Traficantes
de realidad
Marcelo
Jelen *
Como de
costumbre, en el principio fue el verbo. Un breve
comunicado de prensa mecanografiado sobre la hoja
membretada de un desconocido instituto
científico fue la primera señal sobre el
escritorio del periodista. Pero él no le dio
mucha importancia. Era un día feo o hermoso,
estaba enamorado o deprimido, había mucho
trabajo o bien poco y las horas se sucedían unas
iguales a otras. No importa ahora por qué, ese
sobre fue a parar al cajón junto a otros papeles
que suponía tan irrelevantes como ése.
Con las semanas,
las gacetillas, fotografías, currículums y
recortes de diario con el mismo membrete se
fueron acumulando peligrosamente. El periodista
tuvo que pedir un sobre de los grandes a la
secretaria del director para guardar todo ese
papelerío, pero al tiempo ya necesitaba una
carpeta. La cosa impresionaba. A pesar de que no
tenía mucho tiempo para averiguar de qué se
trataba todo eso, llamó dos veces al teléfono
que aparecía en los comunicados. Los murmullos
sordos de un fax lo detuvieron. Creyó que en ese
momento no valía la pena dejar el mensaje.
El doctor
Gregor, el protagonista de esa avalancha
informativa, era en la foto un señor canoso,
bigotudo, de guardapolvos blanco y moñita a dos
colores. Según los comunicados, había creado
mediante manipulación genética una nueva
especie de cucaracha que alcanzaba cuarenta
centímetros de longitud, más o menos. Con las
secreciones glandulares de esos insectos
desarrolló una vacuna contra los efectos nocivos
de las radiaciones atómicas. El trabajo de
Gregor merecía elogios en el mundillo
académico, de acuerdo con las fotocopias de las
cartas enviadas por sus colegas. Pero lo que más
impresionó al secretario de redacción fue la
foto de la cucaracha. "Qué asco",
murmuró. "Imagináte un bicho de éstos en
tu bidé."
Esa tarde había
una interpelación, un incendio, una renuncia en
el gabinete, una final de campeonato. Ya nadie se
acuerda qué, pero tampoco entonces llamaron al
instituto.
El periodista se
encontró una madrugada después del cierre de
edición con un amigo de la adolescencia que se
dedicaba a la venta de artículos para médicos.
Por el cuarto whisky, recordó el caso de Gregor
y preguntó a su amigo si lo conocía. La
respuesta fue que no. Sin embargo, la historia le
pareció verosímil. La industria del medicamento
avanza a velocidad de vahído y no dejará de
hacerlo hasta lograr la inmortalidad o el
suicidio perfecto. Entre el quinto y el octavo
whisky, el tema de conversación fue el
interferón, un remedio para el cáncer elaborado
con prepucios humanos.
El día
siguiente, era obvio, vino de resaca.
El periodista
recibió la primera llamada de uno de los
asistentes del doctor Gregor a las tres de la
tarde, mientras intentaba deglutir tembloroso un
sandwich de longaniza con un café doble y
aspirinas. El científico había llegado a la
ciudad pocos minutos antes y convocó una
conferencia de prensa para las cinco.
"Sea
puntual, por favor. El doctor tiene mucho
trabajo", dijo el empleado. Justo entonces,
cuando había que cerrar dos páginas de apuro.
¿No se podía arreglar una entrevista en el
laboratorio, con fotógrafo y todo? "El
doctor no concede entrevistas. No se lo tome como
algo personal, pero ya ha tenido algunos
problemas con algunos colegas suyos. Se sentirá
más tranquilo si van todos los periodistas
juntos. Los demás ya están avisados."
Gracias.
"¿Gregor?
¿El de la cucaracha?", preguntó el
secretario de redacción. "Llevá
fotógrafo. ¿Gregor cuánto es? Ah, es el
apellido. Sí, debe ser checo o eslovaco o de
quién sabe dónde; ahora nunca se puede saber si
un país existe o no. Apuráte que no llegás.
Tomáte un taxi que te lo pago cuando
pueda."
La conferencia
de prensa estaba servida. Era en un salón de
fiestas alquilado. Una larga mesa, varias hileras
de sillas plegables, una secretaria que recibía
a los periodistas. Lo único que faltaba era el
plato principal, el propio doctor Gregor. Eran
las cinco y cuarto y el tipo no aparecía. Las
radios, los canales, los diarios, hasta los
semanarios y las agencias, todos los medios
estaban presentes.
Sólo quedaba
tomar café y hablar de cualquier cosa. Nadie
sabía siquiera el nombre de pila del
científico, ni su nacionalidad; algunos se
habían preocupado de leer los comunicados.
Gregor llegó
con la tardanza habitual en estos casos, pero uno
de los camarógrafos todavía no había
encontrado enchufe para su lámpara. Sí, ese
tipo que entraba al salón y se sentaba detrás
de la mesa era el de la foto, aunque en vez de
guardapolvos vestía un saco de tweed. Así que
éste era el científico loco, el doctor de
cucarachas... Antes de pronunciar palabra, sacó
dos píldoras de un frasquito, se las metió en
la boca y las arrastró con un buche de agua.
Todos pensaron que el hombre estaba enfermo
cuando la misma secretaria que llevaba las
bandejas de café comenzó a pasar entre los
asientos repartiendo píldoras. Dos para cada
uno.
"Este
medicamento no tiene efectos secundarios y,
administrado de forma periódica, produce
inmunidad a las radiaciones nocivas",
sentenció Gregor, con un intransferible acento
eslavo. "Tómenlas sin miedo. Ya las están
distribuyendo por los alrededores de Chernobyl.
La Food and Drugs Administration las está por
autorizar para tomar baños de sol sin
bronceador."
El doctor Gregor
se levantó de su silla y esperó que cesara el
murmullo. Entonces, hizo un ademán que dio
confianza a los cronistas; uno a uno, fueron
tragando las píldoras. La mayoría puso cara de
asco y alguno hasta fingió un estornudo para
meterlas con disimulo en el bolsillo. El
científico moduló una sonrisa bondadosa y
describió a pasos lentos un par de círculos
delante de la mesa. Luego, emprendió una larga
explicación de sus experimentos. Se notaba su
esfuerzo por hacerse entender en un idioma que no
era el suyo. Nadie, excepto Gregor y sus
asistentes, parecía saber mucho de biología ni
de ciencia alguna. De cualquier manera, el asunto
sonaba razonable: un corte en el cromosoma 23 de
la cucaracha doméstica, a la altura del gen
VI-133, el transplante de una partícula de
estroncio en el intersticio, el procesamiento de
la linfa del espécimen resultante.
Pocas dudas
quedaban cuando concluyó la conferencia. Apenas
un par de preguntas, que merecieron extensas
respuestas con la ayuda de un pizarrón y un
asistente que traducía los pasajes más
complicados del alemán o algo así. Luego, los
murmullos se dirigieron a hacia uno de los
ayudantes de Gregor que entraba a la sala
cargando una cucaracha disecada de casi medio
metro sobre un soporte de madera. El doctor se
alejó de la mesa y se despidió de los
periodistas para desaparecer por la puerta del
costado. Los de la televisión y la radio, que
siempre andan pidiendo
un-resumen-de-treinta-segundos-por-favor, estaban
desolados. El secretario del científico les
explicó que había mucho trabajo atrasado en el
laboratorio.
A bordo del taxi
de vuelta, el periodista tomó su grabador, su
libreta de notas y los auriculares. Desafió los
baches y comenzó a desgrabar a mano, como para
llegar a la redacción con el título pensado.
Seguía sin saber el nombre de pila ni la
nacionalidad del médico, pero ya no sufría la
resaca. "Las píldoras", pensó.
La jornada
había valido la pena. Cucarachas gigantes ponen
coto a la amenaza de una hecatombe nuclear. El
doctor Gregor es tuyo ahora, querido público.
***
Hace más
de un cuarto de siglo que Joey Scaggs, un artista
plástico neoyorquino, viene fabricando noticias.
Encarnó al doctor Gregor frente a los grabadores
y las cámaras con un guardapolvos, una moñita y
un poco de tintura para el pelo. Era su cara la
que se asomó a las pantallas de televisión
minutos después. Las palabras que pronunció
aparecieron en negro sobre blanco en miles y
miles de diarios a la mañana siguiente. Los
periodistas habían caído en la trampa.
No fue la
primera vez, ni tampoco la última. Scaggs
prestó su cuerpo a Giuseppe Scaggioli, el
banquero que depositaba en sus cofres semen de
estrellas de rocanrol y lo ofrecía en tubitos a
las fanáticas, que bloquearon los teléfonos de
los diarios para ofrecer sus úteros a la
ciencia. Fue también el dueño de Hair Today,
una empresa que compraba por adelantado el
cabello a los futuros cadáveres, y de Comacoon,
un sanatorio antiestrés que incluía
alucinógenos en su vademécum.
Las noticias de
Scaggs sortean con frecuencia los controles de
las agencias internacionales y terminan en los
informativos y en los diarios de todo el mundo, a
pesar de que están llenas de luces amarillas: el
nombre del doctor Gregor, por ejemplo, fue
elegido en homenaje a Gregor Samsa, el personaje
de Franz Kafka que se convierte en cucaracha a lo
largo de la novela "La metamorfosis".
Todo esto hace
pensar que no es necesario ser inteligente para
trabajar de periodista. Es posible aun siendo un
perfecto imbécil.
¿Por qué los
periodistas se creen las puestas en escena de
Scaggs? Porque el grueso del trabajo
periodístico se parece más a la burocracia de
las oficinas públicas o a la rutina de las
fábricas de tornillos que a las aventuras que
narran las películas sobre periodistas. Buena
parte de la información que llega al público
trasciende por mecanismos similares a los
empleados por Scaggs para mostrar una cucaracha
gigante moldeada en papel crepé.
El dirigente
político que impulse una reforma constitucional
o el presidente del club de fútbol que desee
comprar un mediocampista mozambiqueño ordenarán
a sus secretarios que envíen cientos de
comunicados, gacetillas y fotos y que convoquen a
conferencias de prensa, si es posible, con whisky
& saladitos. Y tal vez lo que tengan que
exponer al público no sea tan interesante como
la vida y los milagros del doctor Gregor.
"Quiero
demostrar lo fácil que puede ser manipular las
noticias", dice Scaggs. Es que la difusión
de un hecho implica, necesariamente,
manipulaciones que lo convierten en noticia. Las
fuentes manipulan, los periodistas manipulan, las
empresas periodísticas manipulan. Así surge la
duda: ¿aquello que los medios transmiten es o no
más "real" o "verdadero" que
la escultura de una cucaracha de un metro?
Amable público:
la realidad es casi tan inasible como la
ficción. Nadie puede pretender atraparla tal
cual es. La realidad conocible constituida
apenas por una fracción de lo que se denomina
"realidad" es un producto, una
convención generada por un número abrumador
pero finito de intercambios de información. El
periodista sólo puede trazar una de sus tantas
versiones posibles: una versión periodística.
Los periodistas no pueden pretender que beben la
realidad entera de una cucharada, aunque muchos
crean hacerlo. Como todo el mundo, sólo pueden
hacer el intento de clavar el escarbadientes en
una miga.
La ciencia ha
perdido toda esperanza de condensar el universo
en un tubo de ensayo o sintetizarlo en una
fórmula matemática. Los astrónomos, por
ejemplo, ya saben que los cuerpos celestes que
postulan quizá ya no existan y que sus
posiciones en el cielo están modificadas por el
efecto de la gravedad sobre la luz. Pueden
extender sus miradas algunos cientos de miles de
quilómetros con muletas satelitales, pero todo
lo demás es teoría. Fausto ha renunciado al
microcosmos.
Según la
física moderna que ya tiene unas cuantas
décadas, es imposible determinar todos los
parámetros del fenómeno que se estudia. Werner
Heisenberg, fundador de la mecánica cuántica,
llegó a formular, incluso, el "principio de
indeterminación", dada la imposibilidad de
describir con exactitud la ubicación y la
velocidad de los cuerpos de un sistema atómico.
Sólo se pueden determinar las posibilidades de
que estén o no en algunos lugares alrededor del
núcleo.
Mientras
Heisenberg se ganaba un premio Nobel por admitir
que el conocimiento de la física apenas era
posible como aproximación, los periodistas
más cerca del arte que de la ciencia
han hecho un oficio de traficar con la realidad.
El truco es tan
bueno que la mayoría de los clientes de los
medios periodísticos suponen que lo que éstos
difunden es "la realidad". Hasta los
periodistas y sus patrones se lo creen, aunque
sólo estén mostrando un grano de polvo posado
sobre un jirón de una costura de esa pelota de
fútbol imposible de patear que es el universo.
Es una "realidad" desvariada, una
alucinación: la noticia se instala en las mentes
como si fuera un hecho.
***
Carl
Bernstein, uno de los cronistas del célebre caso
Watergate, definió el verbo "informar"
como "dar la mejor versión obtenible de la
realidad". Y nadie puede asegurar ni
el propio Bernstein lo pretende que sólo
un periodista puede obtener esa mejor versión.
¿Por qué no, por ejemplo, un adiestrador de
caniches?
¿La mejor
versión obtenible de la realidad es
periodística? Eso, igual que la existencia de
los dioses, es una cuestión de fe. Muchos
periodistas creen que sí, a pesar de las
cucarachas que se cuelan entre sus materiales de
trabajo. Con ellos, el periodismo igual que
la religión, igual que la ideología ha
adoptado un discurso totalizador y totalizante
que, a la larga, corre el riesgo de volverse
totalitario. El periodismo es, apenas y
nada menos que, periodismo. Ningún
periodista puede contar-las-cosas-tal-como-pasan.
Eso es imposible. A lo sumo, puede contarlas tal
como se ve que pasan. Se aproxima, pero siempre
quedará lejos.
El problema de
la "verdad" quitó el sueño a decenas
de filósofos y científicos célebres por
milenios, antes aun de que existieran los medios
modernos. Pero todas esas teorías no preocupan
mucho a los periodistas que no hayan sido
acusados en los tribunales de difamación o algo
por el estilo. ¿Para qué, si tanta inteligencia
nunca logró ponerse de acuerdo?
El filósofo
francés Michel Foucault dijo que "cada
sociedad tiene su régimen de verdad, su
'política general' de la verdad: es decir, los
tipos de discurso que acoge y hace funcionar como
verdaderos o falsos; las técnicas y los
procedimientos que están valorados para la
obtención de la verdad; el estatuto de quienes
están a cargo de decir lo que funciona como
verdadero".
Los periodistas
postularon durante décadas la
"objetividad" como criterio
determinante de la calidad de sus trabajos y
hasta de la veracidad de la información que
ofrecían. Resultó imposible. Las rocas y los
termómetros pueden ser "objetivos",
pero los periodistas sólo pueden ser subjetivos,
en tanto no son objetos sino sujetos que por lo
general informan sobre otros sujetos. La
objetividad, más que una pretensión ética,
resultó una escuela estética que reclamaba
cierto despojamiento, medido de acuerdo con la
subjetividad de los periodistas y empresarios
periodísticos que se creían objetivos y el
reflejo empañado de la infinidad de
subjetividades que intervenían en el proceso.
Eso sirvió, en su momento, como cohartada para
los medios aburridos y escudo para los
periodistas temerosos.
"En el
conocimiento hay un cuerpo de verdad exacta muy
pequeño cuyo manejo no requiere mayor habilidad
o entrenamiento. El resto que da a discreción
del propio profesional", decía Walter
Lippman, un presigioso periodista estadounidense
para quien todo "se puede decir en cientos
de formas diferentes". O sea que todo
depende del oculista que recete los cristales.
Como decía el músico californiano Frank Zappa,
"existen tantas formas diferentes de
expresar algo que es muy posible que el otro
nunca sepa qué quisiste decir".
En su
traducción periodística, el calificativo de
"verdadero" recae sobre la información
comprobable (porque soportará más o menos
indemne que alguien quiera tildarla de mentira)
planteada de modo verosímil (porque parece
"de verdad"). La ausencia de
comprobabilidad debería alcanzar para
desecharla.
En algunos
casos, verosimilitud y comprobabilidad parten de
una base material, como la existencia de un
documento o registro grabado. En otros, descansa
sobre la presencia del periodista en el lugar
donde sucedió el hecho que se pretende convertir
en noticia o en la existencia de un informante
que se identifica con nombre y apellido. Si la
información carece de uno de esos soportes, un
periodista responsable y con tiempo suficiente
aplicará procedimientos de "chequeo"
la consulta a más fuentes para
ajustarla al criterio de comprobabilidad.
Los dichos y
hechos recabados que pasen por los coladores de
esta particular visión de la
"realidad" y de la "verdad"
serán luego sometidos por el periodista a una
delicada selección. Será más fácil
transformarlos en noticia cuanto más prominentes
o poderosos sean sus protagonistas, cuanto más
recientemente se hayan producido, cuanto más
ocultos se hayan encontrado, cuanto mayor
conflictividad revelen, cuanto mayor sea la
porción de público sobre la que influyen,
cuanto más muertos o heridos involucren, cuanto
más absurdos suenen, cuanto más morbo desaten.
El periodista coteja esos elementos, los combina,
resalta algunos y resta importancia a otros. Al
mismo tiempo, desecha aquellos que, según él,
no valen la pena por el momento. Se trata de
aplicar las pinzas y bisturíes del lenguaje, que
tanto sirven para moldear una noticia como para
inventarla.
***
La
función del periodista quizá sea narrar cosas
aproximadamente "reales" y
aproximadamente "verdaderas" de las que
aquellos que no son periodistas no se enterarían
de otro modo que a través de un medio
periodístico. A su vez, el oficio del periodista
consistiría en obtener esa información y
procesarla (o sea, manipularla) para que el
cliente de la empresa periodística la consuma.
Este procesamiento la
"edición" es lo que convierte la
información pura, químicamente dura, en
noticia. Por lo tanto, la noticia es información
tamizada, con colorantes y conservadores
artificiales, adulterada: es información
crocante, preparada para que el público se
entere, así como el pan es harina preparada para
que el público la coma.
Es decir que las
noticias no son hechos, ni los hechos noticias.
El periodista
también inocula en el consumidor de los medios
la necesidad de estar informado. Le convence de
que aquello sobre lo que le informa puede
alterar, de algún modo, el mundo en que vive.
Envuelve el producto para venderlo mejor, que es
lo que hacen todas las industrias. Allí está la
contradicción básica y el pecado original del
periodismo.
Los medios
periodísticos prometen "agotar" las
cuestiones sobre las que informan, llegar a la
raíz, rascar hasta la mera médula del hueso e
ir más allá. Pero siempre quedan hilos sueltos,
cosas que se desconocen, asuntos que el
periodista no averiguó o que guarda en un
cajón, pues el periodismo ha emulado la
habilidad de Scherazada frente al rey por
bastante más de mil y una mañanas, tardes y
noches. Y también queda por verse el futuro:
como en los teleteatros y en las películas de
final abierto, como el conejo que persigue una
zanahoria que cuelga de un palo ante su hocico,
hay que esperar hasta la próxima edición para
saber qué va a suceder luego. Y luego. Y luego.
La industria
periodística es una subsidiaria de la industria
del ocio y el entretenimiento, una variedad del
"show business". Sin contar la página
de servicios, los avisos fúnebres, la
traducción de los partes meteorológicos, la
cartelera de espectáculos y los horarios del
paro de transporte, casi nada de lo que transmite
un medio depara la satisfacción inmediata de una
necesidad básica. Los medios no se comen, no se
beben, no lavan. No ponen la torre Eiffel delante
de la nariz del consumidor de noticias para que
él la toque; a lo sumo, pueden mostrarle una
fotografía que, bajo la lupa, es un montón de
puntos.
Apenas una
porción muy pequeña de la clientela de los
medios necesita saber con cierta frecuencia y
dentro de las 24 horas posteriores al hecho qué
pasó entre el presidente y el líder opositor o
entre el actor que ganó el Oscar y su amante.
Son poco más que quienes toman decisiones que
podrían afectar al resto de la sociedad, los
apostadores compulsivos y los propios
periodistas.
Por cierto, la
gente toma en cuenta la información que consume
para moldear sus opiniones y adoptar algunas
esporádicas decisiones de importancia en sus
vidas: en qué invertirán su dinero, adónde
irán de vacaciones, si instalarán alarmas en
sus casas. Los ciudadanos de un país
democrático, por ejemplo, necesitan noticias
para resolver sus votos, pero eso sucede una vez
cada cuatro años, más o menos. No es
imprescindible leer un diario, mirar los
noticieros de la tele o desayunar con los de la
radio durante 1.456 días. "Cada cuatro
años se elige un presidente, pero cada día o
cada semana se compra un producto de prensa. Para
la felicidad de los pueblos, es más fácil
cambiar de diario que cambiar de
presidente", ironiza el presidente Elio
Gaspari, editorialista de "O Estado de Sao
Paulo".
Después de
cientos de miles de años de caminata de la
humanidad sobre la tierra durante los cuales la
industria periodística parecía no ser en
absoluto necesaria, ¿por qué se afirma ahora
que su existencia es un imperativo de las
sociedades modernas? "Los medios de
comunicación no sólo son un espejo de la
realidad que los circunda sino que también
operan como motores, voluntarios o no, de esa
misma realidad", es la explicación que
ensaya Juan Luis Cebrián, fundador de "El
País", de Madrid. "La prensa se viene
revelando como uno de los pocos sistemas
efectivos, por imperfecto que sea, de control de
los ciudadanos sobre sus gobiernos. Lejos de
configurarse como un 'cuarto' o enésimo poder,
la prensa y los 'mass media' parecen definirse
mejor como un contrapoder posible a los abusos
del poder efectivo."
El ex fiscal
argentino Luis Moreno Ocampo entiende que
"la información es la herramienta clave
para que una sociedad reduzca al mínimo las
actividades antisociales". El revolucionario
francés Camile Desmoulins alcanzó a decir,
antes de que su cabeza cayera aguillotinada, que
"el periodista tiene el mismo encargo que el
censor romano: defiende al pueblo del senado y de
los cónsules".
El mayor dilema
para los periodistas, las empresas en las que se
desempeñan y sus fuentes ha sido hasta dónde
les conviene informar u ocultar. Quizás
convendría que se preguntaran a sí mismos por
qué ocultan o difunden determinadas
informaciones. Las posibles soluciones a esta
cuestión se han manifestado, por lo general, en
sobreentendidos. Tal vez ayudaría en el proceso
que los propios consumidores de noticias
especularan, como práctica habitual, qué se
oculta y con qué motivos. Que critiquen y pongan
en duda la producción periodística.
La irrenunciable
aspiración a la información plena no deja de
ser una utopía. Por más que los periodistas
proclamen lo contrario, el ocultamiento determina
su tarea tanto como la difusión. El periodista
oculta parar informar mejor, aunque parezca una
contradicción. Las fuentes y las empresas
periodísticas también practican ocultamientos.
Este hecho no es malo ni bueno: simplemente, es.
Forma parte de la naturaleza humana, del
enfrentamiento de intereses que existe en toda
sociedad. Ocurre, aunque en un mínimo, hasta en
las parejas más armónicas, esas que se juran
decirse todo por doloroso que sea. Y cruzan los
dedos.
Pero, como las
familias, las sociedades donde predomina la
opacidad y no la transparencia están enfermas.
El ocultamiento ejercido desde una posición de
poder para beneficio de quienes lo detentan es
autoritarismo, y se convierte en corrupción si
es decidido por los periodistas o los medios. En
esos casos, el ocultamiento alcanza rango de
mentira.
La razón
por la que resulta tan complicado responder cuál
es el papel del periodismo en la democracia es
que el surgimiento de esta actividad es anterior
aun al establecimiento de esta forma de
convivencia social. En cierto modo, la prensa fue
la contracción uterina que provocó el
nacimiento de las democracias y, junto con los
medios periodísticos electrónicos, la
fortalecen día a día. De hecho, ninguna
dictadura ha podido subsistir, a la larga, en
convivencia con la libertad de difundir
información. El máximo de difusión afianza las
democracias. La información es la mejor vacuna
contra el prejuicio (porque alimentará ideas
fundamentadas), el mejor soporte de las
libertades individuales y los derechos humanos
(porque amedrentará a quienes pretendan
violarlos).
Por el
contrario, los controles, amenazas y censuras a
la actividad periodística son señales que
revelan la existencia de una dictadura, o de su
proximidad. El máximo de ocultamiento es un
atributo de los autoritarismos.
La industria
periodística establecida con cierta
independencia de los poderes se concibe,
entonces, como uno de los medios de que disponen
las democracias para mejorarse día a día, para
ser cada vez más libertarias, más igualitarias,
más fraternales. "El genio de la democracia
consiste en que, a través de un proceso de
ventilación pública de ideas, opiniones y
deberes, se libera la energía y la sabiduría
intelectuales de la gente", opina el
periodista Bill Kovach, ex editor del diario
"The New York Times". "Si no hay
una fuente de información creíble, el
compromiso social es manejado por el rumor, el
miedo y el cinismo. Los cínicos no construyen
sociedades libres y abiertas."
"El papel
del periodista es más importante que el de los
políticos e ideólogos en este tiempo de
incertidumbre, porque a ellos corresponde
explicar el mundo", dice, por su parte, el
escritor venezolano Arturo Uslar Pietri. Pero los
periodistas no "hacen" política como
la hacen los políticos profesionales, cuyos
actos tienen el objetivo de generar hechos
políticos. El objetivo de un periodista, en
cambio, es difundir el máximo de información,
no las consecuencias que ella acarreará. Si se
planteara como finalidad la concreción de un
hecho político, deportivo, artístico o policial
posterior a la difusión del hecho del que
informa, saltaría de la trinchera del periodista
para zambullirse en la del político, el
deportista, el artista o el policía.
En materia de
periodismo "hay que diferenciar entre
oposición y crítica", explica el argentino
Mariano Grondona. "El opositor se presenta
como alternativa. En cambio, el periodista no es
alternativa de poder. Nosotros no tenemos poder
político: tenemos influencia, que es otra
cosa."
El periodismo es
un subsistema del sistema social, al igual que lo
son la política, la economía, las artes y las
letras, los deportes y las farmacias de turno.
Todos ellos se cortan de forma horizontal, se
retroalimentan, se influyen unos a otros. El
objetivo del periodismo no es o no debe ser la
influencia sobre los restantes subsistemas: al
igual que el sistema nervioso alerta a su pie que
pisa un clavo y no una baldosa, ese subsistema
social que es el periodismo avisará a los
consumidores de noticias que esa farmacia está
cerrada y no abierta, que el dólar sube y no
baja, que este libro le pareció a alguien
aburrido y no entretenido, que allí donde
algunos creen ver la redención nacional se asoma
la amenaza del genocidio.
Las cosas
suceden. Lo único que puede hacer un periodista
al respecto no es poco: ejercer ciertas facetas
del derecho de la sociedad al libre acceso a la
información a partir de la
"producción" de parte de "la
realidad" que ella consume, esa parte
denominada con vaguedad como "lo
público". Aunque en un régimen
democrático a cabalidad, cualquiera, y no sólo
un periodista, podría hacerlo: la ley, al menos
en teoría, lo ampara. Según el artículo 19 de
la Declaración Universal de los Derechos Humanos
aprobada por las Naciones Unidas en 1948,
"todo individuo tiene derecho a la libertad
de opinión y de expresión; ese derecho incluye
el de no ser molestado a causa de sus opiniones,
el de investigar y recibir informaciones y
opiniones y el de difundirlas, sin limitación de
fronteras, por cualquier medio de
expresión".
O sea que
cualquiera puede llamar al presidente de su país
y preguntarle si va a mantener en el gabinete al
ministro de Economía. Si paga la entrada, puede
vercon sus propios ojos el partido final del
campeonato de fútbol sin que se lo obligue a
escuchar ni leer los comentarios. Puede averiguar
si-se-efectuaron-muchos-disparos-con-arma-de-fuego-de-alto-calibre-con-resultado-fatal-en-el-copamiento-registrado-anoche-en-jurisdicción-de-la-seccional-8va,
y arriesgarse a permanecer 48 horas en una celda
mientras investigan sus antecedentes.
Pero ese
ciudadano usted mismo tiene que
trabajar, dormir, besar a su pareja, ir al cine,
cortar el pasto, hacerse una tortilla y llevar a
los nenes al colegio. Por eso, no se moleste:
deje que lo hagan los periodistas, que para eso
les pagan.
De cualquier
manera, el consumidor de noticias haría bien en
tener en cuenta la advertencia de David Broder,
periodista del diario "The Washington
Post": "El periódico que llega a su
casa es un recuento parcial, apresurado,
incompleto e inevitablemente algo confuso e
inexacto de algunas de las cosas que hemos oído
que sucedieron en las últimas 24 horas. Hay
distorsión, a pesar de nuestra mejor buena
voluntad para eliminar las parcialidades más
obvias, por el mismo proceso de comprensión que
hace posible que uno lo pueda leer en una hora.
Pero es lo mejor que hemos podido hacer bajo las
circunstancias, y mañana regresaremos con la
versión corregida y al día."
Hasta la
siguiente edición, las cucarachas continuarán
caminando entre las páginas de su diario
favorito. Ese papel entintado tendrá, entonces,
un mejor destino. Lo fundamental ya habrá
quedado dentro suyo.
* Marcelo
Jelen es un reconocido
periodista uruguayo, colaborador de la agencia de
noticias IPS. Esta es su primera contribución para Sala de Prensa.
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