Jon Lee Anderson: La música de un
perfil
Jaime
de la Hoz Simanca *
I. En Higueras, el Che se
parecía a Cristo
Jon
Lee Anderson toma el libro de fotografías del
Che Guevara entre sus manos y sus ojos azules se
mueven a través de cada una de las páginas. Se
detiene en las gráficas de Alberto Korda y luego
mira fijamente al legendario guerrillero con
aquella expresión de rabia contenida, el cabello
derramado hasta los hombros y la boina adornada
con una estrella blanca en el frente.
Es la
mejor foto del Che dice.
Se parece
a Cristo agrego.
No
replica. El parecido con Cristo lo
encuentro cuando el Che está muerto, tendido en
el mesón de una escuela del pueblo de Higueras.
Anderson sigue
hojeando y lee en silencio: Después de
haber tirado las fotos de Dorticós y de Fidel se
produce un vacío. No levanto la cabeza, solo
muevo mi Leica con un objetivo de 90 milímetros.
Entonces aparece el rostro severo, terrible,
acusador del Che. Su expresión es tan
impresionante que tuve una reacción de retroceso
y, en la misma fracción de segundo, apreté el
botón. Esa es la foto
.
Es el testimonio
de Korda que explica la famosa y hoy mítica foto
tomada en La Habana el 5 de marzo de 1960, en una
gigantesca concentración convocada momentos
después de la explosión de un carguero francés
que causó más de cien muertos. El Che está en
la tribuna de los dirigentes, cerca de Simone de
Beauvoir y Jean Paul Sartre, mientras abajo miles
de manifestantes se sorprenden, al final del
acto, cuando escuchan por primera vez el grito de
Fidel Castro: ¡Patria o muerte,
venceremos!.
Sin embargo, la
foto que ilustra la portada del libro Che
Guevara, una vida revolucionaria, escrito por
Anderson, es la del fotógrafo suizo René Burri:
una mirada de soslayo y un inmenso tabaco entre
los labios. Se trata de un extenso perfil de 758
páginas publicado por editorial Anagrama. Los
libros están expuestos en una estantería
improvisada al lado derecho del teatro Amira
de la Rosa, en la caribeña ciudad de
Barranquilla, Colombia, donde el periodista
estadounidense revelará los secretos más
recónditos de su oficio ante una audiencia que
escuchará embelesada sus respuestas cargadas de
humor y suspenso.
Cuarenta y ocho
horas antes de su esperada presentación, Jon Lee
Anderson nos espera en el hotel El Prado,
sonriente pero cauteloso. Es la misma cautela que
le ha permitido sobrevivir en medio de las
batallas encarnizadas de Afganistán e Irak. O
salir indemne de Palestina después de haber sido
tomado como escudo por grupos de integristas
musulmanes, quienes lo amenazaban en todo momento
con el degüello.
Ahora, cerca de
la piscina del hotel, hojea una vieja edición
del Diario del Che en Bolivia publicado
con el sello de Radio Habana Cuba. Es un libro de
formato alargado, encuadernado en hojas de papel
cebolla y con un prólogo de Fidel Castro donde
advierte, al final de la nota, que
La forma en que llegó a nuestras manos este
Diario no puede ser ahora divulgada; baste decir
que fue sin mediar remuneración económica
alguna. Contiene todas las notas que escribió
desde el 7 de noviembre de 1966, día en que el
Che llegó a Ñancahuazú, hasta el 7 de octubre
de 1967, víspera del combate de la quebrada del
Yuro
.
No
conocía esta edición dice Anderson
después de mirar la portada que también está
ilustrada con la fotografía de Korda.
II. Ese era el Che
¿Cómo
llegó usted al descubrimiento de la tumba del
Che? indago.
Ya está sentado
al otro lado de la piscina, de frente a las
palmeras mecidas por el viento de la tarde. Pese
a que dejó de entrevistar con grabadora desde el
momento en que García Márquez le dijo que
pensaba que se trataba de una conversación entre
amigos, en mitad de un diálogo que
sostenían en Bogotá para la elaboración de un
perfil que, al publicarse en The New Yorker,
habría de distanciarlos durante algún
tiempo acepta en esta ocasión que el
aparato rastree, sin misericordia, sus palabras.
Y da la impresión que lo ignorara, pues desde
hace más de una hora está sumergido en sus
historias de violencia y sangre, y en sus
perfiles periodísticos que lo harán decir, casi
al final de la entrevista: Pinochet era un
psicópata. Pero en este instante recibe la
pregunta sobre la tumba del Che y comienza a
develar el misterio, sin ahorrar detalles no
exentos de sorpresas.
Todo
ocurrió cuando entrevisté al ex general Mario
Vargas Salinas responde.
Vargas Salinas
era por ese entonces un capitán del ejército
boliviano que el 11 de octubre de 1967 había
presenciado el entierro de varios guerrilleros en
un lugar que durante lustros se mantuvo oculto.
Aún después de la confesión de Vargas Salinas,
el misterio continuaba y las agencias de prensa
despachaban al mundo resignadas notas, pues sólo
prevalecía la noticia firmada por Anderson que The
New York Times había publicado en primera
página. Una de las notas fue enviada en los
siguientes términos:
Tres
décadas después de su muerte, aún se tejen
disímiles versiones sobre el destino final de
sus restos, que van desde la incineración, el
traslado del cadáver a Estados Unidos o el
esparcimiento de sus cenizas en la selva. Una
inusitada noticia dio la vuelta al mundo a
finales de 1995, removiendo la memoria del aquel
trágico 1967, cuando el general retirado
boliviano Mario Vargas Salinas dijo al periodista
estadunidense John Lee Anderson que los restos
del comandante guerrillero se encontraban en las
inmediaciones de la vieja pista del aeródromo
vallegrandino. Aunque las declaraciones de Vargas
Salinas rompieron un silencio de casi 30 años en
torno a un tema considerado tabú, los esfuerzos
del gobierno boliviano y de un equipo
multidisciplinario de expertos han resultado
hasta ahora infructuosos para hallar el supuesto
lugar donde fue enterrado el Che.
Anderson habló
durante tres horas con el ex general que,
efectivamente, había estado en Vallegrande la
noche de la desaparición del cuerpo del Che. El
periodista lo sabía, pero había dejado para el
final la pregunta clave. Habló de todo con aquel
oficial que fue cercano a la dictadura del
presidente René Barrientos, muerto trágicamente
en 1969. Gran parte de lo dicho por Salinas
serviría, meses después, como material de apoyo
para el libro sobre el Che Guevara, cuyo
relanzamiento se produjo hace algún tiempo en
Barcelona.
A
propósito, general, ¿qué pasó con el cuerpo
del Che? preguntó Anderson a Vargas
Salinas en los estertores de una reveladora
conversación.
Chico, yo
te quería hablar de eso respondió el ex
general. El Che está enterrado bajo la
pista aérea de Vallegrande.
Y después, con
lujo de detalles, se explayó acerca de los
pormenores de aquel enigmático episodio. Lo dijo
todo. Reveló el número de hombres que
participaron, recordó la hora en que se hizo y
la forma en que se llevó a cabo la
desaparición. A los diez días, cuando la
noticia estalló, la reacción no sólo fue
inmediata sino insólita, según Jon Lee.
Me
encontraba ya en La Paz y me despertó una
periodista para decirme que Vargas Salinas estaba
desmintiendo lo que yo afirmaba agrega.
Incluso, le
llegó un fax firmado por el ex general donde
desmentía todo. El presidente Gonzalo Sánchez
de Lozada expresó públicamente: Entiendo
que Anderson le sacó la información a Vargas
Salinas entre whiskie y whiskie. Jon Lee
convocó de inmediato a una rueda de prensa donde
explicó que la entrevista estaba grabada y que,
además, obtuvo la información de Vargas entre
café y café y no como había insinuado el
mandatario boliviano. Intuyó, asimismo, que
Vargas Salinas estaba bajo arresto domiciliario.
Se sentía extrañado, pues días antes había
visto a un hombre digno, respetuoso y patriota
que había decidido confesar el secreto para
terminar con una historia nefasta y para que
Bolivia pudiera avanzar en la reconciliación
nacional. Al día siguiente llegó otro fax donde
Vargas reconocía todo. El presidente Sánchez de
Losada declaró el fin del secreto militar en
torno a la desaparición del Che y conformó una
comisión cívico-militar para buscar los restos.
Al día
siguiente llegó Vargas Salinas en una avioneta,
rodeado de militares activos. Durante veinte
minutos caminó por la pista aérea sin decir
nada. Volvió a la avioneta, custodiado, y con un
pie en la escalerilla dijo: No recuerdo,
han pasado 28 años. Y se fue. En fin, es
toda una historia que no aparece en mi libro. Yo
llamé a los equipos de antropología forense de
Argentina e hicieron acto de presencia; vinieron
los cubanos
Los primeros
cuerpos fueron descubiertos por campesinos.
Después de dos semanas de búsqueda los restos
del Che fueron encontrados. Se hicieron pruebas
de ADN, examen de las placas dentales. Ese era el
Che. Me llamaron y fui a Bolivia. Me dejaron ver
los restos antes de hacerlo público. Las manos
estaban cercenadas quirúrgicamente
Era el
Che, explica.
Emocionante
afirmo, antes de preguntar por las dudas
que aún subyacen; pero, él se adelanta.
Yo sé que
esta pareja de gente andan desmintiéndolo ahora
agrega Anderson. Esta pareja de
periodistas que se dedican a desmentir cosas o a
calumniar a la gente. Primero lo hicieron con el
Subcomandante Marcos, después con el arzobispo
de Guatemala, Juan Gerardi. Sus fuentes son
militares guatemaltecos. Por favor
Y ahora
están con que no era el cuerpo del Che. Por
favor
III. Espero que
regreses entero, querido
Jon Lee Anderson
se expresa en un impecable español. No requiere
mucho esfuerzo para la conjugación de los
verbos, salvo los transitivos y copulativos.
Arrastra la erre más de lo debido y de vez en
cuando suelta un coño cubano distinto al
español para enfatizar sus gestos. Tiene
caídas en algunas frases cantadas, como la de
los argentinos, pero sin que sean notorias las
dificultades propias de la mayoría de los
estadunidenses raizales que agregan el castellano
a su lengua materna. En ocasiones, por su sentido
del humor, el desparpajo y la irreverencia,
podría parecer un hombre caribe. Pero lo delatan
sus casi dos metros de estatura, su mandíbula de
Marlon Brando y la mirada de Anthony Perkins en Psicosis.
Un mechón de pelo desordenado, detrás de su
cabeza, intenta alcanzar su espalda: es el
típico gringo que cualquier latinoamericano
confundiría con un guitarrista de una banda
rockera resucitada de Woodstock.
Espero que
regreses entero, querido. ¿Se acuerda de esa
frase?
La frase está
al comienzo de una de las cartas que escribió
desde Irak y aparece en La caída de
Bagdad. Anderson escucha la pregunta y
sonríe. Entonces explica que la pronunció su
esposa Erica, cuando decidió irse a Bagdad luego
de la invasión de Estados Unidos a Irak en
febrero de 2003. Fueron sus últimas palabras,
expresadas con cierta intención y convencida,
como él, que el apocalipsis estaba cerca. Es
más, el instinto de su otro yo le decía que
aquél sería un viaje sin retorno.
Dos años antes,
a raíz de los sucesos del 11 de septiembre, se
marchó de España a Afganistán. Erica, en la
distancia, le dijo algo parecido. Con sus hijos
Bella, Rosie y Máximo, la justificación fue
más fácil, matizada con mentirijillas blancas,
besos en la distancia y comunicación permanente
a través del teléfono satelital. En realidad,
lo de Afganistán tuvo un carácter fugaz para
Anderson. El mundo estaba en estado de shock,
en medio de un dolor que ahogaba las gargantas.
Algo, un viento desolado, sobrecogía las almas y
nadie tenía claro qué hacer, pues todo
era incertidumbre y caos.
Nadie sabía
qué podía venir, según Anderson. Todo era
nuevo bajo aquel cielo amenazante que cubría un
pueblo habitado por disímiles grupos étnicos y
que, en tiempos donde la memoria ya no alcanza,
había padecido la invasión de Persas, Árabes,
Griegos, Turcos, Mongoles, Británicos y
Soviéticos. Ahora, después de salir de una
cruenta guerra civil, Estados Unidos, junto a su
aliado Gran Bretaña y con el apoyo de la OTAN,
había decidido enviar miles de soldados con el
objetivo de derribar al gobierno Talibán y
capturar a Osama Bin Laden.
Y allí estaba
Jon Lee Anderson, recorriendo zonas de riesgo
azotadas por un bombardeo inclemente, y
moviéndose como gacela en medio de una lluvia de
balas. Fue un cubrimiento periodístico que
habría de culminar el 13 de noviembre de 2001
cuando las fuerzas de la Alianza del Norte
llegaron al corazón de Kabul. Un año después
apareció el libro con un título sonoro: La
tumba del león.
En el fondo,
esta obra está constituida por deliciosos
relatos cuyos apuntes fueron hechos por Anderson
en mitad del fuego graneado. En el libro son
visibles los pasos del periodista estadunidense
que parecieran sentirse en las afueras empedradas
de las cuevas de Tora Bora donde, según el
pentágono, se encontraba escondido Bin Laden.
Pero también hay crónicas que muestran, como en
una película de suspenso, los hilos cruzados de
la muerte violenta de Ahmed Shah Massoud, apodado
El león de Panjshir, líder militar
afgano que había contribuido a la expulsión del
ejército de la Unión Soviética, y quien fue
muerto en un atentado suicida, el 9 de septiembre
de 2001, cuarenta y ocho horas antes del derrumbe
de las Torres Gemelas de Manhatan. No sólo eso:
Anderson también se mueve en la tumba del
león a través del perfil periodístico, el
género que más cultiva, mediante las
descripciones de los mujaidines, guerreros
islámicos que son enviados en misiones suicidas.
¿Si la
muerte lo sorprende, cómo la quisiera: en el
campo de batalla?
No estoy
preocupado por ello, no pienso en ello
responde, tal vez, con la intención de
conjurarla. He pasado sustos y momentos en
que pensé que ya llegaba; pero, he tenido mucha
suerte. Y también, mucha experiencia.
Recuerda que
allí mismo, en Afganistán, osciló entre las
balas y los morteros. El instante en que vio el
oscuro rostro de la muerte ocurrió cuando se
dirigía a una ciudad sitiada, a bordo de un
jeep, antes de cruzar un puente. Sin que él lo
advirtiera, un tanque oficial medía su avance y
después tiró, muy cerca de la línea del
frente, a un kilómetro de distancia. Y vio
levantarse la carretera explotada en mil pedazos,
resquebrajada por el impacto; vio acercarse
jirones de ropa y piedras rotas que giraban como
aspas sin control; y vio el final junto a su
conductor, un mujaidín entrado en shock.
El tanque volvió a tirar y Anderson, con el
corazón en la boca, gritó a su chofer para que
no perdiera el pulso.
Justo
cuando llegamos al fuerte tiró de nuevo pero al
lado opuesto. Con el efecto del cañonazo se
pretendía volar también las puertas dobles del
fuerte de madera. Pero llegamos en medio del humo
y el polvo, y las cabras levantadas y otros
mujaidines por los aires. Aunque lo más terrible
es cuando te agarran y te van a asesinar. Me ha
ocurrido un par de veces, explica con una
tranquilidad pasmosa.
IV. Marla era la mascota
de los periodistas
A principio de
2003, Jon Lee Anderson se despidió de su esposa
e hijos y se fue a Bagdad con la intención de
cubrir la invasión estadunidense. Trata de
volver en un pedacito, le agregó Erica a
la primera frase que lo hizo sonreír.
El 20 de marzo
de ese mismo año, el gobierno de Estados Unidos
y sus aliados comenzaron el brutal ataque contra
Irak, apoyados con una fuerza de más de
200.000 soldados, tanques, helicópteros de
muerte, bombarderos, portaaviones y grupos de
combates marítimos. El gobierno de Gran Bretaña
se sumó al ilegal ataque con 45.000 soldados,
aviones de combates y carros blindados. En
medio del estrépito de la conflagración sin
tregua estaba Anderson con aquel pálpito del no
retorno, moviéndose de hotel en hotel y, con el
auxilio de su sexto sentido, apartándose del
estruendo de las bombas.
Entre aquel
infierno, bajo las situaciones más increíbles,
fue tomando notas, observando todo con ojos de
lince y entrevistando a diversos personajes,
entre ellos, el médico y pintor Ala Bashir,
amigo de Saddam Husseín, cuyo perfil, junto a la
descripción de un pueblo que se cae a pedazos,
aparece en La caída de Bagdad, libro de
crónicas que vería la luz meses después que
los relatos, en estilo epistolar, asombraran a
los lectores de The New Yorker.
El libro fue
recibido con beneplácito, pues se destacaba la
proximidad a un estilo literario que, según el
mismo Anderson, no escapa a las lejanas
influencias de Ernest Hemingway y Graham Greene.
El escritor y periodista mexicano Juan Villoro,
autor de la novela El testigo, afirma
sobre el libro lo siguiente:
Entre las
muchas postales de los desastres de la guerra que
recoge Anderson reproduzco una: en un palacio en
ruinas un soldado estadunidense, incapaz de
distinguir lo público de lo privado, defeca con
tranquilidad sobre una lata de leche, mientras
lee la revista Playboy. ¿Hay estampa más
elocuente de la procaz normalización del horror?
Durante tres años Anderson viajó a Iraq como
enviado de la revista New Yorker. Uno de
los méritos de La caída de Bagdad es que
reproduce los asombros en tiempo presente, como
si se ignorara el desenlace. No escribe un
historiador que busca el orden retroactivo del
caos, sino un cronista en la indecisa línea de
fuego.
El libro le
mereció el Premio Reporteros del Mundo en
2005. Lo recibió en España con el recuerdo
imborrable de Marla Ruzicka, una joven rubia de
cabellos de oro que el 17 de abril de ese mismo
año había muerto, junto a su ayudante Faiz Ali
Salim, luego del estallido de un coche bomba que
le quemó el 95% del cuerpo.
¿Fue un
golpe emocional muy fuerte para usted, cierto?
le pregunto.
Muy
fuerte, porque Marla, hasta cierto punto, era
como la mascota de los periodistas
responde. La conocí en Afganistán
cuando tenía 24 años. Era una chica
típicamente estadunidense, californiana, muy
idealista, y se había ido a la guerra.
La recuerda,
también, como una buena estadunidense,
consciente de los excesos de su país. La vio por
última vez en Bagdad, colaborando con los
civiles iraquíes a través de su ONG Campaign
for Innocent Victims in Conflict (CIVIC).
Tres
semanas antes de su muerte me escribió para
comentarme que estaba un poco temerosa de ir a
Bagdad. Me trataba como a un hermano mayor. Le
dije que tuviera cuidado y me contestó que no me
preocupara, pues no se quedaría por mucho tiempo
y que, además, sólo saldría lo necesario. Pero
los suicidas trataron de matar a tres
australianos y se la llevaron a ella, anota
compungido.
Jon Lee se
enteró de la tragedia días antes de la
ceremonia de premiación. Por eso remató su
discurso de la siguiente manera:
Acepto
este premio en nombre de los compañeros que
fueron su inspiración, y en el recuerdo a su
valor y el de los demás colegas, de tantas
nacionalidades, como la valiente compañera
Jamila Mujahed, aquí presente, y que continúan
arriesgando sus vidas en busca de la verdad.
También
deseo invocar la memoria de una joven amiga mía,
Marla Ruzicka. Una mañana del pasado mes de
abril, momentos antes de morir en Bagdad a
consecuencia de las quemaduras sufridas tras la
explosión de un coche bomba, Marla exclamó sus
últimas palabras: ¡Estoy viva!.
Marla no
era periodista; era una activista de derechos
humanos, pero sí era la mascota de muchos
compañeros que cubrieron las guerras en
Afganistán e Irak. Ella estaba empeñada en
obtener compensaciones del gobierno de los
Estados Unidos para los familiares de las
víctimas civiles por sus acciones
militares
V. Escribir un perfil es
como crear un mundo musical
Martín Pérez,
periodista argentino del diario Página/12,
señala que Anderson tal vez sea el mejor
cronista de guerra de su generación. Aunque él
prefiera no ser llamado así, cronista de guerra.
Tal vez porque sabe que eso lo acerca a las
cabezas parlantes que cubren las guerras en estos
tiempos massmediáticos, siempre de
frente a la cámara y de espaldas a lo que
describen, todo lo contrario a su trabajo. Leer
las crónicas de Anderson significa mezclarse
entre la gente que vive la guerra de manera
cotidiana, significa entender ese mundo que está
siendo alterado para siempre, que está dejando
de existir, en medio de un infierno que forjará
algo que aún no se alcanza a ver, pero cuyas
inmediatas consecuencias no son algo abstracto
sino que son bien reales, y por lo general tienen
incluso nombre y apellido y una historia que
contar.
El escritor y
periodista Oscar Collazos, autor de una decena de
libros, entre los que se destacan novelas,
cuentos y ensayos, afirma que produce
envidia saber que un periodista como Jon Lee
Anderson dedica el tiempo de un año a sólo
cinco perfiles de cuatro a cinco mil palabras;
que se toma todo el tiempo necesario para el
trabajo de investigación y para la faena
solitaria de escribir, ahora aislado del mundo,
sobre el personaje elegido; que pueden pasar dos
meses antes de dar con el resultado final; que el
alto grado de profesionalización de su oficio
tiene una digna recompensa material.
El periodista
Alberto Salcedo Ramos, premio Rey de España,
finalista del Premio de Periodismo FNPI en 2003,
y considerado como el mejor cronista de Colombia
en la actualidad, señala que Jon Lee
Anderson es uno de los más grandes maestros del
perfil que he leído en mi vida. Aunque en
algunos de sus más renombrados retratos,
como el del Che Guevara y el de Augusto
Pinochet, es totalizador, me parece que lo mejor
de su método es la preocupación por mostrarnos
la esencia del personaje, sus rasgos más
representativos. Siempre me ha impresionado su
rigor, pero aprecio aún más su sentido de la
justicia con la historia que cuenta. Muchos
todavía creen que escribir un perfil es hacerle
un favor al protagonista, o ser su amanuense.
Para Jon Lee lo importante no es mimar
al personaje sino revelarlo a fondo. Esto se dice
fácil, pero en la práctica es complicado,
porque los famosos y poderosos suelen
amarse a sí mismos con una locura extrema, y a
menudo trazan un círculo de tiza para
delimitar su territorio y protegerse de las
miradas que no son complacientes. Jon Lee
atraviesa siempre ese círculo de tiza, y si bien
no escribe para consentir al personaje, tampoco
tiene el propósito de lincharlo, por muy
cuestionable que parezca a simple vista. Lo
muestra con sus luces y sombras. Lo suyo, repito,
es una preocupación permanente por ser justo con
el texto y, desde luego, con el lector. Me parece
que en los perfiles de Anderson hay una gran
capacidad de penetración sicológica y un manejo
admirable de la paciencia. Esto último es lo que
le permite conseguir todas las piezas
indispensables del rompecabezas.
Por su parte,
Daniel Samper Pizano, uno de los escritores y
periodistas más conocidos en Latinoamérica,
galardonado en España y ganador del Premio
María Moors Cabot de la Universidad de Columbia,
anota que sinceramente, no conozco lo
suficiente la obra de Anderson como para emitir
una opinión autorizada y seria. He leído
perfiles suyos, me parece que es un biógrafo que
introduce elementos periodísticos muy
interesantes, pero no puedo ir más allá, no
puedo decir más de lo que puede decir cualquier
lector normal.
Jaime Abello
Banfi, director de la Fundación Nuevo Periodismo
Iberoamericano, escuela donde Anderson ha dictado
cinco talleres, afirma que me impresiona la
manera como se sintoniza con los periodistas
jóvenes de América Latina. Siempre está con
disponibilidad y en contacto permanente para
contestar. Es un periodista generoso y cálido,
dotado de una gran cultura humanística. En su
obra son muy visibles el rigor, la extensión y
la profundidad con que asume el reto de la
investigación. En estos momentos le representa
al pueblo de Estados Unidos una ventana frente a
sus adversarios, Irak y Afganistán,
especialmente. A través del trabajo de Jon Lee,
Estados Unidos ha logrado conocer el lado humano
de esos pueblos.
Jon Lee
Anderson, por su lado, afirma que dibujar
un perfil es como escribir una sinfonía.
Lo dice y se queda pensativo durante largos
segundos. Minutos antes estuvo conversando con
Erica, vía teléfono celular, cómodamente
sentado en el corredor final del hotel donde ha
hablado sin cesar, siempre de frente, ajeno a los
gritos infantiles que recorren el agua de la
piscina y se expanden hacia ninguna parte. Admite
que no escribe música, pero que tiene oído para
ella.
Cuando
hablamos de sinfonía equivale a muchos
instrumentos en los que cada uno tiene su papel,
su efecto y su propósito. Componer significa
tener una idea global, un instinto de lo que ha
de ser la pieza musical. Igual que escribir un
perfil: hay muchos hilos conductores y cada uno
debe tener consistencia y constancia para que, en
conjunto, configuren la pieza. Creo que la
analogía es adecuada porque el lenguaje escrito
tiene una melodía interior. La siento al
escribir. Intuitivamente sé si hay cosas fuera
de balance o no. Viene del inconsciente no
tan inconsciente-, de la creatividad, está más
allá del periodismo, agrega.
Así, ha escrito
perfiles de personajes del mundo, casi todos
ligados al poder. Al fin y al cabo, siempre le ha
llamado la atención que un puñado de personas
decida el destino de la historia y del resto de
la humanidad. Por eso realizó el perfil de
Charles Taylor, fanático religioso y político
liberiano que gobernó a su país entre 1997 y
2003 y luego se fue al exilio a Nigeria tras ser
de ser acusado de desatar una sangrienta guerra
civil no exenta de exterminio étnico. El perfil
se llama El Rey de la muerte y el párrafo
de apertura es el siguiente:
Una tarde
fui a conocer al dictador más malvado del mundo.
Su nombre es Charles Taylor, gobierna Liberia y
es un asesino en serie disfrazado de presidente.
Fui a entrevistarlo en su residencia de Monrovia,
la capital, justamente en los días que había
ordenado exorcizar su palacio presidencial. No es
un megalómano como Saddam Hussein, quien se cree
la reencarnación del rey Nabucodonosor de
Babilonia, y ejerce su poder de una manera tan
absoluta y brutal como otro de sus héroes
favoritos, Stalin. Tampoco es como el disparatado
de Kim Jong Il, el Sol Radiante de Corea del
Norte, cuyos caprichos llegan hasta raptar a
directores de cine para que rueden películas
bajo su dirección, y es hijo de su fallecido
papá Kim Il Sung, de quien heredó su poder
dinástico y, gracias a ese curioso sincretismo
de estalinismo y confucionismo, su estatus de
dios viviente. Tampoco encaja en la estirpe de
dictadores fundamentalistas como Pinochet, quien,
desde una lógica nazi y anticomunista de la
Guerra Fría, creía que todos sus crímenes eran
por el bien de su pueblo.
Jon Lee está
ahora en el teatro Amira de la Rosa
respondiendo las preguntas de la periodista
colombiana Angela Patricia Janiot, de CNN. Lo
acompaña una sonrisa maliciosa, consciente de
que muchas de las preguntas apuntarán hacia
situaciones inverosímiles atribuibles a
estrambóticos jefes de estado o tiranos
sangrientos. O simplemente a figuras del poder.
Inmediatamente recuerda las afirmaciones hechas
en El Rey de la muerte para explicar lo
que él llama transparencia y honestidad en su
trabajo periodístico, una de las condiciones
para el perfil verdadero:
Cuando
llegué a Monrovia los rumores que circulaban
durante mi visita decían que Taylor tenía un
balde de sangre fresca humana al lado de su cama,
y que cada día se bañaba en él, afirma
en medio de la exclamación unánime del
auditorio. De esa manera aparece en el texto y
Anderson cita la frase de memoria. Entonces
recuerda que la confirmación de la macabra
actitud la obtuvo en una extensa entrevista que
le concedió el médico personal de Taylor. El
arzobispo de la ciudad también había aceptado
tácitamente que sí, que no sólo se bañaba en
sangre fresca sino que, de cuando en cuando, se
alimentaba apurando algunos vasos, antes de
dormir.
Seguidamente,
Jon relata que antes de publicarse el perfil, y
tal como se acostumbra en The New Yorker,
se inició el proceso de verificación de datos.
De la revista llamaron a Taylor y negó el hecho.
Después al médico, quien también contestó con
un rotundo no. Le comentaron que lo que confesó
a Anderson estaba sustentado en una grabación y
que ese testimonio era suficiente para
publicarlo. Entonces lloró y suplicó y dijo que
si aparecía como fuente diciendo lo que dijo lo
matarían al día siguiente. Debí dejar
que lo mataran, dice Anderson en medio de
la risa general. Pero, al final, lo borré
del texto para salvarlo, remató.
Andy Yong,
verificador de datos de The New Yorker,
revista casi centenaria con una circulación
certificada de más de un millón de ejemplares,
se había referido al episodio en declaraciones
entregadas en marzo de 2006 al diario El
País, de Madrid, y que ahora cuenta
Anderson, un año después. Dijo Yong en ese
entonces:
Otro
artículo de Jon Lee, que corregí hace unos
años, era sobre el período que vino después de
la guerra civil en Liberia, un país fundado por
ex esclavos estadunidenses. El presidente de
Liberia, Charles Taylor, que ahora está exiliado
pero sigue teniendo mucha influencia en el país,
aceptó hablar conmigo por teléfono. Me dijo que
sí, que era verdad que él mismo había matado a
varias personas, pero que había sido durante una
guerra civil. También me aseguró que le había
pegado un tiro en la rodilla a su rival y lo
había quemado vivo, una escena que fue
transmitida por la televisión en directo. Me
explicó que lo había hecho solamente para
mandar un mensaje a sus opositores.
VI. Estoy más consciente
de mi falta de poder
En el
perfil que usted elaboró sobre García Márquez,
hay un pasaje en que el escritor pide que le deje
algo para sus memorias. ¿Finalmente apareció
algo?
En el
primer tomo, no responde. Hay un
biógrafo estadunidense que hace años está
armando su biografía
En realidad, con
el Premio Nobel se dio cuenta lo difícil que es
el perfil periodístico. La mayoría de sus
personajes habían sido hombres de poder
autoritario, mientras que García Márquez
era como él, un escritor que escribe sobre el
poder en sus obras y que, según Anderson, tiene
una vida a través de la cual ejerce cierto
poder, inclusive político. Por su talante
moral y sus contactos detrás del telón,
agrega. Eso era lo que buscaba Anderson para su
perfil: la relación con el poder del ilusionista
de Macondo en algunas de sus obras, pero también
en la vida real; negociando acuerdos de paz,
buscando la distensión entre Cuba y Estados
Unidos, como intermediario con la guerrilla
colombiana, en fin
Lo que
pasa con Gabo es que se trata de un tipo
entrañable, y hasta cierto punto, al principio,
él no se daba cuenta de nuestras conversaciones.
Ya estaba enfermándose, era un hombre mayor, y
sentía que estaba con la frustración manifiesta
de la falta de tiempo para los proyectos que le
quedaban. Y claro: me confiaba cosas y me decía
no te voy a contar esto o te
cuento esto pero no lo escribas porque lo quiero
para mis memorias. Yo respeté esos
acuerdos. Me contó muchas cosas que no puse en
el perfil, añade.
¿Qué
cosas, por ejemplo?, pregunto.
No lo voy
a contar responde.
Y no lo contó.
Prefirió decir que cuando salió publicado el
perfil en The New Yorker, García Márquez
estaba en el momento más bajo de su enfermedad y
que tal vez no recordaba lo que le había dicho
en la entrevista. Estuvo medicado en
algunas de nuestras conversaciones, dice. Y
expresa, además, que se enteró por algunos
colegas que Gabo había dicho que Anderson fue
más allá de lo acordado.
En un
principio me dolió, pero después lo archivé
porque deduje que había sido por el hecho de
estar enfermo. Yo sí estuve muy sensible con
él, a lo que me pedía, porque al final era un
acto generoso. Durante siete meses me dio una
exclusividad de su vida y se abrió. En
ocasiones, uno debe hacer uso de la ética y
restringirse. Medir qué es lo que debe saber el
público, de acuerdo con la ética
personal, amplía.
Lo cierto es que
el rumor persistente en esos años fue que el
fabulador colombiano se había enojado con
Anderson a raíz del perfil que, en Colombia,
publicó la revista Semana a principios
del mes de octubre de 1999. Algunos, sin explicar
los verdaderos motivos, llegaron a afirmar que el
periodista estadunidense había sido marginado de
los talleres de la Fundación Nuevo Periodismo
Iberoamericano que preside el Nobel, versión que
niega Abello Banfi, quien lo ha programado
múltiples veces después que García Márquez lo
recomendara como instructor de los exitosos
talleres de la Fundación. Pero una pista para la
reflexión, creíble y lógica, la entregó el
verificador de datos Andy Yong, quien afirmó:
Lo más
vergonzoso que me ha pasado desde que trabajo en
la revista fue corrigiendo un artículo de Jon
Lee sobre Gabriel García Márquez. Ahora sé que
a Gabo no le gustó el artículo porque hablaba
de todas sus casas y de su vida de jet-set. Pero
la persona a quien debo pedir disculpas no es él
sino a su mujer. Gabo había estado enfermo y
pasó un tiempo en el hospital. En Internet
empezó a circular el rumor de que había muerto.
El redactor jefe de la revista, David Remnick,
conoció el rumor y me preguntó si era verdad.
Yo no tenía ni idea. Me pidió que llamara a la
mujer de Gabo, que estaba en Colombia (él estaba
en México), para preguntarle si era cierto. Con
pocas ganas, la llamé. Se puso frenética porque
tampoco sabía si el rumor era correcto. Por
suerte, Gabo estaba vivo, pero nos costó mucho
que sus familiares volvieran a hablarnos después
de esa metedura de pata.
Pero el
verdadero poder está más presente en Hugo
Chávez, el presidente venezolano que, según
Anderson, todo el tiempo estuvo tratando de
convencerlo de que él era un revolucionario
auténtico, sin posturas falsas. Fue una actitud
permanente, casi obsesiva, mostrada sin reservas
a lo largo de la entrevista.
Y el poder está
aún más presente en Augusto Pinochet, cuyo
perfil El Dictador fue
publicado en 1998 poco antes de que fuera
detenido, convaleciente en Inglaterra, por orden
del juez español Baltasar Garzón.
¿Qué
lado bondadoso le vio usted a Pinochet?,
pregunto.
Pinochet
era un psicópata responde.
Entonces
comienza a evocarlo como un hombre delirante, con
una fijación enfermiza por Napoleón Bonaparte y
admirador sin límites de los emperadores
romanos. Recuerda que uno de los familiares le
confesó, en la entrevista de cierre, que
Pinochet se encontraba en Inglaterra. En el
perfil se mencionaba la orden de arresto que
pesaba en su contra acusado de violar los
derechos humanos, pero nadie sabía de su
paradero. Cuando el texto apareció publicado fue
fácil su detención.
El escritor
argentino Tomás Eloy Martínez, autor de la
novela Santa Evita, escribió sobre el
dictador y el periodista:
La idea de
los imperios le rondó siempre por la cabeza.
Como casi todos los dictadores de su especie,
Pinochet se cree un enviado de la Providencia,
alguien que encarna el bien y que ha sido
destinado a exterminar el mal, no importa por
qué medios. Es la misma sensación de
omnipotencia de los ayatollahs, de Pol Pot y de
cientos de fanáticos fundamentalistas que andan
sueltos por el mundo, pero su caso es más
patético, porque es un personaje menos
importante fuera de Chile y, a la vez,
infinitamente más mediocre.
Antes de
viajar a Londres, aceptó recibir en Santiago de
Chile a un enviado de la revista The New
Yorker, Jon Lee Anderson, autor de una
escrupulosa biografía del Che Guevara. La
entrevista fue concedida a instancias de una hija
del dictador, Lucía, que supuso, con razón, que
si un periodista honesto y bien intencionado
hablaba con su padre, éste tendría ocasión de
disipar los rumores maliciosos que circulan sobre
su personalidad.
Nunca fui
un dictador sino un aspirante a dictador le
dijo a Anderson. Como todo hombre
interesado por la historia, he aprendido que los
dictadores no terminan bien.
Pero el
verdadero poder reposaba en Lucía Hiriart, su
mujer explica Anderson, ahora, mientras la
cámara del fotógrafo Carlos Capella, de la
agencia EFE, comienza a activarse en busca de sus
mejores expresiones. Ella mandaba,
literalmente. Creo que, en alguna forma, ella lo
llevó poco a poco hasta donde él llegó.
Cuando
discutíamos sobre su futuro, él manifestaba que
algún día le gustaría ser comandante en jefe.
Yo le decía que al menos tenía que llegar a ser
ministro de Defensa, escribió Anderson en
su perfil, citando a Lucía. Y luego agregó:
Mucho de lo que hizo admirar a Mao
Tse Tung o bautizar a dos de sus hijos con
nombres de emperadores romanos: Augusto y Marco
Antonio revelaban una estrecha
relación entre el poder absoluto y sus
héroes.
Y el otro poder
lo vio encarnado Anderson en el rey Juan Carlos.
Fue su primera colaboración para The New
Yorker después de haber laborado para
diversos medios desde aquellos remotos tiempos en
que comenzó a trabajar en el semanario The
Lima Times, de Perú. El perfil apareció en
1998, después de más de dos meses de un trabajo
de orfebrería periodística. Fue un trabajo de
campo exhaustivo: se entremezcló en las
ceremonias reales, habló con la alta alcurnia
española, entrevistó a diversos amigos del rey
que compartieron con él en la infancia y la
adolescencia, observó de cerca a la reina, al
príncipe y las infantas y dialogó con
sociólogos e historiadores ibéricos. Pero la
historia del rey tomó extraños caminos, pues no
fue publicado en España y acabó en medio de
reclamos del presidente José María Aznar, quien
gobernaba desde el 5 de mayo de 1996 en medio de
una disputa verbal y diplomática con Fidel
Castro. Un fragmento de su perfil titulado El
Reino en España, podría explicar, en parte,
las disímiles reacciones:
En su
oficina llena de piezas de arte moderno, el
tecnócrata socialista coincidía con el barón:
Juan Carlos de Borbón es algo bueno. En 1975,
cuando Franco murió y el rey accedió al trono,
España era una nación atrasada y aislada,
gobernada 40 años por un régimen con leyes muy
estrictas de censuras, que ilegalizó el control
de natalidad y los partidos y ejecutó a presos
políticos. Hoy en día, es una nación
tolerante, próspera y con una democracia que
funciona. Imagine, dice Salvador
Giner, un académico catalano-vasco, decano de la
Facultad de Sociología de la Universidad de
Barcelona. Durante 40 años tuvimos a
Franco, un pequeño dictador fascista, con un
sombrero con borlas, que no hablaba ninguna
lengua extranjera y que tampoco viajaba al
extranjero. Después llegó Juan Carlos. Es alto,
guapo, habla varias lenguas, y también tiene
buen pedigrí mejor que el de la reina de
Inglaterra, que desciende de una rama secundaria
de la realeza alemana. Para ilustrar
su descripción, se rasca la nariz: El
tiene la gran nariz de los Borbones y
estirando su labio inferior los
labios de los Habsburgo.
VII. Descubrí a
Kapuscinski cuando comenzó a ser publicado en
inglés
Kapuscinski
Al escuchar el
nombre, Jon Lee Anderson agranda su mirada: uno
recuerda entonces a Anthony Perkins, encarnado en
Norman Bates, con los ojos puestos en Marion
Crane minutos antes de la famosa escena de la
ducha. Aspira su sexto cigarro de la tarde, tal
vez el último.
Lo
descubrí cuando comenzó a ser publicado en
inglés, hace unos veinte años
responde. Creo que era el cuento La
guerra del fútbol que apareció en la
revista Harpers en el año 84. Lo
admiré mucho. Por primera vez encontré a un
periodista literario que hablaba de ambientes y
realidades que yo conocía. Lo sentía muy afín.
Preguntarle por
Kapuscinski era una obligación, pues, como él,
comenzó a ejercer el periodismo desde la
adolescencia. Y, al igual que él, había
decidido transitar en el filo de la navaja de los
escenarios de guerra. El gran maestro del
periodismo moderno, nacido en Polonia, había
despertado encendidas polémicas por su
particular estilo que Anderson sitúa entre la
ficción y la no ficción. Kapuscinski ha muerto
en Varsovia a los 74 años después de un largo
recorrido por los diversos caminos del
periodismo.
La fama le
llegó tardía, fuera de Polonia dice
Anderson.
A
diferencia de la de Jon Lee Anderson
agrego.
No
replica. No me comparo con
Kapuscinski. El tipo era un gran referente y
hablé de él en esos términos, ese día.
Ese día fue el
23 de enero de 2007: Anderson estaba en Barcelona
y se alistaba para la presentación, postergada,
de su libro sobre el Che Guevara. De repente
recibió una llamada de Jorge Herralde, editor de
Anagrama, en la que le anunciaba la muerte de
quien fuera Premio Príncipe de Asturias 2003 y
varias veces candidatizado al Premio Nobel de
Literatura. Pero Anderson habló poco de Kapu
como le llamaban cariñosamente en su
anunciada presentación.
Ahora recuerda
que lo conoció en Londres en el año 91 cuando
ya tenía en ciernes el proyecto del mítico
guerrillero argentino. Años atrás había
leído, en la contraportada del libro The
soccer war, que Kapuscinski había
prestado amistad al Che Guevara en
Bolivia. Entonces se preguntó porqué Kapu
no había escrito sobre eso. Después de la
charla lo buscó y habló con él durante
cuarenta minutos. Tal vez una hora. Al final le
interrogó:
Cuéntame
lo del Che
Ah, bueno,
eso es un error de la editorial respondió
Kapuscinski.
Anderson
confiesa que en ese momento sintió una gran
desilusión. Sabía que las editoriales, en
ocasiones, cometen errores brutales, pero no en
este caso. Tiempo después comprobó que no sólo
no conoció al Che, sino que tampoco le había
prestado su amistad. Se enteró sí,
que en su condición de periodista había
cubierto el desenlace de la guerrilla en la selva
y escrito, años después, la introducción para
la versión polaca del Diario del Che en
Bolivia.
Pensé que
corregirían el error. Pero hace un año yo
estaba en Liberia hablando justamente de
Kapuscinski con una colega y ella me dijo:
No creo que lo hayan corregido. Fue y
buscó Ebano, su último libro, y en la
contraportada decía exactamente lo mismo de
siempre, afirma.
Lo mismo de
siempre, según él, eran las cifras. Entonces
agrega que, a lo mejor, para Kapuscinski eran muy
importantes: 24 revoluciones, 14 golpes de
estado. Y recuerda que en la charla de Londres,
el autor del libro sobre el emperador de
Etiopía, Halie Selassie, repetía una y otra vez
que acababa de recorrer 88 mil kilómetros por la
ex URSS en medio de sus indagaciones para la
elaboración de su libro Imperio.
Recuerdo
haber pensado, vaya, ¿y porqué lo repite
tanto? ¿Total, qué? 88 mil kilómetros: viajó
bastante. ¿Porqué me lo tiene qué
decir?. Era como si la fuerza de la
estadística y las millas acumuladas le dieran
más potestad para hablar sobre el tema. No
hace falta que me digas todo eso, ¡tú eres
Kapuscinski!. Y pensé que lo que para él
es un recurso literario en los libros, que le
funciona muy bien, era algo que hacía también
en la vida. Creo, en realidad, que es una especie
de contradicción en su periodismo, afirma.
No hablé
de eso aquel día, no era apropiado
remata. Yo no quisiera disminuir
quién era, con una cosa así; pero, te estoy hablando
cándidamente.
* Jaime de la Hoz
Simanca es periodista, profesor
de la Universidad Autónoma del Caribe, de
Barranquilla, escritor colombiano y colaborador
de SdP. Este artículo
se publica simultáneamente en la Revista
Arte & Parte de La Guajira, Colombia,
y en Sala de Prensa con la
autorización expresa de su director.
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