando el poder.
Más poder.
* Este texto se publicó en el número
1576 de la semanario mexicano Proceso, y se reproduce en SdP con la autorización de su editor
internacional.
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