Periodismo
y literatura:
un préstamo entre amigos
Escritores y periodistas, en
homenaje a Ryszard Kapuscinski,
desnudan las técnicas narrativas y las
enseñanzas del maestro y analizan el alcance del
nuevo periodismo.
Para ser buen
periodista, primero hay que ser buena
persona
R. K.
Anuar
Saad Saad *
Primer acto
Ritual de brujos evocando al
gran espíritu
El
escenario estaba dispuesto. Los cinco tomaron
asiento frente a una comunidad que los miraba
extasiados. Uno de ellos hizo uso de la palabra y
pronunció la frase evocatoria. De alguna u otra
manera, todos los que ahí estaban y muchos que
ahora, increíblemente, hacían parte del
auditorio, fueron tocados por lo menos una vez en
su vida por la personalidad arrolladora, por su
pluma curiosa y narrativa o por su entrega
incondicional. De alguna forma todos le habían
seguidos sus pasos y ahora estaban allí para
confirmarlo. Era el otro adiós al amigo, al
maestro, al reportero, al contador de historias.
Era un hasta pronto a Kapuscinski.
En la mesa
estaban como invitados a este reconocimiento Jon
Lee Anderson autor entre otros del libro
perfil sobre el Ché Guevara y de La
caída de Bagdad-; Erich Hackl, un escritor
austriaco de sonrisa amplia, de español afectado
y con un dejo de niño abandonado; Ricardo
Cayuela, director en México de la prestigiosa
revista Letras Libres; Sergio
Ramírez, político (fue vicepresidente de
Nicaragua) y autor de numerosas obras, entre
ellas la ganadora del premio Alfaguara de Novela,
Margarita está linda la mar, y
moderados por Jaime Abello Banfi, director de la
Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.
Detrás de bambalinas se encontraban, mezclados
en el público, Tomás Eloy Martínez, María
Teresa Ronderos y Martín Caparrós. Todos
estaban allí por el mismo motivo: resaltar la
labor del maestro Kapuscinski.
Erich Hackl, el
escritor austriaco con cara de niño abandonado,
fue el primero en evocar al maestro recientemente
desaparecido. A Richard lo identificaba la
solidaridad con las víctimas. En sus historias
es fácilmente comprobable que él se entremezcla
con ellas y se vuelve uno más de los que han
sido abusados, victimizados, sometidos,
expropiados, desplazados y desaparecidos. El
enfoque de sus historias gira en torno a ellos.
Es un periodista que está a la altura de los
más grandes de la historia en este oficio, que
descolló por su honestidad e intensidad de su
trabajo y, sobre todo, por no estar de acuerdo
con el mundo tal cual está hecho.
Hackl se detiene
para ver la reacción del auditorio que sigue
embelezado y, como el buen torero, entonces
remata: Kapuscinski se encargó de hacer
grande, relevante e imprescindible el género del
reportaje y, a través de él, buscó su
identidad como periodista.
Y es cierto.
Bastaba con recordar uno de sus último escritos
para la FNPI en que sostenía que miraba con
preocupación la pérdida de la responsabilidad
social en el periodismo, debido a que una noticia
en televisión, por ejemplo en CNN, era manejada,
antes de salir al aire, por varias personas y al
final nadie sabía a ciencia cierta quién era el
responsable de esa nota. En prensa, hay más
compromiso porque todavía el que escribe la
historia, la destaca con su firma. Y el remate
con una frase, ya inmortal entre el gremio
periodístico: Para ser un buen periodista,
hay que ser primero una buena persona.
Fue ahí cuando
Jon Lee Anderson dejó de mirar abstraído de un
lado para otro, carraspeó, y empezó su visión
del periodista y escritor al que conoció cuando
todavía era un reportero imberbe. Lo
conocí siendo yo un joven reportero a mediados
de los años 80. Apenas lo conocí, se convirtió
para mí en una revelación. Yo era un joven
reportero que tenía instintos de escritor, pero
que no sabía qué rumbo tomar. Yo quería estar,
como Kapuscinski, dentro de los sucesos que
estaban cambiando al mundo, porque veía, como
él, que la realidad verdadera no salía nunca en
la televisión ni mucho menos en la prensa de los
Estados Unidos.
A esta altura, a
los asistentes ya no les importaba que estuvieran
apretados. Ni que uno u otro buscaran refugio en
las frías baldosas, que, a falta de sillas,
hacían las veces de asientos. Los jóvenes
estudiantes de Comunicación Social extendían
sus grabadoras y hasta modernos
celulares para no perder detalle de alguien
que les estaba hablando sin el rótulo de
estrella, sino como un simple reportero.
En ese
trance de recoger y contar historias que nunca
salían publicadas, me topé con
Kapuscinski, continuó Jon Lee Anderson
después de beber un sorbo de agua. Ya en
ese tiempo él narraba las historias que otros no
podíamos publicar. Él me abrió el camino a
seguir. Con su curiosidad insaciable siempre
quería recoger los hechos, nombres; querer,
sentir penas y alegrías de la gente sin nombre,
de la gente sin voz, de aquellos desposeídos que
nada tenían. Era ese gran hombre del norte que,
de alguna manera, representaba al gran sur.
Casi sin
terminar la frase, Sergio Ramírez, el laureado
escritor nicaragüense que hasta ahora había
permanecido en silencio con una cara equivocada
de pocos amigos, habló con su voz de
trueno: No olvidemos que Kapuscinski fue un
corresponsal de prensa para Polonia cuando estaba
bajo el yugo de la cortina de hierro y por
ello sus despachos eran casi todos censurados. Es
por eso que de la obra periodística de
Kapuscinski se conoce realmente muy poco y puedo
asegurar que el periodismo fue para él un
pretexto para oficiar como narrador pero con más
énfasis creativo y literario.
Entonces lanza
una de las mejores definiciones que, por lo menos
este periodista, ha podido escuchar sobre el
legendario reportero: Es una especie de
Herodoto, el famoso historiador griego, que
exploró el mundo de extremo a extremo para
conocer sus personajes desde la visión de su
propia curiosidad, y poder así contar sus
historias. Kapuscinski es el periodista que fue
capaz de trascender por el peso y contenido de
sus propias palabras. Es, sin duda, el Herodoto
de la modernidad. Un periodista que ha narrado
nuestra historia.
Alguien,
seguramente un estudiante emocionado, inició un
tímido aplauso que fue sepultado por la mirada
reprobadora de sus contertulios que no querían,
bajo ningún pretexto, que el manantial narrativo
en torno a una leyenda se detuviera. Esa pausa
casi imperceptible sirvió de excusa para
terminar el primer acto.
Segundo acto
¿El periodismo es literatura?
El auditorio
sabía que ahora, después del plato fuerte, iban
a servir el postre. Y por lo visto, era igual de
bueno. Muchos de los que ahí estaban eran
escritores incipientes, docentes abnegados,
profesores despistados, estudiantes escépticos y
periodistas empedernidos. Todos ellos enredados
alguna vez en la vieja y sin fin discusión: ¿Se
puede hacer periodismo con literatura? Y se
levantó el telón.
El escritor
austriaco Erich Hackl asegura que su fórmula
creativa es
acercarse al tema desde
la óptica del escritor para buscar mis
personajes y mis historias. Después viene el
problema de encontrar la forma para contar
esa historia. Me gusta compartir con las
personas, -con las víctimas- su dolor, su
ideología, y me gusta que ellos sientan que de
alguna forma los estoy acompañando. Trato de
llenar mis historias con hechos, personajes y
diálogos reales. Hago novelas basándome en las
técnicas del reportaje literario y cuando, por
necesidad estética o falta de información sólo
hay literatura en algunos fragmentos de mis
escritos, procuro dejar claro que sólo es un
punto de vista personal (el mío) sobre algo que
pudo haber pasado. Hay que ser honestos, eso es
lo que en verdad importa.
Sobre la
búsqueda de la técnica en el oficio, y la
simbiosis entre literatura y periodismo, Jon Lee
Anderson prefiere explorar el espinoso tema desde
anécdotas, vivencias y reflexiones personales.
Quién mejor que él, presente en guerras del
Medio Oriente, África y conflictos
latinoamericanos, para expresar su punto de
vista. Quién mejor que él que ha perfilado,
bajo la mirada del periodista literario, la
semblanza de verdaderos personajes de nuestra
época, desde Gabriel García Márquez, pasando
por el temible dictador Charles Taylor y
recientemente por el idolatrado y odiado Ernesto
El Ché Guevara
Y empieza, como
en un buen lead, ganándose a la
audiencia:
No siempre fui periodista.
Aquí donde me ven he sido cavador, carcelero,
albañil profesional y cortador de césped. Y
créanme que todas esas vivencias que compartí
con personas luchadoras y honestas, me han
servido para sensibilizar mi escritura. Cuando
trato de escribir mis crónicas trato de hacerlas
apegado a los hechos, a los recuerdos y a los
momentos que he vivido personalmente con el tema.
Mi trabajo La caída de Bagdad tenía
más notas originales para desarrollar el relato,
pero finalmente solo conté lo vivido. Los hechos
que a través de mis experiencias pude conocer y
corroborar, sin perder de vista que yo era uno de
los únicos 25 extranjeros que estaban dentro de
ese país en guerra, son totalmente certeros y
verificables. Mi regla de oro es no llenar con
ficción lo que no he podido comprobar. Como
cronista puedo utilizar las herramientas de la
literatura para contar mejor la historia, pero
nunca tengo permiso para inventar los
hechos.
La respiración
agitada de los jóvenes aprendices del oficio
indica que la conversación está llegando al
nivel que ellos querían. Que algunas viejas
dudas estaban a pocos minutos de ser resueltas.
Con naturalidad, como hablándole a viejos
amigos, Jon Lee Anderson prosiguió: Esto
no quiere decir que uno deba desechar el rumor.
Si bien él mismo no es noticia, el rumor no es
para desoírlo, porque el rumor se puede incluir
en un texto como la realidad que percibe sobre
un hecho una determinada población. Se toma
ese rumor desde el punto de vista de quienes lo
dicen.
Por
ejemplo, en la historia sobre Charles Taylor, el
sanguinario dictador africano, el rumor en la
población era que él bebía sangre humana
y fresca todas las noches. Yo no vi, ni fui a su
cuarto, para ver si debajo de su cama tenía un
balde con sangre para beber, pero todos los
habitantes lo daban por hecho. Tratando de
corroborar esto, le pregunté hasta al Arzobispo
de la población, quien me contestó que no lo
había visto, pero que sí lo creía. El rumor, o
las creencias populares, ayudan a enmarcar o
colorear el texto. Pero nunca puedo inventar. En
el New Yorker, por ejemplo, existe una
cuadrilla de verificadores
periodistas encargados de verificar la
información que los reporteros envían
para saber si los datos son o no ciertos. Ellos
siempre verifican mis apuntes, y, en el caso de
Taylor, llamaron al mismísimo dictador y le
hicieron la pregunta: '¿Es cierto que usted bebe
sangre humana cada noche?'. Y también le
preguntaron que si había matado alguna vez. El
negó lo primero, pero aceptó que una vez, en
medio de la guerra, sí había matado a alguien.
Mis relatos tratan de aleccionar a la humanidad.
Tratan de mostrar que, lo que pasa allá, puede
ocurrirnos a nosotros. Mi intencionalidad,
además, es que la gente conozca el dolor y el
sufrimiento de las víctimas, el costo de la
violencia, para tratar de que la historia no se
repita.
No había duda:
el postre era tan bueno como el plato fuerte, y
lo mejor es que iban a seguir dando más de lo
mismo. Sin dejar que el auditorio se enfriara,
Sergio Ramírez apuntó: Mis novelas parten
desde hechos históricos pero generan visiones
que se vuelven historias. La historia verdadera
no es atractiva para los lectores, me refiero a
la de los libros de historia, que en el caso de
América Latina está mal contada. Es pobre en
detalles, descripciones y objetividad. En
Latinoamérica, más que de novela histórica,
hay que hablar de novela a secas ya que siempre
tienen que ver con la historia. Por eso el
novelista, siempre y cuando conozca la historia,
puede llegar más cerca del pueblo, como es el
caso del libro Santa Evita de Tomás
Eloy Martínez. En el caso del novelista puro, no
del periodista, el verdadero triunfo es que la
gente crea que todo es cierto, aunque no lo sea.
Pero pesa tanto la novela, que hay cosas que el
tiempo vuelve realidad: en la matanza de las
bananera, los muertos fueron los que dijo García
Márquez en Cien Años de Soledad unos seis
mil y no treinta o cuarenta, como lo
reseña la historia. La historia que perdura es
la de la novela.
(
)
En la relación entre periodismo y novela lo que
existe es un préstamo mutuo. Lo que la novela le
presta a la crónica real son los instrumentos
para contar la historia, porque el cronista no
puede inventar pero sí formular el relato
atractivo, dinámico y terminar con un golpe
maestro. Es llevar la técnica del narrador de
ficción a la realidad. En conclusión, la nueva
historia no está siendo escrita por los
historiadores, sino por los buenos cronistas de
nuestros tiempos.
Libre de
ataduras, y avanzadas dos horas y media de
charla, el público, sin remilgos, aplaudió.
Tercer acto
Un consejo, por favor
Afuera, lejos ya
del cerrado auditorio, Jon Lee Anderson trata de
liar un cigarrillo desafiando la fuerte brisa
caribeña. Sergio Ramírez y Ricardo Cayuela, son
asediados por los periodistas y por estudiantes
que desean fotografiarse con ellos. Uno que otro
pide un autógrafo, mientras que Jaime Abello
Banfi anuncia el lanzamiento de un diplomado
virtual a través de la Fundación, sobre
Periodismo Literario.
Me acerco
sigiloso como si quisiera tender una
emboscada al veterano corresponsal de
guerra, el mismo que estaba en Cartagena dictando
unos seminarios sobre cónica para la FNPI.
¿Por qué
siempre personajes terribles, antihéroes,
protagonizan sus perfiles? le disparo a
quemarropa.
¿Acaso
García Márquez es un personaje terrible?
se defiende.
-Ah, pero es una
excepción- aclaro.
Lo bueno
de desnudar estos personajes es para mostrarle al
mundo lo que hemos sido capaces de generar. Y
también para prevenir que la historia vuelva a
repetirse.
Entonces me mira
imperturbable y me pregunta sin dejarme a mí
preguntar:
¿Eres
árabe?
De padre y
madre, pero nací en Barranquilla.
Ah,
Barranquilla. Mucha influencia árabe en esa
ciudad
Sí, así
es
¿Has
viajado al medio oriente?
No. Perdí
varias oportunidades de hacerlo, respondo
desconcertado.
Entonces, ya
terminado su cigarrillo, Jon Lee Anderson sonríe
y comenta antes de marcharse:
Hay dos
cosas que forman a un periodista completo.
Primero, seguro, la buena y oportuna lectura de
textos que sirvan como formación de su estilo.
Pero otra cosa que un periodista debe hacer es
viajar. Conocer el mundo. Si es ese mundo
lejano, mejor. Pero por lo menos, conocer
completamente el país donde estamos
viviendo
Acepto el dardo
lanzado y trato de asimilarlo, pero cuando
intento replicar ya es tarde: el cavador de
fosas, carcelero, albañil, cortador de césped,
el mismo que interiormente está convencido que
Charles Taylor bebía sangre humana y el mismo
que ganó el premio Pulitzer de periodismo había
desaparecido.
* Anuar
Saad Saad es
comunicador social-periodista colombiano,
especialista en comunicación para el desarrollo.
Coautor de la Biblioteca Moderna de
Periodismo, se
desempeñó como jefe de redacción del diario El Heraldo de Barranquilla. Es colaborador de SdP y docente de las universidades Tecnológica de Bolívar y Jorge
Tadeo Lozano, seccional
Caribe. Actualmente está terminando su primer
libro de cuentos. Este texto fue escrito para Sala de Prensa y fue publicado también en el diario El Universal de Cartagena.
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