Gabriel García Márquez
¡Mande
a los editores a la mierda!
Boris
Muñoz *
Primero dijo que nada de
entrevistas. Después dijo quince minutos.
Después postergó dos veces esos quince minutos.
Pero finalmente Gabriel García Márquez se
rindió al asedio y concedió a Página/12 este
reportaje exclusivo en Manhattan, en el cual
habla de su rutina cotidiana cuando escribe, de
las mediocridades del periodismo actual y de sus
múltiples tareas invisibles como
operador político entre Estados Unidos y los
países de América latina. Sin privarse de retar
a su entrevistador cada cinco minutos por las
preguntas que debe contestar.
El
mensaje terminante fue enviado con un amigo
personal, luego de una semana de cartas
infructuosas:
Dile que,
si es un verdadero periodista, él sabrá qué
tiene que hacer.
Desde las nueve
y media de la mañana, el periodista novato
esperaba pacientemente sentado en un sofá del
lobby del Hotel Mark. La voz en el teléfono de
la habitación le había dicho: Salió
temprano. Usted sabe que se la pasa de agasajo en
agasajo. Pero algo le decía que estaba
ahí, en su habitación, leyendo tranquilamente
los diarios colombianos, que un hombre con
bigotes de charro mexicano acababa de alcanzarle.
A las once y
media el veterano Premio Nobel salió del
ascensor y caminó hacia la puerta del hotel sin
mirar a los lados y con el paso rápido del que
no quiere ser descubierto. Iba abrigado con un
saco de cachemira negro y, debajo, un suéter
deportivo que dejaba ver el cuello de una camisa
blanca con rayas negras. Unos diminutos lentes
oscuros redondos, de montura antigua
ocultaban sus ojillos de aceituna negra. La forma
de vestir y los inesperados anteojos generaban un
perfecto contraste con la celebérrima cabeza de
rulos color ceniza y los bigotes de leche. Al
borde de la puerta se detuvo. Por fin, después
de todo: ahí estaba García Márquez. Era el
primer día de un otoño resplandeciente y en las
calles de Nueva York hacía un frío que calaba
los huesos. El periodista novato dijo:
Señor
García Márquez. Mucho gusto. Lo estoy buscando
para hacerle una entrevista.
¿Para
qué me quiere hacer una entrevista? En
Latinoamérica hay una magnificación viciosa de
la entrevista. Creen que todo el periodismo se
reduce a la entrevista. No entienden que la
entrevista tiene sentido sólo cuando el
entrevistado tiene algo que decir. Y yo no tengo
nada que decir. Es mejor que no pierda su tiempo
conmigo dijo buscando con la vista la
enorme limusina plateada que lo transportaba a lo
largo y ancho de la Gran Manzana.
Controlando su
estado de nervios, el periodista novato se
atrevió a responder:
Usted sabe
cuál es la misión de un entrevistador.
Yo nunca
en mi vida he escrito una entrevista. Puede
buscar en todo lo que he escrito y, si encuentra
una entrevista mía, tráigamela que se la
compro. Cuando trabajaba como reportero me iba a
los lugares, observaba muy bien a su gente,
tomaba algunas notas en una libreta y al volver
escribía todo, recreando la situación de
memoria. Vamos a tener que invitarlo a los
talleres de la Escuela de Periodismo para que
aprenda algunas cosas del oficio.
Pero los
editores...
Los
editores dijo elevando su dedo índice
hacia el cielo mándelos a la mierda.
¿A la
mierda? ¿Cómo?
Bien
lejos, a la mierda. Usted no tiene que hacer lo
que quieren los editores. Acto seguido,
García Márquez miró su muñeca y se dio cuenta
de que había olvidado su reloj en la
habitación. Mire, es muy tarde. Tengo una
cita a las once y media y olvidé mi reloj por el
apuro. ¿Usted conoce el significado de la
palabra ocupado? Yo soy una persona ocupada y lo
que menos me gusta es que me pongan en situación
de decir que no. No me gusta que me obliguen a
decir no.
Todo esto dicho
sentenciosamente, mientras tomaba al novato
periodista por el brazo y caminaba hacia la
limusina.
Pero usted
sí tiene cosas que decir. La semana pasada se
reunió con el presidente Clinton. Y el problema
de la desertificación de Colombia, en el asunto
drogas...
Mi
reloj... voy a llegar tarde. Vamos a hacer algo:
espéreme aquí en el hotel. Cuando vuelva,
hablamos quince minutos. No sé por qué no
entienden que uno es una persona ocupada
alcanzó a oír el periodista novato,
mientras la cara de García Márquez desaparecía
tras el cristal oscuro de la limusina. Antes de
arrancar, el chofer (el mismo hombre con bigotes
de charro mexicano que dos horas antes le había
hecho llegar a la habitación 1451 los diarios
del día) salió del auto con un mensaje:
El maestro García Márquez le manda decir
que no se vaya.
LA
ALEGRIA DEL GABO
El periodista
novato volvió al mismo sofá donde había estado
desde las nueve y media. El lobby del hotel
parecía la trastienda de un mercado de puerto,
donde empleados y turistas pasaban de un idioma a
otro en sus monólogos superpuestos: del francés
al inglés, del español al árabe, del alemán a
un dialecto de la India. Después de cuatro
horas, el conserje del hotel, un argentino con
destrezas políglotas, se atrevió a expresar su
solidaridad al periodista novato: No se
preocupe, tenga paciencia que los inmortales se
hacen esperar.
Era la una y
media cuando la limusina se detuvo nuevamente
frente a las puertas del hotel. Casi al mismo
tiempo salió de uno de los ascensores Mercedes
Barcha, la sabia esposa de siempre y quizás el
más famoso de los personajes de la vida de
García Márquez. Caminaba con el mismo afán de
invisibilidad de su marido, pero con paso aún
más rápido. En un segundo desapareció tragada
por una de las puertas de la inmensa ballena
blanca con ruedas. Un momento después apareció
García Márquez, calzándose en la muñeca el
reloj que había olvidado en su habitación, y
dijo:
Llevo dos
horas angustiado pensando que usted está aquí
esperándome. Me tuve que quedar más tiempo en
el sitio donde estaba y ahora voy saliendo a
almorzar. Venga a las cuatro en punto y
hablaremos quince minutos. Sólo quince minutos,
porque tengo que salir volando al aeropuerto.
Pero sepa que así no es la cosa. Así no se hace
periodismo. La entrevista no es esto. La mejor
entrevista que yo he leído en mi vida fue la que
trató de hacerle Gay Talese a Frank Sinatra.
¿Quiere que le cuente?
Por favor.
Sinatra
citó a Gay Talese en un hotel de Las Vegas.
Cuando Talese llegó, a Sinatra no se le ocurrió
nada mejor que enfermarse. Durante una semana
estuvo Gay Talese tratando de entrevistar a
Sinatra y durante una semana Sinatra canceló
encuentro tras encuentro. Eso es la entrevista de
Talese: la historia de cómo no pudo
entrevistarlo durante toda esa semana. Es la
mejor entrevista que he leído. ¿Sabe cómo se
llama? La gripe de Sinatra.
Ahora son las
3.55. El periodista novato está sentado en el
mismo sofá que al principio. Ha revisado mil
veces la lista de preguntas. Ha chequeado el
funcionamiento del grabador. Se siente sin duda
listo, aunque un poco agotado física y
mentalmente por las horas de espera. García
Márquez y su esposa irrumpen en el hotel. Antes
de abordar el ascensor, Mercedes le recuerda a su
esposo: Gabo, no te tardes, recuerda que te
estamos esperando arriba. García Márquez
toma asiento y mira su reloj una vez más.
Bueno,
¿de qué vamos a hablar?
Un
segundo. Voy a encender el grabador.
¡Ah, no,
nada de grabadoras! La grabadora es la culpable
de muchos de los problemas y desviaciones del
periodismo actual. Si quiere, tome notas. Pero,
por favor, guarde la grabadora. Cuál es la
primera pregunta.
A dos
años del siglo XXI, ¿cómo ve usted la
situación de América latina? Pobreza, drogas,
violencia, corrupción... ¿seguiremos siendo un
callejón de sueños sin salida?
Sí.
Seguiremos siendo un callejón de sueños sin
salida. Así será.
¿Lo dice
de verdad?
¿Qué
quiere que le diga? Para contestar a esa pregunta
hacen falta tantas horas que el producto de la
conversación alcanzaría para llenar una
enciclopedia de cuatro tomos. Siguiente pregunta.
Desde hace
algunos años la enseñanza del periodismo ha
sido un interés central en su trabajo
intelectual. ¿Por qué le preocupa tanto el
periodismo? ¿Cuál es el papel que le asigna en
la actualidad y en el futuro de Latinoamérica?
Cada día
nos olvidamos más de la ética. Las escuelas de
periodismo enseñan todo lo que tiene que ver con
el periodismo, menos el oficio. El reportaje, que
es el género que amo, ha sido degenerado a la
entrevista. El reportaje es la reconstrucción de
un hecho tal y como sucedió en todos sus
detalles. Y eso es cada vez menos frecuente en el
periodismo: cada vez hay menos reportajes y
reporteros en Latinoamérica.
Pero se
publican buenos reportajes en todos los países
de América latina, y además, hay también
excelentes especialistas en reportajes.
Nómbreme
uno.
Sin ir
más lejos en Colombia están Germán Castro
Caycedo y Mauricio Vargas. Y aquí está Alma
Guillermoprieto...
Ah, pero
usted me está haciendo trampas. Me está
nombrando a los buenos, y ésa no es la regla
sino la excepción.
Pero el
problema del periodismo no es responsabilidad
exclusiva de los periodistas y las escuelas, sino
también de una concepción contemporánea de los
medios de comunicación.
Los
periódicos han priorizado el equipamiento
material e industrial, pero han invertido muy
poco en la formación de los periodistas. La
calidad de la noticia se ha perdido por culpa de
la competencia, la rapidez y la magnificación de
la primicia. A veces se olvida que la mejor
noticia no es la que se da primero, sino la que
se da mejor. En otros casos, se le pide al
periodista que escriba un reportaje y luego llega
una publicidad y el reportaje se ve reducido a
una columna. Lo que creo es que debemos volver a
la vieja manera del oficio. Eso es lo que
tratamos de meterles en la cabeza a los
periodistas que van a Cartagena. Llevamos a
periodistas de mucha trayectoria para que les
hablen a los jóvenes desde su experiencia
directa en los medios. La ética y el oficio son
los ingredientes principales.
Al leer
sus crónicas recogidas en Textos costeños
sorprende la naturalidad con que asumió el
oficio de periodista. La crítica habla mucho de
cuáles fueron sus influencias literarias pero
poco o nada de sus influencias periodísticas.
Es muy
sencillo. El reportaje era para mí un género
literario. Yo llegué al periodismo con vocación
y aptitudes de escritor. Lo que hice fue aplicar
al periodismo las mismas técnicas de la
literatura. No hay otro secreto que ése. ¿Está
tomando notas?
Lo estoy
grabando... Con la mente, no con el grabador, no
se preocupe.
García Márquez
no contesta, pero mira su reloj, y el periodista
novato se apresura a pasar a la pregunta
siguiente.
Este año
se cumplen cincuenta años de la publicación de
su primer cuento, treinta de Cien años de
soledad, quince del Premio Nobel. ¿Se ha
detenido a pensar por un momento qué significa
esto? En sus años de La Cueva de Barranquilla,
¿sospechó alguna vez que todas estaban grabadas
en la palma de su mano?
No tenía
nada grabado en la palma de mi mano. Yo sabía
cómo y qué quería hacer, y lo hice contra
viento y marea. Quería contar historias reales o
ficticias y siempre lo supe. Nunca he ganado un
centavo sin la máquina de escribir. Nunca me
dejé seducir por algo que no fuera lo que yo
quería hacer: contar historias en el periodismo,
la literatura o el cine. Lo de la fama, las
ventas de libros y el dinero vino después de que
hice muchos reportajes que nadie leía y escribí
algunos libros que nadie compraba. He sido feliz,
y el secreto de la felicidad ha sido hacer
siempre sólo lo que me gusta hacer: contar
historias.
Usted, que
es mediador entre Washington y La Habana, ¿cómo
ve en este momento las relaciones bilaterales?
¿Será posible un cese al bloqueo antes del año
2000, algo así como un borrón y cuenta nueva?
Esa me
parece una afirmación alegrona.
¿Cuál?
La de que
yo soy mediador entre Cuba y Estados Unidos.
Pero usted
ha tenido varias reuniones con el presidente
Clinton y es, además, amigo personal y cercano
de Fidel Castro. Si no me equivoco, ha estado muy
activo en los trámites de devolución del Canal
de Panamá por parte de Estados Unidos. Y hace
algunos años intervino para solucionar la crisis
de los balseros cubanos...
Nunca he
sido mediador. Esa palabra es incorrecta.
Al menos
sí ha sido un observador...
Observador
sí, pero no mediador.
Como
observador, ¿considera usted que es posible
poner fin al bloqueo?
No lo sé.
Lo único que sé es que ése es un bloqueo
injusto y sin derecho. Tiene casi cuarenta años
y no les ha servido para nada. El bloqueo de
Estados Unidos sobre Cuba es un gran fracaso.
Desde hace mucho tiempo. Cuba lo quiere tumbar,
pero no hay señales del otro lado. A partir del
día en que termine el bloqueo, la situación de
los dos países fluirá instantáneamente. De eso
sí estoy seguro.
Dicen que
hay dos tipos de escritores: aquellos para los
cuales la literatura es una esposa y aquellos
para quienes es una amante. ¿En cuál bando se
ubicaría usted?
¿Quién
dice eso?
Me dijeron
que lo dijo Carmen Balcells, su editora.
Se
equivoca, Carmen Balcells no es mi editora, es mi
agente literario.
Perdón,
su agente literario. Pero ¿en cuál bando se
ubicaría?
Las
mejores esposas son siempre las grandes amantes.
La literatura es mi esposa, mi amante, mi tía,
mi hija y mi abuela.
Si tuviera
que contar una historia de amor en este momento,
¿cómo sería?
Ya la he
contado.
El amor en
los tiempos del cólera, por supuesto. Pero si
tuviera que contarla en este momento...
La
contaría igual. Sólo que esta vez, en lugar de
narrar su vida hasta los setenta años, la
narraría hasta los noventa.
Todo
escritor tiene una historia que siempre ha
querido escribir y que tal vez nunca escribirá.
En su caso, ¿cuál es esa historia?
Me surgen
ideas a cada rato. Pero no tomo notas, porque si
tomo notas les presto más atención a las notas
que a la historia. Muchas de las ideas se van,
otras siguen dándome vueltas. Las que resisten
esa prueba son las que escribo. La historia,
cuando es buena, se impone por sí misma.
¿Y cómo
ve el amor en este momento?
Igual que
a los quince o dieciocho: como la cosa más
maravillosa sobre la Tierra.
Usted ya
no tiene quince ni dieciocho. ¿No ha cambiado el
tiempo su ideal del amor?
No crea
que hay tanta diferencia. Como dice un amigo
mío, que tiene ochenta años: el índice de
mortalidad infantil es muy elevado, mientras las
tasas de longevidad crecen día a día. El amor
mueve con la misma fuerza a cualquier edad.
Es cierto.
¿Se enamora usted todavía? ¿Se ha vuelto a
enamorar?
Y qué tal
si yo le dijera que eso pertenece a mi vida
privada. ¿O usted es un paparazzo?
¡He
estado esperándolo en la misma silla del lobby
de este hotel hace ocho horas, y con su
autorización!
¿No será
un paparazzo de esos que buscan detrás de la
vida de la gente para...? siguió García
Márquez, ignorando al periodista novato, y
desenredando el aire con los dedos, como si su
mano nadara en una piscina imaginaria.
No, no soy
paparazzo. Soy estudiante y periodista. ¿Qué
hace en el momento justo antes de sentarse a
escribir?
He logrado
una rutina. Me despierto a las cinco de la
mañana. Leo en la cama entre las cinco y las
siete. A las siete me levanto, me baño y tomo el
desayuno. Después me visto, como un empleado de
banco que va a la oficina, y me siento a
escribir. Escribo siempre vestido, nunca en
pijama. Apenas me siento, reviso lo que hice ayer
y continúo escribiendo lo que estaba haciendo.
Porque al terminar el día anterior ya sabía por
dónde seguir. Es una rutina que cumplo todos los
días, no importa dónde esté, pues no sufro de
bloqueos ni del terror a la página en blanco.
Trabajo siempre hay y muchísimo.
Entonces,
¿cuál es su mayor problema al escribir?
El mayor
problema es saber cuándo uno se miente a sí
mismo. Porque cuando te mientes a ti mismo le
mientes al lector, y la mentira es algo que el
lector nunca perdona.
¿Se ha
descubierto mintiéndose a sí mismo?
Todos los
días. A veces estoy escribiendo y me detengo y
me digo: Mmm, por aquí no es la vaina.
Esto no me suena. Entonces vuelvo atrás y
empiezo de nuevo. Hay que tener cuidado, porque
mentirse a uno mismo es lo más peligroso que hay
para un escritor.
¿Sigue
preguntándose cada mañana frente al espejo
quién es y cuál es su lugar en el mundo?
Nunca me
he preguntado quién soy, porque siempre lo he
sabido. Soy el hijo del telegrafista de
Aracataca. Por cierto, ¿de dónde sacó eso?
Lo leí en
una crónica de Fernando Quiroz que cuenta las
rutinas de Gabriel García Márquez.
Nunca en
mi vida he hecho frente al espejo algo distinto
de lo que hacen las demás personas. Lo que pasa
es que Fernando tiene mucha imaginación y, por
supuesto, derecho a usarla.
Entre
Relato de un náufrago y Noticia de un secuestro
hay cuarenta años de distancia. ¿Cómo juzga el
veterano escritor Gabriel García Márquez al
reportero novato, feliz e indocumentado que
recogió el testimonio de aquel sobreviviente?
No
entiendo.
¿Piensa
que el reportero novato que escribió Relato de
un náufrago hubiera podido escribir Noticia de
un secuestro?
Sí, pero
hubiera necesitado los tres años de dedicación
absoluta que me tomó a mí Noticia de un
secuestro. Relato de un náufrago se escribió en
los mismos catorce días que duró el naufragio.
Entrevistaba al náufrago por la mañana y
durante el resto del día escribía artículos y
editoriales. Tenía una presión bárbara. En
Noticia de un secuestro tuve todo el tiempo del
mundo para investigar y verificar los datos. Mi
amigo Antonio Caballero dice que el libro es un
reportaje en todo, excepto en una cosa: la falta
de presión del cierre que define al reportaje
como género. Si tuviera que escribir hoy Relato
de un náufrago, lo escribiría igual. Y creo
también que, si aquel joven que lo escribió
hubiera tenido tiempo y dinero, habría podido
escribir Noticia de un secuestro.
Pero aquel
periodista sin la fama y el prestigio de los que
goza usted hoy en día no hubiera podido acceder
al poder de la misma forma que usted lo hizo.
No creas.
Los periodistas siempre han tenido el poder de
llegar al poder. Es cierto que antes era más
fácil que hoy en día hablar con un presidente.
Pero claro, muchos de los presidentes con los que
tengo que hablar son menores que yo. Y eso sin
duda me da una ventaja a la hora de llegar a
ellos.
¿Cuál es
la frontera que separa al periodismo de la
literatura?
La
realidad es el límite. La literatura es, para
usar una expresión de nuestra época, la
realidad virtual. Pero hay que ser verosímil en
los dos campos. La diferencia es que en el
periodismo, además, hay que ser fiel a los
hechos.
Le hago
esa pregunta porque hay un texto suyo que aparece
en un libro como crónica y en otro como cuento.
¿Qué
texto?
Se llama
Cuento de horror para la noche vieja
y relata su visita y la de su familia a un
castillo de Miguel Otero Silva, ubicado en la
Toscana. El castillo estaba habitado por
fantasmas. Si mal no recuerdo, usted contaba que
había dormido en una habitación de la planta
baja pero a la mañana siguiente se despertó con
su esposa en el segundo piso y en la misma cama
donde el antiguo dueño del castillo había
matado a su amante. Ese relato aparece como
cuento en Doce cuentos peregrinos y como crónica
en Notas de prensa: 1980-1984.
¡Ah, pero
eso no es periodismo! Son notas de prensa... y no
sólo esa historia, sino todo el libro está
lleno de fantasmas. Además, voy a confesarle
algo, todo lo que cuento allí ocurrió en
verdad. Es una lástima que Miguel Otero Silva no
esté aquí para verificarlo.
Por
cierto, ¿qué está escribiendo actualmente?
Estoy
escribiendo tres historias cortas. Bueno, no tan
cortas: de unas 200 páginas cada una. Son
historias que quería escribir antes de Noticia
de un secuestro. Estaban en la cola, pero sólo
ahora he podido entrarles de frente. Pero no se
preocupe por escribir esto: no es una primicia.
Ya ha sido publicado en todo el mundo y en todos
los idiomas.
¿De qué
tratan?
Son
historias de amor entre personas con grandes
diferencias de edad.
¿Una
mujer muy joven con un hombre muy viejo?
Una mujer
mayor con un hombre joven.
¿Podría
contar algo más?
No puedo
porque se me empavan.
¿No es
cierto que una de esas historias es el relato de
una mujer que todos los años va a una isla a
visitar en un cementerio los restos de su madre,
y que en esos viajes le es infiel a su marido con
un hombre distinto cada vez?
¡Cómo
supo eso!
Usted
mismo lo contó ante una audiencia de estudiantes
en la Universidad de Georgetown, en Washington.
Ah, sí...
Pero lo que conté no tiene nada que ver con el
resultado final de la historia. En realidad,
conté una cosa distinta de la que estoy
escribiendo. Esa es una técnica que tengo para
probar las historias, que me permite ver las
reacciones de la gente: saber qué están
pensando, cómo sienten un argumento, si lo que
les cuento los hipnotiza.
¿Escribe
doble, entonces?
Alvaro
Mutis, quien siempre lee primero que nadie lo que
escribo, a veces me dice, cuando le llevo la
versión final de un texto: Ah, pero tú
sí que eres cabrón; esto no fue lo que me
contaste.
Hay una
película que trata de dos amantes que se reúnen
una vez al año en una isla, secretamente, para
amarse. Los amantes son Jack Lemmon y Shirley Mac
Laine, la película se llama El año que viene a
la misma hora.
Los
actores son Alan Alda y Ellen Burstyn y no hay
ninguna isla. Como ve, conozco la película. Pero
en estos tiempos sabemos que no es la
originalidad lo importante, sino la manera de
contar la historia. Antígona y Prometeo... Cada
siglo se vuelven a escribir los grandes mitos de
la antigüedad griega porque son historias
inmortales.
Vuelvo a
la primera pregunta de este reportaje: a dos
años del siglo XXI, ¿cómo ve la situación de
América latina?
Lo único
que me interesa es que Latinoamérica vaya
adelante y no para atrás. Estamos en busca de la
felicidad. Pero por favor no me pongas a hacer
teoría política porque hace tiempo que nadie
cree en ella, y en estos días nadie sabe qué se
debe y qué no se debe hacer. La única certeza
es que los latinoamericanos estamos en busca de
la sociedad feliz.
Una
pregunta más. ¿A qué se debe que los
escritores, pese a todas las debacles, sigan
conservando el prestigio y autoridad que los
políticos y los otros líderes de la sociedad
han perdido?
Un buen
escritor, un buen artista, logra perpetuarse
cuando se identifica plenamente con determinada
realidad, cuando es un personaje de su lugar y su
tiempo...
Yo
soy yo y mi circunstancia, como decía
Ortega y Gasset...
Eso lo
dice usted, no yo. Usted está interpretando lo
que yo digo. Yo no citaría ese ejemplo.
¿A quién
citaría?
A Dante,
Cervantes y Juan Rulfo. Me están esperando
arriba desde hace rato dijo García
Márquez mirando el reloj por última vez.
Una
pregunta más.
Hace una
pregunta me dijiste una pregunta
más, y con ésta son dos. Recuerda: lo
más difícil de una entrevista no es saber por
dónde empezarla sino dónde terminarla.
¿Cómo se
ve a sí mismo en este momento?
Más
simpático y más guapo que nunca.
Parecía un
final jocoso, pero tenía a la vez algo solemne.
Los dos personajes se levantaron de sus asientos
y se estrecharon las manos en señal de
despedida. Eran las 4 y 40 de la tarde: los
quince minutos establecidos se habían
multiplicado por tres. Un poco confundido, el
periodista novato volvió a su asiento para poner
las cosas en su sitio, mientras García Márquez
permanecía infinitos segundos de pie con las
manos en los bolsillos de su saco de cachemira
negro, como esperando un ascensor invisible. No
se miraban, aunque tampoco se decidían a
moverse. Por fin, García Márquez volvió a
extender la mano:
Ahora sí
me tengo que ir.
Nos
volveremos a ver.
Bueno,
pero no hoy, ¿verdad?
* Boris
Muñoz es
periodista e investigador venezolano. Esta
entrevista se publicó el 19 de octubre de 1997
en el diario argentino Página/12.
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