La fuerza
de la palabra escrita
Ryszard
Kapuscinski *
¿La
escritura puede hacer que algo cambie? Sí, lo
creo profundamente. Sin esa fe no podría
escribir. Desde luego soy conciente de todas las
restricciones que nos ponen las circunstancias,
las situaciones, la historia y el tiempo. Por
ello mi fe, aunque profunda, no es absoluta, no
es ciega.
¿En qué
consiste la principal restricción? La escritura
sólo raras veces, en casos excepcionales,
influye en la gente. Y, en el transcurso de la
historia, no lo hace de forma directa, radical y
de inmediato. La reacción a la palabra escrita
es más bien mediata. En el primer momento puede
ser incluso invisible, indetectable. Necesita
tiempo para llegar a la conciencia del receptor,
necesita tiempo para empezar a formar o cambiar
esa conciencia. Sólo después de un largo camino
podrá influir en nuestras decisiones, actitudes
y acciones.
El que la
escritura produzca cambios no lo deciden sólo
los autores, sino sobre todo los lectores: su
sensibilidad y confianza en la palabra, su
prontitud y deseo para reaccionar a la palabra
recibida. Es también importante el contexto, el
ambiente, el estado de una cultura imperante en
que esa palabra cae y es recibida. Con frecuencia
estas son las circunstancias que pueden debilitar
e incluso aniquilar el valor y la fuerza de la
palabra escrita y sobre la cual el autor de un
texto no tiene mayor influencia.
Sin embargo, a
pesar de ese impedimento, estoy seguro que
escribir puede provocar cambios. Lo digo con base
en la experiencia de mis numerosos colegas que
han puesto en peligro su vida y que, incluso, la
han entregado. La entregaron para que su labor no
sólo informara sobre lo que ocurre en el mundo,
sino para desenmascarar el mal, sanar una
situación o hacer al mundo más humano.
Daré un
ejemplo. Desde 1959 Ruanda fue un país de
masacres entre tribus y castas que se repetían
en forma sistemática. El mundo lo ignoraba.
Durante decenios ese país no dejó entrar a
periodistas. Yo mismo, viviendo en la vecina
Tanzania, traté en varias ocasiones, sin
resultado alguno, de cruzar la frontera. Fue
hasta que se escribió sobre las masacres de 1994
que la opinión mundial despertó. Y a partir de
ese año Ruanda, por primera vez en su historia,
dejó de ser lugar de sangrientos y masivos
ajustes de cuentas internas.
Fue precisamente
la escritura desenmascaradora y acusadora, y a
menudo simplemente informativa, la que tuvo una
importante papel en el conocimiento de los Gulags
y de los campos de concentración, así como en
el derrumbe de muchos regímenes criminales, de
dictaduras del tipo de Pol Pot, Mobutu, Amin o
Duvalier. Ello fue posible porque la palabra
escrita pudo siempre cambiar muchas cosas. Ella
ha provocado durante siglos el temor de todo
poder autoritario que la ha combatido mediante
diversos métodos. De ahí la colocación de
libros en los índices eclesiásticos, de ahí la
quema libros en las piras, de ahí obligar a los
escritores al exilio, de condenarlos a muerte.
En el fondo no
podemos imaginarnos un libro de texto de la
historia universal que no tuviera un capítulo de
cómo la palabra escrita en forma de volantes,
escritos secretos, prensa clandestina y
editoriales irregulares influyeron en el
resultado de luchas sociales y políticas.
Cuando
preguntamos: ¿la escritura puede hacer
cambiar algo?, la mayoría de las veces
pensamos que se trata de un cambio positivo,
dirigido a hacer un mundo mejor. Pero no
olvidemos que la escritura puede intentar que el
mundo sea peor, que contribuya a aumentar el mal,
el odio y la agresión. Tal función la cumple
cuando se escribe en el tono del fanatismo y la
xenofobia, del fundamentalismo y el racismo. Por
ejemplo, los libros al estilo de Protocolos de
los sabios de Sion o Mi lucha de
Hitler.
Pienso que la
pregunta sobre cuál es el carácter de la
relación entre la escritura y el cambio es muy
importante y actual. Esta pregunta surge de la
inquietud sobre la eficacia de nuestras acciones
literarias por el valor mismo de la escritura.
Porque por un lado vemos una enorme
proliferación de la palabra escrita hay cada vez más libros,
revistas y periódicos y al mismo tiempo percibimos
cuánto mal hay en este mundo y como la cantidad
de temores y conflictos en nuestro planeta
aumenta en lugar de disminuir. De ahí el
escepticismo de muchos creadores, de ahí la
frecuente desconfianza e incluso la incredulidad
en el sentido de nuestra escritura.
La mente de un
hombre contemporáneo es constantemente regada
con un diluvio de palabras, por lo que éstas
pronto pierden su valor y fuerza. Cada vez nos
hablan menos y más nos desorientan, agotan y
fastidian. Y sin embargo, ese exceso, esa
sobreproducción no debería desanimarnos.
La literatura
siempre ha asumido su responsabilidad. Desde hace
miles de años ha acompañado la vida de las
sucesivas generaciones, a veces cambiándolas
para ser mejores. Y hoy nada la libra de esa
obligación. Por el contrario, los tiempos
difíciles en los que vivimos nos ordenan que,
con una fuerza y fe especial, digamos: Sí,
la escritura puede cambiar algo para que sea
mejor, aunque sea poco, pero puede.
* Ryszard
Kapuscinski (1934-2007)
fue autor de una veintena de libros que se
caracterizan por una estructura originalísima.
En 1999 fue nombrado como el mejor
reportero del siglo XX y fue un constante
candidato al Nobel de Literatura. Este es el
último de sus artículos que publicó el pasado
24 de enero Gazeta
Wyborcza, diario
polaco del que era colaborador habitual.
(Traducción de Aleksander Bugajski.)
|