Las
fronteras de Ryszard
Este
es un texto personal. No pretendo más que
compartir mi visión de uno de los autores más
importantes del siglo XX, a partir de las
circunstancias que rodearon los tres encuentros
en los que pude hablar con él y aprender a
escuchar.
Eric Lombardo Lemus
*
La última vez
que conversamos me abrió las puertas de su casa
y hablamos de periodismo, de las nuevas
tecnologías, del nuevo siglo, y yo terminé
siendo el entrevistado frente a quien era un
reportero infatigable, un periodista que quería
saber un poco más sobre el presente de El
Salvador, uno de los escenarios de su libro La
guerra del fútbol.
A él lo conocí gracias a la
Fundación para el Nuevo Periodismo
Iberoamericano, sin imaginar que iba a estar tan
cerca y tan lejos de alguien que fue grande a
base de humildad frente al otro. Y pienso en la
cercanía por cuanto, si quiero escuchar su voz,
regreso a sus libros; y en la lejanía porque
creo que todos quienes lo admiramos quisimos
estar acompañándolo el día que ingreso al
hospital Banacha antes que un ataque al corazón
le truncara sus próximos viajes y sus libros en
proceso que surgían de toda esa babélica
información ordenada celosamente en el ático de
su casa.
Pero hablar de nuestro último
encuentro es saltar todo el inicio y desarrollo
de una larga y a ratos divertida historia. Al
principio de todo, yo no sabía nada,
absolutamente nada de él. Mi primer contacto fue
el resumen en la página electrónica de la
Fundación que empezaba por
Nació
en Polonia en 1932. Después de estudiar en la
universidad de Varsovia fue corresponsal en el
extranjero desde 1958 hasta 1981, cubriendo 17
revoluciones en 12 países del Tercer
Mundo
. Esa hoja de vida fue una
especie de portal hacia alguien cuyo trabajo me
era desconocido. ¿Qué diablos había aprendido
en la universidad y en todos mis años de
ejercicio profesional? Nada, me respondí.
Pronto, supe que si quería
llamarme reportero no podía seguir siendo un
ignorante de su obra. Empecé con lo básico: me
conformaba con leer sus artículos publicados en
algún sitio en la Internet porque me di cuenta
que sus libros eran un tesoro imposible de
encontrar en cualquiera de las librerías de San
Salvador. Si en las universidades nunca habían
mencionado su obra, era lógico que estuviera
ausente en la oferta de las librerías locales.
Y para hacerme de uno de los
libros añorados, la única posibilidad era ir a
una tienda en ciudad de Guatemala. O sea, para
leer la obra de este cronista y eterno viajero
había que cruzar fronteras. Y esa metáfora me
fascinó porque me obligaba a repetir la primera
ruta que realicé cuando soñé con comerme el
mundo a pasos, autobuses apretujados y aventones
a la orilla de la carretera. Cruzar bordes,
cruzar ríos, cruzar montes, cruzar aduanas.
Ahora que lo traigo a cuenta reflexiono sobre
cómo incidió desde el principio la personalidad
de Ryszard Kapuscinski en mi vida al devolverme a
mi mundo. Viajar, pero con otra perspectiva.
¡Cuánta alegría!
Pero el camino a uno de sus libros
no fue tan fácil.
El año que la FNPI convocó a ese
primer taller histórico en el Distrito Federal
mexicano en 2001 decidí que no iba a concursar
por una de las plazas de ese encuentro porque en
esa misma fecha debía ir al cerro Aconcagua, en
Mendoza, Argentina, y realizar una transmisión
online desde los Andes a un sitio electrónico en
El Salvador. Yo buscaba cruzar la frontera de mi
resistencia, cruzar el umbral de la ilusión y la
gloria efímera que te ofrece el momento en que
pones pie sobre la cresta de una montaña.
Mientras ascendía aquel macizo
rocoso y luego de toparme con el fracaso, ante la
imposibilidad de coronar su cima, pensé que eso
me pasaba por necio, por ir en contra de una
posibilidad quizás un poco más concreta. Debí
haber atendido el llamado de mi conciencia:
concursar por un lugar en el taller de
Kapuscinski, como lo hizo otro colega del
periódico donde yo trabajaba en aquel momento.
Fue él quien después me relató
que a aquel encuentro se había sumado Gabriel
García Márquez. Óscar Tenorio parecía levitar
sobre mi coronilla cuando rememoraba el placer de
estar en un encuentro a dos voces. ¡Su rostro
irradiaba éxtasis literario! Cuando bajaba de
las alturas, yo aprovechaba para prestarle uno de
los libros que había traído desde México y él
me lo dejaba a plazos de una semana y contando.
El primero fue El Emperador (uno
de los diez mejores libros en 1983 según
Newsweek) por medio del cual supe la miseria y el
esplendor de un autócrata llamado Haile
Selassie, el último rey de Etiopía. Una semana
más tarde leí el reportaje poliédrico El Sha
(2001) donde Kapuscinski relató, a partir del
punto de vista del hombre de a pie, el último
año de la dictadura de Mohammad Reza Palevi. Su
método fue como una luz al final del túnel. A
medida que devoraba cada una de sus páginas,
empecé a experimentar un sentimiento de amistad;
sentía que aquel hombre que describía todo
cuanto yo leía, aquel sujeto que estaba entre
esas palabras, era alguien imprescindible en mi
vida. Fue un sentimiento extraño porque
desembocó en una certeza. En ese tipo de certeza
que te ofrece tu compañero de cordada durante
una travesía peligrosa. Era esa sensación de
que alguien está contigo para las buenas y las
malas sin rechistar, y que te acompaña con la
expresión socarrona que tenemos los montañeros
cuando vivimos el miedo y sabemos que la mejor
medicina es una pizca de humor negro al filo de
un precipicio, por ejemplo. Al leer a Kapuscinski
revivía esa confianza.
Sus libros eran la salida perfecta
para un periodista restringido por el espacio. Y
yo estaba francamente harto de las presiones que
rodeaban el trabajo que hacía en aquel momento y
buscaba un espacio para mis crónicas.
En sus relatos estaba el fruto de
un trabajo a cuatro manos, del sacrificio hecho
al perder horas de sueño, y de la alegría de un
reportero del tercer mundo al saber que ha
cumplido con su deber, que hizo su trabajo,
cuando el último despacho tiene aviso de
recibido.
Sin embargo, al concluir la
lectura de los dos libros, me quedé con un mal
sabor de boca. A regañadientes, los debía
devolver a su propietario; Óscar no bajó la
guardia ni un día hasta que recupero sus
tesoros. Y por muy ridículo que pareciera, me
era imposible ir a Guatemala en aquellos días.
Había escrito correos
electrónicos, telefoneado y fastidiado a un
amigo en el montañismo para que me consiguieran
una copia de aquel ejemplar y tal y cual. Jaime
Viñals hacía un alto en sus expediciones para
venir a ofrecer una conferencia a El Salvador
sobre sus aventuras en el Himalaya y fue el
ángel guardián de aquellos textos.
¡Cuánta aventura y adrenalina
para leer a Kapuscinski! Ahora los ejemplares de
El Sha, El Emperador, La guerra del fútbol,
Ébano, ¡mi favorito Ébano!, El Imperio,
estaban dispuestos para ser subrayados, anotados
al pie de la página, manchados con un plumón
aquí y con otro allá. ¡Ahora podía empezar a
estudiar periodismo!
La FNPI convocó a un segundo
taller en 2002 y envié un ensayo. A las pocas
semanas, un aviso en su página web advertía que
la selección no era fácil porque hubo más de
cien aspirantes. Pero la espera mereció la pena.
Cuando leí mi nombre en la lista de los 15
seleccionados, supe que debía preparar mi bolsa
de viajes.
El domingo que llegué al
aeropuerto de Ezeiza, a 34 km de la ciudad de
Buenos Aires, lo primero que hice fue buscar una
alternativa colectiva para llegar a mi destino:
un hotel NH al final de la avenida Corrientes.
En lugar de coger uno de los taxi
negro amarillo, preferí un remise, una de
las opciones del transporte colectivo porteño,
para echar un vistazo a las zonas donde se
alojaban los otros pasajeros e ir tragando a
pausas las imágenes del Buenos Aires querido, el
escenario de la dictadura asquerosa de Videla,
las megalomanías de los Perón y su santa, y el
fatídico corralito bancario que recordó a los
argentinos que todavía vivían en América
Latina.
Buenos Aires parecía soñoliento.
Las calles solitarias albergaban hojas de papel
que revoloteaban de un lado a otro. Hojas que
pasaban de largo frente a la entrada del hotel,
donde un botones sonriente me invitaba a
registrarme sin contratiempos. Una vez crucé el
umbral de la puerta automática, me recordó que
la vida en Buenos Aires tenía dos lados, como en
el resto de Latinoamérica. Una adentro,
aromatizada, y otra afuera con papeles flotando.
El recepcionista, amable, sin
embargo no supo decirme nada, si había otro
periodista inscrito, alguien de la Fundación o
si Kapuscinski estaba hospedado en este mismo
lugar. Nada. Incómodo, minutos después
hube que salir en solitario a la conquista
peatonal de esa ciudad maravillosa. La Plaza de
Mayo, el Obelisco, la inagotable avenida
Corrientes, Puerto Madero, el Teatro Colón, San
Telmo, Plaza Borrego; en fin, todo me parecía
insuficiente. Estaba ansioso para que acabara el
domingo y empezara el lunes, y arrancara el
taller al que había venido.
Sentía que conocía de toda la
vida a ese hombre, sin saber más de él que sus
palabras. En mi cabeza, la imagen que pesaba era
la de un sujeto amable, tranquilo, relajado, que
siempre estaba dispuesto a ayudar al prójimo. No
lo podía imaginar como uno de esos intelectuales
serios, engreídos, cerrados. No, alguien que
tiene la capacidad de hablar con el hombre de a
pie debe ser un sujeto sencillo, me repetí.
A primera hora del lunes bajé al
restaurante del hotel y me encontré con una
escena impecable y silenciosa. ¿Bajé demasiado
temprano? A la vista, no había nadie con cara de
periodista despistado. En el rincón de las
frutas, estaba dos chicos del servicio de
restaurante junto a alguien que preguntaba y
preguntaba. Ni un alma más a la redonda.
Confundido, cogí un vaso y dispuse una mesa
pequeñita cuando un rostro sonriente, con una
calva reluciente, vino de ese rincón que había
visto al inicio. Yo, congelado, de pie, con cara
de estúpido, y un vaso vacío. Su ¡hooola!
era un hola de toda la vida. Y su cara era la
misma de la contraportada de sus libros, pero con
canas. Era él. ¿De dónde eres?,
preguntó. De-de El Salvador
,
alcancé a titubear. ¿El Salvador?
¡Ah
, El Salvador! Bueno, come. Come bien,
agregó al tiempo que soltó el apretón de
manos. Yo, anonadado, lo vi subir al ascensor
junto con su desayuno directo a su habitación.
Los cinco días siguientes entablé las mejores
amistades que he hecho en mi vida como reportero.
A algunos de mis compañeros de taller quizá no
los vuelva a ver nuevamente, pero Kapu, como le
llamamos todos en aquel encuentro, nos enseñó
que desde ese encuentro seríamos inseparables.
Con unos he coincidido más que
con el resto desde entonces, y nadie podría
olvidar que nuestro punto coincidente fue el
maestro, el profesor que abrió la tapa de sus
libros en aquellas sesiones en el barrio de La
Boca, mientras Buenos Aires sobrevivía a la
crisis con tangos y sonrisas. A Kapu lo vimos
cada mañana igual, radiante, ya sea filosofando
sobre la relevancia de la ética en nuestras
vidas, nuestro deber como portavoces de las
minorías, la importancia de escuchar al otro,
como con aquella sonrisa permanente durante la
presentación de Los cínicos no sirven para
este oficio en el auditórium de la
Fundación Proa, mientras Horacio Verbinsky
hablaba y hablaba y hablaba acerca de
Horacio Verbinsky, por supuesto. Al almuerzo
siguiente, Omero Ciai del diario italiano La
Repubblica gastaba una de sus mejores bromas,
como buen romano, mientras degustábamos
entre mollejas y bifes las anécdotas
de Kapu durante sus travesías en África.
Claudia Selser de Clarín, recuerdo, animada por
la confianza se atrevió a contarle al maestro
que todos coincidíamos en que se parecía a
Karol Wojtyla.¿Alguna vez le han dicho que
usted se parece al Papa?, preguntó ella. No
sé cómo habría reaccionado otro escritor, pero
Kapuscinski se acercó un poco a la mesa y
como quien revela un secreto nos dijo
sí, alguna vez crucé una frontera en África
disfrazado como sacerdote. ¡Risas a granel!
El encuentro con el maestro fue
impredecible. Creo que tanto quienes fueron sus
alumnos durante el encuentro en el D.F. como
quienes nos siguieron en Caracas deben
coleccionar decenas de recuerdos maravillosos
junto a un tipo de hombre que en la grandeza
destacó por su humildad. Y es que la humildad de
Kapuscinski calló la boca de todos los que
llegamos a aquel taller con poemarios, libros,
crónicas publicadas bajo el brazo y con el gesto
cejijunto de los intelectuales latinoamericanos.
Junto a él caías en la cuenta que eso no era lo
más importante, sino la capacidad de conocer al
otro, a tu semejante por muy disímil que
pareciera. Y he ahí la relevancia de la humildad
del maestro. Durante su encuentro en Buenos
Aires, no desperdició momento para ir a la zona
brava de La Bombonera para saber cómo era el
hincha del Boca, por ejemplo, ni para escuchar a
todo aquel que quisiera contarle alguna cosa.
De aquella experiencia tengo tres
recuerdos cercanos: el encuentro fugaz durante el
desayuno es el primero.
El segundo es sumamente emocional.
Era la última mañana del taller en Buenos Aires
y no caigo en la cuenta si fue durante un
intercambio de palabras que sostenía con mis
entrañables Sandra La Fuente, de Venezuela, o
Amalia Morales, de Nicaragua, o Francisco
Vásquez, de México, que mencionamos lo que es
un rito cuando finalizas el bachillerato: todos
solemos firmar la camisa de los compañeros con
mensajes para la posteridad.
Kapuscinski, emocionado, nos dio
la espalda y dijo ¿qué esperan? Ignoro
si el resto de los compañeros de Bolivia,
México, Argentina, Uruguay, Ecuador, Chile,
Colombia hacían lo mismo al concluir su
bachillerato, pero el caso es que todos tomamos
una pluma e hicimos de la camisa blanca del
maestro un lienzo. ¡Cuánta energía hubo de
sentir Kapuscinski! ¡Cuantas emociones! Por
todos los que te adoran
Más vida para
vivirla con cariño
Para el emperador del
periodismo
se podía leer en el cuello,
en las mangas, en la espalda, mientras a él se
le aguaban los ojos. Al final, nadie pudo
contener un sollozo cuanto menos.
El tercero fue un momento único y
divertido que compartimos con Omero el último
día de nuestra estancia en Buenos Aires. Ambos
fuimos a la recepción del hotel y preguntamos a
la chica que presidía el escritorio, si sabía
si Kapuscinski estaba o no en su habitación.
Ella, con una sonrisa y sin emitir respuesta,
caminó hacia el ascensor y con un gesto nos
invitó a pasar. Una vez adentro, giró una llave
y salió. La puerta se cerró
Con Omero nos
pusimos a reír. Íbamos hacia el último piso,
al que nadie tenía acceso ni por el ascensor ni
por las escaleras. Nadie, a menos que fueras el
huésped, ya que era la habitación ejecutiva, la
presidencial o qué sé yo. De modo que íbamos
directo hacia
¿el pasillo?, ¿hacia una
puerta? Y esa interrogante nos empezó a poner
nerviosos porque si el ascensor llega directo a
la habitación y él está dormido o saliendo de
la ducha o indispuesto ¿cómo explicas que
estás ahí? Cuando el ascensor se abrió henos
allí en una especie de hall, pero de la misma
habitación. ¿Y si el huésped estaba tomando la
siesta?, ¿qué hacer? Estábamos en una
situación la mar divertida como incierta. Ambos
salimos temerosos, como un niño que entra a una
casa abandonada y pregunta: ¿Yujú
hay
alguien aquí? Al final, el maestro sí estaba y
nos regaló mucho más minutos para conversar
sobre periodismo.
Como he dicho antes, este taller
cambió por completo mi perspectiva de la vida en
cuanto a ser reportero. Poco más de un año más
tarde, vine a estudiar un doctorado en periodismo
a Barcelona y tuve la fortuna de estar presente
con el favor de los dioses el día
que la Universidad Ramón Llull le concedía el
doctorado Honoris Causa, la mañana de un viernes
radiante. Era el 17 de junio de 2005 y el cielo
del Mediterráneo barcelonés era impresionante.
Ese azul que se funde con el mar.
Tras la investidura y su discurso
de agradecimiento, corrí hacia el pasillo de
salida para intentar darle un libro que había
escrito. Para mí, aquello era un compromiso
personal. En Buenos Aires, cuando me dedicó
Ébano, escribió
con mejores
deseos de leer tus próximos libros
.
Y, claro, quienes rodeaban a
Kapuscinski en ese momento no iban a comprender
que un latinoamericano, un desconocido con
aspecto de sudaca, intentara acercarse a él.
Pero al margen de lo incómodo que la situación
podía llegar a ser, sobrepasé al grupo que lo
escoltaba y le extendí mi libro al tiempo que
pregunte ¿me recuerda? Soy quien le ha
escrito por fax para pedirle una entrevista.
Los ojos de Ryszard iluminaron alrededor y me dio
un abrazo cálido, paternal, antes de decir a
quienes nos rodeaban, ¡mi alumno! ¡Él es mi
alumno de El Salvador! Sí, ahora recuerdo que mi
esposa me dijo que quieres hablar conmigo.
Sabes
¿por qué no vienes a Varsovia?
Me quedé helado. ¿Varsovia? ¿Ir a la casa del
maestro? ¿Será posible que me esté invitando?
Alrededor estaba la crema y nata del periodismo
catalán, ajena a mis cavilaciones.
¿Varsovia? La ciudad que
resistió la ocupación nazi y soviética.
¿Varsovia?, bueno ¿por qué no? Cuando llegué
a esta conclusión, observé que lo más granado
de la radio, prensa y televisión española
estaba agrupado en un rincón del patio hablando
de sus conflictos, de su mundillo, de los dolores
cotidianos de cabeza que produce esta profesión.
Y frente al maestro solamente estaban unas
estudiantes polacas de un programa de intercambio
y los reporteros gráficos registrando cada uno
de sus movimientos, que ya en aquel momento eran
difíciles, tortuosos; aunque los escondiera
detrás de su sonrisa eterna.
Me llamó la atención ese
momento, tan disímil a la calidez del encuentro
con nosotros, los latinoamericanos, tres años
atrás. Me vino a la memoria el día de la
despedida, cuando le firmamos su camisa blanca,
al tiempo que reíamos y llorábamos. Aquí, en
cambio, los periodistas locales no se agolpan en
busca de su palabra. ¡Cuán distintos somos!
Un mes más tarde iba camino hacia
Varsovia vía Berlín.
Era necesario afinar una
investigación bibliográfica que buscaba
realizar en la Biblioteca Iberoamericana de
Berlín. Y en esta ciudad estaba mi compañera,
que cursaba un diplomado en periodismo y nuevas
tecnologías. El día acordado, como en una
película de suspense, ella estaría una tarde de
viernes, en la plataforma equis de la estación
Ost Bahnhof Lichtenberg a la espera del tren con
dirección a la capital polaca. A la hora
prevista, el tren llegó y partió con nosotros a
bordo, emocionados, porque dentro de unas horas
íbamos a cruzar una nueva frontera, una de las
del antiguo Este soviético.
A la mañana siguiente, al salir
del vagón adormilado y sentir el aire frío que
rodea a la estación central de trenes de
Varsovia, lo primero que me despertó fue la
sensación de vacío en el estómago que te
produce llegar a un lugar donde ni una letra o
palabra suena a castellano. ¡Estamos en
Varsovia! Ahora nuestro siguiente reto era
encontrar el barrio de Sródmiescie y, en
especial, la calle Prokuratorska. Y la mejor
manera fue acudir al mapa y empezar a observar y
buscar y buscar y observar hasta que varias horas
más tarde estábamos junto con Claudia frente a
un intercomunicador que precedía a una verja
blanca. Adentro, un jardín bien cuidado,
precedía el trayecto hacia otra puerta.
En aquel momento tuve un
sobrecogimiento que me impedía tocar el botón.
No podía. Sentía que ya no era importante
llamar a su puerta y que bastaba con todo lo que
había hecho y, por ilógico que fuera, podía
dar la vuelta y regresar sobre mis pasos. Solo el
ánimo de Claudia me forzó a pinchar. Al otro
lado, una voz seria femenina preguntó algo en
polaco y yo, con un nuevo titubeo, le dije que
venía a visitar al señor Kaspuscinski, que era
su alumno de El Salvador, que le había escrito
por fax. Silencio. Un momento, por favor, dijo en
inglés. Un silencio más largo que solo fue
interrumpido por la misma voz preguntando si
podía hablar en español. Dice que pase y que
suba, escuché. Pe-pero, antes quiero decirle
que vengo con Claudia, que en el fax no pude
avisarle, que igual es un abuso. De modo que
crucé el primero y segundo umbral, subí unas
primeras escaleras para encontrarme con el rostro
sonriente de Alicja Mielczarek de Kapuscinski, su
esposa, con quien había sostenido la
comunicación previamente. Sube, está arriba,
dijo. Otro tramo de gradas hasta llegar al ático
donde el maestro escribía, conversaba y recibía
a quienes acudían a su casa. Helo ahí, la
última imagen que guardo entre mis anotaciones.
Un hombre afable al final de una escalera que
invitaba sin miramientos y con abundantes
sonrisas a cruzar la frontera hacia un reino de
libros, anotaciones pegadas a la pared, recuerdos
curiosos traídos de diversas partes de la
tierra, una máquina de escribir de los tiempos
soviéticos, y muchos folios de papel reciclado,
cientos de hojas para escribir, manuscritos en
polaco copiado en papel carbón, una cafetera y
miel de abeja. Era poco más de las nueve de la
mañana de un sábado 16 de julio. Aquel día
apartó el dolor que le causaba su cadera y nos
obsequió los minutos más largos que recuerdo de
mi vida al cruzar fronteras. Como dije al
principio, terminé siendo yo el entrevistado.
Reproducir esa conversación es un tema aparte.
Días después le iban a operar la
cabeza del fémur para aliviar el dolor que lo
martirizaba. A ratos de pie, a ratos sentado,
luego reposando sobre un largo sillón. El
maestro sufría, pero jamás pensó en parar. En
su presente, siempre hubo un viaje hacia el
futuro. Me duele menos cuando estoy sentado,
pero no se puede estar sentado toda la vida,
nos dijo cuando explicó el malestar que le
producía el desgaste de su fémur. Pero sus
deseos de vivir eran tan fuertes que jamás uno
de sus alumnos habríamos pensado que la vida
sería injusta, que jugaría otra baraja. O
quizás, como reprodujo en uno de sus últimos
libros traducidos al español, Viajes con
Heródoto, el destino tiene que cumplirse,
nadie puede cambiarlo ni evitarlo aunque conduzca
al precipicio.
Aquella mañana, cuando nos
despedimos, no dijo adiós, sino hasta
luego.
Cuando me hayan operado y esté
recuperado, la próxima vez que vengas te
mostraré Varsovia.
Un año más tarde volví a la
ciudad de Berlín a trabajar en el proyecto de la
Biblioteca Iberoamericana y le escribí a Alicja
para avisarle de nuestras nuevas, que le
enviaría por correo unos libros, y que iba a ser
padre.
Una mañana de primavera recibí
una llamada telefónica de ella para avisarme que
él está viajando, es imposible visitarlo por
el momento. Pero, al margen de la negativa,
la llamada desembocó en lo cercano, lo
cotidiano, en mi futura paternidad. ¿Cómo se
siente?, ¿está nervioso? No se preocupe. Todo
va a salir bien. Los Kapuscinski eran
increíbles. Tanto él como ella están hechos
con ese material que falta hoy día para que el
mundo marche mejor.
Al maestro no pude volverlo a ver,
ni estrechar su mano; pero en los meses
siguientes a donde fui y con quien hablé,
Ryszard Kapuscinski fue el tema de la
conversación y sus libros mi eterna compañía.
Ahora que el maestro partió,
aquel frío 22 de enero, sé que solo cruzó una
frontera más, porque él no está quieto. Muchos
como yo, lo llevamos bajo el brazo o guardado en
nuestra bolsa de viajes.
* Eric
Lombardo Lemus es
periodista salvadoreño, cursa estudios de
doctorado en comunicación social en la
Universidad Pompeu Fabra y reside actualmente en
España. Participó en el taller de crónica que
impartió Ryszard
Kapusinski a periodistas
latinoamericanos, en Buenos Aires (2002).
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