Partes de
guerra
Cristian
Alarcón *
Ryszard
Kapuscinski nunca escribió su biografía. Veinte
libros llenos de observaciones al borde del
abismo social, político y humano no lo llevaron
al género que lo habría acogido como al más
intrépido y entrañable aventurero, esperable
bestseller. Sin embargo, quien lea los títulos
suyos traducidos al español, más sus
reflexiones extraídas de sus clases y
disertaciones públicas, podría sentir que al
menos los momentos más dramáticos de su vida,
en primera persona, han sido narrados ya, de
manera lenta y persistente a lo largo de sus
años como escritor. Su doble pertenencia, al
periodismo y a la literatura, le hizo andar un
camino tan largo y prolífico que murió a los 74
años, después de que su nombre sonara en la
última edición del Nobel como uno de los
candidatos que aspiraba al premio con cierta
justicia. Fue la primera vez que se pensó en un
Nobel para alguien que escribía no ficción. El
mismo año en que Naipaul dijo que la literatura
está muerta.
La niñez y la
adolescencia del escritor aparecen como imágenes
diáfanas y heladas en los recuerdos que
reconstruye a lo largo de Imperio, un voluminoso
relato de viaje y memoria que logra atar al
lector en un recorrido implacable por la fase
final en la desintegración de la vieja URSS.
Ryszard era un niño tímido de siete años que
veía correr a las mujeres de su pueblo, tropezar
a los viejos, morir a muchos, cuando en 1939 las
tropas del Ejército Rojo invadieron Pinks, la
aldea en la que vivía con su familia. Al este de
Varsovia, Pinks, entonces, era polaca. Una
tierra desgraciada, de pocos recursos y de una
gran escasez, dijo el escritor sobre esa
zona de la vieja Polonia. Hoy forma parte de
Bielorrusia. Desde entonces y hasta que a los
doce años llegó a Varsovia para quedarse a
vivir en la ciudad, los Kapuscinski vivieron como
nómadas, huyendo de la guerra, de aldea en
aldea, escondidos, aterrorizados por los
bombardeos y el fantasma de los ejércitos.
Ryszard Kapuscinski fue un niño refugiado.
Conoció el destierro y la pobreza.
Cuando
Kapuscinski se refería a su vida hablaba de sus
orígenes como quien explica una teoría que
sustenta su obra. Su itinerario por el Tercer
Mundo, que comenzó en los países asiáticos y
siguió en Africa y en América latina, no fue un
camino que el joven Kapuscinski buscara de manera
consciente. Desde los 16 años escribía poemas.
Siendo todavía adolescente envió con éxito un
texto a una revista que lo publicó. Sin ánimo
de sorprender contaba que un día de 1958 lo
llamaron de la Agencia Polaca de Noticias
simplemente porque en la guerra habían muerto la
mayoría de los periodistas y buscaban a alguien
que pusiera bien puntos y comas. Tenía 25 años.
Y según sus confesiones, nunca había leído
para entonces un libro de peso, salvo la
literatura juvenil polaca que había caído de
cuando en cuando en sus manos. Era un poeta
iletrado, se reía.
No se había
soñado embarcado durante más de veinte años en
sucesivos viajes por los rincones más
conflictivos del planeta: su camino fue el de la
descolonización, las guerras de liberación y
las de las facciones de países remecidos por la
inestabilidad de las armas y la miseria extrema.
Ese parentesco cercano con la escasez y la
intemperie, su condición de migrante del campo a
la ciudad, lo hizo caminar como por casa por los
escenarios más complejos del Tercer Mundo.
Kapuscinski hablaba de un lazo
emocional con estos países en los que
solía enfermar de malaria tantas veces como un
porteño se contagia de gripe. O donde su
pasaporte polaco, en épocas de la Cortina de
Hierro, lo condenaba al cruzar las fronteras
hasta llevarlo a la cárcel o a la horca. Si su
mito cuenta con ingredientes, son las escenas en
que en sus libros se detienen, con un tono de
elegante humildad, a relatar la zozobra de sus
pesares. La fiebre, el frío extremo, el miedo,
el dolor físico propio, jugaban en sus textos
como la contrapartida necesaria no sólo con el
lector que busca el verosímil de esas escenas
dantescas, sino con sus personajes, hombres y
mujeres sufridos que parecen encontrar en Ryszard
un amigo sin dobleces dispuesto a escucharlos con
la mirada clara de un monje lleno de piedad.
En Imperio,
Kapuscinski va de la niñez a un viaje hecho
entre 1989 y 1991 desde su Varsovia hacia el más
impenetrable infierno de la antigua Rusia
comunista, sus vestigios frescos. Volver a casa
le hace bien al hijo pródigo y se transforma en
una pintura entre sórdida y exquisita de la
tensión entre la cultura polaca y la rusa. Su
encuentro con los nacientes líderes de las
repúblicas, su percepción de Gorbachov y la
implosión inminente se contraponen al más
gélido clima de opresión, el de la Siberia del
norte: lagers abandonados, ciudades hechas sobre
cadáveres.
Es por todo esto
el libro con más background del autor. Es un
recuerdo revivido, una operación que juega a dos
puntas con el destino de una nación rota y el de
un niño desterrado. El resto de su obra, al
menos el grueso de ella, es la consecuencia de
sus viajes como periodista. De lo poco que
Kapuscinski contó sobre su trabajo se sabe que
durante sus 22 años en la Agencia de Prensa
Polaca lo que hizo fue ganarse el sueldo de un
redactor para vivir viajando y escribiendo. Claro
que diferenciaba lo que llamaba el sustento, la
nota diaria de pocos caracteres, telegrafiada a
Varsovia, de lo que quedaba en sus libretas de
anotaciones. No era un clásico corresponsal en
tierras calientes, abrazado al whisky bajo el
ventilador de techo de un viejo hotel al estilo
de Evelyn Waugh en ¡Noticia bomba!. Despreciaba
el estilo de vida que sus compañeros de
generación llevaban en los trópicos. El por la
noche escribía, o leía, su mayor pasión. Como
maestro no hacía otra cosa que señalar la
ignorancia como el peor de los enemigos del que
va por la noticia. Su erudición -comenzó
estudiando historia aunque renegaba de la
elección porque prefería la filosofía es
parte de las tramas que supo construir, aunque
jamás se vaya a percibir en sus textos un ápice
de jactancia intelectual.
Así procedió
al escribir uno de sus libros más elogiados por
la crítica europea y norteamericana, quizás el
que lo llevó a salir de las fronteras polacas
como un autor de culto al comienzo, y un
consagrado después: El emperador. No son pocos
los lectores jóvenes que llegaron a este relato
buscando información sobre la deidad rasta, tras
las huellas de Bob Marley. Es que Haile Selassie
es considerado por la filosofía rastafari como
una divinidad, un sucesor del Rey Salomón.
Kapuscinski llegó a Addis Abeba, la capital de
Etiopía, para cubrir la caía del hombre que
había gobernado durante 50 años, derrocado
ahora por un Consejo Revolucionario. Kapuscinski
concibió el libro sobre Selassie como el relato
coral construido por todos los que lo rodeaban,
desde el porta-almohadones hasta el hombre de la
tercera puerta. Son diversas voces que narran lo
increíble. Mi habilidad consistía en
saber abrirla justo en el momento adecuado.
Porque si la abriese demasiado pronto, eso
podría causar la imperdonable impresión de que
invitaba al Emperador a abandonar la sala. Si,
por el contrario, la abriera demasiado tarde,
habría obligado al Más Extraordinario Señor a
espaciar sus pasos o incluso a detenerse, lo cual
hubiera supuesto un menoscabo a su imperial
dignidad, la cual exigía que el movimiento de la
Primerísima Persona se realizara sin el menor
peligro de colisión y sin que se interpusiese el
menor obstáculo.
Cuando este
cronista, y entre otros, los siete que recuerdan
a Kapuscinski en esta edición, participaron de
un taller de periodismo narrativo que organizó
la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano,
FNPI, por iniciativa del propio Gabriel García
Márquez, en México, en el 2001, fue grande la
dificultad para sacar del maestro los consejos
que esperábamos los novatos. Sólo se detuvo a
hablar de El Emperador. Tengo una
costumbre: cuando no sé cómo comenzar un libro
trato de escoger la sentencia más sencilla que
se pueda imaginar, como de libro para niños (a
la manera de Alicia tiene un gato).
Un día de repente recordé que vi al emperador
en varias ocasiones con un pequeño perro siempre
en su regazo. Y escribí la primera sentencia:
Ese era un perro de raza japonesa. Se
llamaba Lu. Cuando escribí esa frase
pensé que tenía el libro. El libro fue
saliendo de a poco. Cada semana entregué
un pedazo. Y ahí felizmente comenzó el
problema. Todos estaban sorprendidos porque
esperaban un reportaje clásico y de
repente apareció el perro de Haile Selassie y
estaban muy insatisfechos. A la segunda semana el
editor me preguntó: ¿Cuándo empieza a
escribir el reportaje? Pero algunos
empezaron a entender: poder, dictadura... y
comenzaron las llamadas del Comité Central:
¿Qué están publicando?. La gente
lo leyó como un retrato de la elite gobernante
polaca. El Emperador se agotó en una
noche.
En español,
Anagrama editó El Emperador en 1989. Antes, en
el 87, había publicado El Sha, sobre la
revolución que depuró al sistema político
iraní. Aquí se vale de la ruptura y la mezcla.
Rompe la convención de la narrativa lineal para
valerse del collage: fotos, cartas, anotaciones
en servilletas, Kapuscinski construye en torno
del Sha un libro que sustenta su posición
fundamental: no apegarse a los géneros. Yo
escribo textos, les decía, haciéndose el
pillo, a los periodistas culturales que le
preguntaban por el asunto. En La guerra del
fútbol y otros reportajes (1992) cuenta el Congo
de 1960, la Argelia del 65 y la absurda
guerra de cinco días entre Honduras y El
Salvador. Durante el último año preparaba un
libro sobre Latinoamérica. Imperio salió en
español simultáneamente con su edición polaca
e inglesa, en 1994. Luego vino el de una
entrevista larga en Italia, Los cínicos no
sirven para este oficio. Y en 2003 la colección
Crónicas sacó el que, a pesar de no tener tanta
prensa en español como El Emperador, quizá sea
su mejor trabajo: Un día más con vida.
El libro
comienza con un mapa en el que se puede detectar
Luanda, la capital de Angola, al borde del mar.
Allí Kapuscinski se dejó estar; es decir, no se
sumó a la diáspora de la ciudad por el temor al
azote que se predecía. Es posible ver al en ese
entonces vital y hermoso Ryszard deleitarse con
el trágico momento de la despedida de los seres
vivos de toda esa ciudad que lo dejaban a él, a
unos cuantos locos aferrados a sus propiedades, y
a los perros abandonados, a la buena del odio y
la guerra. Desde su ventana en el despoblado
hotel Tívoli, ve los barcos cargados alejarse,
en olas migratorias enormes, y describe la ciudad
como un esqueleto desnudo pulido por el
viento, un hueso roído que sobresalía de la
tierra en dirección al sol.
En esa novela de
guerra atrapante y llena de melancolía
Kapuscinski hace el descubrimiento que lo hizo
meditar hasta su muerte. La novedad de un siglo
de liberaciones nacionales que permitía
vislumbrar un futuro de guerras focales, el hoy,
nuestro más acuciante y sordo presente. La
guerra de Angola fue el principio de este nuevo
tipo de guerras, sin fronteras, de unos grupos
armados que cambian de bando todo el tiempo,
robando, destruyendo, ocupando en ese
caso las minas de diamantes y los campos de
explotación petrolera y autofinanciándose.
Angola fue el origen de este nuevo tipo de
guerra, dice en una entrevista en Varsovia
con la revista Letras Libres, una de las últimas
que dio, y en la que profundiza sobre conceptos
fundamentales de su obra, ejes que permiten
comprender su escritura y el futuro del mundo.
Se cambiaron los actores y los objetivos de
la guerra. Ahora tenemos muchos actores
distintos: mafias, milicias tribales,
terroristas, narcotraficantes, mercenarios. Se
trata de grupos armados que se independizaron del
Estado. El Estado como tal ha perdido el
monopolio del instrumento de la violencia.
Parte de estas
últimas reflexiones de Kapuscinski se cruzan con
sus declaraciones en torno de la globalización,
el rol del Estado y la privatización de la
violencia que se pueden leer en Los cinco
sentidos del periodista, un libro que resume sus
clases en México y Buenos Aires para los alumnos
de la FNPI. El hombre que escribió un libro, no
traducido, al que le puso De una guerra a la
otra, estaba interesado en los grupos armados
autónomos, autofinanciados por el robo, el
lavado de dinero, el tráfico de diamantes, el
dinero del narco y su desarrollo tecnológico en
armamento. No sólo las armas ligeras
actuales son muy precisas, sino que son muy
fáciles de manejar, lo que permite a estos
grupos contratar a gente desesperada, niños
huérfanos, desocupados, mercenarios, para
engrosar las filas de sus ejércitos
particulares, dijo.
A Kapuscinski le
preguntaron, cuando estuvo en Buenos Aires en la
Fundación Proa, durante una semana, a fines de
2002, por qué tantas veces se había puesto en
riesgo durante sus años como periodista.
Explicó la diferencia entre la inminencia de la
muerte y la condena a muerte. La certeza de la
muerte, dijo, anestesia el cuerpo. El condenado,
dijo, no teme. Sólo espera. Lo único que
le falta es la muerte física, dijo. Es
cierto, Kapuscinski estuvo condenado a muerte
cuando era un hombre sin canas. Y vivió lejos de
la vida cotidiana de su amada Varsovia. Su
honestidad ante la muerte lo pinta para siempre.
Cuando pensaba en ese momento previo al último
movimiento del verdugo decía: La muerte es
una experiencia de vida de suma
importancia.
*
Cristian Alarcón
es reportero del suplemento cultural
"Radar", que publica el diario
argentino Página
12. Participó en el
primer taller de crónica que impartió Ryszard Kapusinski a periodistas latinoamericanos, en la
Ciudad de México (2001).
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