El poder de
la gente común
José
Carreño Carlón *
Es
difícil hallar en la obra de Ryszard Kapuscinski
la cita de una fuente oficial como
sustento de sus historias. Y a la vez es difícil
hallar historias más reveladoras de lo ocurrido
en el mundo en el último medio siglo que las que
quedaron registradas en la obra de Kapuscinski.
Sus
fuentes estaban en la gente común,
en el habla de sus personajes, en sus viviendas y
en su comida o la falta de ellas en
sus hábitos y sus creencias, en sus temores y en
sus anhelos, en sus pasiones y en sus
desilusiones. Su método de trabajo, por tanto,
era ir a vivir con la gente común de las aldeas
o los barrios de las ciudades africanas,
asiáticas, latinoamericanas, con sus
inclemencias físicas y sociales. Siempre fuera
de los palacios y de los hoteles y sus climas
físicos y políticos igualmente artificiales.
Si se le veía
en una sala de prensa o en algún Club de
Corresponsales Extranjeros, como en el que lo vi
por primera vez en el México de los sesentas del
siglo pasado no era porque hubiera ido a
escuchar a los voceros institucionales de los
poderes, sino a captar ambientes, murmullos y
rumores de sus colegas y de quienes los visitaban
para tratar de influir en sus reportes y
comentarios.
Reportero a ras
de tierra, confundido con las personas
ordinarias, su visión del poder era la que le
aportaba la gente común: lo mismo si se trataba
de retratar al emperador de Etiopía, que al Sha
de Irán, que a las nomenclaturas soviéticas.
Exactamente al revés que la prensa dominante que
nos ahoga con la visión del mundo y de la gente
en la versión que aportan los voceros
institucionales del poder, de todos los poderes:
políticos y religiosos, económicos y
culturales.
La estructura
narrativa de sus crónicas y reportajes, de mejor
factura y calidad literarias que numerosas obras
literarias, fincaba su fuerza precisamente en su
capacidad para producir discursos de la realidad,
a diferencia de la obra de ficción, producto
así sea prodigioso, en ocasiones del
vuelo de la invención y de la imaginación.
Era un disfrute mayor caminar con él por las
calles de la ciudad de México y verlo cómo lo
escudriñaba todo con sus pequeños ojos. Cómo
los clavaba en los ojos del vendedor de flores o
en la vendedora de sopes o en los clientes de
ambos. Y cómo se conectaban esos ojillos polacos
con los ojos y los labios y las manos de la gente
que, con todo su ser y todo su proceder, le
trasmitía al reportero los más diversos e
inesperados mensajes: mensajes que en ese momento
entraban en proceso de convertirse en noticias
insólitas o reveladoras de realidades ocultas
para el común de los transeúntes.
Noticias, por
cierto, que difícilmente ganaron una cabeza de
ocho columnas. Pero en cambio produjeron
ejemplares de libros en millones, en numerosos
idiomas. Y, lo que es más importante,
contribuyeron a construir noticias de la gente
que no es noticia, a erigir en fuentes
informativas las voces de los desplazados de los
medios.
Sus testimonios
de la evolución de las libertades informativas
en las transiciones políticas adquirían tonos
compasivos, solidarios con los periodistas del
autoritarismo. En un seminario realizado en
Cartagena de Indias, en la sede de la Fundación
Nuevo Periodismo Iberoamericano, alentada por
Gabriel García Márquez, Kapuscinski nos decía
que el error de un periodista en un régimen de
libertades se puede pagar con el empleo, pero en
los regímenes totalitarios se pagaba con la vida
o con una larga prisión.
Su generosidad
para trasmitir sus lecciones de vida y de oficio
sólo podría compararse con la del propio
García Márquez. Juntos impartieron un taller
inolvidable en la Universidad Iberoamericana,
hace siete años. Menos de dos años después,
Kapuscinski volvería a la Ibero a departir en un
auditorio abarrotado y a comer con un pequeño
grupo privilegiado de alumnos, profesores y
periodistas.
En sus Viajes
con Heródoto, un fruto imperecedero del programa
cultural de las Olimpiadas de Grecia, se puede
encontrar también un testamento generoso.
Convertido el historiador de la antigüedad en el
primer reportero de la historia, en
palabras de Kapuscinski, el rastreo del
periodista sobre los pasos del historiador
termina hermanando los oficios de construir
discursos de la realidad: la realidad del pasado
remoto, en el oficio de los historiadores, y la
realidad del pasado inmediato, en el de los
periodistas.
En todo caso
algo ajeno a la mayor parte de la producción
periodística mexicana, cuyo contenido suele ser
una sucesión indiscriminada de dichos de voceros
en competencia, finalmente sin mayor relevancia y
trascendencia como discursos de la realidad.
Extrañaremos a
Ricardo, como traducía su nombre para sus amigos
mexicanos. Pero su obra, seguro, fructificará en
las nuevas generaciones.
* José
Carreño Carlón
es coordinador del área de Periodismo y del
programa Comunicación, Derecho y
Democracia del Departamento de
Comunicación de la Universidad Iberoamericana.
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