El derrumbe
de Los Pinos
Rafael
Rodríguez Castañeda *
En
punto de la cita, a las 10 de la mañana del
sábado 24 de febrero del 2001, llegué a Los
Pinos. Unos minutos después el presidente
Vicente Fox me recibió en sus oficinas, con
vista a los arbolados jardines. En mangas de
camisa, sin corbata, con la sonrisa ensayada
cientos, miles de veces, no era sin embargo para
él una mañana relajada. Había renunciado a su
habitual fin de semana en el rancho guanajuatense
de San Cristóbal para estar pendiente de la
salida del subcomandante Marcos de La Trinidad,
Chiapas, en el inicio de la caravana que trajo a
los comandantes del EZLN a la capital del país.
Partes militares y civiles, por teléfono o
entregados en tarjetas, cortaban con frecuencia
lo que fue una conversación tan breve como
distante.
El propósito de
mi visita era muy preciso. Recientemente se
había informado del inicio de obras de
remodelación en Los Pinos. En Proceso queríamos
acceso a los planes, proyectos y costos. Más
aún: queríamos presenciar los trabajos,
fotografiarlos, captar momentos del antes y
después de las obras. Y todavía más:
estábamos seguros que, si nos autorizaban
videograbar, más de una televisora estaría
dispuesta a difundir un programa en coproducción
con Proceso.
Me gusta
la idea dijo el Presidente. En seguida,
descolgó el auricular de uno de sus teléfonos.
Que venga
Marta.
Unos cuantos
segundos pasaron antes de que entrara Marta
Sahagún, a quien conocí meses antes, en la
vorágine de los primeros días del sexenio, en
su calidad de directora de Comunicación Social
de la Presidencia.
Rafael nos
propone un proyecto interesante. Explícaselo,
Rafael, ustedes se ponen de acuerdo.
Repetí la
propuesta. Libreta en mano, ceja levantada, Marta
asintió y apuntó.
Okey, te
llamo para que vengas a verme y precisemos los
detalles.
Fue todo. Antes
del cuarto para las once salía yo, sábado de
sol radiante, rumbo al estacionamiento de Los
Pinos.
Días después
me citó Marta Sahagún a sus oficinas de
Comunicación Social.
¿Qué
quieren realmente? repitió una y otra vez.
Dar
testimonio de algo que consideramos de interés
público y de trascendencia histórica. Una
especie de metáfora: el derrumbe de la antigua
casa presidencial como secuela de la expulsión
del PRI de Los Pinos. Es más, hemos afinado
nuestro proyecto hasta convertirlo en un
reportaje sobre la historia de Los Pinos, desde
su construcción hasta estos momentos
¿Y cómo
lo presentarían?
En
principio el objetivo era un reportaje para la
revista. Pero si hay disposición del presidente,
queremos ampliarlo. En estos momentos tenemos
tratos con Televisa. Estoy seguro que estarán
interesados en coproducir con Proceso un
programa sobre Los Pinos. Adicionalmente,
nosotros haríamos una edición especial dedicada
al tema. ¿Cómo ves?
En
principio estamos de acuerdo. Un solo compromiso:
que esto no sea para golpear al Presidente.
En este
caso, nos interesa estrictamente la remodelación
de la casa presidencial
Hecho
entonces. Me avisas cuándo quieren empezar, para
hablar con el Estado Mayor Presidencial.
Tiempos de
ingenuidad. Considerábamos que, bajo ciertas
condiciones, las sardinas pueden convivir con los
tiburones. Era viable, imaginábamos, acceder a
la televisión comercial con reportajes de
investigación, y los jóvenes ejecutivos que se
comprometían a cambios sustanciales en Televisa
decían, órale, nos interesa
El tiempo y
las circunstancias acabaron con el optimismo de Proceso.
Pero en aquellos días creíamos que tal vez sí
se podía
Por lo pronto,
llegamos a un acuerdo mínimo: reporteros y
fotógrafos de la revista se unirían a
productores, técnicos y camarógrafos de
Televisa para estar presentes en la remodelación
de Los Pinos. Y urgía empezar de inmediato. Bajo
la picota se venía abajo una historia de sueños
casi imperiales.
Como sueño
parecía lo que ocurría:
Las puertas de
Los Pinos se abrieron. Con excepción de la
llamada área de las cabañas, Proceso tuvo
acceso a todos los rincones de la casa
presidencial. En compañía de Pascal Beltrán
del Río, entonces subdirector de Información,
el entonces coordinador de fotografía Ulises
Castellanos no enfrentó restricción alguna para
tomar imágenes fijas de los jardines y de los
inmuebles. Beltrán del Río iba a ser,
precisamente, el autor del guión del reportaje
televisado.
A su vez,
Televisa mandó a su mejor equipo de producción.
Las cámaras
captaron la demolición de los interiores de la
casa Miguel Alemán, residencia familiar de los
presidentes priístas y sus familias. Las
pretenciosas columnas, engrosadas al paso del
tiempo y del estilo que cada presidente les quiso
dar, adelgazaron al mínimo bajo la picota. Con
estrépito fue destruida la mesa de boliche, lo
mismo que la alberca bajo techo y el gimnasio
personal. Cayó por igual la yesería ostentosa y
la ventanería de alardes principescos.
Proceso y
Televisa fueron testigos privilegiados.
En medio de los
afanes periodísticos, los contactos entre ambos
medios de comunicación continuaban, pero no se
avanzaba. El caso de la entrevista de Julio
Scherer García y el subcomandante Marcos,
solicitada y obtenida por Proceso,
transmitida por el Canal de las Estrellas en la
víspera de la entrada de los zapatistas a la
capital, dejó claro que un tiburón responde a
sus instintos. La entrevista fue un éxito tanto
en televisión como en la portada de la revista,
pero Televisa se portó como lo que es: no
comparte méritos y, menos aún, ganancias.
Pero además,
los ejecutivos de Televisa no daban marcha atrás
en un requisito sine qua non para un
proyecto conjunto con Proceso: Julio
Scherer García debía estar en la pantalla. Y
por supuesto, el fundador de nuestra revista no
aceptaba esa imposición, bajo ninguna
circunstancia.
El desacuerdo
con Televisa desalentaba justificadamente a
quienes, desde Proceso, participaban en la
supuesta versión televisada del derrumbe de la
casa presidencial, como llamábamos ya a lo que
era sólo una ilusión. Las sesiones en Los Pinos
fueron espaciándose, conforme los trabajos de
remodelación se terminaban.
Y de pronto todo
quedó congelado. No se hizo el guión, las
fotografías se archivaron. Televisa se quedó
con una indeterminada cantidad de videos, alguno
de los cuales, inescrupulosamente, utilizó en
sus noticiarios.
Lo que no pudo
hacer con Proceso sí lo hizo la
televisora con Milenio: un programa
mensual, de vida efímera, sin huella.
El proyecto
televisivo de nuestra revista se redujo, pues, a
la entrevista de Scherer-Marcos.
Yo, en lo
personal, tenía en el olvido el frustrado
programa sobre la casa presidencial hasta que una
llamada telefónica de Marta Sahagún lo trajo a
mi memoria, de una ingrata manera.
Era la mañana
del miércoles 27 de junio del 2001. Venía por
la avenida Virreyes, al volante de mi automóvil,
acompañado de Antonio Jáquez, asesor de la
Dirección de Proceso. Ambos habíamos
asistido a un almuerzo en la casa del empresario
Jaime Camil, en la colonia Lomas Altas. De pronto
recibí en mi celular una llamada directa de la
señora Marta Sahagún, según me anunció una
voz femenina.
Este fue el
diálogo:
Hola,
Marta, ¿cómo estás?
Rafael,
tú y yo hicimos un compromiso de caballero y
dama. Te tuve confianza. Te abrí las puertas de
Los Pinos como no lo hicimos con nadie
Con cada frase,
aumentaba el tono de voz. Altisonante de suyo,
más aguda se volvía con una rabia sin
continente.
Me entero
continuó que estás preparando un
programa de televisión para atacar al presidente
de la República, faltando a la palabra que
diste.
¿Pero
quién te dijo eso, Marta? intenté.
No importa
la voz era ya un grito. Insisto: sé
que estás preparando un programa para atacar al
presidente, y no lo voy a permitir. Te lo digo:
no lo voy a permitir.
Marta, ese
programa no existe. No hay nada, ni siquiera un
guión
Mira
Rafael, de una vez te digo: ni tú ni nadie
el grito llegaba hasta Jáquez, que venía
en el asiento de pasajero va a derrocar al
presidente de la República. Óyelo bien: ni tú
ni nadie va a acabar con Vicente
¿Quién
soy yo para pretender algo así?
¡No lo
vas a derrocar, no lo vas a derrocar, no lo vas a
derrocar! ¿Entiendes? Ni tú, ni nadie
Marta, por
favor
Estás mal informada
Pero mira,
estoy en el celular y voy manejando. Te llamo en
cuanto llegue a mi oficina, ¿te parece?
Está
bien.
Y el colgón fue
colgón en serio.
Ya en mi
oficina, nervioso sin duda, le pedí a Ángeles
Morales comunicarme a la oficina de Marta
Sahagún.
¿Marta?
Te vuelvo a decir: no sé de qué hablas
¿Quién te dijo qué?
Rafael, te
repito: ni tú ni nadie va a poder acabar con el
presidente Fox
Mira,
Marta, estás mal informada. ¿Quién te dijo
acerca de un programa del cual no existe ni
siquiera el guión? No hay nada, y no me puedes
decir que traicioné tu confianza
Bueno,
Rafael, te creo
Pero debes entenderme. Te
abrí las puertas de Los Pinos
Ya no
tengo nada que decir, Marta. El programa del que
te hablaron no existe. Adiós.
Adiós.
Cuatro días
después, el lunes dos de julio de 2001, Marta
Sahagún y Vicente Fox contraían matrimonio,
casi furtivamente, en Los Pinos.
*
Rafael Rodríguez Castañeda es director de la revista Proceso desde hace poco más de 10 años. Este
texto fue escrito para un número especial por el
30 aniversario de Proceso,
y se reproduce en SdP con la autorización expresa de su
autor. © Comunicación e Información,
S.A. de C.V.
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