Las
lecciones de Kapu
Marcela Turati *
Entró al salón
con su paso lento, su calvicie despeinada, su
sonrisa de abuelito bueno, su rostro de polaco
sonrosado. Estábamos emocionados: el maestro del
taller era el periodista-leyenda, el hombre que
desde la universidad nos hacía soñar cuando
leíamos sus aventuras de testigo de una veintena
de revoluciones; sus andanzas por el Congo,
cuando lo tomaron por espía y estuvo a punto de
ser ejecutado; su escape de las tropas rebeldes
nigerianas a través de remotas carreteras, tras
ser apaleado y robado; su posible muerte al
atravesar la carretera que dividía a Honduras y
El Salvador, cuando el fútbol estaba por desatar
una guerra. Ryszard Kapuscinski.
Sus alumnos de los
próximos días íbamos cargados de dudas
eruditas: ¿Cómo reporteó El Emperador,
su novela a múltiples voces sobre el emperador
etíope Haile Selassie? ¿Cómo eligió la
estructura de El Sha, que describe a un
país y a un gobernante a través de fotos?
¿Cuánto tardó para escribir El Imperio,
su novela vivencial sobre la Unión Soviética?
Kapu, como pronto
comenzamos a nombrar al maestro, aclaró poco. No
detalló ninguna técnica. No reveló verdades
ocultas. Evadía las preguntas. Fiel a la
profesión que abrazó como forma de vida, él
era el reportero y, como tal, entrevistaba a los
alumnos.
Al tercer día de
escuchar las grandes aventuras de los propios
colegas y de notar que el maestro sólo escuchaba
y no pretendía hablar, el taller de crónica
prometía ser un fiasco.
De tanto en tanto, los
alumnos nos quedábamos callados, esperando
sacarle alguna frase iluminadora. Acorralado,
soltaba entonces comentarios que nos regresaban a
la esencia de la profesión, que le quitaban el
glamour y los reflectores a lo que hacemos.
Lo más importante en nuestra profesión es
recordar todos los días que todo nuestro trabajo
depende de otros. Es paradójico porque el
reportero es solitario se mueve entre
desconocidos pero los demás deciden sobre
el éxito de lo que hacemos. Estamos con alguien
15 minutos y nunca lo volveremos a ver. El primer
contacto decide todo. Hay que tener una profunda,
sincera humildad, porque la gente siente
cualquier gesto de arrogancia, soltaba de
pronto, con una sonrisa infantil que en segundos
se tornaba pícara. Kapuscinski, o Ricardo, como
pedía en México que le dijeran, siempre se
lamentó porque la ocupación soviética no le
permitió estudiar Filosofía y terminó cursando
Historia, aunque, quizás sin saberlo, era un
filósofo de la profesión. Al escucharlo uno
aprendía lo que no se enseña en la universidad:
la humildad como principal cualidad del
reportero, el periodismo como misión, el
reconocimiento de la dignidad humana del
entrevistado, la toma de partido por los
desprotegidos, la austeridad como forma de vida.
Acostumbrado a evadir las
alfombras rojas, evitar los grandes palacios y
las entrevistas con los poderosos, él entraba a
cada uno de sus temas por la puerta de la cocina,
entrevistaba a quienes nadie acostumbraba
entrevistar. Así, de esas voces colectivas,
asustadas, anónimas, recreó la monarquía
dilapidadora y excéntrica que gobernó Etiopía,
en El Emperador. Kapu decía que el periodismo
requiere una dedicación completa, mantener
abiertos los sentidos, volcarse uno mismo a lo
que está viviendo, y no sólo lo decía sino que
lo practicaba, al grado que en África duró tres
años sin hablar a casa, para reportarse con su
esposa. Para él, ya era una desconcentración.
Para el reportero es importante ir, no como
turista, moverse de manera concentrada para
tratar de recordar todo, memorizar. Ese es un
viaje de trabajo, de esfuerzo. Posiblemente es el
único momento de la vida que tienes para estar
en ese lugar, donde encontramos a ese hombre o
mujer, por eso hay que ser muy intensos, hay que
darse todo, memorizar. Cuando vuelvas a ese lugar
tienes que ser capaz de notar si ha cambiado la
puerta de una casa, decía, sencillo, sin
pontificar. Los grandes reportajes y crónicas
que aparecen en sus libros nunca fueron
publicados por periódicos polacos. Trabajaba
para una agencia de noticias pobre y sólo
alcanzaba a meter líneas telegráficas. Decía
que para no enloquecer del trabajo
mecánico, burocrático y de esclavos
de la agencia de noticias, todo lo que se le
quedó en las libretas y absorbió en la memoria
lo volcó años después en sus libros.
Tenía 100 dólares para escribir un golpe
de estado y transmitir cada palabra costaba 50
centavos. Con 200 palabras describía un evento
de un país del que nadie sabía nada (
) Yo
me planteaba que el mundo es más rico,
interesante y fabuloso, que no cabía en el
lenguaje de la agencia de prensa. Cada libro mío
es un segundo tomo de lo que escribí en mis
notas.
A las preguntas más
elaboradas les tenía las respuestas más
sencillas. No pocas veces desconcertaba.
-¿Cómo hizo para que
los soldados lo dejaran pasar y entrar a ese
país sitiado donde había un golpe de Estado?
-Les sonreí,
fue su respuesta.
-¿Qué se necesita para
ser un buen periodista?
-"Ser, primero,
buena persona".
Con sus pequeñas
intervenciones, Kapu, el maestro de Filosofía,
iba recordando los básicos y conectándonos a
tierra. A ratos parecía que daba clases de
anti-periodismo, porque sus enseñanzas
contrastaban con lo que se aprende en las
redacciones. Pedía, por ejemplo, nunca traspasar
los límites ajenos, huir de la fama y el dinero,
no perder ningún amigo por una nota, ponerse en
los zapatos del entrevistado, tener el amor a la
humanidad como motor, dejar el ego a un lado
porque sentenciaba- el periodista que cree
saber todo, está destinado a fracasar.
Uno tiene que ser
humilde y saber qué se puede preguntar y qué
no, cuál es el límite humano, hasta donde puede
escribir. Uno tiene que saber decir a sus jefes:
No pude, pero puedes encontrar otras
historias para no llegar con las manos
vacías.
Este misionero del
periodismo, predicaba la humanización de cada
historia, ponerle rostro a la noticia. Y lo
ponía en práctica.
Estoy en contra de
reportar la guerra como partido de futbol. Hay
que decir quién era esta gente que murió, dar
nombres, detalles, circunstancias. Esto da el
sentido de humanismo. La abstracción esconde el
drama real y la tragedia. A los muertos hay que
mostrarles la cara humana, mostrarles respeto,
regresarles sus dignidad, es llorar con ellos la
tragedia, ponerte en su lugar, comentaba.
A este periodista
apasionado por el Tercer Mundo le preocupaban los
cambios que, con los avances tecnológicos y la
aparición de conglomerados mediáticos, sufrió
el oficio; la precarización laboral y la poca
profesionalización del reportero, su falta de
lectura y preparación; la ambición como motor.
Se quejaba de que los
periodistas actuamos como manada (el 99%
cubrimos el 1% de lo que pasa en el mundo).
Repetía que esta
profesión no deja dinero. Decía que había de
desconfiar de aquellas redacciones de pisos de
mármol en las que las recepcionistas parecen
edecanes.
¿En nuestro oficio es
peligroso volvernos cínicos?, le preguntó uno
de los alumnos. No lo creo, mi experiencia
es que en nuestro oficio entra gente que ya era
cínica, entran por hacer carrera, dinero, planes
de vida que no tienen nada que ver con nuestra
vocación. Los periodistas con vocación y
sabiduría son honestos y tratan de ser mejores.
Nuestra profesión los hace cada vez más
sensibles y vulnerables.
Algunas preguntas le
tocaban el corazón. Entonces, con esa sonrisa
que tienen los pacíficos, nos dejaba entrar a
sus inquietudes como reportero de larga
trayectoria que no dejó que lo absorbiera el
confort y la burocracia de las redacciones:
Debemos ser humildes y darnos cuenta de que
la inspiración y el entusiasmo de repente se
apagan, se apaga el fuego interior, y si no
tenemos formación no vamos a poder continuar.
Hay que prepararse para este momento ya porque
después será tarde.
Así, durante toda esa
semana, fue desgranando su credo de periodista y
de buena persona. Regresándonos a los orígenes
de la profesión. Impartiéndonos clases de
filosofía. Predicando al periodismo como misión
de vida llena de sacrificios.
Supe que dos años
después, Kapu regresó a México a dar otro
taller y no se aguantó las ganas de ir al
Zócalo para ver de cerca la llegada del
Ejército Zapatista.
Varios colegas lo vieron
reportear entre la multitud agolpada en el centro
de la ciudad. Otra de esas noches en el DF anduvo
en Garibaldi, la plaza de los borrachos, los
mariachis y los tequilas, de juerga con sus
alumnos.
Un día de esos tuve el
honor de desayunar con él. Durante ese encuentro
en el restaurante de su hotel no dejó de
quejarse de "la gente de la editorial"
que lo había traído a México porque ordenaba
su agenda y castraba su libertad. Yo estaba por
viajar a Campeche a cubrir los efectos del
huracán "Isidore", y él, fiel a sí
mismo, no dejaba de interrogarme sobre la
situación estaban viviendo los damnificados. Sus
preguntas me dieron pistas de dónde empezar a
reportear.
Otro día, ya en
Campeche, recibí una llamada suya a mi celular:
quería saber, de primera mano, qué había hecho
Isidore y cómo estaba la gente, y, de paso,
despedirse.
Luego supe de él de
oídas. Escuché que en Argentina se llevó a sus
pupilos a un partido de futbol, lo vi en las
portadas de todos los periódicos recibiendo el
premio Príncipe de Asturias en reconocimiento a
su humanismo, leí que estaba presentando por el
mundo su último libro de Viajes con Herodoto,
a quien consideraba el primer periodista de la
historia.
Siempre pensé que Kapu
nunca moriría. En África, América Latina y
Asia había sobrevivido a las enfermedades más
extrañas, a múltiples amagos de fusilamiento, a
guerras y anarquía. Y como siempre había
salvado el pellejo y mantenido íntegra su alma y
su fe en el ser humano, lo pensaba como alguien
inmortal.
Hasta ayer, cuando
comencé a recibir mensajes a mi celular de
varios colegas enlutecidos y con la misma
tristeza compartida, expresada en tres palabras:
Se murió Kapu.
Sí, se murió el
Maestro. Se murió una buena persona.
Murió Kapu.
*
Marcela Turati es
reportera del diario mexicano Excélsior, fue
finalista del Premio FNPI. Participó en el
primer taller de crónica que impartió Ryszard Kapusinski a periodistas latinoamericanos, en la
Ciudad de México (2001).
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