El abc del
señor K
Ryszard Kapuscinski cuenta sus
primeras lecturas en un diálogo apurado antes de
subirse a otro avión
Julio
Villanueva Chang *
Hay
en sus ojos un parpadeo nervioso como si lo
hubiesen despertado bruscamente de un sueño,
cuando en verdad estaba en su cama leyendo a
pierna suelta antes de esta cita a la hora del
desayuno. Después de haber asistido en México a
su taller para la Fundación Nuevo Periodismo en
la Universidad Iberoamericana, Kapuscinski me
había prometido una conversación sobre sus
primeras lecturas. Pero esta mañana de marzo de
2001, el señor K no luce como el reportero superstar
del Tercer Mundo: esta mañana el autor de El
Emperador luce una calvicie despeinada, se ha
librado del asedio de la prensa y de la corbata
de los últimos días, pero aún conserva ese
andar pendular de oso, ese rostro tan redondo y
ruborizado como el de su paisano el Papa, una
catadura como en estado de pudor crónico. La
primera vez que vi a Kapuscinski pude espiar su
pasaporte: K había llegado a México el mismo
día de su cumpleaños. No se lo dijo a nadie.
Entonces lo ilusionaba conocer a García
Márquez, otro de los piscis más famosos del
mundo, quien también iba a cumplir años, dos
días después. Iba a comerse unos tacos con el
hijo del telegrafista en su residencia del
Distrito Federal, pero también iba por fin a
hacer maletas para volver a Varsovia. El año
2000, Ryszard Kazimierz Kapuscinski había
viajado treinta y tres veces por el mundo. Era
hora de volver y de sentarse a escribir. Por
ahora el señor K. acaba de descender de su
habitación en el Flamingos Plaza para darme
malas noticias.
Tenemos
sólo unos minutos. Debo irme.
Ha revisado su
reloj un par de veces durante el último cuarto
de hora. Kapuscinski debe partir otra vez, volar
de vuelta a Varsovia para encerrarse a escribir
con los seis sentidos puestos en América Latina,
el tema de su libro vigésimo primero. Su esposa,
una pediatra que alguna vez me dijo por teléfono
que K estaba de viaje, lo espera siempre como
Penélope a Odiseo porque hubo una época en que
no se comunicó con ella durante casi cincuenta
meses. No le escribo cartas ni la llamo por
teléfono cuando estoy trabajando. Hay que viajar
solo, aprender un idioma, involucrarse con la
gente y no puedes estar pensando en tu
familia, me había contado en otro
desayuno, en el que también me comentó su
amistad con ese místico del teatro llamado Jerzy
Grotowski. El señor K es la prueba viviente de
que leer y escribir no es más que un aprendizaje
de estar solo y de que el periodismo es para él
una misión. De algún modo Wojtyla, Kapuscinski
y Grotowski, entre los polacos más universales
de la Tierra, tienen en común haber sido
misioneros en el ejercicio de la religión, el
teatro y el periodismo. El señor K escribe sus
libros a mano y nunca los corrige. Me
siento muy mal cuando no escribo, con un complejo
de culpa, me dice como si esta entrevista
fuese un tropiezo más entre él y las palabras,
un tropiezo más entre él y el siguiente avión.
El señor K se siente tan culpable de los libros
que aún le faltan por escribir como de los
libros que ha dejado de leer. Debería pedirle
disculpas, pero me pido un café, y Kapuscinski
se pide un vaso con agua.
El señor K
decía que no era de esa clase de hombres que se
habían criado en un cuarto de juegos, y que
Joyce escribía cartas admirables a los doce
años, a la misma edad en que él corría
descalzo y medio desnudo detrás de las vacas sin
haber leído un solo libro. El primer libro
que leí no tiene ninguna importancia. Eran las
memorias de un muchacho de su escuela secundaria
en la Polonia del siglo XIX. Era una
especie de Corazón escrito por un Edmundo
de Amicis polaco, un libro infantil y
melodramático, nada memorable en la bolsa de
valores de la literatura, y que Kapuscinski
desdeña sin piedad a sus sesenta y nueve años
cumplidos. Gente como Joyce nació en los
apartamentos de sus padres y sus abuelos, que
estaban llenos de libros y así empezaron a leer
me recuerda K. Yo nací en una
familia muy pobre que vivía en la parte oriental
de Polonia. Al estallar la guerra fue ocupada por
las tropas armadas soviéticas, entonces tuvimos
que huir hacia Polonia Central y vivir en una
aldea aún más pobre y más analfabeta, donde no
había ningún libro. Sólo después de la
Segunda Guerra Mundial, Kapuscinski pudo hallar
por azar el primer libro de su vida en el
apartamento de un amigo.
* * * * *
Kapuscinski no
tiene e-mail. Dice que no necesita Internet.
También dice que le interesa cada vez menos la
política. Ahora se abraza esas manos venosas con
las que aún se rehúsa a usar la computadora, y
mira sin disimulo su reloj. Si uno quiere
conversar con él, hay que escribirle una carta o
enviarle un fax a su casa de Varsovia. El señor
K siempre fue un autodidacta. Durante la
guerra, los polacos no podíamos estudiar más
que siete años de primaria. Era como vivir en un
desierto. Kapuscinski escapó de ese
desierto cuando fue a la Universidad de Varsovia,
a la que tampoco le sobraban libros. Yo
podría decir que mis lecturas recomendadas
empezaron cuando tenía unos veinticinco
años. Su historia es muy extraña para
quienes creen que sólo se puede ser un lector
voraz si se ha tenido esa gula de libros desde
niño. No fue este mi caso. Y no porque no
quisiera, sino porque no tenía nada, ni siquiera
zapatos. Mi educación fue muy atrasada en el
sentido que todo lo empecé muy tarde, a leer muy
tarde, a escribir muy tarde, a estudiar muy
tarde, y todo por la guerra. Puedo decir que esos
diez años más formativos en el ser humano,
entre los nueve y diecinueve años, yo los tuve
perdidos. Su parto de escritor fue cuando
tenía dieciséis años. Entonces publicó su
primer poema en una revista cultural de Varsovia.
Fue como una inspiración que me pareció
extraña a mí mismo. Escribí el poema, lo puse
en el correo y una semana después lo vi
publicado en esa revista, me dice, como si
hubiera contado esa historia siempre. De la
poesía anglosajona le gustan más Whitman y
Elliot. De la poesía italiana, Ungaretti y
Quasimodo. De la francesa, Baudelaire, Eluard y
Apollinaire. De la latinoamericana, Vallejo y
Octavio Paz. Kapuscinski habla y lee en siete
idiomas, en su vagabundo afán por intentar
descifrar este mundo.
Ahora dice que
su prosa le debe bastante a la poesía.
Habían matado a todos los corresponsales,
y como me volví un poeta conocido en Varsovia,
me llamaron para escribir en un periódico cuando
estaba en la secundaria. Desde el
principio, el señor K. rechazó esa división
entre el escritor y el reportero. Cuando me
preguntan qué es lo que yo escribo, yo les digo
que escribo textos. Le aviso que en
español texto es una palabra muy fea para
lo que escribe. No, en polaco es una
palabra digna y bonita, me dice
pronunciando la palabra en su idioma natal.
El problema de los géneros y las
terminologías es que tienen diferentes sentidos
en diferentes idiomas y culturas
añade. En nuestra tradición
literaria no tenemos esta distinción que hay en
América Latina entre la crónica y el reportaje.
Entonces nunca pensé en si quería ser escritor
o si quería ser periodista. Cuando me sentaba,
no pensaba en que iba a escribir una novela o un
reportaje o un ensayo. Yo sólo quería escribir
bien. Había leído que Kapuscinski no
creía en los géneros literarios tradicionales y
que esa fe en la experimentación de lo
inclasificable lo había llevado a decir que
había que escribir más libros como Tristes
Tropiques, del antropólogo Levi Strauss, o Cool
Memories de Jean Baudrillard. No se
puede escribir ahora cualquier libro. Ahora
escribir un libro debe ser una protesta,
dijo en su taller de México, como uno de los
últimos dinamiteros de las fronteras de género.
Allí sus
últimos consejos fueron leer, leer y leer.
Los periodistas se preocupan en cómo
escribir más que en aprender a leer, me
dice el señor K. La tendencia va hacia la
ensayificación la prosa, añade,
inventando este neologismo que suena a
teatralizar las ideas. Servirse de la
sociología, la antropología, la psicología y
la historia para hacer de la literatura un cajón
de sastre. Leer, viajar, investigar, leer y
escribir sólo el cinco por ciento del material
reportado. Para escribir Ebano,
Kapuscinski dice haber devorado una biblioteca de
doscientos libros sobre asuntos africanos.
También recuerda haber leído catorce mil
páginas antes de escribir un libro sobre Crimea.
Todo lo que dice parece excesivo. Kapuscinski
vuelve a mirar de reojo su reloj y empieza a
responderme con evasivas: no recuerda cuál fue
su primer libro memorable, se rehúsa a hacer una
lista de libros que hubiera querido escribir, se
olvida de citarme a sus queridos Conrad y Proust.
Cree que va a perder el avión y aún no ha
decidido cuáles de los libros que le han
regalado tendrá que abandonar, por un exceso de
equipaje, en su habitación del hotel. A
veces me preguntan qué libro influyó más en mi
prosa y yo tengo que decir que ninguno, porque no
puedo decir si alguien ha escrito antes de esa
manera. Tuve que inventar una nueva prosa.
Por ello los críticos, desconcertados, han
bautizado su estilo como faction o con el
aparatoso nombre de creative non fiction.
Pero Kapuscinski sólo escribe como Kapuscinski.
En los días de
su taller en México, el señor K había pedido
que no lo molestaran a partir de cierta hora de
la noche. A esa hora sólo quiere leer y lo que
más lee es filosofía. No le gusta tanto leer
biografías, a pesar de su admiración por esos
monumentales trabajos que Richard Ellmann
escribió sobre Joyce y Wilde. La mayoría
de biografías son sólo trabajos de no ficción.
A veces no necesitan poesía e imaginación y se
valen sólo de documentos. K prefiere irse
a dormir con un libro de filosofía. Mi
sueño fue siempre ser filósofo. Pero al momento
de entrar en la universidad, eran tiempos de
stalinismo y la facultad de filosofía fue
cerrada por considerarse muy burguesa. Tuve que
estudiar historia. El señor K tenía entre
sus filósofos favoritos a Platón, Schopenhauer,
Nietzsche y Dostoievski. Digo Dostoievski
porque el problema entre los rusos es que no
tenían filósofos académicos, y sus filósofos
están entre sus novelistas y sus hombres de
iglesia. En la tradición rusa no hay una clara
distinción entre la filosofía y la teología, y
entre ellas se entromete la literatura.
Para K., Los Hermanos Karamazov es un
clásico ejemplo de este modo de expresión del
pensamiento ruso. Y sólo los rusos hacen que
esta mañana Kapuscinski se olvide por unos
minutos de su reloj.
No sólo ha
confesado que le debe a Chejov el principio de su
libro El Emperador, sino que está de
acuerdo con él en que sólo aparece un talento
por cada dos millones de habitantes. Pero
Kapuscinski se corrige en sus cálculos a
principios del tercer milenio: Creo que
ahora aparece un talento en cada cinco o diez
millones de gentes, muy rara vez. Le
comento que la prosa de Dostoievski es
apesadumbrada y a su lado la de Chejov es más
traviesa y alegre. No. De Chejov se suelen
conocer más sus cuentos y teatro, pero no tanto
el resto de su obra, como sus diarios y sus
reportajes. Chejov fue un gran reportero. Cuando
estaba muy enfermo de tuberculosis, se fue en un
barco a una isla rusa del Pacífico, Sajaliv, y
escribió un reportaje sobre los maltratos que se
daban allí contra los prisioneros. Era un
maestro en la creación de atmósferas, de esos
pueblos en los que no sucede nada. Y fue cuando
estaba ya muy enfermo. El señor K. tose,
tres, cinco veces. Temo que esa tos insistente
haya sido como un despertador de que ya es hora
de que parta a coger sus maletas. Pero a
Kapuscinski se le suelta la lengua cada vez que
se trata de recordar a su atormentado antepasado
ruso.
Sí, Dostoievski
escribía muy mal pero su mundo literario es
memorable. El señor K está de acuerdo en que
Dostoievski fue uno de los modelos de la
literatura más imperfecta del siglo XIX, pero,
paradójicamente, más imperecedera: Un
editor moderno eliminaría la mitad de todas sus
novelas por esa tendencia de hablar, hablar,
hablar. Pero de repente, llegas a una página y
hallas cosas geniales. Esa era su forma de
escribir. En literatura, si mantienes el mismo
nivel durante todo el tiempo, te haces ilegible.
Hay que poner adentro un poco de kitsch, para
reforzar luego el mensaje. K me sorprende
con su defensa cerrada del kitsch, pero recuerdo
que de vez en cuando sus libros están plagados
de moscas literarias que sobrevuelan los ojos de
sus lectores distrayéndolos de la tensión de
una escena trágica. Siempre estoy
discutiendo eso con mis editores y más ahora que
estoy publicando mi libro Lapidarium, una
obra que va a terminar con mi muerte. Si tomas a
un escritor como Canetti, que tiene varios
niveles de calidad, haces una selección de sus
mejores pensamientos y los publicas en un librito
de cien páginas, Canetti sería ilegible,
me dice. La altura asfixia y de vez en
cuando hay que descender para encontrar un
respiro, me advierte K., como si tratara de
decirme que la buena literatura es una montaña
rusa de ideas y palabras.
Dice estar
escribiendo Lapidarium con este método,
un libro en el que la más alta filosofía se
acuesta con las notas más banales. Es una
poética del fragmento que te da la oportunidad
de descansar. Le pregunto si esta poética
de Lapidarium lo vuelve un pariente
estilístico de Nietzsche y de Cioran. A
Nietzsche sí, pero a Cioran no, porque
justamente él es un escritor que, en sus
entrevistas, dice que anda sólo por las cumbres
del pensamiento deslinda K. Es decir,
Cioran elimina todo lo que le ha costado llegar a
esa cumbre y sólo escribe la última sentencia.
Nunca puedes nunca saber cómo llegó a ese
pensamiento. Por eliminar todo el proceso para
llegar a esa última sentencia, sus libros son
ilegibles. Cioran me parece un gran ensayista
sobre la religión y la historia, pero su
escritura de aforismos es ilegible. Puedes leer
sólo uno o dos. Pero a Kapuscinski le
gusta la poética del fragmento: Es una
forma muy moderna de expresarse para el lector
contemporáneo, que no tiene tiempo de leer
historias tan largas y complejas, ese lector que
prefiere leer echado en la noche con una lámpara
que en cualquier momento puede apagar, me
dice antes de colocar su diestra empuñada sobre
su boca, que es su gesto más habitual de
escuchar.
* * * * *
Kapuscinski tuvo
que crecer bajo la sombra de Rusia. Le recuerdo
entonces ese modo de pensar ruso que no separa la
filosofía de la teología, y le pregunto qué le
parece la Biblia como literatura. La leo
todo el tiempo y muy a menudo la estoy citando
me dice, como si estuviera acostumbrado a
elogiarla. Mi libro El Emperador
tiene un poco la estructura de la Biblia. Es el
libro más dramático que se ha creado, pero
también es un libro muy cruel. Ahora se suele
criticar a la televisión por transmitir tanta
violencia, cuando más cruel ha sido la Biblia:
en sus páginas se come a niños, se llama a
matar a los enemigos, se queman casas, se sacan
los ojos a los hombres. Los dueños de la
televisión moderna no han inventado nada
nuevo. Y me viene a la mente Borges, ese
supremo inventor de citas y referencias
literarias.
Tú
admiras a Borges, pero él se atrevió a decir
que a Cien Años de Soledad le sobraban cincuenta
años.
¿Eso
dijo?
Sí.
No, yo
admiro la obra de Gabo. Borges tenía otras
virtudes: demostrar que con el texto se puede
crear literatura.
Pero
Borges abominaba el periodismo
Era un
aristócrata y tenía ideas derechistas. Pero
siempre he estado en contra de clasificar el
valor de la literatura por las ideas políticas
de sus autores.
Si en algo
te pareces a Borges, es que él también era un
gran lector de filósofos
Sí. Pero
los críticos suelen compararme más con
Saint-Exúpery.
¿Qué tienen en
común Kapuscinski con el autor de El
Principito? El señor K me recuerda que
Saint Exúpery era un hombre viajero, pero no un
viajero turista sino que los suyos eran viajes de
trabajo, en situaciones muy duras como han sido
las suyas. El Principito no es un
libro para niños. No soy partidario de esas
clasificaciones. Pero K sonríe, entre
sacralizado y disidente, cuando lee lo que sobre
él dicen las contraportadas de sus libros.
Sus escritos se sitúan justo entre Kafka y
García Márquez. Y símiles aún más
acrobáticos y delirantes: Se lee como una
versión de Lewis Carroll sobre Hitler en su
búnker. No puedo evitar preguntarle sobre
el otro ciudadano K., citándole lo que había
escrito un crítico después de su lectura de El
Emperador: El efecto es como si Kafka
hubiera El Castillo desde dentro.
Sabía que Kapuscinski admiraba a García
Márquez y que éste había contado haber llorado
cuando leyó por primera vez La Metamorfosis.
Kafka me gusta, pero no tengo nada especial
que decir sobre él, me dice otra vez como
una evasiva. Y añade, casi como una disculpa, al
darse cuenta que no me convence su respuesta:
Yo leí a Kafka no tan joven, y luego, por
mi trabajo, no tuve tiempo de releerlo. Tuve que
concentrarme en lecturas antropológicas sobre el
Tercer Mundo fuera de Europa. Preparaba un libro
y me ponía a leer todo sobre ese tema
particular. Todo depende de tu propia historia de
lector. Europa ha estado demasiado ocupada en sí
misma mientras yo leía miles de páginas sobre
el Tercer Mundo fuera de ella. No he sido un
lector de placer sino de oficio.
Kapuscinski habla con los brazos. Algo me salva
de que no se vaya: los ademanes del señor K han
acabado por esconder su reloj debajo de su manga.
* * * * *
Hace media hora
que Kapuscinski ha acabado su vaso con agua. Le
pregunto si tiene algo contra los best-sellers.
Una de las maravillas para la literatura del
siglo XIX era que no existía esa división entre
grandes novelistas y escritores populares. Los
lectores de Víctor Hugo y Balzac serían los
mismos que hoy estarían leyendo a Stephen King y
Joe Grisham. Sí, estoy en contra de los
best sellers, pero no puedo hacer nada. Es un
gran problema de nuestro tiempo. Es una trampa
muy engañosa, pero The New York Times Books
Review encontró esta solución: en cada
lista de libros más vendidos ponen también una
lista de los libros preferidos por sus críticos.
Es como una balanza que muestra las tonterías
del mundo con sus best sellers, pero también que
hay libros valiosos, me dice y hace el
gesto de levantarse de la mesa como una amable
amenaza de que ya debe irse.
Sólo me queda
atarlo con palabras y más palabras un minuto
más. Le cuento entonces que había comprado Siberia,
el libro del viajero Colin Thubron, un autor
británico hasta entonces desconocido para mí,
sólo porque su edición en español estaba
amordazada con una cinta publicitaria en la que
el autor de El Imperio decía que era un
libro maravilloso, y Kapuscinski me dijo que
nunca se lo iba a contar porque Thubron se podía
enfadar. Antes de despedirme, le recuerdo que
George Steiner había anunciado la muerte de la
literatura casi en complicidad con los bajos
instintos de Bill Gates. Es una profecía
absurda. Toda la historia consciente de la
cultura humana empieza porque el primer hecho
estaba escrito, me dice K, frunciendo el
entrecejo, como si esta vez se pusiera de pie
para irse a ajustar cuentas con Bill Gates y
todos esos viles abolicionistas de la tinta y el
papel.
¿Crees
que te pareces a todo lo que has escrito?
No, creo
que debo escribir más de lo que he escrito. Mi
problema es que tengo demasiados libros que aún
no he escrito.
Dime sólo
uno de ellos
No puedo.
me sonríe. Es un secreto.
* Julio
Villanueva Chang es
periodista peruano, editor de la revista Etiqueta Negra. Participó en el primer taller de
crónica que impartió Ryszard Kapusinski a periodistas latinoamericanos, en la
Ciudad de México (2001).
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